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Rubén Darío Buitrón

Un escandaloso caso de corrupción con fondos del Estado ha dejado en evidencia, otra vez, pero ahora con más claridad, que hay dos tipos de periodistas: los que se venden y sirven a intereses oscuros y los periodistas que mantienen incólume su actitud y su trabajo y su esfuerzo por el bien común.

No hablo de periodismo privado ni “público”. Con excepción de lo que está haciendo la radio gubernamental bajo la dirección de Giovanna Tassi y algunos programas aislados y uno o dos espacios de EcuadorTV, donde brillan Carlos Rabascall, Rodolfo Muñoz o Mariuxi Mosquera, nada o casi nada los diferencia del viejo pero siempre vigente estilo (?) de las parrillas de programación de los tradicionales y poderosos canales privados.

Igual puedo decir de los periódicos. ¿Qué les diferencia a los privados y al supuesto “diario público”?

¿Sus líneas editoriales sesgadas, sus titulares a conveniencia, sus actores y protagonistas según el interés de unos u otros, su manera de ver fragmentos de la realidad (pero solo fragmentos) y su poder para crear portadas que influyan en una o otra dirección política a los lectores?

Por eso sostengo, aún a mi pesar, que en estos diez años de gobierno de la revolución ciudadana sus directivos, en especial los encargados de manejar la comunicación (no la propaganda, que es totalmente otra cosa), no han podido armar un proyecto de información creíble que incida en la sociedad, que nos haga sentir a todos como parte de eso que llaman “medios públicos”, pero que no lo son.

Tres medios privados han sido noticia esta primera semana de febrero: Ecuavisa, con Tania Tinoco; Teleamazonas, con Janeth Hinostroza; y Diario Expreso, con su conocido reportero Andersson Boscán y un misterioso y oscuro periodista español llamado Ricardo Árquez.

¿Por qué? Cada uno por su lado (al menos, es lo que parece, pero no puedo asegurar lo contrario) fueron a Miami, el refugio de los corruptos latinoamericanos, a entrevistar a Carlos Pareja Yanuselli, exfuncionario gubernamental y mano derecha del vicepresidente Jorge Glas, quien lo designó para que encargara de conducir uno de los ministerios esenciales de nuestra economía.

Ese ministerio fue el de Petróleos y Pareja Yanuselli, que burdamente creó empresas y desvió dinero a las cuentas de una empresa CAPAYA (fíjense el apuro o la poca imaginación de este delincuente).

Pareja resultó un corrupto que creó grandes empresas fantasmas y se apropió de millones de dólares junto con una banda (no cabe llamarlos de otra manera) de pillos integrada por su familia directa y por parientes y amigos de otro corrupto, este sí en prisión, Alex Bravo, quien en menos de medio año se convirtió en uno de los más millonarios del país con empresas, mansiones, dinero escondido hasta en los techos de las casas de otros funcionarios cómplices.

Glas, quien es candidato de nuevo a la vicepresidencia de la República con Lenin Moreno, exvicepresidente de Rafael Correa y hoy de nuevo aspirante a ser mandatario, ha dicho muchas veces que él “es el funcionario más auditado e investigado de la historia”.

¿Con eso quiere decir que él no tiene ninguna responsabilidad en el caso? No, necesariamente. Porque hasta ahora nadie nos ha dicho cómo y por qué Glas o el presidente Correa resolvieron seleccionar a Pareja.

Y ahí es donde entran los grandes medios o la gran prensa, como yo la llamo irónicamente.

Grande por su poder económico, no por su trascendencia ni por su actitud patriótica. Grande porque hasta hace diez años ponía presidentes, ministros, embajadores, funcionarios en puestos clave para que la favorecieran, por ejemplo en que sus empresas no paguen impuestos por la importación de papel o que tengan información privilegiada que les permitiera hacer negocios, entre otras ventajas. Un ejemplo: ¿con cuánta anticipación conocieron los dueños de los medios que el país iba a dolarizarse y cuánto ganaron al comprar dólares?

