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Por Rubén Darío Buitrón

LA TV, POLÍTICAMENTE OBSOLETA (I)

Los medios, privados y no privados (porque no existen los públicos en el Ecuador, sino los gubernamentales), tienen un vicio contradictorio: a pesar de que entre ellos se dicen “la competencia”, tienen una vocación de manada que no la pueden disimular. Ahora que estamos a las puertas de las elecciones presidenciales y legislativas en el Ecuador, todos han decidido hacer programas para invitar a los candidatos en formatos similares: preguntas convencionales, respuestas convencionales, invitados  convencionales.

LA TV, POLÍTICAMENTE OBSOLETA (II)

En los canales de televisión nacionales y locales todos repiten, con ligeras variaciones, la estructura que venimos mirando hace decenas de años cada  vez que se avecinan los comicios. Las cadenas de TV promocionan no a los candidatos, sino a sus estrellas, a lo que llaman, con sobra de insensatez, sus “talentos de pantalla”. Quizás en sus planificaciones previeron, ahora que está de moda, averiguar qué quiere saber la gente común, pero de ahí no pasan. Lo máximo que hacen es poner pequeños videos con preguntas preseleccionadas.

LA TV, POLÍTICAMENTE OBSOLETA (III)

Los programas políticos en la televisión adolecen de una pobreza conceptual, sociológica, educativa y orientadora que se vuelven un espectáculo más de los tantos que circulan por la pantalla: programas de farándula, de cocina, de salud, telenovelas con guiones que dan la vuelta a las historias que desde hace 40 años nos cuentan los brasileños, los mexicanos y los venezolanos, los previsibles noticieros paracializados y los burdos espacios mal llamados de “humor popular”que caen en el ridículo. Por eso se llaman “telebasura”.

LA TV, POLÍTICAMENTE OBSOLETA (IV)

En el Ecuador, a nadie se le ocurre cambiar los esquemas. Nadie arriesga dar un paso que podría tener riesgos pero que, si salen bien las cosas, instalaría a la cadena de TV a la cabeza de las demás que, por supuesto, de inmediato empezarán a imitarla. Los dueños de los canales de televisión pretenden obtener ganancias económicas (y recuperar el poder político que han perdido en los últimos años), pero no más. No piensan en los televidentes. No piensan en la gente común. No piensan en el país. Ni siquiera en que su propia obsolencia les está quitando rating o mercado, como les gusta hablar.