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Ecuatorianos en Guantánamos flotantes: las prisiones de EE.UU. en altamar

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 El mar abierto entre Ecuador y Colombia, de donde partió Jhonny Arcentales Credit Glenna Gordon para The New York Times.

En las noches, cuando caía la lluvia de noviembre y no había dormido en absoluto, Jhonny Arcentales tenía visiones de sí mismo muerto y de que su cuerpo era arrojado al oscuro mar.

Se imaginaba a su esposa y a su hijo adolescente lanzando su ropa en una fosa en un cementerio y una reunión en la iglesia local para su funeral.

Habían pasado más de dos meses desde que Arcentales, un pescador de 40 años de la costa central de Ecuador, había salido de su casa y le había dicho a su esposa que regresaría en cinco días.

El grillete que lo sujetaba por el tobillo lo mantenía encadenado a un cable a lo largo de la cubierta del barco en todo momento, excepto cuando hacía la travesía ocasional, vigilado por un marino, para defecar en una cubeta.

La mayor parte del tiempo, no podía moverse más allá de un brazo de distancia sin chocar con el siguiente hombre encadenado. “El mar antes significaba libertad”, me dijo el ecuatoriano. A bordo de ese barco, sin embargo, “era una prisión a mar abierto”.

Durante el día, Arcentales se paraba contra la pared y miraba hacia el agua; su mente quedaba en blanco por un momento y al siguiente se llenaba de pensamientos sobre su esposa y su hijo recién nacido. No había hablado con su familia, aunque todos los días solicitaba llamar a casa. Cada vez sentía más pánico y temía que su esposa pensara que estaba muerto.

Arcentales tenía hombros anchos y musculosos tras 25 años de jalar redes de pescar del mar. Sin embargo, a bordo del barco podía sentir cómo su cuerpo se encogía por una nutrición deficiente —apenas un puñado de arroz y frijoles— y por la inmovilidad. “En cuantos nos parábamos nos daban náuseas; la cabeza nos daba vueltas”, recuerda.

Los veintitantos prisioneros a bordo del navío —ecuatorianos, guatemaltecos y colombianos— a menudo pasaban la noche de pie, con dolor de espalda, su cuerpo helado por el viento y la lluvia, esperando que saliera el sol y los secara.

Durante las primeras semanas, Arcentales había recurrido a su amigo Carlos Quijije, otro pescador del pequeño pueblo de Jaramijó, para que lo calmara. Estaban encadenados uno al lado del otro y el joven de 26 años tenía otro enfoque. “Tranquilo, hermano, todo va a salir bien”, recuerda Arcentales que le decía Quijije. “Nos llevarán a Ecuador y podremos ver a nuestra familia”. Pero después de dos meses de estar prisioneros a bordo del barco, Quijije parecía igual de abatido. Con frecuencia pensaban que simplemente desaparecerían.

Mientras, ese mismo noviembre de 2014, en la casa cuadrada de ladrillos donde vivía Arcentales en Ecuador, su esposa, Lorena Mendoza, y sus hijos, rezaban juntos en espera de su regreso.

En Jaramijó llega a suceder que desaparecen los pescadores; a veces quedan varados por un motor que ya no funciona, son baleados por piratas o naufragan en medio de una tormenta. “Siempre me preocupaba que no volviéramos a verlo”, me dijo Mendoza.

“Pero regresaba a casa”. Esta vez ella estaba segura de que recibiría una llamada para ir a recoger el cuerpo ahogado de los muelles.

Mendoza no tenía manera de saber que su esposo seguía vivo. Había salido de Jaramijó porque su familia necesitaba dinero tan desesperadamente que había aceptado un trabajo para contrabandear cocaína. Mar adentro en el Pacífico, Arcentales y los otros pescadores con los que iba fueron detenidos, pero no por piratas ni justicieros, sino por la Guardia Costera de Estados Unidos, desplegada a más de 3200 kilómetros de las costas estadounidenses para rastrear cocaína proveniente de los Andes.

Durante el año fiscal que terminó en septiembre de 2017, la Guardia Costera capturó a más de 700 sospechosos y los encadenó a bordo de barcos estadounidenses.

En los últimos seis años, más de 2700 hombres como Arcentales han sido capturados cuando iban a bordo de botes bajo sospecha de contrabandear cocaína colombiana a Centroamérica, para después ser trasladados por el océano durante semanas o meses mientras los barcos estadounidenses continúan su patrullaje.

Estos pescadores convertidos en narcomenudistas son atrapados en aguas internacionales o en mares fuera de aguas estadounidenses; a menudo tienen un escaso o nulo conocimiento de adónde debían llegar las drogas que llevaban en su bote.

Aun así, casi todos estos lancheros son arrastrados por el Pacífico y entregados en Estados Unidos para enfrentar cargos criminales ahí, en lo que constituye un amplio ejercicio extraterritorial del poder legal de Estados Unidos.

San Lorenzo, Ecuador, donde Jhonny Arcentales zarpó antes de ser detenido por a Guardia Costera estadounidense. Credit: Glenna Gordon para The New York Times

 

La Guardia Costera de EE. UU. nunca estuvo destinada a manejar una flota, en palabras de un exabogado de la agencia, de “Guantánamos flotantes”. En Estados Unidos, la imagen pública de la Guardia Costera es la de un organismo que realiza acciones humanitarias, celebrada en medios locales por rescatar a personas naufragadas en Montauk, Nueva York, o a sobrevivientes de los huracanes en Florida.

Sin embargo, como la única rama del ejército que también actúa como agencia de procuración de justicia, este servicio de 227 años de antigüedad se dedica igualmente a interceptar el contrabando, desde traficantes chinos de opio hasta a quienes traficaban ron durante la era de la prohibición del alcohol en EE. UU.

Durante siglos, para arrestar a los contrabandistas, los operativos de la Guardia Costera esperaban a que estos cruzaran hacia las aguas territoriales estadounidenses. Luego, en la década de los setenta, cuando se disparó el tráfico de marihuana por la ruta de Colombia hacia el Caribe antes de encaminarse a Estados Unidos, los funcionarios del Departamento de Justicia argumentaron ante el Congreso que la ley estadounidense de ese entonces restringía la capacidad de castigar a los narcotraficantes atrapados en altamar.

Aunque la Guardia Costera —entonces una rama del Departamento de Transporte— pudiera perseguir a los traficantes hacia el Caribe, los abogados del Departamento de Justicia rara vez podían declarar culpables de algún delito en los tribunales estadounidenses a los traficantes capturados en la ambigua zona legal de las aguas internacionales.

El Congreso respondió con un conjunto de leyes que incluía la Maritime Drug Law Enforcement Act (Ley marítima judicial contra las drogas) de 1986: esta definía al narcotráfico en aguas internacionales como un crimen en contra de Estados Unidos, incluso cuando no había pruebas de que las drogas, a menudo transportadas en navíos extranjeros, estaban destinadas a ese país. A la Guardia Costera se le dio la autoridad de buscar a sospechosos de tráfico y llevarlos ante los tribunales estadounidenses.

Es como si sus derechos quedaran suspendidos durante su captura en el mar.

Durante el último año, he entrevistado a siete hombres que fueron detenidos por la Guardia Costera, algunos de los cuales aún están en una prisión federal estadounidense, y he recibido cartas detalladas de otros 12, algunas con dibujos a lápiz de los barcos de detención.

La mayoría de estos hombres siguen confundidos debido a su captura por parte de los estadounidenses y dudan que los oficiales estadounidenses tuvieran la autoridad para arrestarlos y encerrarlos en una prisión.

Dicen que el recuerdo de su surreal encarcelamiento en el mar es lo que más los atormenta. Junto con miles de páginas de registros ante la corte, así como entrevistas con oficiales actuales y anteriores de la Guardia Costera, estos detenidos crean un retrato sórdido de las condiciones de su prolongada captura en barcos movilizados como parte de la guerra extraterritorial contra las drogas.

Tanto los oficiales de la Guardia Costera como los fiscales federales justifican su prolongada detención, arguyendo que sospechosos como Arcentales no están formalmente bajo arresto cuando los retiene la Guardia Costera.

Mientras están a bordo, no se les lee la llamada advertencia Miranda (los derechos a los que usualmente acceden las personas detenidas) ni se les asigna un abogado defensor ni se les permite establecer contacto con su consulado o con su familia.

No parecen beneficiarse de las reglas federales de procedimientos criminales que dictan que los sospechosos de algún delito arrestados fuera de Estados Unidos deben ser presentados ante un juez “sin retraso innecesario”. Es como si sus derechos quedaran suspendidos durante su captura en el mar.

“Está grabado en la mente de los guardias costeros”, dice Eugene R. Fidell, exabogado de la Guardia Costera que da clases en la Facultad de Derecho de Yale, “que las restricciones judiciales usuales no son aplicables”.

El aumento en las detenciones y las acciones penales internas derivadas de la actividad extraterritorial se dieron en gran medida bajo el ojo vigilante del general John Kelly, quien de 2012 a 2016 fungió como el jefe del Comando Sur y ahora es el jefe de personal de la Casa Blanca.

Durante mucho tiempo, Kelly ha defendido la idea de que el narcotráfico y la violencia relacionada con las drogas en Centroamérica constituye lo que ha llamado una amenaza “existencial” en contra de Estados Unidos y que, para proteger su tierra, la procuración de justicia estadounidense debe ir más allá de las fronteras del país.

En abril pasado, durante su corto periodo como secretario de Seguridad Nacional de Trump, un departamento del que ahora depende la Guardia Costera, Kelly dio una conferencia en la Universidad George Washington. “Somos un país que está bajo el ataque” de redes criminales transnacionales, le dijo a la audiencia. “Cuanto más empujemos hacia afuera nuestras fronteras, más seguridad nacional tendremos”, dijo. “Eso incluye el interdicto de la droga por parte de la Guardia Costera en el mar”.

Ante los cuestionamientos sobre las detenciones, un vocero de la Casa Blanca dijo: “Bajo el mando del general Kelly, el personal estadounidense trató a los detenidos de manera humanitaria y siguió todas las leyes aplicables”. El vocero se negó a dar más comentarios.

Arcentales, como la mayoría de los hombres con los que creció en Jaramijó, comenzó a pescar desde que era adolescente y nunca paró. A menudo trabajaba con Quijije, quien vivía con su esposa, su hija y la familia de su esposa en una casa de dos cuartos cercana a la de Arcentales.

Este y Quijije, después de sus jornadas, se encontraban y hablaban durante horas sobre sus hijos y sus planes de algún día comprar un bote propio.

Arcentales nunca tuvo mucho dinero. Los 6000 dólares que llegaba a ganar al año, a bordo del esquife y en trabajos de uno o dos meses en barcos atuneros, no alcanzan para mucho en la economía ecuatoriana.

La casa donde vivían él y Mendoza constaba de una habitación compartida por nueve personas: su hijo adolescente, Enrique; las dos hijas más grandes de Mendoza de un matrimonio anterior, Nelly y Juliana, que entre las dos tienen tres hijos; y el esposo de Nelly, Wladimir Jaramillo. Todos dormían en colchones raídos y compartían un solo baño. Cuando llovía, el techo goteaba y el agua lodosa se escurría por la puerta.

Ecuador es un punto secundario de envío para los grupos de narcotraficantes colombianos que trabajan cada vez más para los carteles mexicanos.

La ansiedad por la falta de fondos se volvió alarmante en 2014, cuando Mendoza quedó embarazada inesperadamente a los 43 años. El doctor le recetó reposo y Arcentales, demasiado preocupado de quedarse mucho tiempo en el mar durante la gestación, comenzó a trabajar menos.

Ese julio, Mendoza dio a luz a un varón que llamaron Ismael. Ahora era un hogar de diez. Faltaban más de dos meses para su próximo viaje pesquero y Arcentales no podía dejar de sentir un persistente sentimiento de fracaso. “A veces, acostado de noche, me preguntaba: ‘¿Voy a vivir toda mi vida en una choza que prácticamente se cae a pedazos?’”, contó. “’¿Qué les voy a dejar a mis hijos?’”.

La mañana del 5 de septiembre, después de pasar una muy mala noche, Arcentales se despidió de Mendoza y de sus hijos. “Viejita”, le dijo, “no te preocupes, todo va a estar bien”.

Un pescador que Arcentales conocía desde hacía años le había estado pidiendo, durante dos años, que aceptara un trabajo para traficar cocaína. Arcentales siempre se había negado. Pero cuando salió de casa esa mañana de septiembre, fue a buscar a ese hombre.

Ecuador es un punto secundario de envío para los grupos de narcotraficantes colombianos que trabajan cada vez más para los carteles mexicanos y en Jaramijó cada vez se ven más reclutadores, a quienes llaman enganchadores. Los residentes del pueblo han visto cómo sus vecinos regresan de lo que dicen fueron viajes pesqueros con la posibilidad de comprar autos o arreglar sus casas. Los habitantes le llaman a ese viaje “la vuelta”.

Los pescadores le dijeron a Arcentales que ganaría 2000 dólares de entrada y 20.000 a su regreso, al igual que su acompañante. Arcentales apenas llegaría a ganar eso en cuatro años. Si Quijije se le unía, por fin podrían comprar su propio bote.

La noche siguiente, él y Quijije se encontraron con otro hombre en San Lorenzo, cerca de la frontera con Colombia. El hombre los condujo a un esquife, le dio a Arcentales un rastreador GPS e instruyó al par que se encontraran con otro bote a 50 millas náuticas.

Les dijo que ahí recogerían 100 kilos de cocaína, dividida en cuatro paquetes, y les dio las coordenadas de otra embarcación a menos de un día de viaje en la que dejarían las drogas y así terminaría su tarea.

Sin embargo, cuando llegaron al lugar para recoger la droga, les dieron 440 kilos de cocaína y se les unió un colombiano con cara de niño que hacía poco había cumplido 20 años, llamado Jair Guevara Payán y a quien le habían pagado para vigilar la droga.

Payán llevó a Arcentales y Quijije en una travesía de cinco días, casi 2000 kilómetros al norte, mucho más lejos de lo que cualquiera de los dos jamás se hubiera aventurado a ir. Arcentales consideró negarse, pero sabía que no tenía una oportunidad real ahora que estaban en medio del mar. “Nos habían jodido”, me dijo.

Cuando Arcentales, Quijije y Payán finalmente llegaron a sus coordinadas de destino, a 230 kilómetros de la costa de Guatemala, una pequeña lancha de motor se dirigió a ellos, seguida de otra.

Juntos, los hombres descargaron la droga en una de sus lanchas y Payán se alejó en ella junto con un par de hermanos guatemaltecos que tripulaban la primera lancha. Les dijeron a Arcentales y Quijije que se subieran a la segunda lancha, un esquife llamado Yeny Arg, y que dirigían los otros dos guatemaltecos, Giezi Zamora, un mecánico, y Héctor Castillo, un pescador. Los cuatro se dirigieron a la costa y Arcentales bajó la guardia por primera vez desde que habían partido. “Somos libres”, pensó para sí mismo, y casi se quedó dormido.

Sin embargo, un avión de patrullaje de la Armada de Estados Unidos había estado siguiendo al bote guatemalteco desde la mañana. La tripulación del avión había visto a los hombres subirse a las lanchas que habían llegado y el Comando del Sur había contactado a la Guardia Costera. Pronto, Arcentales avistó el blanco barco militar, luego una lancha de motor con cinco oficiales que se dirigía a ellos rápidamente. Les ordenaron a Arcentales y a los demás no moverse, y los hombres alzaron las manos.

Se considera que cuando las embarcaciones no están registradas a un país o no ondean la bandera de alguna nación, no pertenecen a ningún Estado y las leyes marítimas permiten a oficiales estadounidenses abordarlas. Cientos de estos botes no marcados salen de Ecuador y Colombia al año.

Pero el Yeny Arg sí estaba registrado en Guatemala, así que los federales se pusieron en contacto con sus contrapartes guatemaltecas para obtener permiso bajo un tratado bilateral, de abordarlo y realizar una búsqueda.

Las autoridades estadounidenses tienen cerca de 40 acuerdos con países de todo el mundo para ingresar a navíos extranjeros. Para algunos países, esta acción procesal aligera la carga para sus sistemas penales; en otros, EE. UU. ha presionado a los gobiernos para alcanzar esos acuerdos. Por lo general los países del continente americano y del Caribe han permitido a los oficiales estadounidenses abordar y hacer búsquedas en embarcaciones con sus banderas.

Los guardascosteros buscaron durante varias horas el Yeny Arg. A la media tarde, pasaron a Arcentales, Quijije y los dos guatemaltecos a la lancha de motor de la Guardia Costera y los entregaron al barco de esta misma. Una vez a bordo, les tomaron fotos. Menos de doce horas después, llevaron a los hombres a un barco de la Guardia Costera llamado Boutwell, un patrullero de 46 años de antigüedad que mide 115 metros y cuenta con una tripulación de 160 personas. Payán y los hermanos guatemaltecos de la otra lancha ya estaban a bordo.

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La esposa de Jhonny, Lorena Mendoza, con una nota que Jhonny le envió desde Estados Unidos. Credit: Glenna Gordon para The New York Times

 

No se les dijo a dónde los llevarían ni se les permitió llamar a sus familias. Los oficiales les ordenaron desvestirse y ponerse un overol blanco ligero, y luego los guardias los condujeron por unas escaleras hacia la cubierta y a un hangar. Arcentales sintió cómo se cerraba un grillete alrededor de su tobillo. Él y Quijije se vieron entre sí, y luego voltearon a ver sus tobillos, que ahora estaban sujetos al piso con cadenas cortas. Sus camas serían unos delgados tapetes de hule. “Me agarró una profunda tristeza”, dijo Arcentales. “Justo en ese momento cambió mi vida”.

Ya a bordo del Boutwell, Arcentales y los demás hombres comenzaron a preguntarle a los guardias a dónde los llevaban. Uno de los guardias, que hablaba español, les explicó que los oficiales estadounidenses se estaban coordinando con los de su país para arreglar el traslado. Según Arcentales, este guardia le dijo que en cinco días estaría en tierra. Pasaron varias noches en el Boutwell.

Luego, cuando salió el sol al quinto día, los hombres divisaron tierra. Pudieron ver un volcán, luego un puerto; la topología parecía indicar que estaban en Centroamérica.

“Pensamos que estábamos regresando a nuestro país”, dijo Arcentales. “Creímos que nos entregarían a migración. A migración o al consulado ecuatoriano”.

No obstante, cuando ya estaban cerca del muelle apareció un guardia con una cubeta de plástico que les serviría como escusado. Un oficial cerró las puertas del hangar donde los tenían. A través de pequeños huecos en la pared, podían ver a gente caminando en el muelle. Los guatemaltecos reconocieron el puerto, llamado Acajutla. Pasó una hora, luego cuatro, luego ocho. Entonces los delgados rayos de luz que habían brillado a través de los hoyos en el hangar se esfumaron y sintieron que el Boutwell se ponía en marcha.

