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La ética digital

Por Rubén Darío Buitrón

¿Es distinta la ética en un medio tradicional y en uno digital? La pregunta la hacen con frecuencia los jóvenes periodistas y los estudiantes.

El tema es, precisamente, el que tanto inquieta a periodistas y estudiantes: ¿cómo ser auténtico en la era digital?

Cuando escucho esa pregunta, suelo responder con otra: ¿y por qué tendría que ser distinta la ética del periodismo digital a la ética del periodismo tradicional?

La ética es una sola.

¿Qué diferencia, hay, por ejemplo, cuando desde unn medio se ataca a otro medio y hace exactamente lo mismo desde su página web, con iguales contenidos agresivos?

Si el tema es similar, si la línea editorial está trazada por los mismos estrategas, ¿qué elemento de ese discurso diferencia lo tradicional de lo digital?

La ética periodística no tiene nada que ver con “el formato, el soporte o la plataforma”, para usar el lenguaje cibernético de moda.

Como dice el mexicano Juan Villoro sobre el gran cronista estadounidense Jon Lee Anderson, “si algo lo distingue cuando busca una historia es que se mantiene al margen del tremendismo: no se solaza con los desastres, sino que busca personas y existencias que aun en las condiciones más adversas conservan un sentido de dignidad”.

Es ese sentido de dignidad el que define la ética tanto de la conducta del periodista como de sus hábitos de trabajo.

Es ese concepto del respeto a los demás, de pensar en el otro, de tolerar el pensamiento diverso, de sudar las calles para contar la vida.

Resulta pertinente los objetivos fijados por el Concilio Vaticano II, convocado por uno de los papas más emblemáticos del siglo anterior: Juan XXIII.

Aquel Concilio definió tres grandes ejes éticos:

1.- Formar conciencia frente a la responsabilidad de cada individuo, grupo o sociedad como usuarios de los medios.

2.- Invitar a que los medios se empleen conforme al diseño trazado por Dios para la humanidad.

3.- Estimular a los creyentes para que su solidaridad permita financiar los medios que evangelizan en función del desarrollo y el progreso de la comunidad.

Hace 45 años no existían Internet, los medios digitales, las páginas web, los blogs, el Facebook, el Twitter y las redes sociales.

Pero el otro, el prójimo, el vecino, la gente, los pobres, han estado y estarán siempre.A ellos nos debemos desde lo tradicional y lo digital. A los periodistas no nos corresponde ser éticos a la carta.

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Los inquisidores

Por Rubén Darío Buitrón

La censura tiene que ver con otras patologías: la intolerancia, la obnubilación y el autismo ideológico. El censor -dice el premio Nobel JM Coetzee- actúa, o cree actuar, en interés de la comunidad. Pero “los males que encarna y los que fomenta son mayores, a largo y medio plazo, que cualquier beneficio que (supuestamente) se derive de la censura”.

Coetzee no es optimista con el futuro de la libertad de creación y expresión: “Podemos prever, fácilmente, la clase de censores que vendrán mañana: ignorantes, negligentes o vilmente codiciosos”.

El poder, cualquier poder, tiene entre sus pasiones una que viene a ser indispensable y esencial para sostenerse: el silenciamiento de lo que no le conviene que se difunda.

A veces prefiere ser sutil: antes que la censura promueve la autocensura. Antes que la eliminación al crítico usa la advertencia. Antes que la negación al diferente opta por cerrarle espacios y acorralarlo. Antes que el ataque directo deja que sus fanáticos hagan el trabajo sucio.

Otras, cuando su entorno es totalmente favorable, es drástico, cruel, inflexible. Sin eufemismos ni dudas, ordena. Y la censura va. Y en el silencio poscensura el placer encuentra su esencia. Y en los espejos multiplicados el ego se mira enorme, potente, limpio: el gran benefactor de la sociedad ha cumplido su deber ético y cívico.

Gracias a él los ciudadanos no nos contaminaremos con basura contestataria, antiestética e inmoral. Una vez más han sido reivindicadas las normas fundamentales de la vida “políticamente correcta”.

¿Hay razones para la actual alarma social? Hace tiempo que en Ecuador se instaló la pasión por silenciar. Un alcalde de Quito prohibió la exhibición de la película “La última tentación de Cristo”. Un intendente de Guayaquil impidió la presentación del filme “La luna”.

Una jerarquía católica rechazó la presencia de una instalación artística en un convento: según ella, era ofensiva porque el mensaje estético incluía una canoa con peces muertos.

Un alcalde auspicia la impresión de un texto literario a condición de que la autora cambie “el título escatológico” de su novela.

Un funcionario gubernamental de esa ciudad exige que saquen de una muestra la obra que, según él, atenta contra la dignidad de la institución que representa.

Otro funcionario público, propietario de un canal de TV cuyos contenidos se basan en el chiste burdo, amenaza con prohibir, bajo el cargo de impropia, la difusión de la serie “Los Simpson”. Otro, dueño de una radio gobiernista, impide hablar a quienes discrepan con el Presidente.

