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La crisis que vive el periodismo ecuatoriano se expresa en la impotencia ciudadana de conocer la verdad (o mentira) de lo que pasa en Morona.

Allí, esta semana, la tercera de diciembre de 2016, se han producido violentos enfrentamientos, con el lamentable desenlace de la muerte de un policía, alrededor del rechazo a la exploración minera de una compañía china en territorios que para indígenas y ecologistas son ancestrales, pero que para el Régimen no lo son.

El problema del conocimiento del caso es también grave.

¿A quiénes debemos creer los ciudadanos?

¿Si un periodista o un medio dice que los agresores fueron los policías o los militares, es antigobiernista?

¿Si un periodista o un medio dice que los agresores fueron los indígenas, pertenece al oficialismo?

¿Por qué no existe una tercera posición que nos permita a los que no estamos allí determinar nuestra posición sobre los hechos?

¿Cómo podemos los ciudadanos entender el porqué, el cómo y el dónde y el contexto en que se están produciendo los sucesos, si no tenemos la información completa?

¿Se han puesto a pensar, quienes están de un lado o del otro de la información, que existen millones de ecuatorianos sin acceso directo a los hechos y, por tanto, sus reacciones pueden ir desde la indiferencia (que es la posición más cómoda y más peligrosa para una ciudadanía que cada vez debiera ser más reflexiva) hasta la toma de posiciones radicales (que también es peligrosa porque la gente opina de una manera injusta o expresa cosas sin fundamento).

Un país permanece maniatado y amordazado cuando ocurre un hecho grave (al menos, eso es lo que nos hemos enterado desde las partes en conflicto), en especial en un sector tan delicado como la Amazonia, y el país solamente tiene un conocimiento superficial o manipulado o tergiversado o politizado.

Un país que logra conocer retazos de la realidad es víctimas de la omisión, de la exageración, de lo que no se dice, de lo que dice a medias, de lo que dice según las conveniencias de un sector o de otro.

El hecho se agrava porque los acontecimientos se producen en una zona que muchos ecuatorianos y extranjeros creen intocable o intangible, sacralizada, hasta el punto que  los mestizos locales y extranjeros o la policía y el ejército o las compañías mineras o petroleras quizás no deberían ni siquiera acercarse jamás porque no tienen el derecho de hacerlo, a menos que las comunidades del lugar lo permitan.

¿Cómo tener la certidumbre, entonces, de quiénes nos están diciendo lo que realmente ocurre y de qué es lo que realmente sucede?

Es una consecuencia del transcurrir contemporáneo en el Ecuador el hecho de que el periodismo se haya partido en dos.

Vivimos en una sociedad cada vez más polarizada donde se ha producido un quiebre histórico a partir del antes y el después de la llegada hace diez años del presidente Rafael Correa.

Y los medios y los periodistas, como actores de la cotidianidad social, política, partidista, económica e ideológica ecuatoriana, también son parte de esa polarización.

Ese no es el problema. El problema se produce cuando la polarización empieza, consciente o inconscientemente, a dejar a un lado el relato de los hechos y, de nuevo consciente o inconscientemente, convierten a la información en propaganda.

Por eso los expertos dicen que en una guerra o en un conflicto gana quien controla la información.

Gana quien logra mayor credibilidad ante la opinión pública (no ante la opinión publicada).

Porque es la opinión pública, es decir, lo que está percibiendo o suponiendo o sintiendo la gente común en las conversaciones de la calle, lo que determina, al final y aunque el uno o el otro sector tengan la razón, quién está en lo correcto y quién no.

Cuando los medios, privados u oficiales, asumen un discurso proselitista y narran los hechos luego de hacerlos pasar por el filtro ideológico o por el filtro de los grandes intereses particulares o demagógicos -mucho más a las puertas del proceso electoral del próximo 19 de febrero cuando elijamos presidente de la República y legisladores de la Asamblea Nacional-, no están cumpliendo su función ética de informar.

Dejan de ser medios de comunicación para convertirse en medios de propaganda.

Y cuando hablamos de propaganda ya no hablamos de periodismo, porque el periodismo va muriendo al calor de una lucha ideológica que no admite posiciones de equilibrio o de información factual.

Entre lo que nos cuenta la prensa oficial y lo que nos dice la prensa antioficial, la tragedia del país (y con ella del periodismo) es que nos vamos quedando sin certezas.