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Alma Guillermoprieto: En el momento que tienes miedo pierdes tu libertad

Guillermoprieto, Alma II
La cronista y escritora Alma Guillermoprieto.
Mónica Maristain
Por Mónica Maristain*
SinEmbargo

Ciudad de México, 7 de octubre (SinEmbargo).- No quiere fotografías ni cámaras en la entrevista. “¡No sabes lo que es tener una cámara así, de frente!”, explica Alma Guillermoprieto (México, 1949).

La flamante ganadora del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades plantea de antemano una dificultad. La admiración tremenda que se siente por ella, que a veces –casi siempre- dificulta una entrevista.

Sin ego, muy pasiva, se ha quejado poco. No es feminista por no quejarse, por hacerse de la vista gorda en una profesión caracterizada por el machismo, al punto que hoy mismo ella dice que no cree que el periodismo vaya a ser femenino, que hay muchas mujeres trabajando porque cobran menos y son más fáciles de mandar para ciertos hombres que sus colegas masculinos.

La autora de La masacre del Mozote, el episodio más sangriento perpetrado contra la población civil durante la guerra en El Salvador, se sienta en un desayunador de La Condesa. Habla del terremoto. De cómo destruyó el departamento que tenía antes, de cómo ha tenido que albergar a la amiga que se lo ha vendido, de su vida en Bogotá, de los pocos días que faltan para ir a Oviedo, donde estará durante una semana para impartir cursos y para recibir el Princesa de Asturias de Comunicación.

Piensa mucho en Latinoamérica, con el torturador y derechista Jair Bolsonaro como próximo Presidente de Brasil, con Daniel Ortega subido casi a la estatura que tenía Anastasio Somoza en Nicaragua, con el país barrido por el empresario corrupto Mauricio Macri en Argentina, con Venezuela ardiendo. “¡Cómo no van a hacer falta periodistas!”, enuncia. Y razón tiene.

–¿Ya fuiste a recibir el Premio?

–No, es el 19 de octubre, me voy el martes a España. Hay una semana cultural en Oviedo, bonito.

–Vas a tener que dar entrevistas.

–[Risas] Conozco mis obligaciones. Pero hay eventos con los chicos de Asturias, que han estado armando entre todos un periódico mural, voy a hacer alguna charla con danza, está bien, es un evento con danza.

–¿Te cuesta mucho dar entrevistas?

–Qué buena pregunta. No conozco a nadie que le guste dar entrevistas. Lo que pasa es que yo creo que soy más brutal a flor de piel y ese disgusto no lo logro manejar. ¿Pero por qué no me gusta dar entrevistas? Me parece entre otras cosas que es un mecanismo de falsedades, que la situación de la entrevista es tal que uno lo que trata de hacer es decir cosas que luzcan bien y eso a mí no me gusta. Me gusta tanto la conversación, soy tan conversadora, que la situación de la entrevista me resulta antinatural.

–La entrevista siempre me parece una conversación, no sé dónde está la diferencia.

–La mayoría de las entrevistas están a cargo de personas jóvenes, no tan expertas, que no te han leído, que te hacen 20 preguntas, muchas de ellas copiadas de entrevistas anteriores, para dar nota. Y esta situación se vuelve cansona.

–De todas maneras, el Premio, que me parece súper trascendente, no sé si ha destacado tanto.

–Qué bueno, porque con esto yo ya tuve suficiente.

–Creo que se ignora mucho al periodismo, como para captar la importancia del Premio Princesa de Asturias.

–No sabría opinar. Es un premio inmenso, me da mucho gusto que se lo hayan dando al periodismo, me parece que hace mucha falta en estos tiempos destacar y reconocer al periodismo y en ese sentido me da una alegría enorme, que haya recaído en mí, en el gremio o el oficio. Para mí ha sido abrumador. Yo creo que otro poco y me mata. La cantidad de gente que se enteró, ha sido tan enorme, me hablaron desde pueblos, me habló el señor que siempre me lleva al aeropuerto, todo fue muy bonito. Quizás porque en Colombia se transmitió mucho por la radio y…, acá también. Creo que fue bastante destacado. Me parece que hay un error, que los periodistas preguntan siempre por el periodismo, que es un tema que no le interesa mucho a la gente.

–¿Por qué crees que en un país donde se ataca tanto y tanto al periodismo, tú has podido surgir y crecer con este periodismo tan sofisticado?

–Bueno, yo tengo una suerte inmensa, la suerte me acompaña en todo, hubo momentos en que creo que podría haber estado muerta y no lo estoy. Digamos que nunca me he ganado la vida abundantemente pero he logrado sobrevivir como freelance o casi siempre. Bueno, la realidad es que no hice mi carrera como reportera en México sino en los Estados Unidos. De pronto también por eso que te extraña tanto y eso da otra libertad, como freelance, tuve la inmensa suerte de caer en The Washington Post y luego en The New Yorker, que es una revista que te permite hacer reportería como yo hubiera querido hacer reportería siempre. Eso es suerte, no todo el mundo ha tenido ese privilegio. Económicamente es una suerte, pero también en términos de libertad creativa ha sido maravilloso. Creo que si hubiera hecho mi carrera en México, los medios acá tienen menos poder, son más tradicionales en lo que exigen de la reportería y hubieran sido más misóginos. Siento que la misoginia es universal, aquí se hubiera sentido mucho más.

–Hablar de la misoginia, no soy particularmente feminista, pero al mismo tiempo no excesiva la misoginia en el periodismo…Creo que el periodismo próximo será femenino o no será.

–Ni yo. Creo que la revolución que está ocurriendo en este momento en la relación que existe entre las mujeres y los hombres, es tan inmensa, que no ha sucedido nada comparable documentadamente desde los sumerios. No tenemos evidencia de que las relaciones entre los sexos hayan cambiado tanto y esto ha generado a su vez una cantidad de reacciones que van desde los feminicidios hasta una cierta rabia contra el movimiento #MeToo. Ahora es notable que en la mayoría de los periódicos en México, en América Latina, los reporteros son mujeres. Pero creo que eso no es todavía una señal de liberación, es señal todavía que a las mujeres se les paga menos y a las mujeres todavía los hombres se sienten con autoridad de darle órdenes más punzantes. Yo tampoco he sido gran feminista, pero últimamente, no sé por qué, quizás cuando empezó todo esto de que las mujeres teníamos que ganar igual que los hombres, empecé a darme cuenta de que siempre yo había ganado mucho menos. Jamás se me había ocurrido discutirlo. En los últimos dos años me he puesto a preguntar por qué eso está bien. Claro que no está bien. Pero es muy difícil conseguir que te paguen lo mismo que a un hombre.

–Mi hermana, que es feminista, siempre dice que uno no es totalmente feminista porque ha renunciado a muchas cosas, a tener hijos, a tener una pareja estable…

–Creo que en mi caso no me he considerado feminista porque he renunciado a una serie de derechos como el de recibir igualdad de sueldo, como en el de que en una junta mi voz se escuche tanto como la de los hombres presentes, como que se me interrumpa constantemente en una reunión y no me parezca mal y últimamente me estoy dando cuenta de a lo mucho que he renunciado con tal de que no me molesten.

–Mirar para otro lado…

–Soy una persona muy pacífica y con tal de no enojarme, paso de largo. Entre otras cosas, las mujeres para no ser consideradas poco femeninas, para no perder tampoco nuestra ternura o delicadeza o femineidad (puede ser una cosa importante integrada, a mí por ejemplo), esa consideración de cualquier mujer que se enoja o exige o interrumpe, de que se está volviendo dura o loca o histérica o machorra, esa acusación uno quiere evitarla.

 

–¿Qué les pasa a esos hombres?

–Creo que toda revolución es difícil y creo que es difícil la nueva relación de pareja, es difícil ser hombre el día de hoy, es difícil saber cómo comportarse, las nuevas normas sexuales son complicadas y delicadas y tanto nosotras como los hombres venimos arrastrando 10 mil años de civilización. Esta civilización nos han educado para todo lo contrario. Estamos en una época difícil. Me preocupa, por ejemplo, cuando doy cursos en la universidad, que ahora las muchachas son las primeras en levantar la mano y los muchachos están poco seguros de sí mismos. Es una época muy complicada.

–Tú dices 10 mil años de civilización y en estos tiempos nos hemos puesto a pensar que la humanidad perecerá.

–No soy particularmente optimista. Me preocupan mucho mis amigas que tienen niños ahora, pienso mucho en ellos. No sé si seamos genéticamente un desastre. También pienso que las nuevas generaciones vivirán en un mundo casi sin agua, pero como cada quien procura ser feliz en el lugar donde le tocó, a lo mejor no van a saber que viven en un mundo casi sin agua. Encontrarán soluciones nuevas porque esa es la historia de la humanidad.

–No quería dejar el tema de la misoginia sin analizar algo que dijiste: ¿las mujeres asesinadas son víctimas de este fenómeno de nueva relación con los hombres? ¿Son mártires?

–Mira, es difícil y no tengo ningún expertise para hablar del tema, porque por un lado pienso que a las mujeres se las ha golpeado, asesinado de manera brutal, impune y casi normativa durante toda la historia de la humanidad. Recuerdo que una vez entrevisté a un mariachi en Plaza Garibaldi que me dijo: “Mi mujer extraña cuando no le pego”. La frase llamó la atención a los verificadores de la revista The New Yorker, quienes insistieron en que tenían que hablar con ese hombre porque no podían creer que un hombre dijera abiertamente semejante cosa. Pero sabemos que en el campo mexicano el maltrato a la mujer ha sido sistemático, no sé decirte si hoy es más o menos. Lo que pienso que hoy puede ser motivado mucho por la sensación de desplazamiento y de inferioridad de los hombres. Que tiene también una contraparte. Hoy en los pueblos veo a hombres paseando a sus hijos, siendo cariñosos, demostrando su afecto, cosa que antes era imposible verlo. Ha habido grandes logros para los hombres conforme avanza la igualdad de la mujer.

–¿Qué piensas de tu vida cuando piensas en el baile y en el periodismo? ¿Se han unido las dos fuerzas?

–Sí. Por ejemplo en el libro Samba está contado a través del gozo de bailar. Escribí sobre el tango. Cuando puedo escribo sobre danza. Sí, para mí es un placer. Ahora he vuelto a escribir sobre danza, he vuelto a Nueva York con cierta regularidad, porque estoy ligada al The Center for Ballet and the Arts at NYU y tengo una enorme alegría. Después de 40 años de vivir fuera de mundo de la danza, volver a ese universo es como volver a los brazos de una vieja pareja de baile, que das el primer paso y sabes cómo sigue.

–Todas las actividades se unen en la existencia propia.

–Sí, claro. Envejecemos y unificamos las diferentes partes nuestras. Es parte del proceso, pero no todas las veces tienes la oportunidad de cerrar el círculo y eso es lo que me está dando la circunstancia de estar en Nueva York, que ha sido una experiencia muy feliz.

–La supervivencia, creo, también tiene que ver con el baile.

–Puede ser. En todo caso, la vida de la mayoría de los bailarines, como la mía, es azarosa. Nunca sabes cómo vas a poder pagar la renta el siguiente mes. Si te vas a lesionar, si te van a elegir o no para una coreografía, es sumamente azarosa, es un buen entrenamiento para la vida. Por otro lado, en la danza te critican todo el tiempo, porque eso es parte esencial de tu oficio. Vas a clase y te dicen lo que estás haciendo mal. Ese es un entrenamiento para ser rigurosa contigo misma.

–¿El ego es lo más importante para luchar en el periodismo?

–Yo, dirán otros, no tengo ego, que debería tener un poco más, en el sentido de ser más ambiciosa. Es una cosa que a las mujeres nos cuesta trabajo. No siento que en la tarea de reportear y escribir, por oficio, por disciplina, porque vengo de la danza, yo tenga ego.

–Lo decía por el ego en general. Pensaba en el editor del The Washington Post, Ben Bradlee, cuando él decide publicar a la periodista que ganó el Pulitzer y tuvo que devolverlo, él publicó una nota admitiendo su error.

