La revolución educativa aún no llega al Valle del Chota

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Por Rubén Darío Buitrón

No. Lo siento. Acá no ha llegado la revolución ciudadana.

O, si ha llegado, estuvo un momento y pasó de largo.

Acá el tiempo transcurre en otra velocidad, como si desde hace muchos años se esperara algo que nunca llegará.

Acá el tiempo no transcurre con la misma velocidad que los gobernantes dicen que transcurre.

Este momento podría ser 1996.

O podría ser 2006.

Pero es septiembre de 2016.

Y la revolución hasta ahora no llega. Y, quizás, nunca llegará.

Por eso me resulta extraño, hasta patético, que los ochocientos alumnos del colegio técnico Valle del Chota, entre afros, mestizos e indígenas, y los 13 profesores, canten con tal fervor el himno nacional del Ecuador.

Porque el visitante podría creer que a estos niños y estos jóvenes y a estos maestros se les ha dado todo y por eso se emocionan tanto, se conmueven, son felices de vivir en un país donde existe equidad, donde hay trabajo, donde todas las unidades educativas están muy bien equipadas, donde no hay rastros de pobreza y de miseria.

El mismo protagonista de esta visita, Agustín Delgado, héroe nacional del fútbol y hoy asambleísta por el movimiento del oficialismo, toma el micrófono y con ojos de tristeza pero con voz firme, expresa que su pueblo, su etnia, su raza, siguen discriminados, viven en la pobreza, entre carencias y escaseces, porque el Estado les ha dado la espalda.

Sobre un patio polvoriento y seco, como el paisaje que rodea al plantel, con cerros secos de tonos ocres y grises, se asienta una serie de aulas prefabricadas con puertas de madera apolillada, unos sin vidrios, otros con las puertas deterioradas, la mayoría con pedazos de cristal que alguna vez fueron ventanas, por donde todo el tiempo entra el polvo.

Adentro, los pupitres de metal o de fórmica desvencijados y en unas dos o tres aulas un grupo de muebles de madera desportillada sirven de archivadores, de libreros, de estantes donde se guardan los documentos del plantel y de los estudiantes.

Todo es parte de una historia viva del lento pero irrefrenable deterioro de la vida en el colegio técnico Valle del Chota.

¿Son rumores los que vamos a oír o sentimientos de estudiantes que conocen cómo es la otra realidad?

Pero lo dicen: Mariana (nombre protegido), una adolescente de 16 años, bromea conmigo cuando me pregunta si luego de visitar su colegio me iré a ver cómo es la Unidad del Milenio de Piquiucho (a unos 20 minutos de allí en vehículo, en la provincia de Carchi), un plantel como los que el Gobierno ha inaugurado en decenas de lugares del país y de los cuales el Régimen se enorgullece.

Pero Mariana hace un gesto como si esa posibilidad la molestaría mucho.

¿Por qué?

“De Piquiucho se vienen para acá. Dicen que ese colegio no les gusta”.

Podría ser una subjetividad o una simple percepción, aunque cuando converso con la inspectora, Elizabeth Díaz, más bien se me dibuja la idea de que existe un resentimiento por la forma en que se trata a unos y por la forma en que se trata a otros.

Elizabeth debe viajar todas las mañanas desde Ibarra hasta acá y al mediodía comer lo que haya: “Solo en eso, en bus y en el almuerzo, se me van cinco dólares diarios”

Su salario mensual son 600 dólares, pero en realidad recibe unos 80 menos con los descuentos de ley.

Otra profesora, que prefiere no identificarse, reclama que ni siquiera está completa la plantilla de profesores: “Necesitamos 46 pero solo estamos 34. Muchos se fueron el año pasado y los que aquí estamos ni siquiera tenemos contrato, solo somos provisionales”.

En su discurso, el director, Joel Chalá, un afro corpulento con el cabello rizado recogido por detrás con una liga, reclama indignado: “Ya no nos dominan por la fuerza, pero sí por la ignorancia. Por eso nos tienen así. No quieren que nuestros niños un día lleguen al poder”.

Tres días después de esta valiente declaración, Chalá envió una carta en la que, supuestamente, nunca dijo lo que dijo.

Y claro que lo dijo. Lo tengo textual en mis notas. Pero si tiene miedo o lo presionaron, se lo doy diciendo yo:

“Ya no nos dominan por la fuerza, pero sí por la ignorancia. Por eso nos tienen así. No quieren que nuestros niños un día lleguen al poder”.

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Fotografías de Juan Carlos Cevallos

 

Los periodistas le tenemos miedo al periodismo

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Los periodistas le tenemos miedo al periodismo.

Mientras los libros, los talleres, los seminarios, los expertos, los críticos y las mejores plumas contemporáneas insisten en la urgencia de contar historias y escribir crónicas, menos historias y crónicas aparecen en la prensa.

¿Por qué la urgencia de contar historias como única posibilidad de salvar al periodismo?

Porque en un planeta cada vez más conectado con miles de millones de noticias diarias, donde la reflexión no tiene espacio, cada vez es menor nuestro conocimiento del mundo y de nosotros mismos.

Bombardeados con tanta información que recibimos cada instante en el celular, en el televisor, en el tuiter, en la radio, en el cine, en el facebook, en el cable y en internet, los humanos cada vez tenemos menos posibilidades de profundizar, de contextualizar, de conocernos, de entendernos.

Y así vamos perdiendo, de manera acelerada, la sensibilidad para ahondar en el alma social, para detectar con qué tipo de psicología respondemos al vértigo de los hechos, para reflexionar acerca de la manera cómo los humanos reaccionamos, actuamos, decidimos, dudamos, procedemos, existimos…

Que yo sepa, en prensa no existe nada mejor que la crónica para acceder a esas profundidades humanas.

Pero para eso se requiere una actitud distinta de los periodistas y de los medios donde trabajan esos periodistas.

Una actitud distinta, incluso, de los periodistas que trabajan en los departamentos de relaciones públicas o comunicación institucional de entidades estatales y privadas. ¿Por qué no?

Así como la noticia sin contextualización ni referentes ya no es noticia, el boletín de prensa sin esos elementos ha quedado obsoleto y no tiene impacto ni repercusión en los presuntos destinatarios.

Por eso, nada mejor que hacer periodismo para hacer periodismo: la información que se construye desde el escritorio es fría, gris, plana, monótona, repetitiva.

Y si esa información no logra conectarse con las audiencias, no tiene sentido hacerla.

El culto a la personalidad y una agenda de oficina es un mal de los relacionistas públicos en las entidades estatales y privadas.

Es cierto que lo hacen obligados por el ego de sus superiores, la arrogancia de sus directivos, la vanidad de los dueños o de los altos mandos políticos, el autoritarismo de los jefes, pero también desde la costumbre, el facilismo, la retórica, la comodidad y el adulo.

Los periodistas de los medios también deben levantarse de sus escritorios y ensuciarse las zapatos. Desafiarse. Dejar atrás las manidas estructuras de la noticia convencional.

Salir a las calles, a los barrios, a los pueblos, a las ciudades, al país, al mundo. Y contar. Contar la vida que se respira allí.

No existe otra manera de perder el miedo al periodismo.

¿Fracasó la izquierda latinoamericana?

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CIUDAD NEZAHUALCOYOTL, ESTADO DE MÉXICO.- Personas pobres viven a las orillas del Canal de la Compañía en los limites de los municipios de Nezahualcoyotl y Chimalhuacán. Subsisten con el poco dinero que les deja la recolección de basura. FOTO: SAÚL LÓPEZ/CUARTOSCURO

*Martín Caparrós (The New York Times)

Ya no sé cuántas veces lo he visto escrito, lo he oído repetido: está por todas partes. La frase se ha ganado su lugar, el más común de los lugares, y no se discute: la izquierda fracasó en América Latina.

Es poderoso cuando un concepto se instala tanto que ya nadie lo piensa: cuando se convierte en un cliché.

El fracaso de la izquierda en América Latina es uno de ellos. El fracaso de los gobiernos venezolano, argentino o brasileño de este principio de siglo es evidente, y es obvio que sucedió en América Latina; lo que no está claro es que eso que tantos decidieron llamar izquierda fuera de izquierda.

Hubo, sin embargo, un acuerdo más o menos tácito. Llamar izquierda a esos movimientos diversos les servía a todos: para empezar, a los políticos que se hicieron con el poder en sus países.

Algunos, en efecto, lo eran —Evo Morales, Lula— y tenían una larga historia de luchas sociales; otros, recién llegados de la milicia, la academia o los partidos del sistema, simplemente entendieron que, tras los desastres económicos y sociales de la década neoliberal, nada funcionaría mejor que presentarse como adalides de una cierta izquierda.

Pero las proclamas y la realidad pueden ser muy distintas: del dicho al lecho, dicen en mi barrio, hay mucho trecho.

La discusión, como cualquiera que valga la pena, es complicada: habría que empezar por acordar qué significa “izquierda”.

Es un debate centenario y sus meandros ocupan bibliotecas, pero quizá podamos encontrar un mínimo común: aceptar que una política de izquierda implica, por lo menos, que el Estado, como instrumento político de la sociedad, trabaje para garantizar que todos sus integrantes tengan la comida, salud, educación, vivienda y seguridad que necesitan. Y que intente repartir la riqueza para reducir la desigualdad social y económica a sus mínimos posibles.

Creo que, en muchos de nuestros países, poco de esto se cumplió. Pero creer y hablar es relativamente fácil. Por eso, para empezar a pensar la cuestión, importa revisar las cifras que intentan mostrar qué hay más allá de las palabras discurseadas.

Por supuesto, el espacio de un artículo no alcanza para un recorrido completo: cada país es un mundo. Así que voy a centrarme en el ejemplo que mejor conozco: la Argentina del peronismo kirchnerista.

Primero, las condiciones generales: entre 2003 y 2012 el precio de la soja, su principal exportación, llegó a triplicarse. Los aumentos globales de las materias primas ofrecieron a la Argentina sus años más prósperos en décadas.

Con esa base privilegiada y 12 años de discursos izquierdizantes, Cristina Fernández de Kirchner dejó su país, en diciembre pasado, con un 29 por ciento de ciudadanos que no pueden satisfacer sus necesidades básicas: 10 millones de pobres, dos millones de indigentes.

El 56 por ciento de los trabajadores no tiene un empleo estable y legal: desempleados, subempleados, empleados en negro y en precario. Un tercio de los hogares sigue sin cloacas y uno de cada diez no tiene agua corriente. Y hay casi cinco millones de malnutridos en un país que produce alimentos para cientos de millones, pero prefiere venderlos en el exterior.

Aunque, por supuesto, el relato oficial era otro: en junio de 2015, la presidenta Fernández dijo en la Asamblea de la FAO que su país sólo tenía un 4,7 por ciento de pobres; su jefe de gabinete, entonces, dijo que la Argentina tenía “menos pobres que Alemania”.

Para conseguirlo, su gobierno había tomado, varios años antes, una medida decisiva: intervenir el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos y obligar a sus técnicos a producir datos perfectamente inverosímiles.

Pese a los discursos, en los años kirchneristas también aumentó la desigualdad en el acceso a derechos básicos como la educación y la salud. En 1996, el 24,6 por ciento de los alumnos iba a escuelas privadas; en 2003 la cifra se mantenía; en 2014 había llegado al 29 por ciento. Los argentinos prefieren la educación privada a la pública, pero no todos pueden pagarla: su uso es un factor de desigualdad importante, y creció un 20 por ciento en estos años.

En 1996 la mitad de la población contaba con los servicios médicos de los sindicatos, el 13 por ciento un plan médico privado y el resto, el 36 por ciento más pobre, se las arreglaba con la salud pública. La proporción se mantiene: entre 15 y 17 millones de personas sufren la medicina estatal, donde tanto funciona tan mal.

Es la desigualdad más dolorosa, como bien pudo ver la presidenta Fernández cuando —diciembre de 2014— se lastimó un tobillo en una de sus residencias patagónicas y la llevaron al hospital provincial de Santa Cruz. Allí le explicaron que no podían curarla porque el tomógrafo llevaba más de un año roto, y la mandaron en avión a Buenos Aires, 2.500 kilómetros al norte.

Mientras las diferencias entre pobres y ricos se consolidaban, mientras la exclusión de un cuarto de la población producía más y más violencia, las grandes empresas seguían dominando. En agosto de 2012 Cristina Fernández lo anunciaba sonriente: “Los bancos nunca ganaron tanta plata como con este gobierno”.

Era cierto: en 2005 se llevaban el 0,33 por ciento del Producto Interno Bruto; en 2012, más de tres veces más. Ese mismo año el Fondo Monetario Internacional informaba que la rentabilidad sobre activos de los bancos argentinos era la más grande del G-20, cuatro veces mayor que la de los vecinos brasileños.

Y la economía en general siguió con la concentración que había inaugurado el menemismo: en 1993, 56 de las 200 empresas más poderosas del país tenían capital extranjero y se llevaban el 23 por ciento de la facturación total; en 2010 eran más del doble —115— y acaparaban más de la mitad de esa facturación.

Y esto sin detenerse en el sinfín de corruptelas que ya colman los tribunales de justicia con ministros, secretarios, empresarios amigos, la propia presidenta. ¿Se puede definir “de izquierda” a un grupo de personas que roba millones y millones de dineros públicos para su disfrute personal?

Ni detenerse en la locura personalista que hace que estos gobernantes –y por supuesto la Argentina– identifiquen sus políticas consigo mismos. ¿Se puede definir “de izquierda” a una persona que desprecia tanto a las demás personas como para creerse indispensable, irreemplazable?

Son más debates. Mientras tanto, sería interesante repetir la operación en otros países: comparar también en ellos las proclamas y los resultados. Quizás allí también se vea la diferencia entre el reparto de la riqueza que llevaría adelante un gobierno de izquierda y el asistencialismo clientelar que emprendió éste.

Quizás entonces se entienda por qué, mientras algunos de estos gobiernos se reclamaban de izquierda, sus propios teóricos solían llamarlos populistas, una tendencia que la izquierda siempre denunció, convencida de que era una forma de desviar los reclamos populares: tranquilizar a los más desfavorecidos con limosnas —subsidios, asignaciones— que los vuelven más y más dependientes del partido que gobierna.

Pero el lugar común pretende que lo que fracasó fue la izquierda –y eso les sirve a casi todos. A aquellos gobiernos, queda dicho, o a sus restos, para legitimarse.

Y a sus opositores del establishment para tener a quien acusar, de quien diferenciarse, y para desprestigiar y desactivar, por quién sabe cuánto tiempo, cualquier proyecto de izquierda verdadera.

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*Martín Caparrós, escritor, novelista y cronista argentino.

Aprendiendo a perder…

fotografia-aprendiendo-a-perderEstamos empeñados en ser ultrafelices a tiempo completo y la consecuencia es que la gente no sabe qué hacer con el desasosiego cotidiano.

