Los “candidatos” y la inutilidad de los partidos políticos en el Ecuador

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Rubén Darío Buitrón

Cuando Álvaro Noboa, con su conocida torpeza para leer un mal texto quizás escrito por su abogada de confianza, informó que esta vez no “correría” por las elecciones presidenciales (eso de “correr” es un término gringo mal traducido y mal utilizado por el empresario bananero), muchos nos alegramos.

Fue una decisión anunciada en el marco del melodrama, pues, según él, lo hacía para no dispersar más votos de la derecha y evitar el triunfo de Lenin Moreno, el candidato del oficialismo.

Cosa curiosa, durante toda la semana anterior había estado publicando en la prensa nacional avisos pagados en los que mostraba presuntas encuestas en las que todos los precandidatos bajaban y el único que subía era él.

Si eso era cierto, ¿por qué no se presentó y ganó?

Pero, diciéndolo en términos populares, la alegría del pobre dura poco: al día siguiente, el torpe pero económicamente poderoso bananero y harinero presentó su lista de candidatos para asambleístas.

¿No dijo que no quería dividir la votación de la derecha?

Más grave aún, el listado de nombres quedará registrado en la historia del absurdo de la política ecuatoriana: modelos, exreinas, jóvenes musculosos del programa Combate, presentadores de televisión, animadoras, bailarinas…

¿Lo hizo a propósito, para burlarse del país, para desacreditar a la democracia, o en realidad midió la popularidad de esos personajes, el rating de esos personajes en el área de entretenimiento mediático, y cree que ese rating puede transformarse en votos para contar con un bloque de alzamanos que hagan lo que él les ordene en su exclusivo beneficio?

Burdo o perverso, Noboa concentró las críticas ciudadanas por esa lista, aunque en las horas siguientes aparecieron otros partidos con candidatos que también provocaban un aire de farsa teatral y melodrama telenovelesco.

¿La intención es desprestigiar la Asamblea y volver, literalmente, al circo que ha sido casi toda la vida republicana?

Es probable, aunque del movimiento oficialista -que se jacta de haber dignificado el Parlamento- también hubo sorpresas como la candidatura de Wendy Vera, jurado de un programa de concursos en el que destacó por humillar a una adolescente que confesó ser atea.

Otras novedades de PAIS fueron un exfutbolista, un árbitro y un payaso, Tiko Tiko, postulado por la alianza entre el viejo partido Socialista con AP.

La década ganada, que el Gobierno reinvindica con mucho énfasis, no es total.

Al menos no lo es en la falta de iniciativas para que durante 10 años Alianza PAIS no ha podido estructurar un sistema o un mecanismo de formación de cuadros y líderes que le permita, como en un partido de fútbol, hacer los recambios, renovar y refrescar las líneas del equipo cuando la dinámica del juego lo exige.

Pero quizás es peor lo que ha ocurrido con los partidos de la oposición, tanto de los llamados de “centro”(?) como de los de la derecha.

Dejar que transcurran 10 años y no haber sido capaces de estructurar o reestructurar sus partidos es un pecado político que puede costar mucho el momento en el que los ciudadanos decidan su voto y se acerquen a las urnas el próximo 19 de febrero de 2017.

¿Cómo es posible que con todo su dinero, el empresario bananero Álvaro Noboa no haya podido armar un partido, aunque sea con su torpeza ideológica, que le hubiera permitido presentar candidaturas dignas y probas para las elecciones de asambleístas?

¿Y el candidato Guillermo Lasso, que ya lleva seis años en campaña, por qué tuvo que recurrir a alianzas de última hora y a incorporaciones de políticos oportunistas a los cuales tuvo que cederles espacios importantes a cambio de, supuestamente, fortalecer la presencia del partido CREO en la Sierra?

A la larga, tras la década en la que el enfrentamiento entre izquierda y derecha ha sido consistente y profundo por las visiones totalmente opuestas entre una y otra respecto del presente y futuro del país, ni los unos ni los otros han logrado armar y fortalecer partidos políticos con estructuras sólidas, con militantes destacados, con jóvenes que tengan visiones de largo plazo, con líderes capaces de sustituir, sin mayor drama ni patetismo, a los fundadores y a los caudillos de las organizaciones.

Muchos dicen que este análisis es exagerado porque “el pueblo ya sabe votar”. ¿Están seguros? ¿Han olvidado tan pronto lo que ocurrió el 23F en las elecciones para alcaldes?

Tampoco se puede culpar a los votantes cuando, según nosotros, se equivocan.

Si ni siquiera dentro de los partidos hay formación, peor la gente común va a contar con las herramientas ideológicas, políticas y mediáticas para discernir y votar con madurez.

Para mí, todo partido y movimiento político que han inscrito candidaturas de gente improvisada serán culpables de que la próxima Asamblea sea mediocre.

La tragedia de la democracia inmadura.

La tragedia de que los partidos se hayan convertido en una élite de especialistas en mandar y los demás seamos la masa de especialistas en obedecer.

La tragedia, también, de que seamos irresponsables como ciudadanos. De que seamos pasivos y no luchemos para formar nuestra conciencia y nuestra ideología por nosotros mismos.

¿Qué clase de política y de los políticos se vienen ahora? Mediocres faranduleros sin ninguna experiencia política que logran desilusionar a los ciudadanos porque los caudillos de cada partido le dan la espalda al pueblo que eligió a sus candidatos y toman decisiones desde arriba, no desde abajo.

Los partidos deben servir para incluir a los ciudadanos y hacerlos participar en las decisiones del Estado, pero eso no ocurre en el Ecuador: son esos partidos y sus dirigentes los únicos que terminan decidiendo lo que está bien y lo que está mal.

Otros dicen que si se produjera la tragedia de que volviera la derecha al poder y la Asamblea se llenara, literalmente, de payasos, será culpa de la “mala memoria que es típica de los ecuatorianos”.

Yo no estoy de acuerdo. Si tenemos mala memoria es porque no luchamos por mantenerla fresca, lúcida, despierta, atenta, estudiosa.

Recordemos que depende de los ciudadanos no solo el voto, sino la construcción de un verdadero país.

No dependamos de los políticos ni de las organizaciones incapaces de construir estructuras nuevas, frescas, distintas al caudillismo, al populismo, a la demagogia.

Se impone la necesidad de movimientos auténticamente horizontales, democráticos, meritocráticos, plurales.

Se impone la necesidad de crear verdaderas instancias ciudadanas alejadas de la política tradicional, sea vieja o nueva, que se una a quienes en verdad son orgánicos y estructurados.

Porque lo demás, como dijo Sartori, “es la mayoría de políticos que no conoce sobre la realidad mucho más que una persona común que lee un diario y escucha un noticiero radial”.

Los periodistas-candidatos

CONCENTRACIÓN DE PERIODISTAS EN TENERIFE

Por Rubén Darío Buitrón

No es la primera vez que sucede. Recuerdo que cuando ganó la presidencia Jamil Mahuad, la Democracia Popular (DP) postuló a un animador de uno de los peores programas de la historia de la televisión ecuatoriana, uno que  bajo el nombre de “Haga Negocio Conmigo” humillaba y humilla a la gente más pobre.

En aquel tiempo hubo una denuncia de que la gente de la DP había pagado a ese animador una muy alta cantidad de dinero para que aceptara ser diputado. La denuncia quedó en el aire. Y la duda también.

Pero, lo peor, fue la altísima votación que obtuvo el burdo animador.

¿Eso es democracia? ¿Así se emboba a los ciudadanos?

¿Qué experiencia política tenía ese señor como para convertirlo en “un padre de la Patria”? Luego, tras la merecida caída del presidente que quebró al país, los partidos y los políticos no aprendieron.

Y siguiendo el mal ejemplo de la DP, el alcalde guayaquileño llevó al mismo personaje como concejal de Guayaquil, cargo que ha ostentado durante varios períodos.

Y lo mismo se repite en muchos concejos municipales del país y hasta en la Asamblea.

Por eso es tan importante aplicar en el país, pero en serio y no solo en el discurso, la meritocracia.

Por eso es tan importante exigir que quienes llegan al poder, a cualquier poder político o administrativo en el Estado, pasen por rigurosos filtros. ¿No estamos ahora mismo sufriendo por eso en los casos de Pareja Yanuselli y su banda en Petroecuador?

Porque en el antiguo Congreso, en la Asamblea Constituyente de Montecristi y en la actual Asamblea Nacional han participado animadores (?) de TV y periodistas en diversos partidos, de derecha y de izquierda y de centro.

Es una aberacción de la política ecuatoriana: privilegiar la popularidad -conseguida porque son populares gracias a que son ampliamente conocidos por su rol en la pantalla, pero debido a su papel como lo que en realidad son, personajes de la farándula superficial y frívola, no personajes del ejercicio honesto y patriótico de la política.

Ahora que vienen las inscripciones de las listas para las elecciones de febrero de 2017, la  tosudez de los partidos hace que vuelvan a buscar y postular a “talentos de pantalla”(?) que ni siquiera tienen una ideología definidao que su ideología es la del mejor postor.

Basta referirse a un reportero y conductor de noticias de Ecuador TV, Gustavo Espinosa, quien trabaja para el canal estatal y, por tanto su gestión ha sido favorable a las tesis del Gobierno y de pronto, no sé si como producto de la ambición personal, la vanidad o si cree que tiene los dones para ser asambleísta, aparece en la lista para de un partido contrario al oficialista Alianza PAIS.

¿Qué ética hay allí? Ninguna.

¿Y María Mercedes Cuesta? ¿Con los roldosistas “religionados”?

¿Y Nataly Toledo, de Teleamazonas? ¿Y Paola Veintimilla y Patricia Terán, de Mundo FM? ¿Y Yaco Martínez, director de un diario en Carchi?

¿Y Marcela Holguín, de Gama TV, entrevistadora oficial de los ministros del régimen y de los funcionarios de AP y hoy candidata por AP?

¿Y Jorge Yunda, de radio Canela, exsuperpoderoso de las frecuencias durante este gobierno y hoy candidato de AP?

¿Y tantos y tantas etcéteras?

Existe el deseo irrefrenable de poder de quien acepta, pero también el oportunismo poco inteligente y facilista de quienes lo nominan.

Lo peor de todo es que muchos de estos seudoperiodistas, que por ejemplo son concejales en los municipios del país, siguen en la pantalla.

¿Cómo hacen para ser tan cínicos? Su curul en el Cabildo se la deben a un partido y van a los noticieros a fingir y fungir de reporteros o presentadores de noticias “objetivos, veraces e imparciales”.

El caso del exportero de Barcelona, Carlos Luis Morales, es patético: se ha movido con astucia entre Alianza PAIS y Centro Democrático.

Lo peor de todo es que, en los hechos como el que citamos, siguen apareciendo y seguirán apareciendo en la pantalla. Doble salario. ¿Doble moral?

Les invito a mis lectores a que miren las listas que estos días de noviembre, a punto de vencer el plazo para las inscripciones, cómo los dirigentes de los partidos (de todos los partidos) evalúan por encuestas a los personajes más populares o más conocidos por la gente (que no quiere decir ni a los más preparados ni a los más inteligentes ni a los que conocen de teoría ideología y ejercicio político) y les proponen ser candidatos.

En esas listas figuran, incluso, gente de la farándula y del morbo en los canales de la telebasura.

Es una vergüenza nacional. Es la inmadurez de nuestra democracia. Es el facilismo de los dirigentes políticos.

Y aquí no se salva ningún partido, ni de derecha  ni de izquierda ni de centro ni populista. Ninguno.

¿Después pretendemos o exigimos calidad parlamentaria en el debate y pedimos que se presenten proyectos de ley en beneficio del pueblo? ¿Cómo? ¿Con qué capacidad?

¿Qué ideas importantes puede generar un “talento de pantalla” que se hizo popular por chismear y especular de la vida privada de los demás?

Termino con dos reflexiones.

Una, quien vota por esas personas está infringiéndose un enorme daño como ciudadano e infringiendo un enorme daño al futuro del Ecuador. No lo haga, por favor. Vote por quien merece por su gestión, por su trayectoria y por su posibilidad de ayudar a construir un país mejor.

Dos, como periodista y como ciudadano rechazo de forma tajante (no “tácita”, como dicen esos politiqueros improvisados que ni siquiera conocen de léxico) que un periodista de verdad, conocido por su gestión como periodista y no como político, use o manipule esa popularidad mediática para saltar al campo de la política donde, seguramente, con el mal ejemplo histórico pasado y presente, pensará en su bien personal y no en el bien común.

Como dice J.M. Poirer, “el periodista que se hace candidato traiciona la vocación por el oficio. O se aprovechó de ella y nunca la sintió de verdad”.

Como dice la tuitera Sara Silva (@SaraSilvaCajas), “esto se debió contemplar en la Ley de Comunicación. Cómo es posible que quien tiene oportunidad como periodistas o presentadores (profesionales o empíricos) en medios que tienen alta acogida, aprovechan un tiempo en pantalla para difundir su imagen (es lo que vende la televisión: imágenes) y luego candidatos.

Considero poco ético, por decir lo menos, entrar en una competencia tan desleal, cuando muchos de los candidatos jamás han tenido la oportunidad ni siquiera de acudir a un canal de televisión, peor aún aparecer en pantalla. Lamento que esta selección se dé por “figuras” y no por personas y que el movimiento al que me pertenezco (AP) tampoco sea la excepción.

Mi llamado desde una visión de género también. Quienes defendemos la equidad y justicia nos oponemos a que en el caso de las mujeres sean utilizadas por sus dotes físicas para estos fines, pero parece que a muchas mujeres poco o nada les importa ser ‘utilizadas’, simplemente hemos perdido toda ética y lo que cuenta es la apariencia y desde luego el dinero. Mucha gente sin pizca de preparación para el parlamento participará y nuestra obligación es negarles el voto“.

Porque los periodistas de verdad somos periodistas siempre y para siempre.

Porque amamos nuestro oficio y conocemos nuestro rol en la sociedad.

Porque cada día nos jugamos la vida por informar, no por figurar ni por hacernos famosos.

Y, en el fondo, es mejor que abandonen los medios. Porque sabemos que los cínicos no sirven para este oficio, como ya lo dijo Kapuscinski.

Mi repudio para los oportunistas que, en el fondo, muestran que nunca fueron periodistas,pero que usaron este noble oficio para escalar posiciones.

Mi repudio para los arribistas y oportunistas que, en ningún caso, tienen derecho a representar al pueblo.

La foto del asambleísta

Una imagen puede calumniar. Puede difamar. Puede crear escenarios distintos a los de la realidad. Puede jugar con las percepciones de quienes la miran. Puede sugerir hechos que no necesariamente han ocurrido. Puede hacer que desconfiemos del discurso oficial o del discurso de oposición. Puede hacer más daño que la palabra.

No es necesario pensar demasiado para concluir de dónde salió la fotografía: de quien la tomó, por supuesto. O de quien supo quién la tomó.

Recordemos que hace meses pasó algo menos horrendo, pero igual de absurdo: circularon en redes imágenes de una exdirigente gremial aparentemente en la intimidad sexual.

¿Fue necesario hacerlo? No.

Pero más allá de estas acciones que producen cierto escalofrío o estupefacción al ponernos a pensar quién y por qué se lo hace, este es el problema menor.

El problema mayor es llegar a la conclusión de que en el Ecuador la deliberación política está clausurada.

