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Eduardo del Río, Rius, es un monero sencillo, delgado, que camina con paso lento, muy de-rechito; del hombro le pende una mochila de piel y la sonrisa pocas veces se le desvanece. Fuma cigarrillos sin filtro, pequeños, y le gusta el café capuchino. Nació el 20 de junio de 1934 en Zamora, Michoacán. A la fecha, ha publicado 135 libros contando reimpresiones, reediciones y “los agotados”; se ha sobado el lomo como pocos para, a ojo de buen cubero, publicar casi tres libros por año que representan cerca de 40 mil dibujos. Sus historietas, las nuevas generaciones las conocimos en libro salvo El Chamuco (la última de sus historietas en revista), actualmente en circulación; a ésta le precedieron Los SupermachosLos Agachados, La Garrapata y El Chahuiztle.

 Doble personalidad

El mundo literario lo conoce simplemente como Rius. Su familia lo sigue llamando Eduardo. De algún modo, vive nadando en un estero, pues ambos personajes están relacionados: “De mi trabajo he hecho mi vida y, a veces, le di más importancia a éste que a mi familia. A últimas fechas me ha pesado, sobre todo porque no disfruté a mis hijos lo suficiente, como a mi nueva niña, de seis años. Los otros dos murieron. De hecho, andan diciendo que por ahí tengo otros hijos pero no me consta.”

Aunque no lo crean, fue seminarista: “No me considero un producto de educación familiar. Entré de interno al seminario a los nueve años; en ese momento dejé de tener una vida familiar: mi madre se volvió a casar y mis hermanos hicieron lo propio. Las relaciones con mi familia eran escasas. Era un demonial de tiempo el que se pasaba ahí. A los dieciséis años me expulsaron del seminario y, al otro día, ya trabajaba en una piquera del mercado de Tacuba.”

En plena adolescencia no estaba tan sencilla la cosa. “En mi contra estaba haber sido educado por curas. Me recuerdo con un descontrol total; empecé a hacer vida de trabajador, regresando a casa hasta la noche, pues en esa época no estaban reconocidos los estudios del seminario: salí de ahí con el único papel que entré, mis estudios hasta quinto de primaria. Me costó trabajo adaptarme a la sociedad, en el seminario nos ense-ñaron que las mujeres eran las hijas del demonio que nos hacían caer en pecado.”

Dada su admiración al Maestro Vicente Rojo, decidió estudiar dibujo publicitario; incluso se inscribió en San Carlos: “Me dijeron que ahí podía estudiar, pero con tan mala suerte que me tocaron dos huelgas; sólo me quedé un mes. Me inscribí más tarde en una escuela par-ticularde diseño publicitario y ahí lo que enseñaban era a hacer anuncios de Pepsi o Sabritas; no era diseño gráfico. En realidad, nunca pensé ser caricaturista.”

 La caricatura, “una chiripada”

Rius hizo de todo. Trabajó incluso, en la Agencia Gayosso de Avenida Hidalgo (hoy el teatro Hidalgo) y fue precisamente donde todo se transformó. Él, para pasar el rato, estaba haciendo monitos y “trataba de hacer el diseño para una revista cultural que se iba a llamar Píndaro; tenía la idea de que Píndaro era un cubista de la antigua Grecia y estaba buscando una forma de representarlo para un logotipo. Don Pancho Patiño, el director de la revista Ja, Já de Excélsior, llegó como cliente a la agencia pidiéndome el teléfono para hablar con su segundo frente y vio lo que dibujaba; al colgar, me dio su tarjeta diciéndome que si algún día se me ocurría algún chiste, se lo llevara y que me lo publicaba. Realmente el hecho de ser caricaturista es una chiripada.”

Pero nada llega solo. De pronto, junto a la agencia había una librería de usado, La librería Duarte, la más famosa de su tiempo, “una especie de Ateneo de dos refugiados españoles que se dedicaban a buscar, a buen precio, los libros que les solicitaban sus clientes. Descubrí la obra de William Faulkner, de Catwell, de Hemingway; compraba una semana de libros y tenía derecho a otra semana gratis. Uno de los libros que conseguí ahí fue Todo en línea, de Saúl Springel, considerado como el padre de la caricatura moderna: el primero en hacer dibujos basados en pura línea, sin sombra, sin volumen, sin respetar la anatomía humana, lo que fue una revelación para todos aquellos que queríamos ser caricaturistas; cuando Pancho Patiño me pide cartones, recurro al libro éste y me pongo a calcar con el estilo de Springel”; además, como era gran lector y cliente, ahí conoció a Carlos Fuentes, Juan José Arreola, José de la Colina y Juan Rulfo, entre muchos otros.

Corrían los cincuenta y Rius no estaba aún convencido de hacer caricatura política: “Yo era ignorante de todo eso; dos personas fueron clave: Renato Leduc, gran periodista de este país que manejaba el humor de una forma increíble y, en política, cuando comencé a trabajar en la revista Siempre!, pues José Pagés Llergo fue el único que, delante de nosotros, rompía las caricaturas y las tiraba a la basura; era un tirano increíble: nos insultaba y nos mentaba la madre pero nos aguantábamos porque nos publicaba y había libertad; Pagés encontró la fórmula de hacerse de grandes escritores de izquierda, derecha y centro y eso hacía interesante la revista.”

