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No fue un día de fiesta para la izquierda de América Latina. El domingo 2 de este mes, Colombia rechazó un acuerdo de paz con la guerrilla y así le otorgó una gran victoria Álvaro Uribe Vélez, el expresidente conservador que hizo una apasionada campaña en contra de las negociaciones. Ese mismo día, los votantes de Brasil le propinaron una monumental derrota al Partido de los Trabajadores (PT), movimiento de izquierda que hasta hace poco gobernó ese país, dejándolo por el piso en las elecciones municipales.

Se trató de una señal más del cambio hacia la derecha en América Latina. En menos de un año, los votantes se opusieron al movimiento de izquierda en Argentina al elegir a Mauricio Macri; escogieron aPedro Pablo Kuczynski, un antiguo inversionista bancario, como presidente de Perú, y los legisladores brasileños destituyeron a la líder de la izquierda en Brasil.

“Para decirlo de manera simple, los conservadores están al alza en América Latina”, afirmó Matías Spektor, profesor de relaciones internacionales de la Fundação Getúlio Vargas.

Muchos factores alimentan esta tendencia. La aguda caída en los precios de los bienes y recursos naturales ha erosionado el crecimiento económico de América Latina y el gran apoyo que los gobiernos de izquierda tuvieron durante la bonanza económica.

El peso de las iglesias cristianas evangélicas se está agrandando, junto con su confrontación a las políticas socialistas liberales y su encauzamiento de la profunda insatisfacción con la situación reinante.

En un país tras otro, los resultados son los mismos: los líderes que adoptan políticas a favor del mercado eclipsan a los izquierdistas que ejercieron el poder en el continente durante toda la década anterior.

Los poderosos expresidentes de izquierda como Luiz Inácio “Lula” da Silva de Brasil y Cristina Fernández de Kirchner de Argentina hoy enfrentan investigaciones por corrupción.

El presidente de Perú, Pedro Pablo Kuczynski, un antiguo inversionista bancario, tuvo que pactar con la izquierda para vencer a Keiko Fujimori, la hija del expresidente Alberto Fujimori.

Sin embargo, los analistas políticos advierten que esta tendencia no necesariamente implica un rechazo generalizado a las políticas implementadas por esos gobiernos de izquierda. Por ejemplo, Michel Temer y Mauricio Macri, los líderes de Brasil y Argentina, han expresado su apoyo para mantener los programas populares contra la pobreza.

El presidente de Perú, Pedro Pablo Kuczynski, tuvo que pactar con la izquierda para vencer a su rival, Keiko Fujimori, la hija de Alberto Fujimori, el expresidente peruano que se encuentra encarcelado.

De manera similar, el voto de Colombia sobre el acuerdo de paz ofreció un ejemplo de cómo la política se está volviendo impredecible en algunas partes de América Latina. Los líderes de la región, provenientes de una gran variedad de extracciones ideológicas, habían respaldado el acuerdo entre el presidente Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc).

Los colombianos rechazaron el acuerdo, en gran medida, porque pensaban que era muy indulgente con las Farc y permitía que la mayoría de los combatientes quedaran sin castigo. Sin embargo, el resultado también mostró que los votantes estaban dispuestos a rechazar lo que les ofrecía la institución política.

“Que los votantes desafíen el statu quo no es exclusivo de Colombia”, dijo Michael Shifter, presidente de Inter-American Dialogue, un grupo de análisis político con sede en Washington. “Concuerda con un patrón que puede verse en Argentina, Brasil, Venezuela, México y otros países”.

Los dirigentes latinoamericanos le están poniendo mucha atención al ánimo cambiante de sus países. En Chile, la presidenta Michelle Bachelet regresó al poder en 2013 por un amplio margen gracias a sus promesas de reducción de la desigualdad.

Sin embargo, Bachelet cambió el rumbo debido a la recesión económica y a un escándalo de corrupción en el que está involucrada su familia, y nombró a un ministro de Finanzas que es muy respetado en el mundo de los negocios.

