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Una sociedad democrática demanda un periodismo equilibrado, justo, veraz, producido con calidad y brillantez.
Y a todos los ciudadanos nos compete exigir que ese periodismo se instale en los medios de comunicación privados y públicos.
Una sociedad democrática requiere medios que indaguen, investiguen, cuestionen, critiquen o respalden al Gobierno, según sea el hecho.
Medios que ayuden a gobernar con informaciones veraces y opiniones sustentadas y argumentadas que sean luces, que sean faros, que sean linternas, no obstáculos ni piedras ni trampas en el camino.
Medios que respeten las diferencias y diversidades étnico-raciales, que acepten, divulguen y promuevan las distintas tradicionales y culturas de los pueblos, las sensibilidades, las preferencias sexuales, religiosas, ideológicas.
Medios que tengan el don de lograr que nos conozcamos entre nosotros.
Medios que muestren a la nación entera en su pluralidad, en sus diferencias, en sus disensos.
Pero todo eso en un contexto, en un ámbito, en un entorno en donde no existan los abusos.
Donde la libertad de prensa no sea, en el fondo, libertad de empresa y donde la libertad de expresión no implique excesos flagrantes en contra de cualquier persona o institución.
Donde no se calumnie, no se mienta, no se convierta en noticia un rumor, no se inflen los hechos para ganar rating o compra de ejemplares o para resolver disputas personales o ideológicas.
Como dice el catedrático argentino Daniel Dessein, coautor del libro “Reinventar la Argentina” (con el maestro Tomás Eloy Martínez), “la industria periodística –nostálgica por el protagonismo del pasado, presa del vértigo de la actualidad y propensa a la generación de pronósticos lúgubres sobre su destino-, debe repensarse a sí misma si pretende mejorar sus perspectivas”.
En el Ecuador también se trata de eso.
De que los medios que existen, aunque sus dueños y sus políticas editoriales estén apuntalados sobre la base de no simpatizar con el Gobierno, hagan un periodismo que informe los hechos concretos, sin torcerlos ni distorsionarlos, y cuiden especulaciones en los espacios de análisis y opinión. Datos, sí. Adjetivos, no.
Una sociedad democrática siempre necesita y necesitará de la más amplia pluralidad de medios, cada uno con sus estilos de contar los hechos y sus maneras de hacer información y opinión.
Una sociedad democrática siempre necesita y necesitará que los ciudadanos, a través de los medios, le digan, con argumentos y hechos, que algo anda mal, pero que lo digan con pruebas contundentes, con documentos, con investigaciones responsables.
Una sociedad democrática siempre necesita y necesitará una prensa madura, serena, profunda, que apunte a parámetros de excelencia y que, a su vez, contribuya a que el gobierno, cualquiera sea su tendencia política, también se proponga y alcance, en beneficio de todos, parámetros de excelencia.
En el libro Nuevos desafíos del periodismo, Ricardo Kirschbaum, presidente de la Global Editors Network (GEN) y editor general del diario Clarín, de Buenos Aires, afirma que cuando hay visiones periodísticas en pugna, como ocurre hoy en América Latina, “no esperen de nosotros una cultura de la resignación. Eso implicaría abandonar a los lectores pero, antes que nada, no poder enfrentarnos al espejo. Esperen sí, de nosotros, un trabajo cotidiano que no tiene adversarios sino compromisos: una sociedad en la que circule toda la información, todas las versiones, todas las ideas”.
Si la palabra de Kirschbaum es sincera, que así sea.
Y que los editores generales de los medios en Ecuador la recojan con la misma sinceridad.
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Fotoilustración de Kirsty Mitchell