Por Rosa Montero*

ESTA SOCIEDAD en la que vivimos no nos enseña a perder. Tampoco es que nos haya enseñado bien a ganar, desde luego, y saber ganar es un conocimiento muy importante, porque si no digieres y relativizas tu triunfo es probable que se te fosfatinen las neuronas.

Yo he visto a algunas personas tan confundidas que creyeron que el éxito era un lugar que habían conquistado, algo tan sólido y tan suyo como si se hubieran comprado un chalet en la sierra; y cuando se acabó (porque todo lo que sube, baja, y el éxito, que no es más que la mirada benevolente de los otros, es especialmente volátil) se quedaron desconsoladas, descolocadas, como alienígenas cuyo planeta hubiera sido repentinamente desintegrado por una supernova.

Así que saber ganar también tiene su intríngulis. Pero cuando digo que no nos han enseñado a perder me refiero a que el fracaso, al igual que la muerte (ese gran, inevitable fracaso de la vida), es una realidad esencial que el mundo se empeña en ocultar.

No siempre ha sido así; ha habido otras épocas mucho más conscientes de la decadencia de las cosas y de los irremediables reveses del destino.

Ya se sabe que cuando los generales romanos celebraban sus espectaculares desfiles de triunfo, el esclavo que les acompañaba en la cuadriga y que sostenía sobre sus cabezas la corona de laurel iba musitando constantemente en sus oídos: “Mira atrás y recuerda que sólo eres un hombre”.

Nuestro modelo social, en cambio, ha decidido prescindir de esas reflexiones tan fastidiosas para centrarse en el brillo y el jolgorio.

A juzgar por los anuncios publicitarios, la vida es una fiesta interminable, lo cual tiene poquísimo que ver con la realidad, porque, incluso en el mejor de los casos, vivir tiene su cuota de desazón y duda.

El malestar también forma parte de la existencia, igual que la alegría, pero se diría que el espejo colectivo en el que nos miramos no admite zonas de sombra, así que todos estamos demasiado empeñados en ser dichosos en sesión continua, ultrafelices y megadivertidos a tiempo completo, como si eso fuera lo normal.

Y no, no es normal ni tampoco posible, pero la consecuencia de esta mentira es que la gente no sabe qué hacer con el desasosiego cotidiano y, en cuanto se topa con una pequeña frustración, piensa que está deprimida.

No, hombre. La depresión es otra cosa. Que los días chirríen un poco de cuando en cuando es inevitable, sano, hasta necesario.

Estuve reflexionando sobre todo esto en los pasados Juegos Olímpicos, esa apoteosis del triunfo personal.

Por supuesto que a mí también me emocionaron los deportistas que subieron al podio. Son seres formidables, los mejores del mundo, titanes que te dejan boquiabierta.

Pero verán, en Río participaron 11.551 atletas de más de 200 países, y sólo un 10% consiguió medalla. Ahora piensen en esos miles de participantes que perdieron.

Piensen, sobre todo, en los que quedaron en los cuartos puestos, tal vez a una milésima de segundo del bronce. Nadie se acordará de ellos. No constarán en los anales.

Probablemente llevaban cuatro años, o más, viviendo única y exclusivamente para llegar a Río. Un dilatado tiempo de sacrificio. Y es posible que ya no puedan alcanzar los próximos Juegos. Muchos de ellos han desaprovechado, digamos, la oportunidad de su vida. Eso sí que es fracasar por todo lo alto.

Y ¿saben qué? Los admiro.

Creo que los admiro aún más que a los ganadores.

Pienso que la prueba a la que se enfrentan es más difícil. Una hazaña doblemente heroica por anónima.

Conseguir colocar todo eso, hacer frente a la propia decepción y a la de los demás, no caer en la culpa, en la paranoia, en la ira, en el arrepentimiento inútil, en el melodramatismo de pensar que has tirado varios años de tu existencia, en la búsqueda de chivos expiatorios y en tantas otras trampas venenosas a las que puede conducirnos la frustración.

Me gustaría saber más de ellos y de cómo sobrellevan esa silenciosa proeza olímpica, porque no hay ser humano que no haya conocido el sabor de la derrota y quiero aprender de su fortaleza.

Ya sé que es preciosa la alegría de los ganadores, pero si los Juegos pueden enseñarnos algo es sobre todo eso: a perder.

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*Rosa Montero

Los 75 hermosos años de Mariana, una ibarreña de corazón puro

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Por Rubén Darío Buitrón

Su rostro resplandece en la mitad de la mañana.

Mariana de Jesús Mestanza Reyes ama a Ibarra con el corazón entero.

Nació en Urcuquí, pero acá en Ibarra hizo su vida.

Lo más probable es que su rostro resplandezca siempre, donde esté, donde vaya, donde iluminen su dulce mirada y su tierna sonrisa y su suave manera de pronunciar las frases y las palabras, su forma de recibirme en su casa, su don de gentes.

Es difícil hallar una mujer que diga su edad de la manera que Mariana de Jesús Mestanza Reyes lo dice: “En noviembre cumplo mis hermosos 75 años”.

Cree con firmeza en Dios, pero su fe no está basada en lo abstracto sino en los hechos, en el ejemplo, en los actos de amor de cada día por las personas.

Cuando tenía 50 años murió su esposo, Luis Aníbal “Chalo” Castillo, por un cáncer al hígado.

Luis Aníbal fue el amor de su vida, el único amor, y fue como si al conocer a un solo hombre conociera a todos los hombres. “El diálogo y el respeto siempre serán la clave del amor”.

Él era muy detallista. Y aunque le dejó un vacío irrempazable, lo recuerda cada día como si fuera hoy. Siempre se dijeron “mi amor” en lugar de sus nombres y él era muy detallista. Todas las tardes llegaba con una flor, aunque sea con una arrancada de su propio jardín: era el símbolo del inmenso cariño por su esposa.

Pero la vida es irónica: Chalo nunca tomó bebidas alcohólicas y ahí Mariana, que tiene espíritu de investigadora, de científica, de periodista, se puso a leer en busca de la razón de ese cáncer que le parecía injusto.

Así descubrió que aquel mal, la cirrosis, no solamente ataca a quienes beben alcohol, sino también a las personas que toman pastillas en exceso.

Con “Don Chalo” tuvo cinco hijos. Aníbal (54), Nelly (52), Amparito (50), Vivienn (48) y Alica (45) que vive en España.

Mariana vive en su casa con su hija Amparito y su nieta (24), Cynthia Chávez Castillo, especializada en Nutrición, y su hermoso cachorro negro negro negro llamado Can, un bulldog francés de cinco meses que ahora es su mimado.

Su mejor amiga es Olga Ortiz, a quien considera que la ayudó a salir de una prisión virtual a la que les someten a los viejitos, como si estos no fueran tan seres humanos como los otros.

Recuerda que en un almacén de su casa tuvo, por muchos años, la popular heladería Geraldine, donde le fue muy bien durante 22 años: “Las ventas eran locas”, pero cuando Don Chalo empezó a enfermar y ya no podía valerse por sí mismo, Mariana tuvo que dejarlo todo para acompañar al hombre de su vida, aunque aún mantiene el don del sabor cuando con insistencia me brinda un delicioso jugo de frutilla y una sabrosa arepa con queso.

Mirar a Mariana es sentir que se mira un lago, un bosque, un paisaje apacible.

Porque Mariana es apacible. Es optimista. Es inteligente. Mantiene una conversación interesante.

Lee mucho y cuando no tiene a la mano una revista o un libro toma su “tablet” e ingresa a Internet.