Que quienes atacan la reputación de una persona con una fotografía de su cadáver semidesnudo están dispuestos a jugárselo todo por recuperar el poder político.

Y que en ese jugárselo todo no tendrán ningún escrúpulo a la hora de enlodar a quien crean que deben enlodar, manchar, ensuciar para bajarlo del lugar donde esté.

Si las circunstancias que rodearon la muerte del asambleísta fueron personales, ¿por qué agredir así, públicamente, el dolor de su familia, de sus compañeros, de sus amigos?

¿La fotografía revela algo que tenga que ver con el Estado, con el Gobierno o con la Asamblea Nacional?

Si no lo revela, ¿qué sentido tiene conseguirla a cualquier precio y difundirla subrepticiamente, como si nada ocurriera, seguramente con el propósito de generar reacciones que van desde la especulación morbosa hasta la degradación moral?

Quien puso a circular la fotografía sabe, conoce que “a la hora de persuadir, en el mensaje no es lo mismo recurrir al discurso racional que a las apelaciones emocionales, ni es equivalente apelar a emociones positivas que a emociones negativas”, como dicen los autores del libro “Tácticas e iconografías del poder” (*).

“Los efectos de la propaganda son siempre intencionales, pero, ¿se pretende que la gente recuerde argumentos o emociones?, ¿se persigue un impacto inmediato o la creación, aceptación y naturalización de una cierta tendencia a lo largo del tiempo…?”.

Quienes pusieron la foto en redes sociales tenían la certidumbre de todas aquellas emociones que la imagen produciría: sorpresa, asombro, dudas, conjeturas, desprestigio, incertidumbre…

La imagen como arma de ataque.

Un ataque implacable desde frentes inconcebibles, desde campos de acción donde pocos se atreven a disputar una batalla.

Un ataque implacable que muestra el tono degradante y degradado que tendrá la campaña electoral para las elecciones presidenciales y legislativas del 19 de febrero de 2017.

Un ataque implacable que deja ver con claridad la inutilidad de que los ciudadanos levantemos las voces y exijamos que el país conozca los planes de gobierno, las maneras en que se llevarán a cabo esos planes, las similitudes y las diferencias entre uno y otro candidato, la diversidad al proponer el Ecuador que queremos o el Ecuador que no queremos.

Pero si se empieza con golpes bajos, como el de la imagen del asambleísta fallecido, está claro que no habrá un intercambio de propuestas estratégicas, tácticas e ideológicas.

Está claro que no se elevará la calidad del discurso, sino que se combatirá desde las alcantarillas, reduciendo al mínimo la posibilidad de que el ejercicio de la política y la forma de estructurar una campaña tengan dignidad, respeten al adversario, pongan sobre la mesa ideas y no agresiones de ningún tipo.

Si es así, preparémonos para lo peor.

Para una guerra de guerrillas en que el ataque por la espalda y bajo las sombras trazará la ruta por donde irán quienes se han propuesto “recuperar el país” con un discurso moralista y ético que se queda en la superficialidad y suena falso, porque mientras dicen una cosa es otra la que, sin dar la cara, empiezan a dejar que fluya por las alcantarillas donde pretenden conducir la confrontación electoral.

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* Tácticas e iconografías del poder (Virginia García, Orlando D’Adamo y Gabriel Slavinsky)

Los periodistas y el condecorador

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Al alcalde socialcristiano le encanta condecorar.

Y si es para rendir homenaje a los periodistas que están en su misma línea política e ideológica, mejor.

O sea, él que tanto defiende la libertad de prensa y de expresión (en especial de prensa, por los grandes medios que abiertamente se subyugan ante él),

Lo hizo hace pocos días con el periodista argentino Jorge Lanata, quien, en un exceso del “burgomaestre”, fue declarado “huésped ilustre” de Guayaquil.

¿Por qué “huésped ilustre”? ¿Hizo algo por América Latina? ¿Ha defendido al Ecuador o al “puerto principal” en algún escenario internacional por algún asunto grave? ¿Es un gran maestro que ha escrito libros y que nos ha enseñado periodismo honesto con su ejemplo?

Fue, sin duda, la respuesta de la extrema derecha ecuatoriana, encabezada por Nebot, a la condecoración que la Asamblea Nacional le concediera días atrás a la expresidenta argentina Cristina Fernández, de la misma línea política del actual gobierno.

El problema no es, sin embargo, la guerra de condecoraciones, más allá de que estemos o no de acuerdo con una u otra.

El problema de fondo es que existan periodistas que acepten que el poder los premie.

¿El poder premiando a los comunicadores por qué, por cumplir su trabajo o porque a ese poder dichos periodistas le resultan útiles, manejables, serviciales, peones de la batalla ideológica entre la oligarquía y el proyecto socialista?

¿No es antiético que el poder premie a comunicadores y más antiético que los comunicadores lo reciban?

¿Desde cuándo se otorgan llaves de la ciudad, declaraciones de huéspedes ilustres y medallas de honor a quienes no hacen nada más que cumplir su deber?

Lanata, además, vino a Guayaquil a dictar cátedra de periodismo independiente, cuando fue pieza esencial del triunfo del nefasto Mauricio Macri en Argentina.

Y tuvo la desfachatez  de decir que los gobiernos populistas “se creen dueños de la verdad”. ¿No es él quien se cree dueño de la verdad al ofender a la expresidenta no por su gestión, que como ciudadano pueda cuestionarla, sino porque “está vieja y enferma”, como si esto tuviera que ver con el ejercicio del poder o del contrapoder?

“Lanata, gordo, barbudo e hiriente, se tomó 11 minutos para hilar el evidente paralelismo entre los países que han sucumbido ante el socialismo del siglo XXI, que él reduce a la condición de populismo”.

Habló de que “el periodismo forma parte de un complot” durante los gobiernos de izquierda, cuando él mismo es un complotador al servicio de Macri.

Y, como suele ocurrir con quienes dicen lo que les sale del hígado, dijo que su misión es ir a los países “donde no existe libertad de prensa y que en Ecuador él no podría ejercer porque iría preso”.

¿No es una contradicción tener toda la libertad para pronunciar semejante aseveración e irse de vuelta a su país sin que nadie lo tocara?

Deploro y me avergüenzo de periodistas como Lanata, que reciben condecoraciones del poder al que dicen combatir como esencia de su oficio.

Deploro que se condecore al “pabellón” de Diario El Universo como ejemplo de “libertad de prensa y de imparcialidad, sirviendo a la ciudadanía sin importar ideologías políticas”.

¿Imparcialidad? ¡¡¡¡Por favor!!!!

¿Sin importar ideologías políticas? ¡¡¡¡¡Por favor!!!!

Y así, el gran condecorador ha entregado preseas a decenas de periodistas en los últimos años.

Pero, insisto, lo grave es que existan periodistas o medios que los acepten.

Como Ismael Cala, de CNN, hoy convertido en una suerte de Paolo Coelho, a quien premió “por su valiosa labor profesional y como muestra de libertad y afecto al libérrimo pueblo de Guayaquil” (¿).

Como Patricia Estupiñán, de la revista Vistazo.

Como Diego Oquendo, de Radio Visión.

Como Gonzalo Rosero, de Radio Democracia.

Como Alfonso Espinosa de los Monteros, de Ecuavisa.

Como otros que seguirán desfilando para tener una medallita con cinta celeste y blanca para colgar en la sala de su casa sin acordarse, como dice el gran periodista británico David Randall, que jamás debes aceptar nada de las fuentes, porque, al final, saben cómo cobrarte.

Muerta de hambre

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La ya famosa frase pronunciada por la exconcejal de Quito y precandidata a asambleísta confirma aquella vieja teoría de los políticos corruptos clásicos:

“La política es el arte de pedir dinero a los ricos para llegar al poder y pedir el voto a los pobres para proteger a los ricos del peligro de los pobres”.

La precandidata, a quien le aterroriza que llegue al poder “un muerto de hambre”, ahora se ha unido al partido del banquero que se cansó de contar plata y se autoproclama “salvador de la Patria” siguiendo la línea del platanero que agotado de vender bananas ya va por su sexto frustrado intento de alcanzar el único juguete que no le compró su padre y que nunca lo tendrá: la Presidencia de la República.

Porque, según ella, un país solo lo puede manejar “un empresario probo”.

¿Qué edad tendría o que poca memoria le queda acerca de aquel discurso que los ricos lograron contagiar a los pobres para que el ingeniero mecánico León Febres Cordero (PSC, el mismo partido de la señora de marras) ganara al doctor en Derecho Rodrigo Borja Cevallos (ID)?

En 1984 venció Febres Cordero en segunda vuelta porque, al igual que la declaración que estamos criticando ahora, se decía que había que votar por León “porque él ya tiene mucho dinero y no robará en el gobierno”.

Sin embargo, en ese régimen se produjeron graves escándalos de corrupción, como los que han ocurrido y siguen ocurriendo en los altos poderes.

Si analizamos qué quiso decir con “muerto de hambre” la ex (exreina de Quito, exconcejala, expresentadora de noticias de televisión, exesposa de cantante y ahora presunta activista del partido del Opus Dei), hay un elemento psicológico inconsciente: la exseñora está convencida de que llegar al poder es para saciar el hambre.

Y si está convencida de eso se debe, potencialmente, a que cuando fue concejala del partido socialcristiano fue la defensora tenaz de las causas de los poderosos empresarios que dominan Quito y sus áreas de influencia, sus ansias de digerirlo todo quedaron satisfechas.

Ahora, la que antes abrazaba y besaba en las mejillas al actual presidente de la República y al candidato a Presidente por AP, ha decidido volver a la escena política para pedir el voto a los muertos de hambre, a aquellos ingenuos y poco reflexivos ciudadanos que le han dado el voto para edil municipal  y que ahora le darán el voto para legisladora.

¿A quién representará en la Asamblea Nacional? ¿A los muertos de hambre reales, a los muertos de hambre que los banqueros oportunistas dejaron sin casa, sin trabajo y sin comida a millones de ecuatorianos en los años noventa?

No. Representará a los muertos de hambre de poder.

A los analfabetos políticos.

A los arribistas.

A los que sufren de nostalgia desde hace diez años por no tener en sus manos el poder para matar de hambre a millones de ecuatorianos.

Muerta de hambre de poder, será la vocera de la vieja clase partidista que, desde el piso más alto del edificio central donde están las elegantes oficinas de un banco, se inventó un nuevo partido con nombre alusivo a una oración de los católicos que ha sido mal interpretada (creo en los banqueros poderosos/dueños del cielo y de la tierra/).

Muerta de hambre de poder, si llegara a ocupar una curul, se vengará de que en Carondelet le cerraron las puertas durante diez años cada vez que iba a golpearlas para tratar de conseguir algún cargo a costa de sonrisas que ahora ha olvidado pero que las fotografías impiden al país borrarlas de la memoria social.

Muerta de hambre de poder no tiene escrúpulos para alinearse con quien sea, a cambio de una pizca de influencias, una mendrugo de espacio para aprovechar su posición, un pedazo del pastel que, como siempre, se llevarán los que llegan a las más altas posiciones para saciar sus deseos más bajos.

Muerta de hambre de poder, ha humillado a los verdaderos muertos de hambre, que son millones.

Muerta de hambre de poder, ha humillado a los olvidados por el poder, a los que piden limosna en las calles, a los subempleados y a los desempleados, a quienes sueñan con una vida digna pero no pueden alcanzarla, a los que no tienen cuenta en el banco, a los que cuentan las monedas para tomar un bus, a los que viven en una habitación miserable en algún barrio adonde aún no llega la energía eléctrica, el agua potable, el alcantarillado, el transporte público, las escuelas, los centros de salud.

Muerta de hambre de poder.

¡Qué caretucos!

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Rubén Darío Buitrón

Me he reído este fin de semana con algunos tuits en mi contra, que van desde las burdas acusaciones de que con mis opiniones “estoy buscando cómo saltar la cerca y pasarme a la derecha” (?), hasta que trabajo en un Diario “al que el partido Avanza le auspicia con millones en publicidad”.

Estas infames acusaciones de los tuiteros asalariados son calumniosas y los irresponsables que las escriben tendrán que demostrarlo.

Si estoy en diario El Norte es porque es un diario ético y equilibrado, que tiene como lema “Lejos del poder, cerca de la gente”, y cuya circulación y lecturabilidad es mucho más alta que cierto periódico que no circula ni subvencionado.

Los asalariados me critican porque les he demostrado que el prefecto del Guayas, Jimmy Jairala, era intocable en redes mientras estaba cerca de Alianza PAIS.

Y ahora, como decidió (no sé las razones) adherirse a la candidatura del general Paco Moncayo (Izquierda Democrática), a Jairala lo tildan de monstruo, Judas, traidor, alguien a quien AP nunca necesitó, oportunista, en fin…

Les ha dolido que me atreva a decir lo que muchos piensan, pero no lo dicen por miedo: ¿qué hace el candidato de AP, Lenin Moreno, recorriendo Centroamérica para recibir doctorados honoris causa, cuando -según como yo creo que tendría que ser- debiese estar acá organizando los detalles de su campaña electoral y participando en ella? ¿No es eso lo que debería estar haciendo este momento el más importante candidato a Presidente de la República?

Pero aquellos chacales me han calumniado, como siempre, desde sus cuentas fantasmas, desde sus avatares falsos, desde sus seudónimos. Sin siquiera dar la cara. Cobardes.

Y entonces es inevitable citar al escritor y sociólogo italiano Umberto Eco, quien meses antes de su muerte, ocurrida hace poco, calificó a las redes sociales, en especial a Twitter y a Facebook, como “una cantina donde los borrachos se reúnen a proferir una serie de insultos y conceptos insensatos” contra de quienes suponen sus enemigos.

Entre mis casi 10 mil seguidores (no promocionados ni comprados, como hacen algunos de los que me atacan) recibí un tuit en el que una persona me preguntaba, con sobra de razón, cuál es mi línea ideológica.

Y remataba con la explicación de que, como es mi seguidora, tiene derecho a saberlo.

Le respondí de inmediato: “Toda la vida he sido y seré de izquierda. Y toda la vida seré crítico y autocrítico”.

Creo en una izquierda capaz de llevar a buen puerto un proceso revolucionario, pero un proceso revolucionario de verdad, un proceso, como decía Trosky, de una constante revolución de la revolución, de una revolución permanente que vaya puliéndose y perfeccionándose a base de la autocrítica.

Creo en una izquierda que se juega por los demás, no por sus propios bolsillos. En una izquierda honesta, transparente, que no entre a trabajar en el Estado para llenarse de dólares y huir a España o a Miami (exactamente como lo hicieron los Isaías).

Lo que dudo es, en el hipotético caso de que perdiera el candidato oficialista Lenin Moreno, cuánto les durará a ellos su “transparente militancia”. En poco tiempo veremos, si aquello sucede, dónde y con quién estarán ellos y dónde y dónde estaré yo.

Esta historia podría ser una simple anécdota personal que a mis lectores no les interese, pero sí merece atención general porque refleja la tragedia que está ocurriendo en el país: el crecimiento de la intolerancia, la violencia verbal, el abuso de poder en ciertas instancias estatales, la estigmatización a quienes no piensan como ellos y, sobre todo, la falta de autocrítica de quienes (y esta es la parte más triste) creen ser los dueños de la verdad.

