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Siempre he tenido sospechas de aquellos periodistas que cuando entrevistan mueven la cabeza asintiendo, como si estuvieran de acuerdo con todo lo que les dice el personaje.

Y ayer, 14 de diciembre de 2017, vi algo que confirmó mis suspicacias.

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Como recuerda Daniel Novasco, en diciembre de 1949 las Naciones Unidas firmaron el Convenio Contra la la Trata de Personas y la Explotación Ajena, con lo cual se abolió para siempre la esclavitud.

¿Lo sabrán este presunto candidato a asambleísta y esta presunta periodista o entrevistadora que por poco aplaude lo que dice el seudoaspirante legislativo?

En algunos casos puede ser una manía, un tic adquirido por los años, pero aun así es preocupante porque esos gestos hablan de un periodista sumiso, no de un periodista dispuesto a luchar por conseguir la mejor información con el rigor, la entereza, la frontalidad y la contextualización.

Porque ese es nuestro trabajo: cuando hablamos en público con un político, con un candidato, con un funcionario, con un analista, con un experto, con alguien que, se supone, tiene información relevante para la sociedad o para el país, es esencial que nuestra actitud sea horizontal.

Horizontal en el sentido de mirarlo a los ojos. De preguntar con argumentos. De repreguntar hasta conseguir lo que se busca. De formular preguntas documentadas. De contextualizar cada tema y cada subtema.

De no permitir que sea el entrevistado quien saque provecho de su presencia en el medio. De ponerlo contra la pared, si es necesario, hasta que diga lo que el periodista, en función del interés general, tiene la obligación de sacar.

El periodista no puede asentir y, peor, pronunciar palabras como “claro”, “por supuesto”, “ajá”, “sí”…

Si bien la mejor entrevista es la que se convierte en una conversación entre dos personas que conocen los temas que se tratan, la clave está en el intercambio de conceptos, de razones. La clave está en no permitir al entrevistado que se escape con información que se pudo y que, por obligación profesional, se debió obtener.

El periodista no puede olvidar, porque de lo contrario pierde la confianza de su público, que cada vez más los ciudadanos van entendiendo que el único modo de que una sociedad se desarrolle es sintiendo que existe transparencia no solamente de los representantes del Estado o del Gobierno o de otro tipo de poderes fácticos, sino también transparencia del mismo periodista.

Es imperativo entender que la opinión pública ejerce una función de control social y que depende de nosotros, los comunicadores e informadores, que una idea política, económica, social o comunitaria puede ser socialmente aceptada o rechazada según la manera en que la presentemos a las audiencias, pero es tajantemente claro que conseguirlo requiere del periodista una actitud decidida, un estado mental lúcido y claro, un modo de preguntar respetuoso pero sin concesiones.

Y un asunto esencial: si el periodista X no consigue la información que busca en el entrevistado, téngalo por seguro que otro periodista la obtendrá.

Si este periodista (llamémosle Y) alcanza a captar todos los datos que son imprescindibles y los difunde, su colega X está perdido: ha sido derrotado en la batalla por contar la noticia que el público exige.

En el Ecuador se necesita cambiar el chip de muchos entrevistadores, en especial de radio y de televisión. El chip de aquellos que asienten y hasta se muestran de acuerdo, sonrientes y compasivos, con lo que dice el personaje que  tienen al frente porque no se prepararon lo suficiente para una de las estrategias clave del frente a frente: la contrastación.

La contrastación se complementa con el estudio previo del caso que se trata con el entrevistado, con la investigación de los datos que se quieren ratificar o rectificar, con la acertada preparación y conocimiento de los hechos anteriores a lo que se indaga y la visión de las posibles consecuencias.

Hacer un periodismo mediocre y vergonzante es antiético y antiprofesional. Hacer un periodismo mediocre y vergonzante es inmoral. Porque nuestro deber fundamental es ser excelentes profesionales: es lo que la sociedad espera de nosotros.

Con las herramientas digitales contemporáneas que cuenta el periodismo, dice Noelle-Neumann, “nada se puede esconder para siempre y nadie puede escapar para siempre”.