Su filosofía básica es que la preocupación es la clave de toda enfermedad.

Recuerda cuando veía desde la ventana que su esposo regresaba del trabajo con gesto de tristeza o de incertidumbre. Salía a recibirlo, le llenaba de abrazos y ternura y lo llevaba a caminar por el barrio: el respeto y el diálogo son la esencia del amor. Y lo curan todo.

Los problemas no son nuestros, explica Mariana.

Porque las penas y las angustias hay que ponerlas en las manos de Dios y Él es quien soluciona las cosas. Él es el único que tiene la llave de las puertas de los líos.

A eso se debe que su actitud ante la vida es así, serena, tranquila.

A eso se debe que ama a Ibarra con el corazón entero y busca cómo aportar a la ciudad no solo cuando hay fiestas cívicas, porque eso es lo que hacen todos, sino en su cotidianidad, en su cada día.

En su amplia casa de dos pisos, cuyo único defecto es llenarse de esmog y humo y ceniza por el paso de los buses con el tubo de escape en una esquina alta, están la sala y el comedor.

Una sala sin lujos, pero digna, impecable. Dos sofás y cuatro butacas de tapiz verde petróleo rodean a una mesita redonda, de madera. Allí es donde investiga, anota, busca datos. Sí, debió ser periodista por su pasión por saber, por no callar, por ir a la fuente si tiene una duda.

Yo la conocí de esa manera. A los tres días de que el papa Francisco santificara a la polémica monja Teresa de Calcuta llegó a mi oficina, me miró fijamente a los ojos y me preguntó, a quemarropa, por qué había escrito una nota en la que ponía en evidencia aquellas preguntas oscuras y nunca respondidas por el Vaticano.

Le entregué el documento de una investigación de la BBC de Londres y le expliqué cómo la religión muchas veces enmascara objetivos geopolíticos.

Se fue con el documento. Y al día siguiente estábamos charlando en su casa. Y ella, contenta porque se le despejaron las dudas.

Así es esta ibarreña que ama a su ciudad caminándola, conociéndola, sorprendiéndose con lo nuevo, visitando la iglesia, acudiendo donde sus amigas, disfrutando de los 600 dólares que recibe cada mes como pensionista del Seguro social.

Vive cada día con la intensidad y los sueños de una joven. Ha sido seis veces presidenta de la Asociación de  Jubilados Ibarra gracias a su liderazgo y nunca deja de asistir a talleres, foros, cursos y programas de la organización a la que pertenece.

Es una mujer colmada de optimismo y ganas de vivir y de luchar, en especial por los adultos mayores.

Entre los jubilados de la Asociación Ibarra es una de las principales líderes y es la persona que contagia alegría, dignidad y ganas de disfrutar de sus bellos años.

Porque sabe de la existencia. Porque a sus hijos y a sus amigos siempre les ha enseñado tres secretos.

Uno, que si tienes una preocupación debes dejarla en manos de Dios, porque tú solo no la puedes resolver.

Dos, que jamás escondas la cara a tus obligaciones y desafíos: “Siempre hay que dar la cara, enfrentar. Nunca te escondas”.

Y, tres, que si has dicho sí nunca digas no. O, como lo dice ella, textual: “A mí no me sacan un no si he dicho sí”.

Con los recuerdos de su heladería nunca ha dejado de hacer lo que debe hacer:

A la entrada de su casa, en la esquina de las calles Rafael Larrea 547 y Bartolomé García y a pocas cuadras de la iglesia de la Virgen del Quinche, Mariana Mestanza tiene un pequeño jardín adornado con gladiolos y un minihuerto donde cultiva hortalizas.

Es feliz porque siempre ha buscado ser feliz y ha dejado que la vida la hiciera feliz. Con su esposo, con sus cinco hijos. Con su manera de emanar luz de su rostro.

A sus hermosos (porque sí, son hermosos) 75 años vive con calma. Sufre (¿sufre?) de presión alta. No. No sufre. Porque si tiene algún problema lo pone en manos de Dios. Y Dios le hace milagros día a día.

Cada mañana toma una pastilla de Presabel y la presión deja de ser un problema.

Y sale a caminar, resplandesciente, iluminando Ibarra en cada paso que da.

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Fotografía: Luis Eduardo Celi

 

 

 

¿Por qué diablos la gente sigue creyendo en la derecha?

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Gernot Ernst, médico y consejero político de la Izquierda Socialista de Noruega

Por Alberto Buitre*

TOLUCA, ESTADO DE MÉXICO. –No creo en el destino, pero hay ciertos momentos en la vida que casi me convencen de creer que nada es casualidad. Uno de esos momentos fue cuando conocí a Gernot Ernst.

En esto venía pensando desde tiempo atrás: ¿Por qué la gente sigue apoyando a la derecha, a pesar que, bajo sus gobiernos, ya saben que es cuando peor les va?

En Estados Unidos, Donald Trump no pierde popularidad.

En España, la población continúa votando al Partido Popular.

Mauricio Macri hoy es presidente de Argentina gracias al voto masivo de la gente.

Y en México, nos preparamos para lo que puede ser la vuelta a la presidencia del Partido Acción Nacional… ¡¿Por qué diablos?! Y de tal respuesta, quería escribir un artículo.

Pero no daba con una razón convincente. La teoría dice mucho, sí, pero no lograba empatarla con el siglo XXI. Entonces acudí este fin de semana a Toluca, Estado de México, a una conferencia sobre la crisis del capitalismo organizada por el Partido del Trabajo, y conocí al doctor Ernst.

Ernst es un intelectual en serio. Médico anestesiólogo del Vestre Viken Hospital Trust, en Korngbesrg, Noruega. Neurobiólogo y científico social, ha realizado investigaciones en Teoría de la Complejidad asociadas a la medicina y las ciencias sociales. Además, es consejero científico del Partido de la Izquierda Socialista de Noruega. O sea, el sujeto sabe de lo que habla.

En su ponencia, Ernst dijo que el pensamiento de derecha tiene una explicación neurocientífica.

El contexto social actual es el caldo de cultivo para esto. Internet literalmente bombardea con mierda los cerebros de las personas.

La llamada “shitstorm” –término urbano para describir una serie de cosas que van aparentemente bien, pero que, al realizarse, terminan horrendamente mal–, dejan cosas (selfies, memes, chats, fotos y videos cualesquiera) que desaparecen rápido y dejan frustración. Las redes sociales están plagadas de pseudoargumentación, generan egoísmo y con ellas es fácil burlarse de asuntos realmente serios, como una tragedia humana, un acto de corrupción política, y la lucha de un grupo de personas por sus derechos. Mierda, pues.

Y lo más peligroso de todo: generan miedo. Y el miedo es la materia prima de la derecha.

Ernst explicó que la derecha sabe muy bien lo que hace, cuando le habla a las audiencias. Por ejemplo, crean enemigos abstractos: migrantes, homosexuales, mujeres, anarquistas; en ellos se funda la razón del miedo. Entonces un candidato o candidata de derecha aparece como una figura paternal, que es capaz de arreglar tus problemas. Provoca –dice el doctor–, patriarcado.

Y al padre todo se le cree; por ser padre, y por haberte puesto en una posición infantil de indefensión.

De hecho, una vez entregándote a él, cada afirmación que haga la tomas como válida. No importa si sabes que es mentira; no importa si él mismo sabe que es mentira, explica Ernst.

Se ha creado una imagen del “nosotros contra los otros”. No argumenta. No te pone a pensar, no lo necesita. Lo único que la derecha requiere es poner imágenes en tu mente mediante palabras y definiciones: “Los mexicanos son violadores y traen drogas”.