Pero, ¿quién les dijo que ser de izquierda es hacer lo que ellos hacen?

¿Con qué derecho descalifican a quienes venimos, hace rato y no porque viene la campaña electoral, advirtiendo que el movimiento gubernamental (AP) no hace autocrítica, no depura, no saca a la  gente corrupta, no elige a sus colaboradores por meritocracia sino por simpatías personales?

¿Con qué derecho ofenden y calumnian a quienes desde el lugar que nos ha correspondido estar hemos sido consecuentes y éticos con nuestros pensamientos y nuestras formas de ver la vida?

¿O que es, en el fondo, como yo me siento libre de escribir en mi  blog, en mi página de Facebook o en mi cuenta de Twitter, no les gusta que se digan las cosas que alguien debe decir? ¿No se dan cuenta del riesgo de convertirse en cómplices de los atracos por desviar la atención o por bajar el nivel de escándalo de lo que está ocurriendo ahora mismo?

Solo un ejemplo: desde hace más de dos años vengo pidiendo públicamente, como ciudadano cualquiera, que AP se depure, que limpie las instituciones estatales de oportunistas y de “revolucionarios” de última hora, que deseche a los burócratas, que haga una autocrítica profunda, que seleccione a los funcionarios con verdaderos procesos de meritocracia.

¿Cuántos millones de dólares habría ahorrado el país si AP depuraba a tiempo a los corruptos del caso Petroecuador? No lo hizo.

Y así se llaman de “izquierda”. Y de “manos limpias”.

Y a quienes honestamente criticamos, desde una posición de izquierda consecuente pero no fanática ni interesada en nada personal, se atreven a llamarnos de “derecha” o de “manos sucias”.

Repetidores de consignas, enceguecidos y/o burócratas que gozan de muy buenos ingresos del Estado, recuerden lo que dicen sus propios espacios propagandísticos: “¡Qué caretucos!”

El próximo gobierno y el futuro de periodistas y medios ecuatorianos

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Rubén Darío Buitrón

El próximo gobierno, incluido el del candidato oficial Lenin Moreno (hasta ahora con las mayores cifras de preferencia en el electorado), ya no podrá seguir la misma línea que manejó durante casi diez años el equipo del actual presidente, Rafael Correa.

El discurso del socialismo del siglo XXI, por ejemplo, se fue desvaneciendo de a poco entre las manos de la propia gente que lo amasaba porque la realidad hizo aterrizar, de muchas maneras, la retórica y lo puso en tierra firme.

Si llegara Moreno, o en su lugar otro de los candidatos que están ya en carrera, el país deberá sentir un cambio en la forma de comunicar y de usar los espacios, tanto gratuitos como pagados, que salgan del Estado como mensajes a la población.

El paradigma deberá ser al revés de lo que ha sido durante esta época: menos discurso político-partidista-proselitista y más contenido social formativo, educativo, constructor de una nueva sociedad, que es lo que queremos todos los que sin interés personal amamos el Ecuador.

Por supuesto que el futuro gobernante deberá defenderse si se lo ataca, pero la manera en que  realice esa defensa no debe sobredimensionarse para que los ciudadanos tampoco asuman que (a menos que la agresión sea extrema,  como ocurre con ciertos periodistas) quien ha proferido el ataque político es solo un adversario ideológico, nada más.

A nadie puede quedarle duda de que cuando Colombia nos atacó bombardeando nuestro territorio, el presidente de entonces, Álvaro Uribe, se convirtió en nuestro enemigo, un enemigo que recientemente volvió a mostrar su vileza con su propio país, al que con su influencia y con la ayuda de poderosos medios privados le negó la paz entre el Estado colombiano y la guerrilla de las FARC.

Por eso es necesario dimensionar.

Porque nuestro país, con el próximo gobernante, está obligado como sociedad a dar un paso de gigante en la construcción de los consensos y de los disensos sabiéndolos procesar: no todo lo que expresa el adversario es negativo ni todo lo que dice el mandatario es positivo.

Se impone consolidar e institucionalizar lo que en esta fase fue, en muchos casos, un simple posar para las cámaras y los boletines de prensa: la “socialización” de los proyectos y las leyes, que no fue real.

Si persiste la Constitución del 2008, también habrá que reconvertir a entidades como las Superintendencia de Comunicación (Supercom) o el Consejo de Regulación de la Comunicación (Cordicom).

Supercom debería pasar de una entidad que actúa, consciente o inconscientemente, con sentido de revancha y de dedicatoria. Los llamados medios públicos, de los cuales ya vamos a hablar, fueron tocados de paso, mientras que los medios privados estaban no bajo una lupa sino bajo un microscopio. La Supercom debió ser más justa y equilibrada.

Cordicom, en cambio, fue desmoronándose en el camino. Primero, un exceso de rotación de sus principales miembros, que entraron y salieron por diversas causas, incluso algunos desacuerdos internos que nunca salieron a la luz, pero que demostraron que algunos de sus directivos ni siquiera tenían claro qué hacer con el organismo.

La Secretaría de Comunicación (SECOM), en cambio, que cumple otro rol, también deberá enterrarse y renacer. La Secom se transformó en un aparato político de defensa y ataque, de ataque y defensa, reduciendo su rol a un juego de tenis de mesa.

La Secom deberá ser, al mismo tiempo, más prudente y más contundente. Ha hecho bien su papel de difundir todo aquello que los medios privados, declarados adversarios del Gobierno, nunca difundieron. Ha hecho bien en organizar encuentros del Presidente con la prensa nacional e internacional.

Pero ha hecho mal en satanizar o liderar la satanización de todos los periodistas y  de los medios, generalizando un discurso de que todo aquel que se oponga o que cuestione la gestión oficial es “prensa corrupta”, lo cual la misma experiencia de trabajar en medios privados pequeños y asesorar a prensa de algunas provincias me hace decir, con sobra de conocimientos, que sí existen periodistas y medios que luchan por hacer bien su trabajo.

Los espacios públicos con los que cuenta la Secom debieran servir para grandes campañas de identidad de los ecuatorianos, para elevar su autoestima, para formar a la población en los grandes temas de salud, de educación, de convivencia, de corregir malos hábitos, de adecuado comportamiento social en lo que interesa a la comunidad.

A la Secom le ha faltado cultivar en el ecuatoriano un elemento cultural de nuestros ancestros: el sentido de minga, de trabajo colectivo, de solidaridad cotidiana.

El nuevo presidente deberá cumplir la palabra que no pudo cumplir el actual: vender los medios incautados de televisión, de radio y de prensa.

Porque en este punto no ha existido la transparencia ni la ética adecuada: si bien el régimen ha repetido muchas veces que su intención es lograr que alguien compre esos medios y ha dicho que no hay ofertas, en realidad los usó como si fueran oficiales y les dio un manejo político favorable a él en la información difundida en sus espacios noticiosos.

No hay olvidar que la propaganda es una simple herramienta. Y que, como toda herramienta, puede ser usada bien o puede ser usada mal, según las intenciones de quien la porte.

Como dice Virginia Beadoux en el libro La propaganda gubernamental, “la función histórica de la propaganda ha sido alimentar el miedo, el odio y la ignorancia; pero cuando está guiada por buenas intenciones también tiene el potencial positivo de servir a fines constructivos, pacíficos e informativos”.

La comunicación social es decisiva para una sociedad. Lo saben los grandes medios privados, en especial los llamados “de referencia”, cuya línea editorial ha sido abiertamente contraria a la línea política del gobierno.

Pero lo saben también quienes manejan, desde el círculo más alto del régimen, todos los medios que no son públicos sino gobiernistas, aunque es necesario recordar que cuando se les incautó a los exbanqueros Isaías, con sobra de razones por la deuda que hasta ahora no pagan al Estado y los ciudadanos que confiaron en ellos, se prometió en voz alta que dichos medios se venderían o (en un gran sueño que luego se esfumó) serían propiedad de los propios empleados y  trabajadores en calidad de accionistas.