 El cartón de Rius

 Rius Frius es uno de esos garbanzos de a libra que, a pesar de sus detractores, su forma de decir le ha dado ya un lugar en la historia del periodismo moderno. ¿Cómo es que se logra ese estilo particular?: “A mí me tocó un momento histórico en el que el máximo de crítica que se podía ejercer era directo contra los poderosos: contra los ministros, etcétera; pero sabía que eso no iba a servir de nada. Alguna vez quise hacer un cartón durísimo contra Echeverría pero éste no iba a cambiar su manera de pensar. Lo más adecuado, concluí, era hacer cartones dirigidos a la gente, a los lectores, para que ellos fueran adquiriendo cierta conciencia de lo que estaba pasando. Entre mis cartones hay muy pocos donde se pueda ver que hay una crítica directa contra algún gobernante.”

De pronto, este monero se encontró con Marx, quien le explicó cada circunstancia a detalle y el porqué de las situaciones, lo que le permitió entender y comenzar a manejar el humor político de forma que pudiera, sencillamente, explicarse y explicarnos el mundo que nos rodea y, aunque no se ve como un educador, sus libros-historieta han hecho de sus lectores alumnos fieles a lo que he llamado Doctrina Rius: humor en las frases, historia en dibujos y postura política clara en cada tema a desarrollar: “Lo que me ayudó fue el marxismo; el ser humano tiene cambios a lo largo de su vida. Cuando yo era joven estaba entusiasmado por cambiar al mundo. Pensaba, cuando caminaba por la calle, que toda la gente al ver mis cartones podía cambiar. Me metí al Partido Comunista para apresurar ese cambio y me sirvió muchísimo ser parte de él. Pero en esa época, en los años sesenta, setenta, como que estaba todavía en el ideal, bien esperanzado a que realmente pudiera haber cambios importantes en el país. Toda mi lucha, si así se le puede llamar a trabajar como bestia tantos años, era precisamente buscando un cambio. La adversidad no tiene nada que ver con la ilusión; lo que uno desea ahora es que ese gran engaño que fue el socialismo desaparezca para darle paso, si bien nos va, a otro socialismo pero con más sentido humano, sin represión, sin violencia, sin poder ni terror.”

 El libro-historieta

 Conforme Rius fue afinando su estilo y adquiriendo mayor experiencia le parecía que el cartón editorial era insuficiente y que no expresaba todo lo que él quería decir. Estaba convencido de que podía dar un buen mensaje crítico, pero su objetivo era decirle a la gente qué estaba pasando. “No podía explicarle a la gente con un cartón o tres, la pugna chi-no-soviética. Necesitaba ponerla en antecedentes y explicarle el porqué. Eso era más fácil de explicar en la historieta crítica.”

Los maestros y los amigos comenzaron a notar que las inquietudes de Rius cambiaban. “Abel Quezada me decía: tú empezaste haciendo caricatura muda y vas a terminar escribiendo novelas, porque tu evolución ha sido del humor mudo al cartón editorial (que tiene un mínimo de palabras), de la tira cómica (que ya tiene más frases) a la historieta (que ya son un chingo de palabras) y de ahí al libro. Lo tuyo serían novelas de monitos.”

 La incursión en la historieta infantil

Antecedente de diversos suplementos para niños y quizá padre intelectual de Uno dos tres por mí (suplemento infantil de este periódico), Rius creó una de las primeras historietas inteligentes para niños: “En el caso de Cucurucho, yo no la dirigía, estaba a cargo de “Checo” Valdés y yo tenía dentro un suplemento que se llamaba Tío Rius. Fue un intento de hacer periodismo infantil, que es lo más difícil del mundo; mi malévola idea era comenzar a politizar a los niños dentro de ciertos parámetros que no fueran escandalizados. Quería explicarle las cosas de la vida al niño de la forma más simple. Cuando me llamaron de El Universal para que les hiciera el suplemento infantil (que ya estaba organizado) Mi mundo, traté de hacer lo que hacía la editorial argentina Quillet con El Quillet de los niños, ese era mi modelo de literatura infantil. Incluso hubo otro intento de hacer cosas para los niños, en Argentina, Los cuentos de Polidoro hasta que se me ocurrió hacer un número dedicado a los cincuenta años de la Unión Soviética; el pequeño detalle que ignoraba es que aquel suplemento lo pagaba la embajada de Estados Unidos.”

