José Mujica, adiós al hombre humilde a quien el poder no logró arrebatarle la sencillez

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Mujica, frase y foto

Aquel hombre llamado José Mujica, llamado también Pepe Mujica, tiene un don que pocos hombres poseen: conservarse a sí mismo, con el espíritu simple y altivo. Por eso no lo cambiaron ni la humillante cárcel ni el máximo poder.

Estuvo años en prisión, en las peores condiciones en que puede estar un ser humano despreciado por quienes eran los dueños políticos y militares de Uruguay.

Fue torturado, acosado, amenazado.

Pasó encarcelado cinco años sin salir de su celda.

Sintió muchas veces que la muerte se venía.

Pero cuando salió de la prisión no se propuso vengarse.

Se propuso seguir aportando a su país con sus ideas y con su lucha por los pobres.

Sabía que la opción armada había quedado atrás: muchos compañeros murieron, desaparecieron, se fueron al exilio.

Pero dejar la opción armada no quiso decir dejar de ser revolucionario.

Y lo siguió siendo. Y lo es. Y morirá siéndolo.

Y su sueño, cuando muera, será más plácido que antes.

Y esa palomita que dará vueltas alrededor de sus cenizas le contará todos los días que Nuestra América cada vez es más digna y cada vez es menos humillada.

Por eso Pepe Mujica me recuerda tanto al líder sudafricano Nelson Mandela.

Mandela pasó 27 años (toda una vida) en prisión y cuando salió de ella jamás pensó en la venganza ni en la revancha.

Ni contra sus carceleros ni contra sus torturadores ni contra el poder blanco que quitó todos los derechos a los negros, nativos de una Sudáfrica invadida por holandeses e ingleses.

En enfrentamientos armados, Mujica fue herido de seis balazos. Apresado cuatro veces y, en dos oportunidades, se fugó de la cárcel de Punta Carretas.

En total, Mujica pasó casi quince años de su vida en prisión.

Su último período de cárcel duró trece años, entre 1972 y 1985.

Fue uno de los dirigentes tupamaros que la dictadura cívico-militar tomó como «rehenes», lo que significaba que serían ejecutados en caso de que su organización retomara las acciones armadas.

En esa condición, pautada por el aislamiento y por duras condiciones de detención, Mujica permaneció once años.

Pero cuando quedó libre, Mujica, al igual que Mandela, pensó en un futuro de paz y pensó en la misma palomita.

La misma palomita que en su tumba le contará cosas de Pepe, aún vivo, y le susurrará al oído que su ejemplo, el de Mandela, también sigue vivo aunque su cuerpo ya no esté en la Tierra sino debajo de ella, sembrando y dando frutos de esperanza y armonía entre los seres humanos.

El viernes 5 de diciembre fue una fecha inolvidable para los ecuatorianos. Vino Mujica. Pudimos escucharlo desde tan adentro, vivirlo como si fuera un padre, un consejero, un hermano mayor.

Entender cada mensaje, cada frase, cada pensamiento que quiso dejarnos y nos dejó.

Entender que allí, en la multitud que copaba el Centro Cívico, miles de palomitas invisibles sobrevolaban nuestras cabezas con las palabras de ese hombre tan distinto a los demás.

Tan distinto que no llevaba corbata. Que no vestía traje oscuro. Que traía una leva envejecida porque no le tocaba más, contra su voluntad, que vestir algo formal, aunque muy diferente a los elegantísimos trajes de sus colegas, mandatarios de los países de la Unasur.

Ese hombre que cuando el presidente Rafael Correa le puso en el cuello y en el pecho la Gran Cruz, agradeció y abrazó la ovación, pero segundos después se quitó la Gran Cruz con un gesto de “yo no merezco este tipo de cosas” y se la guardó en el bolsillo, como si fuera cualquier cosa, porque para él, sin soberbias ni arrogancias, la mejor condecoración ha sido y es existir, ha sido y es tener la vida.

Aquella vida que la vivió desde la cárcel, con la modestia más sombría pero digna.

Aquella vida que la vive, aún, en sus últimos días en el palacio de Gobierno de Uruguay, con la modestia más serena, siempre digna, sin guardaespaldas, sin autos blindados, sin pelotones de soldados que lo custodien, sin parafernalias estrambóticas de seguridad, sin ningún privilegio que lo diferencie de sus compatriotas.

La prensa mundial, entre el morbo y la admiración, nos ha mostrado su viejo Volskwagen celeste en el que se traslada todos los días desde su chacrita rural al palacio de Gobierno.

Nos ha mostrado el día en que le acercó un pordiosero y le pidió comida y él lo invitó a comer en un local cercano.

Nos ha mostrado la perra coja que recogió un día en la calle y que él ama tanto. ¿Por qué –ha dicho- para la prensa es noticia que un ser humano sea un ser humano?

Nos ha mostrado a un hombre con la serenidad como bandera, llena de colores apacibles, que nos desafía y nos reta -con tono paternal, con el tono de que los errores pueden corregirse en la vida propia y de los que vienen después que él-.

Nos reta a que asumamos un compromiso con la vida y en la vida, que no la dejemos pasar entre las intrascendencias y las dudas, que asumamos ese compromiso desde el tomar partido, desde el no ser neutral, desde la necesidad de luchar por la mayoría, por los desposeídos, por los marginados, incluso pareciéndonos a ellos en nuestra forma de existir.

Por eso el Volskwagen, el pordiosero, la perrita con tres patas, la chacra que en ningún caso es hacienda, como sí lo ha sido para muchos presidentes y expresidentes latinoamericanos que en el ejercicio del poder se fueron corrompiendo y terminaron con inmensas fortunas, dueños y señores de las mejores haciendas y de las mejores residencias en sus países, dueños y señores de las cuentas bancarias más caudalosas en Suiza.

Pepe Mujica no es un hombre como nosotros.

Algo lleva adentro (un ángel, un santo, un ser humano en armonía perfecta con él mismo, un convencido de que la humildad y la modestia son la esencia del verdadero revolucionario).

Algo que lo hace inmenso en su estatura pequeña.

Algo que lo hace impresionante en su aspecto sencillo.

Algo que lo hace un sabio en sus palabras sencillas.

Soñábamos desde hace tiempo tenerlo con nosotros. Tenerlo entre nosotros.

Y su venida a Guayaquil fue uno de los mejores regalos para quienes vemos que el cambio se hace así, desde el funcionario más puntual que en silencio llega a trabajar a su despacho, desde el campesino que trabaja la tierra, desde el hombre que maneja su viejo cacharro, desde el convencimiento de que no somos consumidores sino seres humanos, desde la convicción de que la vida no es atarse a una tarjeta de crédito ni a un sillón presidencial sino a un propósito alto y fecundo como es la más profunda revolución.

Se va del poder este domingo. Y, como dice él, pronto se irá del mundo. Los dos lutos serán inmensos. Nos hará falta, para siempre, no solo su palabra y sus consejos. No solo su integridad y su ética. No solo su manera de tomar decisiones valientes sin shows mediáticos ni complejidades.

Nos hará falta su faro, su luz, su guía.

Pero, al mismo tiempo, después de verlo y escucharlo aquel 5 de diciembre, jamás deberemos traicionar su legado, su bondad, su dulzura para proclamar que no hay otra forma de existir con dignidad siendo lo que uno es.

Siempre con la palomita girando sobre nuestras cabezas y recordándonos lo que estamos obligados a hacer.

Y a ser lo que hay que ser: vivir con sobriedad para que el peso de lo material, del exceso, del lujo, no nos quite jamás el sentido de la libertad como seres humanos.

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Lee también:

Mujica: En la vida no puedes ser neutral

https://rubendariobuitron.wordpress.com/2014/12/06/jose-mujica-en-la-vida-no-puedes-ser-neutral/

La solidaridad en la vida es una actitud de ida y vuelta

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Cecelia Webber

La solidaridad es una actitud de ida y vuelta.

Si por fin alguien extiende sus manos para ayudarte, debes estar consciente de que harás lo mismo con esa persona cuando la vida gire 180 grados.

Porque la vida gira.

Cambia.

Te reubica.

Y a veces sucede cuando menos lo esperas.

Así que no aceptes lo que no podrías o no quisieras dar.

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Ilustración: Cecelia Webber

Consejos para que el periodista construya su marca personal

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Misha Burlatsky

Por Natasha Tynes | IJNet.org

En la era de los recortes de empleos y del avance digital en los roles tradicionales de los medios, es cada vez más importante que los periodistas se destaquen.

Promocionarte como periodista es una manera de decirle a tus posibles empleadores qué es lo que puedes aportar.

Reconociendo la importancia de que los periodistas creen su propia marca, el Centro Internacional para Periodistas está llevando adelante un curso online titulado “Branding para profesionales de medios de comunicación”, desarrollado por Steve Buttry, un capacitador de medios digitales y profesor visitante de la Escuela Manship de Comunicación Social de la Universidad Estatal de Louisiana.

Para Buttry, “el branding [la creación de una marca] es un término general para referirse al esfuerzo de identificar a un periodista con su trabajo y distinguirlo de otros en el área”.

El curso cita ejemplos de periodistas que están haciendo un trabajo ejemplar para crear su propia marca, como Greg LinchMandy Jenkins y Jeff Edelstein, entre otros.

IJNet conversó con Buttry acerca del branding y lo consultó acerca de qué herramientas y consejos recomienda para que los periodistas logren crear su propia marca.

¿Cuáles son los cinco consejos que le brindas a los periodistas que quieren promocionarse?

  1. Una buena marca empieza con un trabajo de calidad. El branding no es un sustituto de la calidad, pero sí una manera de asegurarte de que tu buen trabajo será reconocido.
  2. Utiliza Twitter para participar de los intercambios acerca del periodismo y/o tu nicho en el periodismo y/o el nicho temático que cubres.
  3. Considera tener un blog para participar de los intercambios acerca del periodismo y/o tu nicho en el periodismo y/o el nicho temático que cubres.
  4. Googléate a ti mismo (con las palabras clave que crees que tu posible empleador usaría, especialmente si tienes un nombre común). Piensa en cómo los resultados te representan a nivel profesional. Si algo que aparece en los primeros resultados no te hace quedar muy bien, considera pedir una actualización (si el contenido está desactualizado, también puedes pedir un cambio en el titular). Además ten en cuenta la posibilidad de crear un contenido nuevo que tenga un fuerte posicionamiento en los buscadores y pueda aparecer en los primeros resultados de tu búsqueda.
  5. Asegúrate de proporcionar información detallada, actualizada y precisa de tu carrera en LinkedIn, en la sección “acerca de” de tu blog, en about.mey en tus cuentas en las redes sociales. En tu perfil de Twitter, Facebook u otras redes sociales, proporciona un enlace al mejor resumen de tu carrera que tengas.

¿Cuáles son los errores más comunes que cometen los periodistas a la hora de promocionarse?

Tal vez percibas que el branding consiste en “hablar sobre ti mismo” y de hecho a veces es importante que hables de ti. Pero no cometas el error de creer que el branding es solo hablar de ti mismo.

En otros entornos sociales (lugares de trabajo, fiestas, conferencias, etc.), a nadie le gusta estar con alguien que está todo el tiempo hablando de sí mismo. En las redes sociales esto funciona igual. Comparte enlaces acerca de las cosas interesantes que leas en la web. Retwittea tweets interesantes. Contéstale a las personas y únete a conversaciones interesantes. Luego, cuando compartas links acerca de tu propio contenido, la gente estará interesada en leer o mirar tu trabajo.

¿Qué herramientas digitales recomiendas para hacer branding periodístico?

Las herramientas pueden depender de tus habilidades: si produces videoperiodismo, herramientas como YouTube, Vimeo, Instagram y Vine son las más importantes. Si tu trabajo implica curar contenidos, herramientas como Storify, Spundge y RebelMouse serán clave.

¿Podrías dar ejemplos de periodistas que se estén promocionando realmente bien?

Andy Carvin es un ejemplo excelente. Cuando estaba en NPR, su cuenta de Twitter se volvió de lectura obligatoria durante los levantamientos de la Primavera Árabe. Se convirtió en una de las marcas más fuertes en las redes sociales, por no decir de todo el periodismo.

Esa marca en Twitter le dio la oportunidad de escribir un libro, Distant Witness (“Testigo Distante”), que fortaleció aún más su marca. Y cuando twitteó que NPR le había ofrecido un retiro incentivado, comenzó a recibir consultas de trabajo inmediatamente.

Mis ex colegas del proyecto Thunderdome de Digital First Media también son excelentes ejemplos de branding. Tenían fuertes marcas individuales y colectivas, de manera que cuando la compañía cerró Thunderdome durante la primavera pasada, a pesar de que estábamos restringidos a un reducido mercado de trabajo, el staff del proyecto consiguió excelentes empleos.

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Imagen de Misha Burlatsky

¿Curar la tristeza cuesta 60 dólares por cada consulta?

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Simon Siwak IIEn la avenida Eloy Alfaro me encuentro con un amigo. Empieza a caer la noche. Lo veo descompuesto. Frágil. Como si poco le importara la existencia. Como si la vida que circula a su alrededor no tendría sentido.

Me dice que no debería contar a nadie lo que le pasa, pero que si viene haciéndolo ya con el psiquiatra, ¿cómo no lo haría con un amigo?

Comenta que cada cita con su médico le cuesta 60 dólares y que en otros tiempos (no sé qué me quiere decir con “en otros tiempos”) habría protestado y exigido que alguna institución ponga freno a estos abusos.

¿Sobre la base de qué criterios te cobra 60 dólares un psiquiatra o un urólogo o un especialista en traumatología?

¿Quién pone las reglas? ¿Quién fija las tarifas?

Pero no, para qué, expresa resignado y con la mirada perdida en algún punto indescifrable de su propio espíritu.

Afuera oscurece. Con tino le digo que si quiere me cuente lo que le ocurre, porque no creo que su problema sean los 60 dólares. Tiene un trabajo y tenerlo no debiera ser el producto de su tristeza.

Cuando empieza a llover, en mitad de la noche, me pide que nos guareciéramos en una tienda de abarrotes. Él pide un sánduche con una cocacola. Yo, una botella de agua mineral con gas.

Nos sentamos en una especie de barra, de frente a una pared sucia, de color amarillento, con el único adorno de un calendario con fotos de flores japonesas y la publicidad de una marca de electrodomésticos.

Nada me anima, reflexiona en voz alta. Luego me mira. Me pregunta: ¿y a ti?
Le respondo que yo no soy el tema, que me cuente más de él.

¿Sabes cuántas decepciones llevo sobre mis hombros?, manifiesta en un tono discursivo de tarima.

Lo recuerdo, entonces, cuando era quien lideraba nuestro taller de literatura, las lecturas de novelas, poesía y ensayos políticos. Nuestra revista que apenas pudo circular cuatro números, nuestros libros cuyas primeras ediciones fueron un fracaso pero, al final, salieron, produjeron cierta bulla en la prensa, hubo uno que otro debate.

Yo ya no escribo. No escribo nada. Lo dice como si estuviera leyendo mis pensamientos. ¿Y tú? Sé que sí, aunque no he leído ninguno. Mejor dicho, ya no leo nada.

En la derrota de este hombre que tengo a mi lado y que come despacio un sánduche inútil (pan blanco, queso crema, un pedazo de tomate y un cuarto de hoja de lechuga) y bebe sorbos de cocacola me veo a mí y siento una extraña percepción de que quien está conmigo soy yo mismo.

Pero no. Es otro. Es el “otro”, como dicen los sociólogos y los teóricos de la comunicación social.

Deja a medias el sánduche y bebe a grandes sorbos la cocacola hasta terminarla. Afuera llueve con intensidad casi salvaje. Quito se vuelve hostil, más que de costumbre, un lunes por la tarde.

La tristeza cuesta 60 dólares y un montón de pastillas, susurra mientras observa la imagen de la flor en el calendario.

La flor parece oscurecerse, como la noche, allá afuera. Como los truenos. Como los relámpagos. Como la lluvia que no cesa.

¿Tú crees -me pregunta- que suicidarse no cueste?

Recuerdo a Iliana, una amiga querida. Hace unos 20 años me la encontré en un bus. Estaba bella, como siempre, pero pálida. Tenía la misma mirada de mi amigo. Me senté a su lado. Se puso a llorar. La abracé. Le dije que me iba a casa a visitar a mi madre y le pregunté si quería acompañarme.

Iliana me dijo que no. Que tenía mucho por hacer ese día. Que iría en el bus hasta el final del recorrido y luego regresaría en el mismo bus hasta el final del recorrido contrario y que eso haría hasta cansarse.

Una semana después supe que se había suicidado. Y lloré por mi incapacidad de ayudarla, de entenderla, de percibir que algún fuerte sismo le estremecía el alma.

¿Tú crees -me pregunta de nuevo mi amigo- que suicidarse no cueste?

Lo miro. Le respondo que no lo sé. En lo más profundo de mí quiero que me diga que está viviendo una pesadilla y que ya pasará.

¿Puedo ayudarte? ¿Qué te parece si salimos, dejamos que la lluvia caiga sobre nuestros hombros y nuestras cabezas y vas contándome lo que te ocurre?

No, replicó. “Voy de vuelta donde el psiquiatra y le pediré que me devuelva los 60 dólares. Miraré su rostro de desconcierto. De avaricia. ¿Estará el médico dispuesto a ceder 60 dólares a un paciente a quien ya lo vio, ya lo escuchó, ya lo aconsejó y ya le recetó? Y, además, le diré que he decidido suicidarme, así que de nada vale su tratamiento”.

No creo que valga la pena, balbuceo casi sin saber qué más decir. Nos quedamos en silencio.

Él se pone de pie, retira el banquito donde estaba, observa mi actitud.

Adiós, me dice. Yo me quedo sentado. Y yo ya no sé si nada es cierto.

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Ilustración de Simón Siwak

Opennemas, la plataforma para crear periódicos online

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Periódico digital imagenEn los últimos años, la industria del periodismo ha vivido una serie de transformaciones motivadas por la irrupción de lo digital.

Las redacciones físicas se reducen de tamaño y conviven con las ediciones digitales.

Muchos periódicos eliminan las ediciones en papel y se quedan con las digitales o, directamente, deciden apostar por lo puramente digital, debido a la gran reducción de costes, la frescura y la capacidad para reflejar la actualidad con los últimos cambios de forma inmediata.

Para desarrollar un periódico digital, tenemos que buscar una plataforma de gestión de contenido (CMS) rápida, fiable, intuitiva y con la posibilidad de customizar servicios en función de las necesidades que surgen a medida que el periódico va creciendo.

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El imprescindible milagro de asirse el uno al otro y viceversa

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Geraldine Lamanna

Un koala. Un árbol. ¿Lo que importa es el rol de cada uno en el abrazo o el imprescindible milagro de asirse el uno al otro y viceversa?

“50 sombras de Grey”, una estafa estética y una apología a la violencia contra la mujer

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Arkadiusz Branicki I

Janeth, digamos que se llama así, vende las entradas y pregunta qué puestos desean en las butacas de la sala.

“No”, dice cuando le pregunto si ella algún rato se dará un salto desde su counter hasta una de las salas para ver 50 sombras de Grey, basada en la exitosa primera novela de la serie de tres escrita por la novelista L. E. James.

Ese “no” suena a miedo, a rechazo ver pornografía, al pecado que significaría observar a una pareja haciendo, en el caso de esta película, ridículas acrobacias sexuales disfrazadas de erotismo.

Es su derecho. No tiene por qué hacerlo si no lo desea.

Y cuando abandono la sala de cine media hora antes de que termine la película y salgo en busca de la puerta principal vuelvo a mirar a Janeth, digamos que se llama así, y me acerco y le digo sí, tuvo razón, la película es tan mala que no tiene sentido perder tiempo y dinero en ella.

Y no porque sea diabólica ni pornográfica, como leo que la califican los curuchupas de todas partes, no porque las escenas de sexo sean fuertes o porque hay cosas que Janeth, digamos que se llama así, quizás no debería ver para no envenenarse el alma y pervertirse sexualmente. No.

50 sombras de Grey merecería el Antióscar, como opina Pablo Burneo en su cuenta @PabloXBurneo.

Sí, el Antióscar en todas las categorías: la peor película, el peor director, el peor guión, el peor casting, las peores actuaciones de los protagonistas, la peor fotografía, el peor (no, el inexistente) erotismo y, lo más grave, la peor apología de la violencia sexual contra la mujer.

Y mientras vamos de regreso a casa comento con Gabriela, mi mujer, que alguna institución privada o del Estado debería advertirnos (no censurarnos ni prohibirnos, sino advertirnos) acerca de la calidad, la relevancia, la estética, el contenido, la belleza o la dureza o la inutilidad de una película. Alguien tiene que hacerlo.

Miro las noticias sobre la película y veo que en España, más de 880 cines con sus decenas de salas estrenaron la película ayer.

La fecha del estreno estuvo bien pensada por los reyes del marketing, que mezclaron la fórmula para ganar dinero. Amor (¿amor?). Erotismo. (¿erotismo?). 14 de febrero (¿14 de febrero?).

En casa me pongo a recordar obras maestras del erotismo: El último tango en París. El imperio de los sentidos. Las edades de LulúLolita. El sensualistaEl amante. Klute. Malena. Pecado original. Emanuelle…

Y, por supuesto, aquella película que vi de adolescente y marcó parte de tu vida: Nueve semanas y media.

Nueve semanas y media, estadounidense, estrenada en 1986 y dirigida por Adrian Lyne, es uno de los íconos del cine erótico gracias a la calidad de todos los que intervinieron en su producción y sus dos profundos intérpretes: Kim Basinger y Mickey Rourke.

En Nueve semanas y media, Elizabeth (Kim Basinger) es una divorciada que trabaja en una galería de arte en Manhattan. Conoce a John (Mickey Rourke), se conectan de inmediato sus chips de sensualidad y sexo y no existe una simple exhibición de machismo y sometimiento -como en 50 sombras de Grey sino que se pone a prueba al espectador para reflexionar acerca del amor y el no amor, el sexo apasionado pero sin sentimientos, la pareja vista como unidad indisoluble mientras se unen sus cuerpos y como dos individuos en una vasta soledad cuando desatan sus lazos corporales.

Jéssica Pesántez @jessicapesante1 cita el blog GMC gcmx.wordpress.com, donde encuentro un lista de diez novelas eróticas “que valen la pena y no se llaman 50 sombras de Grey“.

Dice GMC: La sensualidad mediática de Las 50 sombras de Grey me tiene harta. Y es que aunque muchos piensen que los revolcones de Anastasia y Christian inauguran la novela cachonda, la literatura erótica de verdad, la perversa y rica, existe desde hace siglos. Además, el muy publicitado estreno de la película ya era malo (con sus apenas 11 minutos de sexo), pero hacerlo coincidir con San Valentín es el colmo de lo previsible. Para contrarrestar el derroche de lugares comunes propongo este coctelito de lecturas lujuriosas: combina autores internacionales e hispanoamericanos, títulos clásicos y otros más bien recientes, en total 10 ricas opciones de novela erótica. Para que nadie pierda su tiempo con Grey.

Y recuerda obras maestras, algunas llevadas al cine con una producción impecable, como:

1. La Venus de las píeles, de Sacher-Masoch (1870).
2. Las edades de Lulú, de Almudena Grandes (1989).
3. La historia del ojo, de Geors Bataille (1928).
4. Luna caliente, de Mempo Giardinelli (2009).
5. Lolita, de Vladimir Nabokov (1955).
6. Las piadosas, de Federico Andahazi (1998).
7. Historia de O., de Pauline Réage (1954).
8. Inmaculada o los placeres de la inocencia, de Juan García Ponce (1989).
9. Justine o los infortunios de la virtud (Marqués de Sade) (1791).
10. La pasión turca, de Antonio Gala (1993).

No están todas, porque hay decenas de obras maestras del cine y de la literatura que nos hacen atravesar y bucear por los espacios líquidos, estremecedores y psicológicos del amor sexual, la pasión carnal y la sensualidad.

Se me vienen más: la novela Justine, 1957, primer volumen del Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell. Un libro inquietante, poético e inolvidable.

O la conmovedora película  Madame Butterfly, con Jeremy Irons.

Atrapados en el marketing mundial, en la farandulización de los medios, en la frivolidad de los sentimientos, en la estafa estética, el mundo parece caminar hacia el vaciamiento de sentidos, de placeres, de deseos. A la imposición de valores, objetos, formar de actuar, masificación y reacciones mecánicas de hábitos, conductas y reacciones.

Alabada sea Janeth, digamos que se llama así, que vende entradas pero no entra en el juego que le impone la venta de esas entradas.

Bien lo informa diario El Mundo, de España:

“Lanzan una campaña para no ir al cine a ver 50 sombras de Grey. Es mejor donar los 50 € de las entradas y palomitas a las víctimas de violencia de género. Se busca dar dinero a las mujeres en refugios, porque es donde Anastasia (la protagonista) va a terminar. La cinta intenta presentar la violencia contra las mujeres como una relación romántica”.

Lee esta lista de diez grandes películas sobre sexo:                               http://www.bfi.org.uk/news-opinion/news-bfi/lists/10-great-films-about-sex

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Fotografía de Arkadiusz Branicki

David Carr, el periodista que se investigó hasta a sí mismo

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David Carr tenía la voz ronca de un pirata, los andares desgarbados de un Quijote y la mirada inquisitiva de Sherlock Holmes.

Parecía un reportero salido de otra era, de una película como Primera Plana, pero diseccionó como pocos las últimas revoluciones de los medios de comunicación.

Aplicó el rigor periodístico tanto en sus columnas en las páginas de Economía de The New York Times —textos con gramos de opinión y toneladas de información— y como en el libro en el que, con los métodos del reporterismo clásico, investigó las épocas más oscuras de su biografía más íntima.

La noche de la pistola (The night of the gun, en inglés) es un libro particular. En él, Carr intenta reconstruir parte de su vida, unos años que en su memoria quedaron bajo una nebulosa de drogas y alcohol.

Como sus recuerdos son borrosos y, como buen reportero, no se fía ni de su propia versión, decide investigar su pasado. Se investiga a sí mismo como si persiguiese la exclusiva del Watergate. Entrevista a novias y camellos. A compinches en las noches de farra y a jefes que lo despidieron. Consulta archivos y hemerotecas.

Carr utilizó la técnica del fact-checking —la comprobación de datos de una pieza periodística— para examinar su propia vida.

El título del libro, publicado en 2008, proviene de una noche en la que cree recordar que un amigo le apuntó con la pistola; al entrevistarlo, 20 años después, el amigo le explica que jamás tuvo un arma. “Esta es una historia”, escribe, “sobre quién tenía la pistola”.

Carr utilizó la técnica del fact-checking —la comprobación de datos de una pieza periodística— para examinar su propia vida. Creía que no existía mejor método que el reporterismo para llegar a la verdad y para mejorar las historias. Siempre, hasta el último día de su vida, en que entrevistó a la documentalista Laura Poitras y al periodista Glenn Greenwald sobre la película Citizen Four, buscó quién tenía la pistola.

El jueves por la noche murió de forma inesperada en la redacción de The New York Times, el diario que amaba con pasión juvenil —nunca dejó de maravillarse por la fortuna de trabajar en el Vaticano del periodismo de calidad— y que le convirtió en un referente para sus colegas de profesión y para las personas interesadas en los medios de comunicación. Tenía solo 58 años.

Sus artículos, que se publicaban cada lunes, eran lo que en Estados Unidos se denomina columnas reporteadas. Rara era la columna que no contenía una o varias declaraciones sacadas de entrevistas. Su honestidad era desarmante.

En una columna reciente confesó que hace unos años erró al minusvalorar la publicación alternativa Vice.

En otra, sobre las acusaciones de violación contra el cómico Bill Cosby, criticó a los periodistas que en años anteriores no le habían preguntado al actor por las sospechas que ya circulaban. Enumeraba una serie de reporteros que, aunque “estaban en el ajo”, no dijeron nada. Después añadía: “Y entre los que estaban en el ajo me incluyo a mí”.

Carr se convirtió en una figura pública gracias a Page One, un documental de 2011 sobre The New York Times.

El documental explicaba la crisis de la prensa en papel y la compleja transición al mundo digital, y lo hacía a través de los periodistas que cubrían los medios de comunicación en el Times.

Cultivaba ante la cámara la imagen de reportero curtido y malhablado, una especie de tío crápula de los veinteañeros y treintañeros que despuntaban en la Dama Gris.

Quedaba claro que Carr, formado en la prensa local de su ciudad, Minneapolis, y de Washington D.C., era más que un periodista especializado en los medios. Hablar de los medios era para él una forma de hablar del mundo, de la vida.

Su penúltima columna, publicada el lunes, abordaba el caso de Brian Williams, el presentador estrella de la cadena NBC, caído en desgracia al descubrirse que nunca ocurrió la historia que por años contó acerca de que el helicóptero en que viajaba en 2003 fue alcanzado por fuego enemigo. En realidad viajaba en otro helicóptero.

Carr, que de los engaños de la memoria algo sabía, entrevistó a 70 personas para reconstruir su propio pasado en La noche de la pistola.

Williams embelleció, quizá de buena fe, sus recuerdos, y al descubrirse la verdad, los torquemadas de la prensa y las televisiones estadounidenses se precipitaron a exigir su despido del telediario de la NBC.

El martes, la cadena lo suspendió durante medio año. Carr, que en sus columnas exhibía tanta retranca como empatía y piedad, fue de los pocos que discrepó. “No sé si el Sr. Williams debe perder su empleo”, escribió. “No creo que deba perderlo”.

(Tomado de diario El País de España)

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Mira el testimonio de David Carr sobre su manera de hacer periodismo:     https://www.youtube.com/watch?v=tIdVMiJxUwE

Fotografía de Stephen Chernin (AP)

 

La intolerancia sexual es una actitud nefasta para el futuro

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Peter Gric

Si en algún tema de profundo interés social aún que caminar mucho en el Ecuador, pese a los avances minúsculos que se han realizado, es en el del respeto a la diversidad sexual.