La propia constitución lo dice y es una deuda que el actual gobierno nos quedará debiendo. Solamente existen tres tipos de medios: los privados (33% de frecuencias), los públicos (33%) de frecuencias, y los comunitarios (34% de frecuencias).

La Carta Magna no habla de medios “oficialistas” ni gubernamentales”. Y eso es lo que son los medios actuales mal llamados públicos.

Porque un medio público se define por sí mismo como una herramienta manejada por los ciudadanos y desde los ciudadanos, según su manera de administrarlos tanto en sus finanzas como en sus contenidos.

Yo no creo en la neutralidad y, por tanto, cada medio, sea del carácter que fuere, tomará su camino ideológico, político y ciudadano. O al revés.

Pero no cabe, según la misma Constitución, que diez años después de asumido y ejercido el poder, el gobierno no haya podido efectivizar esa distribución democrática y plural de los medios.

La maestra Pilar Núñez, recientemente fallecida y de quien siempre admiraremos su claridad conceptual, abogaba siempre, desde los debates en Montecristi, porque el Estado configurara un sistema de comunicación social propio, coexistiendo con lo privado, lo público y lo comunitario, pero precisando que aquel sistema debe orientar sus contenidos hacia lo social, lo pedagógicamente colectivo, lo que rinda frutos cívicos, educativos, culturales, estéticos, patrióticos.

Pilar no pudo convencer a los integrantes de su mesa durante la elaboración del proyecto y muchos años después, apenas en el 2013, entró en vigencia una Ley de Comunicación en la que nunca hubo una socialización adecuada, en la que no se contó con el criterio de todos los actores de la comunicación.

Pilar diferenciaba muy bien lo que era libertad de expresión, libertad de prensa y abusos en los dos casos. Hoy me parece que nadie lo tiene claro.

Basta recordar que quienes presidían la comisión legislativa fueron dos personas absolutamente lejanas al periodismo pero muy cercanas al gobierno: Betty Carrillo y Mauro Andino.

Yo no estoy contra la Ley, porque –lo he dicho siempre- nos la merecíamos hace rato. Durante muchísimos años la prensa y los periodistas, consciente o inconscientemente, abusamos de nuestro supuesto “cuarto poder”, pusimos y botamos gobiernos, influimos para que el Estado se mueva a nuestro ritmo.

Estoy en contra de una ley con vacíos, con dedicatorias, con exceso de poder a los funcionarios de control, con imprecisiones, con ambigüedades, con generalidades, insensible ante la diaria realidad de los medios y los periodistas.

Estoy contra una ley que no promueve la transparencia, otro de los temas que se planteó en Montecristi pero que quedó en el aire: ¿no debería prohibirse que los medios dejen de llamarse a sí mismos “independientes” si en realidad tienen una línea política u otra? ¿El Telégrafo no debería decir que está con el Gobierno y Ecuavisa no debería decir que está con el candidato Guillermo Lasso?

Señores candidatos a la Presidencia y a la Asamblea: desde mi modesta condición de ciudadano, exijo que a necesidad de una Ley de Comunicación democrática, equilibrada, justa, precisa, cuya normativa no huela a dedicatoria sino a una Ley de verdad.

A una Ley que precise qué y cómo se define el linchamiento mediático. A una Ley que sirva para regular, no para controlar. A una Ley que no atemorice, sino que norme. A una Ley cuyos artículos no se puedan alterar al capricho del funcionario.

A una Ley que la cumplamos todos sin miedo, sin autocensura, con sentido ético no impuesto sino propio, conscientes de que periodística manejamos, metafóricamente, material explosivo para la sociedad.

¿En realidad sabemos los periodistas lo que es la realidad?

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Voy cerca de cumplir 25 años de hacer periodismo, pero siento que cada vez sé y conozco menos de lo que creía saber y conocer acerca del oficio.

Y aunque siempre he sostenido que uno de nuestros peores defectos en las redacciones es construir la agenda temática a espaldas de la realidad, por simple intuición, por vivencias personales o por lo que dicen los otros medios, ahora me invade la certeza de estar seguro de que es así.

En estos días me he preguntado, y creo que seguiré haciéndolo por algún tiempo, si en realidad los periodistas, que manejamos como materia prima la realidad, sabemos lo que ocurre en la realidad.

No es un juego de palabras.

Nosotros. los periodistas que trabajamos en un medio de comunicación, y mucho más quienes ejercemos funciones de timón de un barco que navega sobre aguas turbulentas, creemos entender la realidad pero cuando salimos a conocerla, a escucharla, a olfatearla, a sentirla, a vivirla, es tan distinta, tan extraña, tan sorprendente.

Por estos días he escuchado a grupos de personas de distintas condiciones económicas, sociales y culturales. Mirando a sus ojos. Tomando nota de lo que dicen. Aceptando sus críticas. Sorprendiéndome de lo que inteligentes que son las personas cuando se las atisba un poco más de lo convencional.

Estamos haciendo el ejercicio de simular que no estamos con ellas y que ellas hablan con entera libertad de lo que les parece nuestro periódico.

El efecto, los resultados, son asombrosos. Es como si uno se desnudara y pudiera (o debiera) hacerse una limpia con un shamán.

Sí, un shamán que borrara de mi memoria todos los conceptos equivocados en los que he creído, casi de manera ciega o fanática, como si fueran (y como si hubiesen) verdades inamovibles, dogmas, prejuicios, valores, contravalores, creencias, convicciones, certezas.

Suelo repetir siempre que mi lema de vida en el periodismo y en la existencia cotidiana es “lejos del poder, cerca de la gente”.

O suelo repetir, también, casi como de memoria, que el periodista deben cumplir los cinco mandamientos del reportero, según el señor K: ir, ver, sentir, comprender y contar.

Pero ahora, que de nuevo empiezo a ir, a ver, a sentir y a comprender, que de nuevo trato de ser parte de los anónimos, ser parte de los olvidados, ser parte de los discriminados, ser parte de los que de nada son parte, estoy seguro de que aún me falta caminar mucho para involucrarme y contagiarme de la gente para tener el derecho a escribir sobre la gente.

Así que, a caminar.

Retos de la izquierda para el futuro

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Juan Torres López

La coyuntura que vivimos es el resultado de una confluencia de circunstancias excepcional que ha dado lugar a una expectativa grande (y me atrevería a decir que inevitable) de cambio político.

Por un lado, es el resultado de una crisis que esta vez ha dejado ver con toda claridad (como quizá no había sucedido nunca antes) la naturaleza corrupta y fraudulenta del capitalismo, lo que ha permitido que las respuestas a los problemas económicos planteados hayan tenido una componente antisistémica inevitable y más potente y nítida que nunca antes (aunque, por eso, también las defensas del sistema han debido reforzarse de modo extraordinario).

Eso ha explicado que los movimientos de indignación y la movilización en general hayan sido muy fuertes, extendidos y plurales.

Por otra parte, esa crisis económica muy profunda ha coincidido con otra también muy grave de la institucionalidad que ha puesto en cuestión el statu quo en materias tan relevantes como el Estado de las autonomías, la monarquía, los partidos políticos, los pactos entre las oligarquías y nacionalismos centrales y periféricos, o incluso la naturaleza de nuestra relación con el marco europeo, entre otras.

El desaprecio y rechazo institucional que ha producido esta segunda crisis (sobre todo por la corrupción generalizada que la acompaña) ha reforzado la indignación generada por la anterior, ha debilitado la capacidad de maniobra y de respuesta de las fuerzas del sistema ante ambas crisis y ha obligado a que la respuesta a la crisis institucional también haya debido tener componentes (al menos discursivos) forzosamente situados fuera del marco hasta ahora habitual (horizonte constituyente, República, planteamientos federalistas de diverso tipo, formas o estilos de la democracia, pertenencia al euro o incluso a Europa…).

