foto-los-retos-de-la-izquierda-i

Juan Torres López

La coyuntura que vivimos es el resultado de una confluencia de circunstancias excepcional que ha dado lugar a una expectativa grande (y me atrevería a decir que inevitable) de cambio político.

Por un lado, es el resultado de una crisis que esta vez ha dejado ver con toda claridad (como quizá no había sucedido nunca antes) la naturaleza corrupta y fraudulenta del capitalismo, lo que ha permitido que las respuestas a los problemas económicos planteados hayan tenido una componente antisistémica inevitable y más potente y nítida que nunca antes (aunque, por eso, también las defensas del sistema han debido reforzarse de modo extraordinario).

Eso ha explicado que los movimientos de indignación y la movilización en general hayan sido muy fuertes, extendidos y plurales.

Por otra parte, esa crisis económica muy profunda ha coincidido con otra también muy grave de la institucionalidad que ha puesto en cuestión el statu quo en materias tan relevantes como el Estado de las autonomías, la monarquía, los partidos políticos, los pactos entre las oligarquías y nacionalismos centrales y periféricos, o incluso la naturaleza de nuestra relación con el marco europeo, entre otras.

El desaprecio y rechazo institucional que ha producido esta segunda crisis (sobre todo por la corrupción generalizada que la acompaña) ha reforzado la indignación generada por la anterior, ha debilitado la capacidad de maniobra y de respuesta de las fuerzas del sistema ante ambas crisis y ha obligado a que la respuesta a la crisis institucional también haya debido tener componentes (al menos discursivos) forzosamente situados fuera del marco hasta ahora habitual (horizonte constituyente, República, planteamientos federalistas de diverso tipo, formas o estilos de la democracia, pertenencia al euro o incluso a Europa…).

Ambas circunstancias o crisis (o, mejor dicho, su coincidencia) son las que han permitido o provocado que la respuesta social y política haya sido, e incluso todavía esté siendo, de una fortaleza también inusual que se ha manifestado en lo que, solo para entendernos, podríamos denominar como el fenómeno “Podemos”.

Por primera vez desde el final de la dictadura ha habido un sujeto político nacido de una movilización social específicamente puesta enfrente de la institucionalidad dominante y claramente dispuesta a actuar sin voluntad de ser parte del aparato de dominio social (algo que, en cuanto dejó de ser indisimulado, provocó lógicamente una respuesta también inusualmente contundente por parte del sistema).

Por primera vez, tenía presencia política decisiva quien expresamente deseaba hacer y hacía política extramuros y quien, a poco que tirase del hilo de la crisis económica, se encontraría inevitablemente en posiciones antisistema (ni siquiera por voluntad propia, sino porque la crisis es sistémica).

Sin embargo, el impresionante impulso con que se fue manifestando y desarrollando ese proceso de irrupción política no solo de un nuevo sujeto, sino también (y eso era igual de importante) de un nuevo movimiento social, de un nuevo ecosistema de la política, de un nuevo lenguaje y de una nueva “georreferencia” de las alianzas, ha entrado en barrena desde hace algún tiempo.

Y me temo que pueda ocurrir que la llamada Gran Recesión termine, desde el punto de vista de la respuesta social, en la Gran Frustración o la Gran Decepción (francamente, me siento ahora incapaz de decidirme por un término o por otro, quizá, porque en el fondo creo que deberían utilizarse los dos).

En este contexto, el debate que suelo percibir sobre lo que ha ocurrido y sobre lo que podría ser que ya haya empezado a suceder me parece bastante elemental, por no decir que simplista.

Básicamente se centra en discutir si la izquierda debe darle prioridad al trabajo institucional o al de “la calle”, si la batalla electoral es central o no, si hay que ser más o menos “radicales” en el sentido de subrayar o verbalizar con mayor énfasis el carácter antisistema de los proyectos políticos, si éstos deben revestirse de un barniz claramente de izquierdas o si deben presentarse como algo “transversal” y susceptible de ser asumido por sectores sociales tradicionalmente alejados de estos planteamientos o, incluso (como ocurre cuando escribo estas líneas), si el problema es “el tono” más o menos fuerte del discurso de los líderes.

Es posible que esté simplificando la situación, los términos del debate y la naturaleza de los discursos que se hacen. Pero, lo que quiero señalar es que me parece que (al menos con carácter general) no se está entrando a plantear y resolver lo que a mi juicio son grandes patologías que vienen afectando desde hace decenios a las izquierdas y que, a mi modo de ver, son las responsables de que sus proyectos políticos o experiencias de gobierno sigan estando abocados o a fracasar o a traicionar.