La pasión por silenciar es patológica y vocacional. Para el poder no es suficiente crear una atmósfera de autorrepresión, violencia verbal y miedo. Hay que censurar. El poder que no siente precedentes no es poder.

El periodismo y el señor Y

Por Rubén Darío Buitrón

La siguiente historia me la contaron dos colegas, catedráticos universitarios. Por respeto a las personas y a la institución no pondré sus nombres.

Hace un año, cuando empezó el curso, se sorprendieron de que un conocido personaje de los medios apareciera sentado en uno de los pupitres del aula de los estudiantes del primer semestre.

Mezclado con chicos de 17 y 18 años, de los cuales muchos se habían matriculado con escepticismo y pocos con vocación, la presencia de quien vamos a llamar señor Y era inusual: él rebasa los 60 años de edad.

¿Qué hacía allí alguien como el señor Y, que en su momento fue un influyente editor de noticias?

Mis colegas, a ratos, tenían ganas de pedir al señor Y que las clases las diera él, con tanta experiencia acumulada.

Les asombraba verlo llegar puntual y mantener durante la clase una actitud humilde.

Aprobó los dos primeros semestres. Obtuvo las mejores notas, cumplió las exigencias académicas, entregó trabajos bien presentados e investigados…

La curiosidad se satisfizo el último día. El señor Y terminó el examen, lo firmó, se puso de pie y entregó el cuestionario lleno.

Mi colega se quedó absorto cuando el señor Y, con un tono de voz bajo, le agradeció y le explicó por qué había decidido estudiar periodismo ahora y no antes.

El señor Y pasó décadas “poniéndose la camiseta” de los medios. Cuando cambió de manos la propiedad del medio donde laboró más de 18 años, fue uno de los primeros en salir.

Después le sucedió algo parecido: años de trabajo, dedicación y defensa irrestricta, hasta que también el segundo medio donde trabajaba cambió de dueño.

He ahí la razón de la actitud del señor Y. Estudia periodismo en el umbral de los años, bajo el peso de una ansiedad insólita, para comprender la nostalgia que siente por un “cuarto poder” que, a la final, resultó efímero.

Hoy, en el centro de una soledad mediática y en medio de su incapacidad para influir en lo más mínimo en la sociedad a través de algún medio, está consciente de que pudo haber hecho las cosas al revés.

Primero, entender que el periodista es periodista por sobre cualquier coyuntura empresarial, política o económica. Que no debe obedecer, sino reflexionar y decidir.

Segundo, comprender que la pasión por el periodismo tiene relación con la manera en que se ejerce el oficio.

Un periodista es alguien que, por diversas circunstancias, puede estar en uno u otro medio, pero, siempre, ejerciendo su propia ética a la luz de sus valores, moral y compromiso social, haciendo cada día el mejor trabajo posible.

Y aunque nunca más vuelva a ocupar cargos en un medio, el señor Y quiere graduarse y quedar en paz con su conciencia.

Ahora, por fin, entiende aquello que sus superiores le decían que era mentira: el periodista no debe ser guardián de intereses particulares sino, únicamente, del bien común.

Cómo hacer crónica roja digna, solidaria y humana

Etiquetas

Por Rubén Darío Buitrón*

¿Cómo hacer buen periodismo en medio acerca de una tragedia personal o colectiva?

¿Cuáles son los límites entre informar y gritar la noticia?

¿Por qué decirlo en unos casos y callarlo en otros?

¿En qué circunstancias el trabajo de la prensa pone en duda su propia actitud frente al dolor humano y la dignidad de las personas?

¿Cómo evitar que el producto informativo sea resultado de la prisa, el vértigo, el apuro y la obsesión por la primicia?

¿Pueden (o deben) las fuentes aprovechar esa vorágine en su beneficio?

Parecerían demasiadas preguntas, pero todas son pertinentes después de que ocurre una tragedia.

La primera lectura es básica, pero imprescindible a la hora de la autocrítica.

El periodismo no está suficientemente preparado para convertir la cobertura de una catástrofe (personal o colectiva) en un excelente producto noticioso.

¿Qué debe incluir este?

Una narración equilibrada, precisa, serena y detallada de los hechos.

Diversidad de voces.

Acceso a fuentes calificadas.

Respeto a las víctimas.

Exclusión de lugares comunes.

Verificación de datos antes de comunicarlos al público.

Contextualización.

Notas referenciales.

Seguimientos…

La segunda lectura es operativa: pese a que existen innumerables estudios sobre impactos de riesgo en el Ecuador, la mayoría de ciudadanos, incluidos los periodistas, no tenemos plena conciencia de la multiplicidad de peligros que nos acechan por golpes de la naturaleza, falta de acciones preventivas, negligencia, impasividad, imprudencia, impericia, violencia…

En lo elemental, se trata de cambiar una actitud y una disposición de ánimo propias del oficio.