¿Buscaba una respuesta? Ahí la tenía. Pero no era suficiente. Quería saber más, y entonces me lancé a conversar con él.

–Ernst, dime, ¿por qué tiene tanto éxito la derecha hoy en día?

–Los medios de información han cambiado, particularmente internet. Pero también la forma de educación, de movimiento, esto provoca que nuestra mente cambie, que tengamos dificultades de concentrarnos y de aceptar o entender argumentos. Esto es explotado por la derecha porque se especializa por utilizar el miedo. Saben lo que están haciendo. Están utilizando el miedo social.

–¿Pero por qué funciona tanto?

–El miedo, la confusión. Es un hecho que, cuando eres confundido, tu cerebro no logra argumentar. El cerebro es fácil de convencer con imágenes, con palabras simples. Por ejemplo, las grandes tiendas hacen grandes laberintos donde las personas no encuentren la salida. Es una estrategia. Porque cuando eres confundido no tienes fuerza mental para no comprar cosas. Es una técnica; es fácil confundir a la gente. Es la estrategia: aumentar el miedo, aumentar la confusión y así saben que la gente va a apuntar hacia la derecha. Es una estrategia clásica fascista.

–¿Qué opinas de Trump? ¿Por qué, a pesar de tantas críticas, todos los días, el tipo sigue vigente?

–Trump y sus partidarios saben exactamente qué están haciendo. Trump psicológicamente es un hombre viejo que teme a la muerte. Es una estructura típica de la derecha. Ellos temen a la muerte más que los de la izquierda. Y cuando temes a la muerte, cuando tienes miedo, tu método para sobrevivir es la agresividad. Y esos instintos son provocados. En los mitines de Trump, quienes están ahí, la mayoría son hombres son un poco más viejos y también son hombres o mujeres que tienen una alimentación que no es buena, y sus funciones en el cerebro no funcionan claramente. Esta es una estrategia que se ha construido y sus especialistas trabajan en eso.

¿Y qué diablos hacer? Según el doctor Gernot Ernst, la izquierda (yo más bien me considero un anarquista clásico, pero igual aplica) tiene en sus manos la más vieja de sus armas: la organización social; que, dadas las circunstancias, sigue siendo la más efectiva. “Porque la organización social disminuye el miedo”

En la izquierda –apunta– , no hay un camino tan fácil como en la derecha. “La izquierda argumenta. Pero hemos olvidado la organización. Y para la organización necesitamos más tiempo. Hemos perdido a los trabajadores donde no tenemos sindicatos, y ahí debe haber compañeros que sufran y luchen con ellos. Esa es nuestra fuerza. Cuando estamos ayudándoles en las cosas pequeñas, van a escuchar y van a recordar qué es los más importante y van a luchar también. “

Luego entonces, Ernst ofrece lo siguiente que, he titulado: “Consejos del doctor Gernot Ernst para evitar que la gente apoye a la derecha y apoye a la izquierda:

  1. EJEMPLIFICA CON GENTE NORMAL. Explica los problemas y argumenta con base a experiencias de gente común, con la cual tu audiencia se sienta identificada.
  2. MENOS DISCURSOS, MÁS PREGUNTAS. Evita imponer tus ideas. Pregunta, para que la gente descubra la verdad por ella misma.
  3. UTILIZA EJEMPLOS HISTÓRICOS. La gente no tiene consciencia histórica. Recuérdales lo que ha pasado, para que no cometan los mismos errores, y recuerden los éxitos antiguos.
  4. LA DERECHA MANIPULA, LA IZQUIERDA ORGANIZA. Es válido si utilizas algunos métodos de la derecha, como usar imágenes y definiciones. Pero no te olvides de lo más importante: la organización social es la clave.

Ernst explica la propia experiencia del Partido de la Izquierda Socialista de Noruega y la razón de su éxito, al ocupar hasta el 10 por ciento de las preferencias electorales en el país.

“En Noruega tenemos la misma lucha contra el neoliberalismo y la organización sindical es muy fuerte, todavía. En algunas áreas, el 90% de los trabajadores están organizados y esto es único en Europa. Pero también al otro lado tenemos un movimiento populista de derecha que es igualmente fuerte, casi el 20 por ciento.

Es una lucha muy importante. Es particular para nosotros el SV (“Sosialistisk Venstreparti”, nombre en noruego del Partido) tenemos tres principios generales: el juicio social, el medio ambiente y el feminismo. Eso es muy importante para nuestra lucha. Porque cuando somos capaces de convencer a las mujeres, y las mujeres no son amigas de los populistas de derecha y trabajamos con ellas, juntos, es uno de los métodos con los cuales podemos ganar”.

Nos despedimos con un par de fotos y un buen saludo. Yo, con la esperanza de verlo de nuevo un día y aprender más. Gran sujeto. Y sobre todo, preguntarle de qué personaje era esa espectacular camiseta de jazz que portaba. Nos vemos pronto, camarada.

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*Periodista y comunicólogo mexicano. Escribo porque quiero contar las historias de esa humanidad alternativa que encuentro en mi camino.

 

Sor Teresa de Calcuta, el lado oscuro de la caridad y la santidad

fotografía Teresa de Calcuta

La madre Teresa de Calcula, canonizada este domingo por el Papa Francisco, es un icono occidental de la paz y la fe con un lado oscuro del que no responde El Vaticano.

Diversas investigaciones revelan que la monja implantó en sus hogares una “cultura del sufrimiento” de tal manera que los moribundos sólo reciben aspirinas o un ibuprofeno ante un doloroso cáncer terminal.

Defendía que “el mundo gana con el sufrimiento de los pobres”, pero ella fue a un hospital moderno de EEUU cuando requirió cuidados paliativos

Durante su vida la Madre Teresa abrió 517 misionesde acogida para los pobres y enfermos en más de 100 países. Comenzó su misión en 1950 para atender a los “mas pobres entre los pobres” y los moribundos.

Pero sus centros son descritos como “casas de la muerte” por los médicos que las visitaron y trabajaron en ellas en la ciudad de Calcuta, así como por varios voluntarios.

Una investigación del doctor indio Aroup Chatterjee, plasmada en un libro en 2003, revela cómo Teresa de Calcuta implantó esa “cultura del sufrimiento” en los hogares de las misioneras de la caridad, su organización, donde ataban a los niños a las camas y sólo se dan aspirinas a los pacientes terminales.

Aún hoy estas monjas se niegan a dar medicamentos a los enfermos por lo general, e incluso se han dado casos de negarse a trasladarlos a hospitales ante una seria infección, como ocurrió recientemente este verano aunque las monjas aseguren que llevan a los pacientes que requieren cuidados especializados a centros sanitarios cercanos.

Chatterjee cotejó un centenar de testimonios de médicos, voluntarios y escritores para concluir que la monja llevó la simplicidad a tal extremo que permitía prácticas como lareutilización de agujas hipodérmicas, que se lavaran sábanas llenas de heces junto a los platos para alimentar enfermos.

Este médico indio reconoce que, tras la muerte en 1997 de Agnes Gonxha Bojaxhiu, nombre real de Teresa de Calcuta, los hogares gestionados por la orden comenzaron a tomarse más en serio sus prácticas sanitarias.

En 1994, Aroup Chatterjee recibió el encargo de ayudar en un documental crítico de Channel 4, de la BBC, titulado El ángel del infierno (“Hell’s Angel: Madre Teresa”, 1994), presentado por el escritor y periodista Christopher Hitchens.