Como el espacio de esta aportación es muy reducido, me limito a presentar, de la manera más resumida posible y siempre en términos generales (sabiendo que hay excepciones a lo que señalo), las que me parecen más importantes y las que creo que en mayor medida influyen en el desinflamiento de la izquierda a la hora de dar respuesta a una situación de crisis generalizada que en principio era muy favorable para que de ella viniese el impulso y la orientación del cambio.

En primer lugar, me parece que las izquierdas siguen generalmente atadas a un concepto del progreso y la transformación social decimonónico que carece del componente más importante que puede y debe tener cualquier estrategia de cambio social que tenga al ser humano como eje central: el humanismo. Tengo la impresión de que las izquierdas actúan guiadas por una percepción mecanicista de la historia que hace creer que los cambios se producen simplemente operando sobre las grandes piezas o agregados abstractos de la vida social.

La principal consecuencia de ello es que las izquierdas no han aprendido a convivir con los seres humanos en su realidad cotidiana como personas ni a congraciarse con su diversidad. A las izquierdas todavía parece que les cuesta mucho trabajo entender que, aunque es evidente que existen clases y grupos sociales específicos y con características o incluso intereses objetivos comunes, los protagonistas reales de la vida y el cambio social son los seres humanos (ojo, no como individuos sino como seres sociales). De ahí que siga siendo proverbial su incapacidad para afrontar en paz y con eficacia el diálogo con la sociedad, y no solo con la más distante sino con la más próxima, con ella misma. Y de ahí el cainismo tan generalizado y presente.

Me temo que las izquierdas siguen sin ser capaces o sin tener deseo de ser amables, de ser humanas, y que carecen de prójimos.

Hicieron suyas las banderas de la libertad y la igualdad pero dejaron a un lado la fraternidad. Y así es muy difícil que se hagan querer por quienes no compartan su credo o los postulados de su exclusiva razón (o incluso por quienes los comparten).

En segundo lugar, también tengo la impresión de que las izquierdas siguen teniendo una percepción fragmentada o incluso dicotómica de la realidad y de la acción social y que sus planteamientos carecen del sentido de la complejidad que es imprescindible para reconocer la realidad tal cual es.

La supuesta disyuntiva entre lo institucional y la calle, o entre la reforma y la revolución son buenos ejemplos de ellos.

Quizá todo eso tenga mucho que ver con el hecho de que las izquierdas no han sabido crear un espacio de creación intelectual, de pensamiento y reflexión compartidos, de elaboración colectiva, de donde salga combustible cognitivo para la acción social y una especie de lengua franca a la hora de hacerle propuestas a la sociedad.

Una de las consecuencias más paralizantes de esta carencia es la baja formación, la escasa cualificación y la poca preparación de quienes deberían ser mediadores o creadores de una nueva realidad y de efectos letales que no creo que sea necesario subrayar.

En tercer lugar, me parece evidente que las izquierdas siguen limitándose generalmente a ofrecer a la sociedad proyectos de futuro que solo se pueden asumir o no como se asumen las creencias religiosas, mediante actos de fe. Las izquierdas no han sabido “anticipar” el futuro que pregonan construyendo ahora experiencias de vida y organización social que de algún modo permitan visualizar el modo de vivir futuro y diferente que ofrecen a los demás.

Y me parece particularmente grave y paralizante que la izquierda más radical haya despreciado e incluso demonizado el reformismo que permite hacer cosas y vivir experiencias, y no solo hablar de ellas, que demuestra a la sociedad que las cosas pueden cambiar y, sobre todo, que permite que las personas se empoderen cuando comprueban que pueden construir otro mundo por sí mismas. Es normal que a la gente le cueste creer que quien es incapaz de transformar una minúscula parte sea capaz de transformar el todo.

En cuarto lugar, las izquierdas todavía llevan sus espaldas el lastre tremendo que supone haber renunciado en su día a hacer suyos los ideales de la democracia y los derechos humanos dejando en otras manos los mejores escudos sociales frente a las crisis y el sufrimiento que provoca el capitalismo.

Finalmente, las izquierdas siguen siendo profunda y lamentablemente masculinas y completamente desentendidas del cuidado y del cariño como prácticas básicas de la vida (y, por tanto, de la política).

En suma, creo que, más allá de respuestas coyunturalistas, a la izquierda le hace falta pensar colectivamente antes de actuar, dialogar entre sí y con la sociedad en su conjunto con fraternidad, anticipar el futuro y poner en marcha experiencias de producción, consumo y de relación social novedosas, hacerse femenina y convertir la política en una dimensión más del cuidado, y entender que los cambios sociales no son una operación mecánica sino la obra de seres humanos muy diferentes, con intereses contradictorios y no siempre compatibles. Y ni siquiera así será fácil.

——————

Juan Torres López es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla.