Facebook, Amazon y Google, los que gobiernan el planeta

Smartphones

SAN FRANCISCO — Al inicio de esta década, la Primavera Árabe prosperó con la ayuda de las redes sociales. Ese es el tipo de historia que le encanta a la industria de la tecnología: le gusta demostrar que contribuye a que exista más libertad, progreso y un mejor futuro para toda la humanidad.

Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, proclamó que esa era precisamente la razón por la que existía su red social.

En un manifiesto para inversionistas de 2012, dijo que Facebook era una herramienta para crear “un diálogo más honesto y transparente en torno al gobierno”.

El resultado, dijo, serían “mejores soluciones para algunos de los problemas más grandes de nuestra época”.

Ahora, las empresas de la tecnología son criticadas por crear problemas en vez de solucionarlos. El problema número uno en la lista es la interferencia rusa en la elección presidencial de Estados Unidos el año pasado.

Las redes sociales quizá prometieron libertad al principio, pero resultaron ser unas herramientas muy útiles para avivar el enojo.

La manipulación fue tan eficiente y tan carente de transparencia que las empresas apenas se dieron cuenta de que eso estaba ocurriendo.

La elección no es la única preocupación. Las empresas de tecnología han acumulado una cantidad tremenda de poder e influencia.

Amazon determina cómo la gente compra; Google, cómo adquiere conocimiento; Facebook, cómo se comunica. Todos están tomando decisiones acerca de quién tiene acceso al megáfono digital y quién debe desconectarse de la red.

Su gran concentración de autoridad se parece al derecho divino de los reyes y despierta un rechazo que está en pleno desarrollo.

“Durante diez años, los argumentos en la tecnología tenían que ver con cuál director ejecutivo se parecía más a Jesucristo. Cuál se postularía a la presidencia. Quién convencía mejor a los trabajadores para que lo apoyen”, dijo Scott Galloway, un profesor de la Escuela Stern de Negocios de la Universidad de Nueva York. “Ahora los sentimientos están cambiando. La víctima se rebela”.

En Facebook, Twitter y ahora Google se está divulgando la noticia de cómo los rusos se aprovecharon de sus sistemas de publicidad y publicaciones. El 1 de noviembre, el Comité de Inteligencia del Senado realizará una audiencia al respecto. No es probable que eso mejore la reputación de las empresas.

Con el aumento de la presión, las empresas están lidiando con un ataque de relaciones públicas. Sheryl Sandberg, la directora de operaciones de Facebook, estuvo en Washington esta semana reuniéndose con legisladores y reconociendo públicamente los errores sobre lo que pasó durante la elección y dijo que “no debieron suceder”. Sundar Pichai, el director ejecutivo de Google, estuvo en Pittsburgh el jueves hablando acerca de “las grandes brechas de oportunidades en todo Estados Unidos” y anunciando un programa de subsidios de 1000 millones de dólares para promover empleos.

En el trasfondo de estas reuniones se encuentra la realidad de que internet se convirtió desde hace mucho tiempo en un negocio, lo cual implica que la prioridad de las empresas es complacer a sus accionistas.

Ross Baird, presidente de la firma de capital de riesgo Village Capital, señaló que cuando ProPublica intentó comprar anuncios publicitarios dirigidos a antisemitas el mes pasado en Facebook, la plataforma no cuestionó si esa era una mala idea: les preguntó a los compradores cómo les gustaría pagar.

“A pesar de toda la habladuría de Silicon Valley en torno a cambiar el mundo, su principal enfoque ha estado en lo que puede monetizar”, dijo Baird.

Desde luego, las críticas a la tecnología no son nada nuevo. En una lamentación exagerada publicada en Newsweek en 1995, “Why the Web Won’t Be Nirvana” (¿Por qué la web no será el nirvana?), el astrónomo Clifford Stoll señaló que “cada voz puede escucharse sin costo e instantáneamente” en los tableros de boletines de Usenet, el Twitter y Facebook de esa época.

“¿El resultado? Cada voz es escuchada. La cacofonía se parece más a la onda de radio civil, con todo y nombres clave, acoso y amenazas anónimas. Cuando casi todos gritan, pocos escuchan”, escribió.

Justin Rosenstein, un exingeniero de Facebook, dijo recientemente que él había programado su teléfono para evitar usar la red social en el dispositivo.

Si las redes sociales están a la defensiva, Zuckerberg es quien está en el centro de todo: un suceso extraño en una carrera impecable que lo ha convertido, a los 33 años, en una de las personas más ricas e influyentes del mundo.

“Tenemos un dicho: ‘Muévete rápidamente y rompe cosas’”, escribió en su manifiesto de 2012. “La idea es que, si nunca rompes nada, quizá no te estás moviendo con la velocidad necesaria”.

Facebook abandonó ese lema dos años después, pero los críticos dicen que ha conservado mucho de esa arrogancia. Galloway, cuyo nuevo libro, The Four, analiza el poder de Facebook, Amazon, Google y Apple, dijo que la red social aún estaba preparando su respuesta.

“Zuckerberg y Facebook están violando la regla número uno de la gestión de crisis: la hipercorrección del problema”, dijo. “Su actitud es que les resulta imposible hacer cualquier cosa que afecte sus ganancias”.

Joel Kaplan, el vicepresidente de Políticas Públicas Globales de Facebook, dijo que la red estaba haciendo su mejor esfuerzo.

“Facebook es una parte importante de la vida de muchas personas”, dijo. “Esa es una responsabilidad enorme, una que nos tomamos muy en serio”.

Algunos emprendedores de las redes sociales reconocen que están enfrentando problemas que jamás imaginaron como empleados de empresas emergentes que luchaban por sobrevivir.

“No había tiempo para pensar en las repercusiones de todo lo que hacíamos”, dijo en una entrevista Biz Stone, cofundador de Twitter, poco antes de volver a la empresa la primavera pasada.

Sostuvo que Twitter estaba adquiriendo una reputación injusta: “Por cada cosa mala, hay mil buenas”. Sin embargo, reconoció que a veces “las cosas se complican”.

A pesar de las crecientes críticas, la mayoría de los inversionistas, consumidores y reguladores parecen no haber cambiado su comportamiento. La gente aún espera con ansias el nuevo iPhone. Facebook tiene más de dos mil millones de usuarios. Al presidente Donald Trump le gusta criticar a Amazon en Twitter, pero su administración ignoró las peticiones de una revisión rigurosa de la compra de Whole Foods por parte de Amazon.

Sin embargo, en Europa, el terreno está cambiando. La participación de Google en el mercado de los motores de búsqueda del continente es del 92 por ciento, de acuerdo con StatCounter. Pero eso no evitó que la Unión Europea lo multara con 2700 millones de dólares en junio por darles prioridad a sus propios productos por encima de los de sus rivales.

Una nueva ley alemana que multa con grandes sumas a las redes sociales por no eliminar el discurso de odio entró en vigor este mes. El martes, un portavoz de Theresa May, la primera ministra del Reino Unido, dijo que el gobierno estaba revisando “con cuidado los papeles, la responsabilidad y el estatus legal”, de Google y Facebook, con miras a regularlos como editores de noticias en vez de plataformas.

“Esta guerra, como muchas otras, comenzará en Europa”, dijo Galloway, el profesor de la Universidad de Nueva York.

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Tomado del diario The New York Times

 

El cronista de la libertad

Un año después de su muerte, la Fundación Cartier dedica una retrospectiva al artista. Una de las voces más destacadas de la fotografía africana.
Nuit de Noël, 1963
Nuit de Noël, 1963 MALICK SIDIBÉ

Le llamaban el ojo de Bamako. Se definía a sí mismo como “un fotógrafo de retratos, naturalista y no filosófico”. Le gustaba vivir la noche. Le gustaba vivir la vida, compartiendo el espíritu eufórico de emancipación e identidad del que hacían gala los jóvenes urbanos del Mali poscolonial de los sesenta.

Así, Malick Sibidé (Soloba 1935-2016, Bamako, Mali), con sus cándidas imágenes en blanco y negro, se convirtió en cronista de una promesa de libertad, de un momento de inocencia y de vehemencia en el que todos querían ser fotografiados bailando.

“Las chicas en minifalda, los chavales con pantalones de pata de elefante, la llegada de la música cubana, la amistad con China, los países “fraternales”, todo esta ahí, Malick no fotografía la nostalgia, sino la historia”, escribió el fotógrafo Françoise Hugier.

La Fundación Cartier de París, mostrará, a partir del 20 de octubre, esta visión de la historia de África a través de una retrospectiva, Mali Twist, donde se rinde tributo al artista un año después de su muerte, el 4 de abril de 2016.

“Malick comunicaba su alegría, daba su vida. Amaba a los jóvenes y los jóvenes le amaban a él. Toda su obra brota de ahí, de ese amor”, apunta André Magnin, uno de los comisarios de la muestra.

Abrió un estudio fotográfico en Bamako en 1958, después de haber trabajado como ayudante para el fotógrafo Gerard Guillet.

Haber perdido la visión de un ojo, en un accidente cuando era niño, nunca fue una limitación para él. Su estudio tampoco era como el de cualquier otro fotógrafo; escaso de mobiliario, permitía a la gente llevar cualquier cosa para ser retratada: la moto, la bicicleta o una oveja.

El talento del artista comenzó a despuntar en la infancia, cuando el jefe de su pueblo le eligió para disfrutar de una beca promovida por un colegio de blancos.

Su habilidad para el dibujo le permitió estudiar arte en Bamako. Poco se podía imaginar este hijo de un pastor cuando a los ocho años andaba descalzo cuidando bueyes que llegaría a alcanzar la fama internacional: en 2003 fue galardonado con el prestigioso premio Hasselblad, cuatro años más tarde se convirtió en el primer africano en ganar el León de Oro de la Bienal de Venecia, en 2008, el Centro Internacional de Fotografia ( ICP ) le concedió el Infinity Awards a toda su trayectoria artística, y un año más tarde recibió el premio PHotoEspaña.

Por las noches solía coger su bicicleta y equipado con su cámara acudía a los clubs nocturnos.

Allí rápidamente se identificaba con el ambiente, manteniendo siempre una distancia que le permitía estar alerta a ese momento en el que una mirada o un gesto fugaz e irrepetible le hacía disparar el obturador.

“Sidibé disfrutaba de la compañía de los demás. Empatizaba con los extraños que encontraba aquí y allá, y quedaba fascinado por sus rostros, su riqueza y su diversidad.

Por la ‘sabiduría de la naturaleza’ que hace a cada persona distinta”, escribe la comisaria Brigitte Ollier en el catálogo que acompaña a la muestra. De vuelta al silencio de su estudio, revelaba las copias para que al día siguiente sus clientes eligieran la mejor.

Fue en uno de esos clubs de moda, donde el pop, el soul y el rock’n’roll hacían estragos, donde tomó “Nuit de Noel”, elegida por la revista Time entre las 100 fotografías más influyentes de todos los tiempos. “La música nos hacía libres. De repente un chico joven podía acercarse a una chica y cogerla con sus manos. Antes no estaba permitido. Todos querían ser fotografiados bailando cerca uno del otro”, recordaba el fotógrafo.

Un jeune gentleman, 1978
Un jeune gentleman, 1978 MALICK SIDIBÉ

Tanto en los clubs nocturnos como en las fiestas, las bodas, los bautizos y las demás celebraciones al aire libre en las que era solicitada su presencia, o en la intimidad de su estudio, Sidibé tenía el don para que sus modelos se sintieran cómodos.

Manejaba a la perfección el equilibrio entre la discreción y la indiscreción, esa consonancia tan necesaria para los fotógrafos.

“La sociabilidad y la amabilidad” debían ser las dos características principales de un retratista. “Hay siempre algo de mí en las imágenes. Es como un juego, en el que ni yo ni el cliente tenemos el control. Es el genio, el espíritu quien toma la fotografía”, señalaba el autor.

“Una fotografía no es algo para uno mismo, es para los demás”, destacaba, sintiéndose en la necesidad de que sus modelos resultasen favorecidos. “No me gusta la tristeza en la fotografía”.

A partir de los años setenta comenzaría a practicar el retrato dentro de su estudio en el barrio de Bagadadji.

Este se convirtió en una meca tanto para los jóvenes como para las familias. La austeridad del lugar quedaba compensada por el colorido de las telas que utilizaba como fondo, en el que los modelos se funden perdidos en el silencio de sus ensoñaciones, de ahí el carácter atemporal de sus imágenes.

Por su estudio pasó toda una generación de jóvenes africanos, abiertos al mundo con sus desinhibidos atuendos y su descarado dinamismo.

“Desveló momentos de verdad, de solemnidad y de fantasía, y construyó un mosaico de pequeños relatos que se entrelazan para formar una sola y única historia”. destaca el fotógrafo senegalés Omar Victor Diop. Una historia de África que nos aleja del estereotipo y del afropesimismo al que estamos acostumbrados.

Les faux agents du FBI, 1974
Les faux agents du FBI, 1974 MALICK SIDIBÉ
 

“El hombre intentó imitar a Dios a través del dibujo, pero más tarde inventó la fotografía, escribía el artista.

”La fotografía es la mejor forma de perpetuar nuestra imagen. Creo en el poder de las imágenes. Por eso invertí mi alma en ellas, todo mi corazón, con el fin de de embellecer al sujeto. Creo que la fotografía es la mejor forma de permanecer vivo después de la muerte”.

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Malick Sidibé. Mali Twist. Fundación Cartier, París. Del 20 de Octubre hasta el 28 de febrero de 2018

Leila Guerriero: Soy una cazadora solitaria

Zona de obras, que acaba de salir por Anagrama para Latinoamérica en su colección de crónicas, fue originalmente publicado como libro en España, en 2014, por Círculo de Tiza. Allí se reúnen las columnas, conferencias, charlas, ensayos y notas alrededor de la escritura periodística que Leila Guerriero fue publicando entre 2006 y 2014.

No todas, pero, porque se tomó el trabajo de seleccionar los elementos que pudieran complementarse y potenciarse entre sí.

Ni en orden cronológico, tampoco –orden que le parece “el más fácil” en estos casos, pero no por eso el que mejor funciona. Guerriero, quien trabaja como editora en Gatopardo y que se desempeña en ese rol, por caso, también en el sello de la Universidad Diego Portales (donde se publicó recientemente la compilación de retratos Los malditos), es astuta y generosa al organizar las piezas de eso que construyó como un rompecabezas y que nosotros recibimos como un sistema de engranajes, valores, trucos, reflexiones y notas de trabajo, utilísimos para cualquiera que esté interesado (y dispuesto) a poner en estado de pregunta el oficio.

La autora de Una historia sencilla ha limpiado, una por una, con esfuerzo y delicadeza, sus armas. Las ha dispuesto, relucientes, sobre este gran tablón de madera. Ahora nos mira, los brazos en jarra, y dice: así lo hice. No estoy diciendo que así se haga, estoy diciendo que así lo hice yo. Y que puede que mañana ya no lo haga de esta manera. 

¿Por qué se llenan los salones, las aulas y las ferias cuando habla Leila Guerriero, esa mujer delgada y enérgica, vestida de negro, amable y ciudadosa, que extraña a su compañero en decenas de ciudades distintas por año, mientras otros compran souvenirs?

¿Por qué se leen y se estudian sus columnas y crónicas en las escuelas de periodismo? ¿Por qué la persiguen los alumnos, por qué la filman sin que lo autorice mientras da sus charlas y después lo suben a YouTube como quien trafica un secreto demasiado jugoso como para dejarlo quieto? ¿Por qué se le acercan para preguntarle de dónde saca sus ideas? Ella jamás ha dicho que tenga un saber acerca de cómo hace lo que hace. “Leila Guerriero enseña, efectivamente enseña, pero otra cosa”, como advirtió Kohan al presentar este tomo hace unos días.

Hacia el final de esta conversación, Guerriero recitará un largo poema involuntario (que por su velocidad y su contextura resuena como “Nena”, de Jamaica Kincaid) al responder sobre las salidas de cacería con su padre y sus hermanos, durante su infancia en Junín.

Dirá que no le parece que tengan tanto que ver las preceptivas que recibía en esas excursiones nocturnas con su manera de escribir, aunque sea tan tentador calcar ese párrafo sobre las líneas que encontramos en este libro. Líneas como “Solo si una prosa intenta tener vida, tener nervio y sangre, un entusiasmo, quien lea o escuche podrá sentir vida, el nervio y la sangre”. Líneas como: “Pasen por las historias sin hacerles daño (sin hacerse daño). Sean suaves como un ala, igual de peligrosos. Y respeten”, entre otras.

—El libro, que tiene elementos escritos en distintos momentos, está ensamblado de modo muy preciso; hay líneas internas, continuidades, ¿cómo lo trabajaste?