“Creímos que nos entregarían a migración. A migración o al consulado ecuatoriano”. JHONNY ARCENTALES, ECUATORIANO DETENIDO

Los motores del navío rugieron y un guardia abrió las puertas: vieron que el sol se ponía mientras zarpaban de nuevo mar adentro. Durante media hora, o quizá fue una hora, estuvieron sentados en silencio, viendo cómo el agua y el cielo se oscurecían, y pensaron en sus familias. Esa noche, lloraron Arcentales y Castillo, el pescador guatemalteco, sus pechos jadeantes, mientras los demás hombres miraban hacia el mar.

Cuando el sol salió a la mañana siguiente, los hombres se miraron los unos a los otros ya no como compañeros prisioneros accidentales, sino como acompañantes para un trayecto de largo plazo.

El guatemalteco Castillo, a unos días de cumplir 24 años, le preguntó a Arcentales –a quien llamaba “Don Jhonny”– sobre su familia. Se enteraron de que Zamora, Quijije y Arcentales tenían hijos recién nacidos o en camino. “Hablábamos de nuestros hijos pequeños”, dijo Arcentales sobre las conversaciones que sostenían. “Luego había días en los que no pronunciaba palabra. Me quedaba ensimismado pensando en mis hijos, mi bebé, mi fracaso”.

Todos habían aceptado la oferta del contrabando ante lo que pensaban era una posibilidad remota de arresto, con tal de brindarle algo a su familia. Castillo dijo que él ya había dado “la vuelta” dos semanas antes. Había sido relativamente fácil, así que aceptó hacer otra. “Empiezas a pensar que puedes salirte con la tuya”, me dijo Castillo.

Funcionarios de la Guardia Costera y del Comando Sur, incluyendo a John Kelly, han argumentado que la agencia confiscaría cuatro veces más cocaína si tuviera más embarcaciones para movilizar.

“Debido al déficit de activos, no podemos pasar del 47% del presunto tráfico marítimo de drogas”, dijo Kelly en una audiencia ante el Comité de Servicios Armados del Senado en 2014. “Solo puedo quedarme sentado y veo cómo pasan”.

La producción colombiana de cocaína está de nuevo al alza y aunque la Guardia Costera ha confiscado cerca de 15.000 kilos de la droga durante el último año, en septiembre pasado los oficiales de la agencia advirtieron que requieren más recursos para detener ese flujo.

En esa línea, los funcionarios gubernamentales sostienen que la información que obtienen de esos navegantes de poca monta es clave para investigar y desmantelar las grandes redes delictivas transnacionales.

La Guardia Costera ha declarado que, de 2002 a 2011, los casos en contra de estos traficantes marítimos han ayudado al gobierno estadounidense a afianzar tres cuartos de las extradiciones de capos colombianos.

Las declaraciones juradas más recientes en los casos criminales en contra de tres líderes narcotraficantes mexicanos y centroamericanos, incluyendo la de Joaquín “el Chapo” Guzmán, han señalado la intercepción de esas embarcaciones como puntos pequeños pero claves que forman parte de la constelación más amplia de evidencia.

Al vincular a los capos con las embarcaciones, los fiscales pueden añadir el tráfico marítimo a la lista de cargos en su contra. Sin embargo, de los pescadores atrapados a bordo de estos pequeños botes de contrabando, muchos son detenidos en su primera o segunda vuelta, con frecuencia solo tienen acceso a pedazos de información sobre la gente para la cual están trabajando.

En buena medida, hombres como Arcentales apenas si conocen la identidad de su reclutador; en ocasiones saben solo su nombre de pila o su alias, y nada más. “No son piezas clave de este proceso”, dijo Bruce Bagley, un importante estudioso del narcotráfico y profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Miami. Al procesarlos, añadió, “no estás deteniendo las grandes operaciones”.

El 6 de octubre, 25 días después de que los capturaron, el Boutwell regresó a su puerto base, en San Diego. La tripulación del barco se formó para que les sacaran fotos sobre la cubierta detrás de las pacas de cocaína envueltas en lona negra, obtenidas de 14 embarcaciones contrabandistas, incluyendo presuntamente la de Payán, y con un valor de más de 400 millones de dólares, según la Guardia Costera.

La cocaína llegó a tierra mucho antes que los detenidos. Durante 44 días más, Arcentales, Quijije, Payán y los guatemaltecos fueron transferidos de un barco a otro; pasaban una semana o diez días en uno, algunos días más en otro, pero siempre encadenados.

“Recuerdo que una vez le pregunté al oficial enfermero si podía hacerme un favor”, escribió más tarde Payán en una carta: “Darme un tiro y matarme, lo cual le agradecería, porque ya no podía soportar más aquello”.

Conforme esos mortíferos días se sucedían uno tras otro, el hambre comenzó a rivalizar con sus familias como su preocupación central. Los registros de comida de los barcos de la Guardia Costera y los testimonios de sus oficiales muestran que, en algunas embarcaciones, la comida de los detenidos consistía solo de pequeñas porciones de frijoles negros y arroz, de vez en cuando con un poco de espinacas o pollo.

Arcentales dice que aprendió a comer despacio, para hacer que su mente creyera que el plato tenía más comida de la real. Los hombres alcanzaron a ver que los guardias tiraban lo que ellos no se habían terminado en bolsas de basura que colgaban cerca e idearon un plan. “Alguien pedía que lo llevaran al baño para tratar de alcanzar la basura y tomar la comida tirada”, declaró en su testimonio Quijije. Se pasaban un pedazo de sobras de pollo uno al otro, cada uno dando una mordida y pasándolo al siguiente, hasta que ya solo quedaba el puro hueso. Después de dos meses de detención, según lo que dice Arcentales, había perdido 9 kilos; Payán dice que él bajó 23.

Su noción del tiempo comenzó a distorsionarse. “Ya no podíamos aguantar vivir en esas condiciones por tanto tiempo”, escribió más tarde Arcentales en una carta. “Ni nos importaba dónde nos dejarían; estábamos desesperados por hablar con nuestra familia”.

La Guardia Costera y el Departamento de Justicia sostienen que todos los detenidos reciben un trato humanitario y en observancia de la ley. La Guardia Costera afirma que encadena a los detenidos y los esconde cuando están en los puertos por su propia seguridad y la de la tripulación.

Expertos advierten que los periodos prolongados de detención empleados por Estados Unidos en su campaña contra las drogas contravienen las reglas internacionales de derechos humanos.

La Guardia Costera no tiene la discrecionalidad para decidir dónde y cuándo transferir a los detenidos como parte de la intercepción de drogas. Esas decisiones las toman el Departamento de Justicia, la Administración para el Control de Drogas (DEA, por su sigla en inglés) y los fiscales federales a partir de información proporcionada por la Guardia Costera.

Los oficiales con los que hablé –uno de los cuales estaba lo suficientemente perturbado como para llamar a los navíos “barcos prisión”– dicen que quisieran sacar a los detenidos mucho más rápido de sus barcos, que reconocen nunca fueron diseñados para funcionar como centros de detención. Los agentes de la DEA asientan en los documentos de la corte que los traslados rápidos a tierra estadounidense son logísticamente imposibles, pues pocos países permiten traslados por avión y hay una escasez de vuelos disponibles de la DEA. La Guardia Costera señala que la agencia patrulla 15 millones de kilómetros cuadrados, lo que deviene en “retos logísticos y de transportación”.

Sin embargo, hay evidencias en esos documentos de la Corte de que algunas consideraciones presupuestarias también podrían estar detrás de los retrasos.

En 2015, un oficial del Comando del Sur sugirió en un correo electrónico dirigido a un agente de la DEA –que estaba encargándose del traslado de un detenido de la Guardia Costera– que la agencia “podría ahorrarles costos a los contribuyentes” si sopesara los beneficios de una ruta de regreso con respecto a otra.

En un informe de abril de 2017 de un caso distinto, el gobierno de EE. UU. argumentó que mover un barco patrullero de su ronda normal en busca de narcotraficantes para acelerar el traslado de un detenido constituiría “una pérdida considerable de tiempo y de recursos gubernamentales”.

En cambio, los barcos de la Guardia Costera y las fragatas que les presta la Armada de Estados Unidos van llenando lentamente sus hangares o cubiertas y esperan para hacer bajar a los detenidos cuando pueden arreglarse paradas con oficiales de otros países o vuelos con la DEA.

Otros detenidos simplemente son mantenidos a bordo de los patrulleros mientras estos regresan a San Diego o atraviesan el Canal de Panamá en su camino hacia puertos de la costa este.

Sin importar la ruta, los jueces federales reiteradamente condonan las protecciones normales en contra de una detención extendida previa a un juicio y aceptan el argumento gubernamental de que transferir a los detenidos del Pacífico es demasiado complejo logísticamente como para permitir que estén frente a un juez de manera rápida.

Así que, con los años, los jueces federales han permitido periodos de detención cada vez más largos: cinco días en el Caribe en 1985; luego 11 en 2006; para 2012, 19 días en el Pacífico. Ahora, el tiempo promedio de detención es de 18 días. Un oficial me dijo que han tenido hombres detenidos hasta durante 90 días.

A diferencia de los arrestos nacionales, que estipulan que solo se puede acusar a las personas en la jurisdicción que corresponda a su delito, los traficantes marítimos pueden ser procesados en cualquier lugar.

Expertos en materia de derechos humanos y de las leyes marítimas advierten que los periodos prolongados de detención empleados por Estados Unidos en su campaña contra las drogas contravienen las reglas internacionales de derechos humanos.

“En un contexto europeo, lo que hace EE. UU. no cumpliría con los estándares”, dice Efthymios Papastavridis, un especialista en leyes marítimas en la Universidad de Oxford. “Tendría que medirse contra las leyes de debido proceso y derechos humanos, y es poco probable que pasara la prueba”.

Sin embargo, Melanie Reid, una exfiscal federal de la División de Narcóticos Peligrosos del Departamento de Justicia, dijo que la postura de la unidad es que “las horas no empiezan a correr, en términos procesales, sino hasta que estas personas llegan a Estados Unidos y son arrestadas”.

Un abogado sénior de la Guardia Costera escribió en un artículo de 2016 sobre la aplicación de las leyes marítimas y los derechos humanos que “por lo general no hay un remedio disponible contra estas demoras para los acusados”.

77 días después de que su esposo se fue a “la vuelta”, el 21 de noviembre de 2014, Lorena Mendoza se dirigió, con su recién nacido, en una carriola desde Jaramijó hasta la cercana ciudad portuaria de Manta, como parte de una procesión por la Virgen de Montserrat. Entre una multitud de miles de personas que se amontonaban en las calles junto con bandas de metales, rezó por su esposo, mientras se imaginaba cómo sería la vida de ella si él estuviera de verdad muerto.

Cuando regresó a casa, descubrió que tenía varias llamadas telefónicas perdidas, hechas desde Estados Unidos. A las 11:00 de la mañana del día siguiente el teléfono sonó de nuevo. “Aquí estoy”, dijo Arcentales. “Estoy vivo”. Mendoza lloró, inundada por un sentimiento de gran alivio. “Gracias a Dios que puedo escuchar de nuevo a mi familia, gracias a Dios que están bien”, dijo Arcentales.

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Ismael, de 3 años, es el hijo de Jhonny y Lorena. Nació justo antes de que Jhonny saliera de Jaramijó. CreditGlenna Gordon para The New York Times

 

Varios días antes, el barco estadounidense había hecho una travesía más a un puerto, esta vez a la costa de Panamá. En esta ocasión les dijeron a los detenidos que se pusieran de pie. Los guardias soltaron sus grilletes y los sacaron del barco. Arcentales pensó que pronto vería a su familia. Entonces escuchó a un guardia anunciar: “Caballeros, afuera los esperan agentes de la DEA. Irán a Estados Unidos”.

A diferencia de los arrestos nacionales en Estados Unidos, que estipulan que solo se puede acusar a las personas en la jurisdicción que corresponda a su delito, los traficantes marítimos pueden ser procesados en cualquier lugar, con tal de que sea el primero en el que aterrizan o en el Distrito de Columbia, la capital del país.

Los agentes de procuración de justicia estadounidenses parecen preferir llevar las acusaciones de contrabando marítimo ante cortes en Florida, donde las agencias federales han establecido fuerzas especiales contra las drogas compuestas por varias agencias y los fiscales tienen experiencia en este tipo de casos.

Hacer esto en Florida pudo haber tenido algún sentido práctico en la década de los ochenta e incluso en la década de los noventa, cuando la mayor parte de las intercepciones marítimas tenían lugar en el Caribe.

Pero ahora, cuando el tráfico por mar se ha movido de manera significativa hacia el Pacífico, el deseo de procesar a los acusados en tribunales federales floridanos muy probablemente ha desempeñado un papel en las cada vez más prolongadas detenciones marítimas.

Una razón por la que se han llevado pocos casos a la costa oeste podría ser que la Corte de Apelaciones del Noveno Circuito, que abarca California, ha puesto un límite al alcance de la Guardia Costera de EE. UU.

A diferencia de los tribunales de la costa este, el Noveno Circuito requiere que los fiscales federales comprueben que las drogas descubiertas en las embarcaciones extranjeras registradas realmente estaban destinadas a Estados Unidos.

Esa decisión de 1994 hizo que el marco legal de California fuera más parecido al que existía a nivel nacional en los años ochenta.

El tribunal del circuito determinó que procesar a traficantes encontrados a bordo de un navío con una bandera extranjera sin probar que su cargamento estaba destinado a los mercados estadounidenses viola las protecciones al debido proceso consagradas en la Quinta Enmienda de la Constitución de Estados Unidos.

“Tratamos de no llevar esos casos al Noveno Circuito”, dijo Aaron Casavant, un abogado de la Guardia Costera que hasta 2014 brindó asesoría legal a las operaciones de aplicación de la ley de la agencia y quien hace poco escribió un artículo en el que defiende el fundamento legal de la procuración de justicia extraterritorial. Casavant señala que hay más abogados y más jueces con experiencia marítima en Florida.

Sin embargo, el Departamento de Justicia muy probablemente perdería un caso como el de Arcentales si lo llevara ante el Noveno Circuito por la obligación de comprobar el posible destino. Así que la mayoría de los casos se juzgan en el Undécimo Circuito de Florida, donde no hay tal obligación.

Orlando do Campo, un abogado defensor privado asentado en Miami, ha sido asignado a llevar 23 casos de narcotráfico marítimo ante las cortes. “Es como un documental sobre naturaleza, cuando ves al halcón sacar a los peces del agua; el pez dice: ‘¿Qué diablos estoy haciendo en el aire?’”, dijo Do Campo. “Para ellos, eso es lo que es Florida. ‘Hace unas semanas, estaba en Ecuador, luego fui a la mitad del Pacífico y ¿ahora estoy aquí?’ Es absolutamente surreal”.

Pusieron a Arcentales, Quijije, Payán y los cuatro guatemaltecos en un vuelo a Florida. El 19 de noviembre fueron formalmente arrestados. Arcentales menciona que le dijo a un agente federal todo lo que sabía sobre la operación. “Pero la verdad”, me dijo Arcentales, “es que no sé nada de todo eso”.

Por lo menos otro hombre del grupo de siete habló también con los investigadores y les dio toda la información que tenía: la ruta que había tomado y el apellido del enganchador que lo había contratado.

Los siete aceptaron un acuerdo de culpabilidad. No se presentaron mociones legales que pusieran en tela de juicio las condiciones de su prolongada detención.

Cuando los abogados defensores llegan a presentar esas mociones, que es poco frecuente, estas tienen un efecto muy reducido. Los abogados de tres hombres que llegaron a estar detenidos en el mismo patrullero que uno en los que estuvo Arcentales solicitaron a una corte federal desistir de la formulación de cargos debido a una “conducta gubernamental indignante”.

El juez dijo que le inquietaban los relatos de los detenidos sobre su “nutrición inadecuada, pérdida de peso, falta de privacidad para hacer sus necesidades y carencia de suficiente protección ante los elementos”.

Aun así, dijo, tal “tratamiento inhumano” no había sido utilizado “en un esfuerzo para conseguir presentar los cargos”, por lo que no podía desestimar las imputaciones. “Eso no quiere decir que esta Corte condone ese trato hacia los detenidos”, añadió. “En absoluto”.

La Guardia Costera ha declarado que, de 2002 a 2011, los casos en contra de estos traficantes marítimos han ayudado al gobierno estadounidense a afianzar tres cuartos de las extradiciones de capos colombianos.

El 2 de julio de 2015, Arcentales y Castillo fueron llevados a la corte para una audiencia sobre su sentencia. En las audiencias, según dijo John Kelly este año en un testimonio ante el congreso, los “sospechosos de estos casos divulgan información durante el procesamiento y la sentencia que es crucial para interceptar, extraditar y sentenciar a los líderes de los carteles de la droga, así como desmantelar sus sofisticadas redes”.

Sin embargo, la jueza que presidió en el caso de Arcentales, Virginia Hernández Covington, dejó en claro que lo divulgado por el ecuatoriano y el guatemalteco no servía de mucho. “Solo tratan de hacerlo para ganar algo de dinero para su familia”, dijo Covington en la Corte. “Cuanto más alto estés, más información tienes”. Continuó: “Los de niveles bajos del escalafón tienen menos información con la cual negociar”.

Los acusados según la ley de control marítimo, incluso las mulas como Arcentales, raramente obtienen sentencias reducidas que correspondan a las condenas mínimas, algo a lo que sí acceden sospechosos capturados en costas estadounidenses cuando portan la misma cantidad de drogas. Convington sentenció a Arcentales a 10 años en una prisión federal y a Castillo a un poco más de 11.

Cuando conocí a Arcentales por primera vez en la prisión federal Fort Dix de Nueva Jersey, a finales de 2016, su cara era distinta de la angulosa y demacrada que había visto en las fotos que le sacaron los guardias de la prisión poco después de llegar a Florida.

Parecía que había recuperado el peso que había perdido en el mar. Nos sentamos uno al lado del otro en la sala de visitas, dispuesta como la sala de espera de un aeropuerto, y hablamos en español en medio del zumbido de las madres y esposas que hablaban en inglés a sus seres queridos encarcelados.

Hablando lento y con precisión, me dijo que nunca antes había considerado que al traficar drogas estuviera cometiendo un crimen específicamente en contra de Estados Unidos. Se preguntó repetidamente por qué Estados Unidos no permite que cumpla su sentencia en Ecuador. Por lo menos, dijo, así estaría en contacto con su familia más allá de las llamadas de duración limitada cada tantas semanas. Piensa en ellos constantemente. Y también en los barcos patrulleros de la Guardia Costera en los que estuvo detenido.

