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No vale más el asesino despiadado que el ladronzuelo callejero.

No vale más el médico prestigioso que el conductor de la ambulancia.

No vale más el goleador de fútbol europeo que el arquero del equipo de barrio.

No vale más el presidente de un país que el pordiosero del pueblo más lejano.

No vale más el veterano periodista que el reportero principiante.

No vale más el ingeniero que el albañil.

No vale más el papa de Roma que el cura del pueblo fantasma.

No vale más el decano de la facultad que el conserje que limpia los pupitres de las aulas.

No vale más el señor ministro que su guardaespaldas.

No vale más el arrogante director del periódico que el más humilde canillita.

No vale más el prepotente empresario que el semianalfabeto guardia de la puerta principal de la fábrica.

No vale más la guapísima reportera tuneada que aparece en televisión que la humilde chica que lucha en la universidad por ser la mejor.

No vale más la gerenta tipo Carolina Herrera que la recepcionista tipo hipster.

No vale más el director-gerente que el chofer personal de la esposa de aquel.

No vale más el PhD que el bachiller.

No vale más el Presidente que el ciudadano de a pie.

No vale más el extravagante ejecutivo de un banco que el sudoroso y novato cajero.

No vale más el hombre famoso que el adolescente emprendedor pero desconocido.

No vale más la prestigiosa ejecutiva que la joven estudiante de provincia.

Solo vale quien realmente vale.

Solo vale quien lleva en su alma el deseo de convertirse en un decisivo y extraordinario ser humano dispuesto a servir, amar, trascender, jugarse la vida por los demás.

Y para eso no hay título ni cargo ni poder que valgan.

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