Pero, en lo profundo, se trata de contar con una capacidad estratégica que permita diseñar y ejecutar proyectos de contingencia permanente para que la prensa esté lista a cumplir su deber clave: ser útil, prestar servicios, guiar, educar, orientar y hacer pedagogía para que la población sepa qué hacer en momentos críticos y cómo moverse en cada uno de los probables escenarios.

La tercera lectura es más delicada porque tiene relación con la deodontología informativa, la subjetividad personal y la sensibilidad social: los periodistas no solo requerimos habilidades técnicas específicas (solvencia, seguridad, conocimiento) sino, también, fortaleza psicológica, sentido de la compasión, ética del respeto, capacidad de empatía con las víctimas y actitud humanista.

¿Qué se debe mostrar?

¿Qué se debe decir?

¿Qué detalles se deben incluir y cuáles se deben omitir?

¿Quién debe opinar?

¿Cómo elegir la fuente adecuada?

Cubrir tragedias es uno de los desafíos más complicados para el periodismo: en medio de la perplejidad y el dolor, la sociedad hace el escrutinio, discierne, cuestiona, polemiza, exige, demanda, conmina….

Pero justo cuando el humo del más estremecedor episodio empieza a disiparse, justo cuando llega la presunta quietud, es el momento de pensar cuán listos estamos para la siguiente conmoción, cuán capaces somos de distinguir entre contar los hechos, simplemente, con serenidad y madurez, con responsabilidad, o hacer de ellos un producto mediático que venda gracias al morbo de los titulares, de las fotografías, de las historias o de distorsión o exageración de los hechos perjudicando a los deudos, a los familiares y, por supuesto, a la sociedad entera.

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*Rubén Darío Buitrón es director-fundador de loscronistas.org

¿El periodismo digital dejará de contar historias?

No hay que confundirse cuando se habla de periodismo digital: los cibernautas esperan de nosotros lo de siempre: transparencia, ética, equilibrio, profundidad, contextualización y rigor.

¿Qué quiere decir eso? Que ninguna de las maravillas que ocurren con la tecnología nos librará a los periodistas de buscar la excelencia y el mejor nivel posible.

Lo nuevo es el elemento que solo dejará en pie a los medios y periodistas que cumplamos una obligación fundamental: mantenernos conectados directamente con el público y satisfacer de inmediato y con calidad sus demandas informativas.

Pero, en el fondo, como dice el gran escritor y periodista estadounidense Gay Talese, nuestro deber fundamental es mantener vivo el periodismo.

A sus 80 años, el genial Talese, uno de los íconos del “Nuevo Periodismo Estadounidense”, fundado por Truman Capote, Tom Wolfe y Norman Mailer, entre otros, afirma que no le agrada la frivolidad y ligereza con la que muchos periodistas manejan sus cuentas en Facebook o Twitter, y señala que sería una tragedia que el periodismo desapareciera.

Esta opinión pudiera parecer, también, frívola y ligera si la vemos como un infundado prejuicio contra Internet y los medios en la Web.

Pero no es así. Más allá de los espacios donde se publiquen nuestros trabajos, Talese se refiere a que el mundo siempre exigirá periodistas bien formados, capaces de contar los hechos con la mayor calidad posible y con una extraordinaria capacidad de seducción.

“Cuando afirman que el periodismo está muerto y que las noticias están en Facebook o los blogs, siento que no puede ser, porque sería fatal”, dijo alguna vez a la agencia EFE.

Talese (cuya crónica ‘Honrarás a tu padre’, sobre la mafia inspiró la saga fílmica de ‘El Padrino’ y la serie de TV ‘Los Soprano’) pide mantener el más alto nivel de un oficio que se debe ejercer con respeto y dignidad.

Para escribir su historia se infiltró siete años en la intimidad de una familia de gánsters y combinó rigor periodístico con estilo literario basándose en hechos concretos y comprobados.

Talese nos enseña que las historias, por insignificantes que parezcan, pueden elevarse a la categoría de arte si se basan en una minuciosa capacidad de observar y escuchar todos los detalles y en una bella manera de contar.

Por eso no hay que confundirse con el periodismo digital. El buen reportero siempre deberá preocuparse por contar lo que le sucede a la gente. A la gente extraordinaria con historias comunes o a la gente común con historias extraordinarias.

“Curiosidad, paciencia y perseverancia -recomienda Talese-. El periodista debe tener imaginación y ver más allá de la mera noticia del día, del simple boletín de prensa y el primer ruido de alguna noticia estridente que luego se desvanecerá.

Mira Bin Laden -continúa-: creíamos que estaba en las montañas de Afganistán y resulta que vivía a 30 millas de un campamento militar de la capital. Ahí hay una historia esperando que alguien la cuente”.

O, como decía Tomás Eloy Martínez, “tenemos que escribir crónicas tan buenas y seductoras que hagan que al lector se le queme el pan del desayuno y se atrase al trabajo por leernos”.

Los instrumentos del periodismo

I. LA FILOSOFÍA

El periodismo es un puente que conecta al poder y a la sociedad.