–Acá, en México, es difícil. En parte también porque es asunto de hombres. Son muchas las veces que se han equivocado tremendamente a la hora de escribir cualquier cosa sobre mí. Errores garrafales y que he llamado a alguien para decirle: “oye, ¿cómo le decimos a esta persona tan amable, que tuvo la generosidad de escribir este texto sobre mí, que esos datos no son correctos?” Y me dicen: “no vayas a decir eso, eso estaría muy mal visto”. Está muy mal visto corregir a un hombre, a un escritor, el proceso del fast checking, de la verificación de datos, molesta muchísimo a muchos hombres de América Latina. A tal grado que cuando empezamos los talleres de la Fundación, empecé con una hora individual de cada uno de los talleristas, editar con ellos un texto suyo, al principio una mayoría de los hombres se negaban. Decían que eso nadie lo hacía con sus textos. Creo que no es un problema de ego profundo, es un problema de cómo han sido educados los jóvenes, para demostrar su virilidad.

–¿A qué has tenido miedo?

–Hubo en algún momento que iba con alguna columna guerrillera, que pasamos al amanecer, ya clareando el día, por un cuartel militar. Los perros empezaron a ladrar y lo que me dije: –Aquí me morí. Pero de las varias veces que yo estaba en peligro de que me mataran, es la única vez que he sentido alarma por ver tan claramente cómo venía la cosa y que iba a ser imposible evadir la situación. Lo que me da mucho miedo es tener miedo. Eso sí me asusta mucho. Me parece que en el momento que tienes miedo pierdes tu libertad. Si empiezo a sentir miedo por cualquier razón, aplasto esa sensación. Soy, por ejemplo, muy tímida. Y eso es una especie de miedo. Con eso no me ha resultado fácil luchar.

–¿En las noches, cuando no te puedes dormir?

–Creo que por ahí entre los 50 y los 60 años, cuando me di cuenta de lo difícil que era ser reportera freelance, empecé a sentir mucho miedo.

–¿Mirarías atrás y sentirías que tendrías que haberte dedicado a otra cosa?

–No, pero a veces pienso que me hubiera gustado ser otra cosa. Lo curioso es que siendo tan impaciente y volátil llevo 40 años en esto y no se me ocurre otra cosa. Me hubiera gustado ser arqueóloga, por ejemplo. No, esto fue lo que tocó y en esto me quedé.

–¿Tu vida personal?

–Creo que ese no es tema, por una sencilla razón: para los hombres jamás es una pregunta.

–¿Qué piensas del periodismo en México?

–A mí me parece lamentable que los mejores reporteros, hasta donde yo alcanzo a ver en México, sean los reporteros que trabajan por fuera de los periódicos. Me parece terrible que los periódicos paguen tan mal, que un periodista talentoso quiera formar una familia tenga que pensar en una alternativa a este oficio. Son muy pocos los periodistas, los reporteros, que envejecen en la reportería. Eso es por situaciones económicas, exclusivamente. Entiendo que los periódicos están en la misma crisis que en el resto del mundo, pero es que no le apuestan al periodismo, no le apuestan a sus reporteros, es para mí donde está el futuro del periodismo, con los reporteros, con la información, con la exquisita calidad.

–Maruja Torres decía: Son los periódicos los que están en crisis, los periodistas no.

–Claro. ¿Qué cantidad de jóvenes hay en estos momentos haciendo y queriendo hacer excelente reportería y su limitación son los jefes, los dueños de los medios? Quienes quieran que sean los dueños de los medios, no le están apostando a su gente. Esta manía incomprensible para mí de entrecomillar las palabras de los titulares. Por ejemplo, El PRI le hace la “guerra” al PAN, con guerra entrecomillado, como si la gente no entendiera, no quiere decir una guerra con fusiles y tanques, es para mí señal que ni siquiera le apuestan a los lectores.

 

–¿Qué piensas de la nueva esperanza en México?

–Yo deseo de corazón que todas las esperanzas que los electores de Andrés Manuel López Obrador se cumplan, no vivo acá desde hace varios años, no estuve para la campaña, no la cubrí, me preocupa y me molesta que López Obrador que va a ser el Presidente de todos los mexicanos se refiera a la prensa como “fifí”. Me parece estúpido el término e innecesaria la agresión, no sé, por el bien de México le deseo lo mejor. Me gustaría ver programas más concretos. Cuando que alguien dice no voy a vivir en la casa presidencial y voy a vender el avión me preocupa, porque son gestos y no soy muy amiga de los gestos. Ha habido un cambio acá, ha habido un cambio enorme. Todo lo que pueda salir de bueno de ese cambio, me parece fantástico.

–¿Has escrito todos los libros que has querido?

–Cada vez escribo menos. Hay gente que escribe hasta el último día de su vida y yo tengo la sospecha que no va a ser mi caso.

– A veces te imagino meditando, haciendo yoga…

–No, cero. Soy la persona menos mística y menos espiritual que te puedas imaginar. Yo soy muy concreta y más fácilmente me puedes imaginar en la cocina, que es mi pasión, que meditando. No me has preguntado, pero sí quería decir que el domingo va a haber elecciones en el Brasil, que la situación en Nicaragua es abismal, es lo más trágico que he visto, que lo que sucede en Venezuela es increíble, que lo que pasa en Argentina es nuevamente tremendo y al borde de la tragedia y que estos son fenómenos globales como el del 68 fue global. Después de 40 años como reportera tener que pensar que tendré que volver a Nicaragua para cubrir lo mismo, me llena de tristeza. Quien piense que en un mundo así no hacen falta que no hagamos falta los mejores reporteros, me asombra.

Nacida en Ciudad de México el 27 de mayo de 1949, Alma Guillermoprieto ha desarrollado toda su carrera en Estados Unidos. Siendo una adolescente se trasladó a Nueva York para vivir con su madre. Con formación de bailarina, en 1969 viajó a La Habana para impartir clases de danza y fue allí donde, en 1978, se inició en el periodismo como freelance. Comenzó como reportera de América Central para el diario The Guardian y más tarde para The Washington Post, donde fue redactora de plantilla en los años 80.

*Mónica Maristain

Es editora, periodista y escritora. Nació en Argentina y desde el 2000 reside en México. Ha escrito para distintos medios nacionales e internacionales, entre ellos la revista Playboy, de la que fue editora en jefe para Latinoamérica. Actualmente es editora de Cultura y Espectáculos en SinEmbargo.mx. Tiene 12 libros publicados.
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La vida cotidiana empuja a la lengua: de señora a “señoro”

‘Señoro’ tiene un sentido despectivo: señala a los varones que tratan de forma condescendiente a la mujer y niegan la lucha feminista

Señoro señoreando
Señoro señoreando. Getty

El escritor José Agustín Goytisolo le daba en un poema este aviso a su hija Julia: “Tú no puedes volver atrás, porque la vida ya te empuja”.

A su manera, las palabras también son empujadas por la vida, obligadas a adaptarse a las realidades y necesidades de un tiempo y un lugar.

Hay cambios obvios: no existe una palabra para escáner hasta que este no se inventa, y dejan de emplearse las voces télex o béstola porque tales herramientas han sido desplazadas por el correo electrónico y por el arado mecánico, respectivamente.

Pero hay otros cambios más sutiles; está la palabra que se ha ido haciendo al devenir de los tiempos, a las reclamaciones y modas que han ido apeteciendo a los hablantes.

Desde sus primeros usos en castellano, hasta el actual “señoro” -que empieza a difundirse en las redes sociales-, “señor” es una muestra de todo lo que somos capaces de hacer los hablantes con el idioma.

Como la mayoría de las voces de nuestra lengua, “señor” es herencia del latín. Viene de senex, que significaba “viejo”; de senex derivaba el comparativo senior-es, o sea, “más viejo(s)”.

La estructura de poder vigente en la Antigüedad reforzaba la idea de que los jefes de familia, los mayores de cada casa, eran las cabezas visibles del grupo.

Por eso el mayor, el más viejo, pasó a ser también el más respetable; señor va a ser no solo o no forzosamente el más viejo sino el importante, el tratado con deferencia.

En ese punto se encontraba la palabra cuando la heredamos en castellano y aquí empezó la cadena de empujones a la que la hemos sometido.

La evolución a “señoro”

Primer cambio: creamos un femenino. Por llamativo que parezca, en los textos castellanos más antiguos, “señor” valía para hombre y para mujer.

En el siglo XIV leemos que un enamorado quiere cumplir “el mandado de aquesta mi señor” (Libro de Buen Amor), sin a y aludiendo, obviamente, a su amada.

No había ningún sexismo lingüístico en este hecho, sino el esquema que traía la palabra desde su origen.

Como era un comparativo, no conocía la terminación femenina. Hoy seguimos sin tenerla en la mayoría de los comparativos latinos, no decimos mayora o peora (sí “superiora” porque, como señora, se ha convertido en sustantivo).

El nuevo femenino, ya general al final de la Edad Media, se hizo añadiendo una marca, la a, a una palabra que acaba en consonante (como en andaluz, andaluza).

Segundo cambio: “señor” prestigia, pero también insulta.

El uso respetuoso era el común: se podía aludir al “señor duque” o hablar de “mi señor”.

Pero desde el siglo XVII, el empleo de “señor”, acompañado de formas insultantes, se hizo frecuente: señor gandul, señora ladrona.

Las formas “seor” y “so”, con sonidos perdidos por el desgaste, vienen de señor y de ahí que digamos “so gandul” o “so lenta” (de hecho, posiblemente zopenco sea un “so penco”, por poco trabajador). La contradicción de nuestro Julio Iglesias, que es un truhán y es un señor, resume bien la doble posibilidad del significado de señor… Y lo sabes.

Igual que señor tiene su correlato insultante en so, señora lo tiene en… señora, que puede ser palabra sentida como una forma de cargar de años y de olvido a la mujer: el impecable debate en tres partes entre Elvira Lindo y Álex de la Iglesia cuando este aludía despectivamente a las señoras mayores nos da una muestra de ello.

Tercer cambio: le creamos una familia a “señor”. Los sufijos del español nos han dado a señoritas y a señoritos, pero también a señoronas, señoritingos y otras especies. Y aquí también se ha pasado del respeto a los empleos más dudosos: el señorito era el hijo del señor y hoy es el inútil que no trabaja y vive de otros; la señorita era la señora no casada, pero hoy la palabra se ha restringido para la seño del cole, y se prefiere no usar señorita porque implica hacer una distinción de estado civil que no se practica en el masculino.

Por su parte, señorones y señoronas hay en la lengua desde el siglo XVII y se convirtieron en palabra común del español cuando aparecieron como personajes en las novelas del XIX.

Cuarto cambio: el nuevo masculino “señoro”. La anonimia de Internet hace complejo discernir quién empezó este uso, que hoy se localiza en redes sociales y en canales de mucha agilidad comunicativa.

“Señoro” tiene un sentido despectivo, señala a los varones que tratan de forma condescendiente a las mujeres o dudan de la legitimidad del movimiento feminista.

Gramaticalmente, a los señoros les han puesto una marca explícita de género masculino, la o. Como señor es una palabra que ya es masculina, se trata de una especie de doble masculino que subraya peyorativamente el machismo de algunas actitudes:

De momento, el uso parece similar a otros juegos humorísticos con el género que se han hecho alguna vez y que no han pasado de ser empleos esporádicos fundados en las posibilidades del idioma.

Por ejemplo, la terminación femenina –isa es rara, pero se da en varias palabras del español, como papisa y poetisa. Pues bien, en algunas ocasiones se ha usado en masculino poetiso, como “señoro”, con sentido ofensivo.

Pablo Neruda hablaba en sus memorias de un poetiso uruguayo que lo perseguía y criticaba, y llamó a Octavio Paz “pululante poetiso” en su Canto general.

Talvez a “señoro” le ocurra como a poetiso y se quede en ocurrencia inspirada que alguien tuvo, o quizá se extienda como les pasó a otras creaciones.

Tendemos a pensar que la lengua es como el tiempo, que cambia por ciclos que no dominamos y que actúa por caprichos fuera de nuestro control.

Pero se trata de lo contrario: la lengua no existe sino dentro de nosotros, y es lo que es porque queremos, acordamos y aceptamos que sea así.

También está en las palabras para Julia: su destino está en los demás, su futuro es su propia vida. El límite para la lengua no está en el diccionario, sino en nosotros.

Cuando el periodismo se vuelve mitología

Amy Adams como Camille Preaker en “Heridas abiertas”.Credit: Anne Marie 

Por Jorge Carrión, The New York Times*

Camille Preaker, la protagonista de Heridas abiertas, es una periodista que escribe simultáneamente en su cuaderno de notas y en su propio cuerpo.

El libro que hemos leído o la serie que hemos visto se revelan, al final, como la crónica en primera persona de su investigación de los asesinatos que ha sufrido el pueblo donde se crió.

En su piel, en cambio, se encuentra su autobiografía: los mensajes de odio y los cortes que se ha infligido a sí misma desde la adolescencia.

En ese personaje escindido encontramos una elocuente metáfora de la figura del periodista en el siglo XXI. Se trata de alguien que produce al mismo tiempo discurso sobre el mundo y sobre sí mismo.

El oficio se ha vuelto tremendamente autoconsciente a causa de la crisis que lo amenaza como una guillotina apocalíptica.

Y el sujeto que lo encarna ya no habla a través de un único canal oficial, el del medio para el que trabaja, sino que también lo hace diariamente por canales que reclaman su subjetividad, su experiencia, la excepcionalidad que justifica la existencia de esa profesión amenazada por la producción de contenidos.

Esa difícil división queda clara en otra serie de este año, el documental en cuatro capítulos El cuarto poder, que muestra el primer año de la presidencia de Donald Trump a través de la cobertura que realiza The New York Times.

Al mismo tiempo que la dirección del diario decide llamar la atención a sus reporteros más célebres sobre su uso indiscriminado de las redes sociales, se lleva a cabo un recorte de personal debido a la transformación digital de la empresa. La elevada fe en la verdad tiene que descender para negociar con los lodos de la precariedad.

Al periodismo le ocurre lo mismo que a las librerías y a los libros en papel: amenazado por la digitalización del mundo, se ha vuelto narrativamente atractivo.

En la etimología de la palabra “crisis” se encuentra tanto la idea de conflicto como la de separación y la de juicio.

Pero en el contexto de Amazon o Wikipedia, nuestra relación con los medios de comunicación tradicionales se reviste de una pátina de romanticismo y en el proceso de duelo prematuro eliminamos la crítica.

Si el futuro es el que dibuja El cuento de la criada, con esa redacción de The Boston Globe en ruinas, hay que entregarle al periodismo nuestro amor incondicional, aunque eso signifique pagar la suscripción de Netflix para consumir ficciones sobre investigaciones mediáticas del pasado reciente, en vez de pagar la suscripción a algún diario para que sean posibles en el inminente futuro.

Tom Hanks, como Ben Bradlee, y Meryl Streep, quien interpretó a Katharine Graham, en “Los archivos del Pentágono”. Niko Tavernise/20th Century Fox

Y hay que idolatrar a los grandes periodistas, héroes supervivientes de un mundo en extinción. Convertirlos en protagonistas de unas historias en que siempre fueron personajes secundarios.

Por eso, aunque el título del documental de Netflix sea Voyeur, la película no habla tanto sobre Gerald Foos, el dueño de un motel que diseñó para espiar durante décadas a sus huéspedes, como sobre el propio Gay Talese, autor de un libro anacrónico, gran escritor, mito viviente.

Aunque en Los archivos del Pentágono (2017) Steven Spielberg haya rescatado y mitificado una historia de los años setenta, ese romanticismo es sobre todo contemporáneo.

Camille Preaker sacrifica hasta su cordura por resolver el caso. Los protagonistas de El cuarto poder renuncian a su vida privada para desenmascarar a Trump, defender la democracia y ganar premios Pulitzer.

Spotlight (2015), que cuenta cómo los reporteros de The Boston Globe demostraron la existencia de una red de pederastia en la Iglesia, reconstruye en clave de épica realista la primera gran hazaña del periodismo de este siglo; y qué lástima que la cancelación de The Newsroom (2012-2014) impidiera que Aaron Sorkin editorializara a través de la ficción la presidencia trumpiana.

Pero hay indicios de que las plataformas de noticias y contenidos también van a crear su propia épica en tiempo real: su propio contrarrelato.

El pasado agosto se estrenó Follow this, una serie de Netflix que sigue a reporteros de BuzzFeed durante sus investigaciones. Aunque el sitio cultive sobre todo las listas y la viralidad, la docuserie reivindica su dimensión periodística (que no riñe con el entretenimiento).

De izquierda a derecha: Rachel McAdams como Sacha Pfeiffer, Mark Ruffalo como Michael Rezendes, Brian d’Arcy James como Matt Carroll, Michael Keaton como Walter “Robby” Robinson y John Slattery como Ben Bradlee, en una escena de la película “Spotlight”. CreditKerry Hayes/Open Road Films

Si para Mark Zuckerberg y Facebook ver La red social fue un trauma, no es descabellado que las plataformas que no han conseguido neutralizar una narrativa mediática más o menos adversa acaben produciendo su propia versión de los hechos. Sí: imagino una película sobre Jeff Bezos, un Amazon Original, por supuesto.

En su primer libro, No hemos entendido nada, el periodista peruano Diego Salazar analiza con lucidez crítica y desconfianza sistemática el ecosistema periodístico de estos tiempos algorítmicos. En su prólogo se encuentran los dos polos entre los que hay que interpretar el auge del periodismo como tópico narrativo y como objeto de reflexión.

Escribe Salazar que durante la redacción del volumen tuvo la sensación de estar escribiendo su “propio obituario” y el de su oficio. Y después sostiene que el periodismo es hoy parte de la industria del entretenimiento.

Para que el espectáculo pueda continuar, pese a ese trasfondo sombrío, el periodista se ha convertido en el protagonista de la historia; y su oficio, en un horizonte sino mitológico al menos romántico o —como diría Will McAvoy— quijotesco.

Gustavo Garzón y la luz (historia de La Mosca Zumba y un escritor desaparecido)

Garzón, Gustavo Presentación en Guayaquil

Por Luis Ángel Saavedra*

En la pasada “Fiesta de las luces” en Quito, más allá de ser una plantilla endosada en cada edificio significativo del centro histórico con rellenos de imágenes animadas, algunas intentando calzar en las estructuras, como la de San Francisco, y otras proyectadas por proyectar, como en la Plaza Grande y Santo Domingo; más allá de unas atrocidades, como los paraguas colgando en una calle o la esfera gigante de alguna discoteca de los 80; hubo ciertas novedades, como esa especie de ballenas voladoras en la 24 de Mayo; y otra, que me atrapó por su sencillez: el homenaje a los desaparecidos, en la Mejía y García Moreno.

Era un ensamble de luces led con textos corredizos que no se dejaban leer con facilidad. En el costado derecho, en lo bajo, estaba la clave de la instalación: “Textos de Gustavo Garzón, desaparecido en 1990”. La gente que miraba este letrero recién caía en cuenta sobre el significado de la propuesta: “Ve, ha sido de un desaparecido” y volvían la mirada hacia los textos, ahora sí con el afán de entender lo que ha dejado escrito un desaparecido. Un concepto simple que proyectó un mensaje complejo, que evocó la luz que aún siguen emanando los cuerpos de todas las personas desaparecidas. Bien por Gary Vera, el autor de la propuesta.

Quizá faltó una frase final: “Brutal, como el rasgar de un fósforo”, que es con la que se describe la desaparición de Gustavo; pero lo que puso ahí me llevó por fin a escribir lo que necesitaba decir sobre Gustavo y que había sido pospuesto en varias oportunidades: escribir solo para contar las cosas que pasaron al margen de la historia.

El 10 de noviembre de 1990 desapareció Gustavo Garzón Guzmán. Han pasado 28 años y nadie sabe nada, y parece ser que ya nadie recuerda nada, ni algunos de los amigos de la época, quizá ahora empeñados en otras tareas menos utópicas, alejadas ya de las que se asumieron en los años 80 o quizá ocupados en una utopía de bambalinas, de espectáculos, de corifeos que aún defienden al Dionisio de la década pasada, o al parlanchín actual.

Las tumbas son la constancia del olvido, lo he dicho varias veces; se las va abandonando despacio, pero ese tiempo de abandono sirve para sanar. El dolor de no tener ni siquiera una tumba es un dolor que no lo podemos nombrar. La muerte tiene nombre y descanso, la desaparición no tiene ni lo uno, ni lo otro.

Recordar lo que no se fue, y aún sin irse ya no está, y sin estar se ha ido quedando en algunos rincones de quienes aún lo esperan; quizá esas ambivalencias son las que pretendo estructurar en esta crónica, a sabiendas que aún se agrupan quienes todavía sueñan, quienes abren los brazos para abarcar los horizontes, porque aún hay tiempo para seguir soñando, aún hay tiempo para creer en las utopías que nos inundaron en los 80 y aún antes de eso.

El Gustavo

Una noche llegó el compañero músico, el Gaybor, un trabajador de “Ecuatoriana de Aviación”, la compañía aérea de bandera nacional. Había caído desubicado, igual que yo, en la Facultad de Administración de la Universidad Católica de Quito. Esa noche traía a alguien, un escritor dijo, algo bajo y ninguna pinta de intelectual, o al menos sin ninguna de esas pintas que se traían los intelectuales en esa universidad y que incluso ahora generan moda y estéticas burlescas.

En la Católica habíamos iniciado un taller de literatura bajo la dirección del poeta y catedrático Julio Pazos y se aproximaba un encuentro nacional de jóvenes escritores a realizarse en Guayaquil.  Supuestamente yo era un joven escritor y, además, tallerista: una etiqueta que servía para hacernos buena propaganda.

Esa noche la discusión fue agria, insoportable; el recién llegado desbarataba cada argumentación que yo esbozaba sobre el rol del escritor, cuya única responsabilidad era el escribir bien, y cuya única solidaridad era la que su propio espíritu lo dictaba.

Aunque me definía como marxista, había asimilado muy bien a Octavio Paz y su tesis del “solitario solidario”, esta era la primera vez que esa tesis me la destrozaban, algo que ni siquiera lo habían logrado en la juventud comunista, en donde se insistía que el arte debe estar al servicio de la revolución, pregonar el socialismo real, algo que nos llevó a pensar que lo único que se podía producir culturalmente eran panfletos, ya sea en las letras, en la plástica, en el teatro o en la música. Incluso ahora esos panfletos se usanen las nuevas modas revolucionarias.

Así fue cómo conocí a Gustavo y en seguida lo tildé de anarco, porque así se debía tildar a los que no estaban en la juventud comunista,en la juventud revolucionaria o en cualquiera de esas juventudes organizadas, disciplinadas y dispuestas a obedecer las directrices del partido, que no eran otra cosa que los deseos de los anquilosados burós políticos y de los compañeros secretarios.

Esa noche también tuve un nuevo aprendizaje. Gustavo habló de la existencia de otros talleres literarios. El que se había organizado en La Católica era una copia de lo que ya se estaba viviendo en el mundo literario nacional.

Él era parte de “La Mosca Zumba”, nombre que lo oía por primera vez, al igual que el de La Pequeña Lulupa, La Pedrada Zurda o Los Matapiojos.

Taller MDP 1

Los gestores de La Mosca Zumba: Rubén Darío Buitrón, Gustavo Garzón y Byron Rodríguez

Esa noche quedé con la impresión de que la vida se me estaba pasando por un costado o por las calles que se extendían fuera de La Católica.

Lo volví a ver en Guayaquil, en el encuentro de escritores jóvenes, en los que Gustavo defendió el rol del escritor, la necesidad de confrontar su trabajo en grupo, alejándose de la egomanía que suele producir la soledad (parecía que quería seguir golpeando), pero sobre todo defendió su rol social, su participación, tanto en una crítica constante de la sociedad como en la construcción de una nueva. La Mosca Zumba se definía como un colectivo de creación literaria y de crítica social.

Nota del bloguero: La Mosca Zumba fue un taller que duró cuatro años y cuyo origen fue el de un grupo de jóvenes escritores, principiantes, recién salidos del taller dirigido por el maestro Miguel Donoso Pareja, quien los condujo durante tres años. Estos jóvenes, en la la línea irreverente y frontal de su maestro, estaban decididos a cortar todas las cabezas de lo que llamaban “círculo de elogios mutuos”, escritores seudofamosos y respetados que no eran más que una masa de inspirados y floridos alcohólicos que de vez en cuando publicaban libros con el auspicio de las casas de la cultura de las provincias (RDB)

Me arrimé, y esa es la palabra adecuada, me arrimé a La Pequeña Lulupa, porque lo veía como un grupo esencialmente creativo, al contrario de Matapiojo, al que lo veía como el brazo literario del Movimiento Popular Democrático.