“Tenía una pesadilla terrible sobre las cadenas”, me dijo Arcentales en la sala de visitas. “Me despertaba sintiendo que la cadena se hundía en mi tobillo y sacudía la pierna pensando que estaba encadenado, hasta que la sentía libre y me tranquilizaba saber que no estaba amarrado al barco. Me levantaba sudando, casi llorando, pensando que aún estaba encadenado. Con el tiempo se pasa. Pero algo como esto nunca desaparece”.

En la casa que Arcentales dejó atrás, la vida no es menos menesterosa que cuando él partió. Dos semanas después de que Arcentales llegó a Florida, Mendoza abrió una tienda en lo que antes era su pequeña sala de estar. Aunque solo gana 15 dólares en un buen día, cuando me encontré con ella en Jaramijó, había un flujo constante de clientes que llegan a comprar pañales, plátanos o queso al hogar de Mendoza, que está lleno de sus hijos y nietos.

“Me levantaba sudando, casi llorando, pensando que aún estaba encadenado. Con el tiempo se pasa. Pero algo como esto nunca desaparece”. JHONNY ARCENTALES, ECUATORIANO DETENIDO

Tanto Mendoza como Arcentales asumieron que su destino, ahora muy conocido en la comunidad, serviría como una advertencia para aquellos a quienes se acercan los enganchadores. En abril, en Fort Dix, Arcentales me dijo que si “pudiera les diría a todos que no vayan, ¡que nunca acepten dar ‘la vuelta’!”.

No obstante, las “vueltas” se han incrementado desde que Arcentales fue sentenciado a prisión. En abril de 2016, un catastrófico terremoto golpeó la costa ecuatoriana. Calles enteras de Jaramijó se derrumbaron y dejaron a miles sin hogar. Los botes pesqueros, así como los trabajos de almacenamiento y enlatado, quedaron destruidos.

A más de un año todavía había tiendas de campaña azules, proporcionadas por el gobierno chino como refugios de emergencia, al borde de un peñasco que se alza por encima de los muelles ahora tranquilos del pueblo.

El terremoto llevó a varios desempleados, incluidos los empobrecidos pescadores, en busca de trabajos de contrabando. A finales de 2016, el yerno de Mendoza, Wladimir, quien había estado viviendo en su casa, desapareció. Desde que se lastimó la espalda descargando pescado en Manta, el joven había trabajado vendiendo morocho, una bebida de maíz dulce hecha en casa. Pero con eso solo ganaba unos cuantos dólares al día. Le había estado diciendo a su esposa, Nelly, que estaba pensando en dar una “vuelta”.

Wladimir nunca había pescado en toda su vida, según me dijo Nelly, y ella no le creyó nunca que fuera a aceptar ese trabajo. Pero en diciembre de 2016, Wladimir dijo que iba a la tienda y ya nunca regresó. Durante seis semanas, Nelly estuvo preocupada constantemente por su marido y me pedía por mensajes en Facebook si yo podía revisar si estaba en alguna prisión estadounidense. A principios de febrero de 2017, una semana antes de que yo llegara a Jaramijó, Wladimir llamó a Nelly desde una cárcel de Florida. Un barco de la Guardia Costera lo había detenido en el océano Pacífico.

El abogado que la Corte le asignó a Wladimir, Joaquín Méndez, argumentó en una corte federal de Florida que el retraso de 31 días entre que fue interceptado y fue presentado en una corte de Estados Unidos violaba los estatutos federales que requieren que los acusados sean procesados en un lapso de 30 días.

“La Guardia Costera tomó la determinación calculada de continuar con su interceptación y de mantener a estas personas en las condiciones en las que estaban, mientras la tripulación prosiguió con sus tareas”, le dijo Méndez al juez James I. Cohn.

En lo que quizá fue la primera vez en una corte federal, Cohn desestimó la acusación en contra de Wladimir debido al retraso.

“Si el argumento del gobierno se lleva a su extremo lógico, una persona podría estar detenida indefinidamente por un delito federal mientras el gobierno no presente una demanda formal”, dijo Cohn en la corte.

El caso fue desestimado “por sobreseimiento con reservas”, algo que fue un tanto vergonzoso para los fiscales federales pero que les permitió presentar una nueva demanda. A finales de agosto, Wladimir fue sentenciado a 10 años de prisión.

En Ecuador, los funcionarios gubernamentales han aconsejado públicamente a los pescadores que rechacen las ofertas de los enganchadores. Sin embargo, todavía hay hombres que hacen el viaje, muchos directamente hacia las redes de la Guardia Costera.

Conocí a más de 20 familias en Jaramijó y otros pueblos que han perdido a hombres de esta manera. Una mujer a quien visité en su casa con techo de paja me dijo que su hijo mayor, un pescador y apenas un adulto, era el que proporcionaba a la familia su única fuente de ingresos.

Pero tres meses después del terremoto, los puestos en el mercado de pescado seguían diezmados y solo cerca de un tercio de los pescadores estaba trabajando. Ese hijo siguió a la marea de hombres que se lanzan a altamar.

Una noche de febrero, después de los arrestos de Arcentales y Wladimir, me senté junto a Mendoza bajo un árbol de granadas en la carretera fuera de su casa. Un grupo de sus vecinos y parientes se reúnen ahí casi todas las noches cuando cae el sol y el aire refresca.

Mientras hablábamos, un hombre que cargaba dos brillantes peces espada pasó por ahí y saludó con la mano. Uno de los hombres que estaba acostado en una hamaca me dijo que el que pasó había dado la “vuelta” hacía poco.

Mendoza señaló en la calle hacia un auto nuevo estacionado cerca de la esquina; el hombre lo había comprado con el dinero de la “vuelta”.

Luego, un pariente joven de Mendoza, que hasta entonces había estado echado en silencio en la hamaca, me dijo que estaba pensando en aceptar también ese trabajo. “Ya sé que tengo solo un 50% de probabilidades de regresar”, dijo. “Sé lo que le pasó a Jhonny”.

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Cromwell, el cajero generoso

El peruano Juan Manuel Robles firma algunos de los perfiles más sólidos que he leído, y créanme que, como responsable del blog ‘Periodismo narrativo en Latinoamérica’, no son pocos. Robles tiene un don especial para escuchar y mirar, y un manejo envidiable de la ironía y el suspenso. Sus semblanzas sobre la hija del expresidente Alejandro Toledo o sobre la actriz Magaly Solier son maravillosas, pero me quedo con el retrato de Cromwell Gálvez, un empleado del BBVA Banco Continental que usó sus habilidades como contador en robar dinero durante años al banco, para luego derrocharlo en vivir la vida a todo lujo. (Julio Villanueva Chang)

Por Juan Manuel Robles

El protagonista de esta historia me jodió la tarde. Él no lo recuerda, fue hace tiempo. La única vez que lo visité en la céntrica prisión en la que lo encerraron, Cromwell Gálvez huyó de mí y se apresuró a decir que no hablaba con la prensa. Le habían quitado la libertad pero la fama insistía en quedársele, no podía sacársela de encima ni dentro de los cuatro muros de una celda. Cromwell, el hombre que había robado un banco durante años sólo para poder acostarse con las vedettes más deseables de Lima, estaba finalmente preso y las carátulas de los diarios populares seguían poniendo su fotografía junto a letras grandes multicolores. Yo había dado su nombre en la entrada del penal diciendo que era su amigo, arriesgándome a lo que a veces nos arriesgamos los reporteros: a que la persona que buscas te reciba mal.

Había guardado la esperanza de que adentro podría manejar la situación portándome cortés, pero Cromwell Gálvez se mostró nerviosamente hostil y me dijo que sólo recibía a familiares. No fue lo único que hizo. Se quejó ante los guardias del penal y ellos le hicieron caso: me detuvieron y me castigaron dejándome cuatro horas encerrado por gracioso. No hay nada que moleste más a un uniformado que un periodista que se hace pasar por otra cosa. Mientras un efectivo de traje plomo tomaba mis declaraciones en la comisaría del penal, pude ver, a través de la abertura de la puerta, la imagen del interno Cromwell Gálvez hablándole a otro oficial.

Asomaban sus ademanes de queja, los ojos molestos, cierta indignación bajo el pelo grasiento. ¿Es que cualquier periodista entra aquí como si nada? El oficial hacía gesto de mea culpa. Era fácil entender que el interno tenía cierta clase de cercanía con él, cierta llegada o conexión que atenuaba la frontera típica que hay entre un preso y su celador. Años más tarde entendería que el motivo de tanta amabilidad era inocente: esos oficiales eran los mismos que, un día, le habían pedido al nuevo y simpático recluso Cromwell Gálvez que les contara eso. Eso de las vedettes.

Y Cromwell, sonriente, les había empezado a contar la historia que lo ha hecho famoso. La de las chicas. De cómo robar un banco durante cinco años sin que nadie se dé cuenta con el único móvil de inaugurar una nueva modalidad criminal: robo por fantasía. Disparar billetes como ráfagas y así preparar orgías suculentas. Un día eres un correcto empleado bancario y al día siguiente una sorpresa electrónica de cinco cifras en la pantalla de la computadora cambia tu vida. Luego tienes dinero. Lo gastas, lo prestas, ayudas a la gente, eres bueno, te quieren. Te acuestas con ellas, con todas las que imaginaste. Te diviertes como un chancho.

Luego te descubren, todo se va a la mierda y sales en la prensa. En primera plana. Una historia suficientemente poderosa como para tener de qué hablar de por vida, o, al menos, para hacer nuevos amigos en cualquier parte, incluso en la cárcel donde te encierran y donde un periodista faltoso te busca en pleno domingo familiar.

Cromwell le dio la mano al uniformado y subió a su celda. Los oficiales me dejaron salir del centro penitenciario recién a las nueve de la noche, dándome la cariñosa recomendación de no regresar por allí. Un fuerte ruido, el ruido universal del portón de hierro de una prisión cerrándose, fue la señal de que ya estaba en la calle. Anoté en la libreta una frase que entonces se me hizo urgente: “Mientras escribo esta historia, Cromwell Gálvez se acostumbra a la cárcel”. Pasarían años antes de volver a verlo.

***

Sobre la mesa, dos manos hacen la mímica de contar con los dedos un fajo imaginario de billetes. Los dedos anular y medio de cada mano se mueven como acariciando el aire, tan rápido que parecen las alas de un colibrí: la carne no es carne sino un holograma traslúcido. ¿Cuántos billetes por segundo puede contar un cajero?

Cromwell Gálvez descansa las manos para pensar un momento. No está seguro de la respuesta, pero me dice que todo es cuestión de práctica. También dice que los dedos índices se usan para verificar al vuelo que cada billete sea genuino. Vuelve a hacer el movimiento otra vez y me indica la forma correcta de conseguirlo.

El ex funcionario del banco lleva una camisa blanca.Luce flaco y, si el lector levanta la mirada –y deja que las manos sigan jugando a contar billetes invisibles–, verá que en sus ojos se adivina cierta paz, la paz nostálgica usual en los que empiezan de nuevo tras una catástrofe. Cromwell Gálvez está libre. Cumplió su reclusión por hurto agravado y apropiación ilícita. Ahora lo visito en el estudio de su abogado defensor, el lugar donde le han dado un trabajo temporal digitando escritos en una pantalla. Pasé todo el día pensando en la posibilidad de que él tuviera algún resentimiento contra mí por violar su privacidad, hace tres años. Pero ya no me recuerda. Al menos, no con nitidez.

—No sé de dónde te he visto antes, flaco –me dijo al entrar en la sala, tratando de hacer memoria achicando sus intrigados ojos como quien enfoca algo. Salí al paso:

—¿A mí?, lo dudo. Bueno, pero yo sí sé de donde te he visto.

Para él es difícil hacer memoria. Para mí no. He visto a este hombre desnudo y él lo sabe.

El 29 de julio de 2003, un día después de las Fiestas Patrias peruanas, el ex funcionario bancario Cromwell Gálvez llegó al clímax de la popularidad mediática.

Esa noche, un programa de televisión difundió en vivo y en directo un video casero en el que Cromwell aparecía en la cama con Eva María Abad, una pulposa vedette de moda a quien él había beneficiado con 10 mil dólares en una cuenta bancaria. El hombre se había quitado la ropa y ahora desnudaba a la mujer. Un tercer sujeto, apodado Coyote, completaba el trío. Todos la pasaban bien.

El material fílmico probaba lo que ya era un secreto a voces: que las mujeres que habían recibido abonos ilícitos en sus cuentas bancarias correspondieron la generosidad de Cromwell con sexo. Semanas más tarde, el ex cajero se entregó finalmente a la Policía y engrosó aún más la larga lista de portadas que los tabloides habían publicado en su honor.

Cromwell Gálvez no es un hombre guapo. Sus ojos caídos evidencian cierta inseguridad antigua y el hecho de que su labio superior sobresalga cuando cierra la boca –como el personaje de Ungenio de Condorito– contribuye a darle un aspecto carente de audacia y seguridad, acentuado por esa raya al costado que usó desde tiempos inmemoriales.

De ahí que la prensa haya vendido fácilmente la imagen del feo sin talento que desfalcó un banco para resolver con plata sus problemas de seducción.

Pero la cosa es más compleja. Hay algo sinceramente atractivo en la forma de ser de Cromwell: un tipo campechano, ameno, transparente, sin poses ni ínfulas, que ama a las mujeres como quien ama el mar, o sea, de forma natural y embelesada, sin detenerse a pensar en los riesgos de los oleajes tormentosos.

Se trata de un hombre que irradia vibraciones positivas, de esos con los que te dan ganas de ir pronto a beber alcohol o a jugar un partido de fútbol. No es broma. Bastan pocos días para darte cuenta de que Cromwell Gálvez se lleva bien con todo el mundo, que nunca dejó de ser el punto medio entre el nerd y el vivo de un salón de clases. El perfil del hombre generoso con la casi extinta cualidad de lograr que cada favor parezca desinteresado y sincero, inofensivo. El amigo perfecto.

Pero volvamos a la oficina donde ha decidido mostrarme la minuciosa artesanía de contar billetes. Cromwell confiesa tener mucho tiempo libre. La calle es dura cuando dejas la prisión, así que se ha propuesto capitalizar la experiencia vivida. Negocia con una productora los derechos de una serie de televisión sobre su vida. Está en conversaciones con un director de cine para llevar a la pantalla ese cúmulo de noches locas y excesos que ha sido la fracción de su existencia que nos compete. Evalúa propuestas de editores para la publicación su libro biográfico.

Recién salido de prisión, un amigo suyo sacó un diario tabloide llamado El Mañanero de Cromwell. En cada edición, el ex presidiario contaba los detalles de sus relaciones íntimas con vedettes: historias edificantes para el hombre de a pie.

A estas alturas, él conoce bien los atractivos de su historia, siempre sabe cómo endulzar el relato y es consciente también de la regla de todo narrador de cuentos: guardarse un capítulo para después. No importa todo lo que escuches, él siempre habrá callado algo. Al ex funcionario le gustan los relatos. En la cárcel, acostumbraba ver películas en DVD.

Recuerda con especial afecto Una mente brillante, la del matemático que se vuelve esquizofrénico y ve apariciones. Le pregunto qué libros leyó en tanto tiempo de encierro.

—No, la verdad no soy mucho de libros. Siempre me gustaron más los números.

***

El juego se llamaba TODI y al funcionario del Banco Continental le encantaba encerrarse con los amigos y las chicas a jugarlo. Siempre tuvo una afición por los dados, esos cubitos–ruleta que ofrecían las mismas probabilidades que el tambor de un revólver. Toma, obliga, derecha, izquierda: TODI.

El juego consistía en lanzar el dado y, según la correspondencia numérica, hacer que los otros tomaran. Si te salía °, tomabas tú; si te salía ° °, obligabas a tomar quien quisieras. Si te tocaba el ° ° °, el que estaba a tu derecha debía coger el vaso. Cromwell debía estar bien abastecido de cerveza en tales ocasiones.

Y para eso estaba Jorge Córdova, su leal sirviente, a quien había apodado Coyote por la afanosa celeridad con la que recorría hasta la punta de cualquier cerro para cumplir una encomienda. Jugar TODI sólo tenía gracia cuando había chicas ahí. Era un entremés, una distracción antes del momento de rendirse a los instintos. Él y sus amigos se reunían en un departamento cercano a la agencia bancaria, un piso que él le pagaba a Jorge con la condición de poder convertirlo, cuando le diera la gana, en su cuchitril orgiástico.

Había un dormitorio, y en él dormitorio una cama, y en la cama una frazada de leopardos tejidos. En ese cuarto –recuerda nuestro hombre– se vivieron sesiones inolvidables con las vedettes. Cuando saltó el escándalo, todas negaron haber estado allí. Pero Eva María Abad tuvo mala suerte: un video casero la desmintió a nivel nacional.

Las chicas que Cromwell recuerda en esa habitación eran populares. Podías encontrar fotografías de sus traseros en cualquier kiosco, dando una ilusión de volumen y 3D a las planas portadas de los tabloides. Estaban de moda, salían en la tele. En la página web de Eva María Abad aparecía, luminosa, una promesa feliz: “En cuestión de minutos transformo toda la noche en una bomba de gran diversión”.

***

Al estudiante de ingeniería Cromwell Gálvez siempre le gustaron los números. Ingresó a trabajar en el Banco Continental de Lima el lunes 27 de junio de 1988. Tenía 21 años. Había sorteado satisfactoriamente un riguroso proceso de selección: de cien postulantes quedaron 40; de 40, 20; de 20, 3. Dos afuera, él adentro. No fue una sorpresa.

Cromwell no era un chico disperso en clases ni trajo nunca mayores complicaciones a casa. Estuvo entre los seis mejores alumnos de su promoción de colegio, y siempre dedicó su tiempo libre a los deportes: preselección de fútbol, selección de básquet. Dice que sólo abordaba a una chica si tenía la seguridad de que ella iba a corresponderle: la coartada típica de los tímidos. El banco buscaba un tipo de ese perfil, y encontró en Cromwell un chico empeñoso y con ambición, vocación de trabajo y disposición a aprender. Las cosas le fueron bien desde el comienzo. Los tejedores de imágenes suelen hacernos ver la función de un empleado bancario como una de las cosas más aburridas y mecánicas que existen. Pero Cromwell dice que nunca hizo nada que lo divirtiera tanto.

—Para mí era un juego trabajar en caja.Trataba de pasarla bien. Era el cajero que más encargos hacía dentro de la oficina.
—¿Encargos?
—Me refiero a tareas adicionales a atender la ventanilla. No todos tienen la capacidad de hacer encargos. Cualquiera se raya. O cierran la ventanilla para recién atender un encargo. Yo no.

Cromwell Gálvez describe su cerebro como una máquina compleja capaz de concentrarse en tres cosas al mismo tiempo. Mueve los dedos de la mano derecha y recuerda el tablero numérico en el que acostumbraba a hacer sumas y restas mientras su cabeza miraba a otro lado. No tiene ninguna duda de que sus destrezas lo iban a llevar lejos en el banco. Su carrera iba en ascenso. En 1993, fue transferido a la oficina del aeropuerto. Empezar a trabajar allí era visto en el banco como una promoción, un privilegio reservado a los mejores empleados. En 1996, fue ascendido a Cajero Back. Un año más tarde, pasa a ser Jefe de Atención al Cliente y en 1998 asume como Jefe de Gestión Operativa. Todo iba bien, hasta el día en que Cromwell recuerda haber recibido una sorpresa de cinco dígitos destinada a embarrar para siempre el herrumbroso túnel de su biografía.

Fue una tarde de verano. Al cerrar las cuentas de la agencia, aparecieron 30 mil dólares de más en la pantalla. Cromwell se extraña. Hace llamadas, le dicen que eso es imposible, que todo ha sido cuadrado normalmente. Duda. Deja pasar los días. Vuelve a dudar. Y entonces ocurre: decide coger los 30 mil dólares y para camuflarlos hace un abono en una cuenta bancaria de su madre, doña Rebeca Florián. Piensa que tomará sólo mil dólares. Pero pensar eso es como cuando le dices a un amigo que sólo tomarán un par de cervezas. En cuestión de meses, Cromwell se ha gastado todo el dinero.

Un año después de que la extraña cifra llegase para perturbarle la vida, le informan lo que se temía, que hay un saldo negativo de 30 mil dólares en la central. Ooops. Para evitarse problemas, el funcionario extrae 30 mil dólares de la caja y los envía a la persona que lo está molestando. ¿Listo? No, ahora hay un forado virtual de 30 mil dólares en Caja. Cromwell trata de calmarse. Ha trabajado diez años en el banco, es jefe de Gestión Operativa, y es experto en resolver problemas con números que no encajan. Así que decide actuar. Se pone a jugar con los casilleros virtuales. En todo banco hay una cuenta virtual llamada Caja, pero además hay otros casilleros virtuales internos. Uno se llama Teleproceso y el otro, Remesas Interoficinas. Estas dos últimas cuentas suelen estar en movimiento permanente, pues corresponden a transacciones diversas y constantes de montos virtuales. Cromwell Gálvez pensó: “¿Qué pasa si saco 30 mil dólares de Teleproceso y los abono en Caja?”. Así lo hizo. Como por arte de magia, la caja estaba nuevamente en orden: los 30 mil dólares habían vuelto. Ahora el hueco estaba en Teleproceso. No podía dejar pasar demasiado tiempo. Decidió entonces sacar 30 mil dólares de Remesas Interoficinas para cubrir el forado de Teleproceso. ¿Qué hacía ahora con el hueco de Remesas Interoficinas?, ¿es que iba a buscar otra cuenta interna de donde sacar 30 mil dólares y luego otra y otra y así hasta el infinito? No.

—Lo que pasa es que Teleprocesos es una cuenta “bachera”.
—…
—Es decir, una cuenta que se refleja al día siguiente, a diferencia de Remesas Interoficina.
—¿O sea?

O sea que cuando vinieran a hacer el control verían la información del día anterior de Teleprocesos. No importaba lo que hiciese, la cuenta aparentaría estar saldada. ¿Y Remesas Interoficinas? ¿No había quedado un hueco allí? Sí, pero Cromwell Gálvez se levantaría muy temprano, y llenaría el hueco de Remesas Interoficinas dejando un forado en Teleproceso. Y no importaba hacer un forado en Teleprocesos, porque el reporte que se vería en pantalla correspondería al día anterior: era una cuenta “bachera”.

En cambio, Remesas Interoficina mostraba su reporte en línea. Esta diferencia de un día en el reporte de ambas fue fundamental. El resultado: Caja, Remesas Interoficina y Teleprocesos aparecían sin irregularidades. Naturalmente, por la noche Cromwell debía volver a cubrir el hueco que había dejado en Teleproceso por la mañana, para que el reporte del día siguiente muestre la cuenta en orden. Y la mañana siguiente tendría, otra vez, que hacer un forado en Teleproceso para cubrir Remesas Interoficina.Y así sucesivamente. Cromwell debió pensar más que nunca que trabajar en un banco era un juego.

La explicación del modus operandi es complicada, así que aquí va la versión preescolar. Tienes dos casilleros. En cada uno guardas un fajo de mil dólares que no es tuyo. Cada día, viene un inspector a abrir los casilleros y verificar que el dinero esté allí. Dos mil dólares en total ¿Pero qué pasa si el inspector decide un día que ya no revisará los casilleros al mismo tiempo sino que a las 10 a.m. revisará uno y las 6 p.m. el otro?

Si eres honesto, no pasa nada. Pero también puedes hacer esto: coges mil dólares, te los tiras, y luego rotas el fajo de mil dólares de uno a otro casillero, todos los días, religiosamente, sin falta. ¿Es posible pasar mucho tiempo así? Cromwell Gálvez vivió en ese plan cinco años de su vida. En todo ese lapso, sus vacaciones eran raras: los compañeros lo veían visitar la oficina, brevemente, por la mañana y por la noche.

El descubrimiento fue maravilloso para él. Si podía camuflar electrónicamente un hueco de 30 mil dólares, nada le impedía hacer lo mismo con una cifra más elevada. Lo único que había que hacer era teclear los números que se le antojasen. Tenía el método, de ahí en adelante, el cielo era el límite.

***

El hombre que traga un sándwich de chorizo delante de mí sustrajo unos dos millones de dólares del banco en el que trabajaba. Lo hizo durante cinco años, sin que nadie se diera cuenta, mediante transferencias ilícitas ejecutadas con destreza y precisión. El dinero le servía para gustos mundanos: nigth clubs costosos, un equipo de fútbol amateur propio, una orquesta, karaokes, ternos, pero sobre todas las cosas, para llevar a la cama a las vedettes más cotizadas, jugar a disfrutarlas, hacer que bailaran y movieran los tacos al sudoroso ritmo de un buen fajo de billetes, ensayar con ellas muchas posiciones y grabarlas con una cámara de video, por si algún día, de viejo, en esa ciénaga temblorosa que –lo intuía– iba a ser el futuro, le daban ganas de recordarlas.

—El banco me preparó muy bien, eso no lo puedo negar. Hay gente que no aprovecha los momentos que el banco te da para que aprendas. Yo sí lo hice.

Eso dice Cromwell con la boca llena, y con una mirada parsimoniosa recorre en dos segundos los casi siete años que han pasado desde la fecha en que el expediente policial registra su primera transacción ilícita, la primera de 376. Es la tercera vez que me encuentro con él y mi libreta de apuntes se ha llenado de dibujitos para entender bien sus transacciones.

Hemos decidido venir al Prince Pub Karaoke, un lugar que le trae muchos recuerdos de sus días de gloria. Él no había vuelto aquí desde antes de entrar a la cárcel, a pesar de que el local se halla a pocas cuadras de su domicilio. Este barrio no queda muy lejos de aeropuerto. Es aquí donde Gálvez creció, un sitio de clase media que, visto desde el cielo, es dominado por la presencia elefantiásica de los campos verdes de una universidad y del parque zoológico.

A comienzos de los años noventa, la caótica liberalización económica y el shock de inversiones comenzaron a verse, quizá más que en ningún otro lugar de Lima, en esta zona. La avenida principal, La Marina, empezó a poblarse de centros comerciales, KFC, McDonald’s, pollos a la brasa, casinos luminosos, discotecas, y karaokes, night clubs y los consiguientes hostales de paso. Todo un culto al goce efímero, a la paz recobrada, al libre mercado, porque el libre mercado en América Latina siempre viene en forma de neón.

—Esto está gigantesco. ¿No quieres la mitad?

Cromwell es un hombre solidario, desprendido, servicial. Una vez que supo cómo sacar dinero, comenzó a prestarlo. Transfirió su generosidad natural al ámbito de la actividad delictiva. Durante los primeros dos años, creyó con sinceridad que todo estaba bajo control. Su idea era utilizar sus nuevas facultades para hacer préstamos y cobrar comisiones por ello. Algún día –pensaba– iría saldando el monto debido y podría olvidarse de todo, voltear la página y seguir su carrera ascendente, pues incluso hoy, mientras come la mitad de un sándwich, está convencido de que él iba a llegar lejos. Muy lejos.

El empleado bancario no era bueno. Era magnífico. ¿Tenías un problema?, ¿necesitabas ayuda? Cromwell Gálvez hacía un depósito en tu cuenta en menos de 24 horas, sin firmar papeles ni atar tu preciado cuello a las fauces de ese monstruo que es el sistema bancario. No te preocupes, yo te voy a poner la plata. Págame cuando puedas, hermano. Para eso estamos. Si eras chica, mucho mejor. Su fama fue creciendo.

Su atractivo con las mujeres llegó a niveles inéditos. Un coreógrafo del mundo de las vedettes dice que hubo quienes ofrecían dinero sólo por que les presentaran al misterioso Cholo Cromwell, ángel benefactor en mangas de camisa. Tuvo poder. Cumplió sus deseos de diversión. Las mujeres no eran mujeres, eran moscas atraídas por los dólares-azúcar. Él era el rey. El Romeo de Chollywood.

Podían ser las tres de la mañana, pero si él las llamaba por el celular, las chicas tenían que ir. “Cuando tú tienes un poder y te rodeas de gente guapa, te sientes el rey del mundo”, dice. Todas llegaban: sabían que si no le hacían caso, perdían sus privilegios y quedaban fuera.

Y era en el mismo karaoke donde ahora tomamos una cerveza –el sándwich de chorizo procesándose en nuestros estómagos– donde solían reunirse todos para cantar y ponerse alegres. Ellas hacían la vida más ligera. Ellas eran el mejor deporte, el único capaz de acabar con la afición de jugar fútbol los fines de semana.

Pero ellas también fueron su perdición.

***

El banco en el que trabajaba Cromwell Gálvez trajo a Lima a Claudia Schiffer. Fue para promocionar la tarjeta de crédito Visa Oro.Poner a una top model como la imagen de la campaña publicitaria de un dispositivo creado para el consumo hiperbólico es un tanto irresponsable. Científicos de la Universidad de Windsor hicieron el siguiente experimento. Mostraron a un grupo de hombres fotografías de mujeres. Al otro grupo, no. Luego les ofrecieron a ambos grupos elegir entre recibir inmediatamente 50 dólares o recibir una cantidad mayor en el futuro. Los hombres que habían sido expuestos a las fotografías de chicas eligieron los 50 dólares inmediatos en abrumadora mayoría.

O sea, los hombres adoptamos conductas irracionales cuando nos vemos expuestos a la imagen de una mujer. Qué novedad. No pensamos en el futuro. Cromwell Gálvez no recuerda la llegada de la modelo alemana, pero sí recuerda el anuncio publicitario en que la Schiffer promocionaba la tarjeta.

Lo recuerda muy bien porque un día, de la nada, le ofreció la tarjeta dorada a Martha Chuquipiondo, una amiga a quien había conocido poco tiempo atrás: una mujer menuda, la frente ancha, de pelo largo y negro, que en el ambiente era conocida como La Mujer Boa: una bailarina que se subía al escenario con el cuerpo semidesnudo y una culebra rodeándola. Era muy liberal y ambiciosa. Al parecer, tenía muchas ganas de una tarjeta de crédito.

—Ella se emocionó mucho. Me dijo que si le conseguía la tarjeta, se acostaba conmigo. Así de simple, imagínate. Pensé que estaba bromeando. Para mí no era difícil darle una, por ser empleado del banco. Pero ella hizo la oferta.

Cromwell dice que La Mujer Boa siempre le pareció una chica extremadamente abierta, y que por eso no le sorprendió el ofrecimiento. Decidió aprovechar. Su versión: le dio la tarjeta un martes y a los dos días ya estaban en un hotel. Se hicieron amigos cariñosos, y se acercaron más cuando Martha sobrevivió a un accidente de avión que le dejó cicatrices que luego serían descritas en el expediente policial.

Cuando Cromwell empezó a hacer movidas para el desfalco, Martha comenzó a pedirle préstamos. Fue la que más dinero recibió: 224 mil dólares. Construyó una casa en una zona campestre, compró una camioneta nueva y se hizo una operación de aumento de busto. Hubo un factor determinante en que la amistad con Martha haya sido tan sólida y fructífera: las amigas que ella tenía. La Mujer Boa estaba en el ambiente, conocía a muchas vedettes. Se convirtió en el contacto de Cromwell con esas mujeres, es decir, se hizo indispensable. Ella sabía bien cuál era la debilidad de aquel hombre de billetera gorda. Y un día le presentó a una atractiva y delgada vedette llamada Maribel Velarde.

Maribel decidió darme la entrevista en un parque solitario. Llevaba gafas oscuras, un jean que le sentaba maravillosamente bien, tacos aguja y un polo que dejaba ver su espalda descubierta. Tenía expresión inofensiva, una mirada infantil que contrastaba con el cuerpo, un cuerpo trabajosamente contenido en el breve espacio de su vestimenta. Una imagen que era fácil revestir con la otra imagen del mismo cuerpo, semidesnudo en ciertas galerías de internet. Cuando nos encontramos, Cromwell estaba a punto de entregarse, pero aún permanecía prófugo. Maribel negó haber tenido encuentros sexuales con el ex cajero, sólo admitió que Cromwell y ella eran amigos.

—¿Coqueteaba contigo?
—Como cualquier hombre. Todos tenemos algo de coquetos. Hombres y mujeres. Yo tengo algo de coqueta. Tú tienes algo de coqueto…

Traté de no perder la compostura. Años después Cromwell me diría: “Estas chicas saben hacer sus cosas, son muy hábiles”. A Maribel, la tarde soleada le sentaba bien. Las líneas negras de dos pegasos en celestial cabalgata definían sus trazos oscuros en la piel clara de la espalda. En el expediente policial me enteraría de que ése era sólo uno de los siete tatuajes. Le molestaba hablar de Cromwell. Apenas alcanzó a decir que el ex empleado bancario parecía un poco tímido, pero eso era sólo hasta que entraba en confianza. Se encontraron 32 mil dólares en su cuenta bancaria. Ella dijo que eran por presentaciones privadas, y que no tenía los recibos correspondientes.

—¿En qué consistían las presentaciones?
—Hago jugar al público, coreografías, juegos.

Maribel Velarde nunca pudo justificar el dinero de su cuenta bancaria. Durante el tiempo en que había recibido los abonos, ella se compró un auto y un terreno de 200 metros cuadrados en una zona exclusiva de Lima. Después de haber negado a los cuatro vientos algún contacto físico con Cromwell, en el juicio se vio obligada a decir que sí había tenido encuentros sexuales con el ex empleado. Tuvo que admitirlo pues era lo que más convenía para justificar el dinero recibido. Al fin y al cabo, no es delito recibir abonos a cambio de servicios íntimos. No es delito vender tu cuerpo. Aun así, Maribel fue encontrada culpable, pero su pena fue demasiado leve como para ir a la cárcel.

***

El futuro llegó sin avisar, como un tsunami que se camufla en la borrosa quietud del horizonte: parpadeas y mueres. Cromwell podía olerlo. Objetivamente, no había ningún contratiempo: las transferencias seguían su silenciosa rutina, dos empleados habían detectado las irregularidades pero prefirieron ser cómplices: permanecían con la boca callada a cambio de obtener sus propios beneficios.

Cromwell dice con orgullo que ellos jamás se enteraron de cómo hacía él para llevar a cabo su jugarreta electrónica. Sólo sabían que sacaba dinero, pero no la forma. Todo parecía en calma. Pero fue en la segunda mitad de 2002 cuando el funcionario se dio cuenta de que había prestado demasiado dinero. Según Jorge Córdova, La Mujer Boa lo presionaba para que él le hiciera depósitos. Había perdido el control: ya no era él quien ponía las condiciones. Eran ellas. Sus reuniones con las chicas ya no eran tanto de placer: eran más bien un escape, una forma de olvidar la gigantesca bomba que cada mañana tenía que desactivar, como un súbito MacGyver latino. No importaba que se quedara bebiendo hasta las cuatro de la mañana, al día siguiente debía levantarse a la seis y hacer girar la máquina invisible. En las reuniones, Cromwell se deprimía con las chicas y les decía que todo iba a acabarse. Una vez –cuenta– estuvo con Maribel hablando de eso.

—Chola, creo que mi reinado se va al diablo.
—¿Qué dices?, ¿por qué hablas así?
—Porque ustedes no me van a devolver la plata. Y vas a ver como mañana más tarde me voy a quedar solo.
—Mentira. Vas a ver cómo tus amigos van a estar ahí. Yo voy a estar ahí.

Pero nadie estuvo, naturalmente. En febrero de 2003, un error de rutina comienza a desmoronar el castillo de naipes. Cromwell Gálvez recibe un cheque de Telefónica, traído por quien supuestamente era un empleado de la empresa. Siguiendo una práctica común, deja cobrar el cheque sin pedir los requisitos reglamentarios. Es uno de los tantos favores que se hacen en la agencia para no complicarse la vida. Pero el hombre es un estafador. Desaparece del mapa y Telefónica acusa al banco de negligente. Cromwell Gálvez pierde su trabajo por la falta cometida. Pero sabe que se viene lo peor.

Y así, al cabo de cinco años, el banco detectó el desfalco sistemáticamente perpetrado en su agencia bancaria del aeropuerto. Antes de iniciar acciones penales, llaman a Cromwell Gálvez y le dan la oportunidad de devolver el dinero robado. Cromwell Gálvez toma su celular y empieza a hacer llamadas. Es hora de que sus amigas y amigos respondan por la deuda adquirida, por el dinero que él no dudó en obsequiarles.

Nadie le contestó.

***

El ex empleado bancario se lamenta del mal que hizo mientras bebe un sorbo de cerveza. La vanidad con la que ha estado hablando de sus habilidades bancarias se ha ido apagando poco a poco, como un fluorescente antiguo que comienza a parpadear por el uso. Ahora recuerda la cárcel. Fueron tres años que le enseñaron a controlarse y estar tranquilo. Una vez que llegó al penal, todos lo respetaron de inmediato, no sólo debido a su imagen mediática y a la fama de la que venía precedido, sino también a su habilidad para jugar pelota.

También era rápido con las manos. Ganó un campeonato de futbolín de mesa. La cárcel tenía una organización política interna y a Cromwell le tocó estar en la cima. Fue Delegado de Fiscalización, Delegado de Economía y Delegado General de su pabellón.

Prohibió las apuestas en los deportes, porque eso desvirtuaba el espíritu de competencia sana. “La gente se quería matar por una moneda”. Conoció a peces gordos del Grupo Colina –los asesinos paramilitares de la época de Fujimori–, a los hombres de Montesinos y a timadores, y se refiere a todos como gente de la que guarda el mejor recuerdo.

Conoció también a un colombiano que estafaba a incautos haciendo depósitos de mentira en cuentas bancarias: eran préstamos artificiales que aparecían en una pantalla pero que nunca llegaban físicamente. El hombre cobraba su comisión y se hacía humo. Cromwell habla de él con un inocultable respeto, aunque apunta que una cosa es trabajar con el respaldo de una mafia internacional y otra muy distinta es hacer las cosas solo. En la cárcel donde un día fui a verlo arriesgándome a que me recibiera mal, Cromwell soportó el adiós de su novia, recibió la noticia de la muerte de su abuelo, obtuvo su sentencia y recibió la visita de Maribel para la celebración del día del padre. Ella lo sacó a bailar y le quitó la camisa mientras los otros presos alentaban el número preparado por la vedette.

A Cromwell Gálvez siempre le gustaron los números.

En el Prince Pub Karaoke, una mujer prueba el micrófono y canta muy mal. Cromwell Gálvez dice que el lugar está igualito, aunque la última vez que yo vine, hace tres años, alguien había escrito en el baño algo muy feo sobre La Mujer Boa, y eso ya no está. Una nueva bebida energizante va a entrar al mercado y le han ofrecido un trabajo de promoción en ventas. Ningún banco le permite abrir una cuenta de ahorros, aunque Cromwell cree que los bancos no deberían cerrarle las puertas pues él podría serles útil para detectar las cochinadas internas de sus empleados.

Tiene mucho tiempo libre. Por las tardes entra a internet para conocer gente. Su página de Hi5 dice: “SOY UNA PERSONA ALEGRE, EMPRENDEDORA, A LA QUE SIEMPRE LE GUSTA LLEGAR A SUS METAS, ME GUSTA LA MUSICA, EL CINE, PRACTICO EL DEPORTE, FUTBOL, BÁSQUETBOL, MO ME GUSTA LA NEGATIVIDAD… ME ENCANTAN LAS MUJERES”. Suele conectarse al MSN con el nick “El trabajo dignifica al hombre”. Aunque ahora es eso precisamente lo que anda buscando, porque lo que ha hecho hasta ahora es confeccionar joyas y eso no da para comer: collares, pulseras, aretes. Son joyas de fantasía.

Las cosas han cambiado en estos años. Eva María Abad está prófuga y vive en Estados Unidos. Maribel Velarde fue condenada a libertad condicional, y ha debutado como actriz en el teatro, mostrando más que tatuajes en la obra Baño de damas. Después de haber pasado casi tres años huyendo de la justicia, Martha Chuquipiondo se entregó y está en la cárcel de mujeres del distrito costeño de Chorrillos. Su salud no es buena. Pesa 47 kilos y vomita lo que come. Desde la prisión, ha llamado por teléfono a su ex amante Cromwell Gálvez. Quería decirle “Feliz Navidad”.

Ahora pido la cuenta. Pago con dólares y me entregan un billete de 20 de vuelto. El local está oscuro, no veo bien, y en esta ciudad hay que ser desconfiado con los dólares. Sobre todo en esta zona de casinos y neón. Le doy el billete a Cromwell. “¿Está bueno?”. Cromwell hace una caricia fugaz con las yemas de los dedos. Sonríe.

—Está perfecto.

Vida y milagros de la crónica en México

Sefchovich, Sara.jpg

“Vida y milagros de la crónica en México” presenta 12 años de trabajo e investigación por parte de una estudiosa de los géneros y sus contenidos. Este, más que un libro polémico, obliga a entrever los conceptos que tenemos de crónica y a rever de qué manera observamos la realidad respectiva.

Vida y milagros de la crónica en México contempla que como es la crónica literaria un género al que no muchos han prestado atención, ha transitado por caminos de crecimiento e independencia, teniendo su origen casi en el uso del español, nuestra lengua.

No hablamos sólo de crónica del narco, como los que dan premios a algunos periodistas nos quieren hacer ver, sino de crónica de todo, contar el país cuándo nos pasa. Crónica frívola, crónica de espectáculo, crónica deportiva, crónica como casi toda “la literatura mexicana funciona como tal”, dice Sara Sefchovich.

“Una carta de Hernán Cortés que un poema de Bernardo de Balbuena, un recuerdo de Guillermo Prieto que una novela de Rafael Delgado”, quien incluye como parte de la crónica tanto la descripción de una calle de Luis González Obregón como el recuento de una cena de intelectuales de Alfonso Reyes o bien “los intentos de comprensión del indio de Ricardo Pozas que los análisis de tipos urbanos de Carlos Monsiváis: todo apunta a cumplir con los objetivos y funciones de la crónica. ¡Hasta las canciones y poemas!”.

De esta manera, marca que no existen fronteras de género claras y definitivas, donde incluye como crónicas los textos de José Joaquín Fernández de Lizardi y Vicente Riva Palacio, Mariano Azuela y José Revueltas, José Emilio Pacheco y José Joaquín Blanco. “Y las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, el Duque Job y Elena Poniatowska son, además de lo que se proponen, novelas y poemas.”

Sara Sefchovich es articulista en El Universal, con una obra traducida a siete idiomas y llevada al cine, teatro y radio, es autora de los libros de ensayos La suerte de la consortePaís de mentiras y El cielo completoMujeres escribiendo, leyendo, así como de las novelas Demasiado amorLa señora de los sueños y Vivir la vida.

–Tú dices que la crónica literaria es lo mejor de la literatura mexicana, ¿por qué?

–Tenemos grandes novelistas, grandes poetas, pero el tema del conjunto, como género, el que más ha sido importante y que más ha desarrollado todo lo que pasa en México, el que más ha lucido en términos de narrar, es la crónica. En la novela encuentras pésimos trabajos, como decía Max Aub, como decía Rosario Castellanos: “el mundo se está cayendo y la novela mexicana no da una”. Por supuesto rescatamos a los grandes, pero en términos de la crónica puedes rescatar a los grandes y a los chiquitos porque la crónica funcionó todo el tiempo. Es un género que tuvo mucha libertad, por el simple hecho de que nadie le hizo caso. Salía en periódicos y en revistas que morían al día siguiente, no en sacrosantos libros y los escritores pudieron aprovechar esa libertad.

–Tú hablas de un abanico bastante amplio de cronistas.

–Lo que quise hacer es un recorrido en cierto sentido histórico, para demostrar cómo ha sido importante en determinados momentos y para demostrar como en ciertos momentos no le dimos importancia. Mucha de la literatura mexicana que no es oficialmente crónica, como un poema, una novela, una canción, también puede funcionar como crónica. La preocupación de los escritores mexicanos ha sido siempre hablar de qué es este país, cómo somos, ha funcionado como crónica siempre. En esa voluntad recorrí los momentos más significativos y me quise detener en el momento de esplendor de la crónica literaria, que es el último cuarto del siglo XX.

–Es realmente sorprendente lo que haces

–Sí se puede demostrar que todo en la literatura mexicana funciona como crónica

–Cómo somos y qué diferentes somos entre sí…

–Es cierto. Los mexicanos no existen, las mujeres no existen, no existe la cultura. Hay cosas que sí nos unen, podemos decir como decía Carlos Monsiváis que no somos iguales a los paraguayos, la diversidad es muy importante. Hubo momentos en que se buscaba lo que nos une, en otro lo que nos separa y momentos en donde quieres contar hechos frívolos, otros en los que quieres narrar hechos profundos. Lo más emocionante de verlo tan ampliamente.

–Tú rescatas mucho la tradición oral, ¿qué sentido tiene en la crónica?

–Toda. Lo que la crónica trata de hacer es que está recogiendo la realidad tal cual es, eso no se puede, cuando llegas como cronista y lo reúnes y lo organizas, estás reconstruyendo esa realidad. Pero lo que sí permanece es esa voluntad y lo haces como si lo contaras a alguien. En México es muy importante, hay mucho más de tradición oral que de escrito. Me pregunto en determinado capítulo del libro para qué se escribe todo eso en un país donde tan poca gente lee. Qué estamos esperando de eso.

–Existe eso sí el afán de educar en la crónica…

–Por supuesto, existe el afán de educar y el afán de decirle a la gente cómo lo tiene que leer y cómo lo tiene que entender. La gente que me pintas aquí a mí no me parece tal héroe, es algo que la gente puede decir. Lo importante es el debate y la perspectiva de que no hay símbolo para ser neutrales. Siempre debes tomar un lado en la partida, tal como decía Monsiváis. La crónica que nosotros más valoramos es la que fue liberal en el siglo XIX y de izquierda en el siglo XX, pero también en México tenemos crónicas que son efectivamente lo contrario y quiso enseñar a la gente otra manera de ver el país.

–Hablas de crónicas frívolas, políticas, no necesariamente las crónicas tienen que contar un hecho del narco o de un crimen…

–Por supuesto que no. Lo terrible de la crónica de hoy y de la novela de hoy es que están haciendo eso. Eso es terrible, pero no es todo lo importante de México, no es lo único que está pasando. Así pasaba con la novela de la revolución, tal como decía Solana, “100 mil personas están pasando por el mismo pasto como si no hubiera otra cosa”. Todos lo miran de una misma manera, que se ha vuelto un lugar común y me parece que es importante destacar que hay otras maneras de contar y otros hechos tan importantes como ese. El problema somos los escritores. Cuando Gabriel García Márquez se volvió famoso, todos empezaron a escribir como el “boom” y hoy estamos en lo mismo. Ha llegado a un punto esto de que sólo están buscando llamar la atención, hoy es la violencia supuesta o imaginada del narco.

–Es un libro necesario y útil

–Es un libro para que el que estuve trabajando 12 años de mi vida, con el primer curso que di, no es un libro totalmente académico y tiene una visión amplia general, que puede ser contrarrestada o no, pero que ayuda a pensar las cosas de una manera más abierta y diferente.

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Ciudad de México, 18 de noviembre, revista SinEmbargo

El twitt en manos de los políticos, un arma de destrucción masiva

Twitter Trump

Yo, como ustedes, había escuchado de los “influencers”, esas celebridades de las redes sociales que por tener un elevado número de seguidores de cierto perfil  son contratadas por empresas para que anuncien –abierta o veladamente– sus productos o servicios.

Pero ni el “influencer” más grande se puede comparar al poder de la cuenta de Twitter de Donald Trump, que es más bien un arma de destrucción masiva.

El 6 de diciembre y sin motivo aparente, Trump escribió en su Twitter:

 

Las acciones de Boeing cayeron, costándole a los accionistas de la empresa más de mil millones de dólares. Eventualmente, la acción se recuperó, pero el mundo financiero comenzó a ponderar los riesgos que representa un desplante trumpiano.

En esa reflexión estaban cuando el presidente tuiteó en contra de Lockheed Martin, un enorme contratista militar que está desarrollando el F-35, la nueva generación de aviones de combate estadounidenses.

 

El tuit provocó una caída de 4 mil millones de dólares en el valor de las acciones de la empresa: 28 millones de dólares por cada carácter tuiteado, según The Guardian.

Estamos ante un nuevo riesgo financiero. Los corredores de Wall Street lo llaman ya el “riesgo del tuit presidencial”.

Desde luego, hay quienes comienzan a buscar formas de sacar ventaja de esto y crear algoritmos que puedan predecir el comportamiento de las acciones de una empresa víctima de un cambio de humor de Su Majestad Donald I.

Y también hay, desde luego, los mal pensados que se preguntan: ¿y si, digamos, los hijos o los funcionarios cercanos a Trump quisieran hacer dinerito con algunas acciones? ¿No sería cosa de pedirle a papá que se aviente un tuit rabioso contra tal o cual empresa, para comprar las acciones baratas cuando bajen?

El famoso inside trading, ganancias con información privilegiada, es una tentación muy grande para gente que cree que sentarse un trono de oro es una necesidad básica.

Un lado más siniestro del poder del Twitter de Trump es su capacidad para canalizar la agresión de sus seguidores contra personas específicas. Un ejemplo reciente es Chuck Jones, líder sindical de los trabajadores de Carrier, la famosa empresa que se iba a cambiar de Indiana a Monterrey, México, trayendo alrededor de 2 mil empleos.

Trump amenazó a la empresa vía Twitter con represalias, y mediante negociaciones que terminarán costándole mucho dinero a los contribuyentes de Indiana, se logró un acuerdo para no llevarse a México 800 de esos empleos. Trump afirmó que salvó 1,100 puestos de trabajo, pero Chuck Jones lo corrigió. Grave error. Ofendido, el nuevo monarca exclamó en Twitter:

 

Hasta aquí el berrinche es inocuo. Pero desde ese momento, Chuck Jones comenzó a recibir amenazas de muerte al teléfono.

Este es un caso más de cómo Trump ha hecho poco a poco del discurso de odio algo normal, facilitando la violencia verbal.

Como dijo un editorialista del Washington Post: “Trump va a hacer que un día maten a alguien”.

O tal vez no. En México hay, desde luego, quienes son muy optimistas y reportan que enviados de Trump se han reunido con los dueños del dinero en nuestro país, y que las perspectivas de negocios son alentadoras.

Pero yo me pregunto ¿qué pasaría si el Generalísimo Trump amanece de malas y decide lanzar un tuit abriendo una investigación contra alguna empresa mexicana por supuestas prácticas monopólicas en Estados Unidos?

¿Y si un día amanece de peores y dice que le va a pedir al FBI que investigue a algún empresario mexicano por, no sé, lavado de dinero? Creo que todavía no comprendemos cabalmente el tamaño del poder que tiene en manos este personaje.

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Luis Espino, de la revista Letras Libres

Sergio Ramírez y la revolución sandinista

Ramírez, Sergio Nicaragua

Por Carlos Fuentes, escritor mexicano

Hace 35 años, los (mayoritariamente) jóvenes rebeldes del ejército sandinista entraron en Managua.

Había caído la petrificada dictadura del clan Somoza, inaugurada en 1933 por el pater familias Anastasio Somoza Debayle y continuada por sus delfines Luis y Anastasio júnior.

Tacho padre fue el asesino de César Augusto Sandino, el heroico luchador por una causa que parecía imposible: la independencia de Nicaragua, territorio ocupado de hecho por los Estados Unidos de América desde 1909 y elevado a protectorado por el astuto e irónico Franklin D. Roosevelt: «Somoza es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta».

La revolución sandinista recibió la bendición del entonces presidentede Estados Unidos Jimmy Carter, pero, naturalmente, fue objeto de una política de sabotaje implacable por parte del presidente Ronald Reagan.

Asimismo, internacionalmente, el sandinismo ganó entusiastas apoyos (el mío, desde luego) y rechazos igualmente fervorosos. De haber seguido el apoyo de Carter, ¿habrían los sandinistas llevado a cabo en paz su programa de reformas sociales?

¿O el radicalismo revolucionario le era inherente al Gobierno de Managua, independientemente de la política seguida por los EEUU?

Nadie vivió estas cuestiones con mayor intensidad crítica que mi amigo Sergio Ramírez, vicepresidente de la Nicaragua sandinista de 1979 a 1990.

Franco y reservado. Cándido y sagaz. Directo y calculador. Libérrimo y disciplinado. Devoto de su mujer, sus hijos, sus amigos. Intransigente con sus enemigos. Elocuente en el foro. Discreto en la intimidad. Firme en sus creencias éticas. Flexible en su acción política. Religioso en su dedicación literaria.

Un hombre de complejidad extrema, disfrazada por la tranquila bonhomía externa y revelada por el ánimo creativo en constante ebullición.

En rigor, la vida de Ramírez posee dos grandes laderas: la política y la literaria. No se entiende la primera sin la segunda, aunque ésta, la vocación literaria, acabe por imponerse a aquélla, la actuación pública.

Cuando visité por primera vez Managua en 1984, en medio del fervor de la fiesta revolucionaria, lo primero que me llamó la atención fue el carácter inacabado de la ciudad.

Los destrozos del gran terremoto del año 1972 no habían sido reparados -ni por la dictadura somocista antes ni por la revolución sandinista ahora-. La catedral era una ruina. Las calles no tenían nomenclatura. La ciudad le daba la espalda al lago. Lo usaba, además, para vaciar en él las aguas negras.

Pregunté a diversos funcionarios del sandinismo el porqué de este abandono. La respuesta estaba en sus miradas antes que en sus palabras. Nicaragua estaba en guerra.

La pequeña nación centroamericana, tantas veces invadida y humillada por los gobiernos de los Estados Unidos de América, se defendía nuevamente contra el Coloso del Norte.

El respaldo constante de Washington al dictador Somoza y sus delfines se había convertido en feroz oposición, ciega y arrogante, contra la modesta afirmación de independencia del régimen sandinista.

Visité, con Sergio Ramírez, con la admirable Dora María Téllez, los hospitales llenos de niños mutilados y civiles heridos, víctimas de la Contra, dirigida y armada por Washington.

¿Cómo no estar con este heroico grupo de hombres y mujeres que habían cambiado para siempre la ruta histórica -dictadura, humillación- de Nicaragua con una promesa de dignidad, por lo menos de dignidad? Bastaba esto para no indagar demasiado en pecados o pecadillos subordinados a dos cosas.

Las políticas internas de la revolución; la campaña alfabetizadora, en primer lugar. Y sus políticas externas: la afirmación de la soberanía frente a los EEUU.

Sergio Ramírez lo dice con belleza, nostalgia y anhelo: «Inspirados en un enjambre de sueños, mística, lucha, devoción y sacrificio, queríamos crear una sociedad más justa…». Éste era el fin. Ramírez cuestiona hoy los medios: “pretendimos crear un aparato de poder que tuviera que ver con todo, dominarlo e influenciarlo todo».

Los sandinistas se sentían con el  poder de barrer con el pasado, establecer el reino de la justicia, repartir la tierra, enseñar a leer a todos, abolir los antiguos privilegios…, restablecer la independencia de Nicaragua y devolver a los humildes la dignidad».

Era el primer día de la creación. Pero en el segundo día, el dragón norteamericano empezó a lanzar fuego por las narices.

¿Cómo iba a ser independiente el patio trasero, la provincia siempre subyugada? La política de Ronald Reagan hacia Nicaragua atribuía a los sandinistas fantásticas e improbables hazañas contra Norteamérica: el Ejército Sandinista de Liberación Nacional, dijo Reagan por televisión, podía llegar en 48 horas a Harlingen, Tejas, cruzando velozmente a Centroamérica, todo México y la frontera del río Bravo.

El agredido se convertía en agresor «potencial». No: la agresión real estaba en la guerrilla de la Contra, con el comandante Cero, en los puertos nicaragüenses minados, en el desprecio total de Washington hacia las normas jurídicas internacionales.

Nicaragua se vio obligada a defenderse. Pero, una vez más, la cuestión se planteó de modo radical.

¿Se defiende mejor a la revolución con medidas que limitan la libertad o con medidas que la extienden? La revolución sandinista intentó ambas cosas.