Judith Salgado, en su tesis “Derechos humanos y diversidad sexual” para la Universidad Andina, toma una cita de la ensayista estadounidense Judith Butler para sustentar la idea de que la afirmación pública de identidades lesbianas, gay y trans ha puesto en el debate la disputa por ser considerados como personas:

“La afirmación de los derechos sexuales toma un significado especial. Por ejemplo, indica que cuando luchamos por nuestros derechos no estamos sencillamente luchando por derechos sujetos a mi persona, sino que estamos luchando para ser concebidos como personas. Y hay una gran diferencia entre lo primero y lo último. Si estamos luchando por derechos que están sujetos, o deberían estar sujetos a mi persona, asumimos que la idea de persona ya está constituida. Pero si luchamos no solo para ser concebidos como personas, sino para crear una transformación social del significado mismo de persona, entonces la afirmación de los derechos se convierte en una manera de intervenir en el proceso político y social por el cual se articula lo humano”.

Este pensamiento nos lleva a preguntas que la misma autora se hace, como por ejemplo qué es lo humano y a quién se considera humano.

Señala que son preguntas y respuestas ineludibles, “pues definirán los límites de quiénes son considerados sujetos de derechos humanos en lo concreto y no en lo abstracto”.

Para aterrizar el tema en el Ecuador, Judith Salgado explora el caso de las personas LGBT donde, según ella, “existe un primer y enorme escollo para alcanzar la titularidad de derechos humanos en general y de derechos sexuales en particular”.

Esta población –indica Salgado- aún está peleando el reconocimiento de su plena humanidad, puerta de entrada a su vez para su reconocimiento como sujetos de derechos humanos en general. Su humanidad en el discurso hegemónico está aún en entredicho. El énfasis en la anormalidad, la enfermedad, la antinaturalidad, la patología, la depravación, colocan a LGBT en el ámbito de los excluidos de la noción de lo humano, con consecuencias nefastas”.

¿Por qué nefastas? Porque “las ideas predominantes sobre lo normal, lo natural, lo permitido, lo correcto, definen en la práctica las fronteras entre sujetos y no sujetos en la normativa, en su aplicación o en las relaciones cotidianas”.

Nefastas también porque los LGBT son víctimas del convencionalismo social, los prejuicios, los supuestos valores morales, la presunta “ética” conservadora reafirmada en la educación familiar, escolar y religiosa, consolidada en el torcido y morboso mensaje cotidiano de los medios de información, que narran los hechos de manera burda, irrespetuosa, estigmatizadora, escandalosa y sensacionalista cuando ha sido protagonista un LGBT, aunque no esté comprobada la relación de este con el hecho.

En ese tema coincide la visión de Judith Salgado, para quien “las transgresiones respecto a las prácticas aceptadas socialmente de con quién, donde, cómo y cuándo se desatan las sexualidades arrojan al ámbito de la anormalidad a un sinnúmero de personas y esto se ve atravesado por el género, la clase, la edad, la orientación sexual, la etnia, etc.”.

Si el dispositivo de la sexualidad –añade- crea sujetos y “no sujetos”, la lucha por los derechos humanos de los “no sujetos” se convierte en un espacio de disputa y negociación para quienes se encuentran de lado de la  heterosexualidad, la homosexualidad y la bisexualidad.

Los prejuicios que rodean a la diversidad sexual en el Ecuador se expresan, según aximox.blogspot.com, en que “en nuestro país el respeto a la pluralidad, en todas sus formas, aún no es una realidad” (y cabe precisar que este texto fue escrito en julio de 2009, hace seis años).

Leamos lo que explica aximox.blogspot.com: “Las creencias sociales que troquelan la organización de la vida colectiva estigmatizan lo distinto, lo que se aleja de la norma. Y como la norma es la relación heterosexual, las personas con un deseo distinto lo suelen reprimir, esconder o incluso, negar, hasta el punto de casarse y trata de vivir como heterosexuales”.

Son pocas las personas –añade el post- que asumen abiertamente su deseo distinto. Defender la diversidad sexual implica defender la vida democrática de nuestras sociedades. Y como el proyecto democrático, por sí solo, no genera condiciones para que exista libertad sexual, es necesario impulsar ciertos acuerdos sociales que eduquen contra la homofobia, impidan la discriminación y fomenten el respeto a la diversidad sexual humana.

La realidad contemporánea en el Ecuador es, por tanto, muy diferente a “la letra de la ley”, como diría un abogado. Uno es el discurso de las libertades sexuales y otra es la vivencia en el día a día.

El propio gobierno, que fundamenta su razón de ser en un proyecto de Revolución Ciudadana en el que todos tenemos los mismos derechos y, según la Constitución de Montecristi, nadie puede ser discriminado, no tiene una posición clara sobre el matrimonio gay y ha sido ambiguo en temas de tanta trascendencia como la despenalización del aborto, el control de la natalidad y la planificación familiar.

Al ser ambiguo, es el mismo Régimen el que deja abiertas las puertas para la homofobia (el odio o el rechazo a los homosexuales), para la discriminación a quienes optan por diversidades sexuales no convencionales, para reposicionar tesis fanáticas y extremistas como las del fanatismo esquemático del movimiento Opus Dei que, entre otras cosas, plantea que las relaciones sexuales solo deben tener carácter reproductivo, negando la posibilidad humana y natural del ejercicio del sexo como placer y como expresión de atracción, afecto o amor entre las parejas.

Esta es una asignatura pendiente para la Revolución Ciudadana. Una asignatura pendiente para la sociedad ecuatoriana.