—Es un tipo de texto con reflexiones, más ensayístico. Me pasé tiempo largo escribiendo sobre el periodismo, y hubo una época, sobre todo, en que me convocaron para dar varias conferencias sobre el tema, y me pareció buena idea reunirlo porque los textos dispersos no dicen lo mismo que de este modo, todos juntos. Traté de encargarme de que la disposición de los textos tuviera una lógica. El orden cronológico, en estos libros, me parece el orden más fácil y la lógica más evidente. Creo que no funciona, que suele ser aburrido. La idea es que el libro arme su puzzle particular, que tenga una línea narrativa. Que arranque con una declaración de principios, que siga con otra cosa, que una conferencia larga termine con una columna que, de pronto, refuerce esa idea, la siga discutiendo o sirva de nexo para pasar a lo siguiente. Esto también me pasa como editora, cuando armo libros de otros, recopilaciones de textos de otros, como me pasó ahora con Pedro Mairal, Alan Pauls, Martín Kohan.

—¿Hace cuánto estás en el sello de la UDP?

Desde Los malditos, en 2011. Fue el primer trabajo fuerte que hice para Matías Rivas; sin él estos libros no podrían salir. Empecé con un desafío grande, porque ahí había que definir un tema fuerte; quiénes eran los malditos, y después buscar a los mejores autores del continente, que no fueran puramente periodistas. Editar a esa gente fue un buen aprendizaje, fueron 17 autores en 15 países.

—El rol del editor es uno sobre el que reflexionás en Zona de obras, ¿cómo lo pensás, cómo trabajás?

Creo que el editor es una especie de lector de altísima intensidad, y que su rol tiene que ser, justamente, el de desaparecer para que brille el autor. Mi postura es esa, siempre. No tengo una fórmula de trabajo, no creo que haya que aplicarle a cada texto una fórmula específica: recibo el texto, lo leo, primero lo leo completo. Trato de hacerme una idea de conjunto, y eso es muy trabajoso, uno a veces se ve tentado de ir editando, pero hay que ver cómo funciona eso después, en el conjunto del texto. Voy leyendo minuciosamente, pero la labor del editor, con autores de este calibre, no es corregir las comas. Esperan otro tipo de interlocutor. Lo que tiene que hacer un editor, creo, es no pensar cómo lo hubiera resuelto él; el texto no es de él, es del autor. Eso, primero, es insolente, y, después, estos autores son personas brillantes que buscan sus propios caminos. Entonces, el lugar del editor es el de ayudar al autor a encontrar su forma más genuina, las soluciones con su propia mirada. Trabajar juntos para que el que brille sea el texto, o en todo caso el autor. El trabajo del editor debe quedar por el camino. Es el lugar de la generosidad. En ese sentido, difiere bastante de la labor que hago como periodista. Creo que a la labor editorial me ayuda mucho el hecho de ser periodista y escribir. Me parece que los autores sienten, sospecho, que si los meto en un problema no les estoy hablando de algo que yo no conozco. Yo ya estuve ahí, y entonces puedo tensar más esa cuerda porque sé que hay solución. No es que yo vengo de otra nube, y me parece que hay un respeto mutuo.

—¿Qué editores han moldeado en vos esa figura?

Yo tuve muy buenos editores. Empecé a los 22: mis primeros editores, en Página/30, eran Eduardo Blaunstein y Rodrigo Fresán. Podría decir que ahí me hice periodista, que ahí fue donde me inventé un método, una manera de hacer las cosas, donde me imaginé, más o menos, cómo se podía hacer. De esa redacción me llevé muchos aprendizajes. Cada uno, a su estilo, fueron editores muy buenos, muy exigentes, que me enseñaron en el hacer. Me iban corriendo la vara cada vez más arriba. Después pasé a trabajar en paralelo para El País Cultural de Montevideo, y ahí tuve un editor increíble, Elvio Gandolfo, a quien quiero y quien todavía es uno de mis ejemplos de entusiasmo y de producción y de cosa bien hecha y de rigurosidad… Esa escritura que tiene. Y, con él, Homero Alsina Thevenet. Lo primero que me dieron fue una listita de lineamientos que daban a todos los colaboradores, que consistía en una versión abreviada de una columna que había escrito Homero que se llamaba “Algunas sugerencias para periodistas modestos”. Está en su libro Una enciclopedia de datos inútiles. Como editor, Homero era un tipo que te llamaba por teléfono a tu casa, desde Montevideo, y te decía cosas como: “Muchacha, muy bien tu nota… Ahora, ¡habría que buscar un final a la altura del resto del texto!”. Entonces te estaba diciendo dos cosas: una, que tu final era una mierda, pero también que el texto estaba bien. Eso es un editor que te quiere hacer brillar, que quiere lo mejor de vos, que no te va a dejar hacer el ridículo en público, que te pide más porque sabe que podés más. Y después, en La Nación, Hugo Caligaris y Hugo Beccacece, para mí, fueron geniales. Me dejaron hacer locuras, locuras. Se los agradeceré infinitamente, porque eso me enseñó el tamaño que puede tener la ambición de una persona.

—¿Locuras como qué?

No sé, publicar en tapa, por ejemplo, una nota sobre el Centro Argentino para la Investigación y Refutación de las Pseudociencias. En un lugar normal eso no sale en la tapa da la revista dominical del segundo diario más grande del país. O, qué se yo, me comprometí a entregarle una nota más corta cada dos semanas, pero pedí me dejaran ir dos, tres veces a la Isla Maciel, a las cárceles, a contar las historias de los gitanos, a estar tres meses con los judíos ortodoxos… Yo iba alimentando la revista con notas más cortas, más dinámicas, pero quería hacer eso. Esa fue la forma en que aprendí a trabajar como me gusta trabajar, haciendo muchas cosas a la vez, resolviendo algunas cosas más rápidamente, y con más tiempo para hacer lo más largo.

—¿Seguís trabajando así? ¿Tenés siempre varias notas en camino?

Depende. Ahora con el tema de los viajes se me ha complicado mucho, porque te interrumpen. Pero he trabajado, en otros tiempos, con cinco notas a la vez. Ahora trato de organizarme un poco mejor. El multitasking te mantiene muy despierto. Me parece muy absurdo que un periodista se sienta satisfecho teniendo un trabajo en un solo lugar; no por una cuestión de plata, sino porque el hecho de trabajar en distintos lugares te desafía, te obliga a tener cintura para llevar adelante tu trabajo en distintos ámbitos, en los que no todos los editores son iguales. A mí eso me parece fascinante, te da mucha cancha. Aprendés a pensar en las temáticas de otra manera. Yo veo, como editora de Gatopardo, que la gente me propone notas que son interesantes, de pronto, para publicar en un periódico barrial. Hay historias que son hiperlocales y funcionan muy bien, pero no todas. Me llama un poco la atención esa falta de ejercicio de entender qué puede ser interesante más allá de mi ombligo. Es una falta de modestia.

—Esta idea de la modestia vuelve. Idea con la que pensás al rol del editor y, si bien dijiste recién es distinto de tu rol como periodista, sin embargo también escribiste que el periodista tiene que ser invisible: “Cuando pregunten, cuando entrevisten, cuando escriban: prodíguense. Después, desaparezcan”. ¿De dónde vino esta conciencia de que la invisibilidad es un factor que potencia el trabajo?

Dos cosas: primero, yo me eduqué en esa escuela. Homero Alsina Thevenet era eso; el periodista no le importa a nadie, usted no tiene que aparecer en las crónicas, si usted va a hablar en primera persona que solo sea para contar una experiencia intransferible. Creo que eso fue mi educación básica. No había ningún motivo para que yo estuviera en un texto, para que yo saliera opinando. Y, de a poco, me fui desprendiendo cada vez más. Yo antes era mucho más cínica, mucho más irónica.

—¿Antes cuándo?

Hasta hace, qué se yo, unos pocos años. Si miro mis notas en Página/30 veo que también estaba muy imbuida por el espíritu de la época, por los narradores que me gustaba leer en ese momento. Pero siento que lo he ido perdiendo. Si bien lo soy, igual. Me gusta la ironía, las columnas están plagadas de eso, pero en la crónica, cuando hablo de otros, no. Sí queda mucho de eso en las crónicas de viaje, porque ahí sí siento que es un lugar mucho más personal. Así qu creo que viene de haber aprendido un poco de Homero, de Elvio, y también porque, desde el principio, como yo me hice periodista, un poco así, siéndolo, en el fondo, durante mucho tiempo, tuve esta idea de quién soy yo para sostener esto. Ese fue un ejercicio de modestia interesante, en el que entendí, de alguna forma, que para sostener algunas cosas hay que ocuparse de blindar los textos. Para que eso que yo quería decir, aunque fuera en tercera persona, se sostuviera. No ser una tirabombas imprudente: primero porque yo no soy así, y segundo porque siento que si uno va a decir algo la realidad tiene que responder a eso. Y, en cuanto al tema de la invisibilidad, todas esas son formas de una mirada más reflexiva que vino con los años.

—Otra preocupación que regresa es la del periodista como lector.

Sí, para mí es fundamental. E inexplicable que haya vocaciones periodísticas, de escritura a lo mejor los periodistas de televisión tienen otra manera que no están interesadas en la lectura, en general. Me parece muy extraño. Eso sí me preocupa, y de hecho lo hago muy seguido, esto de preguntar qué están leyendo. Lo pregunto explícitamente. Por un lado, siempre habla de la lectura como una especie de estadio superador de todas las artes. Como que si uno no lee se está perdiendo de algo increíble. Bueno, yo no creo que esto sea así, me parece que es una carga muy pesada para la lectura, para la escritura. Pedir eso, que sea el arte más iluminador… Y me carga un poco cuando escucho tanto a los escritores decir que los que no leen se están perdiendo de cosas; bueno, yo también me pierdo de muchas cosas. Seguramente la señora y el señor que van a la ópera deben pensar que yo soy un zoquete porque nunca voy a la opera y nunca iría, no me llevarían ni muerta, porque no me gusta, porque me aburro, porque no me lo creo, todo me parece inverosímil, todo me parece larguísimo. Y supongo que la persona que va a la opera y escucha esto dice: esta mujer está loca, no sabe lo que se pierde. No sé por qué a los escritores les parece terrible que la gente no lea; la lectura es otra posibilidad, también esta buenísimo ir al cine, al teatro. Sin dudas, todo lo que hagas en la vida que alimente tu inspiración y tu emoción te va a transformar en una herramienta más fina, más elegante, con mayor capacidad de análisis, más inteligente. Pero hay mucha gente que sabe mucho de la vida y no le gusta leer. Sí me parece raro que alguien que se quiere dedicar a escribir no lea. Eso sí. ¡Yo no conozco muchos cineastas que no vayan al cine! No sé por qué está esta pretensión de que se puede escribir bien sin leer. Es medio incomprensible cómo nace la vocación de alguien que quiere escribir si antes no ha querido leer. Todos los que escribimos empezamos por haber leído, y por querer escribir algo como eso que en algún momento leímos y nos despertó la ambición omnipotente de querer hacer algo mejor. Uno a los ocho años puede pensar que puede ser mejor que Ray Bradbury. Después es una esperanza que te abandona para toda la vida.

—Agregás, además, a la poesía: cosa que, inclusive, muchos narradores ni siquiera consumen. Que incluyas a la poesía en ese menú es un poco una rareza, Por otra parte, invertís recursos de la poesía en tus textos periodísticos. Repeticiones, encabalgamientos, hay cortes que son prácticamente poéticos, bajadas… Traccionás cantidad de recursos de la poesía al periodismo.

—Es que yo creo que escribir, antes que nada, es una cuestión de oído. Te tiene que sonar una música. Lo primero, cuando sos lector, es empezar a distinguir la voz propia de un autor. La poesía te forja el oído y, además, lo que tiene de interesante es que ofrece una economía de recursos increíble para decir cosas enormes con eficacia. Entonces sí, para mí es casi como desperdiciar un recurso no leer poesía

—Hablás de la corrección como un momento de escritura más.

—Escribir es corregir. Las primeras versiones de los textos son, en mi caso, males neecsarios para comprender o explicarme un poco a mí misma de qué estoy hablando —depende del tamaño del texto, no es lo mismo una columna de 5000 caracteres que una conferencia de una hora—. Después hago versiones y versiones, hay textos con veinte versiones diferentes.

—¿Llevás diario?

—No, no llevo. Una vez hice uno en una residencia para escritores, pero nada más. Ni siquiera de chica tuve diario. Disfruto mucho de los diarios de escritores, pero a mí se me hace imposible. Empiezo con ímpetu pero después me digo: qué mala idea.

—Pienso en el término “escritor”, a partir de esta mención a la residencia. EnZona de obras aparece subrayado, en el primer texto, en el segundo: “Yo soy periodista”.

—Yo digo periodista para evitar equívocos. Si yo me presento a una persona y le digo “Qué tal, Leila Guerriero, escritora”, esa persona claramente va a pensar que escribo cuentos y novelas. ¿Por qué querría yo generar un equívoco presentándome así, si lo que soy es periodista? Un periodista escribe, pero escribe periodismo. Esa dicotomía entre escritora-periodista viene de una mirada más arcaica, más vieja que el hambre, más vieja que caminar de a pie, como me dijo el otro día un taxista, que tiene que ver con esta idea tonta de que la escritura de ficción es una instancia superadora que la escritura de no ficción. Es absurdo. Le acaban de dar el Premio Nobel de Literatura a una periodista. Me parece que es eso, un prejuicio, medio viejo. Igual, en muchas conferencias me presentan como “escritora y periodista”, como diciendo: es periodista pero también piensa. Evidentemente hay una carga de cosa genuina que tiene esa palabra que a mí me representa y que no necesito ninguna otra.

—¿Radio hiciste, te interesa hacer?

—Hice radio en Junín, un tiempo. Pero acá en Buenos Aires no. Sí… Aunque lo mío es más lo narrativo, creo.

—¿Cine?

Me veo más cerca del cine que de la radio.

—¿Escribir guiones?

No, para nada, nooo. Me interesaría hacer documentales. No cine de ficción. No me metería jamás en eso. Me encanta el cine, mucho de lo que aprendí de la escritura lo aprendí del cine, disfruto sin duda de una manera mucho mas espontánea de ver una gran película que de leer un gran libro, pero no, de solo pensar en los tiempos muertos del cine, todo lo que hay que mover, los equipos, no. Me muero. Está reñido con mi naturaleza: yo soy una cazadora solitaria.

—Cuando eras chica salías a cazar con tu papá, ¿no?

Sí, y con mis hermanos.

—¿Y qué consejos te daba tu papá entonces?

Más que nada, lo que nos enseñó mi padre con las armas siempre fue la prudencia absoluta. Nunca podés caminar con el arma amartillada, nunca hay que apuntar hacia delante, siempre hacia el piso. Limpiar el arma, tener respeto. No tener el arma cargada en la casa, siempre viajar hacia el lugar donde vas a cazar con el arma descargada. Los animales no se matan por gusto, se matan solo si te los vas a comer. No matar cosas que no vayas a comer: un carancho no se mata, una gallareta no se mata. Matás perdices, matás liebres, matás nutrias, matás patos, pero no se practica tiro al blanco con cosas vivas. Eso, digamos. Más que nada, la prudencia. Y la falta de crueldad. Y que, si lo cazás, también tenés que tener la presencia para tomarlo. Dejar un animal herido nunca. Si se queda un pato al que mataste en medio de la laguna lo siento, lo vas a tener que ir a buscar. Te vas a tener que ir a enterrar hasta el pecho para buscar al animal en medio de la laguna. No se deja un pato muerto en la laguna. Limpiar el bicho, limpiar las armas, no dejar la casa hecha un reguero de inmundicia. Ser responsable, eso. Estás haciendo una tarea de mucha responsabilidad. Ser sumamente responsable. Por vos y por los que están con vos en ese momento.

—¿Cómo eran esas salidas a cazar?

Con mis hermanos, el más chiquito tiene 28 ahora, es como de otra generación. Él es cazador todavía. Yo, si voy a Junín y salen a cazar, voy. Pero él va, sabe mucho, mucho más que yo de armas y todo eso. Salíamos con la camioneta, por caminos de tierra. Lo que más hacíamos era ir a cazar patos. Es lo natural que hace la gente cuando se cría en el interior, el porteño lo ve todo… No sé de dónde piensan que vienen los pollos y la carne que se comen, ¿de una planta? A mí me encantaba venir con la bolsa de pejerreyes de la laguna, cortarles la cabeza, sacarles las escamas. Hemos hecho eso desde el comienzo de los tiempos. Es lo que hacemos. Hay que comer.

—En otra columna hablás sobre correr y escribir. ¿En qué se te parecen?

Corriendo se me ocurren muchas ideas, finales de textos, principios, líneas para las conferencias, columnas enteras. Hay algo que pasa ahí. Es como ponerte en trance. Desconectarte de todo el mundo, estar solo concentrado en eso. Correr, correr, correr, creo que resulta muy beneficioso para la escritura. Es muy inspirador, un espacio de libertad absoluta. Y de prescindencia, porque no necesitás nada más que tus zapatillas. Es un lugar de economía, de austeridad, de soledad. De resistencia. Y escribir tiene que ver con eso, escribir es una tarea de resistencia. Se parecen también en otro punto; es difícil dar el primer paso para salir a correr, siempre estás buscando excusas para no hacerlo, y para escribir más o menos lo mismo. Es difícil vencer la inercia. Es un lugar de estar pero no estar en el mundo, y la escritura también.

—Última: el libro se llama Zona de obras. Se entiende, claro, que en un sentido de trabajo, pero ¿cómo te llevás con la idea de Obra, en el sentido literario?

Para mí la escritura es trabajo. Es el rastro de una vida, de un cuerpo, de una cabeza que va cambiando. La acumulación de todo eso, en algún momento, produce alguna cosa, libros publicados. Todo eso junto puede llegar a tener alguna coherencia. En principio, yo no estoy construyendo todo eso con una dirección x; el trabajo es un hacer permanente. Cada libro que escribís es como si nunca hubieses escrito uno antes, cada nota que hacés, cada columna, te podés estar rifando todas las columnas anteriores. Pero para que haya picos tiene que haber mesetas; nadie puede vivir en una epifanía permanente, ni siendo sublime todo el tiempo. Yo estoy mucho más preocupada y pendiente de esas cosas.

Hugh Hefner visto por Gay Talese

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Hefner, Huhg II

Por Gay Talese

Gay Talese nació en 1932 en Nueva Jersey, hijo de un sastre italiano. A los quince años empezó su carrera como periodista escribiendo crónicas del secundario y colaborando con periódicos locales. Luego estudió en la Universidad de Alabama y en los ’60 se convirtió en uno de los protagonistas del llamado “Nuevo Periodismo”. Entre sus libros se cuentan El reino y el poder (1969), Fama y oscuridad (1961-64), La mujer del vecino (1982), Unto the sons (1992), y Honrarás a tu padre (1971).

En sus momentos más visionarios, sentado en la cama redonda de su avión particular, un elegante jet DC-9 negro que lo transportaba regularmente a él y a varias playmates de su mansión de Chicago a su mansión en Los Ángeles, Hugh Hefner se veía como la corporeización del sueño masculino.

El creador de una utopía corporativa.

El punto central de una película casera pero de gran presupuesto que de forma constante crecía sobre su tema narcisista mes a mes en su cabeza.

Una película de romance y drama en la que él era el productor, el director, el escritor, el elector del elenco, el diseñador del decorado y el ídolo y amante de cada estrella apetecible que aparecía para fortalecer –jamás en primer plano– su posición favorita al borde de la saciedad.

La fuente inicial de su fortuna fue PLAYBOY, que inició en 1953 con 600 dólares que pidió prestados, dando como aval los muebles de su casa matrimonial.

Y el éxito de su revista señaló el fin de su matrimonio y el principio de un continuo noviazgo con fotografías de desnudos y con modelos que habían posado para esas fotos.

Las mujeres de PLAYBOY eran las mujeres de Hefner, y después de las sesiones fotográficas él las felicitaba, les compraba regalos lujosos y se llevaba a muchas de ellas a la cama.

Incluso después de que dejaran de posar para PLAYBOY y se hubieran ido con otros hombres para crear sus propias familias, Hefner aún las consideraba sus mujeres.

Él siempre las poseería en los volúmenes encuadernados de su revista.

En 1960 abrió en Chicago su primer Playboy Club, introduciendo en su vida numerosas bunnies [conejitas] de todo el país, algunas de las cuales fueron a vivir a los dormitorios de su mansión de cuarenta y ocho habitaciones en la exclusiva zona de Gold Coast, próxima al lago de Chicago.

Cuando vio por primera vez la mansión, ésta le recordó algunas de las enormes casas que él había visto en las películas de misterio, con túneles escondidos y puertas secretas.

Pero después de haber comprado la propiedad y descubierto que carecía de esas características, se hizo construir su propio túnel, junto con paredes y bibliotecas que se movían apretando un botón.

También añadió dentro del inmenso interior un estudio de cine y una máquina de palomitas de maíz, una pista de bolos y un baño turco. Y aunque él no nadaba, instaló en el sótano una piscina reglamentaria.

La piscina estaba construida parcialmente con cristal, de modo que desde el bar que Hefner tenía bajo el agua veía una panorámica de las bunnies que nadaban desnudas.

Ya que los mayordomos de traje oscuro y el numeroso personal de cocina de Hefner trabajaban en turnos, a él y a sus huéspedes les era posible pedir el desayuno o la cena a cualquier hora del día o de la noche.

Y como Hefner prefería que todas las ventanas de la casa estuvieran cerradas, podía residir en reclusión principesca durante muchos meses sin enterarse jamás de la temperatura exterior, de la actividad de la calle, de la temporada del año o de la hora del día.

Al igual que el predestinado Jay Gatsby –el héroe de Fitzgerald, su novelista favorito–, Hefner daba con frecuencia grandes fiestas para cientos de personas.

Y, como Gatsby, a veces ni hacía acto de presencia, pues prefería quedarse en su suite privada detrás de unos muros de roble para trabajar en la diagramación de un próximo número de su revista, o gozar de la compañía de un grupo más reducido de íntimos, o mirar en la pantalla que tenía delante de su cama una película de las cientos que almacenaba en su cinemateca.

Su suite, diseñada por él mismo de modo que no tuviera que salir de ella salvo en raras ocasiones, ofrecía toda clase de comodidades.

Tenía equipos de sonido y televisión que le permitían ponerse en contacto desde su cama con los ejecutivos de PLAYBOY que estaban a algunas manzanas de distancia.

Apretando botones, podía hacer girar la cama 360 grados en cualquier dirección: la podía hacer sacudir, vibrar o detenerse súbitamente ante la chimenea o ante un sofá pardo o frente al aparato de televisión o delante de una cabecera de cama baja, chata y curva que le servía como escritorio y mesa para comer.

Contenía un estéreo, varios teléfonos y un refrigerador en el que guardaba champaña y su bebida favorita, Pepsi Cola, de la que consumía más de una docena de botellas al día.

Asimismo, en su habitación llena de espejos había una cámara de televisión enfocada a su cama. Esto le permitía filmar y conservar las imágenes de sus momentos de placer con algunas amantes o, como sucedía a menudo, con tres o cuatro amantes al mismo tiempo.

Una noche, un recién llegado a la mansión abrió la puerta de la suite de Hefner y lo encontró desnudo en medio de la cama rodeado por media docena de playmates y bunnies.

Cada una lo masajeaba delicadamente con aceite mientras él las observaba atentamente, al parecer obteniendo tanto placer de lo que veía como de lo que sentía. Era como si las fotos de su revista hubiesen cobrado vida súbitamente y le aceitaran el cuerpo en un ritual erótico.
* * *
Cuando Hefner la vio por primera vez, le sorprendió el parecido que tenía con su ex mujer Mildred.

Barbara Klein era la quintaesencia de la chica del barrio, una morena de ojos verdes con una tez perfecta, una bonita y simpática nariz respingada y un cuerpo gracioso y floreciente resaltado por una indumentaria informal, pero bien cortada.

Barbara Klein había sido animadora del equipo de football de su escuela y Miss América Adolescente en Sacramento, su ciudad natal. Después de haber salido varias veces con ella, de repente Hefner pareció interesado en tener una relación más formal. Ya tenía más de 40 años, y aunque Barbara Klein no era mucho mayor que su hija Christie, era diferente de las docenas de jóvenes que él había conocido desde su divorcio.

Tenía curiosidad intelectual, era más vivaz y estaba más educada socialmente. Como hija de un médico de una conocida familia judía de Sacramento, sentía menos fascinación por la fortuna o posición de Hefner que la mayoría de las demás chicas.

Cuando salían juntos, Barbara insistía en que no pasase a buscarla con su limusina con chofer y prefería conducir su propio coche y reunirse con él en un restaurante o en la fiesta a la que habían acordado asistir.

También evitaba estar a solas con él en una habitación, pues no tenía intención de perder la virginidad con un hombre de su edad y reputación.

Al principio de sus relaciones, ella le explicó: –Eres una buena persona, pero jamás he salido con alguien mayor de 24 años.A lo que él contestó: –Está bien, lo mismo me sucede a mí.

Aunque Hefner había tenido relaciones con cientos de mujeres fotogénicas desde que empezara su revista, disfrutaba de la compañía femenina más que nunca.

Quizá lo más significativo, considerando todo lo que Hefner había visto y hecho en los últimos años, era el hecho de que cada encuentro con una mujer desconocida representaba para él una experiencia nueva.

Era como si siempre estuviera viendo desvestirse por primera vez a una mujer, redescubriendo con deleite la belleza del cuerpo femenino y con anhelosa expectativa cuando se quitaban las bragas y se les veían sus suaves nalgas. Y jamás se cansaba de consumar el acto.

Era un adicto al sexo con un apetito insaciable.

A medida que Barbara Klein pasaba más tiempo en su compañía y empezaba a conocer a sus numerosos amigos en el mundo de la edición y el espectáculo, ella se sentía cada vez más cómoda en su mundo y personalmente más sensible con Hefner.

En 1969, durante una visita a su mansión de Chicago, Barbara Klein no sólo se mostró dispuesta sino ansiosa por consumar sus relaciones en la gran cama redonda.

También estuvo de acuerdo en posar para la cubierta de PLAYBOY, la que sería la primera de sus numerosas apariciones que le atraerían finalmente la atención nacional con el nombre de Barbi Benton.

Hefner estaba fascinado con ella, sacudido por la atracción intensa que le producía, y a medida que ella reaccionaba con juvenil deleite a los lugares y cosas hermosas que Hefner daba por descontadas, motivaba en él un deseo de explorar aun más las ilimitadas posibilidades de su vida.

Durante un fin de semana en Acapulco, Hefner se animó a seguir a Barbie y a sus amigos a volar en un water-kite propulsado por una lancha.

Y por unos momentos de peligro, porque él no sabía nadar, el irremplazable director de Playboy Enterprises se vio colgado de sus brazos a una gran altura sobre la bahía.

Debido a Barbi Benton, Hefner pasaba más tiempo que nunca en Los Ángeles, y en 1970 llegaría a comprar por un millón y medio de dólares un châtelaine.

Juntos discutieron cómo redecorarían esa mansión de 30 habitaciones cubierta de marfil que se transformaría en la Playboy Mansion West, en la cual, durante muchos meses, arquitectos y constructores remodelaron los cinco acres y medio y los convirtieron en colinas y jardines, construyeron un lago y una cascada detrás de la casa principal y también crearon una gruta de piedra que albergaba una serie de jacuzzi donde los huéspedes podrían bañarse desnudos.

Pusieron música en la gruta acuática, en el bosque de pinos y sequoyas, y en las praderas de césped donde podían vivir los animales de Hefner recientemente adquiridos: llamas y monos, mapaches y conejos, y hasta pavo reales.

En los estanques había patos y ocas.

En el aviario había cóndores, aracangas y flamencos.

Asimismo, en un claro del bosque había una cancha de tenis a la que se debía bajar por unas escalinatas y sobre la que había una zona para comer al aire libre donde se podían servir almuerzos o cenas.

Allí, camareros de corbata negra daban en bandeja, a cada pareja que llegaba con sus raquetas, dos latas sin abrir de pelotas de tenis.

Visible desde prácticamente cualquier rincón de la propiedad, pese a los altos árboles y setos, estaba la mansión, una estructura como castillo con chimeneas como torreones que imitaban a una mansión inglesa del siglo XV.

Frente a la entrada principal había una fuente de mármol blanco con querubines y cabezas de leones que arrojaban chorros de agua; y después de pasar por un arco de piedra y una sólida puerta de roble, los visitantes entraban en un inmenso recibidor con suelos de mármol y en el que colgaba un gigantesco candelabro dorado con velones que casi tenían el tamaño de un bate de béisbol.

A la derecha había un comedor principesco con una gran mesa pulida de madera rodeada por doce sillas forradas de terciopelo azul; a la derecha, un gran salón con piano de concierto, sofás de cuero y muchas sillas que serían ocupadas por invitados en esas noches en que Hefner convertía el salón en un decorado de cine.

Del recibidor partía una escalera gótica de doble balaustrada de madera que llevaba a varias de las suites privadas, incluyendo la suite principal que sería ocupada por Barbi Benton.
* * *
Durante una de sus estancias en Chicago, a cientos de kilómetros de Barbi Benton, Hefner se sintió especialmente atraído por una rubia de ojos verdes como esmeraldas, oriunda de Texas y llamada Karen Christy.

Con unos pechos inmensos, firmes y magníficos, y rizados cabellos rubios platinados que le cubrían los hombros y le llegaban hasta la media espalda, Karen Christy había sido descubierta en Dallas durante una «cacería de bunnies» llevada a cabo por un ejecutivo de Hefner llamado John Dante.

Dante viajaba a menudo de ciudad en ciudad entrevistando a aquellas mujeres que, en respuesta a un anuncio en el periódico local, habían expresado su interés en trabajar en uno de los quince Playboy Clubs que operaban en todo el país.

En Dallas, Karen y otras doscientas solicitantes se reunieron en el hotel Statler-Hilton para posar en bikini y conocer a John Dante y a otros ejecutivos de la revista.

Cuando dos semanas después se le notificó que estaba aceptada, recibió un billete de avión para Chicago y una invitación para residir en la mansión de Playboy mientras la adiestraban para el club de Miami.

Karen reaccionó con alegría y entusiasmo, porque jamás había ido al este de Texas y había pasado casi toda su juventud en las afueras rurales de Abilene con una familia que no estaba acostumbrada a las buenas noticias.

Llegó a la conclusión de que el empleo de camarera con un rabo de algodón tenía que ser más interesante y remunerado que el de secretaria en una oficina. Entonces hizo las maletas y, al llegar al aeropuerto de Chicago, cogió un taxi hasta los portales de hierro negro forjado de la residencia de piedra caliza y ladrillo de Hefner en North State Parkway.

Después de que los guardias de seguridad hubiesen comprobado su identidad en el vestíbulo, Karen Christy fue escoltada por un mayordomo a través de un salón de mármol y cruzó la puerta que daba a los dormitorios de las bunnies.

Detrás de la puerta oyó el sonido de duchas y risas, secadores de pelo y música de la radio. Y, cuando traspasó el recibidor, vio a varias muchachas desnudas que entraban y salían de las habitaciones, presumiblemente preparándose para trabajar en el Playboy Club.

Sorprendida y ligeramente molesta por la extrema informalidad del ambiente, Karen tomó aun más conciencia de dónde estaba cuando al entrar en la suite que le habían asignado, vio delante de un espejo a una morena desnuda peinándose y a una rubia de pelo corto sentada ante el vestidor limándose las uñas.

Aunque ambas se mostraron simpáticas cuando Karen se presentó y contestaron con paciencia a todas sus preguntas sobre el trabajo que comenzaría al día siguiente, Karen sintió que mientras ellas hablaban la observaban críticamente, estudiando el contorno de su cuerpo bajo sus ropas.

Y cuando se hubo quitado la blusa, pero no el brassière, una de las mujeres comentó, como de paso: –Nosotras no usamos eso aquí. Karen sonrió, pero no se quitó el sostén mientras seguía deshaciendo la maleta. Y hasta que no se fueron de la habitación y el dormitorio quedó vacío y en silencio, ella no se quitó toda la ropa para entrar en el baño a ducharse.

Más tarde, sintiéndose refrescada y vestida con ropa nueva que había comprado en Dallas, Karen salió del dormitorio y bajó las escaleras para encontrarse de pronto en el inmenso salón que tenía suelos de teca y un techo a más de siete metros y medio de altura cubierto de cuadros de flores.

Alrededor de una mesa de café, cerca de la distante chimenea, conversaba un grupo de mujeres y de hombres mayores. Hefner no estaba entre ellos, pero Karen reconoció al hombre que había conocido en Dallas, John Dante.

Cuando Dante la vio, se levantó de inmediato y se acercó para saludarla. Dante era un hombre elegante, con un bigote pequeño y una cara amable y rubicunda. Tenía puesta una camisa abierta de seda con un medallón de oro sobre el pecho y unos pantalones bien planchados.

Aunque era de hablar reposado, los camareros presentes en el salón, atentos a su estatus en la jerarquía de Hefner, quedaron a la expectativa mientras Dante estrechaba la mano de Karen.

Y cuando le preguntó si quería algo de comer o beber, dos camareros aparecieron de pronto a su lado listos para satisfacer sus deseos.

La presentó a la gente de la mesa y Karen tomó asiento entre ellos durante algunos momentos de molesto silencio, mientras los demás seguían charlando y sintiéndose relajados en el esplendor del lugar.

Entonces se sumó al grupo una mujer atractiva de unos 30 años con facciones delicadas y finas, grandes ojos expresivos y unos modales que, aunque refinados, parecieron cálidos y naturales. Se llamaba Bobbie Arnstein y, como luego se enteró Karen, era la secretaria social y confidente de Hefner.