Se equivocó al amordazar periódicos e imponer dogmas, sobre todo económicos, que, con o sin agresión norteamericana, no habrían sacado a Nicaragua de la pobreza, sino que aumentarían la miseria.

La reforma agraria fracasó porque no se escuchó a los interesados, los propios campesinos.

No se les dio confianza suficiente a los que la revolución quería beneficiar.

E, innecesariamente, se le retiró la confianza a quienes no se oponían sino que diversificaban a la revolución: la incipiente sociedad civil y los críticos internos de la revolución.

En cambio, la revolución se impuso a sí misma la unidad a toda costa. «Dividirnos era la derrota. Los problemas de la democracia, de la apertura, de la tolerancia, iban a arreglarse cuando dejáramos atrás la guerra».

Antes de la piñata, hubo la piña: todos los sandinistas unidos contra los enemigos reales e imaginarios, presentes o potenciales. Pero «uno se equivoca pensando que las amistades políticas tienen una dimensión personal, íntima».

La unidad frente al mundo ocultaba las diferencias de carácter, agenda, sensibilidad y ambición dentro de éste o cualquier otro grupo gobernante: revolucionario o reaccionario, estable o inestable.

Al cabo, los dirigentes no sólo dejaron de escucharse entre sí. «Dejamos de escuchar a la gente». Los sandinistas, nos dice Ramírez, supieron entender a los pobres desde la lucha, pero no desde el poder. Se rompió el hilo entre el Gobierno y la sociedad.

El modelo escogido no ayudó. Reflexiona Ramírez: «Probablemente, con o sin la guerra, el sandinismo hubiera fracasado de todas maneras en su proyecto económico de generar riqueza, porque el modelo que nos propusimos era equivocado».

¿Habría otro? Seguramente.

¿Faltó previsión, imaginación, información? Sin duda.

Pero hoy que el mundo es incapaz de proponer un nuevo paradigma de desarrollo que evite los extremos del zoológico marxista y del salavajismo capitalista, ¿podemos criticarle a Nicaragua que no haya intuido proféticamente que es posible un capitalismo autoritario exitoso, como el que hoy practica China? «Mejor haberse equivocado antes y no ahora».

Es triste y dramática la conclusión de Ramírez: el pueblo ya le tenía miedo al Gobierno. «Una población desgarrada, cansada de conflictos». Y éste es, acaso, el singular triunfo de la revolución nicaragüense: «La revolución no trajo justicia para los oprimidos ni generó riqueza ni desarrollo. En cambio, respetó la voluntad electoral del pueblo». Trajo democracia. Ni Lenin ni Mao ni Castro hubiesen soltado así el poder.

La revolución trajo democracia y al cabo trajo corrupción. El código de ética que era el santo y seña de los jóvenes sandinistas fue destruido por los propios sandinistas. «Las fortunas cambiaron de manos y tristemente, muchos de los que alentaron el sueño de la revolución fueron los que finalmente tomaron parte en la piñata».

Sergio Ramírez no se rebajó a recoger los cacahuetes del poder. No se arrodilló ante el dinero. Tenía la fuerza de un proyecto propio, personal, irrenunciable: la literatura.

Sergio Ramírez, sin perder nunca su primera vocación, la de escritor, atendió activamente a su segunda musa, la política.

Tal es la lección vital de Ramírez: la revolución no fue ni un fracaso absoluto ni un triunfo indiscutible, sino como lo deseaba María Zambrano: Revolución es Anunciación.

La revolución en profundidad, a semejanza de la libertad misma, no se cumple totalmente, jamás: ambas son una lucha, palmo a palmo, por la cuota de felicidad posible que, dijo ya Maquiavelo, Dios nos ha dado a todos los seres humanos.

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El periodismo misógino o la cultura de la violación sexual

La cultura de la violación o el periodismo misógino

Por Miguel Álvarez Peralta, InfoLibre

Imaginemos que un señor que trabaja en un estanco denuncia haber sufrido un robo con agresión.

El ladrón, en su defensa, alega que robó pero lo hizo sin violencia. Imaginemos que después un presentador de televisión pregunta a su público si cree que realmente hubo agresión o en realidad el denunciante miente para vengarse del ladrón. Sería extraño, ¿verdad? ¿Por qué dudar del denunciante? ¿Por qué alguien iba a llevar a juicio una agresión que no existe?

Para que el cuestionamiento no fuese tachado de improcedente y absurdo, haría falta tener indicios sólidos que autoricen a cuestionar públicamente el relato de la víctima.
Recientemente, Nacho Abad, presentador del programa Espejo Público, ponía públicamente en cuestión a la mujer que ha denunciado por violación a ese grupo de hombres autodenominado La Manada.
Preguntó a su público en Twitter si creía la versión de la denunciante o pensaban que hubo “sexo consentido”, como afirman los presuntos violadores.
Hay indicios que apuntan a la primera hipótesis (la llamada telefónica de la denuncia, los antecedentes de alguno de ellos, la descripción que hacen de los vídeos quienes han tenido acceso, las conversaciones de WhatsApp, la confesión de haber robado el móvil, etc.).

Si no aporta un solo dato, testimonio o indicio que justifique abrir ese debate, tan sólo la versión de acusados que enfrentan 22 años de prisión, ¿por qué no le pareció al periodista una pregunta absurda?

Es más, ¿qué es lo que hace que otros periodistas salgan a defenderle en su cuestionamiento?

Y, aún peor, ¿por qué más de 3.000 personas aceptaron tomar parte en la absurda encuesta? ¿Cómo es posible que más de 300 decidieran “apostar” a que la denunciante miente? Hay algo que hace que este debate parezca más razonable en el caso de la chica que del hipotético cajero, al menos para una parte de la población. Ese algo se llama cultura de la violación

Este concepto, forjado por la teoría feminista allá en los años 70, describe la matriz de opinión compuesta por clichés, suposiciones, estereotipos y actitudes hacia el género femenino, que producen el efecto de trivializar o legitimar diferentes formas de agresión sexual.
A menudo, a través de la broma, la relativización, la insinuación o la ironía, culturalmente más eficaces que la afirmación explícita, se reproducen patrones de pensamiento que normalizan formas cotidianas de abuso masculino.

En el machuno mundo periodístico abundan los ejemplos.

Hace poco Lucía Méndez relataba en su columna la respuesta de un jefe de Redacción cuando le comunicaron que varias estudiantes en prácticas le estaban esperando: “Que se vayan lavando, que ahora voy”. Si alguien le hubiera afeado su conducta, la respuesta sería previsible: “Mujer, es una broma”.

La cultura de la violación no es cosa de otros, de algunos, de los agresores. Tampoco es explícita, salvo casos patológicos.

Es una parte del medio cultural en que nos hemos constituido todos y todas, uno de los pilares del patriarcado.
Cuando alguien cree que la ropa que viste una mujer agredida es relevante en el juicio, o que si inicialmente coqueteó con su agresor hay que dudar de su denuncia, eso es cultura de la violación.
Para que el cuestionamiento no fuese tachado de improcedente y absurdo, haría falta tener indicios sólidos que autoricen a cuestionar públicamente el relato de la víctima. Recientemente, Nacho Abad, presentador del programa Espejo Público, ponía públicamente en cuestión a la mujer que ha denunciado por violación a ese grupo de hombres autodenominado La Manada.
Preguntó a su público en Twitter si creía la versión de la denunciante o pensaban que hubo “sexo consentido”, como afirman los presuntos violadores. Hay indicios que apuntan a la primera hipótesis (la llamada telefónica de la denuncia, los antecedentes de alguno de ellos, la descripción que hacen de los vídeos quienes han tenido acceso, las conversaciones de WhatsApp, la confesión de haber robado el móvil, etc.).

Si no aporta un solo dato, testimonio o indicio que justifique abrir ese debate, tan sólo la versión de acusados que enfrentan 22 años de prisión, ¿por qué no le pareció al periodista una pregunta absurda?

Es más, ¿qué es lo que hace que otros periodistas salgan a defenderle en su cuestionamiento?
Y, aún peor, ¿por qué más de 3.000 personas aceptaron tomar parte en la absurda encuesta? ¿Cómo es posible que más de 300 decidieran “apostar” a que la denunciante miente? Hay algo que hace que este debate parezca más razonable en el caso de la chica que del hipotético cajero, al menos para una parte de la población. Ese algo se llama cultura de la violación

Este concepto, forjado por la teoría feminista allá en los años 70, describe la matriz de opinión compuesta por clichés, suposiciones, estereotipos y actitudes hacia el género femenino que producen el efecto de trivializar o legitimar diferentes formas de agresión sexual.

A menudo a través de la broma, la relativización, la insinuación o la ironía, culturalmente más eficaces que la afirmación explícita, se reproducen patrones de pensamiento que normalizan formas cotidianas de abuso masculino.

En el machuno mundo periodístico abundan los ejemplos. Hace poco Lucía Méndez relataba en su columna la respuesta de un jefe de Redacción cuando le comunicaron que varias estudiantes en prácticas le estaban esperando: “Que se vayan lavando, que ahora voy”. Si alguien le hubiera afeado su conducta, la respuesta sería previsible: “Mujer, es una broma”.

La cultura de la violación no es cosa de otros, de algunos, de los agresores. Tampoco es explícita, salvo casos patológicos. Es una parte del medio cultural en que nos hemos constituido todos y todas, uno de los pilares del patriarcado.

Cuando alguien cree que la ropa que viste una mujer agredida es relevante en el juicio, o que si inicialmente coqueteó con su agresor hay que dudar de su denuncia, eso es cultura de la violación. Cuando se pregunta a la víctima si había bebido alcohol, es cultura de la violación. No hay prenda ni gesto que incite o sirva de atenuante a una agresión.

En los últimos días viene saliendo a la luz una ola de casos de acoso en el mundo del cine, lo que no puede explicarse en base a los hábitos de ese sector, ni al perfil de las agredidas, sino a una permisividad fomentada mediante la cultura de la violación.

Cuando una buena parte de la pornografía y por tanto de las fantasías eróticas tanto de hombres como de mujeres incluye formas simbólicas o físicas de violencia en distinto grado, según recogen multitud de estudios sobre la cuestión, ello evidencia una omnipresencia implícita de la cultura de la violación.
Cuando la propia ONU es incapaz de evitar que sus cascos azules reciban año tras año cientos de denuncias por agresión sexual, tenemos la evidencia de los efectos más brutales de la cultura de la violación. Soldados europeos que de forma sistemática aprovechan situaciones en que se saben impunes para abusar.

Es un concepto analítico, no es una exageración. Según la Fundación Mujeres, cada ocho horas se comete una violación contra mujeres en España, pero solo el 20% de las veces se produce denuncia y sólo el 1% termina en sentencia.

Según la Agencia Europa de Derechos Fundamentales, una de cada 20 mujeres ha sido violada desde los 15 años de edad, y casi el doble ha sufrido algún tipo de violencia sexual antes de esa edad.
La cultura de la violación es un hecho, y aunque sea a base de actitudes, bromas, presuposiciones, de subtexto y no de razonamiento explícito, esta cultura no explícita es la matriz que produce esas cifras.

En relación al caso de La Manada cabe exigir que se deje trabajar a la justicia y se eviten juicios mediáticos, aludiendo a la presunción de inocencia y el derecho a la defensa como en cualquier otro caso. Esa fue la respuesta esgrimida por el periodista que lanzó la encuesta cuando se vio forzado a borrarla.

Pero, precisamente por ese argumento, preguntar al público si cree que la denuncia es real o inventada fue absurdo e irresponsable.
La pregunta en sí constituye cultura de la violación, precisamente porque atenta contra la presunción de inocencia no sólo de los acusados (la encuesta ya es en sí misma un juicio mediático) sino también de la denunciante, al indicar que podría estar cometiendo un delito de calumnia o de falsa acusación.

Es esta actitud la que normaliza que para estos delitos, a diferencia de otros, se culpe e investigue a las víctimas, un fenómeno que el feminismo denomina revictimización. 

En este caso, el juez ha aceptado como prueba el informe que la familia de un acusado pagó a un detective privado que siguió a la denunciante después de que se produjera la denuncia, mientras que rechaza como prueba conversaciones de whatsapp de La Manada.
Si en otros delitos no es tan habitual que se sospeche de víctimas y denunciantes, ¿qué sentido tiene? ¿Cómo se supone que debe actuar o no actuar una mujer para demostrar que ha sido violada? La sospecha parece recaer así sobre ella, algo que según el experto Miguel Lorente las denunciantes sufren entre un 15% y un 20% de los casos. Una vez más, cultura de la violación.

¿Cómo se cambia esto? ¿Cómo se acabó con otro tipo de abusos antes normalizados y hoy erradicados? Las expertas hablan de generar entornos que eviten culpabilizar a quien denuncia, con lo que podrán aflorar más denuncias.

Por ejemplo, mediante una combinación de protección específica, políticas públicas de prevención y concienciación, y apoyo a la acción cultural transformadora. 
También insisten, con razón, en que los hombres hablemos y dejemos de considerarlo un tema ajeno.
Hablemos, pues, no dejemos de criticar cuando desde ciertas cavernas mediáticas se arroje la sombra de la sospecha sobre mujeres que se atreven a denunciar. Periodistas y profesores tenemos una especial responsabilidad en este terreno.
Cumplamos con ella..
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Por qué los medios nunca hablan de los medios

Los medios no quieren dar información sobre los medios. Pero es hora de que se empiece a publicar información sobre la información. Nos hablan de la gran democracia, de la gran apertura, del gran mercado libre de la información, pero en lo que respecta a los medios seguimos sometidos a una censura formidable”.

Juan Manuel Alegría *

Debe ser verdaderamente difícil para un docente, que imparte clases de periodismo, decirle a sus alumnos que esos ideales que les trasmite encontrarán una barrera cuando ellos sean profesionales.

La mayoría no será libre para decir o escribir lo que considera debe ser dicho.

La mayor censura que enfrentarán será la del mismo medio: una, condicionada por el poder y, otra, por el poder económico que financia al medio; con variantes intermedias por las simpatías partidistas, ideológicas o morales de los dueños, directores o editores, o por su propio interés mercantil.

Los nuevos periodistas, si desean sobrevivir en ese medio, como los que los antecedieron (sigo hablando de la mayoría) aprenderán cómo escribir, de qué quieren los jefes de que se hable y qué no se debe decir.

Hace unos veinte años, el maestro Bernardo Díaz Nosty, autor del Libro Negro del Periodismo en España, realizó una encuesta en su país con directores de medios sobre las presiones en su labor.

La mayoría aceptó que lidiaba básicamente con tres presiones: la empresarial-publicitaria; la política y, finalmente, la de los lectores. Las primeras dos son muy claras, la última ocurre porque el público no quiere que su medio se aparte de lo que le gusta leer (tema que ya tratamos en El público, indefenso e ignorante ante los medios en la edición de septiembre).

Por ello, el periodista se acomoda. Afirma José Manuel Burgueño: “El periodista difícilmente puede sustraerse de la ideología o la presión de su empresa. Redactores y hasta columnistas se adaptan sensiblemente al medio, porque las manipulaciones de los grandes grupos son de carácter colectivo y global”.

Y cita a Bernardino Hernando: “Por eso es frecuente escuchar algunos codificadores o escritores de periódico, con toda la ingenuidad del mundo, decir cosas como esta: ‘Me dan toda la libertad. Nadie me dice lo que tengo que escribir’ […]. El caso de articulistas que escriben en medios diferentes y hasta contrapuestos, y adoptan una personalidad distinta en cada uno de ellos no es infrecuente […] Eso es manipulación en grado… metafísico. La más peligrosa […]. El periodista cuenta lo que ve, es cierto, pero lo que ve está filtrado previamente de manera inconsciente. No hay manipulación intencionada, pero sí o baja calidad informativa o frivolidad irrespetuosa por parte del codificador”. (Los renglones torcidos del periodismo).

En una entrevista para El País, Serge Halimi, escritor y periodista de Le Monde Diplomatique, fue entrevistado por Miguel Mora, quien le dijo: “Afirma usted que el periodista trabaja bajo una doble censura invisible, la que ejerce su medio y la suya propia”.

Halimi respondió:

“Son complementarias. El periodista ha integrado el grado de libertad que tiene. Sabe muy bien lo que no se quiere que diga. Si algo le compromete lo más mínimo, lo deja a un lado y escribe sobre algo que no le comprometa: así, convierte su vocación en profesión. Sabe que casi todo lo que escribe es accesorio: eso es periodismo de mercado y pone al redactor en la misma situación de la mayor parte de los asalariados. Es como la cajera de un supermercado: quizás quisiera dar los productos más baratos, pero no lo puede hacer”.

Miguel Mora insistió: “Bueno, todo oficio por cuenta ajena tiene sus servidumbres”.

El también profesor en la Sorbona, indicó: “Sí, pero el periodista se proclama libre, proclama que escribe libremente. Y eso no es exacto. Es una impostura, una ilusión”.

Mora inquirió: “¿Propone entonces un periodista quijote y probo?”

El autor de Los nuevos perros guardianes (Periodistas y poder) es contundente:

“No exageremos. Los periodistas rara vez toman muchos riesgos. […] ¿Cómo se puede hablar sobre la corrupción política sin reconocer que el sistema mediático está también corrompido?

“¿Cómo se puede denunciar la corrupción económica cuando el periodista acumula dinero, favores, canonjías? Se puede ser más o menos probo o puro, pero lo que no se puede es arrogarse el puesto de árbitro de la moral. Si hicieran lo mismo que las cajeras, no lo reprocharía. Reprocho la hipocresía. Y la ignorancia. Porque muchos se creen efectivamente libres.

“Por eso es necesario informar sobre la práctica profesional de los periodistas. Si los periodistas no hablan, nadie lo hará. Ellos tienen el monopolio de informar. Muchos dicen estas cosas en la redacción, pero no en público. Tenemos aún cierto margen de maniobra, pero muchos no exploran todas sus posibilidades, y otros muchos han dejado ya de luchar”. (El País, 21 de agosto de 2002).

***

Las grandes audiencias forman su criterio por lo que leen en su periódico, programa radial o televisivo favorito, pero desconocen las razones por las que esa información es publicada, por qué el medio tiene ese enfoque sobre determinado asunto y por qué un tema es más importante que otro.

El público tendría una visión mayor si conociera a quiénes están detrás de los medios.

Pero si es difícil saber qué tiraje tienen los medios impresos, mucho más lo es saber quiénes son los dueños o los verdaderos dueños, así como cuáles son sus auténticas ganancias o los motores que los mueven sobre su enfoque editorial.

Desde hace mucho se ha hablado de que la noticia es tratada como mercancía. La pérdida de credibilidad en los medios tradicionales y el deslizamiento paulatino a los barrancos de las bajas ventas se debe a que ese periodismo que deja de lado los códigos de ética y que, en lugar de asumir el papel de contra-poder que le ha otorgado la sociedad, se ha convertido en aliado del poder político y financiero y está al servicio de los intereses del grupo que es su dueño, por eso ya no explican cómo funciona el mundo.