Porque no se puede hacer una revolución verdadera si está atravesada de prejuicios contra lo diverso, que atentan justamente a la esencia de esa revolución: el sentido de la igualdad, de la equidad, del entendimiento al Otro -con mayúsculas-, aunque cueste dar ese paso histórico del curuchupismo moral intolerante a la libertad plena del ciudadano y de la persona para elegir su opción sexual.

El filósofo austríaco-británico Karl Popper, que intentó romper muchos tabúes alrededor de la convivencia y el respeto colectivos en relación con los derechos y las libertades, ya nos advirtió hace más de dos décadas de lo que podría pasar al encerrarnos en una casa de cristal para supuestamente preservarnos del “peligro” de convivir con lo que podríamos pensar que es distinto y diferente:

“Si somos absolutamente tolerantes, incluso con los intolerantes, y no defendemos a la sociedad tolerante contra sus asaltos, los tolerantes serán aniquilados y, con ellos, la tolerancia”.

Y eso nos atañe a todos.

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Fotoilustración móvil: Peter Gric

El difícil proceso de divorcio entre la tarjeta Diners y yo

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Marwane Pallas
Cerré para siempre mi tarjeta de crédito Diners hace tres semanas, pagando todo lo que había que pagar por los más mínimos trámites.
Pensé que la pesadilla había terminado.
Por fin no tendría sueños húmedos con la tarjeta, pero húmedos porque me ahogaban los intereses y las cuotas y el pago sin tasas a tres meses y toda esa parafernalia que parece fácilmente llevable pero cuando se acumula se convierte en un infierno.
Al mediodía de hoy llegué a mi casa para almorzar y descansar un rato con mi Gaby y bajo la puerta encontramos un estado de cuenta que me advierte que si no pago 3,90 (tres dólares con noventa) por “interés con mora”, no cerrarán la tarjeta y seguirán corriendo intereses.
¿Intereses de qué, si ya la cerré, si ya no tengo nada que ver con ella?
¿Qué mora, qué atraso, si desde agosto pasado no he comprado absolutamente nada con esa seudo famosa tarjeta que dice llevarte al infinito y más allá, como BuzzLigthYear?
Son las reglas, caballero, dice una voz robótica autodenominada “Jaime” cuando llamo a realizar el reclamo.
Y repite dos veces, por si acaso no le haya entendido: son las reglas, caballero; son las reglas, caballero.
¿Las reglas que, por ejemplo, no respetaron cuando en agosto pasado me clonaron la tarjeta y algún comedido (¿de Diners mismo?) viajó con una supuesta tarjeta mía a Bogotá, comió en un restaurante famoso y compró ropa por un total de 3.700 dólares?
Aquel robo colmó mi siempre suspicaz relación con Diners, me indignó y bloqueé la tarjeta.
Y me puse a pensar en las noches.
¿Qué seguridad tiene un cliente de tarjeta?
¿Para que los clonadores se aprendan de memoria tu firma, tienen cómplices en los bancos emisores de las tarjetas?
¿Podemos confiar en la honestidad inmaculada de nuestros “jefes de cuenta”?
¿En qué manos están nuestros datos, nuestros registros de gastos, nuestros ahorros?
El lío se agravó porque en lugar de hacerlo ellos, yo tuve que comprobar tras un largo papeleo que no he viajado a Colombia hace más de nueve años y que ni pienso hacerlo.
Solo ese momento se compadecieron de mí y bloquearon la tarjeta “hasta investigar”.
La indignación por el suceso me decidió.
Iría a Diners, en sus altas oficinas de concreto y hierro en la avenida Amazonas, cerraría mi cuenta y nunca más.
Así lo hice.
La señorita que me atendió, sorpresivamente agradable en el trato, me dijo que con los papeles que presenté y con las firmas que registré “quedábamos totalmente divorciados entre la tarjeta y yo”.
Se despidió con pena, dijo, y fingió una sonrisa fabricada en algún curso de motivación y media training de atención al cliente.
Yo me puse feliz.
Nunca más me comunicaría con Diners y esta no me llamaría con sus voces robóticas ni para saludar por Navidad o Año Nuevo, ni para saludar por Navidad o Año Nuevo (recuerden que son voces pregrabadas, sin sentimientos ni personalismos absurdos para la banca contemporánea, así que por eso se repiten).
Pero ahora resulta que les debo tres dólares con noventa centavos “por concepto de intereses por mora”.
Luego de pensarlo unos minutos, acabo de pagar vía electrónica, por si acaso quieran hacerme algún problema. Preferí no ir a pagar en las ventanillas porque podría ahorcar a alguien.
Pero me he quedado con la indignación de hacer algo contra mi voluntad, consciente de que estoy siendo estafado.
A algunos de ustedes les pareceré exagerado. ¿Armar tanta bulla por apenas cuatro dólares?
Se equivocan. Multipliquen esos casi cuatro dólares por los cientos de miles de “tarjetahabientes” de esa tarjeta.
Es la millonada que todos los días, con cualquier pretexto, se meten al bolsillo los dueños de los bancos.
Y después, con una cara de bobitos, quieren ser respetados, admirados, queridos, reconocidos y populares.
Y algunos hasta pretenden llegar a la Presidencia de la República.
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Dibujo de Marwane Pallas

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