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Insistimos tanto en que el 2017 quieren recuperar el poder los banqueros y sus cómplices, entre ellos una parte importante de la prensa y de los periodistas, que el tema parece una certeza indiscutible, incluso en función de la estrategia electoral.

Y lo es. Pero, ¿cómo se ha enfrentado y se está abordando ese tema para los votantes?

Los jóvenes que en el 2017 podrán votar (voluntariamente, desde los 16 hasta los 18 años no cumplidos) tenían apenas entre 6 y 7 años cuando empezó la revolución ciudadana y un buen porcentaje aún no nacía o estaba recién naciendo durante la crisis bancaria de 1999.

Hace poco, una desconcertada candidata a asambleísta de PAIS se preguntaba: ¿Por qué a nadie de AP o del Gobierno se le ocurrió trabajar pedagógicamente en ese aspecto crucial?

¿Por qué nadie trabajó pedagógicamente en un proyecto de concienciación para entender el ascenso y caída del coronel Lucio Gutiérrez, la revuelta de los forajidos y el surgimiento de la revolución ciudadana?

¿Por qué nadie explicó, metodológicamente, que la revolución ciudadana nació como producto de un hartazgo mayoritario frente a los tradicionales partidos políticos, a sus líderes, a sus voceros y a los grandes medios que se confabularon para que el Ecuador olvide qué pasó en la década de los 90 y cómo 1999 terminó en tragedia para millones de personas como consecuencia de la crisis bancaria?

He ahí el quid del asunto. A nadie se le ocurrió realizar un trabajo sistemático, histórico y no publicitario.

Y con gente de experiencia pedagógica en el poder, es insólito que esto haya ocurrido: una cosa es que el presidente Rafael Correa y ciertas piezas propagandísticas de la Secom lo hayan dicho y lo sigan diciendo ahora, a las puertas de la campaña electoral, y otra cosa es que esa realidad o ese pasado oprobioso haya penetrado en la conciencia de los jóvenes.

Un análisis de Alexis Oviedo dice que la mayoría de ecuatorianos son menores de 25 años y que, según las proyecciones del INEC, los jóvenes entre 18 a 26 años serán aproximadamente 2’700.000 para el 2017.

Si es así, señala Oviedo, “el voto de los jóvenes se volverá decisivo para el candidato que ese sector apoye mayoritariamente”.

Captar a las “tribus urbanas”. Ese es uno de los principales retos de los candidatos presidenciales.

A los rockeros metálicos, a los animalistas, a los estudiantes universitarios, a los ecologistas, a las minorías sexuales, a los pro-legalización de la marihuana, a los no extractivistas, a los antitaurinos, a los veganos, a los músicos y poetas, a los cultores de los productores orgánicos, a los emprendedores, a los que no tienen idea de qué hacer con su futuro…

Los jóvenes esperan planes concretos para todas aquellas inquietudes e, incluso, para mejorar mucho más la atención en salud pública, el sistema de educación universitaria y el más crítico, el del empleo.

Justo en este aspecto es donde se centra una de las propuestas del banquero-candidato Guillermo Lasso, quien ha prometido crear un millón de empleos (?) en cuatro años de gobierno.

La propuesta es descabellada, pero nadie puede predecir si llegue al inconsciente del elector joven y logre adeptos, lo cual sería trágico para el futuro del país.

Mientras eso ocurre en la por ahora segunda tienda política con posibilidades de llegar a Carondelet, quienes rechazan esta posibilidad se quedan en el voluntarismo y el deseo de que eso no ocurra.

Aquí algunas reflexiones de tuiteros que combaten a Lasso (y a Pozo, acompañante de Cynthia Viteri en la fórmula del PSC):

“Espero que los votantes recuerden qué pasó en esa etapa. Sería necesario que recapaciten. No es odio, es memoria”.

