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¿Qué actitud adoptar ante el otro?

¿Cómo tratarlo?

¿Hay que intentar conocerlo?

¿Es ético buscar la manera de acercarnos y entenderlo?

Esas preguntas debieran asaltarnos con frecuencia. Acecharnos y obligarnos a salir de la casa de espejos donde estamos atrapados.

Atrapados en la casa de espejos donde hablamos para nosotros.

Donde no nos importa lo que piensen los otros.

Donde escribimos contra los otros.

Donde subestimamos a los otros.

Donde repudiamos la opinión de los otros.

Donde no escuchamos la voz de los otros.

Donde quisiéramos callar, para siempre, las ideas de los otros.

Atrapados en la casa de espejos que nos impide mirar, entender, admitir que por fuera de estos enormes espejos habita una sociedad vital y compleja que somos incapaces de percibirla, que no la escuchamos, que no la sentimos, que nos es imposible entender.

Atrapados en la casa de espejos donde no son posibles la deliberación ni el disenso.

Donde quienes tienen el poder (cualquier poder) solo reconocen su propia imagen y al mirarse en ella creen que tienen visa para arrasar con todo lo que no encaje en sus proyectos, visiones, maneras de entender la vida, la realidad, el futuro y, sobre todo, su futuro personal.

En la casa de los espejos no es posible la tolerancia, el respeto, el espacio para el otro.

Ni siquiera es posible la coexistencia con el otro: si nosotros tenemos la razón, si nosotros representamos la sensatez, si nosotros somos los heraldos de la ética, si nosotros tenemos las herramientas para difundir y multiplicar y expandir nuestra pregunta hegemonía histórica, ¿para qué escuchar la palabra del otro, del diferente, del distinto?

¿Para qué tomar en cuenta a los agoreros que pretenden alarmar advirtiéndonos que la intolerancia, la arrogancia y el desprecio a los otros podría conducirnos a la derrota colectiva, al funeral de los procesos reflexivos y a la demolición de escenarios para el debate y la búsqueda de consensos?

Citado por el maestro Kapuscinski, el filósofo y caminante griego Heródoto solía decir que cuando unos individuos cierran la puerta a otros individuos, por las razones que fueran, en el fondo son sujetos miedosos que adolecen de un complejo de inferioridad y tiemblan ante la perspectiva de verse reflejados en los sentimientos y las demandas y las necesidades y los pensamientos ajenos.

http://www.vanguardia.com.mx/articulo/los-obstaculos-de-la-democracia

Como dice el mexicano Felipe de Jesús Balderas:

“Uno es el que nos narra Heródoto (484-420 a.C.) en Historias, III, 80, 1 donde nos relata la narración de Darío el rey de Persia y sus generales que discurren acerca de las ventajas y desventajas de la monarquía, la democracia y la oligarquía. Uno desacredita la monarquía porque desarrolla soberbia y desmesura. Otro considera a la oligarquía como una degeneración de la aristocracia y se convierte en tiranía. Otro de los generales defiende la democracia porque es “el gobierno del pueblo” y porque en este sistema afirma, las magistraturas se obtienen por sorteo, se rinden cuentas a la comunidad y los asuntos públicos se someten a la deliberación del pueblo. Finalmente otro de los generales rechaza la democracia por la ignorancia del pueblo.Propone elegir a un grupo de personas bien preparadas, es decir, los aristócratas (los más capaces). Un obstáculo por supuesto, es la ignorancia”.

Muchas veces los periodistas, que también nos creemos poderosos, por sobre el bien y el mal, también nos dejamos cegar por el resplandor de los espejos. Sin visión precisa, olvidamos que nuestro oficio tiene sentido en función de los demás y que el destino moral del periodismo son los otros, conectados a nosotros.

Cercados por esas murallas que nos impiden mirar más allá de nosotros mismos, no alcanzamos a entender que será imposible construir una sociedad más humana si seguimos atrapados en los espejos.

10 de junio de 2017