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Por Rubén Darío Buitrón

Su rostro resplandece en la mitad de la mañana.

Mariana de Jesús Mestanza Reyes ama a Ibarra con el corazón entero.

Nació en Urcuquí, pero acá en Ibarra hizo su vida.

Lo más probable es que su rostro resplandezca siempre, donde esté, donde vaya, donde iluminen su dulce mirada y su tierna sonrisa y su suave manera de pronunciar las frases y las palabras, su forma de recibirme en su casa, su don de gentes.

Es difícil hallar una mujer que diga su edad de la manera que Mariana de Jesús Mestanza Reyes lo dice: “En noviembre cumplo mis hermosos 75 años”.

Cree con firmeza en Dios, pero su fe no está basada en lo abstracto sino en los hechos, en el ejemplo, en los actos de amor de cada día por las personas.

Cuando tenía 50 años murió su esposo, Luis Aníbal “Chalo” Castillo, por un cáncer al hígado.

Luis Aníbal fue el amor de su vida, el único amor, y fue como si al conocer a un solo hombre conociera a todos los hombres. “El diálogo y el respeto siempre serán la clave del amor”.

Él era muy detallista. Y aunque le dejó un vacío irrempazable, lo recuerda cada día como si fuera hoy. Siempre se dijeron “mi amor” en lugar de sus nombres y él era muy detallista. Todas las tardes llegaba con una flor, aunque sea con una arrancada de su propio jardín: era el símbolo del inmenso cariño por su esposa.

Pero la vida es irónica: Chalo nunca tomó bebidas alcohólicas y ahí Mariana, que tiene espíritu de investigadora, de científica, de periodista, se puso a leer en busca de la razón de ese cáncer que le parecía injusto.

Así descubrió que aquel mal, la cirrosis, no solamente ataca a quienes beben alcohol, sino también a las personas que toman pastillas en exceso.

Con “Don Chalo” tuvo cinco hijos. Aníbal (54), Nelly (52), Amparito (50), Vivienn (48) y Alica (45) que vive en España.

Mariana vive en su casa con su hija Amparito y su nieta (24), Cynthia Chávez Castillo, especializada en Nutrición, y su hermoso cachorro negro negro negro llamado Can, un bulldog francés de cinco meses que ahora es su mimado.

Su mejor amiga es Olga Ortiz, a quien considera que la ayudó a salir de una prisión virtual a la que les someten a los viejitos, como si estos no fueran tan seres humanos como los otros.

Recuerda que en un almacén de su casa tuvo, por muchos años, la popular heladería Geraldine, donde le fue muy bien durante 22 años: “Las ventas eran locas”, pero cuando Don Chalo empezó a enfermar y ya no podía valerse por sí mismo, Mariana tuvo que dejarlo todo para acompañar al hombre de su vida, aunque aún mantiene el don del sabor cuando con insistencia me brinda un delicioso jugo de frutilla y una sabrosa arepa con queso.

Mirar a Mariana es sentir que se mira un lago, un bosque, un paisaje apacible.

Porque Mariana es apacible. Es optimista. Es inteligente. Mantiene una conversación interesante.

Lee mucho y cuando no tiene a la mano una revista o un libro toma su “tablet” e ingresa a Internet.

Su filosofía básica es que la preocupación es la clave de toda enfermedad.

Recuerda cuando veía desde la ventana que su esposo regresaba del trabajo con gesto de tristeza o de incertidumbre. Salía a recibirlo, le llenaba de abrazos y ternura y lo llevaba a caminar por el barrio: el respeto y el diálogo son la esencia del amor. Y lo curan todo.

Los problemas no son nuestros, explica Mariana.

Porque las penas y las angustias hay que ponerlas en las manos de Dios y Él es quien soluciona las cosas. Él es el único que tiene la llave de las puertas de los líos.

A eso se debe que su actitud ante la vida es así, serena, tranquila.

A eso se debe que ama a Ibarra con el corazón entero y busca cómo aportar a la ciudad no solo cuando hay fiestas cívicas, porque eso es lo que hacen todos, sino en su cotidianidad, en su cada día.

En su amplia casa de dos pisos, cuyo único defecto es llenarse de esmog y humo y ceniza por el paso de los buses con el tubo de escape en una esquina alta, están la sala y el comedor.

Una sala sin lujos, pero digna, impecable. Dos sofás y cuatro butacas de tapiz verde petróleo rodean a una mesita redonda, de madera. Allí es donde investiga, anota, busca datos. Sí, debió ser periodista por su pasión por saber, por no callar, por ir a la fuente si tiene una duda.

Yo la conocí de esa manera. A los tres días de que el papa Francisco santificara a la polémica monja Teresa de Calcuta llegó a mi oficina, me miró fijamente a los ojos y me preguntó, a quemarropa, por qué había escrito una nota en la que ponía en evidencia aquellas preguntas oscuras y nunca respondidas por el Vaticano.

Le entregué el documento de una investigación de la BBC de Londres y le expliqué cómo la religión muchas veces enmascara objetivos geopolíticos.

Se fue con el documento. Y al día siguiente estábamos charlando en su casa. Y ella, contenta porque se le despejaron las dudas.

Así es esta ibarreña que ama a su ciudad caminándola, conociéndola, sorprendiéndose con lo nuevo, visitando la iglesia, acudiendo donde sus amigas, disfrutando de los 600 dólares que recibe cada mes como pensionista del Seguro social.

Vive cada día con la intensidad y los sueños de una joven. Ha sido seis veces presidenta de la Asociación de  Jubilados Ibarra gracias a su liderazgo y nunca deja de asistir a talleres, foros, cursos y programas de la organización a la que pertenece.

Es una mujer colmada de optimismo y ganas de vivir y de luchar, en especial por los adultos mayores.

Entre los jubilados de la Asociación Ibarra es una de las principales líderes y es la persona que contagia alegría, dignidad y ganas de disfrutar de sus bellos años.

Porque sabe de la existencia. Porque a sus hijos y a sus amigos siempre les ha enseñado tres secretos.

Uno, que si tienes una preocupación debes dejarla en manos de Dios, porque tú solo no la puedes resolver.

Dos, que jamás escondas la cara a tus obligaciones y desafíos: “Siempre hay que dar la cara, enfrentar. Nunca te escondas”.

Y, tres, que si has dicho sí nunca digas no. O, como lo dice ella, textual: “A mí no me sacan un no si he dicho sí”.

Con los recuerdos de su heladería nunca ha dejado de hacer lo que debe hacer:

A la entrada de su casa, en la esquina de las calles Rafael Larrea 547 y Bartolomé García y a pocas cuadras de la iglesia de la Virgen del Quinche, Mariana Mestanza tiene un pequeño jardín adornado con gladiolos y un minihuerto donde cultiva hortalizas.

Es feliz porque siempre ha buscado ser feliz y ha dejado que la vida la hiciera feliz. Con su esposo, con sus cinco hijos. Con su manera de emanar luz de su rostro.

A sus hermosos (porque sí, son hermosos) 75 años vive con calma. Sufre (¿sufre?) de presión alta. No. No sufre. Porque si tiene algún problema lo pone en manos de Dios. Y Dios le hace milagros día a día.

Cada mañana toma una pastilla de Presabel y la presión deja de ser un problema.

Y sale a caminar, resplandesciente, iluminando Ibarra en cada paso que da.

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Fotografía: Luis Eduardo Celi

 

 

 

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