Mientras mejor fluya es más eficaz.

Logra que el poder se mire en el espejo ciudadano y que los ciudadanos sean dueños de ese poder, sobre todo del político, que los representa, expresa sus intereses y concreta sus necesidades y demandas.

El periodismo toma fragmentos de la realidad y los comunica a un colectivo o a una audiencia según la relevancia de los hechos, la trascendencia de lo acontecido, la coyuntura y los contextos en los cuales ocurre el acontecimiento.

Pero esa decisión no es casual: es ideológica. Y aunque en la difusión de un hecho coincidan todos los medios, más evidentes serán la carga y el peso ideológicos.

Dice la periodista argentina Stella Martini:

“Como en todo oficio o profesión, en el periodismo entran en juego opiniones, representaciones del mundo y de la propia tarea, prejuicios y adscripciones a un estilo, un género, una empresa, una ideología determinados. Es una práctica investida tanto del poder que da la información como de su capacidad potencial para aportar al ejercicio de ciudadanía. La noticia periodística comparte con la educación la función de difusión y consolidación de imaginarios, símbolos, valores y tradiciones”.

Ejercer poder mediático o servir a los ciudadanos. He ahí el quid. Y he ahí lo que cada periodista, en acuerdo con su conciencia, debe elegir.

Según su elección trabajará en un medio u otro, escribirá de una manera o de otra, decidirá que es lo que le importa a la gente común -y, en consecuencia, a él- o decidirá qué es lo que les importa a quienes están sobre la gente común en la pirámide económica y social.

El periodista que sirve desde su ética personal a quienes lo necesitan es coherente consigo mismo y con su entorno.

Por eso no es un profesional cualquiera.

Es un misionero, un guerrero, un apóstol, un mensajero, un investigador que se juega por recabar y publicar esos fragmentos de realidad que son clave para entender la vida, para entender el país, para entender por qué una sociedad arrastra determinada historia y por qué es necesario que aquella historia no se repita nunca más.

Eso significa que al periodista le toca renunciar a privilegios en función de la visión solidaria con la que debe ejercer su oficio.

Y significa luchar, con sus herramientas mentales y materiales y con su autopreparación, para asimilar los contextos, los referentes, los entrelíneas y los silencios.

Solo de esa manera podrá informar en serio, aportar con sustancia a la reflexión colectiva.

De lo contrario, será un simple periodista, alguien que hace mandados, alguien que cumple órdenes, alguien que escribe lo que le piden que escriba, alguien que ejecuta mucho pero piensa poco.


“Hoy nos invade un satisfecho analfabetismo funcional que ha desarmado a gran parte de la sociedad ante los medios, con la gente atrapada en la inmediatez, pensando que ver es comprender”
, asegura Manuel Revuelta en el libro Repensar la prensa.

“Basta echar una mirada aproximativa aunque incisiva sobre la actualidad mediática para observar cómo lo específicamente informativo ha pasado a ser consustancial y simbiótico con el nuevo modelo empresarial, tecnológico y representativo.

El servicio, y a quién se sirve, tiene directa relación con el sentido ético y profesional de lo que el periodista quiere y debe hacer”.

El fallecido escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez lo planteó así:

“Cada vez que las sociedades cambian de piel o que el lenguaje de las sociedades se modifica de manera radical, los primeros síntomas de esas mudanzas aparecen en el periodismo.

Quien lea la prensa inglesa de los 60 encontrará la esencia de las canciones de los Beatles, y en la prensa californiana de la época, la avidez mística de los hippies.

En ciertas épocas de crisis, cuando las instituciones se corrompen o derrumban, los lectores suelen asignar esas funciones a la prensa para no perder las brújulas. Pero ceder a cualquier tentación paternalista puede ser fatal.

El periodista no es policía ni censor ni fiscal. El periodista es un testigo acucioso, tenaz, incorruptible, apasionado por la verdad, pero solo un testigo. Su poder moral reside, justamente, en que se sitúa a distancia sin aceptar ser parte de los hechos.

Ningún periodista podría cumplir de veras con esa misión si cada vez, ante la pantalla de su computadora, no se repitiera: Lo que escribo es lo que soy, y si no soy fiel a mí mismo no puedo ser fiel a quienes me leen.

Si los lectores no encuentran todos los días en los periódicos un reportaje, un solo reportaje, que los hipnotice tanto como para que lleguen tarde a sus trabajos o como para que se les queme el pan en la tostadora del desayuno, entonces los periodistas no tendrán por qué echar la culpa a la televisión o a la Internet de sus fracasos, sino a su propia falta de fe en la inteligencia de sus lectores.

Contar la vida, narrar la realidad con el asombro de quien la observa y la interroga por primera vez: esa ha sido siempre la actitud de los mejores periodistas y esa es el arma con que los lectores del siglo XXI siguen aferrados a sus periódicos de siempre.