Ya sabemos que, para obtener la “amabilidad” de la prensa, un gobierno le compra “publicidad” (sin hablar de los convenios para ese medio en los otros negocios que posee el grupo de dueños). Así mismo ocurre con las marcas que se anuncian. Es probable que hace un siglo a una empresa no se le ocurriera más que solicitar que su anuncio quedará atractivo y bien hecho. Hoy, los dueños de las empresas también participan en la política, tienen intereses en ella, simpatizan con un aspirante un alto cargo, son afines a una religión o movimiento moral o desean beneficios extraordinarios para su empresa y usan su poder financiero para presionar en los medios en busca de su cometido.

Dado que tradicionalmente un medio subsiste por la publicidad de sus anunciantes, muchas veces accede a incumplir con la ética periodística.

Por eso mismo, a diferencia de hace varias décadas, uno sabía por el periódico que una persona leía o traía bajo el brazo, con qué se identificaba política o ideológicamente, hoy ya muy pocos lo cargan, porque en los medios ya no es tan obvia esa identificación, excepto en algunos medios militantes de izquierda (que también aceptan publicidad del gobierno).

Esta “camuflación” (porque en el fondo sí hay una identificación o compromiso político) se debe a que se pretende captar a esa masa que ha estado emigrando de esos medios o fascinar a los potenciales lectores con información banal, como destacar los atractivos físicos de una mujer o escándalos de cualquier tipo o esa casi obsesión por explotar una misma noticia, que más que periodismo es entretenimiento.

Si hace 30, 40 o más años un editor se tiraba de los cabellos por la falta de noticias, ahora le sobran y las usa a toda su potencia; de tal manera que ya existe un término para la sobreabundancia: la infoxicación.

Ese exceso de “información” provoca que el lector brinque de una nota a otra, donde prima lo interesante a lo relevante, por lo que no puede procesar o profundizar en todo lo que le llega.

Un ingenuo cree que porque tiene acceso a más información está mejor informado. No es así.

Esa es otra vertiente de la censura: se nos embute de tanta información irrelevante que perdemos de vista lo que nos serviría para explicarnos un asunto notable (y si lo buscamos con detenimiento, es probable que no lo encontremos o lo hallemos disminuido), o como dice Pierre Bourdieu: “ocultar mostrando”.

Por desgracia no hay medios tradicionales importantes o influyentes que sean hechos por ciudadanos o periodistas. Así que, salvo contadas excepciones, los medios tienen dueños que no son periodistas.

Y cada vez más, por diversas razones un medio exitoso se ha aliado, ha sido comprado o absorbido por un conglomerado. Sobre este punto, el periodista Pascual Serrano señala:

“Recordemos que los dueños de los medios no son ni siquiera empresarios de la comunicación, sus dueños son emporios empresariales con acciones e intereses en todos los sectores, desde multinacionales de las telecomunicaciones que controlan las vías de difusión de la información hasta grupos bancarios imprescindibles para la financiación. Y su viabilidad depende de grandes anunciantes del tipo de empresas de hidrocarburos, automovilísticas, grandes almacenes. Estos medios no son ningún cuarto poder, son el poder del dinero. (Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo)”.

Serrano añade que por esas razones los principios éticos están reñidos con el espíritu de mercado, ya que esos medios defenderán a los bancos que son sus anunciantes harán mutis en los casos de la contaminación ambiental si la provocan las marcas anunciantes, y cita lo dicho por un periodista estadounidense de que en su país se podría escribir en contra de un presidente demócrata o republicano, “pero lo que nunca se podía publicar es la noticia de que se hubiese descubierto una mosca en una botella de Coca-Cola”. De ahí podemos colegir que una empresa (también) se anuncia para que no se hable mal de su producto.

Sabremos si un medio recibe publicidad de una empresa cuando dice en la nota: “están involucradas una empresa trasnacional y una importante marca de automotores” y no se citan los nombres de las mismas.

Así, el periodista deja de serlo y se convierte en lo que considera Pierre Bourdieu: un empleado al servicio de intereses mercantiles, como lo plasma en dos conferencias televisadas que impartió en el Collège de France en marzo de 1996, que poco después aparecieron en forma de libro: Sobre la televisión (Anagrama) y que causaron gran polémica por su crítica a los periodistas y a la televisión.

El problema es más grave cuando el medio está inserto en un grupo mediático, ya que este tiene intereses en varios ramos comerciales. Un ejemplo: el Grupo Prisa creado poco después de la aparición de El País, entre cuyos principales accionistas se hallan Amber Capital, Familia Polanco, Telefónica, HSBC, el presidente del Grupo IAMSA, Caixabank, Banco Santander y Caja Madrid, entre otros. Tiene influencia en más de 20 países en los sectores de prensa, radio, televisión y editorial.

No alcanzaría este espacio para informar todo lo que abarca Prisa; aparte de El País edita otros diarios como Cinco DíasAs, también varias revistas y es dueño del diario online The Huffington Post. Era dueño de varias editoras de libros que vendió en 2014 a Ramdom House y se quedó con Editorial Santillana.

Prisa Radio es el grupo de radiodifusión más grande del mundo en español; posee más de mil 250 emisoras, contabilizadas las propias y asociadas en México, España, Estados Unidos, Colombia, Argentina, Chile y otros, así como franquicias en varios más.

En televisión, el año pasado vendió Canal a Telefónica pero es accionista de Mediaset España, que opera varios canales de televisión. Sus tentáculos alcanzan también al cine con División de cine (DC), dos empresas que producen y distribuyen filmes. La película “Todo sobre mi madre” de Almodóvar fue producida por Prisa-Telefónica; también “Los otros” de Alejandro Amenábar con Nicole Kidman. Sobre ello señala Ramón Reig con su estilo irónico:

“Así, no ha sido extraño observar cómo el lanzamiento de Los otros permita a Alejandro Amenábar y Nicole Kidman acaparar portadas y numerosas páginas y espacios en El PaísEl País Semanal, Unión Radio y Canal, con contenidos laudatorios: es preciso promocionar los productos de la casa y estimular al público a pasar por taquilla”.

En cuanto a conglomerados en el campo de la comunicación en México tenemos a Televisa; al Grupo Carso, cuyo dueño, Carlos Slim, es el principal accionista de The New York Times, y otro importante: el Grupo Imagen, hoy más famoso por poseer la tercera televisora abierta en el país, cuyo dueño más visible es Olegario Vázquez Raña (hermano del finado Mario, dueño de Organización Editorial Mexicana [OEM], la más grande del país con 70 periódicos, más de 20 estaciones de radio y más de 40 sitios de Internet.

Entre los más importantes medios están los de mayor tiraje: La PrensaEsto Ovaciones). Olegario también es cabeza del Grupo Empresarial Ángeles (una veintena de hospitales) y de Real Turismo (25 hoteles Camino Real), el Banco Multiva (criticado hace poco porque la Secretaría de Hacienda le “perdonó” dos millones 228 mil pesos. También resultó beneficiado Inbursa de Carlos Slim, con un poco más de dos millones y medio de pesos condonados) y constructoras, entre otros.

Grupo Imagen posee cerca de una veintena de radios propias y otra cantidad parecida en afiliadas; es dueño del diario Excélsior y Excélsior Televisión (el diario también produce otros medios como Atracción 360AdrenalinaDinero RSVP). Hace unos meses, en junio, Grupo Imagen se alió con The Huffington Post para crear el portalHuffPost México.

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También el periodista y catedrático de la Universidad de Sevilla, Ramón Reig, señala que la economía de mercado se sobrepone incluso a las tendencias políticas, por lo que priva “la defensa de un establishment, la cuenta de resultados y la cifra de negocios por lo que no es infrecuente que los grupos de comunicación, sean quienes sean, pongan en práctica proyectos en común […] esto último nos lleva a la uniformidad mensajística esencial y a la distorsión del concepto de economía de mercado”. (Crisis del sistema, crisis del periodismo).

Reig sostiene en su libro que esos mensajes “no periodísticos y pseudoperiodísticos” de los grupos mediáticos estimulan el consumismo, ya que no cuestionan la presencia de la publicidad en sus contenidos al margen de lo que exprese esa publicidad.

Ejemplifica que, si la publicidad es machista o agresiva o incita a la violencia o estimula la creación de falsos arquetipos, “los medios de comunicación no rechazan por sí mismos los anuncios (salvo algunas excepciones que cada vez se han ido flexibilizando más) sino que esperan a que la Justicia dé orden de retirar una publicidad concreta (algo que sólo sucede de cuando en vez)”.

Por el contrario, agrega, los medios aducen que la publicidad les da independencia, entendida esta como la no atadura del poder público, cuando en realidad están sujetos a una doble dependencia: la pública y la privada. La primera por su interés político y la segunda por las presiones de las empresas anunciadoras y desde sus accionistas.

Sus mensajes, añade Reig, no contribuyen al desarrollo de una mente transgresora por cuanto deben defender las legislaciones y el orden imperante, sino se elaboran considerando la rentabilidad por encima de la calidad y la formación de los receptores.

Asimismo tienden a promocionar la mediocridad y la evasión anodina mediante entrevistas comerciales a personajes, programas “de famosos”, concursos, debates que son sobretodo espectáculos.

“Los responsables de los grupos de comunicación estiman que se dirigen a una masa indolente e ignorante que desea lo que ellos deseen que quiera y, sin embargo, la presentan como una audiencia inteligente. Es la técnica del vendedor”.

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* Tomado de la revista mexicana Etcétera 

Marcial Maciel, el cura pedófilo, millonario y criminal de los Paradise Papers

Caso Maciel

“Querido padre Maciel”, escribía el Papa Juan Pablo II el 15 de noviembre de 1994 a uno de sus cercanos colaboradores en aquellos tiempos.

“Con ocasión de sus Bodas de Oro Sacerdotales, me uno espiritualmente a Usted en tan solemne celebración para dar cumplidas gracias al Padre celestial, de quien desciende todo don perfecto”, sigue la misiva afectuosa remitida desde el Vaticano.

‘Maciel’ era Marcial Maciel Degolladofundador de la Legión de Cristo –una de las congregaciones religiosas más acaudaladas. Faltaban once días para que se cumpliera su 50 aniversario como sacerdote y su amigo el Papa se anticipó a felicitarlo en una carta en la que exaltó el trabajo pastoral y educativo que el sacerdote realizaba con niños y jóvenes. Lo llamó “guía eficaz de la juventud”.

Cura Marcial Maciel

[Consulta el especial sobre los Paradise Papers]

A los tres días de tan emotivo mensaje del líder del mundo católico, Marcial Maciel estableció en el paraíso fiscal de Bermudas -de la mano de Appleby– la sociedad International Volunteer Services, que le daría facilidades para gestionar los millonarios ingresos de su imperio educativo. En Bermudas, la tasa de tributación para las sociedades es del 0% sobre captación y dividendos. Los fideicomisos también están exentos de carga fiscal.

Uno de los documentos de Appleby que acreditan la cuenta en el Citibank.
Uno de los documentos de Appleby que acreditan la cuenta en el Citibank.

La cuenta por la que fluía el dinero fue abierta en el Citibank de Nueva York, y era manejada por rectores y administradores de la red de universidades de la Legión, una estructura educativa tan poderosa económicamente como el mismo Vaticano. Los ingresos anuales de la red de universidades Anáhuac superan actualmente los 300 millones de dólares, de acuerdo con los documentos contables obtenidos para esta investigación, una cantidad similar al presupuesto de la sede de la Iglesia Católica.

En 1994, Maciel vivía en la cúspide. Además de gozar del apoyo y simpatía del Papa, estaba en expansión su imperio educativo, para lo cual requería tejer una estructura financiera sólida. Paradójicamente, por aquellos años las acusaciones contra Maciel se multiplicaban por parte de víctimas que en su niñez y juventud habían sido abusadas sexualmente en su paso por los seminarios de la Legión.

“Eran días de celebración”, recuerda el sacerdote legionario Pablo Pérez Guajardo, quien colaboró como asistente de Maciel en Roma y fue testigo de las operaciones financieras que ordenaba a sus súbditos.

En noviembre de 1994 –señala el padre Pérez- hubo grandes celebraciones por los 50 años de sacerdocio de Maciel en el Vaticano, en su tierra natal Cotija y en la Universidad Anáhuac, centro escolar que representa la principal fuente de ingresos de la Legión.

Pero la mayor ceremonia en su honor tuvo lugar en el Palacio de los Deportes de la capital de México, un recinto con capacidad para 20.000 personas, donde el nuncio del Vaticano en México, Girolamo Prigione, realizó una ordenación de 57 sacerdotes ante la mirada satisfecha de Maciel.

[Álbum: estos son todos los implicados en los Paradise Papers]

En la carta que el Papa le envió por aquellos días esbozó el tamaño del imperio educativo que Maciel había logrado crear hasta esa fecha: el Pontificio Ateneo Regina Apostolorum y el Colegio Maria Mater Ecclesiae, en Roma, y decenas de escuelas y seminarios en 16 países de los cinco continentes.

La red secreta en el paraíso

La Congregación siempre fue muy centralista. Desde que el Papa Juan Pablo II autorizó en junio de 1983 las constituciones de la Legión, todo el flujo de capital era controlado por el director general desde la sede de Los Legionarios de Roma. Algo que confirma la investigación de los ‘Paradise Papers‘, la filtración de 13,4 millones de documentos obtenida por el diario alemán Süddeutsche Zeitung y compartida con el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) y El Confidencial y La Sexta en España.

International Volunteer Services –la sociedad ‘offshore’ creada en 1994 en Bermudas– era parte de una estructura financiera más amplia diseñada con el auxilio del despacho legal y fiscal Appleby en la que participaban como operadores algunos de los colaboradores más cercanos a Maciel. Se trata de sacerdotes, laicos consagrados y rectores de las universidades vinculadas a la Congregación religiosa.

Los archivos muestran cómo el jerarca de la Legión de Cristo ya había establecido otra compañía en las islas del Atlántico Norte. El 28 de diciembre de 1992 había creado The Society for Better Education. Igual que en el caso de “International Volunteer Services”, se alimentaba de recursos del fondo fiduciario Ecyph Limited, afincado en las Islas Vírgenes Británicas. Tal y cómo se ha podido comprobar para esta investigación, se trataba de un esquema secreto, que sólo conocían sus colaboradores más cercanos.

Sede de Appleby en Jersey. (Foto: Reuters)
Sede de Appleby en Jersey. (Foto: Reuters)

En los registros de Appleby, el domicilio de la red financiera urdida en las Bermudas y en las Islas Vírgenes Británicas es Vía Aurelia 677, Roma. En esa dirección, en un complejo de edificios en el medio de un barrio de casas bajas, se encuentra la Vicaría General de los legionarios.

[Appleby, el actor principal de los Paradise Papers]

En los protocolos de administración aprobados por Maciel antes de ser obligado a retirarse del sacerdocio, cada cuenta debía tener la firma mancomunada de un mínimo de tres personas. Excepto las que manejaba él, ya que Maciel sí tenía poder para gestionar libremente de los recursos. Para garantizar un manejo discrecional del dinero, las cuentas eran controladas por las personas de más confianza de Maciel.

Así, por ejemplo, en una cuenta del Citibank en Nueva York a nombre de la organización International Volunteers Services –perteneciente a la red financiera de las Bermudas- las firmas autorizadas eran las de tres personas fieles a Maciel: el sacerdote Jesús Quirce Andrés y los laicos consagrados Mario Olivieri Sangiacomo y Javier Vargas Díez Barroso.

Ingresos millonarios

El establecimiento de una estructura financiera ‘offshore’ en las Bermudas e Islas Vírgenes, entre 1992 y 1994, coincide con la expansión del imperio educativo de los Legionarios, que actualmente representa ingresos superiores a los 600 millones de dólares al año por concepto de matrículas de curso, cobro por servicios y donativos, de acuerdo con los informes financieros de instituciones ligadas a la Congregación, obtenidas para esta investigación. Alrededor de la mitad de esos fondos corresponden a la red de universidades.

En el tiempo entre la creación de la primera y la segunda sociedad en Bermudas, los Legionarios expandieron su red educativa en tres países

En aquellos días, Marcial Maciel era una persona influyente en el Vaticano.

En 1991, un año antes de haber creado su primera empresa en Bermudas, Juan Pablo II lo había nombrado miembro de la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, encargado de analizar la formación de nuevos sacerdotes; el mismo Papa lo designó en 1992 integrante de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y en 1994 consultor permanente de la Congregación para el Clero, órgano del Vaticano responsable de supervisar todos los asuntos relacionados con los ministros religiosos.

En el tiempo que transcurrió entre la creación de la primera y la segunda sociedad en las Bermudas, los Legionarios expandieron su red educativa en tres países: en agosto de 1993 iniciaron ampliaron la red de la Universidad Anáhuac a otros puntos de México, con una sede en Xalapa.

Al mes siguiente fundaron en Madrid la Universidad Francisco de Vitoria, y en octubre del mismo año el Vaticano –a través de la Congregación para la Educación Religiosa- erigió en Roma el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum.

Actualmente esta plataforma educativa atiende a 166.000 estudiantes en México, Argentina, Filipinas, Venezuela, Colombia, Brasil, Chile, Italia, España, Estados Unidos, Suiza e Irlanda. De ellos, cerca de la mitad (78.000) cursan estudios universitarios.

D. GRASSO

En los archivos de Appleby aparecen dos sacerdotes y tres laicos que han fungido como rectores o directivos de la red de universidades que la Legión estableció en seis países.

En el entramado financiero de las Bermudas han participado el padre Jesús Quirce Andrés, quien ocupó el cargo de rector de la Universidad Anáhuac; Charles Sikorsky, Presidente del Institute for the Psychological Sciences, una institución académica controlada por los legionarios en Virginia (EE.UU.), que es parte de la Universidad de la Divina Misericordia (Divine Mercy University); Cristian Nazer, rector de la Universidad Finis Terrae de Chile; Javier Vargas Díez-Barroso, quien fue rector de la Universidad Anáhuac del Sur y actual director de la red de colegios Mano Amiga; y Mario Olivieri Sangiacomo, miembro del equipo de directores de la Universidad Interamericana de Desarrollo de México y de la Universidad Europea de Roma.

La intervención del Vaticano

La buena estrella de Marcial Maciel se apagó cuando falleció Juan Pablo II, en abril de 2005. El nuevo Papa, Benedicto XVI, empezó inmediatamente una investigación a la Legión de Cristo. En noviembre de 2006 ordenó a su fundador retirarse del sacerdocio al comprobar la veracidad de las acusaciones que señalaban que había abusado sexualmente de decenas de novicios durante más de 50 años, además de haber asumido identidades falsas para seducir a dos mujeres, con las que había tenido tres hijos.

