Pregúntale a un actor de teatro o a un músico sinfónico o a un escritor de novelas.

Cualquiera de ellos te responderá igual: lo más difícil para el creador o para el actor cultural es conseguir audiencias.

Y, luego, que esas audiencias te sigan y te sean fieles.

Y, después, intentar que tu vocación y tu pasión por el arte te permita vivir. O sobrevivir.

Mientras tanto, en el Ecuador reina la telebasura.

Y resulta extraño que la Superintendencia de Comunicación (Supercom) o el Consejo de Regulación de la Comunicación (Cordicom), que dicen llevar la bandera de la dignidad de los contenidos, no hayan hecho nada o hayan hecho poco en contra de la telebasura.

Los dos organismos (¿quién más?), en representación de los ciudadanos y de quienes nos consideramos afectados por ese tipo de programas burdos y frívolos, deberían combatir y regular la telebasuram sancionar y controlar los programas que bajo la etiqueta de cómicos denigran a las personas, a las etnias, a los grupos sociales, a los pobres, a las mujeres…

Por el impacto que logran en nuestros cerebros, debido a una pésima formación intelectual y conceptual de la educación formal en el Ecuador, son espacios con alto rating que dejan ingentes ganancias a los canales que los producen y los pasan.

Cuando la Asamblea Nacional aprobó la Ley Orgánica de Comunicación (LOC) hace cuatro años, en mayo de 2013, se suponía que se iniciaba un cambio profundo y radical en los contenidos mediáticos, pero todavía, 48 meses después, no se hace nada.

Alain Tourane sostiene que “lo que está en juego en nuestra sociedad es defender y hacer crecer la libertad creadora de los sujetos contra las olas de violencia, imprevisibilidad y arbitrariedad que ocupan cada vez más el espacio social y que han logrado consolidarse en la televisión y en las redes sociales“.

http://www.bdigital.unal.edu.co/16299/1/11181-26840-1-PB.pdf

Mientras eso ocurre en la televisión privada y gubernamental ecuatoriana (y en los medios radiales e impresos también, a su manera chabacana y morbosa), la sociedad se va degenerando, va perdiendo el rumbo, se va quedando sin ideas para la reflexión sobre lo que realmente importa (la política y la economía en función de la gente).

Esa mezcla de televisión con internet mal usado lo frivoliza todo, lo faranduliza todo, lo estigmatiza todo.

Y así es cómo millones de personas (adultos, jóvenes, niños y tú y yo) nos convertimos en analfabetos  funcionales y vamos perdiendo lo esencial para nuestras vidas: la sensibilidad social y la capacidad de tomar decisiones razonadas.

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