En su libro posterior La postura del misionero: Madre Teresa en teoría y práctica (The Missionary Position: Mother Teresa in Theory and Practice, 1995), el periodista Hirchens, ya fallecido, revela que Teresa de Calcula tenía menos interés en ayudar a los pobres y enfermos que en dedicar sus esfuerzos a la expansión de sus creencias fundamentalistas de la Iglesia católica y romana.

Ella respondió así a las críticas del Hirchens: “Hay algo hermoso en ver a los pobres aceptar su suerte, sufren como la Pasión de Cristo. El mundo gana mucho de su sufrimiento”.

Defendía que “el mundo gana con el sufrimiento de los pobres”, pero ella fue a un hospital moderno de EEUU cuando requirió cuidados paliativos.

Una figura política y de propaganda

Teresa de Calcuta es una figura política que utilizó su imagen-y su premio nobel de la paz- para lograr propósitos políticos, como su campaña contra el aborto, que le llevó a entrevistarse con líderes políticos conforme a la agenda del Vaticano.

Los críticos a su figura como Hirchens defienden que el mensaje de su labor es que no se puede hacer nada por los pobres, más allá de quitarlos de la calle y tumbarlos en un jergón para acompañarles en la muerte, mientras ella trataba con indulgencia y recibían financiación de ricos y poderosos. O de criminales despiadados, como del dictador haitiano Jean-Claude Duvalier, Baby Doc.

“Su manera dudosa de cuidar a los enfermos, sus contactos políticos cuestionables, susospechosa gestión de las enormes sumas de dinero que recibió y sus puntos de vista excesivamente dogmáticas relativos, en particular, al aborto, la anticoncepción y el divorcio” levantaban recelos. Así se desprende de un estudio de la universidades canadienses de Ottawa y Montreal que analiza el mito de altruismo que rodea al icono de Madre Teresa.

No tan santa

Este estudio comenzó con una investigación sobre el fenómeno del altruismo para un seminario de ética.

La descripción que aportaba la Iglesia Católica era tan extática que despertó la curiosidad de los académicos.

Así lo explicó el profesor Serge Larivée, que junto a Genevieve Chenard, ambos pertenecientes a la Universidad de Montreal, y a Carole Sénéchal, de la Universidad de Ottawa, publicaron a principio de 2013 su estudio en la revista Studies in Religion/Sciences religieuses.

Los tres investigadores recopilaron 502 documentos sobre la vida y obra de la Madre Teresa, y analizaron el 96% de la literatura sobre la fundadora de la Orden de las Misioneras de la Caridad (OMC).

Según la investigación, dos tercios de las personas que acudieron a las casas de la orden de Madre Teresa esperaban encontrar atención médica, mientras que el otro tercio sólo esperaba encontrar una muerte en mejores condiciones.

Lo que se encontraron los doctores fue una gran falta de higiene, unas pésimas condiciones de atención, alimentación inadecuada y una importante falta de analgésicos.

No obstante, el problema no era la falta de dinero, pues la Fundación creada por la propia Agnes Gonxha había recaudado cientos de millones de dólares. Más bien el problema resultó ser su particular concepción cristiana sobre el sufrimiento y la muerte.

Teresa de Calcuta no mostró ningún tipo de reparo en aceptar una beca de millones de dólares del dictador Duvalier en Haití ni en aceptar la Legión de Honor. La millonaria suma fue transferida cuentas bancarias de la Orden de las Misioneras de la Caridad. Pero ella sólo envió oraciones a la India.

Tras las inundaciones en la India y la explosión de una planta de pesticidas en Bhopal, en 1984, ofreció numerosas oraciones y medallas de la Virgen María, pero en ningún momento envió una ayuda monetaria directa, pese a que su fundación ya contaba con importantes recursos. Se estima que fallecieron al menos 20.000 personas por este escape tóxico.

Ante estos hechos, el profesor Larivée se pregunta: “Teniendo en cuenta la gestión parsimoniosa de las obras de caridad de la Madre Teresa, uno puede cuestionarse dónde se han ido los millones de dólares que iban para los más pobres de los pobres”.

La construcción de un icono de la paz

Los académicos también se preguntaron cómo consiguió construir su imagen de santidad y bondad. Y sus investigaciones les llevaron a la reunión que tuvo lugar en Londres en 1968 con el periodista británico de la BBC, Malcom Muggeridge, conocido por sus posiciones políticas derechistas y en contra del aborto, algo en lo que coincidían ambos personajes.

En 1969 el periodista Muggeridge rodó un elogioso documental que pintaba a Teresa como una verdadera santa bienhechora a los ojos del mundo.

Este periodista -y también espía- publicó un libro que la encumbró: Algo bello para Dios (Something Beautiful for God, 1971).

En los años siguientes, y gracias a esta imagen construida, ella pudo viajar por todo el mundo y recibir, entre otros premios, el Nobel de la Paz en 1979.

En la gala de entrega, aseveró que “el mayor destructor de la paz hoy en día es el aborto, porque es una guerra, una matanza, un asesinato de la propia madre”.

Después de su muerte, en el momento en el que el Vaticano decidió santificarla, le atribuyeron dos supuestos milagros: la curación del brasileño Marcilio Andrino y de la india Mónica Besra. Está última dijo que después de que Teresa de Calcuta le colocara una medalla se esfumó su dolor abdominal.

Sin embargo, lo que la Iglesia consideró “milagro” varios médicos aseguraron entonces que fueron medicamentos y drogas los que hicieron desaparecer el dolor del quiste de ovario y la tuberculosis que sufría.
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Teresa de Calcuta (Agnes Gonxha Bojaxhiu) nació en 1910 en Skopie (actual Macedonia) y falleció en 1997 en India. Fue  beatificada el 19 de octubre de 2003 y canonizada el 4 de septiembre de 2016.

Tomado de Diario Público

La izquierda de A. Latina debe reinventarse (el ejemplo de Brasil)

Latina Fotografía DilmaTemer, el traidor. Dilma, la destituida. Lula, el responsable de reinventar la izquierda.

Por Carol Pires *

En la última fotografía de su gobierno, tomada el 1 de enero de 2011, Luiz Inácio Lula da Silva desciende por la rampa del Palácio do Planalto —la sede del gobierno federal de Brasil— como un ídolo que, rompiendo el protocolo de seguridad, se lanza a los brazos del pueblo al final del espectáculo.

Cinco años y medio después, el 12 de mayo de 2016, el senado decidió apartar a Dilma Rousseff temporalmente del cargo, lo que se hará definitivo este 31 de agosto.

Con el Partido de los Trabajadores (PT) desmoronándose, Lula volvió al Planalto para apoyar a Rousseff en su salida. “Yo no quería formar parte de esta foto”, le dijo a un amigo, con los ojos enrojecidos por las lágrimas.

El recorrido entre una imagen y la otra ha sido tortuoso.

Rousseff mantuvo una economía estable durante la mayor parte de su primer gobierno, pero equivocó el cálculo al seguir estimulando el crecimiento basado en la manipulación del presupuesto.

Después de su reelección, en 2014, decidió poner en marcha un ajuste fiscal demasiado duro que desaceleró una economía ya estancada.

La movida fue vista como un zigzag ideológico, dio municiones a sus antagonistas y le hizo perder buena parte de sus partidarios, que veían en el ajuste la agenda neoliberal de la oposición.

Mientras tanto, Petrobras, la joya de la corona de las compañías estatales brasileñas, sirvió de hilo para que los investigadores encontraran una madeja infinita de corrupción pública que sacudió a la clase política (ya son 364 políticos investigados).