Entre otras obligaciones, ayudaba a recibir a los huéspedes y visitantes famosos de Hefner, convenía el horario de las reuniones comerciales celebradas en la suite de Hefner y hacía casi todas las compras, incluyendo los regalos de Navidad y cumpleaños que Hefner enviaba a sus padres e hijos.

Hacía años, aunque de forma breve e informal, ella había tenido un romance con Hefner, pero desde entonces su relación había madurado hasta desembocar en una profunda y especial amistad.

Ahora Bobbie Arnstein, como Hefner, prefería amantes que fuesen menores que ella. La presencia de Bobbie en la mesa y su manera sutil de incluirla en la conversación facilitaron que Karen se sintiera más a gusto entre tantos desconocidos.

Pero de cualquier manera agradeció la salida elegante que le ofreció Dante cuando la invitó a conocer la mansión.

Con Dante a su lado, Karen cruzó el salón de paneles de roble donde habían estado sentados, subieron dos escalones y cruzaron una puerta que daba a una habitación que estaba atestada de aparatos electrónicos, incluyendo ocho distintos monitores de televisión, uno para cada canal de Chicago, lo que permitía grabar de forma simultánea una variedad de programas y volveros a pasar a gusto de Hefner.

Al abrir una segunda puerta, Dante guió a Karen por la gruesa alfombra blanca de una habitación con paneles que estaba dominada por una cama redonda en cuyo centro estaba Hugh Hefner comiendo una hamburguesa y bebiendo una Pepsi Cola, mientras leía unas pruebas de imprenta.

Levantando las cejas y con una sonrisa exagerada, Hefner saltó de la cama para saludarla.

En los diez minutos siguientes, aparte de discutir con Dante para diversión de Karen, conversó con ella de forma seria, pero amable. Le hizo preguntas sobre su pasado y sus futuras aspiraciones, y le mostró el apartamento, su lujosa librería con paredes llenas de libros, su zona de baños con una bañera romana de un tamaño suficiente para una docena de personas, y los muchos botones y accesorios que activaban su cama rotatoria, que medía unos dos metros y medio de diámetro y había costado 15 mil dólares.

Cerca del lecho había una cámara que lo enfocaba y estaba diseñada para realizar transmisiones instantáneas y diferidas de las actividades amorosas de Hefner, algo que él encontraba insaciablemente estimulante.

Pero en la exhibición a Karen Christy no mencionó ese aparato. Antes de que Karen se retirase, Hefner le explicó que más tarde jugaría al billar con el actor Hugh O’Brian y algunos otros huéspedes de la casa, y añadió que estaría encantado si Karen se unía al grupo. Ella contestó que iría.

Luego, ya descansando en su cuarto, se sorprendió de lo cómoda que se había sentido en presencia de Hefner y lo realmente alegre y simpático que él le había parecido.

También halló encantadoras las señales de adolescente descuido que observó en la suite privada: los suelos llenos de papeles y revistas viejas, ropas tiradas descuidadamente sobre los muebles, la maleta de su viaje a California abierta, pero aún sin vaciar.

Pese a los muchos criados dedicados a mantener el orden y el aseo a toda hora, Hefner daba la impresión de tener que ser atendido con más cuidado, más personalmente.

Después de una cena a medianoche, que los camareros tuvieron que llevar en bandejas de plata a la sala de juegos y servirla sobre los cristales de las máquinas de juegos en que Hefner y algunos amigos seguían jugando mientras comían, el grupo bajó al bar que estaba debajo de la piscina a tomar unos tragos, nadar y conversar.

Hefner se mantuvo cerca de Karen. Poco a poco los demás fueron intuyendo que él quería algo de intimidad y los dejaron solos. Era la una cuando llegaron y tres horas después aún estaban allí, sentados juntos y hablando en susurros ante una pequeña mesa bajo la luz verdiazulada de la piscina.

Él parecía interesado en conocer su pasado, sus estudios y cómo había superado los numerosos problemas y las muertes en su familia. Parecía auténticamente interesado en conocerla íntimamente, ansioso por escuchar de ella lo que nunca nadie se había tomado el tiempo de escuchar.

Y la escuchaba durante largo rato sin interrumpirla, permitiéndole desarrollar sus ideas sin prisa. Ella también lo escuchó mientras él le hablaba de su propio pasado, su matrimonio desgraciado, sus esperanzas respecto de sus hijos y su actual relación en Los Ángeles con Barbi Benton.

Karen agradeció especialmente su franqueza en lo que concernía a Barbi, un tema que un hombre menos honesto podría haber ignorado a conveniencia, por lo menos la primera noche que estaba con alguien nuevo.

Así pasaron unos meses, y a medida que se sentía más ligada emocionalmente a Hefner, Karen experimentaba una creciente soledad y se preguntaba en privado qué sabría Barbi de ella, si es que sabía algo. Pero las llamadas telefónicas que recibía cada día de Hefner cuando él estaba en California y los regalos que le hacía la tranquilizaban.

Durante su primer mes juntos, él le había dado un reloj de diamantes con una inscripción: «Con amor». Su regalo de Navidad en 1971 fue un abrigo largo de armiño blanco. Y en marzo del año siguiente, cuando ella cumplió 21 años, le entregó un anillo de diamantes de cinco quilates de Tiffany’s.

También le dio un anillo de esmeraldas, una chaqueta de zorro plateado, una pintura de Matisse, un gato persa y una hermosa reproducción metálica de la cubierta de PLAYBOY en la que ella había aparecido.

Su regalo de Navidad en 1972 fue un Lincoln Mark IV blanco: un auto lujosísimo.

Con el dinero que ganaba como modelo y sus apariciones públicas en PLAYBOY, Karen compró para el tablero del monopolio de Hefner unas piezas especialmente diseñadas como hoteles tallados a mano iguales al Playboy Plaza Hotel de Miami, y pequeñas estatuas de las seis personas que más a menudo se sentaban alrededor del tablero.

Además de Hefner, cuya escultura de pocos centímetros de altura tenía puesta una bata roja y fumaba una pipa, las otras figurillas representaban a Karen, a Bobbie Arnstein y a John Dante, y a los dos viejos amigos y huéspedes habituales de la casa: Gene Siskel, el crítico de cine del TRIBUNE de Chicago, y Shel Silverstein, un dibujante y escritor de literatura infantil.

Asimismo, le encargó a un artista de Chicago que hiciera un retrato de Hefner: una gran pintura al óleo que lo mostraba sentado en una silla vestido con una bata de seda y fumando una pipa, mientras encima de su cabeza había una nube de humo blanco en la que estaba una foto de Karen Christy desnuda.

Cuando le mostró el regalo, se divirtió señalando que la parte donde estaba su foto podía separarse y que cuando él se cansara de mirarla, podría reemplazarla con total facilidad por la foto de alguna otra.
* * *
Una revista le dio a Barbi Benton la primera noticia de que Hefner estaba más que súper-oficialmente comprometido con otra mujer.

Sin telefonear ni notificárselo de ningún modo a Hefner, Barbi hizo sus maletas y abandonó la mansión.

Cuando Hefner se enteró de su partida, de inmediato llamó a sus pilotos para que lo llevaran a California, afligiendo mucho a Karen Christy, quien en los últimos meses había llegado a creer que Hefner estaba más enamorado de ella que de Barbi.

Después de tranquilizar a Karen diciéndole que ella era fundamental en su vida, pero insistiendo en que se sentía obligado a aplacar a Barbi y que tenía que hacerlo en persona, partió hacia Los Ángeles.

Karen pareció comprender su partida: Barbi había estado en la vida de Hefner antes que ella.

Lo que Hefner no admitió ante Karen era que quería que Barbi regresara, que las necesitaba a las dos, que se sentía atraído por ambas por razones diferentes. Admiraba a Barbi Benton por su vitalidad y espíritu animoso. Y el hecho de que él no pudiera controlar financieramente a esta californiana independiente que también intentaba afirmar su personalidad como cantante de música country-and-western, la convertía en un desafío personal y constantemente deseable.

Pero en otras áreas que eran importantes para Hefner –en especial entre las cuatro paredes de su dormitorio–, Barbi no podía competir con Karen. Aunque tímida con la gente, Karen era desinhibida en privado.

Y en el vasto y variado pasado erótico de Hefner, él nunca había conocido a nadie que pudiera superarla en habilidad y ardor en la cama. La visión de ella quitándose la ropa era algo que le fascinaba.

Y después de haberle bañado el cuerpo con aceite –lo que ella parecía disfrutar tanto como él–, el hacer el amor de forma suave y brillante lo transportaba a cimas de placer apasionado.

A diferencia de Barbi, quien a menudo estaba fatigada por la noche después de ensayar en los estudios y detestaba que el aceite le manchara el pelo las noches en que tenía ensayo la mañana siguiente, Karen no tenía ambiciones profesionales y sí muchas horas libres durante el día para lavarse y secarse el pelo.

Cuando tenía ganas de estar con una sola persona, esa persona era generalmente Karen Christy, pero cuando hacía de anfitrión en una gran fiesta –en especial en una para recolectar fondos para las causas sociales que frecuentemente patrocinaba–, prefería tener a su lado a Barbi Benton.

Barbi era la única mujer que había conocido en años recientes de la que él creyese que pudiera ser una esposa aceptable.

Si bien no tenía ninguna intención de ofrecerle matrimonio a Barbi Benton para inducirla a un posible retorno, no se podía imaginar feliz en su mansión de la Costa Oeste si ella no residía allí.

Y tan pronto como aterrizó en Los Ángeles y la localizó por teléfono en un hotel de Hawai –donde le alivió saber que estaba en casa de una amiga–, le rogó que lo perdonase y le dijo que no debía permitir que un artículo destruyera sus años de amor y comprensión.

Aunque por teléfono ella se mostró reservada e insistió en que se quedaría una semana más en Hawai, aceptó hablar con él en persona cuando regresara a Los Ángeles.

Pero cuando él la vio, ella aún estaba molesta y distante, y aunque admitió que todavía lo amaba y esperaba que su relación pudiera revivir, le anunció que había alquilado un departamento en Beverly Hills, un lugar al que podría ir cuando quisiera apartarse de los huéspedes de la mansión y de las bunnies.

Después de que Barbi Benton hubiera estado en la cama con Hugh Hefner, le prometió que no saldría con otros hombres y Hefner le prometió que le sería fiel a su manera. A partir de entonces le envió flores a su apartamento cada día proclamándole su amor.

En el ínterin, él hablaba diariamente por teléfono con Karen Christy, quien estaba ansiosa de que regresase, pero cuando volvió a su mansión de Chicago, sintió que ella también estaba de algún modo diferente, más reservada, menos abierta con él, aun cuando ella le dijo que nada había cambiado entre ellos.

Y entonces, una tarde, al salir de una reunión de negocios, Hefner descubrió que Karen Christy no estaba en la mansión. Algunos de los huéspedes y guardias la habían visto hacía unas horas, pero una rápida inspección de cada cuarto de la casa, incluyendo los pasadizos y pasillos secretos, no dio ninguna pista de dónde se encontraba.

A la medianoche, Hefner estaba visiblemente conmovido y exasperado. Y ante la sugerencia de que quizá ella podía estar en el apartamento de una bunny llamada Nancy Heitner, con quien Karen solía pasar el tiempo cuando Hefner no estaba en la ciudad, se puso un abrigo encima del pijama, saltó a su Mercedes con chofer y, acompañado por unos guardias, viajó en medio de una ligera nevada al barrio Lincoln Park de Chicago.

Cuando el chofer se detuvo ante un edificio de ladrillos de cuatro pisos donde vivía Nanci Heitner, Hefner y los guardias se apresuraron a llegar a la puerta a oscuras y encendieron cerillas para mirar en los nombres del correo para localizar el apartamento de Nancy Heitner.

Había una hilera de seis botones a lo largo de la caja, pero los nombres cubiertos de plástico eran ilegibles o no estaban. De modo que el impaciente Hefner tocó los seis botones a la vez. Cuando, por último, se abrió la puerta, se acercó a las escaleras y preguntó en voz muy alta: –Hola, soy Hugh Hefner. ¿Está Karen Christy por allí?L

os dos guardias, pertrechados con walkie-talkies y Hefner con una Pepsi, aguardaron un momento a que les llegara alguna respuesta. Como no hubo ninguna, Hefner procedió a subir las escaleras y a golpear en cada puerta, repitiendo: –Soy Hugh Hefner y busco a Karen Christy.

Pronto, en el segundo piso, oyó ruidos detrás de una puerta y vio luz a través de la cerradura. –¿Qué es lo que quiere? –preguntó una mujer detrás de la cerradura. –Soy Hugh Hefner y…–¿Es realmente Hugh Hefner? –preguntó la mujer aún sin abrir la puerta.

Luego Hefner oyó la voz de un hombre en el fondo que le preguntaba qué era todo ese alboroto, y ella contestó:–Ahí afuera hay un idiota que dice que es Hugh Hefner.

Nadie contestó a las puertas del segundo y del tercer piso, pero Hefner siguió subiendo y, después de golpear la puerta del apartamento 4-A, oyó el ladrido de un perro y una voz que le anunció: –Karen no está aquí. Se abrió la puerta y Nancy Heitner, una joven rubia con una bata negra, manteniendo alejado a su perro tibetano, dejó que entraran Hefner y los guardias. –No está aquí. Puede comprobarlo usted mismo.

Mientras Hefner se disculpaba por esta irrupción a deshoras, los guardias revisaron el apartamento de Nancy, sus armarios y hasta debajo de la cama. Hefner parecía cansado y desesperado, despeinado y con su botella vacía de Pepsi Cola. Después de que los guardias completaron su búsqueda, Nancy Heitner los acompañó hasta la puerta sintiendo lástima por él. Apenas se había ido el coche de Hefner cuando sonó el teléfono.

Era la voz sollozante de Karen Christy diciendo que estaba en una cabina telefónica y que quería ir al apartamento, añadiendo que tenía que alejarse del infiel Hugh Hefner.

Las dos muchachas hablaron durante horas, abandonando el apartamento para tomar una última copa a las dos de la madrugada en el ambiente más alegre del cercano bar Four Torches.

Pero cuando volvían al edificio, dos horas después, vieron el coche de Hefner en la calle. Y cuando él las vio, saltó del coche y corrió hacia Karen con los brazos abiertos. Karen se detuvo al lado de Nancy y lanzó una maldición entre dientes. Pero cuando Hefner se le acercó con lágrimas en los ojos, Karen se abalanzó para abrazarlo y ella también empezó a llorar.

* * *

Hefner sugirió que tomaran unas cortas vacaciones en Acapulco, y Karen se entusiasmó. Para ella había sido un invierno largo y frío en Chicago, y estaba muy dispuesta a pasar unos días al sol.

Acompañados por una pareja de amigos de Hefner que le caía muy bien a Karen, la visita a Acapulco fue para ella un alivio de todas las tensiones de los últimos meses. Hefner le estaba dando su bien más preciado –su tiempo–, y en los días y noches refulgentes que pasaron, ella se sintió feliz en su presencia y deseó que esa situación durase para siempre. Pero la vida cálida al aire libre y las noches tranquilas ejercían poca atracción sobre Hefner.

De regreso, camino al aeropuerto, sentada a su lado en el asiento trasero del coche, Karen se preguntó en voz alta cuándo volverían a estar juntos. Después de que él le diera una respuesta vaga, ella lo obligó a ser más específico. Quería saber cuánto tiempo le llevarían sus obligaciones, por lo menos aproximadamente, y cuándo podría contar con volver a verlo. Pero él se mantuvo tercamente evasivo y distante: fue como si ya estuviera volando a kilómetros de distancia, fuera de su alcance.

Y cuando ella caminó de su brazo a través de una sala llena de gente y hacia la pista brillante donde lo esperaba el avión Playboy, se sintió presa de una gran ansiedad. Y antes de darle un beso de despedida, trató una vez más de arrancarle una respuesta concreta a su urgente pregunta.

En ese momento, de repente y furiosamente, Hefner cogió el portafolios de cuero que llevaba y lo arrojó por el aire hacia el avión. Cuando la cartera rebotó pesadamente en el suelo, Hefner se lanzó tras ella como un galgo persiguiendo un conejo mecánico. Y cuando llegó adonde estaba, saltó con ambos pies sobre ella varias veces.

Mientras sus pilotos lo contemplaban perplejos y algunos grupos de turistas bronceados por el sol se detenían para mirarlo, la petrificada Karen Christy corrió hacia Hefner.

Pero antes de que ella llegara, él se había calmado milagrosamente y su tempestuoso ataque había desaparecido por sí solo a los pocos segundos. Mientras bajaba de estar de pie sobre su portafolios, no pareció avergonzado ni consciente de lo que había hecho.

Y después de que alguien se llevara su cartera algo maltrecha y que él le hubiera dado a Karen un beso de despedida, subió la escalerilla metálica. Luego desapareció en la cabina del avión.

Traducción de Marcelo Covián
De LA MUJER DE TU PRÓJIMO, Grijalbo

Frida Sofía, la “caja china” del poder político y mediático en México

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Las cajas chinas son muy populares en el mundo.

Son uno de los recursos gebellianos mejor utilizados en la confabulación permanente que existe, en muchos países, entre los grandes medios de comunicación y los gobiernos.

En la película “La dictadura perfecta”, que justamente se refiere al poder del Partido Revolucionario Institucional (PRI), casi un siglo en el poder mexicano con tres pausas de otros partidos, se lee de manera clara en qué consiste la trampa.

“La dictadura perfecta” es una película mexicana de 2014 del género comedia y sátira política.

Fue dirigida y producida por Luis Estrada y el guión original fue escrito por el mismo Estrada, en colaboración con Jaime Sampietro.

¿Qué es una “caja china” mediática? Un juego de imágenes, símbolos y narrativas que desvía la atención de los ciudadanos respecto de un personaje polémico o un grave problema de Estado (que en México hay muchos) y es capaz de convertir a ese personaje nefasto en un héroe o a ese grave problema de Estado en un hecho de segunda importancia frente a una “tragedia humana y conmovedora”.

Televisa, el canal más poderoso de México, es experto en hacerlo.

Por un lado, gana rating (para sus incomprensibles caídas financieras que nadie entiende siendo un medio tan poderoso) y, por otro, es cómplice del poder gubernamental más corrupto y mediocre, como todo lo que representa el PRI y ahora el presidente Peña Nieto, quien está haciendo uno de los peores regímenes de la historia: cuando se vaya, el próximo año, dejará muertos, desaparecidos, perseguidos, periodistas asesinados y mayor aumento de pobreza, miseria y analfabetismo.

Para colmo, dos terremotos en un solo mes dejan devastado a un país que ya no soporta más oscuridad, más abismos económicos, más inequidad, más emigrantes que van a Estados Unidos con tres posibilidades: morir en el camino, ser deportados si se los apresa o pasar al otro lado, vivir escondido de las autoridades por falta de documentos y hacer los trabajos más indignos que los gringos no los hacen.

Ahora aparece una caja china y, como dice la prensa mexicana, “aún no se sabe” quién se ‘inventó’ el personaje de una supuesta niña de 8 años que se encontraba bajo los escombros.

Pero sí se sabe: Televisa y sus medios colegas, empapados desde hace muchos en corrupción, son expertos en manejar como títeres a todos los poderes para acumular dinero y, al mismo tiempo, el verdadero poder. 

Colegio Enrique RébsamenLa cadena Televisa emitió durante 2 días seguidos el supuesto rescate de Frida. | AFP

La historia del rescate de la pequeña Frida Sofía –que ya se había convertido en el símbolo de la tragedia mexicana, como en la avalancha de Armero (Colombia) de 1985 lo fue Omayra, que sí existió– realmente fue una invención de alguien o algún medio de comunicación, o de una mentira que fue creciendo y alimentándose como bola de nieve.

Muchos medios de comunicación dieron como cierta la noticia, pues para muchos era más que creíble que una cadena como Televisa dedicara una transmisión en vivo y permanente del supuesto ‘rescate de Frida’.

Esa era la ‘prueba’ más grande de que lo que estaba sucediendo era cierto en el colegio.

Lo increíble es que la cadena Televisa duró transmitiendo ese evento durante casi 48 horas de manera ininterrumpida y a nadie se le ocurrió cuestionar lo que estaba sucediendo, especialmente la gente que estaba en el colegio, quienes deberían saber que no estaban buscando a una niña sino a alguien más, acaso la señora del aseo que había quedado entre los escombros.

Frida, “rostro de la tragedia” en México, nunca existió

Estas son algunas de las noticias y presunciones falsas respecto de Frida, que no fue más que un fantasma, un producto de la imaginación colectiva:

Frida se le escapó de las manos

En la mañana del jueves 21 de septiembre, Blu Radio tuvo una entrevista exclusiva con el rescatista mexicano Guillermo Márquez en el lugar de los hechos, quien le dijo a la emisora:

“Estábamos muy cerca, pero el piso se reblandeció y eso nos dificultó la labor”, presuntamente por la lluvia, que había ablandado el terreno.

“Uno de los niños del colegio es Frida Sofía”…

El portal La Vanguardia reportó: “Una de estas construcciones (afectadas) fue el Colegio Enrique Rébsamen (Coapa), donde fallecieron 21 niños y 4 adultos. Aún quedan menores atrapados, como Frida Sofía”.

La Nación, de Argentina, también registró el hecho

Incluso, buscaban a sus padres

El Universal, de México, tituló: “Buscan a los padres de Frida, atrapada en escuela Rébsamen”.

Hasta le dieron voz a Frida

La Estrella de Panamá tituló: “Frida, la pequeña que implora ser rescatada tras terremoto en México”.

Un héroe anónimo la mantuvo con vida

Y así, Televisa fue bajando el tono hasta que “Frida” ya no era la historia que estaba conmoviendo a los millones de mexicanos, porque se les cayó la mentira cuando se descubre que no existe ninguna niña con ese nombre en los registros de la escuela cuyo edificio se derrumbó.

¿Qué pretendía la caja china de Televisa? ¿Mostrar la “primicia” de que gracias a la persistencia del canal se salvó la vida de una niña o tener la exclusiva de Peña Nieto ayudando a sacar a la pequeña y convirtiéndose en el héroe que no es, que no será y que todos lo recordarán porque sus seis años de gobierno hubo, como en los anteriores, más sangre, más muerte, más narcotráfico, más femicidios, más trata de personas, más emigrantes, más crisis económica y, por supuesto, un nuevo elemento: el muro antimigración que construirá el presidente Trump y que Peña no ha sido capaz ni siquiera de decirle que los gastos corran de cuenta del victimario y no de la víctima.

El periodismo en tiempos de telebasura y de propaganda

Periodismo en tiempos de telebasura y propaganda.

Gabriel Romano Burgoa*

Apenas nos conectamos y ya estamos relacionados con una avalancha de estímulos. La información llega frenéticamente sin apenas poder hacer algo para que esto sea de otra manera. Hace mucho tiempo que los contenidos en los medios dejaron de tener mesura con el receptor, por el contrario prima la espectacularidad, el interés por llamar la atención y por transformar lo cotidiano en una trama en la que el show determina todo.

Se trata de un nuevo paradigma en el que estamos arrojados (no sabemos cómo diablos). La memoria nos falla, no recordamos cuándo fue el momento en que apareció aquella propaganda, el programa o el comentario que inició el estado actual de las cosas.

Solo notamos que estamos en un momento en el que todo se maneja al límite. Es el tiempo de los contenidos basura (aquello que nos intenta decir mucho y no nos lleva necesariamente a algún lado) y de la propaganda (no necesariamente comercial).

La telenovela de amor ya no es la preferida, en su lugar está el reality que impacta o la serie que nos habla del mundo del narco.

Los noticieros mutan, están provistos de una formalidad aparente que combina la calamidad de la crónica roja con el espectáculo en fracción de segundos.

En las redes pasa lo mismo, por ejemplo, las firmas reconocidas de noticias interactúan mostrando la realidad espectacularizada y en ocasiones confunden información con la desgracia de alguien; penetran en la intimidad de las personas con el dolor que causa el aguijón.

La política en los medios y en las redes no está exenta de estas condiciones, tienen mucho de contenido basura y propaganda. Cada vez se la asocia más con categorías que la alejan de lo epistemológico (ciencia política) y que la vinculan con la espectacularidad de un reality. Enaltece el insulto, la amenaza y la denuncia (muchas veces irracional) como una prioridad para salir al espectro de difusión. Lo público se convierte en un gran teatro que convive con la realidad de las cosas donde urge el discernimiento fino.

En este diagnóstico aleatorio que refleja algunas situaciones que no son del todo coherentes en el panorama mediático surgen estas preguntas: ¿Cómo esto afecta a la praxis periodística? ¿En qué medida esta ruta abierta por los nuevos paradigmas afecta el modo de entender el periodismo? ¿Cuál es la dosis sensata de la espectacularidad en una noticia y cuál la que se debe aplicar para la mesura reflexiva? ¿En qué medida el estilo de la telebasura y de la propaganda condiciona al periodismo?

Parto de la idea de que ponernos a pensar sobre estas cuestiones abre, fundamentalmente, dos frentes. Uno que debe tener en cuenta a quienes están en el ejercicio diario de la profesión, de aquellos que conocen cómo se hacen las cosas en lo cotidiano y que “juegan en cancha”, pero el otro desde la reflexión académica que toma en cuenta a quienes se forman para el periodismo y los que tenemos la posibilidad de enseñar periodismo.

Enseñar periodismo en los tiempos de la telebasura y la propaganda (no únicamente comercial) supone un desafío importante porque plantea seguir una ruta distinta a lo que se hace. Es decir, no dar por cerrada esta influencia (pasiva) casi generalizada del “nuevo paradigma” y contentarnos con aceptar lo que se va imponiendo bajo términos de adecuación, sino de tener la capacidad de formar personas, crear contenidos, formatos y estilos que influyan sobre lo que se está dando (propuesta y condición activa).

Esta tarea decidió asumirla desde agosto la Universidad Franz Tamayo, cuando abrió una de las pocas carreras (si no la única) de Periodismo a escala nacional. Se trata de la primera dedicada a formar periodistas a nivel de pregrado, pensando en la profesionalización del sector y en la generación de capacidades de los elementos humanos. Algo desafiante ante un mercado laboral aparentemente saturado por la oferta de comunicadores, pero muchas veces carente de profesionales de la información.

La formación de profesionales periodistas en Bolivia supone, a mi juicio, la posibilidad de sentar soberanía en el área. Eso implica una estructura para pensar la labor desde la praxis y la academia. No es malo que en Bolivia existan especialistas que hablen del periodismo desde sus campos del saber, incluso que lo hagan los políticos, pero resulta todavía mejor que lo hagan los futuros periodistas desde sus propios conocimientos y desde su propia realidad con conocimiento de causa.

La enseñanza del periodismo en el ámbito universitario abre la posibilidad de contribuir el estadio de formación primordialmente empírico, de manera que el conocimiento de la experiencia (pensemos en los colegas que se formaron haciendo cobertura) se interrelacione con lo académico de manera que ambos polos se complementen y generen nuevas propuestas del saber. Implica un espacio en el que se dialogue sobre la experiencia del sector, pero que también se tenga en cuenta la sistematización de ese saber.

Enseñar periodismo a largo plazo establecerá una sana diferencia entre el profesional de la información con aquellos actores de la comunicación que no son periodistas. Debe quedar claro que un presentador de televisión no es necesariamente periodista, un animador no es necesariamente periodista, un locutor no siempre es un periodista, el periodista es un especialista de la información y por lo tanto aquellos deben asumir esa diferencia. Considero que este proyecto abre la posibilidad a revalorar la labor del periodista dentro de los medios, que muchas veces es confundida con el encomendero de noticias.

Finalmente, la profesionalización del periodismo abre a posibilidad a la constante interpelación de la conciencia ética de la profesión ante las figuras “deformadas” que aparecen en los medios se hacen normales.

Concebir al periodista como el profesional que no hace propaganda por nadie ni para nadie, como aquel que es capaz de ser libre de contar lo que sucede y no de sacrificar la verdad a la noticia. Hacer que el periodista actúe sin acaloramientos innecesarios evitando que se transforme en un agitador sectorial.

*Gabriel Romano Burgoa es periodista y profesor universitario

La narrativa, el cuento, la leyenda y la política en los jóvenes

Guerra de las galaxias
 
Por Rubén Weinsteiner*
 
Es imposible no comunicar. Enviamos señales y significados todo el tiempo, que se traducen en sentimientos, ideas y narrativa en la cabeza de las personas, ya sea que diseñemos esa narrativa de manera estratégica o que se articule por default, caótica, aleatoria y espontáneamente.
 
Cuando hablamos de la personalidad de la marca política hablamos del “quién”. Cuando hablamos de la narrativa hablamos del “qué”.
 
La narrativa que viene a relatar la marca política, incluye y articula las palabras emitidas, los textos escritos, los slogans y taglines, los tonos de voz, el vestuario, la gestualidad y el lenguaje no verbal, la kinesia y la proxemia.
 
El gran desafío de la narrativa de la marca es presentar de la manera más eficaz la promesa de la marca.
 
Con argumentos se conquista la mente, con historias se conquista el corazón, los argumentos intervienen sobre la necesidad, las historias sobre el deseo y el voto en el segmento joven se define por deseo.
 
La narrativa política puede y debe virtualizar realidades y escenarios, construir sentido y valores simbólicos. La narrativa política crea la realidad, la define, la explica y la hace sustentable.
 
Los componentes estructurales de la Narrativa política son cuatro
 
1) Mensaje: La narrativa política debe bajar un mensaje, en lo posible solo uno, que ancle emocionalmente en las personas. El mensaje debe ser claro, con referencias empíricas y reales de la vida cotidiana y establecer un posicionamiento, es decir, ocupar un lugar en el imaginario de los segmentos objetivos.
Debe ser una cuestión del debate público, que esté en la agenda y que preocupe a diferentes segmentos, por distintos motivos.
En el caso del voto joven el mensaje debe plantearse desde el clivaje autenticidad-impostura, los otros son la impostura. Por eso el mensaje debe ser conceptualmente lineal y directo, oraciones cortas donde cada palabra luche por su supervivencia.
 
Para que el mensaje sea eficaz debe:
 
a) estar alineado con la promesa de la marca
 
b) encarnar valores que se van a comunicar activamente
 
c) tener en cuenta la competencia de marcas políticas que se da, qué posiciones están disponibles y que posiciones en situaciones de debilidad
 
d) microsegmentar los públicos objetivo de nuestro mensaje
 
e) enunciar la personalidad de la marca emisora
 
f) contar con un equipaje de palabras potente
 
g) revelar visualidad, simbología y ritualidad, colores y formas alineados homogénea y estratégicamente con el diseño de la marca política.
 
2) Conflicto: Los conflictos son los que generan interés en la narrativa: sin malos no hay buenos, sin amenazas no hay salvadores, sin comilonas no hay hepatalgina, sin manchas no hay Ariel, sin problemas no hay soluciones para ofrecer.
El conflicto plantea la pregunta: ¿cómo se resuelve esto? Esta pregunta genera incertidumbre, tensión, ansiedad, emoción, instalando un clima de interés que hace que nos comprometamos afectivamente con la historia.
 
El conflicto narrativo muestra a un protagonista que lucha contra otros personajes, contra de sus propios principios o sentimientos, o bien contra su destino o una fatalidad.
En definitiva, el conflicto es un suceso que enfrenta al personaje principal con fuerzas antagónicas durante una trama, cuya resolución tiene un desenlace.
Una narrativa sin conflicto nunca puede ser dramática. Es una descripción. La intensidad del conflicto es producto de la naturaleza del motivo y del carácter del personaje. Cada intención tiene obstáculos que superar para lograr el objetivo. El conflicto es el resultado de la intención y la dificultad.
 
Existen tres tipos de dificultades esenciales en el conflicto:
 
a) El obstáculo: Es circunstancial, como un río que se debe cruzar, la falta de dinero o la imposibilidad de entender otro idioma. La desventaja de este obstáculo es ser de tendencia estática, no poder soportar cambios repentinos (el río no va a desaparecer ni podemos aprender un idioma nuevo de golpe).
 
b) La complicación: Es accidental: un avión que debe aterrizar por el mal tiempo, un mensajero que se fractura una pierna. Su desventaja es que, al ser accidental, genera frustración, ya que no la planea ni la desea nadie, el personaje no la puede evitar ni prever, no es una prueba del poder del héroe.
 
c) La contraintención: Es la intención de la contrafigura de evitar el cumplimiento de la intención del héroe. Es la dificultad más efectiva dramáticamente hablando, ya que es la más dinámica y la que da más posibilidades de ampliar la historia y de dar giros nuevos.
 
3) Personajes: En toda narrativa intervienen personajes que juegan roles, le dan vida a la historia, credibilidad, textura, color, posibilidad de vivencia e identificación. La fortaleza de los personajes potencia la intensidad y el involucramiento emocional.
 
Los cuentos infantiles y los mitos clásicos tienen formatos de personajes esquematizados que, además de ofrecer un carácter universal a tales personajes, los hace cercanos y comprensibles.
Y esto es así porque estos personajes representan lo que Carl Gustav Jung denominó arquetipos. Jung estableció una división de la psiquis humana en tres partes: el consciente, el inconsciente y el inconsciente colectivo.
 
En esta última es donde aparecen los arquetipos.
 