Pareja, en cambio, siempre deambuló entre la burocracia de gobiernos pasados, siempre (quizás buscando la oportunidad idónea para dar su golpe) quedándose pocos meses y, esto es una presunción, conociendo la telaraña de los trámites estatales para volverse millonario y empresario off shore cuando fuera oportuno.

Pero deambuló también por la gran prensa, en especial por diario Expreso, que lo acogió y lo mantuvo como uno de los “expertos petroleros” más significativos e importantes de su plantilla. Tenía sus páginas dominicales con grandes análisis y mantenía columnas donde era articulista, siempre centrado en el tema del petróleo.

Ahora es fácil saber para qué lo hacía. Tuvo la astucia de esperar muchos años hasta consolidarse como un imprescindible ciudadano que debía integrar la filas de la revolución ciudadana en calidad de sabio del manejo del petróleo. Se posicionó así. Y llegó a las alturas.

No olvidemos nunca esa imagen en la que Pareja está a la derecha y Bravo a la izquierda. Al fondo, la refinería de Esmeraldas, repotenciada a un costo muy superior al previsto.

En la mitad de ellos, emocionado, el vicepresidente Jorge Glas, encargado siempre de los sectores estratégicos del Estado, levantando las manos de Pareja y de Bravo y diciendo al país: “Lo logramos, Carlos y Alex, lo logramos”.

¿Qué pensará ahora Jorge Glas cuando ve esa repetida imagen? ¿Por qué nadie le ha preguntado sobre aquello? ¿Cómo se sentirá?

Hago un salto en la historia.

Meses después de que la Interpol supuestamente lo estaba buscando, con etiqueta roja (la más grave) porque huyó del país y se presumía que estaba en España, según los mismos funcionarios estatales, Pareja aparece en un hotel de Miami.

Aparece en calidad de víctima. Y en calidad de “testigo”, pero de testigo cobarde que no se atreve a decir lo que, según él, tiene que decir sobre la corrupción gubernamental.

Apenas si se arriesga a decir que “todo lo que se decidía en los sectores estratégicos lo conocía y lo avalaba Jorge Glas”. ¿Puede demostrarlo?

“El resto me me lo llevaré a la tumba”, dice el prófugo que, según se sabe ahora, mantenía correspondencia con el Presidente pidiéndole clemencia (aunque queda el sabor agridulce de que el Mandatario no nos contó ese pequeño pero clave detalle de los mails que iban y venían).

¿Capaya se lo llevará a la tumba junto con los millones de millones dólares que robó? Y, entonces, ¿para qué el show del polígrafo? Que lo aproveche en el infierno.

Pero voy al punto que más me interesa tocar: el de que hay una conspiración mediática para desprestigiar al Gobierno apenas a dos semanas de las elecciones.

Decir eso, aunque su mentor sea el venerable Atilio Borón, es ligero y poco sustentado, además de previsible.

¿No bastaron diez años de guerra abierta contra la prensa privada para restar la credibilidad de esta?

¿No fue capaz la revolución ciudadana de construir, pese a la amplia red de medios con los que cuenta, de construir una información no sesgada -igual que la de la privada- para que el país crea en su palabra?

¿Se confiaron o confundieron (voy más por la segunda) de que la maquinaria propagandística era suficiente?

Y ahora estamos presenciando las consecuencias de una comunicación gubernamental manejada desde el periodismo más con el hígado que con la razón.

Más con arrogancia intelectual que con la necesidad de demostrar a su competencia que sí se puede hacer periodismo público pero cuando se cuenta con el público, no cuando se toman decisiones (igual que lo hace la prensa privada) desde una mesa de editores donde priman la sabiduría, la percepción, la prepotencia y el carácter intuitivo de quienes manejan medios cuyo rating y cuya venta (en el caso del periódico) son mínimos frente a la prensa privada.

Se ha dicho mucho sobre los mercenarios del periodismo que fueron en busca de Pareja a Miami. Y hay decenas de preguntas:

¿Quién pagó el viaje de los mercenarios?