Pero la posición crítica de La Mosca Zumba me seguía, digamos, zumbando. Por ello empecé a visitar a Gustavo en su caseta de la Casa de la Cultura Ecuatoriana (CCE), pues en verdad Gustavo trabajaba en una caseta, en el costado izquierdo de la casa antigua; una caseta que fungía de almacén y en el que, supuestamente, se exhibía lo mejor de la intelectualidad ecuatoriana, publicada por la CCE.

Gustavo fue a parar allí luego de ser despedido de su puesto de técnico en aviónica graduado en Israel, en la misma empresa área de bandera nacional en la que trabajaba el Gaybor. Su despido se debió a uno de sus cuentos en donde ironizaba la carrera militar.

Fragmento del cuento “Aljito AAAR”, de Gustavo Garzón

Las conversaciones en la caseta se tornaron interminables, se prolongaban a la noche; a veces se sumaban los matapiojos o los lulupas. Culminaban al amanecer y nos disgregábamos para volver a lo mismo en la tarde siguiente.

Otras noches las completábamos en mi casa, con el Gaybor y su guitarra; a veces un aparato nuevo, made in usa y traído en el último vuelo, reemplazaba a la guitarra. Lo que no podía faltar era el eterno duelo entre Charly García, con sus dinosaurios, y Pink Floy, con “The Wall”. La lucha por ser auténticamente latinoamericano chocaba con muestra aceptación de que la dura sicodelia de Roger Waters también era parte de nuestro fetiche revolucionario.

La lluvia y el gato del terremoto

Cuando se desploma el cielo en Quito es cosa seria. Caen torrentes y se forman cascadas bajo los tejados de las casas. Cuando hay granizo es más serio el asunto y se paralizan hasta los amantes. Pero para Gustavo la lluvia era un alivio y el granizo solo un montón de dulces.

Las noches de lluvia eran propicias para recorrer las cantina, improvisadas en las casas o en las oficinas de los nuevos o de los seudoescritores; daba igual con tal de que hubiera algo para tomar y tiempo para hablar.

Borrachos más de palabras que de alcohol regresábamos a casa bañándonos en cada caída de agua, lavándonos el alma o quitándonos los pecados, mojándonos de antemano por las dudas de que con tanta agua desperdiciada a la mañana siguiente no cayera por la ducha, algo muy común por aquellos días.

Desde El Ejido a la Mañosca, por la América o por la Diez daba igual, el agua caía y saltábamos en los charcos o abríamos la boca para que los torrentes de los tejados nos quitaran la borrachera.

Noches de aprendices de bohemios, de supuestos jóvenes escritores que nos enfrentábamos a lo establecido sin saber que solo era una ruleta de rupturas y acomodos futuros.

Todos fuimos amantes de las rupturas y ahora solo somos piezas de lo establecido, a la espera de nuevos amantes de las mismas rupturas para darles con la puerta en las narices.

Habíamos desarrollado un olfato que nos ayudaba a determinar con precisión donde sería la reunión de cada noche, donde estaría el debate más acalorado o el encuentro para hacer una revolución de copas.

El Gaybor acompañaba con sus sueños de músico y sus necesidades terrenales, que finalmente triunfaron y lo alejaron de las tertulias. Pero por esos días acompañaba para leer los poemas o para enredarse en los cuentos.

Se necesitaba tener alma de masoquista para leer un cuento o un poema, en aquellos grupos que formamos bajo la etiqueta de “talleres”: no quedaba palabra sobre palabra luego de la destrucción colectiva. Pero así se aprendió, y una vez aprendida la lección venía el bálsamo, que quizá era lo más esperado y, copa en mano, brindábamos por lo que fuera, hasta por los terremotos, como en la noche del jueves 5 de marzo de 1987.

Esa noche fue igual a todas las noches, solo que en medio de la discusión empezaron a moverse las botellas. ¿Temblor? Sí, temblor. Ya no solo se movían las botellas, sino que empezaron a bailar las mesas. ¿Terremoto? No, solo temblor. Entonces: “Salud por el terremoto”. Eran casi las nueve de la noche. El de las once, el más fuerte, ya no lo sentimos.

En la madrugada caminamos hasta llegar al minidepartamento donde Gustavo vivía: los libros y el anaquel estaban en el suelo. “Es un gato que entra por la ventana”, decía Gustavo. Tomamos algo más y se fue a dormir.

Me fui a casa, a pocas cuadras de donde vivía Gustavo. Me sorprendió ver a los vecinos en la calle, pero no estaba en condiciones de conversar o preguntar a qué se debía la vigilia; entré y dormí por más de 12 horas.

Mi costumbre de fin de semana era esa: invernar después de cada buena borrachera. A los dos días me enteré de los sismos que sacudieron el país y rompió el oleoducto en la Amazonía, lo que dio el pretexto perfecto al entonces presidente León Febres Cordero a tomar fuertes medidas económicas como la suspensión del pago de la deuda externa, el alza del precio de los combustibles y un plan de austeridad que golpeó a la población más pobre. Todo fuera por el terremoto.

Militancia en la isla de paz

La Mosca Zumba golpeaba con todo: no había escritor o proceso cultural que se salvara en su revista y lo mismo pasaba en nuestra bohemia con Gustavo.

Patrick Süskind, con su novela “El perfume“, publicada en 1985 y catalogada como novela del año, fue a parar al tacho de basura. Es un escritor fácil, afirmaba Gustavo, pues mata a sus personajes cuando ya no le sirven y así se ahorra resolver una trama.

Yo trataba de salvar al menos a “El contrabajo”, novela corta de este mismo autor, por la agonía y frustración del músico de sinfónica que develaba el caótico mundo del espectáculo y su contraste solitario en una habitación como la mía. Pero no había forma.

Gustavo era un adelantado en su crítica a lo que son ahora se llaman best sellers: un conjunto de aventuras que, como en un tren, los vagones caminan porque solo tienen que caminar.

Poco a poco nuestros debates fueron cambiando de dirección, empezaban en la literatura y culminaban en la política, en una agria crítica a los partidos de izquierda.

Por entonces vivíamos el fraccionamiento del Partido Comunista y en la Universidad Católica esa incisión también tuvo repercusiones. Los catalogados como del “FADI duro”, brazo político del Partido Comunista Ecuatoriano, prácticamente fuimos proscritos de la federación de estudiantes, en tanto los otros crearon LN (Liberación Nacional) y asumieron el control. Esto a la larga devino un reposicionamiento de la derecha en la universidad y la pérdida de la capacidad de movilización que se había conseguido a pesar de la represión de Febres Cordero.

La ruptura de alianzas y el develar intereses personales en la izquierda, junto al análisis de la historia nacional convenció a Gustavo para optar por la insurrección.

“Ecuador nunca ha sido una isla de paz”, decía al hacer un recuento de los distintos movimientos subversivos que actuaron en el país en diversas ocasiones. Analizaba lo sucedido en el Toachi, las acciones en el Caso Briz, el nacimiento de los “Alfaro”.

Entonces, ¿qué escribir? O, mejor, ¿para qué escribir? Si la isla de paz no existía, ¿dónde estaba nuestro tren de la historia? ¿A qué hora se nos pasó? Revolucionarios urbanos perdidos del ferrocarril en nuestro propio mundo y que nada sabíamos del otro mundo que se desangraba sin que la historia lograra mancharse.

Nadie hablaba del asesinato de Lázaro Condo, en septiembre del 74; tampoco se hablaba de la masacre de Aztra en octubre del 77. Un sábado llegamos a Chunchi, preguntamos por Toctezinín y caminamos en el páramo para encontrar una especie de cruz de piedra que indicaba el sitio donde murió Lázaro Condo. Brindamos por él, cantamos por él, gritamos por él en la soledad y el frío. Nos dormimos arrimados a la cruz hasta que alguien nos despertó y nos salvó de la hipotermia.

En 1988 tuvimos nuestro primer joven literato muerto: Marco Poveda, cuyo cuerpo fue hallado en el rio Machángara. Era un poeta caótico-marginal con textos deslumbrantes que mostraban revelaciones sobrenaturales, pero también lleno de textos grotescos con los que se enfrentaba al estatus quo y a nosotros como parte de ese estatus. “Ese no es un poeta”, sentenciaban los gurúes de los talleristas. Por su marginalidad, su muerte no nos sorprendió y no se hizo nada para ayudar a esclarecerla.

Los literatos no estábamos para esos trotes. Nunca entendimos que si hubiésemos actuado se habría podido develar a tiempo el sistema que se iba consolidando y que a la larga sería responsable de una larga lista de muertes y desapariciones, como las de Manuel Reinoso, Jaime Otavalo, César Morocho, Manuel García, José Mosquera, Luis Valverde, entre otros que van apareciendo en los listados de nuevas investigaciones sobre esa época.

Los jóvenes escritores actuamos como toda la sociedad: acurrucados en nuestras burbujas decidimos no hacer caso de esa guerra subterránea desatada contra quienes, a su modo, buscaban justicia y equidad. Asumimos la consigna de que si se metieron a eso, que murieran por pendejos.

Nuestros encuentros se volvieron esporádicos. Mientras yo insistía en la bohemia y el marxismo, Gustavo profundizaba sus búsquedas.

Para entonces Alfaro Vive Carajo ya era una catástrofe, muchos de sus líderes estaban muertos o desaparecidos; también hubo accidentes como la explosión de una bomba en manos de compañeras alfaristas que ahora son políticas profesionales.

Así que contactó con una facción del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), que por ese entonces promulgaba tener la verdadera receta de la lucha armada, pero lo dejaron plantado en una banca de la plaza Indoamérica, en la Universidad Central.

Luego se vinculó con el MPL (Montoneras Patria Libre) debido a su convicción de que la lucha armada era una opción legítima durante el régimen represor de Febres Cordero y su lógica continuidad en el siguiente gobierno. Nunca supo del alto grado de infiltración y traición interna que tuvo ese grupo, hasta cuando ya estuvo detenido.

Gustavo pasó a la clandestinidad. Por mi parte, una nueva detención preventiva y un par de incursiones al sitio donde vivía me hicieron comprender que debía salir de Quito; además ya las cosas de la bohemia se habían desbocado y era necesaria una huida.

Los monstruos del penal

Gustavo Garzón y Byron Rodríguez. Foto: archivo de la familia Garzón Guzmán. 

Terminó el gobierno de León Febres Cordero y Rodrigo Borja ya llevaba un año de mandato. Regresé a Quito. Un día de visita en la Casa de la Cultura para ver “qué había” encontré al Edwin Madrid, otro poeta en construcción y también trabajador de la CCE, todo agitado y de camino a una reunión: me soltó la noticia de la detención de Gustavo.

La reunión no fue para rechazar la detención de Gustavo ni para planificar un apoyo para los días que durara su detención, pues al fin y al cabo fue funcionario de la CCE y era un escritor que ya despertaba interés. La reunión fue para blindarse, para averiguar quién más estaría involucrado en lo del Gustavo, para advertir que más vale el prestigio de la CCE que cualquier aventura revolucionaria.

Era 1989, Gustavo Garzón Guzmán fue detenido el 7 de agosto. Se le acusó de portar armas de forma ilegitima en su camioneta. Lo llevaron al tristemente célebre Servicio de Investigación Criminal de Pichincha (SIC-P), donde fue torturado. Luego pasó al Centro de Detención Provisional de Pichincha (CDP), a un costado del Penal García Moreno, en San Roque.

Fui a verlo en el CDP y la primera vez lo encontré casi con todos sus compañeros de La Mosca Zumba.

Parecía que no había cambiado nada, pero en las siguientes visitas los amigos iban disminuyendo y en las reuniones empecé a conocer a los monstruos que los medios de comunicación me habían construido desde adolescente: por ejemplo los del “Caso Briz”, empresario que fue secuestrado y asesinado en noviembre de 1977 en el marco de otro intento de consolidación de un grupo revolucionario. Entonces supe que los AVC no eran ninguna novedad.

Esos tales monstruos no parecían serlo, no gruñían ni tenían garras. Eran hombres que debatían, que denunciaban las formas de opresión en la sociedad y que lo hacían dentro del mismo CDP.

Quizá estuvieron equivocados alguna vez, pero los del Caso Briz, los AVC, los MPL y otros en prisión eran hombres leales y no dudaban en defender juntos a un compañero cuando era víctima de las mafias de otro pabellón. “Si no se arregla esto vamos a ir allá para vengarnos”, concluyeron una vez. Miré a Gustavo y dijo: “Habrá que ir, aquí todos somos leales”.

¿Y cómo se mete el trago?, pregunté durante una visita, porque comprarlo adentro resultaba muy caro. Se me explicó que en un galón de jugo en una poma plástica se debe meter el trago en una bolsa plástica, de tal manera que flotara en mitad del jugo; así los guardias miraban el jugo y dejaban pasar.

Con una amiga hicimos la prueba. La botella de ron en una funda plástica en mitad de una poma de jugo era vista por todos lados, no había forma de que no se la descubriera. Le pusimos hasta un globo inflado para ver si se mantenía flotando en el centro de la poma, pero ni así.

Nos dimos por vencidos y fuimos de visita sin llevar nada. Ya donde Gustavo se nos hizo saber el ingrediente que faltaba.

Pues este era el método: toda esa parafernalia era para que las otras visitas no lo vieran, pues el paso final era avisar al guardia y pagarle por dejar pasar.

Con la nueva pista ya pudimos llevar ron, pero no alcanzaba para tanta gente, así que no había forma de reproducir nuestras pasadas bohemias y luego de acabarse la funda de ron más bien nos dedicábamos a la lectura del oráculo del I-Ching, que siempre nos traía buenos augurios, no por adivinar el futuro sino por presentar el futuro como un cambio permanente en el que nuestra acción era lo fundamental.

Así pasó un año. Rubén Darío Buitrón, Liliana Vásconez, Martha Palacios, Byron Rodríguez, Alfredo Pérez y otro compa de apellido Álvaro se mantuvieron visitándolo todo ese año. No sé si me olvido de alguno más, pero el resto de jóvenes escritores brillaron por su ausencia y de los viejos ni para qué hablar.

Tiempo después, de nuevo visitando la CCE para conversar con el Madrid, encontré a Gustavo sentado a un costado de su antigua caseta. Era increíble: Gustavo estaba libre, había salido de prisión el 7 de de septiembre y ya estábamos en 1990.

Yo estaba casado. Con mi compañera lo habíamos visitado también en el CDP así que se alegraría de verlo libre. Decidimos ir al sitio donde en ese entonces yo vivía, en el sur de Quito, y recordamos las bohemias pasadas, bebimos, contó sus planes, sacaría el doctorado de literatura.

No estaba arrepentido del pasado, pero aceptaba que no era la vía para una revolución. Hablamos de los traidores, que siempre los hubo en todo movimiento, desde el mismo caso Briz, y que siempre los habrá, como en lo del MPL.

Ya en la noche llamó a su casa para avisar a su mamá, doña Clorinda Guzmán, y decirle que no se preocupara, que pasaría la noche en mi casa.

Aseguró que no volvería a optar por la vía armada y que su único afán era escribir. Estaba consolidando un libro de cuentos.

A la mañana siguiente nos despedimos con un par de cervezas y lo fui a dejar en la parada del bus en Barrionuevo. Fue la última vez que lo vi, pues dos meses después, el 9 de noviembre de 1990, desapareció para siempre.

Una búsqueda entre montañas de egos

La noticia no fue una bomba entre nuestros intelectuales: quizá también lo veían venir y no reaccionaron o no quisieron hacerlo. Algunos quisimos formar un grupo de escritores solidarios con Gustavo y exigir respuestas al Estado, pero la experiencia fue realmente dolorosa.

Si ya la detención de Gustavo los había asustado, su desaparición provocó paranoia y solo faltó que algunos fueran a meterse bajo la cama por miedo a la guerrilla que vendría junto a él para reclamarles no haber hecho nada durante su detención.

Escribimos una carta para el ministro de Gobierno, el Patacón Verduga. Hicimos el texto con Edwin Madrid y Marco Antonio Rodríguez, y empezamos a recoger firmas. Hubo la presentación de un libro de Fernando Tinajero, en la Universidad Católica.

Era una magnífica oportunidad para llenar hojas de firmas, pues allí estarían todos los intelectuales de izquierda. En el panel de lanzamiento se hablaba de cómo se resistió al embate de León Febres Cordero y sobre la necesidad de una transformación social, incluso de una revolución, por el momento postergada. Nelson Reascos, profesor de Sociología, interrumpió la ceremonia para pedir las firmas. Con Edwin pasamos las hojas y casi todos firmaron. ¡Un éxito!

Luego fuimos al cóctel y entre vino y vino los firmantes vinieron a tachar su firma. Unos aducían compromisos con el nuevo gobierno y que debían cuidar sus puestos. Pedían comprensión; otros decían que no querían arriesgarse por alguien que probablemente está con la guerrilla de Colombia o había vuelto a la clandestinidad.  Las hojas quedaron con más tachones que firmas. Ya se vislumbraba la hipocresía de la intelectualidad de izquierda, pero que se llegase a ese punto me parecía absurdo.

En la carta no nos identificábamos con la revolución armada ni con nada parecido, solo se pedía que el gobierno de Rodrigo Borja investigara la desaparición de Gustavo y reviera los aparatos de seguridad del Estado: una carta sumamente democrática, pero ni así.

Terminado el evento fuimos a casa de Nelson, en La Vicentina, a pasar el mal sabor que nos dejó esta reunión de intelectuales. En la madrugada, rumbo a mi casa, cuatro colombianos me abordaron para decir que Gustavo no estaba con ellos, que lo más seguro es que “se lo quebró el gobierno”. Les agradecí haberme llevado a Barrionuevo y el evitarme la caminata desde La Vicentina.

Las hojas quedaron impresentables y cuando quisimos volver a tener las firmas solo quedó un puñado de gente que volvió a firmar. Ni la novia quiso firmar porque argumentó que en la familia de Gustavo había policías. Evidentemente estaba asustada, pues había sido también interrogada.

Teatreros y gente vinculada a la danza fueron los que más firmaron. Los escritores consagrados no asomaban por ningún lado.

Podrán haber tenido una montaña de ego, pero en esos momentos, únicamente gente como Marco Antonio Rodríguez, Euler Granda, Edwin Madrid, Fabián Guerrero y la gente de La Mosca Zumba se metieron en ese grupo que exigía la aparición de Gustavo Garzón.

Finalmente, un grupo de La Mosca Zumba, algunos otros talleristas, con Marco Antonio Rodríguez y Euler Granda a la cabeza, abordamos a Verduga en el Congreso Nacional, a donde había ido para explicar algunas cosas reservadas sobre otros temas. Verduga solo sonrío y aseguró que estaba al tanto de lo sucedido y que se estaba investigando.

En las siguientes semanas, con Marco Antonio nos dimos a la tarea de visitar regularmente la morgue, por si las dudas; pero nada.

Mientras tanto, en otro espacio, Raúl Pérez Torres y Patricio Falconí libraban otra batalla. No aparecían en ninguno de los eventos públicos en solidaridad con Gustavo Garzón, pero trataban de convencer al Municipio de Quito, con Rodrigo Paz como alcalde, de continuar un proyecto editorial en donde se incluiría la publicación de los cuentos de Gustavo.

La “Colección Evaristo” estaba en marcha. Se proponía publicar la obra generada por los talleristas y presentarla como la nueva literatura ecuatoriana.

Habían salido ya los primeros seis volúmenes en la que se alternaron escritores jóvenes de Guayaquil y Quito.

Era necesario que en el siguiente grupo a publicarse se incluyera a Gustavo Garzón y Raúl Pérez Torres y Patricio Falconí se jugaron por ello. Así salió a la luz, en diciembre de 1991, Brutal como el rasgar de un fósforo, que recoge los principales cuentos de Gustavo.

Nota del bloguero: Fue Patricio Falconí, secretario del alcalde Paz, quien mayor entusiasmo y lucha le puso al proyecto. Brutal como el rasgar de un fósforo fue un trabajo de selección y edición de Rubén Darío Buitrón y Byron Rodríguez. (RDB)

En ese grupo se publicaron cinco obras: los cuentos de Gustavo, poemas de Edwin Madrid, bajo el nombre de “Enamorado de un fantasma”, ensayos de Eduardo Martínez bajo el título “Héroes Indígenas de América”; una compilación de cuentos de Marco Vinicio Poveda llamada “La dictadura del poetariado”, y mi primer poemario, “Ecos en la Alcantarilla”.

Haber publicado junto al libro de Gustavo nos dio una excelente publicidad en los medios de comunicación, pero nunca supe por qué la presentación se hizo en CIESPAL (Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina) y no en la Casa de la Cultura.

La publicación de las obras fue una cosa. La distribución fue otro calvario. Problemas en el Municipio de Quito impidieron una difusión eficaz y solo se entregaron unas pocas obras a los autores a modo de derechos de autor. Con los libros de Gustavo hubo que ingeniarse para fortalecer su imagen y dar a conocer en todo el país su obra y su desaparición. Solo alcanzamos a presentarlo en Guayaquil y Cuenca.

Los intelectuales y artistas de Guayaquil se entusiasmaron con la propuesta y ofrecieron la sede de la CCE para el evento.

Fernando Artieda, Carlos Calderón Chico y Fernando Cazón Vera se comprometieron para la organización y nadie preguntó si Gustavo estaba con la guerrilla o si aún seguía en la clandestinidad. También se comprometieron en recabar firmas de solidaridad en Guayaquil y rescatar las firmas de algunos intelectuales quiteños.

Así, el 2 de febrero de 1992, se publicó en Diario Expreso el primer manifiesto público de los intelectuales ecuatorianos en solidaridad con Gustavo, con firmas encabezadas por Carlos Julio Arosemena Monroy (expresidente del Ecuador), León Roldós Aguilera (ex vicepresidente del Ecuador), rectores y vicerrectores de universidades, decanos de facultades y, por supuesto, los escritores, pintores y otros artistas de Guayaquil.

El 5 de febrero se presentó el libro de Gustavo, se acogió a doña Clorinda como una heroína y se alzó una sola voz para rechazar la desaparición de Gustavo y exigir al gobierno una investigación más eficaz. En Cuenca fue un fracaso: quizá la gente de allá tenía demasiado miedo.

El epílogo

Doña Clorinda se juntó a los plantones que hacían Pedro y Luz Helena Restrepo por la desaparición de sus hijos, Santiago y Andrés. Poco a poco se fue juntando más gente; llegaban ahí personalidades de todas partes, incluso llegó el argentino Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz, pero nunca aparecieron los escritores ni los intelectuales.

Me alejé del mundo de la CCE. Estaba decepcionado. Me distancié de la militancia política, también decepcionado. De vez en cuando acudía a los plantones de la Plaza Grande y un día volví a ver a Gina Benavídez, a quien conocí en la Católica y volví a encontrarla en la CEDHU (Comisión Ecuménica de Derechos Humanos), organización que se hizo cargo del caso de Gustavo.

Gina me propuso juntarme al proyecto que estaba formando: el INREDH (ahora Fundación Regional de Asesoría en Derechos Humanos), con la convicción de que una nueva sociedad solo era posible luchando por los derechos humanos y que esta lucha constituía una utopía eterna. Han pasado 25 años desde esa invitación que me vinculó definitivamente a la lucha por los derechos humanos y de los pueblos.

El gobierno actual, el del presidente Lenín Moreno, ha dicho que desea reparar la desaparición de Gustavo. Es justo que una calle quiteña lleve su nombre; es justo que se recopile su obra y se publique una antología; es justo que se reivindique su memoria; son justas muchas cosas, pero lo más justo, aunque suene redundante, es la justicia: que se lleve ante la justicia a los responsables de su desaparición y, sobre todo, que nos digan, que digan a su familia, a dónde se lo llevaron.

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*Tomado de la página web de INRED

Crisis en prensa tradicional por alta publicidad en medios digitales

BLOG Publicidad digital y tradicional

Las noticias negativas sobre el comportamiento de los mercados de los medios en papel o digital, se han prodigado en verano.

El papel diario sigue bajando a los infiernos y agosto ha sido un mes para olvidar.

El crecimiento de la publicidad digital se lo llevan las búsquedas y las redes sociales, y los digitales puros acusan el golpe.

Mientras tanto, la televisión tradicional empieza a girar en el sumidero de la historia. Estamos ante un cambio en el modelo de negocio desde la publicidad a los ingresos por audiencia.

Agosto ha sido un mes horrible para los grandes diarios impresos en España. 

‘El País’, ‘ABC’, ‘El Mundo’, ‘La Razón’, ‘El Periódico’ y ‘La Vanguardia’ vendieron en agosto 274.000 ejemplares en conjunto, un 13,3 % menos que en el mismo mes del año pasado, según datos de la OJD.

‘El País’ ha sido el que más ha caído: registra 84.000 copias vendidas de media diaria, con una caída del 13 %.

‘El Mundo’ pierde también un 13 % y se queda en 56.000 ejemplares.

Le sigue ‘ABC’ con unas ventas de 52.000 ejemplares y una caída de 9,2 %.

‘La Razón’ sufre un hundimiento del 18,2 % y se queda en unas ventas de 25.000 ejemplares.

‘La Vanguardia’ retrocede un 20,2 %, con unas ventas de 23.000 ejemplares.

‘El Periódico’ vendió 31.000 copias, un 14,5 % menos.

En cuentas semestrales, el grupo Prisa registra un retroceso del 12 % en facturación por ventas, un 32 % en los ingresos por promociones y el 12 % en la publicidad impresa.

Unidad Editorial anota una caída de sus ingresos editoriales de 6 millones de euros en el primer semestre. Según la consultora InfoAdex, entre enero y junio, la publicidad en todos los diarios cayó el 6,2 %, en las revistas retrocedió 4,5% y en los suplementos y dominicales, el 6,2 %. En Internet se anota un aumento del 11,7 %.

Búsquedas y redes sociales llevan dos tercios del crecimiento publicitario mundial. 

La inversión publicitaria crecerá en torno a un 4 % cada año durante los tres próximos ejercicios, hasta alcanzar un gasto total en 2020 de 581.000 millones de dólares, según las últimas previsiones de Zenith. Pero el 67 % de este incremento se lo comerán las búsquedas pagadas y la publicidad en redes sociales.

Los medios digitales americanos empiezan a acusar el golpe.

Especialmente los medios gratuitos son los que están sufriendo más.

El ‘Wall Street Journal’ anunciaba recientemente que el potente grupo de medios digitales Vox Media no alcanzará sus objetivos financieros este año. Los grupos BuzzFeed y Vice Media están en dificultades.

BuzzFeed anunció recientemente que cerrará sus actividades en podcast, concentrando sus fuerzas en la producción de vídeos para plataformas como Netflix o Facebook.

A comienzos de verano se cerró ‘BuzzFeed France’. El grupo de medios digitales Mic, con sede en Nueva York, que emplea a un centenar de personas, deberá ser puesto a la venta, a menos que sea capaz de aumentar su capital o reducir sus costes, según escribió el ‘Wall Street Journal’.

Los gigantes de medios europeos recurren a grandes inversiones en capital riesgo

En Europa del Norte y Central, los principales grupos de medios están invirtiendo agresivamente en start-ups y empresas de comercio electrónico.

El alemán Axel Springer ha invertido en más de 100 nuevas empresas. Schibsted, de Noruega; Bonnier, de Suecia y Hubert Burda, de Alemania, invierten fuertemente en carteras de capital riesgo. También Bertelsmann, Hearst y 21st Century Fox, están invirtiendo en emprendimientos corporativos.

Sin embargo, las principales cadenas de periódicos y revistas de Estados Unidos no están realizando muchas inversiones en nuevas empresas. Por el contrario, la china Tencent ha realizado más de 300 inversiones en start-ups en los últimos tiempos.

Alarma en las televisiones tradicionales.

Caen la publicidad y las audiencias. Telecinco y Antena 3 registran un descenso del 11 % en la presión publicitaria durante el mes de septiembre, siguiendo la tendencia que ya se apuntó en agosto.

Telecinco pierde un 6 % en su publicidad y Antena 3 marca un descenso del 9 %. Por lo que respecta a ‘Cuatro’ y laSexta, se anotan el peor dato de presión publicitaria en septiembre, con una caída del 21 %.

El consumo de televisión tradicional en España disminuye en todos los targets. Los jóvenes, especialmente, pierden 22 minutos.

Los dos gigantes audiovisuales españoles, Mediaset y Atresmedia, han perdido 1.860 millones de euros en Bolsa entre enero y septiembre. Telecinco cierra septiembre teniendo la mayor cuota de pantalla, con un 13,7 % de share.

Artículo escrito por Por Miguel Ormaetxea.

Fuente: Media-Tics

“Nunca piensas”, le dijo el presidente Donald Trump a una periodista

El Mundo

2 OCT 2018
EFE

La periodista se llama Cecilia Vega y trabaja para la cadena ABC.

La Casa Blanca intentó cambiar la versión pero reconoció las palabras que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, le dirigió a la reportera.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. AFP

La Casa Blanca reconoció este martes  que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, le espetó a una periodista “ya sé que no estás pensando, nunca lo haces”, durante una rueda de prensa ayer con motivo del acuerdo comercial alcanzado con México y Canadá.

La Administración publicó este martes una transcripción del evento, donde Trump pronunció esas palabras al dirigirse a la periodista de la cadena ABC News Cecilia Vega.

De esta manera, la Casa Blanca corrigió la transcripción que divulgó ayer, donde atribuyó a Trump la frase “ya sé que no estás agradeciendo, nunca lo haces”, al sustituir al verbo “thinking” (pensando) por “thanking” (agradeciendo).

En algunos momentos, la rueda de prensa tuvo un cierto tono bronco porque los periodistas quisieron preguntar al mandatario por temas ajenos al anuncio del nuevo acuerdo comercial, a lo que Trump se mostró reacio en un principio.

Ver más: La fobia de Donald Trump a los periodistas

Finalmente, el Presidente acabó accediendo a contestar algunas de estas cuestiones y fue entonces cuando concedió la palabra a Vega.

Ver más: Lo que los republicanos piensan pero no dicen de Trump

“Vale, pregunta, adelante”, le dijo Trump a la periodista, que se demoró unos segundos en hacerse con el micrófono, tiempo que el mandatario aprovechó para bromear y decir:

“Está sorprendida porque la he elegido. Está como en estado de shock”.

Ante esta apreciación, Vega respondió que no lo estaba y agradeció al presidente que le concediera la palabra: “Thank you, mister president” (Gracias, señor presidente).

A lo que Trump respondió: “Está bien. Ya sé que no estás pensando, nunca lo haces”, dijo con sorna.

Vega siguió con un “disculpe” antes de continuar con su pregunta.

Ver más: Trump pagó por el silencio de dos mujeres

Este intercambio ha tenido una gran repercusión por considerarse un nuevo paso al frente en la guerra que mantiene Trump con algunos medios de comunicación, a los que suele referirse como “fake news” (noticias falsas).

Tres poemas de Ida Vitale

La poeta uruguaya acaba de ganar Premio FIL de Literatura 2018

Tomado de Eterna Cadencia

 

01-10-2018

Nacida en Montevideo en 1923, acaba de obtener el Premio Feria Internacional del Libro de Guadalajara de Literatura en Lenguas Romances. Ya había recibido los premios Octavio Paz, Alfonso Reyes y Reina Sofía, entre otros reconocimientos.

 

Tres poemas de Ida Vitale

 

“Nunca he podido ser rigurosa. Sería una complicación más tener que estar sometida a una ley propia. Las propias puedes eliminarlas, ya hay demasiadas leyes de fuera”, decía en una entrevista de 2017 a ABC Ida Vitale, autora de libros como Procura lo imposible, Reducción del infinito y El ABC de Byobu.

Nacida en Montevideo en 1923, considerada integrante de la llamada Generación del 45, Vitale acaba de obtener el Premio Feria Internacional del Libro de Guadalajara de Literatura en Lenguas Romances. Ya había recibido los premios Octavio Paz, Alfonso Reyes y Reina Sofía, entre otros reconocimientos.

Fortuna

Por años, disfrutar del error

y de su enmienda,

haber podido hablar,

caminar libre,

no existir mutilada,

no entrar o sí en iglesias,

leer, oír la música querida,

ser en la noche un ser como en el día.

No ser casada en un negocio,

medida en cabras,

sufrir gobierno de parientes

o legal lapidación.

No desfilar ya nunca

y no admitir palabras

que pongan en la sangre

limaduras de hierro.

Descubrir por ti misma

otro ser no previsto

en el puente de la mirada.

Ser humano y mujer, ni más ni menos.

Penitencia

¿Mirar atrás será pasar
a ser de sal precaria estatua,
un perecer petrificado
preso en sí mismo, parte
del roto encanto de un paisaje
cuya música no logro más oír?

¿Debo matar lo que miré,
el mito que minuciosa
pliego y despliego,
grava para mi paso solo?
¿Ciega borrar lugares,
playas, vientos, el tiempo?

Sobre todas las cosas,
anular horas que se han vuelto inútiles
como lluvia que cae
sobre el mar implacable,
como mis propios pasos
si no son penitencia.

Este mundo

Sólo acepto este mundo iluminado

cierto, inconstante, mío.

Sólo exalto su eterno laberinto

y su segura luz, aunque se esconda.

Despierta o entre sueños,

su grave tierra piso

y es su paciencia en mí

la que florece.

Tiene un círculo sordo,

limbo acaso,

donde a ciegas aguardo

la lluvia, el fuego

desencadenados.

A veces su luz cambia,

es el infierno; a veces, rara vez,

el paraíso.

Alguien podrá quizás

entreabrir puertas,

ver más allá

promesas, sucesiones.

Yo sólo en él habito,

de él espero,

y hay suficiente asombro.

En él estoy,

me quede,

renaciera.

Rubem Fonseca, el fino oído para el habla popular

Fonseca, Rubem III

“Me gustaría poder decir que la literatura es inútil, pero no lo es en un mundo en el que pululan cada vez más los técnicos”.

 Rubem Fonseca

Por Guillermo Belcore

El encanto de la totalidad, de lo acabado, del círculo.

Hoy en día, uno de los productos más sustanciosos de la industria editorial es el volumen que reúne todos los cuentos de un artista trascendente.

Alfaguara recopiló a Onetti, Nabokov, Fogwill y Faulkner. Sudamericana a Borges, Zeta a Asimov y Edhasa a Thomas Mann.

Ahora Tusquets nos acerca el maravilloso universo breve de Rubem Fonseca (Juiz de Forá, 1925), una de las glorias del Brasil contemporáneo.

Revisamos el primer tomo (Cuentos Completos, 577 páginas, edición 2018). Incluye cinco libros: Los prisioneros (1963), El collar del perro (1965), Lucía McCartney (1967), Feliz Año Nuevo (1975, prohibido por la dictadura militar) y El cobrador (1979).

En total, atesora 62 relatos y dos poemas de un escritor esencial y con registro amplio que publicó por primera vez a los 38 años de edad y fue reconocido por la academia después de la edad de jubilarse. Qué maravilla.

Primera conclusión: Fonseca ha corrido los 100 metros planos con tanto brío y eficacia como la maratón. La tesis de este artículo es que debe honrarse al artista mineiro -pero carioca por adopción- como uno de los grandes cuentistas latinoamericanos.

Su prosa tiene el sabor de lo vivido.

Antes de dedicarse de lleno a la literatura, se graduó en abogacía, ejerció como penalista, se dedicó a la enseñanza en la Fundación Getúlio Vargas, ingresó a la Policía (llegó a comisario y fue jefe de Relaciones Públicas) y estudió administración de empresas y comunicación en Nueva York y Boston.

Tiene aquello que le falta a los cachorros de Puan y a los plumíferos de tres al cuarto que vomitan los talleres literarios: calle. Tiene Fonseca, también, un fino oído para el habla popular, sin concesiones a lo pintoresco.

Sin dudas, Fonseca encarna a Brasil, ese coloso de cultura tropical que intriga, atrae-repele y enamora-asusta a los argentinos.

En la temática, surge imperiosa la brasilidad; dos de cada tres cuentos rondan el erotismo, esa pasión fulminante que si ha nacido carnal de tan intensa termina convirtiéndose en una llama espiritual que calcina todo a su paso.

