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Tenía 44 años apenas. Pero el cáncer había llegado a morder a pedacitos los últimos años de Sandra Ochoa Naula, periodista y abogada cuencana.
Falleció hoy, miércoles 10 de mayo, en el hospital José Carrasco del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) en su ciudad.
Allí estuvo internada durante semanas, siempre con la esperanza de que la vida diera un vuelco y de pronto, como suele ocurrir cuando se producen los milagros, volviera a ser la excepcional persona que fue.
El pasado 11 de febrero fue su cumpleaños y la recordé, pero cometí el error de no llamarla.
Nunca supe que estaba grave y nadie me lo contó, quizás porque ella misma no sabía cuánto había avanzado la enfermedad dentro de su cuerpo.
Pero aunque nos hablábamos muy pocas veces, nunca perdimos el contacto, pese a que hacían muchos años, una década quizás, que ya no trabajábamos juntos.
Era feliz.
Se casó con Marco Saltos, tecnológo médico, y era madre de una niña todavía pequeña y de dulce nombre: Amancay, de seis años.
Yo no pude verla en esa intricada estación del tren de su existencia, pero recuerdo cuánto amaba a sus padres,Vicente Ochoa e Inés Naula, y cuánto sufrió en silencio por la enfermedad de su madre.
Estudió Comunicación Social en la Universidad Católica de Cuenca y fue en esa etapa cuando la conocí en el Diario El Tiempo, cuando trabajaba como reportera y Ricardo Tello y yo dirigíamos el periódico y manejábamos el proyecto de convertir al periódico de vespertino en matutino y de dotarle de una nueva visión, de nuevas percepciones, de nuevos compromisos, sobre todo con el periodismo de la gente común, sobre todo con el periodismo al servicio de quienes nunca o casi nunca aparecen en los medios.
Su anécdota favorita cuando nos reuníamos a conversar era narrar cómo, antes de convertirse en reportera, había decidido que dedicaría su existencia a Dios.
Por eso ingresó a un convento de monjas, donde estuvo poco tiempo: afortunadamente para el periodismo ecuatoriano, se dio cuenta de que aquella no era su vocación y cambió de forma drástica su futuro cuando empezó a estudiar periodismo mientras trabajaba en El Tiempo.
Siempre sorprendente, siempre dedicada a fondo a lo que se proponía, hacía reporterismo y era catedrática, pero resolvió ir en busca de otro objetivo más: la carrera de Derecho.
Sus alumnos la querían porque nunca fue “la licenciada” ni “la doctora” ni la “profesora”. Era Sandra. O Sandrita, como le decíamos todos los que la queríamos tanto.
Cronista de alma y corazón, un día propuso al periódico investigar cómo sus compatriotas, en especial de la zona donde ella nació, arriesgaban y arriesgan su vida para llegar a Estados Unidos.
Era una idea muy arriesgada, porque a diferencia de otros reporteros, que se protegían con la visa y el pasaporte, ella resolvió que viviría exactamente todos los avatares de los migrantes: el viaje en la clandestinidad hacia una playa desconocida, el trayecto en una pequeña embarcación, atestada de personas, por el mar hasta llegar a un punto donde los recogerían los “coyotes”, el terrible momento en que los “coyotes” dejaban solas a las personas para que, por su cuenta, intentaran atravesar desiertos y fronteras a espaldas de la temible policía de migración estadounidense.
Sandra Ochoa lo vivió, lo sufrió y lo contó en una magnífica serie periodística que tuvo repercusión internacional.
Con ese trabajo ganó el premio nacional de reportaje “Jorge Mantilla Ortega”, que organizaba cada año diario El Comercio y era el concurso periodístico más importante del país.
Nunca olvido su gesto cuando ganó el premio: vino a Quito y me llamó para que fuera su invitado especial a la ceremonia de premiación del concurso. Ella consideraba, según dijo aquella noche, que sin nuestro decidido apoyo nunca hubiera podido emprender ese viaje histórico para los periodistas ecuatorianos.
El reportaje llamó la atención de los editores del mundialmente famoso periódico norteamericano The New York Times, que también publicó, en inglés, el testimonio personal de la valiente e intrépida Sandra Ochoa Naula.
El premio nacional y la publicación de su trabajo en uno de los periódicos más importantes del mundo no le cambiaron.
Sandrita fue siempre Sandrita, humilde, modesta, sencilla. Tampoco cambió cuando fue centro de una polémica porque en una rueda de prensa del presidente Correa ella hizo una pregunta y el mandatario la llamó “gordita horrorosa”, en referencia a la insistencia con la que cuestionaba y con la que intentaba obtener la información.
La vanidad y el ego no anidaban en su espíritu limpio y claro, en su cariño por sus colegas, sus amigos, su familia, sus alumnos.
En su decidida manera de hacer periodismo al servicio de la gente de su ciudad, de su provincia, de su tierra.
En su amor por el oficio, amor que queda como semilla para las nuevas generaciones de periodistas y para nosotros, para mí, que siempre recordaré sus abrazos, su alegría, su explosiva forma de reír, su lucha por desnudar realidades dolorosas que la sociedad y los poderes intentaban ocultar.