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Rubén Darío Buitrón

Me he reído este fin de semana con algunos tuits en mi contra, que van desde las burdas acusaciones de que con mis opiniones “estoy buscando cómo saltar la cerca y pasarme a la derecha” (?), hasta que trabajo en un Diario “al que el partido Avanza le auspicia con millones en publicidad”.

Estas infames acusaciones de los tuiteros asalariados son calumniosas y los irresponsables que las escriben tendrán que demostrarlo.

Si estoy en diario El Norte es porque es un diario ético y equilibrado, que tiene como lema “Lejos del poder, cerca de la gente”, y cuya circulación y lecturabilidad es mucho más alta que cierto periódico que no circula ni subvencionado.

Los asalariados me critican porque les he demostrado que el prefecto del Guayas, Jimmy Jairala, era intocable en redes mientras estaba cerca de Alianza PAIS.

Y ahora, como decidió (no sé las razones) adherirse a la candidatura del general Paco Moncayo (Izquierda Democrática), a Jairala lo tildan de monstruo, Judas, traidor, alguien a quien AP nunca necesitó, oportunista, en fin…

Les ha dolido que me atreva a decir lo que muchos piensan, pero no lo dicen por miedo: ¿qué hace el candidato de AP, Lenin Moreno, recorriendo Centroamérica para recibir doctorados honoris causa, cuando -según como yo creo que tendría que ser- debiese estar acá organizando los detalles de su campaña electoral y participando en ella? ¿No es eso lo que debería estar haciendo este momento el más importante candidato a Presidente de la República?

Pero aquellos chacales me han calumniado, como siempre, desde sus cuentas fantasmas, desde sus avatares falsos, desde sus seudónimos. Sin siquiera dar la cara. Cobardes.

Y entonces es inevitable citar al escritor y sociólogo italiano Umberto Eco, quien meses antes de su muerte, ocurrida hace poco, calificó a las redes sociales, en especial a Twitter y a Facebook, como “una cantina donde los borrachos se reúnen a proferir una serie de insultos y conceptos insensatos” contra de quienes suponen sus enemigos.

Entre mis casi 10 mil seguidores (no promocionados ni comprados, como hacen algunos de los que me atacan) recibí un tuit en el que una persona me preguntaba, con sobra de razón, cuál es mi línea ideológica.

Y remataba con la explicación de que, como es mi seguidora, tiene derecho a saberlo.

Le respondí de inmediato: “Toda la vida he sido y seré de izquierda. Y toda la vida seré crítico y autocrítico”.

Creo en una izquierda capaz de llevar a buen puerto un proceso revolucionario, pero un proceso revolucionario de verdad, un proceso, como decía Trosky, de una constante revolución de la revolución, de una revolución permanente que vaya puliéndose y perfeccionándose a base de la autocrítica.

Creo en una izquierda que se juega por los demás, no por sus propios bolsillos. En una izquierda honesta, transparente, que no entre a trabajar en el Estado para llenarse de dólares y huir a España o a Miami (exactamente como lo hicieron los Isaías).

Lo que dudo es, en el hipotético caso de que perdiera el candidato oficialista Lenin Moreno, cuánto les durará a ellos su “transparente militancia”. En poco tiempo veremos, si aquello sucede, dónde y con quién estarán ellos y dónde y dónde estaré yo.

Esta historia podría ser una simple anécdota personal que a mis lectores no les interese, pero sí merece atención general porque refleja la tragedia que está ocurriendo en el país: el crecimiento de la intolerancia, la violencia verbal, el abuso de poder en ciertas instancias estatales, la estigmatización a quienes no piensan como ellos y, sobre todo, la falta de autocrítica de quienes (y esta es la parte más triste) creen ser los dueños de la verdad.

Pero, ¿quién les dijo que ser de izquierda es hacer lo que ellos hacen?

¿Con qué derecho descalifican a quienes venimos, hace rato y no porque viene la campaña electoral, advirtiendo que el movimiento gubernamental (AP) no hace autocrítica, no depura, no saca a la  gente corrupta, no elige a sus colaboradores por meritocracia sino por simpatías personales?

¿Con qué derecho ofenden y calumnian a quienes desde el lugar que nos ha correspondido estar hemos sido consecuentes y éticos con nuestros pensamientos y nuestras formas de ver la vida?

¿O que es, en el fondo, como yo me siento libre de escribir en mi  blog, en mi página de Facebook o en mi cuenta de Twitter, no les gusta que se digan las cosas que alguien debe decir? ¿No se dan cuenta del riesgo de convertirse en cómplices de los atracos por desviar la atención o por bajar el nivel de escándalo de lo que está ocurriendo ahora mismo?

Solo un ejemplo: desde hace más de dos años vengo pidiendo públicamente, como ciudadano cualquiera, que AP se depure, que limpie las instituciones estatales de oportunistas y de “revolucionarios” de última hora, que deseche a los burócratas, que haga una autocrítica profunda, que seleccione a los funcionarios con verdaderos procesos de meritocracia.

¿Cuántos millones de dólares habría ahorrado el país si AP depuraba a tiempo a los corruptos del caso Petroecuador? No lo hizo.

Y así se llaman de “izquierda”. Y de “manos limpias”.

Y a quienes honestamente criticamos, desde una posición de izquierda consecuente pero no fanática ni interesada en nada personal, se atreven a llamarnos de “derecha” o de “manos sucias”.

Repetidores de consignas, enceguecidos y/o burócratas que gozan de muy buenos ingresos del Estado, recuerden lo que dicen sus propios espacios propagandísticos: “¡Qué caretucos!”