El presupuesto de su gobierno para 2017 da prioridad a la tradición chilena de prudencia fiscal y detiene el paquete de estímulos.

En Brasil, un país de 206 millones de habitantes —la mitad de la población de América del Sur— el cambio hacia la derecha se produjo en medio de una atmósfera de creciente discordia política.

Los defensores de la presidenta destituida, Dilma Rousseff, sostienen que su expulsión fue el equivalente a un golpe de Estado, una opinión que ha pesado sobre la legitimidad de Temer, su anterior vicepresidente, que se rebeló contra ella.

Los candidatos del Movimiento Democrático Brasileño, su partido político, también sufrieron una rotunda derrota en las recientes elecciones municipales de las principales ciudades de Brasil.

En cambio, el Partido de la Social Democracia Brasileña, que se originó como oposición a la dictadura militar antes de convertirse en el grupo conservador que ahora sustenta la coalición de Temer, ganó ampliamente en los comicios municipales.

Un miembro del partido, João Doria, antiguo presentador de un reality show que incluía despedir a los participantes al aire, logró la victoria en la alcaldía de São Paulo, la ciudad más grande de Brasil.

Algunas personas de esta región perciben un paralelo con el voto por el brexit, mediante el cual el Reino Unido eligió separarse de la Unión Europea, o con la posibilidad de que Donald Trump, quien también era la estrella de un reality show en el que despedía a los concursantes, gane la elección presidencial de Estados Unidos.

El voto en Colombia reflejó un cambio “del realismo mágico al realismo trágico”, publicó el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince en Twitter, haciendo alusión a los mitos narrativos de autores latinoamericanos como Gabriel García Márquez. “Solo falta que gane Trump”.

Colombia, desde hace tiempo, no permite explicaciones simples sobre su política.

Siendo un aliado importante de Washington en América Latina, ese país ha sido tradicionalmente más conservador que algunos de sus vecinos, aunque las guerrillas de izquierda permanecieron durante décadas en las selvas.

Pese a esto, el viraje hacia la derecha ha perdido velocidad en algunas zonas de la región. Aunque la oposición ganó el control de la Asamblea Nacional de Venezuela este mismo año, el presidente Nicolás Maduro, ha conseguido aplazar un referendo para que deje el cargo a pesar de que la economía está en crisis.

En Bolivia, el gobierno de izquierda de Evo Morales ha recibido elogios por parte del Fondo Monetario Internacional debido a su manejo de la economía.

El Banco Central de Bolivia anunció en septiembre que esperaba que el producto interno bruto creciera cerca del cinco por ciento este año, lo que la ubicaría entre las economías latinoamericanas con un crecimiento más acelerado.

No obstante, en un reciente discurso salpicado de referencias a Marx y Lenin, el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera reconoció que la influencia de la izquierda en la región va en declive.

“Estamos ante un momento de inflexión histórica en América Latina. Algunos hablan de un retroceso”, dijo García Linera, estableciendo una comparación de la situación actual con periodos previos en los que se experimentó un resurgimiento conservador en América Latina. “Hay que ser muy cuidadosos. Aprender lo que aprendimos en los ochenta y los noventa, cuando todo complotaba contra nosotros”.

Mientras los líderes de izquierda en algunas partes de América Latina tratan de recomponerse, su dilema actual se parece al de los políticos conservadores que durante mucho tiempo lucharon por desbancar.

“Podemos ver en este cambio una variante del floreciente idilio de los países avanzados de Occidente con los movimientos antisistema”, escribió hace poco en un ensayo Mohamed A. El-Erian, consultor en jefe de economía de Allianz, el gigante alemán de los servicios financieros.

“Por ahora, los principales beneficiarios de las desilusiones económicas y sociales de la región son los partidos y agendas políticas de derecha”.

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Por Simón Romero, periodista del diario The New York Times