Oigo repetir que el periodismo de América Latina está viviendo tiempos difíciles y sufriendo ataques y amenazas a su libertad.

En las dictaduras sabíamos a qué atenernos, porque la fuerza bruta y el absolutismo agreden con fórmulas muy simples. Pero en la democracias emplean recursos más sutiles que a veces tardamos en reconocer.

En América Latina los tiempos difíciles suelen obligarnos a dar respuestas lúcidas a preguntas trascendentes.

En América Latina, cuando más afuera de la historia parecemos, más sumidos estamos en los grandes procesos de cambio.

Tengo plena certeza de que el periodismo del siglo XXI será mejor aún del que estamos haciendo ahora.

Hemos aprendido a construir un periodismo que no se parece a ningún otro. En América Latina estamos escribiendo, sin duda, el mejor periodismo que jamás se ha hecho. Ahora pongamos nuestra palabra de pie para fortalecerlo y enriquecerlo”.

II. LOS INSTRUMENTOS

El maestro español Miguel Angel Bastenier, catedrático de la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano, columnista y ex subdirector de diario El País, afirmaba que la única manera de “contar al mundo lo que es el mundo” es con una redacción de excelencia.

Dicha redacción consiste en una manera de escribir especializada, con técnicas y herramientas específicas que la diferencian de la redacción académica, de la redacción literaria y de la redacción burocrática o administrativa.

La redacción periodística se basa en el acertado manejo del idioma, pero su estructura específica tiene que ver con la necesidad de comunicar informaciones, noticias, historias, reportajes, notas de investigación, perfiles de personajes que trasciendan, testimonios, puntos de vista e informes especiales.

Solemos preguntarnos y preguntar cómo hacer para conseguir que el público se enganche desde el primer párrafo y se quede en él hasta el final.

Hay que ser creativo para escribir bien (claro, detallado y sencillo) pero también hay que conocer a fondo el tema que se trata.

Si la reportería es completa es mucho más fácil escribir.

La redacción se basa en el uso de párrafos consistentes, fuertes, contundentes, estructurados con frases cortas y puntos seguidos. Ese ritmo narrativo atrapa al lector.

La calidad que se logre tiene que ver con la actitud frente al propio texto: tomar distancia para pulir, cortar, tachar, desechar, embellecer, quitar, corregir, borrar y mejorar el tono de cada palabra, frase y párrafo. Y lo más difícil: tomar distancia para ser autocrítico.

Para escribir un gran texto periodístico hay que pensar mucho y redactar mucho, pero, sobre todo, tachar mucho.

El suicidio del periodismo en el Ecuador

Por Rubén Darío Buitrón*

Que la prensa ecuatoriana está en camino a la obsolencia se comprueba cuando se revisan cada día los contenidos de la gran mayoría de medios, empeñados en una lucha sin tregua por demostrar que han recuperado el poder, que pueden hacer daño, que han olvidado la esencia de su oficio: escribir para la gente y desde la gente.

La prensa, desconcertada frente a la incapacidad de reflexionar con serenidad, equilibrio y madurez acerca del rol que debe desempeñar en una sociedad que cambia de manera vertiginosa y que demanda nuevas visiones y lecturas, sirve ahora, como antes, para ventilar odios, rencores, miedos, pasiones ideológicas, revanchas personales, intereses de grupo.

Sus autores suponen que disfrazando los textos de seudoanálisis, seudocomentarios o seudo-opiniones o seudonoticias es posible derrochar todo el encono, el odio, el no entender al otro, el tratar de imponer criterios, el convertir los espacios periodísticos en un ring donde la pelea tiene que ser a muerte y donde alguien –el otro- debe caer vencido.

Muchas de las “noticias” que leemos ya no son noticias. Son versiones personales, políticas, partidistas o empresariales de lo que esos hechos implican, en forma positiva o negativa, para los intereses de la prensa que las emite.

Quienes las escriben y las publican no son esclavos ni están sometidos ni son víctimas de un enorme poder. Si desde sus prejuicios, subjetividades y autocensuras creen eso, se están mintiendo.

Están atados a sus propias cadenas, a su propio pasado, a su incapacidad de entender lo que ahora un ciudadano-lector más consciente y más despierto exige como información que le sea útil, que le oriente, que le dé luces para reflexionar y tomar decisiones.

Están atados a su propia falta de desprendimiento, a su inutilidad para hacer periodismo en la calle y a su fijación en escribir contra el otro, en poner titulares sesgados para que les duela (¿les dolerá?) a quien ellos consideran sus enemigos, en redactar contra el que discrepa, en colocar palabras y conceptos que hieran, que maten al rival, sin darse cuenta que con esas actitudes alejan al lector y, en realidad, se están matando a sí mismos.

Grandes periodistas como Kapucinski o Natchwey aconsejan siempre que el norte, el objetivo, la razón de ser de los periodistas es la gente común y no, en ningún caso y en ninguna circunstancia, los mismos periodistas. Nuestro oficio son los hechos tal como son, no como quisiéramos que fueran.

