Esta pareja de periodistas ha presentado su libro Rehenes, que narra el asesinato a tres periodistas de diario El Comercio en la frontera entre Ecuador y Colombia y revela datos sorprendentes.

Por Rubén Darío Buitrón

Arturo Torres trabajaba en diario El Comercio cuando publicó el primer libro hace nueve años. Su nombre: El juego del camaleón. El tema: las relaciones de la guerrilla colombiana de las FARC con grupos políticos ecuatorianos y el bombardeo del ejército del vecino país a nuestro territorio, que terminó con la vida de Raúl Reyes, uno de los comandantes históricos de aquellas fuerzas irregulares hoy desmovilizadas.

Con María Belén Arroyo, su colega, compañera y esposa desde hace 18 años, ha dedicado su vida a lo que mejor hace y a lo que lo apasiona, porque su relación con María Belén es doble: se aman los dos y con la misma certeza aman su oficio.

Anaís, de 17 años, es su hija. No seguirá el camino de sus padres, porque ha decidido que estudiará Medicina desde el próximo año, cuando salga del colegio. Pero ellos lo ven de una manera optimista: cuando sean viejitos tendrán su propia doctora.

Arturo llegó a ser editor general de El Comercio hasta que un día sintió que necesitaba espacio para crecer más en su profesión. Por eso salió del Diario y con su liquidación creó un portal de periodismo de investigación llamado Código Vidrio.

María Belén es la editora en Quito de la revista Vistazo, pero su trayectoria laboral es fecunda: ha trabajado, además, en El Comercio y en El Universo. Y aunque no existe una manera de medir con exactitud la calidad del trabajo de las personas, es posible asegurar que ella es una de las mejores periodistas del país.

Una muestra de ello es, precisamente, el libro Rehenes, que ella y su esposo Arturo acaban de presentar el pasado jueves 31.

Se trata de una profunda y rigurosa investigación sobre un hecho que conmovió de manera estremecedora al país: el secuestro y la muerte de Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra, periodistas de El Comercio asesinados por parte de un grupo de disidentes guerrilleros en la frontera entre Colombia y Ecuador.

El texto es resultado de un trabajo minucioso que duró nueve meses.

En el caso de Arturo, obtener la información le demandó entregarse por completo a ese objetivo, con viajes a San Lorenzo (Esmeraldas), entrevistas con personajes clave, revisión de publicaciones, documentos, reportajes, videos…

Mientras él trabajaba en ese frente, María Belén dividía su tiempo entre su trabajo en Vistazo y la investigación y análisis de otros documentos esenciales para completar los datos que iban haciendo falta para la construcción del libro.

La elaboración y escritura de Rehenes fue laboriosa y difícil porque Arturo y María Belén son rigurosos y exigentes: cuando contrastaban y cotejaban lo que cada uno había obtenido, debatían con intensidad acerca de la validez, la relevancia y la trascendencia de lo que a él o a ella les parecía que sí o que no debería ir en el libro.

Pero, justamente, esos desacuerdos creativos y periodísticos, convertidos luego en consensos y en certezas, son los que hacen de Rehenes un texto que ningún ecuatoriano consciente y preocupado por su país debería dejar de leerlo.

Arturo y María Belén son periodistas porque no podrían ser otra cosa.

Son periodistas porque entienden la profunda dimensión social del oficio. Son periodistas porque se alimentan uno del otro con sus enriquecedoras experiencias. Son periodistas porque se aman y se admiran sin alardes, sin poses, sin vanidades.

Arturo, dedicado ahora a su portal, no descansa en sus búsquedas. Y en esas búsquedas uno de sus referentes es el legendario Orson Wells, actor, director de cine, guionista, dramaturgo, radiodifusor…

En ese artista estadounidense ve Arturo su destino y el de todos los periodistas comprometidos con revitalizar el oficio todos los días, con reinventar formas, herramientas, caminos para la creación de nuevas narrativas.

Se trata de un sueño que comparte con María Belén, quien pese a sus talentos periodísticos innatos también lucha todos los días por encontrar su voz editorial, su estilo, sus propias maneras de decir las cosas, de escribirlas, de expresarlas.

A esos sueños y objetivos, que van madurando y consolidándose con el tiempo y con la práctica incesante, ambos unen la ética profesional, la necesidad de ser críticos el uno del otro, la lucha por no caer en sesgos ni subjetividades.

Gracias a eso están aquí, juntos, en su departamento del norte de Quito, sorteando dificultades, riesgos, amenazas, peligros y hasta juicios ridículos como el que cierto personaje le puso a Arturo por haberlo desenmascarado en el libro El juego del camaleón.

Pero la vida y la experiencia son así. Se va aprendiendo.

Por eso crearon un protocolo de seguridad entre los dos. Para cuidarse. Para saber que -en especial Arturo por los viajes que hacía a Esmeraldas y a la frontera con Colombia- no se trata de convertirse en héroe ni en inmolarse, sino en hacer cada cosa y dar cada paso con sensatez, con cuidado, con una medición correcta de los riesgos y con un sentido adecuado de la audacia y la temeridad.

No saben qué vendrá ahora, pero sí están seguros que con Rehenes no termina su trabajo.

En el Ecuador hace falta investigación periodística mucha investigación periodística.

Hacen falta muchos libros que expliquen a fondo lo que ocurre en el país. Hacen falta decenas o cientos de colegas como María Belén y Arturo que se decidan a traspasar la línea roja y dejen atrás el periodismo de escritorio, de teléfono, de Wikipedia. Hacen falta periodistas que dejen atrás la reportería convencional, monótona, rutinaria, gris, previsible.

Y mientras llega un nuevo libro después de Rehenes, ellos seguirán con su portal Código Vidrio, un nombre que parecería haber surgido al calor del juicio al exvicepresidente Jorge Glas (en inglés, vidrio es glass), pero que tiene connotaciones más profundas y hasta personales.

Por ejemplo, Arturo dice que él es “código” porque le gusta el desafío de la incertidumbre, mientras María Belén se autodefine como “vidrio” pues este es un material delicado y frágil como ella, “porque soy bien llorona”.

Pero Código Vidrio también es un camino que los dos se han trazado y que esperan que los lleve lo más lejos posible.

Porque en lo virtual puedes ir perfeccionándolo todo.

Porque hay muchas cosas por indagar, bucear, encontrar y contar.

Porque es necesario crear un espacio para los periodistas que deseen publicar sus investigaciones.

Porque es urgente crear una editorial para producir libros de los colegas.

Porque ya basta de silencios y de omisiones en el Ecuador.

Porque el amor –este amor entre Arturo y María Belén- debe y tiene que ser, ante todo, un permanente hecho creativo.

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