La tropa

Muchos de los caricaturistas que hoy día publican pertenecieron a las tropas comandadas por Rius; él, como buen militante, no acepta el término “discípulo”: “Patricio, el Fisgón, Helguera, Hernández han estado muy cerca de mí, pero más que mis discípulos ellos se consideran admiradores, seguidores de mi trabajo. Apoyar a los jóvenes tiene su historia. Tuve la suerte de convivir mucho con Cadena m. y me explicó el descubrimiento de Los Picassos (un grupo de jóvenes cartonistas, cuyos trabajos acababan en el basurero); cuando tuve la oportunidad, después de que me llamara Nikito Nipongo cuando dirigía la revista Sucesos para que le hiciera el suplemento de humor que se llamaría después El Mitote Ilustrado comencé a publicar cartones de extranjeros porque no había dinero y poco a poco me fueron cayendo ahí. Antes de que se afianzara el proyecto de El Mitote… tuve la experiencia de La Gallina, una revista que hice con Miguel Gila, el cómico español. Ahí caían caricaturistas jóvenes, entre ellos Helioflores.

A la siguiente generación ya les lle-vaba como diez años de ventaja (Naranjo, Helioflores, Magú), pero ya todos ellos me empezaron a ver, equivocadamente, como un modelo a seguir, aunque cada quien con su propio estilo. Por ejemplo, a Jis y Trino los descubrí cuando tenían quince años. Son casi mis ahijados y los empecé a publicar en Los Agachados en una sección dedicada a los jóvenes cartonistas.

“Yo no traté de hacer escuela ni adoptar a una serie de alumnos que siguieran mi línea. Solitos se iban dando. Tuvimos la gran oportunidad de juntar a siete ta-lentos, para hacer La Garrapata: Naranjo, Helioflores, Magú, Abel (finado) y Checo Valdés; ahí nacieron muchísimos talentos, entre ellos Rocha, Ramón, Fego de la Torre; un chorro. Algunos ahí andan, vegetando, otros se corrompieron. Pocos son los que llegaron a cuajar como buenos caricaturistas.”

 La biblioteca Rius

 Con más de ciento treinta libros publicados, Rius prefiere dejar al público las opiniones, disgustos y preferencias. Sin embargo, comenta: “Es muy difícil escoger favoritos, porque todos los hijos son bonitos. En el aspecto político, quizá el libro que más influencia ha tenido mundial es el de Marx para principiantes, pues se ha traducido a más de veinte idiomas, casi todos pirateados y, en otro aspecto, el de 500 años fregados pero cristianos, porque los zapatistas lo utilizaron como libro de texto. Recetarius me gusta mucho porque lo considero muy provocador, buscando que la gente reaccione y diga ‘¿qué cosas me está propo-niendo este loco?’ De Kama Nostra, me gusta que es un acercamiento al erotismo y una forma de educar; el libro de filosofía me costó muchos años de lecturas… Creo que es más fácil identificar los tres libros que no me gustan: La joven Alemania porque, afortunadamente, es el único libro que he hecho por encargo y me dio la impresión que los alemanes me habían tomado el pelo, que me enseñaron una Alemania que no existía; Su majestad el pri, porque es un libro que quedó muy incompleto, le faltó mucha base teórica y no profundicé y, por último, El Manual del dominó, que es pura vacilada.”

El cartón hoy día

Ante la situación caótica que vive el país, los cartonistas “le dan vuelo a la hilacha”, les sobran temas y personajes, y encontrar el tema a tratar no es sencillo. ¿Qué va a pasar con los jóvenes? ¿Realmente se hace caricatura incisiva en el país? “Depende mucho de los editores, de los dueños del periódico y los directores; ello son los que deciden finalmente qué se va a hacer con un cartón y hasta dónde se va a censurar el trabajo del caricaturista. Ahora se está dando este fenómeno de que hay periódicos que ya no son de los empresarios: La Jornada es un ejemplo de ello y en El Universal se están publicando muy buenos cartones; es un extraño fenómeno donde el director entiende que la crítica tiene que manejarse en esa forma.

Ya no le tienen tanto miedo a los caricaturistas, pero la mayoría de los periódicos siguen igual que hace cincuenta años, ven al caricaturista como un enemigo de sus inte-reses y, a lo mejor, también los caricaturistas ya encontraron un modus vivendi muy cómodo y ya no les interesa, aun cuando vivan en la mediocridad.”

Las esperanzas de Rius Frius

Rius Frius, curador de pulques y doctor en Artes Parciales, está en la flor de la edad y aún tiene mucho por entregar, lo cual no sería posible si las metas no estuvieran estratégicamente planeadas: “Primero espero salir vivo de estos festejos y esperar tener un poco más de tiempo. Me quiero dedicar a pintar, a hacer grabado, a otro tipo de humor, no en libros sino por satisfacción personal, con más pretensiones de llegar al aspecto artístico del trabajo. Me da mucha envidia lo que han hecho en Inglaterra Tillman o Skar o Foulon o Steinberg, que dejaron de hacer cartoncitos para el periódico e iniciaron ya trabajos más en grande como carteles. Por ejemplo, Steinberg tiene el cartón famosísimo sobre Nueva York porque es una versión en caricatura de lo que es esa ciudad; estaba incluso en el Museo de Arte Moderno. También quiero convivir más con mi familia, porque luego uno la abandona mucho, y viajar… Quiero seguir viviendo.”

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Por Adriana Bernal, del diario mexicano La Jornada