Algunos de los arquetipos que aparecen en las obras narrativas, y muy fuertemente en los cuentos clásicos, son:
 
a) El viejo sabio: Son hombres, adultos y dotados de autoridad que se presentan como guías del héroe.
 
b) El padre: Puede ser un viejo sabio, una metáfora de la historia, la tradición o el reason why del protagonista. También puede encarnar la debilidad que plantea un problema puesto en el padre, alter ego viejo del protagonista.
 
c) La madre: El amor incondicional, el compromiso sin límites, la propia historia, la posibilidad de retorno a las fuentes. Puede ser la construcción arquetípica en cuya figura se fusionan las costumbres morales y sociales de una época.
 
d) El héroe: El protagonista central, entraña la épica, encarna la misión, y sobre él está puesto el foco. Según la acepción griega, el héroe era un hombre divinizado que llega para restaurar el orden quebrantado por la fuerzas del mal. Los héroes también tienen marcas —las marcas del héroe—, que los ayudan a superar los obstáculos sin hacerlos totalmente invulnerables. Pueden ser físicas, como en el caso de Aquiles, o psicológicas: la fértil imaginación de Ulises y la piedad religiosa en Eneas.
 
e) El guerrero: Acompaña al héroe, lo complementa o suplementa. Encarna aquellas virtudes o aptitudes que el protagonista no puede revelar porque entrarían en contradicción con su esencia, identidad o misión. El guerrero puede no ser tan cumplidor de la ley como el héroe, o tan prolijo o no tan sabio. El guerrero va al combate para defender el orden y la justicia, en consecuencia, sus actos tienen un sentido de liberación política y social.
f) La princesa: La figura femenina joven, promesa y desafío. Es la pareja la que da sentido a la estructura primaria familiar o de clan, por la que el héroe da sus batallas.
 
g) El demonio: El mal absoluto y poderoso, que explica también la acción del héroe, pero no la define como si lo hace la sombra
 
h) La sombra: Es el arquetipo que personifica los rasgos personales que el héroe niega de sí mismo. Si el héroe es generoso, por lo tanto no egoísta, ese rasgo egoísta, que indudablemente tiene en algún lugar el héroe, lo deposita en la sombra. De esa manera se va construyendo un negativo fotográfico del héroe, una imagen que almacena todas aquellas cosas que no nos gustan y que rechazamos.
En un primer estadio, esta sombra puede aparecer como un ser monstruoso que nos acecha para hacernos daño (los dragones, gigantes, bestias marinas, de los cuentos) pero, una vez que nos percatamos de su existencia y la vamos aceptando se convierte en algo más cercano a un ser humano, y cada vez se va pareciendo más a nosotros mismos, a quienes somos en realidad.
En la literatura, el antagonista arquetípico del héroe no es el demonio sino la sombra. El demonio explica la presencia del héroe, pero no tiene la incidencia en la acción que tiene la sombra.
 
En La Guerra de las Galaxias, el héroe es Luke Skywalker, que conoce a un viejo sabio, Obi Wan Kenobi.
El arquetipo del Guerrero lo encarna Han Solo y su nave, el Halcón Milenario. La sombra: Darth Vader, que tiene un gran poder y una gran maldad, es el “negativo” de Luke.
Al final del enfrentamiento, descubrimos que Luke y Vader son padre e hijo. El arquetipo de la sombra se hace bueno y complementa definitivamente a Luke, que se ha convertido en el gran héroe salvador del universo.
 
La sombra es el malo perfecto, porque su atractivo reside en que complementa al héroe. Luke y Vader, Sherlock Holmes y Moriarty, Jekyll y Hide, Yago y Otelo, incluso Batman enfrentándose a un guasón desordenado y caótico, representante de todo aquello que Batman no puede ser.
 
4) Trama: toda narrativa articula una sucesión de eventos que se insertan en tres componentes:
 
a) Introducción: se da a conocer el ambiente en el que la historia se desarrolla, se detallan las características de personajes, lugar, tiempo y comienzo de la historia.
 
b) Desarrollo: Es donde tiene lugar el punto culminante, la acción transformadora de la historia. Es el momento donde la tensión narrativa llega a su punto más alto. La tensión finalmente explota, supliendo la carencia indicada en el marco escénico y transformando la situación problemática que motivó la trama.
 
c) Desenlace: es la sección final donde se alivia la tensión narrativa, y se le da sentido a las consecuencias de la acción transformadora, y se describe la situación final de los personajes de la historia. Casi siempre implica una inversión de la carencia inicial.
 
En La Ilíada, Ulises vive con Penélope y su hijo Telémaco en Ítaca. Su vida es feliz, pero un día tiene que marcharse a la guerra de Troya, dejando a su familia. Después de innumerables aventuras, de luchar contra monstruos terribles, de enfrentarse a la traición, a la tentación y a todo tipo de pruebas, Ulises regresa a su hogar (su meta u objetivo). Encuentra un trono invadido que deberá reestablecer en un apasionante final para recuperar el trono y a su familia.
 
Belleza americana: El protagonista es un hombre débil, con una mujer a la que detesta y una hija a la que no entiende. La llegada de un nuevo vecino a la casa de al lado, y la atracción que sentirá por una de las amigas de su hija, le sacuden la vida. Todo esto provoca cambios, comienza a hacer deporte, cambia su modo de vestir, su actitud se transforma en proactiva, se enfrenta a su esposa y todo cambia.
 
Este esquema narrativo mitológico, de héroes, guerreros, aliados, sombras y villanos, lo vemos en: Blade Runner, Terminator, La historia interminable, Spiderman, Trainspotting, Full Monty, Moulin Rouge, Ciudadano Kane, El fantasma de la ópera, París, Texas… y una larga lista de ejemplos, apoyados en los mitos clásicos que fundamentan nuestra cultura.
 
La Historia de Obama
 
La historia de Barack Obama diseñada para la primera campaña, de 2008, comienza más o menos así: Barack Obama fue criado por su madre soltera y sus abuelos, no tenían mucho dinero, le inculcaron valores, esos valores tradicionales de Kansas, donde nació.
 
El inicio plantea el escenario, las dificultades y valores, construyendo la expectativa del conflicto que se plantea de movida. Es negro en un mundo dominado por los blancos, es pobre, su padre ausente. Cuando aparece el conflicto, nos plantea la tensión: ¿cómo va a terminar esto?
 
Sigue la historia. Pidió préstamos para estudiar, terminó sus estudios y se fue a trabajar para iglesias cristianas en Chicago, ayudando a las comunidades que quedaron devastadas luego del cierre de las acerías.
Volvió a estudiar un postgrado tomando préstamos. Al finalizar, desestimó ofertas económicas importantes de estudios de abogados muy reconocidos, para volver a Chicago y desarrollar acciones de militancia de afiliación para el partido Demócrata.
Se unió a una pequeña firma de abogados, se hizo docente universitario, y guiado por su fe cristiana, se volvió muy activo en su comunidad.
 
La narrativa de Obama nos plantea como el héroe se sobrepone a las dificultades, rechaza las tentaciones del camino corporativo a favor del trabajo social, tiene éxito y sin embargo no olvida sus raíces.
 
Se casa con la bella Michelle, y tienen dos hermosas hijas: Sasha y Malia, las personas que más ama y el reason why de su carrera. Música para los oídos del votante en EE.UU.
 
Esta historia conquistó al votante americano. Casas más, casas menos y 45 años de diferencia, JFK también presentó una narrativa que conquistó el corazón de los votantes, interpelando el deseo, eje instrumental del voto.
 
En el caso de Obama la pregunta específica a instalar fue: ¿cómo hizo para llegar hasta aquí, a pesar de las adversidades? La estrategia narrativa basada en el “american dream”, propuso un héroe que surgió de la nada, quiere y puede llegar a lo más alto y está en los votantes, en su deseo y acción, hacer que eso pase.
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*Tomado de marcapolitica.com

No existe el periodismo imparcial

escritorio de periodista

Por Marco Levario Turcott *

Disfruto mucho de esa cadencia reposada de palabras que llamamos matices, es decir, me gusta leer aquello que resulta del pensamiento atemperado y elaborado, sobre prácticamente cualquier partitura temática.

Prefiero adentrarme en el lienzo de los grises y sus derivaciones, que no mandan señales tajantes, blanco o negro. Ni enarbolan banderas ni consignas.

Ya alguna vez acuñó Dante Alighieri: “No menos que el saber me place el dudar”.

Como cualquier actividad humana, así entiendo al periodismo, sobre la base desde luego de que cada quien lo moldea según sus valores, prioridades y expectativas (eso es lo que, visto en conjunto, entendemos como pluralidad).

Así comprendo al periodismo, como una hechura de contenidos que incentiven al ejercicio razonado del otro.

Descreo del fanatismo, lo he dicho infinidad de ocasiones, al que considero una de las amenazas más serias para el intercambio civilizado en las sociedades modernas: su esencia es la fe, ya sea laica o religiosa, y la confección de proclamas en vez de ideas.

Por eso casi siempre tiende a buscar la eliminación de los otros que no creen en lo mismo.

Pero también descreo de ese tipo de periodismo que se erige en vocero del poder y que, en tal vocación abyecta, permite que sus contenidos se llenen con los designios de la versión oficial, del juicio en apariencia mesurado sobre las encendidas fauces de las criaturas que se le oponen.

Ese perfil acomodaticio y medroso que se expresa en nuestra profesión tampoco nos adentra a la aventura de pensar.

Sus notas atufadas con el aliento del poderoso que dicta las letras me parecen una de las expresiones más denigrantes del periodismo.

Desde luego que en el ámbito de las preferencias no aludo a una dimensión desconocida: no existe el periodismo imparcial y, sobre esa base, prefiero el que busca exhibir las falencias de cualquier tipo de poder, que sea al que pretende congraciarse con este o, peor aún, al que solo lo mueve la crítica a los militantes que actúan contra ese poder.

Prefiero los matices, lo reitero.

Un ejemplo: la transición a la democracia mexicana no se explica sin los movimientos opositores que han existido en el país, por lo menos en los últimos treinta años.

Es imposible no ver las groseras elaboraciones de quienes apenas pueden hilar más de dos frases seguidas para concluir en la confabulación o la conjura de los otros –casi siempre perfecta– para explicar la fuente de todos los males.

Son grotescos sus enfoques y sus prácticas. En particular es deleznable para mí la forma que tienen para atizar al otro en la hoguera de sus convicciones.

Pero no son menos grotescos los aduladores del poder, y dentro de ellos esas pequeñas correas transmisoras que también renunciaron a pensar: sus adjetivos contra el mundo crítico se emparentan con el vocabulario de ese mundo opuesto.

Los puentes entre esas formas de ser, está claro, se encuentran rotos, pero existen desde luego, cada uno por su lado, como parte de esas regiones soliviantadas al grito de sostener para sí la única razón posible.

Son un mercado y hay medios que los atienden, para decirlo en palabras de Rosa Montero, porque no les importa halagar los bajos instintos de la gente, y eso no lo sabe hacer cualquier persona o grupo de personas, para referirnos a los medios, se necesita un talento especial para la desfachatez.

Dije que me gusta mirar los lienzos claroscuros, los grises y todas las tonalidades posibles de ese color, y creo que lo hallo revisando los medios en conjunto: hay trabajos notables casi siempre, día con día.

Me divierto también, con las imprecisiones propias y las ajenas, los deslices de la pasión en todos lados y destacar en el mundo del clic digital, que también aborrece los matices.

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* Periodista mexicano

Chile, el golpe militar, los gringos y Salvador Allende

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Allende, Salvador

Por Gabriel García Márquez *

A fines de 1969, tres generales del Pentágono cenaron con cuatro militares chilenos en una casa de los suburbios de Washington.

El anfitrión era el entonces coronel Gerardo López Angulo, agregado aéreo de la misión militar de Chile en los Estados Unidos, y los invitados chilenos eran sus colegas de las otras armas. La cena era en honor del Director de la escuela de Aviación de Chile, general Toro Mazote, quien había llegado el día anterior para una visita de estudio.

Los siete militares comieron ensalada de frutas y asado de ternera con guisantes, bebieron los vinos de corazón tibio de la remota patria del sur donde había pájaros luminosos en las playas mientras Washington naufragaba en la nieve, y hablaron en inglés de lo único que parecía interesar a los chilenos en aquellos tiempos: las elecciones presidenciales del próximo septiembre.

A los postres, uno de los generales del Pentágono preguntó qué haría el ejército de Chile si el candidato de la izquierda Salvador Allende ganaba las elecciones. El general Toro Mazote contestó: “Nos tomaremos el palacio de la Moneda en media hora, aunque tengamos que incendiarlo”.

Uno de los invitados era el general Ernesto Baeza, director de la Seguridad Nacional de Chile, que fue quien dirigió el asalto al palacio presidencial en el golpe y quien dio la orden de incendiarlo.

Dos de sus subalternos de aquellos días se hicieron célebres en la misma jornada: el general Augusto Pinochet, presidente de la Junta Militar, y el general Javier Palacios, que participó en la refriega final contra Salvador Allende. También se encontraba en la mesa el general de brigada aérea Sergio Figueroa Gutiérrez, luego ministro de obras públicas, y amigo íntimo de otro miembro de la Junta Militar, el general del aire Gustavo Leigh, que dio la orden de bombardear con cohetes el palacio presidencial. El último invitado era el almirante Arturo Troncoso, gobernador naval de Valparaíso, que hizo la purga sangrienta de la oficialidad progresista de la marina de guerra, e inició el alzamiento militar en la madrugada del 11 de septiembre.

Aquella cena histórica fue el primer contacto del Pentágono con oficiales de las cuatro ramas chilenas.

En otras reuniones sucesivas, tanto en Washington como en Santiago, se llegó al acuerdo final de que los militares chilenos más adictos al alma y a los intereses de los Estados Unidos se tomarían el poder en caso de que la Unidad Popular ganara las elecciones. Lo planearon en frío, como una simple operación de guerra, y sin tomar en cuenta las condiciones reales de Chile.

El plan estaba elaborado desde antes, y no sólo como consecuencia de las presiones de la International Telegraph & Telephone (I.T.T), sino por razones mucho más profundas de política mundial. Su nombre era “Contingency Plan”.

El organismo que la puso en marcha fue la Defense Intelligence Agency del Pentágono, pero la encargada de su ejecución fue la Naval Intelligency Agency, que centralizó y procesó los datos de las otras agencias, inclusive la CIA, bajo la dirección política superior del Consejo Nacional de Seguridad.

Era normal que el proyecto se encomendara a la marina, y no al ejército, porque el golpe de Chile debía coincidir con la Operación Unitas, que son las maniobras conjuntas de unidades norteamericanas y chilenas en el Pacífico. Estas maniobras se llevaban a cabo en septiembre, el mismo mes de las elecciones y resultaba natural que hubiera en la tierra y en el cielo chilenos toda clase de aparatos de guerra y de hombres adiestrados en las artes y las ciencias de la muerte.

Por esa época, Henry Kissinger dijo en privado a un grupo de chilenos: “No me interesa ni sé nada del Sur del Mundo, desde los Pirineos hacia abajo”.

El Contingency Plan estaba entonces terminado hasta su último detalle, y es imposible pensar que Kissinger no estuviera al corriente de eso, y que no lo estuviera el propio presidente Nixon.

Ningún chileno cree que mañana es martes

Chile es un país angosto, con 4.270 kilómetros de largo y 190 de ancho, y con 10 millones de habitantes efusivos, dos de los cuales viven en Santiago, la capital. La grandeza del país no se funda en la cantidad de sus virtudes, sino el tamaño de sus excepciones.

Lo único que produce con absoluta seriedad es mineral de cobre, pero es el mejor del mundo, y su volumen de producción es apenas inferior al de Estados Unidos y la Unión Soviética. También produce vinos tan buenos como los europeos, pero exportan poco porque casi todos se los beben los chilenos.

Su ingreso per cápita, 600 dólares, es de los más elevados de América Latina, pero casi la mitad del producto nacional bruto se lo reparten solamente 300.000 personas. En 1932, Chile fue la primera república socialista del continente, y se intentó la nacionalización del cobre y el carbón con el apoyo entusiasta de los trabajadores, pero la experiencia sólo duró 13 días. Tiene un promedio de un temblor de tierra cada dos días y un terremoto devastador cada tres años.

Los geólogos menos apocalípticos consideran que Chile no es un país de tierra firme sino una cornisa de los Andes en una océano de brumas, y que todo el territorio nacional, con sus praderas de salitre y sus mujeres tiernas, está condenado a desaparecer en un cataclismo.

Los chilenos, en cierto modo, se parecen mucho al país. Son la gente más simpática del continente, les gusta estar vivos y saben estarlo lo mejor posible, y hasta un poco más, pero tienen una peligrosa tendencia al escepticismo y a la especulación intelectual.

“Ningún chileno cree que mañana es martes”, me dijo alguna vez otro chileno, y tampoco él lo creía. Sin embargo, aún con esa incredulidad de fondo, o tal vez gracias a ella, los chilenos han conseguido un grado de civilización natural, una madurez política y un nivel de cultura que son sus mejores excepciones. De tres premios Nobel de literatura que ha obtenido América Latina, dos fueron chilenos. Uno de ellos, Pablo Neruda, fue el poeta más grande de este siglo.