Estamos poniéndonos una horca alrededor del cuello si somos nosotros mismos los que escribimos para y desde nosotros mismos, si lo que nos mueve a emitir una noticia son nuestros resentimientos, nuestra necedad en creer que tenemos la razón, nuestra ira porque el otro piensa distinto, nuestra incapacidad para entender que vivimos un proceso, nuestro capricho para creer que el desacuerdo nos da derecho a decir lo que queramos -desde cualquier punto de vista-, nuestra absurda convicción de que aún es posible torcer la realidad.

Por eso convertimos los hechos en materia prima para verter en las páginas nuestras frustraciones o nuestras venganzas o, simplemente, nuestra decisión de no escuchar los sonidos que emiten los otros.

La prensa se está matando a sí misma cuando sus gestores, sus líderes, sus conductores, sus comentaristas, sus editores y sus redactores muestran terror a que sea cierto que la realidad esté pasando aunque no quieran que pase y, peor, que de alguna forma los afecte.

¿Dónde quedan los discursos de que la prensa tiene un compromiso con el ser humano, con la construcción de una democracia más amplia y plural, con el respeto a la discrepancia, con el deseo de servir a los demás, con la humildad y la sencillez para decir las cosas, con la sensibilidad para entender al ciudadano y escribir desde sus zapatos?

La sensibilidad social implica desprendimiento personal, cese de los egos individuales y colectivos, decir basta a un periodismo moribundo y decadente que se empeña en morderse la cola y envenenarse.

Con escasas excepciones, eso que está haciendo la prensa no es periodismo. Es suicidio.

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*Rubén Darío Buitrón es poeta y periodista. Es director-fundador de la organización de escritores loscronistas.org

Diez tips para escribir historias de calidad

Por Rubén Darío Buitrón

1.- Describir detalladamente cada uno de los objetos, prendas, personas, ambiente, colores, olores, sabores, texturas, sonidos.

2.- Investigar previamente los hechos, personajes, antecedentes, consecuentes, lenguaje especializado, historia…

3.- Contextualizar los hechos que se van a contar mediante la recopilación previa de datos, cifras, documentos, hemerotecas, entrevistas a las fuentes conocedoras del tema, observación directa e indirecta, conocer y observar los lugares sobre los cuales se va a narrar.

4.- Recopilar información por su propia iniciativa sobre la especialidad, las edades, las características, la experiencia, las condiciones del equipo humano que realizará el trabajo acerca del cual se narra la historia.

5.- Citar siempre y con rigor todas las fuentes de donde tomaste la información. Nunca omitir que has reproducido una parte, una cita, o un dato de otro autor.

6.- Contrastar y verificar la información con las fuentes directas y/o los protagonistas acerca de los datos y los hechos que el periodista observa directamente en su reportería.

7.- Narrar las consecuencias de los hechos previos, ya contados, y describir minuciosamente los resultados de las investigaciones tanto de los protagonistas como del propio periodista. Esta parte del relato se la construye con la presencia del reportero en los lugares donde ocurren los hechos posteriores.

8.- Contar hechos importantes de la historia contemporánea, de tal manera que la difusión de estos hechos y su conocimiento por parte de la sociedad sirve para que los lectores reflexionen acerca de la trascendencia de conmover al mundo gracias al periodismo.

9.- Utilizar las técnicas narrativas y las formas periodísticas más adecuadas para que la historia impacte, seduzca, conmueva y, sobre todo, provoque una reacción social de la audiencia.

10.- Publicar el trabajo periodístico a pesar de cualquier riesgo personal que se presente, porque el periodista tiene la misión de velar y descubrir hechos relacionados con el bien común y el interés de la mayoría, sin servir jamás a objetivos particulares ni callar la verdad.

Cita

Por qué soy y seré periodista, aunque a algunos les moleste…

Por Rubén Darío Buitrón

El 17 de marzo de 2013, mis enemigos, rivales, adversarios y competidores decidieron juntarse y declarar en las redes sociales que yo había muerto como periodista.

El pecado que, según ellos, había cometido era que “me inventé” una entrevista con el maestro argentino Martín Caparrós y que se publicó el domingo 16 en diario El Expreso, de Guayaquil.

Por lo tanto, yo debía ser condenado a los quintos infiernos, expulsado del paraíso mediático ecuatoriano y discriminado, para siempre, de todo foro, charla, seminario, curso y espacio académico donde se hable, debata o discuta sobre ética periodística.

Mis adversarios políticos y periodísticos -cuyo número no calculaba hasta que ocurrió este ridículo episodio- se congratularon con la versión de que yo había inventado la entrevista y me golpearon con todo, incluso afectando el honor y la dignidad de mi familia.

Fue una infamia. Hasta entonces había publicado al menos 400 entrevistas dominicales en El Comercio, en El Universo y en Expreso. Pronto publicaré un libro con ellas.

