El periodismo ecuatoriano no ha mejorado ni ha empeorado con la Ley de Comunicación, vigente desde hace cuatro años.

Tampoco su nivel se ha elevado a un nivel superior. No ha sido suficiente que a partir de esa ley se crearan la Superintendencia de Comunicación (Supercom) y el Consejo de Regulación de la Comunicación (Cordicom).

No existe un propósito de conseguir excelencia de contenidos pese a las auditorías, advertencias, sanciones y multas de la Supercom ni con la teorización filosófica que hace el Cordicom de lo que, según la Ley y los grandes pensadores de la comunicación mundial, debiera constituirse en el deber ser de los medios y los periodistas ecuatorianos.

Con ciertas excepciones que ameritarían otro análisis, los medios privados y los temas que ellos abordaban antes de la Ley de Comunicación eran el producto de intereses particulares o pasaban por los filtros y la censura del poder mediático empresarial representado en los dueños de la prensa –agrupados, por ejemplo, en la antes poderosa y hoy moribunda AEDEP-.

La Ley de Comunicación, que en su esencia tiene la intención de democratizar el acceso a la información, no ha logrado hasta ahora que el periodismo nacional mejore su nivel y los ciudadanos muchas veces caen en un nivel de confusión por la extrapolación de sus discursos noticiosos.

En el sector público, estatal o gubernamental (habría que precisar que no es lo mismo “público” que estatal y gubernamental), cuatro años después de la Ley y nueve años después de que se incautaran, como toda razón jurídica y moral, los medios de la banca corrupta que destrozó al país hacia fines de los años 90, tampoco encontramos periodismo de calidad.

Los medios mal llamados “públicos” (si lo fueran, en ellos se expresaría el pensamiento plural y democrático de todos los ecuatorianos, sea cual fuere su pensamiento, y no se mostraría solo la parte de la realidad que conviene al oficialismo), que en realidad son progubernamentales o partidistas, tampoco han logrado posicionarse como alternativa a la prensa privada.
Sin embargo, este objetivo tendría que convertirse en su “deber ser” y su programación (en el caso de canales y radiodifusoras) y sus espacios (en el caso de los medios impresos) tendrían que ser la mejor manera de mostrar cómo se hace buen periodismo frente al discurso presidencial.

Discurso contra de la “prensa corrupta” (una generalización injusta, porque en el país hay medios privados, aunque sean muy pocos, que sí hacen su trabajo con honesta dignidad, en especial en las provincias no tomadas en cuenta por el gran poder político y económico, es decir las que no son Guayas y Pichincha).

¿Qué pueden esperar los ciudadanos ecuatorianos de los medios, privados y gubernamentales, si está claro que la obsesión en contra de los autodenominados “grandes medios” es tan intensa y evidente en la confrontación del Régimen contra ellos ignorando que en el país existen cientos de canales, radios y periódicos que no son iguales a El Universo, Expreso o El Comercio, pero que tampoco se asemejan a El Telégrafo?

¿Qué pueden esperar los ciudadanos ecuatorianos de los medios, privados y gubernamentales, si estos ignoran grandes fragmentos de la realidad como lo hacen los medios impresos oficialistas, todos armando sus agendas en función de sus intereses ideológicos o políticos o partidistas o proselitistas o económicos o financieros?

En televisión sería un enceguecimiento inútil negar la calidad de la puesta en escena de un programa como Visión 360 (Ecuavisa), así como no se puede dejar a un lado la crítica al pobre desempeño del noticiero matinal de esa misma estación televisora donde se evidencia la mano del exembajador Alfredo Pinoargote.

Pinoargote es un desequilibrador de cualquier intento democrático y plural de mantener el pluralismo en la forma de entrevistar y en la actitud agresiva o contemplativa frente a unos y otros entrevistados.

También es absurdo negar que en la TV oficialista hay excepcionales intentos de salir del molde, como los programas de Carlos Rabascall, Rodolfo Muñoz, Mariuxi Mosquera y Xavier Lasso, entre los pocos que destacan.

Pero, para ser justos, tenemos que decir que la mayoría de programas tanto informativos como de “entretenimiento” siguen los moldes anteriores a lo que hacían los canales cuando estaban en manos de la banca corrupta, en especial Gama TV y TC Televisión, al punto que la mayoría de sus directores, jefes y reporteros son los mismos que estaban en aquella época.

¿De obedientes a los hermanos Isaías pasaron a obedientes a las líneas oficiales? ¿Cómo fue ese proceso interior? ¿Espiritual, ideológico, salarial?

¿Será por eso que no se diferencian unos y otros programas de entrevistas matinales o los noticieros del mediodía y la noche que mantienen unos y otros?

Solo se distancian en las visiones sesgadas y en la repetición de un esquema ya obsoleto en muchos países del mundo.

En lo demás, la estructura es la misma porque, entre otras razones, no existen líderes dentro de los canales gubernamentales que sean capaces de proponer alternativas no solo técnicas ni estructurales, sino de contenido, que es lo que más importa para la información, la educación y la promoción de la reflexión social en las audiencias.

Pör eso, si me preguntan a dónde está yendo el periodismo ecuatoriano mi respuesta podría sonar muy drástica.

Pero si seguimos como estamos, nos espera el abismo.

Los medios privados fingiendo ser “independientes” y la prensa oficialista fingiendo ser también “independiente”, sin que ninguno de los sectores lo sea ni lo pueda ser.

Es patético cómo el periodismo ecuatoriano se ha extraviado a nombre de una “independencia” que no existe, así como tampoco existen ni el periodismo objetivo ni el imparcial.

Mientras los medios de uno y otro lado no logren recuperar la credibilidad, por lo menos sincerando sus líneas editoriales y transparentando sus intenciones, no alcanzarán el objetivo de que el público crea en ellos y, más bien, seguirán profundizando, desde un lado y desde otro, las vendas ideológicas que nos impiden a 15 millones de ecuatorianos mirar la realidad en su conjunto.

Eso es lo que deberían reflexionar y profundizar quienes ahora pretenden cambiar la Ley de Comunicación a espaldas del pueblo y de los ciudadanos.