Pero fue el PT de Lula, creado bajo la bandera de la ética y ahora otra vez protagonista de un escándalo de corrupción (el primero fue el esquema de sobornos y compra de votos en el parlamento, conocido como Mensalão), el que quedó colgando como la piñata de la fiesta para que cualquiera le diera palazos.

La salida de Dilma Rousseff y el PT llevó al poder al vicepresidente, Michel Temer, líder del Partido del Movimiento Democrático Brasileño. Temer era el socio más importante del gobierno antes de volverle la espalda a Rousseff para liderar el juicio político.

De todas maneras, su partido no está menos involucrado que otros en el saqueo de Petrobras.

Una economía en declive y el hartazgo por la corrupción llevaron a un cambio de gobierno, pero no de la política brasileña.

El 12 de mayo Michel Temer asumió el gobierno con sus ministros, todos hombres blancos.

La imagen hace pensar en la fotografía restaurada de un Brasil del pasado, en contraste con el gabinete diverso que acompañó en su salida de la presidencia a Rousseff, la primera mujer en ser elegida presidenta de Brasil.

Los primeros proyectos de la agenda neoliberal de Temer incluyen la flexibilización de las leyes de protección al trabajador, eliminar la asignación de un porcentaje obligatorio de la recaudación de impuestos para la salud y la educación y el ajuste fiscal que Rousseff no logró sacar adelante: un cuadro donde los más pobres ya saben quién quedará afuera.

Aunque la tormenta no ha pasado completamente, uno ya puede ver a los políticos recaer en sus prácticas de siempre, como repartir los cupos de los equipos ministeriales entre los partidos de la coalición, la mayoría sin ideología definida, como en canje por sus votos en el parlamento.

No hay asomo de una reforma política en el horizonte.

Después que el juicio político se hiciera irrevocable a principios de agosto, el extenso malestar social, generado por la rabia contra la corrupción y el desempleo de 11 millones de personas, se transformó en una apatía que ha vaciado las calles.

El foco ya no está en un gobierno problemático sino en los bolsillos propios.

Otros están de acuerdo con el expresidente Fernando Henrique Cardozo, del Partido de la Socialdemocracia Brasileña, quien dijo en una entrevista que Temer no era de su preferencia, pero “es lo que hay”.

El resultado de esa falta de referentes de partidos tradicionales, sumado al desencanto con los políticos, ha llevado al ascenso de figuras extremistas como el diputado Jair Bolsonaro, quien dedicó su voto por el juicio a Rousseff al jefe de uno de los centros de torturas de la última dictadura en Brasil.

Hoy, el congreso brasileño ya es el más conservador en décadas.

Se ha creado el terreno para que figuras extremas conquisten cargos en las elecciones parlamentarias de 2018.

Hay que recordar que Rousseff no fue acusada de corrupción en el proceso de juicio político, sino por violar normas fiscales, maquillando el verdadero déficit presupuestario, lo que se denominan pedaladas fiscais.

Para el Congreso, sin embargo, ese es un tema menor. Lo que argumenta la mayoría parlamentaria es que Rousseff ha “perdido las condiciones de gobernar”.

Para Rousseff y sus aliados, el juicio político es un intento de golpe, posición que impulsó una fuerte reacción de la izquierda.

La prensa brasileña ha pasado por alto un dato de la última encuesta de Datafolha sobre la aprobación de Temer: un 49 por ciento de la población cree que las reglas democráticas están siendo respetadas en el proceso de juicio político, y el 37 por ciento cree que no.

Aunque las reacciones empiecen a disiparse cediendo terreno a la apatía, los datos ilustran una realidad: la sociedad brasileña está polarizada.

Al contrario de lo que sucedió con la destitución del presidente Fernando Collor en 1992 por cargos de corrupción, que fue considerada un progreso para las instituciones democráticas, la salida de Rousseff dejará un rastro de resentimiento.

Aunque achicado y fracturado, el PT es aún el único partido genuinamente popular.

El miércoles 24 de agosto Lula no acompañó a Rousseff en su último acto como presidenta. Fue a Mato Grosso do Sul a visitar un asentamiento del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra, grupo que lucha por una reforma agraria.

Los Sin Tierra, junto con la Central Única de los Trabajadores, son los movimientos más fuertemente organizados del PT.

Lula parece intentar recomenzar volviendo a la base social que lo ayudó en el origen de su carrera política.

La camiseta verde y amarilla del equipo brasileño de fútbol ha sido un emblema de las protestas callejeras a favor del juicio político. Los manifestantes han querido subrayar su patriotismo, pero la imagen de una masa uniformada como un equipo de fútbol sirve también como alegoría de la situación del país. Actuaron como aficionados que desean derrotar al adversario. Ganaron un partido, pero no el campeonato.

El PT tendrá que reinventarse. (Y eso puede hacer que vuelva al poder). Los demás partidos todavía ni siquiera ven la necesidad de hacerlo.

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* The New York Times 

¿Los militares, una “clase social” privilegiada en el Ecuador?

fotografía militares privilegiados

Por Rubén Darío Buitrón

Un puñado de militares pasivos, dolidos porque debieron devolver parte de un pago exagerado de una asambleísta (entonces ministra del gobierno de Alianza PAIS) por terrenos donde ahora funciona en Guayaquil el parque Samanes, inició una suerte de resistencia pasiva contra el presidente de la República, cuando este pidió revertir parte de ese dinero y reveló que en las Fuerzas Armadas había desigualdades graves entre la tropa y la oficialidad.

Más allá de que la hoy vicepresidenta de la legislatura también debió sufrir un severo llamado de atención o ser destituida por Alianza PAIS debido a su grave error administrativo cuando era ministra de Ambiente, era obvio que a los mandos, que gozan (aún) de muchos privilegios, no iba a gustarles que el Presidente sacara a la luz lo que ninguno de los presidentes anteriores (rehenes de los militares por diversas razones, como Velasco Ibarra) se atrevía a decir.

¿Por qué, por ejemplo, los oficiales tenían lujosos casinos y la tropa no contaba con lugares cómodos para su relax?

¿Por qué, por ejemplo, los oficiales comían en vajilla de cerámica y la tropa en platos y utensilios de hojalata?

¿Por qué los altos mandos se retiran con altas pensiones mensuales (de cuatro a cinco mil dólares) y la tropa con salarios ínfimos?

¿Por qué, además del retiro salarial privilegiado, luego se les nombraba para altas funciones en empresas militares y públicas donde ganaban otro monto importante (incluso en el gobierno de Rafael Correa)?

¿Por qué tenían hospitales militares privados (exclusivos para ellos) mientras el ciudadano civil solo podía acudir a los centros médicos públicos, siempre escasos de medicinas y con una atención deficiente al ciudadano común?

¿Por qué controlaban escuelas y colegios militares para formar a sus hijos como una casta que heredería su posición de élite?

¿Por qué tenían comisariatos militares donde solo sus miembros podían ingresar para adquirir artículos importados, traídos muchos de ellos en aviones de carga pertenecientes al Estado, desde otros países?

El Presidente ordenó que se cambiaran estos y otros privilegios, como la ley del ISSFA, y los militares, que según la Constitución de la República deben obediencia al poder civil, ahora se niegan a hacerlo, en una actitud abiertamente anticonstitucional y abiertamente antidemocrática.

Si realmente quisieran aportar a la construcción de una verdadera democracia, los militares tendrían que admitir que ellos y los civiles y militares gocemos de los mismos derechos y obligaciones. Que no existan inequidades ni privilegios entre unos y otros.