Pero aquello no fue reconocido por mis violentos críticos. Sufrí linchamiento mediático, insultos, falsedades, inventos (estos sí) de que diario Expreso me había botado (lo cual no fue cierto: yo renuncié nueve meses después luego de investigar lo que en realidad ocurrió).

Sé que aún ahora, seis años después, pocos creen mi versión. Los seres humanos estigmatizamos, condenamos, sentenciamos, derrochamos crueldad y nos creemos superiores cuando se trata de juzgar a otros seres humanos, mucho más si estos tienen la estatura moral para decir la verdad aunque les cueste todo lo que a mí me costó.

El complot fue bien pensado. Aquellos días el subdirector se encontraba en España buscando un editor general (¿no era yo el editor general? ¿Por qué viajó a buscar mi reemplazo -antes del escándalo- y puso un aviso en los periódicos de Madrid, como me lo contó el maestro Miguel Ángel Bastenier?).

Si, en realidad, fue un “grave error” en que yo había cometido, ¿por qué el subdirector no llamó o escribió desde España a reclamarme por el supuesto mal trabajo a pesar de que él leía las ediciones digitales del Diario a la medianoche de allá, es decir, seis horas antes de que empezara a circular el periódico impreso por las calles?

¿Por qué la community manager del periódico difundió en la web y en el twitter del Diario que el texto publicado era una “entrevista”, si yo jamás califiqué el género como tal, pues lo que hice fue un análisis de dos personajes de moda, el entonces nuevo Papa Francisco (argentino) y la presidenta de la República (Cristina Kirchner), a la luz de lo que había escrito Caparrós, también argentino, y de lo que yo reflexionaba?

¿Por qué, sin consultarme, la diseñadora de la página puso unos textos en letra normal y otra en negrilla, confundiéndote totalmente a los lectores pues esa letra de color y tipografía alternada solo se usa para una entrevista?

¿Por qué el “agraviado” periodista, con quien hablé por teléfono la tarde del lunes cuando ya se había producido el escándalo, envió su tuit irónico 24 horas después de haberse publicado el texto?

¿Por qué me dijo que “alguien de Ecuador le hinchaba las pelotas” llamándolo para que pusiera el tuit?

¿Por qué me dijo, en la llamada telefónica, que el día anterior lo había leído y le había gustado, pero que cuando le enviaron un PDF de la página escrita vio que yo “le hacía decir” cosas que él nunca había dicho porque se usaban negrillas y cursivas en ciertos pasajes del texto?

¿Por qué el director del Diario se negó a darme un espacio para aclarar, precisar o puntualizar lo que la gente, sin conocimiento de causa,
comentaba por twitter, si es una norma periodística básica el derecho a defenderse y explicar al público lo ocurrido? ¿Quizás porque suponía que yo, efectivamente, en la aclaración diría todo lo que ocurrió a lo interno del periódico?

Hasta el miércoles, es decir, dos días después del escándalo, había unos 200 tuits, todos agresivos. Unos venían del sector oficialista gubernamental, el mismo que unos días atrás había contactado conmigo para llevarme a trabajar a su periódico, El Telégrafo, y yo había respondido que no.

Otros venían de los dioses de la ética, que arremetieron con todo en mi contra, sin siquiera consultarme ni preguntarme.

Lo tragicómico fue que ningún medio, periodista o tuitero me buscó para preguntar mi versión. Se supondría que los que tanto me arrastraron debían manejar el manual básico del periodismo: consultar a la otra fuente, contrastar, equilibrar la información.

El único que me contactó fue el periodista cultural del diario oficialista, a quien no acepté una entrevista porque el periódico había hecho sensacionalismo y amarillismo con lo que ocurrió y porque el director de este medio mostró todo su conocido odio contra mí en dos artículos que escribió a día seguido sobre el tema.

Nueve meses después, tiempo en el cual publiqué en Expreso las mejores crónicas de mi vida (tal era mi nivel de coraje y rabia), renuncié al Diario.

El acoso mediático fue desde adentro (los dueños y jefes del periódico) y desde afuera (grupos políticos y mediáticos) y yo decidí que no era justo sufrir por una infamia.

Desde entonces dejé de ser periodista y decidí convertirme en escritor. Uno de los libros que estoy por terminar contará con mucha mayor precisión lo que ocurrió y dará nombres, fechas y datos que nadie conoce (porque, como ya lo dije, nadie me preguntó).

También hablaré de algo esencial, que pocos se atreven a hacer: la autocrítica.

En el caso de que me hubieras equivocado en alguna parte del proceso, lo cual yo admitiría sin problema, ¿alguno de mis críticos se atrevería a confesar sus pecados antiéticos, que van desde recibir suntuosos regalos de las fuentes hasta usar sus espacios mediáticos para hacer negocios personales, por ejemplo con las famosas asesorías, consultorías o media trainings?

Los desafío a lanzar la primera piedra. O las piedras que se les antoje.

Y para que se desaten los demonios de la presunta ética divina, debo ser enfático: aunque los medios privados y gubernamentales me nieguen espacios, hasta el último día de mi vida seguiré siendo periodista.

