Etiquetas

La historia del premier noruego, Jens Stoltenberg, amerita una reflexión que podría enseñarnos mucho acerca de lo que está ocurriendo en el Ecuador con los medios.

Según la página web de la BBC, Stoltenberg condujo, de incógnito, un taxi durante un día, vistiendo el uniforme de quienes ejercen el oficio.

El objetivo era recoger las opiniones de la gente de la calle, en el marco de la campaña electoral en aquel país, en las que él, un político poco hábil e impopular, buscaba la reelección.

¿Por qué se disfrazó de taxista? Porque, a la manera de ver de Stoltenberg, el taxi es uno de los pocos lugares donde se dice verdaderamente aquello que se piensa.

Esta afirmación de Stoltenberg, más allá de la anécdota, me ha hecho pensar mucho, pues, si la leemos entre líneas, resulta una crítica dura y hasta mordaz al trabajo que hacemos los periodistas.

Si el taxi es, en verdad, uno de los pocos lugares donde se dice verdaderamente aquello que se piensa, ¿para qué servimos los medios y los periodistas?

¿Cuándo dejamos de ser –o quizás nunca lo hemos sido- el espacio donde se encontraba o debiera encontrarse la nación entera para debatir, deliberar, reflexionar acerca de las informaciones y los hechos que más interesan a la sociedad?

Además de ese enorme vacío que podría hacernos sentir la comparación de dos espacios públicos donde está la gente (uno, eficaz; otro, casi inútil), la simple iniciativa de Stoltenberg derrumba nuestro reiterativo pero, a veces, infructuoso discurso de que “es necesario escribir desde los zapatos de la gente”.

Y casi deja en escombros la idea de que la prensa es el lugar (físico, virtual o simbólico) donde se ejerce a plenitud la libertad de expresarse.

Nos preguntamos, entonces, ¿de qué gente hablamos?

¿De qué zapatos?

¿De los zapatos de qué gente?

¿Cómo elegimos a las personas de la cuales vamos a hablar?

¿En verdad nos ponemos en su lugar?

¿Es posible hacerlo si nuestra condición humana, social y/o económica es distinta a la de “la gente común”?

¿Cómo sabemos que lo que sentimos o vivimos nosotros es lo que “la gente” está sintiendo?

¿Quién nos ha concedido el don de teletransportarnos a su ser interno y hablar desde sus corazones, cerebros, mentes, sensaciones, percepciones, dolores, experiencias?

La tardía iniciativa del político noruego no parece que tendrá un final feliz pues, según BBC, “recientes sondeos indican que Stoltenberg no será reelecto”.

Pero gracias al gesto de ese político -cuya valoración de gestión en este caso es secundaria para la reflexión que estamos planteando-, quizás aún estemos a  tiempo de que los ciudadanos nos “reelijan”, metafóricamente hablando.

Si cambiamos de actitud y perspectiva, escucharemos a la gente con respeto y asumiremos que la prioridad en nuestra agenda mediática deberán ser sus temas y no los que nosotros suponemos.

De lo contrario, la mayoría de medios iremos por el camino trazado por Stoltenberg, que quizás por reaccionar cuando ya se siente derrotado frente a una gestión alejada de los intereses colectivos terminará perdiendo el favor popular.

Convertirse en taxista por un día nunca será suficiente para que el político entienda a la sociedad, como tampoco nunca será suficiente que los medios nos convirtamos por 24 horas en médicos para diagnosticar el estado anímico, espiritual, mental, físico y patriótico de la gente a la que decimos representar “desde sus zapatos”.

Stoltenberg se puso a buscar, a última hora, las razones por las cuales un buen grupo de compatriotas suyos, quizás la mayoría, no votarán por él.

¿Por qué lo hizo recién ahora, cuando se acercan las elecciones?

¿Por qué su actitud de acercarse a la gente, escucharla y entenderla no fue desde el principio el eje cotidiano de su gestión?

¿Por qué esperó una situación límite para cambiar de actitud?

Como van las cosas en el Ecuador, y aunque el presidente Lenín Moreno ha dado toda la apertura a los medios, el caso Stoltenberg parecería una reveladora caricatura de la grave crisis que está viviendo la mayoría de la prensa nacional, que ha dejado de contar la vida en su obsesión por volver a convertirse en poder fáctico.