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La batalla mediática en Ecuador por la campaña presidencial del 2017


A mí no me queda duda de que hay un periodismo formal (los medios tradicionales) e informal (los blogs) que, convencido de que la prensa es uno de los poderes más influyentes sobre los ciudadanos, conspira de manera sistemática en contra de la democracia y en los últimos meses, a partir de las derrotas del socialismo en tres países, ha cobrado más impulso.

En cada gesto, en cada información, en cada entrevistado, en cada tema, en la forma en que presentan los hechos, en los espacios que dan a unos y otros, está claro que existe una intención, absolutamente consciente, de desestabilizar a un régimen que, con muchos más aciertos que errores, ha sabido recoger las demandas históricas de millones de ciudadanos y ha empezado a convertirlas en realidad durante estos nueve años.

Intentar mover el piso al gobierno desde la información sesgada que jerarquiza lo negativo y sobredimensiona lo positivo es  posicionar una prensa que se maneja desde puntos de vista y estrategias atentatorias contra el interés común que, en teoría, es lo que la prensa, en abstracto, siempre debe defender.

Lo que no se entiende, no obstante, es que esa prensa, a la cual conocemos desde los tiempos de los dinosaurios políticos que ya debieran estar enterrados en el fondo de la historia, no pueda tener un contrapeso en los llamados medios públicos.

Estos medios, muchos de ellos por cumplir diez años de existencia y otros, como los incautados, casi siete años, no han tenido en sus directivos, gerentes, productores y jefes de información la visión ni la perspectiva de cómo hacer para que los otros medios, aquellos formales e informales enemigos del Régimen, no tengan el poder de influir sobre la gente y hacerle tomar actitudes que van en contra de sí misma.

Los recientes episodios ocurridos con los militares que, digámoslo de frente, se sublevaron contra las decisiones del comandante en jefe de las Fuerzas Armadas (el presidente de la República) muestran que existe una cohesión muy bien sostenida entre quienes quisieran que este momento Rafael Correa abandonara el poder para ellos entrar a reemplazarlo y restituir la anterior república, la que la Asamblea de Montecristi de 2007 pretendió dejar atrás para siempre y la que los ciudadanos conscientes de la necesidad del cambio no permitiremos que regrese.

Pero mientras a los ciudadanos de a pie nos toca luchar en condiciones de desventaja, está claro que existe colusión entre los políticos mediocres de la partidocracia, los militares y los grandes medios. Sin duda. Esa colusión que se mueve entre la CIA, los Nebot, los Borja, los González, los Carrasco, la Conaie, los banqueros, las cámaras de industriales, los empresarios y los factores externos –creados desde los centros de poder mundial para destruir nuestras economías-.

Pero del otro lado, del lado de quienes soñamos con una nación equitativa, solidaria y justa, sin privilegios de ninguna clase ni para ninguna clase, como ya sucedió en Venezuela, Argentina y Bolivia, debemos admitir que no hemos sido capaces (ni la prensa escrita ni la radio ni la web ni los informativos de televisión) de elevar la calidad de la producción noticiosa hasta la excelencia, derrotar a los medios privados y ser capaces de incidir claramente en el pensamiento colectivo.

Eso duele. Eso preocupa. Eso hay que decirlo aunque suene desentonado decirlo ahora que nos rodean tantos peligros.

Pero es necesario decirlo.

Uno de los flancos más débiles de los gobiernos socialistas de América Latina sigue siendo la información. Porque no hemos sido capaces de construir un periodismo distinto.

Un periodismo realmente ciudadano.

Un periodismo donde la gente se mire a sí misma.

Un periodismo reflexivo donde todos debatamos nuestras posiciones con amor por un proyecto nacional y con respeto a los disensos internos.

Pero también un periodismo bien presentado, bien producido, con calidad escénica, con calidad radiofónica, con portales atractivos, con periódicos de mayor potencia.

Más allá de que rechacemos sus métodos, tácticas y puestas en escena, la derecha informativa lo hace mejor, al menos hasta ahora. Aunque se difícil asimilar esta crítica.

Y esa fragilidad la aprovecharon todos esos poderes coaligados para derrotarnos en Venezuela, en Argentina, en Bolivia.

Que no suceda en el Ecuador. Todos los  días la prensa conservadora nos dan muestras de que apoyan de frente sus estrategias. Del otro lado también, pero técnica y conceptualmente ellos -qué doloroso decirlo- lo hacen mejor, tanto así que diez años después, a pesar de todo lo ocurrido, nosotros mismos ponemos más atención a lo que ellos hacen que a lo que hacemos nosotros.

Aún tenemos tiempo de hacer, juntos, con las mejores ideas, la revolución mediática.

Y una revolución se la construye siendo mejores que los otros, que los perversos que intentan volver a los años de tanta inequidad e injusticia.

El 2016 es un año en el que se deciden muchas cosas. Entre ellas, qué tipo de información logrará influir, incidir y tocar los cerebros y los corazones de los votantes que irán a las urnas en febrero de 2017.

Hay que hacer una revolución mediática para dejar realmente en el pasado a los conspiradores del pasado.

Aprendiendo y estudiando qué pasó en los países socialistas vecinos.

No cometiendo los mismos errores de confundir “prensa pública” con “prensa oficial”.

Cambiando cosas.

Llenándonos de ideas.

De proyectos.

De realizaciones.

De excelencia en la producción de contenidos.

Pero, para eso, hay que tomar decisiones drásticas y rápidas. Unas desde el poder. Otras desde los ciudadanos organizados.

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