Nada ni nadie puede impedírmelo.

Cómo armar un observatorio de los medios en el Ecuador

Por Rubén Darío Buitrón

Armar un observatorio de medios, realmente independiente, sin fungir de serlo sino, simplemente, siéndolo, es imperativo en el Ecuador.

No hacerlo es asumir una actitud irresponsable frente a la sociedad y al proceso por el que camina el país.

Aquí presento unas ideas para que llevarlas adelante con financiamiento  independiente y con periodistas, analistas, estadísticos y expertos que realmente aporten con elevar la calidad de los contenidos que emiten los medios.

1.Un observatorio es una entidad dedicada a vigilar y evidenciar al poder mediático en la región y a revelar y evidenciar las relaciones de poder político, económico, bancario y empresarial en el Ecuador y en el continente

2. Un observatorio analiza y vigila que haya una comunicación ajustada a los principios de la Constitución de la República. Busca generar impacto social, inclusión e impulsar la activación de los mecanismos de participación y contraloría social.

3. El observatorio consolida una serie de contenidos vinculados con:

Calidad y pertinencia de los contenidos

Incentivo a la producción nacional

Inclusión social (en los contenidos y la organización institucional)

Interculturalidad

Participación ciudadana

Educomunicación

Responsabilidad Social

Contenidos educativos, libres de discriminación, violencia y sexismo.

Cumple o supera la cuota de programación nacional y nacional independiente.

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PROPÓSITOS Y OBJETIVOS

  1. Un observatorio tiene como propósito fundamental evidenciar que el mayor poder fáctico mundial es el poder mediático y que este, disfrazado de prensa independiente, pretende gobernar los países y las sociedades de acuerdo a los intereses que representa y encarna.

2. Un observatorio revela al país y al mundo, por medio de sus diversos programas y eventos, y gracias a sus enlaces en este y otros continentes, que aquel poder es superior, incluso, al financiero, con el cual se halla sistemáticamente hermanado.

3. Un observatorio muestra que ese poder fáctico tiene en el mundo y en la región organismos internacionales que se enmascaran en la defensa de la supuesta libertad de prensa y de la libertad de expresión para defender los más intereses de quienes pretenden controlar el mundo.

4. Un observatorio muestra las relaciones de poder económico y político entre los gremios internacionales y los medios locales, que se parapetan detrás de un discurso de objetividad e imparcialidad para sostener los proyectos que tienen en cada continente y en cada país.

5. Un observatorio hace que el público identifique con claridad a organizaciones que, escondidas detrás de la defensa de aquellas libertades, protegen grandes negocios e intereses particulares desde la comunicación.

6. Un observatorio deja en claro que todos esos organismos que protegen los intereses de los grandes medios no defienden la libertad de expresión ni los derechos humanos, sino únicamente los privilegios del gran capital.

7. Un observatorio diseña, produce y difunde programas, segmentos y espacios en los cuales los ciudadanos pueden expresar sus inquietudes, demandas, exigencias y reclamos en relación con el daño que la mayoría de esos medios han hecho y siguen haciendo a las sociedades y a los países.

8. Un observatorio pone especial énfasis en mostrar que lo que la gran prensa llama “líneas editoriales” (matrices mediáticas ideológicas y empresariales) no son sino maneras de censurar contenidos que afecten a los poderes que defienden.

9. Un observatorio difunde, promueve y conciencia a los ciudadanos sobre el avance de la comprensión de los ciudadanos en torno al tema de los medios como actores políticos.

10. Un observatorio cuenta con espacios públicos analíticos, de debate y de reflexión, para que los ciudadanos tengan cada vez más conciencia de la  manipulación mediática.

11. Un observatorio muestra, por ejemplo, la noticia bien hecha y hace la pedagogía para que la audiencia sepa distinguir entre las matrices mediáticas ideológicas particulares y la información veraz, verificada y contextualizada en función del bien común.

12. Un observatorio educa a la gente con el propósito de  promover la construcción del ciudadano mediático, es decir, un ciudadano capaz de reflexionar y discernir por él mismo, sin que ninguna institución o entidad estatal haga de “tercer ojo” o “gran hermano”.

13. Un observatorio recuerda permanente al ciudadano sus derechos, mediante recursos que se emiten y difunden sistemáticamente y que tienen relación directa con las políticas vinculadas a la comunicación social y a otros aspectos esenciales.

14. Un observatorio mantiene permanentes contactos con observatorios de otros países promueve encuentros, foros, paneles, seminarios, charlas magistrales, etcétera.

15. Un observatorio lucha por plantear ante las entidades competentes, como la Asamblea Nacional, el Ministerio de Educación y los medios privados y gubernamentales, la urgencia de establecer espacios, cátedras o materias en el pénsum académico de escuelas, colegios y universidades que ayuden al ciudadano a leer críticamente los contenidos de los medios y discernir lo que conviene o no leer, escuchar, mirar o navegar.