¿Cómo y quién los contactó?

¿Por qué se prestaron a lavar la imagen de un poderoso corrupto y van contra los intereses del país y contra el bien común?

¿Cómo es posible que se autodenominen “periodistas” y no sean capaces de cumplir el manual básico del periodismo que es constrastar, verificar?

¿Por qué se arriesgaron a ser cómplices del corrupto al conocer dónde está y no informar a la lenta (o calculadora) fiscalía ecuatoriana que ahora dice (este es otro problema que despierta sospechas desde el otro lado) que ya tiene los nombres del otro escándalo, el de Odebrecht, pero que aún “no puede revelar”?

¿Por qué la gran prensa no se atreve a publicar al menos una crónica, sino se arriesga a hacerlo con la entrevista, en sus medios, de manera formal, y lanzan a la víctima corrupta o al corrupto que hoy quiere aparecer como víctima, al aire desde espacios fantasmas en las redes sociales o, en el caso del periódico de marras, que grita a enormes titulares de que no publicaron por “ética”, cuando en realidad no lo hacen para que no les cayera el peso de la Ley de Comunicación ni un juicio penal como el que enfrentó El Universo cuando Emilio Palacio huyó a Miami después de fungir de “valiente editorialista”?

Cuando la gente escribe en redes sociales que los medios ecuatorianos son corruptos y que los periodistas también lo son, yo rechazo, públicamente, esas opiniones.

No son periodistas los que están dando la cara y los que están detrás.

Los que están detrás son titiriteros, son manipuladores, son compradores de conciencias, son auspiciantes de candidatos de extrema derecha, son corruptos en sus maneras de actuar, son cómplices de los autodenominados periodistas que son, en realidad, mercenarios y fanáticos enceguecidos en contra el gobierno de Rafael Correa.

Y los dueños de los tres medios implicados, ahora tan inocentes y tan morales y tan transparentes, usan misteriosas redes sociales para no comprometer su marca ni su empresa: lo ocurrido con Tania Tinoco es una vergüenza nacional. En un extraño “editorial” leído con tono admonitorio contra su compañera en el noticiero de la noche del domingo, dijo que “Ecuavisa no conoció del viaje de Tinoco (nótese el trato por el apellido) ni se responsabiliza del tema porque ella lo hizo a título personal).

En Ecuavisa, señores, como decía Pinochet, no se mueve una hoja de árbol sin la orden del jefe máximo, en este caso “Don Xavier”. Así que si Tania Tinoco no renuncia o no la botan, será otra de las tantas mentiras del Canal del Cerro.

Pero, en el fondo de todo, me quedan dos sensaciones devastadoras.

Una, que en diez años no hayamos sido capaces (me incluyo como ciudadano y como periodista) de vencer en la batalla contra la gran prensa.

Dos, que si no hay una revolución profunda, la cloaca de la corrupción en el Ecuador será más grande y más amplia cada día, como una enorme mansión abandonada en Samborondón.

Hay que cambiar el chip social y estar claros de que ofrecerle al agente de tránsito 10 dólares para que no nos multe es tan corrupto como llevarse millones de dólares de las arcas del Estado. Se trata de una actitud honesta y transparente en cada acto de la vida.

De lo contrario, la corrupción seguirá como uno de los grandes males históricos del país que nunca pudimos combatir.

Y no hemos podido hacer porque ni la derecha ni el progresismo de izquierda ha creado una estructura política autocrítica, que depure sus malos cuadros, que forme nuevos líderes honestos, que expulse a los expertos en moverse en las pantanosas aguas de la vieja y de la nueva partidocracia y que, realmente, haya un gobierno de manos limpias, bien limpias.

Y sin justificar que el problema de la corrupción es histórico ni pensar -qué ingenuo sería- que Carlos Pareja Yanuselli y su banda son los únicos que en estos diez años mancharon sus manos limpias y sus corazones ardientes.