El 2 de febrero de 2006, nueve meses antes del retiro forzado de su jerarca, los Legionarios liquidaron la compañía ‘The Society for Better Education’, que habían creado en julio de 1992 en Bermudas. La disolución final se realizó el 6 de septiembre del mismo año, según consta en los archivos de Appleby.

Seminario en la sede de los Legionarios de Cristo, en Roma, posterior al cese de Maciel. (Foto: Reuters)
Seminario en la sede de los Legionarios de Cristo, en Roma, posterior al cese de Maciel. (Foto: Reuters)

Aún después de la muerte de Maciel –ocurrida el 30 de enero de 2008- el Vaticano continuó su investigación en torno al sacerdote pederasta y la estructura financiera que había creado alrededor de su imperio educativo. A finales de abril de 2010, una comisión de obispos entregó al Papa el informe final de su pesquisa: tras entrevistar a más de mil legionarios, visitar centros religiosos en 20 países y analizar cientos de testimonios de víctimas, llegaron a la conclusión de que Maciel había llevado una vida criminal, oculto tras su faceta de sacerdote.

Tras ese informe, Benedicto XVI ordenó la intervención de la Legión de Cristo. Mediante un decreto emitido el 9 de julio de 2010, otorgó al cardenal Velasio de Paolis la facultad para gobernar la congregación a nombre del Papa hasta concluir su proceso de limpieza y renovación, el cual se cumplió en febrero de 2014.

Como parte de esta intervención del Vaticano, fue liquidada el 27 de junio de 2013 la sociedad International Volunteer Services, que había sido registrada en las Bermudas el 18 de noviembre de 1994. Con su disolución, también se extinguió el fondo de inversión Ecyph Limited, en las Islas Vírgenes Británicas.

Los otros paraísos legionarios

Además de en las Bermudas e Islas Vírgenes Británicas, la Legión de Cristo ha creado una extensa estructura en otros paraísos fiscales o jurisdicciones de carga fiscal reducida, entre ellos Panamá, isla de Jersey, Suiza, Luxemburgo, Países Bajos y Liechtenstein. En Panamá, por ejemplo, el propio Marcial Maciel estableció en diciembre de 1984 tres empresas ‘offshore’ –First Fountain, Dawn Development Company y Southwest International, Inc.,- con el auxilio del despacho International Legal Advisors, competidor de Mossack Fonseca en la creación de sociedades pantalla en paraísos fiscales.

En la isla de Jersey, ubicada en el Canal de la Mancha, creó en 1995 y 1996 las compañías Kerygma y Oak Management Limited, a las que se transfieren recursos de colegios ubicados en cuatro países.

Mientras que en Suiza, Marcial Maciel controló durante algún tiempo la Fundación Guilé, que tenía como sede un palacio en la población de Boncourt, en el que operaba la sociedad mercantil LCJU, que posteriormente se transformó en LC Suisse. En Zurich, los Legionarios tienen injerencia en la organización Stiftung Semper Altius y en Montreaux en el Institut Le Châtelard Les Avants. Pictet & Cie, uno de los bancos suizos más importantes, administró hasta enero de 2017 más de 39 millones de dólares del fondo de inversión Integer, creado por los Legionarios en Luxemburgo.

En Amsterdam, la Congregación gestiona la organización “Stichting Foundation Regina Apostolorum”, dedicada a administrar las millonarias subvenciones, donativos y regalos otorgados a la congregación por empresas y fieles católicos, así como los fondos que recibe de su filial de Delaware, considerado el paraíso fiscal por excelencia de Estados Unidos. Desde Delaware, los Legionarios han registrado decenas de sociedades pantalla.

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Por Raúl Olmos, de El Confidencial de México

Ana Pastor, su vanidad y sus posiciones a favor de la derecha

Pastor, Ana

Ver una entrevista a Ana Pastor en La Sexta Noche TV hablando de objetividad y periodismo de raza es también tristeza e indignación.

El presentador del espacio, Iñaki López, otro ‘periodista’ que dirige un programa ‘neutral’, hizo una loa y un autobombo cutre a Pastor, porque supongo que necesitan hacerlo.

Y ella no desaprovechó la ocasión para colocarse, suponemos que junto a Antonio García Ferreras, el que le organizó la loa televisiva, a la cabeza del periodismo de España. 

Ambos forman un dueto multimillonario de “periodismo”, catedráticos de lo suyo, que trabajan duro por unos objetivos muy claros fijados por la derecha mediática, que se forra gracias a la concesión televisiva de Soraya.

Las metas son dividir a la izquierda y curiosamente favorecer a la derecha, justo lo que hace el periódico La Razón, su medio hermano, de derecha también, muy de derecha, en Atresmedia, el multimillonario grupo de poder mediático.

Es el manido juego que inventó EL PAÍS o la Cadena SER, de aquel grupo de poder mediático, PRISA, de parecer de izquierda para ayudar a la derecha.

Estos medios, junto a La Sexta, promovieron el golpe a Pedro Sánchez.

Había que derrocar el posible gobierno de izquierda y ocultaron que había números, solo había que decir la verdad en antena que con Ciudadanos había diputados de sobra, pero se ocultó. 

Antes, Ferreras se había puesto camisa blanca la noche de las elecciones, porque iba a ser una gran jornada para él, pero se le quedaron los pelos tiesos y se comió en directo su pactómetro con una media sonrisa y los ojos entornados.

También le recuerdo la noche que ganaba Susana Díaz en Andalucía y nos caía la condena a los andaluces de más años de saqueo, entonces Ferreras cortó la emisión para anunciarnos que Tania Sánchez y Pablo Iglesias habían cortado. Era tan importante aquello… Era periodismo…

Recuerdo a Albert Rivera en El Objetivo diciéndole en repetidas ocasiones a Ana Pastor “yo no he dicho eso, yo no he dicho eso” mientras ella seguía hablando y preguntando sin escuchar al entrevistado. Aquel “yo no he dicho eso” quedaba enterrado en la retahíla de Pastora ella le importaba muy poco, porque ella, que dicta cátedra de sabiduría periodística, iba a lo suyo.

O cuando Pedro Sánchez tuvo que advertir a La Sexta que no publicara mentiras, sin ni siquiera contrastar las informaciones con él.

En aquella época el tándem periodístico estaba en aupar a la jefa del PSUSA, la que tiene contratada a la hermana de Pastor, a “lo más alto” del socialismo.

Quizás ahí está la clave, en los contratos y los beneficios, ¿verdad?

También recuerdo cuando dieron por muerto a Pedro Sánchez y luego fueron contra Pablo Iglesias, porque él ya les sobraba: había que derrocarlo y comenzaron la operación Íñigo Errejón.

Intentaron machacar al líder de Podemos para colocar a Errejón, el cual podría pactar y aupar a ‘la más grande’, a Susana Díaz, de derecha, a lo alto del sillón del Pacto de Silencio. ¡Eso es periodismo!

Estos amos de lo suyo dan lecciones de periodismo (?), y ahora están en salvar y justificar la cobardía y la mentira de los líderes a los cuales apoyan. 

La Sexta no ve raras las contradicciones, espantadas y engaños de los políticos que apoya. Los entiende, acoge y les da de nuevo altavoz cuando ya no engañan a nadie. Son patéticos, unos y otros.

El multimillonario estadounidense George Soros, principal accionista de La Sexta TV, está muy contento con ellos porque siguen fomentando el jaleo.

Soros, el multimillonario que defiende el ultracapitalismo, tuvo en nómina a Carles Puigdemont en Catalonia Today, uno de sus medios, y ahora da trabajo a su esposa.

Ese personaje siniestro de Soros promueve la división de ciertos países, muchos de Oriente Medio, para debilitarlos.

En el mundo árabe deben tenerle mucho cariño ya que divide a los enemigos de Israel y curiosamente estos países son los que han sufrido golpes de Estado y guerras civiles con miles de muertos.

¡Eah, Ferreras, dile a Soros que sois muy buenos! Él os cree, él crea muchas cosas. 

Tú sigue yendo a París con la boina a ver las velas en los lugares de los atentados, que parezca que te importa todo aquello.

Pero ve con tu amigo Évolesu manera desastrosa y sesgada de tratar la guerra en Siria.

Seguid así, autodenominándose “periodistas”.

Y no olvidéis nunca alabaros entre vosotros, sois todo un ejemplo.

Uniros al EL PAÍS, que fomenta la chalada de que Rusia está detrás del independentismo catalán.

Formaríais un grupo muy divertido, podríais llamaros “Los bufones de la Corte Mediática”.

Y tú Ana Pastor, presentadora del programa con el curioso nombre de El Objetivo, un poquito de favor.

El acoso subjetivo y  selectivo a tus entrevistados es patético, y no te pongas estupenda contigo misma. Ya tenemos medida la dimensión de tu vanidad.

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Por Daniel Bellaco, de Digital Sevilla

 

Por qué se producen tantos crímenes masivos en los Estados Unidos

Masacres en EEUU

Cuando el mundo mira hacia Estados Unidos ve una tierra de excepciones: una democracia de eficacia probada, aunque ruidosa; un defensor de la política exterior; un exportador de música y películas que todos aman.

Sin embargo, hay una peculiaridad que desconcierta a los seguidores y críticos de Estados Unidos por igual: ¿por qué suceden tantos tiroteos masivos?

Quizá, especulan algunos, se debe a que la sociedad estadounidense es extraordinariamente violenta. O sus divisiones raciales han desgastado los lazos de la sociedad. O sus ciudadanos carecen de la atención mental adecuada en un sistema de salud que suele ser criticado en el extranjero.

Estas explicaciones tienen una cosa en común: aunque parecieran sensatas, todas han sido desmentidas por las investigaciones de los tiroteos que se han efectuado en otras partes del mundo. En cambio, un grupo de investigadores cada vez mayor llega —una y otra vez— a la misma conclusión.

La única variable que puede explicar el alto índice de tiroteos masivos en Estados Unidos es la cantidad estratosférica de armas.

Qué explica los tiroteos masivos

Las cantidades sugieren una correlación que, a mayor investigación, solo se hace más clara. Los estadounidenses constituyen alrededor del 4,4 por ciento de la población mundial pero tienen en su propiedad el 42 por ciento de las armas del mundo. De 1966 a 2012, un 31 por ciento de los tiradores que dispararon contra las masas en todo el mundo fueron estadounidenses, según un estudio de 2015 de Adam Lankford, catedrático de la Universidad de Alabama.

Con ajustes por población, solo Yemen tiene una tasa más elevada de tiroteos masivos entre los países con más de 10 millones de habitantes; una distinción en la que Lankford exhortó a evitar anomalías. Yemen tiene el segundo índice más elevado del mundo de propiedad de armas después de Estados Unidos.

En todo el mundo, según descubrió Lankford, el índice de propiedad de armas de un país se correlaciona con las probabilidades de que suceda un tiroteo masivo.

Esta relación se mantuvo uniforme cuando se excluyó a Estados Unidos, lo cual indica que no se podría explicar mediante ningún otro factor específico de su país natal.

Y se mantuvo cuando controló los índices de homicidio, lo cual sugiere que los tiroteos masivos se explicaban mejor por el acceso a las armas que por su nivel de violencia.

Qué no lo hace: la delincuencia, la raza o la salud mental

Si la salud mental hiciera la diferencia, entonces los datos demostrarían que los estadounidenses tienen más problemas de salud mental que la gente en los países donde hay menos tiroteos masivos.

No obstante, la tasa de gasto en servicios de salud mental en Estados Unidos, la cantidad de profesionales que proveen servicios de salud mental por habitante, así como el índice de trastornos mentales serios concuerdan con los de otros países ricos.

Un estudio de 2015 calculó que solo el cuatro por ciento de las muertes provocadas por armas de fuego en Estados Unidos se podían atribuir a problemas de salud mental.

Además, en un correo electrónico, Lankford comentó que los países con índices de homicidio elevados tendían a tener índices bajos de tiroteos masivos; lo opuesto de lo que uno habría esperado si los problemas de salud mental estuvieran correlacionados con los tiroteos masivos.

El hecho de que la población juegue menos o más videojuegos tampoco parece tener ningún impacto. Los estadounidenses no parecen más propensos a jugar videojuegos que la gente de cualquier otro país desarrollado.

La diversidad racial u otros factores relacionados con la cohesión social tienen poca relación con las muertes ocasionadas por armas de fuego.

Entre los países europeos, hay poca asociación entre la migración u otras métricas de diversidad y los índices de homicidios con armas de fuego o los tiroteos masivos.

Un país violento

El índice de homicidios por arma de fuego en Estados Unidos era de 33 por cada millón de personas en 2009, lo cual excede por mucho el promedio de los países desarrollados.

En Canadá y el Reino Unido era de 5 y 0,7 por cada millón de personas, respectivamente, lo cual también se correlaciona con las diferencias en la propiedad de armas de fuego.

Algunas veces, los estadounidenses ven esto como una expresión de problemas más profundos con la delincuencia, una idea arraigada, en parte, debido a una serie de películas que retratan la violencia de las pandillas urbanas a principios de los noventa.

Sin embargo, Estados Unidos en realidad no es más propenso a la delincuencia que otros países desarrollados, según un estudio histórico que llevaron a cabo en 1999 los investigadores Franklin E. Zimring y Gordon Hawkins de la Universidad de California, en Berkeley.

En cambio, descubrieron, en datos que desde entonces se han confirmado repetidamente, que la delincuencia en Estados Unidos es sencillamente más mortífera.

Un neoyorquino tiene la misma probabilidad de sufrir un asalto que un londinense, por ejemplo, pero el neoyorquino tiene 54 veces más probabilidades de perder la vida en el proceso.

Concluyeron que la discrepancia, al igual que muchas otras anomalías de la violencia estadounidense, se debía a las armas de fuego.

Poseer más armas de fuego se relaciona con más homicidios con armas de fuego casi en cada eje: entre los países desarrollados, entre los estados estadounidenses, entre los poblados y ciudades estadounidenses y cuando se controlan por índices delincuenciales.

La legislación del control de armas tiende a reducir los homicidios por armas de fuego, según un análisis reciente de 130 estudios en 10 países.

Esto sugiere que las armas por sí mismas ocasionan la violencia.

Un investigador camina entre los miles de artículos personales abandonados después de que un tirador abriera fuego en Las Vegas el mes pasado. Credit John Locher/Associated Press

Los tiroteos de masas ocurren en todas partes

Los escépticos del control de armas algunas veces señalan un estudio de 2016. Del año 2000 al 2014, el estudio encontró que el índice de mortalidad por tiroteos de masas en Estados Unidos era de 1,5 por cada millón de personas. El índice era de 1,7 en Suiza y de 3,4 en Finlandia, lo cual indicaría que los tiroteos masivos no eran tan comunes.

Sin embargo, la misma investigación descubrió que en Estados Unidos hubo 133 tiroteos masivos. Finlandia solo tuvo dos, en los que murieron dieciocho personas; Suiza tuvo uno, en el que ocurrieron catorce decesos. En resumen, incidentes aislados.

De tal modo que, aunque los tiroteos masivos pueden ocurrir en cualquier parte, son solo una cuestión de rutina en Estados Unidos.

Al igual que con la delincuencia, el riesgo subyacente es imposible de eliminar por completo. Cualquier persona puede caer o dejarse seducir por una ideología violenta. La diferencia es la probabilidad de que esto conduzca a un homicidio masivo.

En China, cerca de una decena de ataques aparentemente aleatorios a niños en edad escolar acabaron con la vida de 25 personas entre 2010 y 2012. La mayoría usaron cuchillos, ninguno un arma.

En contraste, en este mismo periodo, Estados Unidos experimentó cinco de sus tiroteos masivos más mortíferos, que mataron a 78 personas. Escalados por su población, los ataques estadounidenses fueron doce veces más mortíferos.

Más allá de las estadísticas

En 2013, las muertes relacionadas con armas de fuego en Estados Unidos incluyeron 21.175 suicidios, 11.208 homicidios y 505 muertes ocasionadas por un disparo accidental.

Ese mismo año, en Japón, un país que tiene una tercera parte de la población estadounidense, las armas de fuego solo ocasionaron 13 decesos.

Esto quiere decir que un estadounidense tiene 300 veces más probabilidades de morir a consecuencia de un arma de fuego que un japonés.

La tasa de propiedad de armas en Estados Unidos es 150 veces más alta que la de Japón.

La brecha entre 150 y 300 demuestra que las estadísticas relativas a la propiedad de armas de fuego por sí mismas no explican por qué Estados Unidos es diferente.

Además, Estados Unidos tiene algunos de los controles más débiles del mundo sobre quién puede comprar un arma y qué tipo de armas se pueden comprar.

Suiza tiene el segundo índice de propiedad de armas de fuego más elevado de cualquier país desarrollado, que es cerca de la mitad del de Estados Unidos.

Su índice de homicidios por armas de fuego en 2004 fue de 7,7 por cada millón de personas, que es extraordinariamente elevado, pensando en la relación entre la propiedad de armas y los homicidios, pero sigue siendo una fracción de la tasa de Estados Unidos.

Las leyes de posesión de armas en Suiza son más estrictas y dificultan mucho más tener y mantener un permiso, en cuanto a la venta y el tipo de armas que se pueden tener. Dichas leyes reflejan más que solo restricciones más duras. Implican una manera distinta de pensar en las armas, como algo que los ciudadanos deben ganarse el derecho de tener.

Una vigilia después del ataque de Las Vegas, el peor de la historia de Estados Unidos. Credit Hilary Swift para The New York Times

La diferencia es la cultura

Estados Unidos es uno de los tres países, junto con México y Guatemala, que empieza con la hipótesis opuesta: que la gente tiene un derecho inherente a poseer armas de fuego.

La razón principal por la que la norma estadounidense para poseer armas es tan débil se puede deber al hecho de que a las soluciones intermedias se les da un peso distinto en Estados Unidos en comparación con cualquier otro lado.

Después de que se registró un tiroteo en el Reino Unido en 1987, el país instituyó leyes estrictas de control de armas.

Lo mismo sucedió en Australia después de un incidente en 1996.

Sin embargo, Estados Unidos ha enfrentado una y otra vez el mismo problema y se ha determinado que la propiedad de armas relativamente desregulada vale la pena el costo para la sociedad. Esa decisión, más que cualquier estadística o norma, es lo que más diferencia a Estados Unidos.

“En retrospectiva Sandy Hook marcó el fin del debate del control de armas en Estados Unidos”, escribió Dan Hodges, un periodista británico, en un tuit hace dos años, en referencia al ataque de 2012 en el murieron 20 jóvenes estudiantes de una escuela secundaria en Connecticut. “Una vez que Estados Unidos decidió que matar niños era tolerable, no queda más que hacer”.

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Tomado del diario The New York Times