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Por Rubén Darío Buitrón

No. Lo siento. Acá no ha llegado la revolución ciudadana.

O, si ha llegado, estuvo un momento y pasó de largo.

Acá el tiempo transcurre en otra velocidad, como si desde hace muchos años se esperara algo que nunca llegará.

Acá el tiempo no transcurre con la misma velocidad que los gobernantes dicen que transcurre.

Este momento podría ser 1996.

O podría ser 2006.

Pero es septiembre de 2016.

Y la revolución hasta ahora no llega. Y, quizás, nunca llegará.

Por eso me resulta extraño, hasta patético, que los ochocientos alumnos del colegio técnico Valle del Chota, entre afros, mestizos e indígenas, y los 13 profesores, canten con tal fervor el himno nacional del Ecuador.

Porque el visitante podría creer que a estos niños y estos jóvenes y a estos maestros se les ha dado todo y por eso se emocionan tanto, se conmueven, son felices de vivir en un país donde existe equidad, donde hay trabajo, donde todas las unidades educativas están muy bien equipadas, donde no hay rastros de pobreza y de miseria.

El mismo protagonista de esta visita, Agustín Delgado, héroe nacional del fútbol y hoy asambleísta por el movimiento del oficialismo, toma el micrófono y con ojos de tristeza pero con voz firme, expresa que su pueblo, su etnia, su raza, siguen discriminados, viven en la pobreza, entre carencias y escaseces, porque el Estado les ha dado la espalda.

Sobre un patio polvoriento y seco, como el paisaje que rodea al plantel, con cerros secos de tonos ocres y grises, se asienta una serie de aulas prefabricadas con puertas de madera apolillada, unos sin vidrios, otros con las puertas deterioradas, la mayoría con pedazos de cristal que alguna vez fueron ventanas, por donde todo el tiempo entra el polvo.

Adentro, los pupitres de metal o de fórmica desvencijados y en unas dos o tres aulas un grupo de muebles de madera desportillada sirven de archivadores, de libreros, de estantes donde se guardan los documentos del plantel y de los estudiantes.

Todo es parte de una historia viva del lento pero irrefrenable deterioro de la vida en el colegio técnico Valle del Chota.

¿Son rumores los que vamos a oír o sentimientos de estudiantes que conocen cómo es la otra realidad?

Pero lo dicen: Mariana (nombre protegido), una adolescente de 16 años, bromea conmigo cuando me pregunta si luego de visitar su colegio me iré a ver cómo es la Unidad del Milenio de Piquiucho (a unos 20 minutos de allí en vehículo, en la provincia de Carchi), un plantel como los que el Gobierno ha inaugurado en decenas de lugares del país y de los cuales el Régimen se enorgullece.

Pero Mariana hace un gesto como si esa posibilidad la molestaría mucho.

¿Por qué?

“De Piquiucho se vienen para acá. Dicen que ese colegio no les gusta”.

Podría ser una subjetividad o una simple percepción, aunque cuando converso con la inspectora, Elizabeth Díaz, más bien se me dibuja la idea de que existe un resentimiento por la forma en que se trata a unos y por la forma en que se trata a otros.

Elizabeth debe viajar todas las mañanas desde Ibarra hasta acá y al mediodía comer lo que haya: “Solo en eso, en bus y en el almuerzo, se me van cinco dólares diarios”

Su salario mensual son 600 dólares, pero en realidad recibe unos 80 menos con los descuentos de ley.

Otra profesora, que prefiere no identificarse, reclama que ni siquiera está completa la plantilla de profesores: “Necesitamos 46 pero solo estamos 34. Muchos se fueron el año pasado y los que aquí estamos ni siquiera tenemos contrato, solo somos provisionales”.

En su discurso, el director, Joel Chalá, un afro corpulento con el cabello rizado recogido por detrás con una liga, reclama indignado: “Ya no nos dominan por la fuerza, pero sí por la ignorancia. Por eso nos tienen así. No quieren que nuestros niños un día lleguen al poder”.

Tres días después de esta valiente declaración, Chalá envió una carta en la que, supuestamente, nunca dijo lo que dijo.

Y claro que lo dijo. Lo tengo textual en mis notas. Pero si tiene miedo o lo presionaron, se lo doy diciendo yo:

“Ya no nos dominan por la fuerza, pero sí por la ignorancia. Por eso nos tienen así. No quieren que nuestros niños un día lleguen al poder”.

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Fotografías de Juan Carlos Cevallos