Ambas circunstancias o crisis (o, mejor dicho, su coincidencia) son las que han permitido o provocado que la respuesta social y política haya sido, e incluso todavía esté siendo, de una fortaleza también inusual que se ha manifestado en lo que, solo para entendernos, podríamos denominar como el fenómeno “Podemos”.

Por primera vez desde el final de la dictadura ha habido un sujeto político nacido de una movilización social específicamente puesta enfrente de la institucionalidad dominante y claramente dispuesta a actuar sin voluntad de ser parte del aparato de dominio social (algo que, en cuanto dejó de ser indisimulado, provocó lógicamente una respuesta también inusualmente contundente por parte del sistema).

Por primera vez, tenía presencia política decisiva quien expresamente deseaba hacer y hacía política extramuros y quien, a poco que tirase del hilo de la crisis económica, se encontraría inevitablemente en posiciones antisistema (ni siquiera por voluntad propia, sino porque la crisis es sistémica).

Sin embargo, el impresionante impulso con que se fue manifestando y desarrollando ese proceso de irrupción política no solo de un nuevo sujeto, sino también (y eso era igual de importante) de un nuevo movimiento social, de un nuevo ecosistema de la política, de un nuevo lenguaje y de una nueva “georreferencia” de las alianzas, ha entrado en barrena desde hace algún tiempo.

Y me temo que pueda ocurrir que la llamada Gran Recesión termine, desde el punto de vista de la respuesta social, en la Gran Frustración o la Gran Decepción (francamente, me siento ahora incapaz de decidirme por un término o por otro, quizá, porque en el fondo creo que deberían utilizarse los dos).

En este contexto, el debate que suelo percibir sobre lo que ha ocurrido y sobre lo que podría ser que ya haya empezado a suceder me parece bastante elemental, por no decir que simplista.

Básicamente se centra en discutir si la izquierda debe darle prioridad al trabajo institucional o al de “la calle”, si la batalla electoral es central o no, si hay que ser más o menos “radicales” en el sentido de subrayar o verbalizar con mayor énfasis el carácter antisistema de los proyectos políticos, si éstos deben revestirse de un barniz claramente de izquierdas o si deben presentarse como algo “transversal” y susceptible de ser asumido por sectores sociales tradicionalmente alejados de estos planteamientos o, incluso (como ocurre cuando escribo estas líneas), si el problema es “el tono” más o menos fuerte del discurso de los líderes.

Es posible que esté simplificando la situación, los términos del debate y la naturaleza de los discursos que se hacen. Pero, lo que quiero señalar es que me parece que (al menos con carácter general) no se está entrando a plantear y resolver lo que a mi juicio son grandes patologías que vienen afectando desde hace decenios a las izquierdas y que, a mi modo de ver, son las responsables de que sus proyectos políticos o experiencias de gobierno sigan estando abocados o a fracasar o a traicionar.

Como el espacio de esta aportación es muy reducido, me limito a presentar, de la manera más resumida posible y siempre en términos generales (sabiendo que hay excepciones a lo que señalo), las que me parecen más importantes y las que creo que en mayor medida influyen en el desinflamiento de la izquierda a la hora de dar respuesta a una situación de crisis generalizada que en principio era muy favorable para que de ella viniese el impulso y la orientación del cambio.

En primer lugar, me parece que las izquierdas siguen generalmente atadas a un concepto del progreso y la transformación social decimonónico que carece del componente más importante que puede y debe tener cualquier estrategia de cambio social que tenga al ser humano como eje central: el humanismo. Tengo la impresión de que las izquierdas actúan guiadas por una percepción mecanicista de la historia que hace creer que los cambios se producen simplemente operando sobre las grandes piezas o agregados abstractos de la vida social.

La principal consecuencia de ello es que las izquierdas no han aprendido a convivir con los seres humanos en su realidad cotidiana como personas ni a congraciarse con su diversidad. A las izquierdas todavía parece que les cuesta mucho trabajo entender que, aunque es evidente que existen clases y grupos sociales específicos y con características o incluso intereses objetivos comunes, los protagonistas reales de la vida y el cambio social son los seres humanos (ojo, no como individuos sino como seres sociales). De ahí que siga siendo proverbial su incapacidad para afrontar en paz y con eficacia el diálogo con la sociedad, y no solo con la más distante sino con la más próxima, con ella misma. Y de ahí el cainismo tan generalizado y presente.

Me temo que las izquierdas siguen sin ser capaces o sin tener deseo de ser amables, de ser humanas, y que carecen de prójimos.

Hicieron suyas las banderas de la libertad y la igualdad pero dejaron a un lado la fraternidad. Y así es muy difícil que se hagan querer por quienes no compartan su credo o los postulados de su exclusiva razón (o incluso por quienes los comparten).

En segundo lugar, también tengo la impresión de que las izquierdas siguen teniendo una percepción fragmentada o incluso dicotómica de la realidad y de la acción social y que sus planteamientos carecen del sentido de la complejidad que es imprescindible para reconocer la realidad tal cual es.

La supuesta disyuntiva entre lo institucional y la calle, o entre la reforma y la revolución son buenos ejemplos de ellos.

Quizá todo eso tenga mucho que ver con el hecho de que las izquierdas no han sabido crear un espacio de creación intelectual, de pensamiento y reflexión compartidos, de elaboración colectiva, de donde salga combustible cognitivo para la acción social y una especie de lengua franca a la hora de hacerle propuestas a la sociedad.

Una de las consecuencias más paralizantes de esta carencia es la baja formación, la escasa cualificación y la poca preparación de quienes deberían ser mediadores o creadores de una nueva realidad y de efectos letales que no creo que sea necesario subrayar.

En tercer lugar, me parece evidente que las izquierdas siguen limitándose generalmente a ofrecer a la sociedad proyectos de futuro que solo se pueden asumir o no como se asumen las creencias religiosas, mediante actos de fe. Las izquierdas no han sabido “anticipar” el futuro que pregonan construyendo ahora experiencias de vida y organización social que de algún modo permitan visualizar el modo de vivir futuro y diferente que ofrecen a los demás.

Y me parece particularmente grave y paralizante que la izquierda más radical haya despreciado e incluso demonizado el reformismo que permite hacer cosas y vivir experiencias, y no solo hablar de ellas, que demuestra a la sociedad que las cosas pueden cambiar y, sobre todo, que permite que las personas se empoderen cuando comprueban que pueden construir otro mundo por sí mismas. Es normal que a la gente le cueste creer que quien es incapaz de transformar una minúscula parte sea capaz de transformar el todo.

En cuarto lugar, las izquierdas todavía llevan sus espaldas el lastre tremendo que supone haber renunciado en su día a hacer suyos los ideales de la democracia y los derechos humanos dejando en otras manos los mejores escudos sociales frente a las crisis y el sufrimiento que provoca el capitalismo.

Finalmente, las izquierdas siguen siendo profunda y lamentablemente masculinas y completamente desentendidas del cuidado y del cariño como prácticas básicas de la vida (y, por tanto, de la política).

En suma, creo que, más allá de respuestas coyunturalistas, a la izquierda le hace falta pensar colectivamente antes de actuar, dialogar entre sí y con la sociedad en su conjunto con fraternidad, anticipar el futuro y poner en marcha experiencias de producción, consumo y de relación social novedosas, hacerse femenina y convertir la política en una dimensión más del cuidado, y entender que los cambios sociales no son una operación mecánica sino la obra de seres humanos muy diferentes, con intereses contradictorios y no siempre compatibles. Y ni siquiera así será fácil.