Todo esto debía saberlo Kissinger cuando contestó que no sabía nada del sur del mundo, porque el gobierno de los Estados Unidos conocía entonces hasta los pensamientos más recónditos de los chilenos.

Los había averiguado en 1965, sin permiso de Chile, en una inconcebible operación de espionaje social y político: el Plan Camelot.

Fue una investigación subrepticia mediante cuestionarios muy precisos, sometidos a todos los niveles sociales, a todas las profesiones y oficios, hasta en los últimos rincones del país, para establecer de un modo científico el grado de desarrollo político y las tendencias sociales de los chilenos.

En el cuestionario que se destinó a los cuarteles, figuraba la pregunta que cinco años después volvieron a oír los militares chilenos en la cena de Washington: “¿Cuál será la actitud en caso de que el comunismo llegue al poder? -La pregunta era capciosa. Después de la operación Camelot, los Estados Unidos sabían a cierta que Salvador Allende sería elegido presidente de la República.

 Chile no fue escogido por casualidad para este escrutinio. La antigüedad y la fuerza de su movimiento popular, la tenacidad y la inteligencia de sus dirigentes, y las propias condiciones económicas y sociales del país permitían vislumbrar su destino.

El análisis de la operación Camelot lo confirmó: Chile iba a ser la segunda república socialista del continente después de Cuba. De modo que el propósito de los Estados Unidos no era simplemente impedir el gobierno de Salvador Allende para preservar las inversiones norteamericanas. El propósito grande era repetir la experiencia más atroz y fructífera que ha hecho jamás el imperialismo en América Latina: Brasil.

 Doña cacerolina se echa a la calle

El 4 de septiembre de 1970, como estaba previsto, el médico socialista y masón Salvador Allende fue elegido presidente de la República. Sin embargo, el Contingency Plan no se puso en práctica. La explicación más corriente es también la más divertida: alguien se equivocó en el Pentágono, y solicitó 200 visas para un supuesto orfeón naval que en realidad estaba compuesto por especialistas en derrocar gobiernos, y entre ellos varios almirantes que ni siquiera sabían cantar. El gobierno chileno descubrió la maniobra y negó las visas. Este percance, se supone, determinó el aplazamiento de la aventura.

Pero la verdad es que el proyecto había sido evaluado a fondo: otras agencias norteamericanas, en especial la CIA y el propio embajador de los Estados Unidos en Chile, Edward Korry, consideraron que el Contingency Plan era una operación militar que no tomaba en cuenta las condiciones actuales de Chile.

El triunfo de la Unidad Popular no ocasionó el pánico social que esperaba el Pentágono.

Al contrario, la independencia del nuevo gobierno en política internacional, y su decisión en materia económica, crearon de inmediato un ambiente de fiesta social.

En el curso del primer año se habían nacionalizado 47 empresas industriales, y más de la mitad del sistema de créditos. La reforma agraria expropió e incorporó a la propiedad social 2.400.000 hectáreas de tierras activas. El proceso inflacionario se moderó: se consiguió el pleno empleo y los salarios tuvieron un aumento efectivo de un 40 por ciento.

El gobierno anterior, presidido por el demócrata cristiano Eduardo Frei, había iniciado un proceso de chilenización del cobre. Lo único que hizo fue comprar el 51 por ciento de las minas, y solo por la mina de El Teniente pagó una suma superior al precio total de la empresa.

La Unidad Popular recuperó para la nación con un solo acto legal todos los yacimientos de cobre explotados por las filiales de compañías norteamericanas, la Anaconda y la Kennecott. Sin indemnización: el gobierno calculaba que las dos compañías habían hecho en 15 años una ganancia excesiva de 80.000 millones de dólares.

La pequeña burguesía y los estratos sociales intermedios, dos grandes fuerzas que hubieran podido respaldar un golpe militar en aquel momento, empezaban a disfrutar de ventajas imprevistas, y no a expensas del proletariado, como había ocurrido siempre, sino a expensas de la oligarquía financiera y el capital extranjero.

Las fuerzas armadas, como grupo social, tienen la misma edad, el mismo origen y las mismas ambiciones de la clase media y no tenían motivo, ni siquiera una coartada, para respaldar a un grupo exiguo de oficiales golpistas. Consciente de esa realidad, la Democracia Cristiana no solo no patrocinó entonces la conspiración de cuartel, sino que se opuso resueltamente porque la sabía impopular dentro de su propia clientela.

Su objetivo era otro: perjudicar por cualquier medio la buena salud del gobierno para ganarse las dos terceras partes del Congreso en las elecciones de marzo de 1973. Con esa proporción podía decidir la destitución constitucional del presidente de la República.

La Democracia Cristiana era una gran formación interclasista, con una base popular auténtica en el proletariado de la industria moderna, en la pequeña y media industria moderna, en la pequeña y media propiedad campesina y en la burguesía y la clase media de las ciudades. La Unidad Popular expresaba al proletariado obrero menos favorecido, al proletariado agrícola, a la baja clase media de las ciudades.

La Democracia Cristiana, aliada con el Partido Nacional de extrema derecha, controlaba el Congreso. La Unidad Popular controlaba el poder Ejecutivo. La polarización de esas dos fuerzas iba a ser, de hecho, la polarización del país.

Curiosamente, el católico Eduardo Frei, que no cree en el marxismo, fue quien aprovechó mejor la lucha de clases, quien la estimuló y exacerbó; con el propósito de sacar de quicio al gobierno y precipitar al país por la pendiente de la desmoralización y el desastre económico.

El bloqueo económico de los Estados Unidos por la expropiaciones sin indemnización y el sabotaje interno de la burguesía hicieron el resto.

En Chile se produce todo, desde automóviles hasta pasta dentífrica, pero la industria tiene una identidad falsa: en las 160 empresas más importantes, el 60 por ciento era capital extranjero, y el 80 por ciento de sus elementos básicos importados.

Además, el país necesitaba 300 millones de dólares anuales para importar artículos de consumo, y otros 450 millones para pagar los servicios de la deuda externa.

Los créditos de los países socialistas no remediaban la carencia fundamental de repuestos, pues toda industria chilena, la agricultura y el transporte, estaban sustentados por equipo norteamericano. La Unión Soviética tuvo que comprar trigo de Australia para mandarlo a Chile, porque ella misma no tenía y a través del Banco de la Europa del Norte, de París, le hizo varios empréstitos sustanciosos en dólares efectivos.

Cuba, en un gesto que fue más ejemplar que decisivo, mandó un barco cargado de azúcar regalada. Pero las urgencias de Chile eran descomunales. Las alegres señoras de la burguesía, con el pretexto del racionamiento y de las pretensiones excesivas de los pobres, salieron a la plaza pública haciendo sonar sus cacerolas vacías. No era casual, sino al contrario, muy significativo, que aquel espectáculo callejero de zorros plateados y sombreros de flores ocurriera la misma tarde que Fidel Castro terminaba una visita de 30 días que había sido un terremoto de agitación social.

 La última cueca feliz de Salvador Allende

El Presidente Salvador Allende comprendió entonces, y lo dijo, que el pueblo tenía el gobierno pero no tenía el poder. La frase más alarmante, porque Allende llevaba dentro una almendra legalista que era el germen de su propia destrucción: un hombre que peleó hasta la muerte en defensa de la legalidad, hubiera sido capaz de salir por la puerta mayor de la Moneda, con la frente en alto, si lo hubiera destituido el congreso dentro del marco de la constitución.

La periodista y política Rossana Rossanda, que visitó a Allende por aquella época, lo encontró envejecido, tenso y lleno de premoniciones lúgubres, en el diván de cretona amarilla donde había de reposar el cadáver acribillado y con la cara destrozada por un culatazo de fusil. Hasta los sectores más comprensivos de la Democracia Cristiana estaban entonces contra él. “¿Inclusive Tomic?” -le preguntó Rossana. -“Todos”, contestó Allende.

En vísperas de las elecciones de marzo de 1973, en las cuales se jugaba su destino, se hubiera conformado con que la Unidad Popular obtuviera el 36 por ciento. Sin embargo, a pesar de la inflación desbocada, del racionamiento feroz, del concierto de olla de las cacerolinas alborotadas, obtuvo el 44 por ciento.

Era una victoria tan espectacular y decisiva, que cuando Allende se quedó en el despacho, sin más testigos que su amigo y confidente, Augusto Olivares, hizo cerrar la puerta y bailó solo una cueca.

Para la Democracia Cristiana, aquella era la prueba de que el proceso democrático promovido por la Unidad Popular no podía ser contrariado con recursos legales, pero careció de visión para medir las consecuencias de su aventura: es un caso imperdonable de irresponsabilidad histórica.

Para los Estados Unidos era una advertencia mucho más importante que los intereses de las empresas expropiadas; era un precedente inadmisible en el progreso pacífico de los pueblos del mundo, pero en especial para los de Francia e Italia, cuyas condiciones actuales hacen posible la tentativa de experiencias semejantes a las de Chile: todas las fuerzas de la reacción interna y externa se concentraron en un bloque compacto.

En cambio los Partidos de la Unidad Popular, cuyas grietas internas era mucho más profundas de lo que se admite, no lograron ponerse de acuerdo con el análisis de la votación de marzo.

El gobierno se encontró sin recursos, reclamado desde un extremo por los partidarios de aprovechar la evidente radicalización de las masas para dar un salto decisivo en el cambio social, y los más moderados que temían al espectro de la guerra civil y confiaban en llegar a un acuerdo regresivo con la Democracia Cristiana.

Ahora se ve que esos contactos por parte de la oposición no eran más que un recurso de distracción para ganar tiempo.

 La CIA y el paro patronal

La huelga de camioneros fue el detonante final. Por su geografía fragorosa, la economía chilena está a merced de su transporte rodado. Paralizarlo es paralizar el país. Para la oposición era muy fácil hacerlo, porque el gremio del transporte era de los más afectados por la escasez de repuestos, y se encontraba además amenazado por la disposición del gobierno de nacionalizar el transporte con equipos soviéticos.

El paro se sostuvo hasta el final, sin un solo instante de desaliento, porque estaba financiado desde el exterior con dinero efectivo.

La CIA inundó de dólares el país para apoyar el paro patronal, y esa divisa bajó en la bolsa negra, escribió Pablo Neruda a un amigo en Europa. Una semana antes del golpe se habían acabado el aceite, la leche y el pan.

En los últimos días de la Unidad Popular, con la economía desquiciada y el país al borde de la guerra civil, las maniobras del gobierno y de la oposición se centraron en la esperanza de modificar, cada quien a su favor, el equilibrio de fuerzas dentro del ejército.

La jugada final fue perfecta: 48 horas antes del golpe, la oposición había logrado descalificar a los mandos superiores que respaldaban a Salvador Allende, y habían ascendido en su lugar, uno por uno, en una serie de enroques y gambitos magistrales a todos los oficiales que habían asistido a aquella la cena de Washington.

Sin embargo, en aquel momento el ajedrez político había escapado a la voluntad de sus protagonistas.

Arrastrados por una dialéctica irreversible, ellos mismos terminaron convertidos en ficha de un ajedrez mayor, mucho más complejo y políticamente mucho más importante que una confabulación consciente entre el imperialismo y la reacción contra el gobierno del pueblo.

Era una terrible confrontación de clases que la habían provocado, una encarnizada rebatiña de intereses contrapuestos cuya culminación final tenía que ser un cataclismo social sin precedentes en la historia de América.

El ejército más sanguinario del mundo

Un golpe militar, dentro de las condiciones chilenas, no podía ser incruento. Allende lo sabía. No se juega con fuego, le había dicho a la periodista italiana Rossana Rossanda. Si alguien cree que en Chile un golpe militar será como en otros países de América, como un simple cambio de guardia en la Moneda, se equivoca de plano. Aquí, si el ejército se sale de la legalidad. habrá un baño de sangre. Será Indonesia. Esa certidumbre tenía un fundamento histórico.

Las fuerzas armadas de Chile, el contrario de lo que se nos ha hecho creer, han intervenido en la política cada vez que se han visto amenazados sus intereses de clase y lo han hecho con un tremenda ferocidad represiva. Las dos constituciones que ha tenido el país en un siglo fueron impuestas por las armas y el reciente golpe militar era la sexta tentativa de los últimos 50 años.

El ímpetu sangriento del ejército chileno le viene de su nacimiento, en la terrible escuela de la guerra cuerpo a cuerpo contra los araucanos, que duró 300 años.

Uno de los precursores se vanagloriaba, en 1620, de haber matado con su propia mano, en una sola acción, a más de 2.000 personas.

Joaquín Edwards Bello cuenta en sus crónicas que durante una epidemia de tifo exantemático, el ejército sacaba a los enfermos de sus casas y los mataba con un baño de veneno para acabar con la peste. Durante una guerra civil de siete meses en 1891, hubo 10.000 muertos en una sola batalla.

Los peruanos aseguran que durante la ocupación de Lima, en la guerra del Pacífico, los militares chilenos saquearon la biblioteca de don Ricardo Palma, pero que no usaban los libros para leerlos, sino para limpiarse el trasero.

Con mayor brutalidad han sido reprimidos los movimientos populares. Después del terremoto de Valparaíso, en 1906, las fuerzas navales liquidaron la organización de los trabajadores portuarios con una masacre de 8.000 obreros.

En Iquique, a principios del siglo, una manifestación de huelguistas se refugió en la teatro municipal, huyendo de la tropa y fue ametrallada: hubo 2.000 muertos.

El 2 de abril de 1957 el ejército reprimió una asonada civil en el centro de Santiago causando un número de víctimas que nunca se pudo establecer, porque el gobierno escamoteó los cuerpos en entierros clandestinos. Durante una huelga en la mina de El Salvador, bajo el gobierno de Eduardo Frei, una patrulla militar dispersó a bala una manifestación y mató a seis personas, entre ellas varios niños y una mujer encinta. El comandante de la plaza era un oscuro general de 52 años, padre de cinco niños, profesor de geografía y autor de varios libros sobre asuntos militares: Augusto Pinochet.

El mito del legalismo y la mansedumbre de aquel ejército carnicero había sido inventado en interés propio de la burguesía chilena. La Unidad Popular lo mantuvo con la esperanza de cambiar a su favor la composición de clase de los cuadros superiores.

Pero Salvador Allende se sentía más seguro entre los carabineros, un cuerpo armado de origen popular y campesino que estaba bajo el mando directo del presidente de la República.

Solo los oficiales más antiguos de los Carabineros secundaron el golpe. Los oficiales jóvenes se atrincheraron en la escuela de suboficiales de Santiago y resistieron durante cuatro días, hasta que fueron aniquilados desde el aire con bombas de guerra.

Esa fue la batalla más conocida de la contienda secreta que se libró dentro de los cuarteles la víspera del golpe.

Los golpistas asesinaron a los oficiales que se negaron a secundarlos y a los que no cumplieron las órdenes de represión. Hubo sublevaciones de regimientos enteros, tanto en Santiago como en la provincia, que fueron reprimidas sin clemencia y sus promotores fueron fusilados para escarmiento de la tropa. El comandante de los coraceros de Viña del Mar, coronel Cantuarias, fue ametrallado por sus subalternos. El gobierno actual ha hecho creer que muchos de esos soldados leales fueron víctimas de la resistencia popular.

Pasará tiempo antes de que se conozcan las proporciones reales de esa carnicería interna, porque los cadáveres eran sacados de los cuarteles en camiones de basura y sepultados en secreto. Solo medio centenar de oficiales de confianza, al frente de tropas depuradas de antemano, se hicieron cargo de la represión.

Numerosos agentes extranjeros tomaron parte en el drama. El bombardeo del palacio de La Moneda, cuya precisión técnica asombró a los expertos, fue hecho por un grupo de acróbatas aéreos norteamericanos que habían entrado con la pantalla de la operación Unitas, para ofrecer un espectáculos de circo volador el próximo 18 de septiembre, día de la independencia nacional.

Numerosos policías secretos de los gobiernos vecinos, infiltrados por la frontera de Bolivia, permanecieron escondidos hasta el día del golpe y desataron una persecución encarnizada contra unos 7.000 refugiados políticos de otros países de América Latina.

Brasil, patria de los gorilas mayores, se había encargado de ese servicio. Había promovido, dos años antes, el golpe reaccionario en Bolivia que quitó a Chile un respaldo sustancial y facilitó la infiltración de toda clase de recursos para la subversión.

Algunos de los empréstitos que han hecho los Estados Unidos al Brasil han sido transferidos en secreto a Bolivia para financiar la subversión en Chile. En 1972, el general William Westmoreland hizo un viaje secreto a La Paz, cuya finalidad no se ha revelado.