Hombres maduros obsesionados con prostitutas (y viceversa) son moneda corriente en el volumen.

La pasión rompe en pedazos la diferencia de edad y de clases, lo que cual no siempre es bueno, pues el hombre suele actuar como depredador. No obstante, en “El grande y el pequeño”, Zé el Mayor, alma simple enamorada, se rebela contra su familia de inmigrantes portugueses (como la de Fonseca) para escaparse con su mulata.

ECONOMÍA VERBAL

Si prescindimos de ciertas bellezas formales, como un par de soliloquios (el de un pederasta y el de un luchador del vale todo), la incorporación de cuadros sinópticos, epístolas o estructuras teatrales, la prosa de Fonseca opera siempre por economía verbal, accesible incluso para el más boboca de los lectores. Es todo lo contrario de Guimaraes Rosa, (Zeus en el Olimpo de la novelística latinoamericana).

Es Graciliano Ramos, más bien. Ese estilo desnudo y objetivo también remite a Hemingway. Debe destacarse, que el literato se ganó la vida, además, como guionista (y crítico) cinematográfico, de ahí -se ha dicho- su propensión a ahorrar palabras, de ceñirse al diálogo y a la acción.

Verbigracia: “El encuentro y el enfrentamiento”, urdido sólo con las conversaciones entre un par de pueriles garotas de programa y sus clientes burgueses y cultos durante un apurado round sexual en un bulín.

O “El cuarto sello (fragmento)”, recorte de una sociedad futurista y distópica, en la que una guerrilla tremendamente eficaz mantiene en jaque a las brutales autoridades. “Todo lo que sé lo he aprendido en los libros”, dice un Exterminador.

Zé Rubem es un maestro del realismo sucio. No ahorra miserias tercermundistas. Yo escribo sobre las personas apiñadas en las ciudades, explica en la página cuatrocientos cincuenta y ocho.

Te diviertes en una fiesta con familia y amigos y de pronto irrumpen en la casa acomodada una pandilla de marginales rencorosos y brutales, sedientos de dinero, comida y sexo. “Feliz Año Nuevo” es otro cuento impresionante, memorable.

Como “Día de los enamorados”, peripecias de redactores (machos) empeñados en hacer un periodicucho para mujeres clase C. O el perturbador “Pierrot de la caverna”, confesión de un literato cínico (en un solo párrafo que se extiende por trece páginas) tras haber dejado embarazada a su vecina de doce años.

Tercera deducción: el cuento alargado y con vetas policiales (el género que lo ha hecho famoso) es el mejor producto fonsequeano. En “El collar del perro” aparece el comisario Vilela (¿alter ego del autor?) tratando de leer poesía y mantener la integridad en un ambiente podrido.

“Con más de trescientos mil personas de las favelas sueltas en los montes no podemos jugar a la policía inglesa”, le advierten sus subordinados. También le avisan: “El día en que los maleantes no le teman a la policía todo estará perdido”. Ese día, al parecer, ya ha llegado al Cono Sur.

En “El caso F.A” debuta Paulo Mendes alias Mandrake, abogado criminalista jugando al detective privado. Este personaje -promiscuo, inescrupuloso y violento- protagoniza la novela más aplaudida de Fonseca (A grande arte, 1983).

Son 30 páginas que se devoran con fruición. En realidad, el lector no deja de interesarse nunca en las aventuras sórdidas que narra Fonseca, afortunadamente suavizadas aquí y allá con pinceladas de humor negro como en “El enemigo”, que narra la decepcionante búsqueda de un afiebrado de sus amigos del colegio.

El narrador comprende, por las malas, que la juventud es una ilusión. Comicidad, enriquecida con una sutil hondura psicológica y social, es otra seña de identidad del cuentista brasileño.

Tampoco se le da mal la parodia. En “El cobrador” compone con trazos caricaturescos a un asesino en serie por resentimiento, esa pulsión que explica tantas conductas humanas, pero por alguna razón -Nietzsche dixit- nunca ha sido convenientemente estudiada.

Fonseca se ríe de la pintura moderna en “Naturaleza podrida”, mientras que en “Asterisco” se mofa del teatro experimental: imagina a un inquieto director que pone en escena la guía telefónica.

ELOGIOS DE PYNCHON

Es justo decir que la dosis de crítica social que incluye el realismo sórdido fonsequeano es siempre la apropiada.

Si los ricos de Fitzgerald son imperturbables, desinteresados, corteses y distantes, los que aparecen en estos cuentos (al fin y al cabo provienen de una sociedad de castas) son egoístas, acaparadores, ambiciosos y codiciosos.

Otro procedimiento refinado es la aparición de los mismos personajes en más de un libro (el fisiculturista, Mandrake, el escritor amoral), lo que nos permite seguir el hilo vital de estos pilantras como si de una novela se tratase, otra lindeza que trae la recopilación de cuentos.

Un par de curiosidades: el pudoroso Fonseca odia firmar libros y se ha resistido -a lo Aira- a concertar entrevistas con la prensa de su país.

Con buen criterio, considera que “se debe leer prescindiendo totalmente del escritor”. No obstante, en “Intestino grueso” nos ofrece una suerte de manifiesto literario, cuya piedra basal es el repudio a la censura (era otra época).

Un dato no menor: Thomas Pynchon, acaso el mejor escritor vivo, adora a Don Rubem.

Esto escribió el ermitaño estadounidense: “Lo mejor de la obra de Fonseca es no saber adónde nos va a llevar. Siempre que comienzo un libro suyo es como si sonara el teléfono a medianoche: “Hola, soy yo. No vas a creer lo que está sucediendo”. Su escritura hace milagros, es misteriosa. Cada libro suyo es un viaje que vale la pena: es un viaje de algún modo necesario”.

Fonseca tiene un fino oído para el habla popular.

Jon Lee Anderson: La narración es la madre del periodismo

Anderson, Jon Lee IV

Nexos*

Presentamos un extracto de la conversación que Jon Lee Anderson, el gran icono del periodismo narrativo y de investigación, sostuvo con periodistas mexicanos durante el primer seminario internacional “El estado del periodismo y los  medios”, organizado por el CIDE.

Bajo la luz del caso Snowden, Anderson aborda aquí la situación del periodismo convencional ante el surgimiento de una especie de periodismo ciudadano, muchas veces de cruzada, que se ampara en las nuevas tecnologías.

Acompañamos estas páginas con la conferencia impartida por la especialista en medios, Natalie Fenton, quien cuestiona desde las ciencias sociales la relación entre la producción de noticias y las nuevas tecnologías.

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Guillermo Osorno: Quiero abordar la polémica desatada por el periodista Gleen Greenwald sobre su papel en el caso Snowden y la conversación acerca del periodismo como activismo.

Jon Lee Anderson: La polémica está dada. En la madrugada leí un intercambio entre el ex editor del New York Times y Greenwald. Es una conversación epistolar con cierto decoro, en donde cada uno expone sus diferencias.

En el caso de Bill Keller, ex editor de The New York Times, sobresale su recelo y cautela, y quizás inquietud ante el fenómeno que ostenta Greenwald: el periodismo activista de estos individuos que operan fuera del marco tradicional de un medio. En el caso de Greenwald defiende a Assange basando su potestad en documentación filtrada, por no decir robada, de personeros al gobierno.

Su discurso tiene que ver con los medios mainstream y su participación —si no es que su complicidad— con un régimen en el que el individuo ha sido enajenado de forma crónica y permanente. Yo llevo mucho tiempo en los medios, y creo que aunque he operado dentro del periodismo mainstream convencional, he dedicado mi carrera a dar voz no solo a los enajenados o a los marginados, también a la gente rebelde.

Me siento un poco como Keller, con recelo ante la aparición de individuos que por tener documentos adquieren poder y aprovechan una coyuntura para abrir un espacio, motivados por una cruzada moral, ética o incluso ideológica.

Esto me incomoda porque los principales activistas de este nuevo fenómeno se encuentran refugiados. Uno en la embajada de un gobierno que ha sido controvertido en el respeto al derecho de libertad de expresión: Ecuador, y otro viviendo en el santuario de Putin, en Rusia, país que se ha caracterizado en los últimos años no solamente por reprimir a la prensa, sino por matar a periodistas.

En resumen, parte del intercambio entre Keller y Greenwald se basa en la afirmación que repiten los que están a favor de este periodismo de cruzada: no importa dónde está Snowden, hay que creerle que no ha entregado nada ni a Putin ni a China, otro país con carencias democráticas.

A mí no me consta que Snowden es quien dice ser. En mi juicio es un tipo que fue espía, no es periodista. Un espía que cambió de bando y se apropió de documentación que no le pertenece.

Asunto aparte es si la Agencia de Seguridad Nacional abusa de su poder digital, algo que también podemos decir de Google o Facebook, que penetran en nuestras vidas de una forma aparentemente benigna y voluntaria, pero con consecuencias que todavía no podemos medir.

Aquí está el tema de nuestro tiempo: como sociedad hace falta una puesta al día de nuestras libertades y de nuestra relación con los Estados que nos gobiernan.

Siempre ha habido periodismo basado en las filtraciones de documentos. Yo nunca me he sentido cómodo con ellas porque en general tienen un interés detrás. De ahí deriva un ejercicio periodístico cortesano. A los periodistas que lo practican, a los cuales yo llamo cortesanos del rey, les dan las infidencias del palacio para lograr que ciertos murmullos lleguen al pueblo.

A principios de los años sesenta, en Estados Unidos, apareció una figura que hoy aún existe en la prensa: el whistleblower —silbatero—, que en español podría traducirse como soplón, pero sería inexacto.

Se les dio ese nombre porque se supone que era gente patriota dentro del sistema, harta de los abusos.

El whistleblower más famoso es aquel que sopló y divulgó a los periodistas Woodward y Bernstein las maldades de los colaboradores del presidente Nixon, lo cual nos llevó al Watergate.

Había un sinfín de empleados, del Pentágono, por ejemplo, que filtraban a columnistas escogidos abusos de inventario, de presupuesto o de utilización de fondos, pero siempre mantenían la reserva de su jefe o de su agencia. Se interesaban por la fiscalización de la administración pública, cosa que le viene bien a todas las sociedades.

En el caso de Greenwald es un poco distinto pues nosotros, los ciudadanos, tenemos que decidir si creer al director de la NSA o al de la CIA o a Hillary Clinton, cuando aseguran que lo que está entregando Snowden afecta la seguridad no solo de Estados Unidos sino de otros países, en un mundo donde hay terrorismo activo que busca cualquier agujero para atacar.

En medio del debate, tiendo a creer que hace falta la imparcialidad.

Reconozco, sin embargo, que debe discutirse lo que hemos entendido como imparcialidad tradicional, que a veces solo convenía al medio o al medio y a su vínculo político.

Aún no estoy seguro de si debemos desvestirnos de una vez por todas y decir exactamente cuáles son nuestras opiniones, como pretende Greenwald. Si descartamos la imparcialidad, ¿qué tenemos? Un alza de amarillistas y cruzadistas.

¿En dónde van a operar los que se declaran “guardianes de la libertad”, como Greenwald, Snowden y Assange en esta situación, ante una Corporación Murdoch?

¿Acaso van en contra de los abusos de la Corporación Murdoch que, en aras de sus intereses comerciales también espiaban a mucha gente, desde celebridades hasta políticos y fueron amonestados por eso? ¿Acaso necesitamos a tres hombres que dicen ser “los guardianes” para fiscalizar al gobierno de Estados Unidos?

Esto es un tema que no tiene solución todavía. Yo tengo la mente abierta y me siento indeciso, pero tengo mucho recelo con los que dicen tener la razón, así como me siento con figuras religiosas que aseguran estar más cerca de Dios que los demás.

La narración es la madre del periodismo

Javier Solórzano: A través de las nuevas tecnologías, aparece información que en muchas ocasiones se considera de primera mano, desde el Twitter o desde el Facebook. ¿Se tendrá que seguir especializando tanto quien ejerce el periodismo o detrás de un iPhone hay ya un periodista?

Jon Lee Anderson: Tener un iPhone te da la posibilidad de hablar con cualquiera. Pero existe un gran riesgo en esta convivencia, estamos ante una Torre de Babel, estamos bajando el tono de las discusiones de una forma despampanante y con una gran velocidad. No veo muy claro el camino que vamos a seguir, pero tengo ciertas reservas hacia estas nuevas experiencias. Perdemos calidad, perdemos la posibilidad de distinguir entre lo importante y lo frívolo, entre lo que es un troll y un comentario válido, con buenas intenciones.