“Hay que recordar lo que decían los testaferros de Fernando Aspiazu (expropietario del Banco del Progreso y del diario El Telégrafo). Regionalistas. Separatistas. Calumniadores”.

Es preciso recordar que uno de estos columnistas y matemáticos de aquel tiempo fue el que en la tragicómica marcha de “Los crespones negros” en Guayaquil se trepó a una pared y quitó el letrero de la calle Pichincha.

No fue una casualidad.

La banca guayaquileña, sobre todo la comandada por los prófugos hermanos Isaías (Filanbanco), los exdueños del Banco Continental y el propio Aspiazu, apoyados abiertamente por el alcalde socialcristiano León Febres Cordero, trataban de ocultar que la crisis se desató por la corrupción de los préstamos vinculados (empresas fantasmas creadas por ellos, con testaferros, y dinero que iba a los bolsillos de los mismos banqueros) e intentaban que los perjudicados creyeran que la quiebra se debía a un ataque económico y financiero de Quito contra Guayaquil o de serranos contra costeños.

Cuando recordé esto en mi cuenta de twitter alguien dio RT y añadió que “jamás olvidaré la crisis bancaria porque tuvo que viajar a España en busca de trabajo y “perdí tantos años de estar con mi familia…”. Después escribía, casi con desesperación: “Por favor, ¡no dejemos que regresen esos corruptos!”.

Otro tuitero recordó que “la vieja partidocracia y la gran prensa fueron cómplices no solo de la crisis bancaria de 1999 sino de la sucretización, los gastos reservados, la creación de la AGD, la privatización de la salud, la politización de la salud y la educación…”.

Es cierto. Pero, ¿qué acciones efectivas hemos realizado para que aquello no vuelva a suceder?

No hemos entendido que, como decía el famoso filósofo y educador Jhon Dewey, “la gente es capaz de entender los asuntos públicos, pero los medios de comunicación no suelen ofrecerle el servicio adecuado”.

No hemos entendido que, si no se la cultiva todos los días, la memoria social es frágil.

No hemos entendido que los jóvenes de 25 años para abajo no recuerdan en su propia piel el impacto social y económico y familiar que significó el feriado bancario.

Hay gente buena y hasta inocente que me escribe y se pregunta “por qué los padres y abuelos no han conversado de estos temas con sus hijos”.

Como dijo en 1961 el comandante cubano Fidel Castro, recientemente fallecido, en las Naciones Unidas,  “mañana será muy tarde para todo lo que debemos hacer hoy”.

No podemos quedarnos en el lamento. No es suficiente decir que “la tragedia del feriado bancario, sus consecuencias y sus actores deben ser conocidos por los jóvenes. Y nunca más repetirse”.

Si los causantes de la tragedia bancaria, cuyas consecuencias hasta ahora las sufrimos (basta ver lo que ocurre con la dolarización y los miles de compradores ecuatorianos que van a Ipiales y Pasto cada semana) quieren volver al poder, es necesario poner en marcha una estrategia de pedagogía social (no la repetida “socialización”, que poco consigue).

¿Y los grandes medios? Simplemente cómplices.

Como dice Boczkowski: “Los periodistas creen que al público le interesa lo mismo que a ellos y son insensibles a lo que el público realmente quiere”. 

Volvamos al punto: desde 1999 hasta hoy han pasado más de 17 años.

Millones de jóvenes no han debatido lo que ha hecho el Gobierno en su beneficio y tampoco han sido críticos abiertos si no están de acuerdo con alguno de los hechos, lo cual hace daño a los mismos jóvenes y a los dirigentes de AP para que cambien lo que sea necesario.

Millones de jóvenes no tienen conciencia del impacto social de aquel asalto al país por parte de los banqueros que si llegaran a captar ese alto porcentaje de votación pondrían en grave riesgo el futuro del Ecuador.

Hoy los banqueros prometen el paraíso pero, seguro, si ganan las elecciones al país se le vendrá otro infierno.