No parece casual, sin embargo, que poco después de aquella visita sigilosa, se iniciaran movimientos de tropa y material de guerra en la frontera con Chile y esto dio a los militares chilenos una oportunidad más de afianzar su posición interna y de hacer desplazamientos de personal y promociones jerárquicas favorables al golpe inminente.

Por fin, el 11 de septiembre, mientras se adelantaba la operación Unitas, se llevó a cabo el plan original de la cena de Washington, con tres años de retraso, pero tal como se había concebido: no como un golpe de cuartel convencional, sino como una devastadora operación de guerra.

Tenía que ser así, porque no se trataba de tumbar a un gobierno, sino de implantar la tenebrosa simiente del Brasil, con sus terribles máquinas de terror, de tortura y de muerte, hasta que no quedara en Chile ningún rastro de las condiciones políticas y sociales que hicieron posible la Unidad Popular.

Cuatro meses después del golpe, el balance era atroz: casi 20.000 personas asesinadas; 30.000 prisioneros políticos sometidos a torturas salvajes, 25.000 estudiantes expulsados y más 200.000 obreros despedidos. La etapa más dura, sin embargo; aún no había terminado.

La verdadera muerte de un presidente

A la hora de la batalla final, con el país a merced de las fuerzas desencadenadas de la subversión, Salvador Allende continuó aferrado a la legalidad.

La contradicción más dramática de su vida fue ser, al mismo tiempo, enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado y él creía haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile permitían una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa. La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un sistema desde el gobierno sino desde el poder.

Esa comprobación tardía debió ser la fuerza que lo impulsó a resistir hasta la muerte en los escombros en llamas de una casa que ni siquiera era la suya, una mansión sombría que un arquitecto italiano construyó para fábrica de dinero y terminó convertida en el refugio de un presidente sin poder.

Resistió durante seis horas, con una metralleta que le había regalado Fidel Castro y que fue la primera arma de fuego que Salvador Allende disparó jamás. El periodista Augusto Olivares, que resistió a su lado hasta el final, fue herido varias veces y murió desangrándose en la Asistencia Pública.

Hacia las cuatro de la tarde, el general de división Javier Palacios logró llegar al segundo piso, con su ayudante, el capitán Gallardo y un grupo de oficiales.

Allí, entre las falsas poltronas Luis XV y los floreros de dragones chinos y los cuadros de Rugendas del salón rojo, Salvador Allende los estaba esperando, estaba en mangas de camisa, sin corbata, y con la ropa sucia de sangre. Tenía la metralleta en la mano.

Allende conocía bien al general Palacios. Pocos días antes, le había dicho a Augusto Olivares que aquel era un hombre peligroso que mantenía contactos estrechos con la Embajada de los Estados Unidos. Tan pronto como lo vio aparecer en la escalera, Allende le gritó: “Traidor” y lo hirió en una mano.

Allende murió en un intercambio de disparos con esta patrulla. Luego, todos los oficiales, en un rito de casta, dispararon sobre el cuerpo. Por último, un suboficial le destrozó la cara con la culata del fusil.

La foto existe: la hizo el fotógrafo Juan Enrique Lira, del periódico El Mercurio, el único a quien se permitió retratar el cadáver. Estaba tan desfigurado, que a la señora Hortensia Allende, su esposa, le mostraron el cuerpo en el ataúd, pero no permitieron que le descubriera la cara.

Había cumplido 64 años en el julio anterior y era un Leo perfecto: tenaz, decidido e imprevisible.

Lo que piensa Allende sólo lo sabe Allende, me había dicho uno de sus ministros. Amaba la vida, amaba las flores y los perros y era de una galantería un poco a la antigua, con esquelas perfumadas y encuentros furtivos.

Su virtud mayor fue la consecuencia, pero el destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de Justicia que lo había repudiado y había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso miserable que lo había declarado ilegítimo pero que había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la libertad de los partidos de oposición que habían vendido su alma al fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que él se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro.

El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los latinoamericanos de este tiempo y que se quedó en nuestras vidas para siempre.

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Tomado del Diario El Espectador, de Colombia

El periodista que combate la corrupción es blanco de los corruptos

Periodismo amargo

CIUDAD DE MÉXICO — El presidente Enrique Peña Nieto estaba sentado ante los empresarios más importantes de México y sonrió.

La élite empresarial mexicana ha invertido cantidades récord de dinero en el país y ha apoyado la promesa que hizo el mandatario de un renacimiento económico. Así han generado un espacio de oportunidad en el entorno lleno de escándalos que atormenta al presidente.

Sin embargo, Peña Nieto necesitaba algo más de los principales líderes empresariales del país, quizá sus aliados más importantes. Necesitaba lealtad. De acuerdo con cinco personas que narraron la reunión privada que se realizó el 11 de mayo en Los Pinos, el presidente se dirigió a Claudio X. González Laporte, un empresario respetado en México.

Tu hijo, le dijo el presidente, debería dejar de ser tan crítico con la corrupción.

Todos guardaron silencio.

El hijo de González Laporte, Claudio X. González Guajardo, ha pasado casi dos décadas combatiendo la corrupción y la impunidad que tanto deterioran a México.

Pero su proyecto más reciente, Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, una organización de periodismo de investigación que ha revelado contratos corruptos de aliados del gobierno, estaba haciendo demasiado ruido para gusto del presidente.

“La sociedad civil no debe pasar tanto tiempo hablando de corrupción”, le dijo el presidente a González Laporte. El poderoso grupo se quedó atónito ante el ataque asestado contra uno de los suyos.

“Estoy orgulloso de mi hijo y del trabajo que está haciendo”, respondió el empresario.

Incluso en México, donde el Estado a menudo ejerce presión con mano dura, se consideró muy extraño que el presidente intentara silenciar, abiertamente, a un miembro de una de sus bases electorales más confiables.

La oficina del presidente negó que Peña Nieto estuviera presionando directamente a González Guajardo, sino que simplemente hizo un comentario de manera general ante su audiencia y a la que invitó a enfocarse tanto en los errores como en los logros de su gobierno.

Pero el comentario del presidente solo fue el intento más reciente de silenciar a González Guajardo y obstaculizar su trabajo.

Entre dichos intentos se cuentan auditorías fiscales y haberlo atacado con tecnología de espionaje que el gobierno mexicano adquirió con el propósito de investigar a terroristas y miembros del crimen organizado.

En dos ocasiones en 2016, González Guajardo recibió mensajes en su celular cuyo objetivo era instalar un programa de espionaje; los mensajes llegaron poco después de que su grupo publicara reportajes perjudiciales, de acuerdo con un análisis forense independiente de los mensajes.

“Estamos asediados”, dijo González Guajardo en una declaración escrita a The New York Times; rechazó ser entrevistado. “Sin embargo, seguiremos denunciando la corrupción y la impunidad cuando las encontremos, sean públicas o privadas”.

“México no está condenado a ser corrupto”, agregó.Una manifestación en contra del espionaje, en Ciudad de México. Periodistas, académicos y abogados de derechos humanos han sido blanco de un programa conocido como Pegasus, que el gobierno adquirió por decenas de millones de dólares. CreditMiguel Tovar/LatinContent, vía Getty Images

El escándalo de espionaje ha sacudido a México. Casi dos docenas de personas, incluyendo a algunos de los periodistas más reconocidos del país, académicos y abogados de derechos humanos, así como funcionarios internacionales que investigan crímenes en México han sido blanco de una cibertecnología conocida como Pegasus, que el gobierno adquirió por decenas de millones de dólares.

El gobierno ha dicho que desconoce esta situación y que no es responsable, y ha comenzado su propia investigación para determinar quién autorizó y ejecutó la campaña de espionaje.

No obstante, el caso de González Guajardo quizá sea el más claro ejemplo en que el presidente ha criticado abiertamente a alguien y en que ha intentado silenciar a un objetivo de espionaje, lo que acerca potencialmente a Peña Nieto al escándalo del ataque informático más que ningún otro caso.

Pero esa no es la única medida que el gobierno ha tomado contra González Guajardo.

En este año, en un solo día, las autoridades anunciaron nueve auditorías distintas de organizaciones en las que González Guajardo está involucrado y el gobierno ha indicado que podría revocar a algunas de ellas su estatus de organización no gubernamental (ONG). Algunos donantes ya están considerando frenar sus contribuciones, temerosos de que parezca que están en contra el gobierno.

“Si combates la corrupción, esta te combatirá a ti”, agregó González Guajardo, quien recibió una auditoría personal del gobierno el mismo día en que sus organizaciones. “El cambio tiene un precio”.

La oficina de presidencia rechazó que se haya tratado de intimidar “en modo alguno” a González Guajardo o a cualquier otra persona crítica del gobierno en México. Asimismo, negó haberse referido en específico a González Laporte o a su hijo en la reunión y afirmó que Peña Nieto simplemente le dijo a los asistentes que el reconocimiento de los logros del país “era tan necesario” como destacar “la deficiencias en el quehacer gubernamental”.

“Te aseguro que el presidente no hizo ningún comentario a Claudio X. González sobre el trabajo de su hijo en Mexicanos contra la Corrupción”, dijo Eduardo Sánchez, vocero de la presidencia y quien estuvo en la reunión de mayo.

Peña Nieto llegó al poder hace cinco años con la promesa de solucionar los problemas de México, modernizar su economía, enmendar su reputación de violencia y reparar su deteriorado Estado de derecho. La transparencia acabaría con la corrupción, prometió. Su partido, sinónimo de un gobierno autocrático que estuvo en el poder durante siete décadas, sería el agente de cambio que México necesitaba con tanta desesperación.

Sin embargo, la violencia ha aumentado y la libertad de expresión se ha silenciado con dinero y asesinatos. México es uno de los países más peligrosos del mundo para los periodistas y casi todos los homicidios siguen sin resolverse. En todo el país, la violencia por el narcotráfico ha alcanzado el punto más crítico en 20 años, con lo que se acabó la imagen del nuevo México que Peña Nieto ha intentado promover con tanto esfuerzo.

Las iniciativas contra González Guajardo y Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad ponen en evidencia los intentos del gobierno por acabar con las críticas, incluso en los círculos de las élites más altas de la sociedad mexicana.

 Un hombre fue asesinado en Acapulco, el 13 de agosto. En todo México la violencia ha alcanzado su punto más álgido en 20 años. CreditBernandino Hernandez/Associated Press

Claudio X. González Laporte, de 83 años, es una de las figuras más respetadas —y uno de los hombres más ricos— en el mundo empresarial mexicano, fue presidente de Kimberly-Clark de México durante más de 40 años. Su hijo, Claudio, de 54 años, es una rareza en sus círculos de élite. Las personas ricas en México a menudo son criticados por su indiferencia en cuanto a las causas sociales y por su tendencia a someterse a la voluntad del gobierno en asuntos sociales.

Sin embargo, González Guajardo ha aprovechado su posición privilegiada, presionando a sus iguales para que se comprometan. Comenzó una organización sin fines de lucro, Mexicanos Primero, para promover la educación pública en México, que está entre las peores de todos los miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.

Hace dos años cofundó el grupo anticorrupción que se enfoca en el periodismo de investigación, averiguaciones y acciones legales. El grupo contrató a algunos de los periodistas más importantes del país y les dio autorización para ir tras los blancos que creyeran adecuados, una libertad inusual en un entorno mediático que depende de cientos de millones de dólares en publicidad del gobierno.

Entre los reportajes que ha publicado Mexicanos Contra la Corrupción están: una investigación sobre toma de tierras por un gobernador en Tulum; revelaciones que empresas cercanas al gobierno recibieron información filtrada para ayudarlos a ganar licitaciones; y un reportaje sobre un engañoso mecanismo de competencia que permitió que Carlos Peralta Quintero, un amigo del presidente, obtuviera contratos públicos que ascienden a más 650 millones de dólares.

González Guajardo ha alzado la voz incansablemente. En la Universidad Iberoamericana en Ciudad de México, el pasado 1 de febrero, señaló personalmente al presidente y le dijo a un pánel que “si existiera un salón de la infamia, Peña Nieto estaría en los diez primeros lugares”.

Semanas más tarde, el 27 de febrero, las autoridades fiscales anunciaron nueve auditorías relacionadas con cinco organizaciones que habían sido fundadas o dirigidas por González Guajardo en los últimos 20 años. Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, sorprendentemente, no estaba entre ellas. La auditoría a ese grupo llegó después.

De acuerdo con personas cercanas a él, González Guajardo estaba atónito y le pidió a un economista que calculara las probabilidades de tener siquiera cinco auditorías que ocurrieran aleatoriamente el mismo día, todas contra organizaciones con las que él estaba afiliado. La respuesta que obtuvo: la probabilidad era del 0,0000000000000000000000000204 por ciento.

El gobierno mexicano dice que no puede hablar de casos individuales, pero destacó que las autoridades tributarias iniciaron con una serie de auditorías a organizaciones de la sociedad civil para evitar el lavado de dinero a través de donaciones. La iniciativa se anunció menos de dos semanas después de que González Guajardo y sus organizaciones recibieron las auditorías.

El artículo 69 del Código Fiscal de la Federación impide hacer pública información derivada de la actuación de la autoridad sobre casos específicos de contribuyentes.

Para los involucrados en las organizaciones, las auditorías eran una táctica de intimidación evidente, una manera explícita de amenazar sus actividades.

Pero incluso antes de eso, en el verano de 2016, alguien que utilizó software gubernamental había intentado hackear y tomar el control del celular de González Guajardo.

En julio y de nuevo en agosto de 2016, su celular fue blanco de Pegasus, un software que NSO Group, un fabricante israelí, le vendió al gobierno de México con la condición de que solo se usara para monitorear a criminales y terroristas.

 Familiares en el velorio de Pedro Tamayo Rosas, un reportero asesinado el año pasado. México es uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo. Daniel Berehulak para The New York Times

Cuando los que reciben el ataque hacen clic en una mensaje de texto, el software infecta el celular del usuario y registra cada detalle de la vida digital de la persona, incluyendo mensajes cifrados. Incluso puede utilizar la cámara y el micrófono para espiar al usuario.

Los intentos de hackeo llegaron semanas después de la publicación de investigaciones periodísticas hechas por Mexicanos Contra la Corrupción y Animal Político, otro sitio de noticias, que atacaron a aliados del presidente, incluyendo al entonces gobernador de Veracruz, Javier Duarte, quien ahora está bajo arresto y acusado de dirigir un vasto imperio de corrupción.

Dos reporteros de Mexicanos Contra la Corrupción también fueron objetivos del programa espía, de acuerdo con un análisis de investigadores de R3D, un grupo de derechos digitales en México, y el Citizen Lab de la Munk School de la Universidad de Toronto.

En meses recientes, ha surgido evidencia forense de una gran campaña de hackeo contra oponentes del gobierno. Entre los blancos de espionaje hay abogados que investigan los casos de los 43 estudiantes que desaparecieron después de un enfrentamiento con la policía, una periodista que reveló un cuestionable acuerdo de bienes raíces por parte de la esposa del presidente, académicos que combaten la corrupción y los miembros de las familias de los críticos, incluyendo un adolescente.

El gobierno mexicano ha iniciado su propia investigación, pero esta ha consternado a las víctimas de los ataques informáticos: en lugar de pedir a las agencias gubernamentales que compartan los nombres de quienes fueron espiados así como la información que obtuvieron, las autoridades están pidiendo que cualquier persona que crea que fue espiada entregue su teléfono.

Las víctimas del hackeo sienten que la petición tiene la intención de intimidarlos aún más, pues de manera efectiva le proporcionarían al gobierno toda la información que intentaban robar.

En cambio, el gobierno mexicano dice que necesita los teléfonos para verificar la presencia del programa espía en los celulares y dice que es una parte “indispensable” para determinar si se cometió o no un crimen.

Hay evidencia que sugiere que esa petición no es necesaria. En una investigación similar hecha en Panamá, donde se acusa al expresidente de utilizar Pegasus contra más de 150 de sus adversarios, jamás se requirió que las víctimas entregaran sus celulares, de acuerdo con documentos de la corte y entrevistas con varios de los blancos en aquel país.

“Es absurdo que las autoridades de México les pidan a los blancos que entreguen sus celulares”, dijo Balbina Herrera, un blanco de espionaje y candidata presidencial que compitió contra Ricardo Martinelli, el expresidente panameño acusado del espionaje. “Simplemente los están revictimizando”.

Los expertos forenses también dicen que el gobierno de México no necesita los celulares de las víctimas para llevar a cabo su investigación.

“No se necesitan los celulares para demostrar que alguien fue objeto, de manera ilegal, del programa espía de NSO”, dijo John Scott-Railton, un investigador sénior de Citizen Lab que confirmó el uso de Pegasus contra González Guajardo. “En la investigación de Panamá, a las víctimas les mostraron lo que el gobierno había obtenido y les pidieron que confirmaran si era su información”.

“En la investigación, lo primero que pide el fiscal son los celulares que el mismo gobierno está acusado de haber intentado espiar”, agregó.

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Tomado de The New York Times

Paulina Villegas colaboró con este reportaje.