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Juan Torres López es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla.

 

¿Se desvanece la izquierda en América Latina?

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No fue un día de fiesta para la izquierda de América Latina. El domingo 2 de este mes, Colombia rechazó un acuerdo de paz con la guerrilla y así le otorgó una gran victoria Álvaro Uribe Vélez, el expresidente conservador que hizo una apasionada campaña en contra de las negociaciones. Ese mismo día, los votantes de Brasil le propinaron una monumental derrota al Partido de los Trabajadores (PT), movimiento de izquierda que hasta hace poco gobernó ese país, dejándolo por el piso en las elecciones municipales.

Se trató de una señal más del cambio hacia la derecha en América Latina. En menos de un año, los votantes se opusieron al movimiento de izquierda en Argentina al elegir a Mauricio Macri; escogieron aPedro Pablo Kuczynski, un antiguo inversionista bancario, como presidente de Perú, y los legisladores brasileños destituyeron a la líder de la izquierda en Brasil.

“Para decirlo de manera simple, los conservadores están al alza en América Latina”, afirmó Matías Spektor, profesor de relaciones internacionales de la Fundação Getúlio Vargas.

Muchos factores alimentan esta tendencia. La aguda caída en los precios de los bienes y recursos naturales ha erosionado el crecimiento económico de América Latina y el gran apoyo que los gobiernos de izquierda tuvieron durante la bonanza económica.

El peso de las iglesias cristianas evangélicas se está agrandando, junto con su confrontación a las políticas socialistas liberales y su encauzamiento de la profunda insatisfacción con la situación reinante.

En un país tras otro, los resultados son los mismos: los líderes que adoptan políticas a favor del mercado eclipsan a los izquierdistas que ejercieron el poder en el continente durante toda la década anterior.

Los poderosos expresidentes de izquierda como Luiz Inácio “Lula” da Silva de Brasil y Cristina Fernández de Kirchner de Argentina hoy enfrentan investigaciones por corrupción.

El presidente de Perú, Pedro Pablo Kuczynski, un antiguo inversionista bancario, tuvo que pactar con la izquierda para vencer a Keiko Fujimori, la hija del expresidente Alberto Fujimori.

Sin embargo, los analistas políticos advierten que esta tendencia no necesariamente implica un rechazo generalizado a las políticas implementadas por esos gobiernos de izquierda. Por ejemplo, Michel Temer y Mauricio Macri, los líderes de Brasil y Argentina, han expresado su apoyo para mantener los programas populares contra la pobreza.

El presidente de Perú, Pedro Pablo Kuczynski, tuvo que pactar con la izquierda para vencer a su rival, Keiko Fujimori, la hija de Alberto Fujimori, el expresidente peruano que se encuentra encarcelado.

De manera similar, el voto de Colombia sobre el acuerdo de paz ofreció un ejemplo de cómo la política se está volviendo impredecible en algunas partes de América Latina. Los líderes de la región, provenientes de una gran variedad de extracciones ideológicas, habían respaldado el acuerdo entre el presidente Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc).

Los colombianos rechazaron el acuerdo, en gran medida, porque pensaban que era muy indulgente con las Farc y permitía que la mayoría de los combatientes quedaran sin castigo. Sin embargo, el resultado también mostró que los votantes estaban dispuestos a rechazar lo que les ofrecía la institución política.

“Que los votantes desafíen el statu quo no es exclusivo de Colombia”, dijo Michael Shifter, presidente de Inter-American Dialogue, un grupo de análisis político con sede en Washington. “Concuerda con un patrón que puede verse en Argentina, Brasil, Venezuela, México y otros países”.

Los dirigentes latinoamericanos le están poniendo mucha atención al ánimo cambiante de sus países. En Chile, la presidenta Michelle Bachelet regresó al poder en 2013 por un amplio margen gracias a sus promesas de reducción de la desigualdad.

Sin embargo, Bachelet cambió el rumbo debido a la recesión económica y a un escándalo de corrupción en el que está involucrada su familia, y nombró a un ministro de Finanzas que es muy respetado en el mundo de los negocios.

El presupuesto de su gobierno para 2017 da prioridad a la tradición chilena de prudencia fiscal y detiene el paquete de estímulos.

En Brasil, un país de 206 millones de habitantes —la mitad de la población de América del Sur— el cambio hacia la derecha se produjo en medio de una atmósfera de creciente discordia política.

Los defensores de la presidenta destituida, Dilma Rousseff, sostienen que su expulsión fue el equivalente a un golpe de Estado, una opinión que ha pesado sobre la legitimidad de Temer, su anterior vicepresidente, que se rebeló contra ella.

Los candidatos del Movimiento Democrático Brasileño, su partido político, también sufrieron una rotunda derrota en las recientes elecciones municipales de las principales ciudades de Brasil.

En cambio, el Partido de la Social Democracia Brasileña, que se originó como oposición a la dictadura militar antes de convertirse en el grupo conservador que ahora sustenta la coalición de Temer, ganó ampliamente en los comicios municipales.

Un miembro del partido, João Doria, antiguo presentador de un reality show que incluía despedir a los participantes al aire, logró la victoria en la alcaldía de São Paulo, la ciudad más grande de Brasil.

Algunas personas de esta región perciben un paralelo con el voto por el brexit, mediante el cual el Reino Unido eligió separarse de la Unión Europea, o con la posibilidad de que Donald Trump, quien también era la estrella de un reality show en el que despedía a los concursantes, gane la elección presidencial de Estados Unidos.

El voto en Colombia reflejó un cambio “del realismo mágico al realismo trágico”, publicó el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince en Twitter, haciendo alusión a los mitos narrativos de autores latinoamericanos como Gabriel García Márquez. “Solo falta que gane Trump”.

Colombia, desde hace tiempo, no permite explicaciones simples sobre su política.

Siendo un aliado importante de Washington en América Latina, ese país ha sido tradicionalmente más conservador que algunos de sus vecinos, aunque las guerrillas de izquierda permanecieron durante décadas en las selvas.

Pese a esto, el viraje hacia la derecha ha perdido velocidad en algunas zonas de la región. Aunque la oposición ganó el control de la Asamblea Nacional de Venezuela este mismo año, el presidente Nicolás Maduro, ha conseguido aplazar un referendo para que deje el cargo a pesar de que la economía está en crisis.

En Bolivia, el gobierno de izquierda de Evo Morales ha recibido elogios por parte del Fondo Monetario Internacional debido a su manejo de la economía.

El Banco Central de Bolivia anunció en septiembre que esperaba que el producto interno bruto creciera cerca del cinco por ciento este año, lo que la ubicaría entre las economías latinoamericanas con un crecimiento más acelerado.

No obstante, en un reciente discurso salpicado de referencias a Marx y Lenin, el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera reconoció que la influencia de la izquierda en la región va en declive.

“Estamos ante un momento de inflexión histórica en América Latina. Algunos hablan de un retroceso”, dijo García Linera, estableciendo una comparación de la situación actual con periodos previos en los que se experimentó un resurgimiento conservador en América Latina. “Hay que ser muy cuidadosos. Aprender lo que aprendimos en los ochenta y los noventa, cuando todo complotaba contra nosotros”.

Mientras los líderes de izquierda en algunas partes de América Latina tratan de recomponerse, su dilema actual se parece al de los políticos conservadores que durante mucho tiempo lucharon por desbancar.

“Podemos ver en este cambio una variante del floreciente idilio de los países avanzados de Occidente con los movimientos antisistema”, escribió hace poco en un ensayo Mohamed A. El-Erian, consultor en jefe de economía de Allianz, el gigante alemán de los servicios financieros.

“Por ahora, los principales beneficiarios de las desilusiones económicas y sociales de la región son los partidos y agendas políticas de derecha”.

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Por Simón Romero, periodista del diario The New York Times