Ante estos fenómenos la prensa escrita está condenada a desaparecer porque el trance que imponen estos aparatos a los seres humanos es tan obvio, que cuando uno entra en cualquier súper en Nueva York, nueve de 10 personas están mirando a la pantalla, o sea, es el cliché de nuestros días.

Esta caja mágica va a ir arrasando e incorporando a los que no tienen acceso a ella por ahora. Así como lo hizo la televisión en sus días, pero ahora en versión portátil. Los diarios escritos difícilmente podrán competir con este fenómeno en un mundo de aquí a 20 o 30 años, inclusive menos.

Pero tener un iPhone no te hace periodista. Por ejemplo, cuando cubrí la revolución en Libia me encontré con la generación que yo llamo de la Plaza Tahrir, aunque bien podrían llamarse generación iPhone. Son chicos de 24 años que por equis razones se encontraban, a principios de 2011, en El Cairo.

Fueron testigos directos de la caída del sistema político de Mubarak, se enfrentaron a una revolución o una aparente revolución. Y lo cubrieron virtualmente, así como cualquiera tiene el impulso de sacar una foto porque tiene un teléfono en la mano, aunque nunca más la vuelva a ver.

Estos jóvenes se encontraron ahí, en la Plaza Tahrir, y durante 17 días vivieron lo que para ellos era una revolución, comparable con la revolución bolchevique o cualquier otra, pero sin mucha sangre. De pronto se convirtieron en fuentes de primera mano; el primer borrador de la historia porque los grandes grupos mediáticos estaban en los techos de los hoteles y era difícil moverse.

Cuando yo llegué a Libia en el ambiente había algo parecido a una fiesta-revolución. De pronto comenzó el tiroteo. Un grupo de estos chicos y yo fuimos al frente de lo que era ya una guerra. Varios de ellos murieron porque no supieron cómo operar. A través de los años he seguido en contacto con algunos otros. Los que se han quedado en el ambiente periodístico consiguieron corresponsalías con medios y han aprendido árabe. Son una nueva generación de periodistas.

Los que fueron al frente, desde el principio, tuvieron mi respeto. Una cosa es tener un iPhone y quedarte en tu casa comentando lo que sea y otra es cargar ese iPhone e ir al frente. Tú no puedes ser periodista con un iPhone, pero un iPhone te puede ayudar a ser periodista.Y estamos ahí básicamente y sin definición todavía porque, claro, tienes que aprender ética.

La narración es la madre del periodismo

Guillermo Osorno: Frente a estos desafíos de los que hemos hablado, es decir, frente a los activistas, frente al periodismo cívico, frente al iPhone y las nuevas tecnologías, ¿qué es lo que tiene que ofrecer el periodismo convencional como se hace en The New Yorker?

Jon Lee Anderson: Yo diría que todavía tiene que ofrecer las posibilidades narrativas. Una cosa es el periodismo del boletín informativo que resume, plasma y entrega la noticia al público sin necesidad de mayor arte, hecho por un tuitero, un bloguero, un redactor en un diario, un radioperiodista o alguien en la televisión.

No quiere decir que todo lo de The New Yorker sea arte ni mucho menos. El periodismo narrativo, sin embargo, es como la Madre Patria de la comunicación. Para mí hay un vínculo directo entre el periodismo narrativo y las tradiciones orales de las tribus donde los viejos chamanes, durante tres días y tres noches contaban —o cuentan algunos todavía— la historia oral, los mitos de creación a los jóvenes. Es como contar un cuento.

Digo que es la Madre Patria de la comunicación en el sentido de que una historia bien contada tiene una función: establecer una pauta, captar una realidad supuesta en el mejor de los casos con imparcialidad o una intención al menos honesta.

Recoger, plasmar y compartir una historia verdadera sobre nuestra realidad con los demás. En su esencia no es más que querer explicar el mundo a los demás; quizá una partecita, una parcela de esa cosa compleja que es el universo.

Tal vez no estamos intentando ser los chamanes y explicarlo todo, pero queremos contar los aspectos de la vida o el mundo que nos interesa a cada uno y que nos parece importante compartir.

A veces una buena crónica larga, con rigor, en la que sentimos que el autor o la autora es honesta al menos, nos puede cambiar la vida. Todos tenemos historias que hemos leído de jóvenes o que nos contaron nuestros padres que nos cambiaron la vida.

Creo que un tuit te puede guiar, te puede dar el enlace para que leas o veas algo. Twitter es como la señal de humo en la montaña o el tambor en la antigüedad; en sí no ofrece nada trascendental de momento, al menos que empiece una generación de poetas fijos en los 280 caracteres de esta red social, que es probable.

Esto no debe ser propio de Estados Unidos o de The New Yorker. Cada sociedad lo necesita y, a medida que nos vamos globalizando, es importante tenerlo para evitar la homogenización cultural, la monocultura.

En América Latina, sobre todo, hay una tendencia de un grupo de la nueva generación de periodistas que en la última década ha intentado fomentar nuevos medios y explorar nuevas narrativas.

Todavía los círculos están un poco limitados, pero a lo mejor siempre lo fueron.

Pero, por eso mismo, digo que esa gran narrativa es importante, porque aunque The New Yorker sólo lo lee un millón y no sé cuántos lectores más, de ahí salen historias que luego las ven muchos millones, a través de películas, telenovelas o teatro y otras formas de expresión más popular.

Entonces, si lo dejamos de hacer nos convertimos cada uno en un boletín informativo, cada uno en un robot interesado nada más que en nuestro espacio.

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*Tomado de revista digital Nexos http://bit.ly/2MLYxtF

Titulitis

RIUS, XAVIER DIRECTOR DE E NOTICIAS

Por Xavier Ríuz*

En mi juventud no me gustaba la vida académica.

Yo hice periodismo a mediados de los 80 en Bellaterra. No teníamos edificio propio. Estábamos repartidos entre Derecho y Económicas. El centro de la vida estudiantil era el bar. Se hallaba justo entre ambas facultades.

Tuve algunos compañeros ilustres como Xavier Graset. Impulsado por el cava ha hecho, desde luego, más carrera que yo.

Salvo algunos profesores (Casasús en redacción periodística, el difunto Mario Herreros en publicidad o el temido Rodés en relaciones internacionales, entre otros) no se salvaba casi nadie.

Algunos habían acabado la carrera y habían ingresado directamente en el cuerpo de docentes aunque fuera por abajo. No tenían exepriencia laboral. Tuve uno en radio que me parece que había trabajado en un banco.

Más de uno no había pisado tampoco una redacción en su vida, cubierto una rueda de prensa o simplemente editado una columna de breves.

Tras licenciarme, me matriculé en el programa de doctorado en la Pompeu. Tuve una profesora que daba periodismo de investigación. Sospecho que no había estado nunca en el registro mercantil o el de la propiedad.

La desconexión entre la vida laboral y la académica era absoluta. Pasa también en otras carreras.

Miquel Roca publicó un libro en el 2007 en el que decía: “seamos sinceros; muchos de nuestros licenciados no saben escribir” (1).

En el prólogo, Rodrigo Uría, una leyenda jurídica desaparecida hace unos años, ya afirmaba que una cosa era ser licenciado en derecho y la otra abogado.

Acabé los dos cursos -aquí coincidí con Xavier Bosch y otro que se creía Bob Woodward- e incluso hice la tesina sobre Joan Puig i Ferreter (1882-1956). Un autor de los años treinta, ahora algo olvidado, que es también uno de los preferidos del presidente Torra. Tenemos alguna obsesión en común.

La tesis ya me dio pereza. Hice algunos esfuerzos. Hasta visité la casa museo de Pla en Palafrugell a ver si me inspiraba. Pero el periodismo se aprende en la calle. No en los despachos ni en las aulas. Aunque por supuesto es necesario una base cultural. Lo dejé correr.

Nunca hinché el currículum. Pero si quieren reírse un poco mejor consulten la versión cachonda. En los inicios de e-notícies me apunté a un curso de posgrado sobre periodismo digital de la UOC. Me pareció una pérdida de tiempo y dinero. Y tampoco estaba yo -casado, con tres hijos e hipoteca- para muchas alegrías. El capítulo básico -el de la financiación- no aportaba ninguna luz.

Luego estuve dando clases de periodismo de investigación en la Universidad Internacional de Catalunya (UIC). Hasta que me echaron. Todavía me acuerdo del nombre del verdugo: Albert Arbós. Fue casi sin avisar. Me recibió 15 días antes de comenzar el curso para decirme que no contaban conmigo. Haberlo dicho antes. Al final del curso anterior. Ya me había preparado hasta las clases. Porque yo las preparaba.

Me dolió porque -como ya he dicho- iba realmente mal de pasta. Y porque por amor al arte había montado hasta las prácticas. ¡Incluso con Tv3 y Catalunya Ràdio! Los alumnos que se hayan beneficiado durante todos estos años que me tengan en cuenta al menos en sus plegarias. Fui yo el que hice las gestiones.

El centro era muy próximo al Opus -recuerdo una capilla en la planta baja- y creo que estaban haciendo limpieza de agnósticos y pecadores para colocar a los suyos.

Yo, ciertamente, no había pasado de la primera comunión. Pero sin ser creyente me cayó la imagen de la Obra al suelo. Hasta entonces pensé que eran los protestantes del catolicismo: partidarios de la cultura del esfuerzo y del trabajo duro.

En fin, en todas las universidades cuecen habas. Hace años me tocó cubrir un acto de Francesc Homs en la Blanquerna.

A un lado del entonces consejero había los convergentes (Marçal Sintes).

Al otro los progres, incluido el decano y exdiputado del PSC Josep Maria Carbonell.

Entre el público más convergentes o exconvergentes camuflados: Francesc-Marc Álvaro, Albert Sáez, etc. ¡Se habían repartido el pastel!

Por eso lo más curioso del caso de la tesis de Sánchez o el máster de Casado es el silencio del resto de universidades. Me recuerda el silencio del resto de fabricantes en cuanto salió a la luz el dieselgate de Volkswagen. Luego se descubrió que, más o menos, todos hacían trampas.

La alcaldesa Ada Colau, que no pierde oportunidad, acaba de contar que a ella le ofrecieron acabar la carrera. Le honra no haber aceptado. Recuerdo la polémica de la vicepresidenta del Govern, Joana Ortega, a la que pillaron con dos asignaturas sin terminar.

¡Tuvo tiempo de sacárselas ejerciendo de vicepresidenta! O tenía poco trabajo o le dieron facilidades. Habría que consultar el expediente. El Abad Oliba -otro centro con resonancias religiosas- fue autorizado a contracorriente por el último gobierno de Jordi Pujol poco antes del fin de la legislatura. El exdiputado de Unió Toni Castellà, ahora en Demòcrates de Catalunya, podría contar la presiones que tuvo de su propio partido, entre otros.

Por eso me extraña el empeño de la clase política por hinchar el currículum a base de másters, cursos y seminarios universitarios. Denota sobre todo una falta de seguridad en sí mismos.

Steve Jobs, Bill Gates y Mark Zuckerberg -fundadores respectivamente de Apple, Microsoft y Facebook- dejaron colgada la universidad. Y no puede decirse que la vida les haya ido mal. Al menos a nivel profesional.

Mientras que mi admirado Winston Churchill lo metieron en Harrow en vez de Eton porque era mal estudiante. Al final su padre, un poco desesperado, lo envió a la academia militar de Sandhurst. La misma, por cierto, por la que pasó muchos años después el historiador Antony Beevor. Celebrado autor de obras sobre Stalingrado o la caída de Berlín.

Eso sí. Cuando a aquel joven teniente lo destinaron a la India se llevó la obra de Gibbon sobre la caída del Imperio Romano. Creo que, durante toda dus vida, no dejó nunca de hincarle el diente de vez en cuando. De la historia se aprende. Bueno, en muchos lados excepto en Catalunya. Aquí solemos cometer los mismos errores cien años después.

(1) Miquel Roca: “Sí, Advocat!”, Columna, Barcelona 2007, página 116

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*Xavier Ríuz, Director de e-notícies