Construir una sociedad democrática no es imponer caprichos de un sector o de una élite privilegiada, por más preparada que esté para defender nuestras fronteras y (como en ciertos casos de la historia contemporánea) atacar a sus propios compatriotas, como la masacre de Aztra en la dictadura militar de finales de los años 70.

La democracia se fortalece con disensos y consensos, eso es cierto, pero nunca con privilegios de grupos específicos que creen ser superiores a los demás.

No es democracia ninguna estructura jerárquica impuesta de manera jerárquica.

La obediencia forzada, como un edificio de columnas rígidas durante un fuerte sismo, tiende a quebrarse el día que las tropas sean más conscientes y exijan un trato más humano y el cese de prebendas para los altos mandos.

Entendámoslo de una vez: los militares no son dueños de la Patria.

Deben respeto al poder civil, sea quien fuere el Presidente.

Por eso y otras razones, los civiles no podemos confiar en ellos.

Nunca más deberemos dejar ni apoyar ni pedir que se vuelvan “los árbitros de la democracia”, con golpes de Estado donde ellos terminan poniendo a un civil obediente a ellos y a los gobiernos de los Estados Unidos.

Cabe recordar que EE.UU. auspició desde los años 60’ en Panamá la “Escuela de las Américas”, nefasto lugar donde el Pentágono instruía (¿lavaba el cerebro? ¿hacía lobotomías?) a los militares latinoamericanos y por donde pasaron los futuros dictadores, los futuros torturadores, los futuros criminales como los del Cono Sur, entre los años 70 y 80 (Pinochet, Videla, Viola, Stroessner, entre los más viles).

Hoy, en redes sociales, algunos oficiales ecuatorianos, unos pocos dando la cara y la mayoría escondiéndose en la cobardía de avatares y apodos, insultan con los peores epítetos al Primer Mandatario, a quien tienen la obligación de respetar (todos tenemos esa misma obligación, nos guste o no lo que hace el Presidente).

Para cerrar el círculo de prepotencia, y como si las FF.AA. fueran un país aparte, el Consejo de Disciplina Militar niega el pedido de sancionar al capitán Ortega, quien dirigió al Jefe de Estado una carta desafiante y retadora.

El Consejo de Disciplina, cuya decisión ya ha sido bloqueada por una jueza civil, actuó bajo el supuesto de que ese tipo de sanciones solo se ejecutan cuando un militar inferior se subleva contra un superior.

¿Y el Presidente no es el Comandante de las Fuerzas Armadas, según la Constitución de la República?

14. Ejercer la máxima autoridad de la fuerza pública, designar a los integrantes del alto mando militar y policial, otorgar los ascensos jerárquicos a los oficiales generales y aprobar los reglamentos orgánicos de la fuerza pública, de acuerdo con la ley.

15. Asumir la dirección política de la guerra.

16. Mantener el orden interno y la seguridad pública.

Con razón, el graffitti popular sentencia: “Si militarizamos a los civiles, ¿por qué no civilizamos a los militares?”.

Francisco Campos Freire: El periodista nunca debe ser canalla…

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Por Rubén Darío Buitrón

Francisco Campos Freile ama al Ecuador desde que tuvo más espacio para contemplarlo, cuando vino a quedarse un tiempo gracias al programa Prometeo.

O, quizás, antes, desde hace siete años, cuando a la distancia, desde su enorme experiencia en España, empezó a ser parte esencial de la Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL) como asesor de la carrera de Comunicación Social.

Y, después, cuando en su país recibió en la Facultad de Comunicación Social de la legendaria Universidad Santiago de Compostela a estudiantes ecuatorianos que fueron en su busca para que los guiara en sus tesis de doctorado.

Recuerda a colegas como Abel Suing, Karina Valarezo,  Jenny Yaguache, Catalina Mier, Gabriela Coronel, entre otros, de la Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL), hoy doctores en Comunicación y catedráticos de esta institución superior regida por la misión Idente.

Aunque suele dar unos saltos al extremo sur del país, en Loja, para sus asesorías, estudios y teorizaciones en la UTPL, por esta época (y al menos hasta octubre) sus días transcurren en Ibarra como catedrático-asesor de la Pontificia Universidad Católica Sede Ibarra, PUCESI.

Le gustan las dos ciudades porque son pequeñas, apacibles, acogedoras.

Europeo, modesto, sin poses si alardeos, bordeando entre los 50 y 60 años de edad, aparentemente serio y casi tímido detrás de sus lentes de marcos gruesos, es amplio en su concepción de la vida y riguroso en su visión de lo que debe ser el periodismo.

Cuando viaja a Quito, por diversas circunstancias o gestiones atinentes a la función que ocupa en la PUCESI y en la UTPL, le asombra sentir la diferencia entre una metrópoli tan vertiginosa y compleja, tan entrincada, en especial en su sector más moderno, y no puede evitar compararla con esas urbes serenas (Ibarra y Loja) donde la vida transcurre en otro ritmo y donde todo parece fluir con otros colores y con otras sensibilidades.

En la PUCESI encontró a otra de sus alumnas de la Universidad Santiago de Compostela, Nancy Ulloa, alta funcionaria de esta universidad.  A ella la asesoró en la tesis para que alcanzara el PhD y se convirtiera en la primera carchense con ese grado en el país.

Hoy trabajan juntos, unos y otros doctores de la PUCESI y de la UTLP, en un proyecto que será uno de los más importantes eventos académicos del año en el Ecuador: el XESCOM, en Quito.

Se trata de un evento fundamental para conocer en qué anda la comunicación tradicional y la comunicación del siglo XXI.

Por eso se llama “De los medios y la comunicación de las organizaciones a las redes de valor”.

Es el II Simposio organizado por la XESCOM (Red internacional de Investigación de Gestión de la Comunicación) y los departamentos de Ciencias de la Comunicación y de Ciencias Empresariales de la UTLP.

Sin descuidar ese tema, que lo tiene muy ocupado, se da tiempo para hablar de periodismo, como hizo ayer, miércoles 24 de agosto, en el programa La Otra Mirada, de Los Lagos FM http://www.radioloslagos.ec

Uno de sus valores agregados es, a diferencia de lo que ocurre en Ecuador con los catedráticos de periodismo, que trabajó más de 20 años en “La voz de Galicia”, un importante periódico regional de 100 mil ejemplares promedio, y dirigió una compañía de radio y TV de más de 1.000 trabajadores, con un capital de 100 millones de euros.

De sus experiencias como redactor, como reportero, como jefe, como director, nos deja enseñanzas esenciales para ejercer de manera correcta el oficio.

Una, que la mejor forma de enseñar periodismo es “contando lo que no hicimos  bien”.

Dos, que un periodista que se ponga la camiseta de un partido como militante o para hacer proselitismo en el medio donde trabaja está condenado de por vida.

Tres, que está de acuerdo con nuestra línea editorial que reza: “Lejos del poder, cerca de la gente”.

Cuatro, que mientras más cerca esté el periodismo de la gente común, lo que hoy los estudiosos llaman “periodismo hiperlocal”, nunca desaparecerá el oficio porque siempre se necesitará quién lo cuente.

Aquí se detiene. Piensa. Reflexiona: “hay que hacer información local pegada al territorio, hay que andar pegado a la gente, hay que vibrar con ella”.

Y, cinco, en lo que pone mayor énfasis, es en que jamás hay que olvidar que, éticamente, “todo periodista puede cometer errores, pero lo que nunca debe ser es un canalla”.