Una imagen puede calumniar. Puede difamar. Puede crear escenarios distintos a los de la realidad. Puede jugar con las percepciones de quienes la miran. Puede sugerir hechos que no necesariamente han ocurrido. Puede hacer que desconfiemos del discurso oficial o del discurso de oposición. Puede hacer más daño que la palabra.

No es necesario pensar demasiado para concluir de dónde salió la fotografía: de quien la tomó, por supuesto. O de quien supo quién la tomó.

Recordemos que hace meses pasó algo menos horrendo, pero igual de absurdo: circularon en redes imágenes de una exdirigente gremial aparentemente en la intimidad sexual.

¿Fue necesario hacerlo? No.

Pero más allá de estas acciones que producen cierto escalofrío o estupefacción al ponernos a pensar quién y por qué se lo hace, este es el problema menor.

El problema mayor es llegar a la conclusión de que en el Ecuador la deliberación política está clausurada.

Que quienes atacan la reputación de una persona con una fotografía de su cadáver semidesnudo están dispuestos a jugárselo todo por recuperar el poder político.

Y que en ese jugárselo todo no tendrán ningún escrúpulo a la hora de enlodar a quien crean que deben enlodar, manchar, ensuciar para bajarlo del lugar donde esté.

Si las circunstancias que rodearon la muerte del asambleísta fueron personales, ¿por qué agredir así, públicamente, el dolor de su familia, de sus compañeros, de sus amigos?

¿La fotografía revela algo que tenga que ver con el Estado, con el Gobierno o con la Asamblea Nacional?

Si no lo revela, ¿qué sentido tiene conseguirla a cualquier precio y difundirla subrepticiamente, como si nada ocurriera, seguramente con el propósito de generar reacciones que van desde la especulación morbosa hasta la degradación moral?

Quien puso a circular la fotografía sabe, conoce que “a la hora de persuadir, en el mensaje no es lo mismo recurrir al discurso racional que a las apelaciones emocionales, ni es equivalente apelar a emociones positivas que a emociones negativas”, como dicen los autores del libro “Tácticas e iconografías del poder” (*).

“Los efectos de la propaganda son siempre intencionales, pero, ¿se pretende que la gente recuerde argumentos o emociones?, ¿se persigue un impacto inmediato o la creación, aceptación y naturalización de una cierta tendencia a lo largo del tiempo…?”.

Quienes pusieron la foto en redes sociales tenían la certidumbre de todas aquellas emociones que la imagen produciría: sorpresa, asombro, dudas, conjeturas, desprestigio, incertidumbre…

La imagen como arma de ataque.

Un ataque implacable desde frentes inconcebibles, desde campos de acción donde pocos se atreven a disputar una batalla.

Un ataque implacable que muestra el tono degradante y degradado que tendrá la campaña electoral para las elecciones presidenciales y legislativas del 19 de febrero de 2017.

Un ataque implacable que deja ver con claridad la inutilidad de que los ciudadanos levantemos las voces y exijamos que el país conozca los planes de gobierno, las maneras en que se llevarán a cabo esos planes, las similitudes y las diferencias entre uno y otro candidato, la diversidad al proponer el Ecuador que queremos o el Ecuador que no queremos.

Pero si se empieza con golpes bajos, como el de la imagen del asambleísta fallecido, está claro que no habrá un intercambio de propuestas estratégicas, tácticas e ideológicas.

Está claro que no se elevará la calidad del discurso, sino que se combatirá desde las alcantarillas, reduciendo al mínimo la posibilidad de que el ejercicio de la política y la forma de estructurar una campaña tengan dignidad, respeten al adversario, pongan sobre la mesa ideas y no agresiones de ningún tipo.

Si es así, preparémonos para lo peor.

Para una guerra de guerrillas en que el ataque por la espalda y bajo las sombras trazará la ruta por donde irán quienes se han propuesto “recuperar el país” con un discurso moralista y ético que se queda en la superficialidad y suena falso, porque mientras dicen una cosa es otra la que, sin dar la cara, empiezan a dejar que fluya por las alcantarillas donde pretenden conducir la confrontación electoral.

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* Tácticas e iconografías del poder (Virginia García, Orlando D’Adamo y Gabriel Slavinsky)