La encuesta mundial de la felicidad, según Gallup

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Marwane Pallas Gallup y la felicidad

Leonardo Parrini nos informaba ayer que, después de Paraguay y según la famosa encuestadora Gallup, Ecuador es el segundo país más feliz del mundo.

Gallup puede afirmar lo que quiera, pero decir que somos la segunda nación con mayor felicidad en la Tierra debe ser un truco publicitario o una broma pesada.

Uno se pregunta qué tipo de cuestionario y qué tipo de universo (número y clase de encuestados) utilizó Gallup para llegar a esa conclusión.

Imaginemos a quiénes y dónde preguntó: si en Guayaquil lo hizo en la isla Mocolí y en la zona más pudiente de Samborondón y en Quito lo hizo en la también zona más pudiente de Cumbayá, ciertos edificios de la zona de la avenida Eloy Alfaro y en el barrio Quito Tennis, podría creer a Gallup.

Esos ecuatorianos deben ser muy felices porque lo tienen todo: dinero, empresas, bancos (propios), los mejores servicios públicos, los mejores automóviles, en especial los gigantescos 4×4 casi tipo Hummer. (Aunque, nunca se sabe, hay gente que teniéndolo todo arrastra un hueco insondable en su corazón).

Pero, bueno, regresemos al tema del principio. De lo que conozco, en el Ecuador las encuestas, no solamente las políticas, se hacen con “universos” en Guayaquil y Quito.

Si la encuesta fue hecha así por Gallup, en principio diríamos que sí, que los ecuatorianos son (no digo somos) muy felices, aunque siempre con el estigma del complejo de inferioridad (¿recuerdan cuando en la escuela nos enseñaban que nuestro himno nacional es el más bonito del planeta pero después de La Marsellesa, o sea, había que ser francés para realmente enorgullecerse de cantar el mejor himno del mundo).

Ahora, si nos ponemos a pensar con mayor cuidado, la pregunta de fondo es acerca de lo que es la felicidad para Gallup y lo que es la felicidad para nosotros.

¿Cómo podría medir la famosa encuestadora mundial que hace media hora fui feliz porque almorcé con mi esposa y mientras comíamos tomábamos decisiones tan relevantes para nuestra relación y para nuestro futuro?

¿Cómo podría medir la famosa encuestadora -que, de paso, a mí ni a ninguno de los conocidos de mi entorno nos ha preguntado nunca nada- que hace diez horas me alegró muchísimo conocer que a un colega y amigo al que quiero mucho le han propuesto que dirija un medio privado en el cual -puedo asegurarlo- él hará historia por el cambio y la excelencia que pondrá al servicio de ese medio?

¿Cómo podría medir la famosa encuestadora algo más relevante que un sí o un no soy feliz sino por qué o qué o cuándo o en qué casos o en qué situaciones siento que emano felicidad a borbotones?

Imposible, también, que Gallup (a menos que sus diseñadores de encuestas sean unos arcángeles elegidos por Dios a propósito de la Semana Santa) alcance a trazar parámetros de felicidad que excluyan la infelicidad.

Tan relativo todo esto. Ser feliz. Ser infeliz. Cuándo. Cómo. Por qué. En qué momento somos diez sobre diez en felicidad o somos diez sobre diez en infelicidad. En qué momento somos cero en felicidad y diez en infelicidad. O al revés: diez en felicidad y cero en infelicidad.

Tan absurdo todo esto. Como si una encuestadora publicara que los ecuatorianos somos los más cariñosos. O los más solidarios. O los más pacientes. O los más sensatos. O los más responsables. O los más soñadores. Después de Paraguay, claro. Y después de La Marsellesa.

¿Se pueden medir los sentimientos? ¿Con qué herramienta? ¿Una regla de tres? ¿Un compás? ¿Un geolocalizador? ¿Un detector de mentiras o polígrafo? ¿Un estetoscopio sobre la zona cardiaca? ¿Una película de Cantinflas? ¿Una amenaza de Obama? ¿Determinado precio del barril de petróleo? ¿Cantidad de contrabando que alcanzas a traer de Ipiales o Pasto sin que te pillen en la frontera?

Puedes estar enamorado y eso implica ser feliz. Puedes no ser correspondido. Y eso implica ser infeliz.

Pero, ¿qué ocurre si aún no te enteras de que no existe esa correspondencia? Un arcángel o un fantasma llamado Gallup te detendrá en la calle o golpeará la puerta de la casa y te preguntará si eres feliz. Y tú dirás que sí. Y pasarás a integrar la columna de la izquierda donde se registra el sondeo.

Puedes tener un trabajo que te agrade y ganes un salario alto. Y eso implicaría ser feliz. Puedes estar a punto de que te despidan del empleo. Y eso implicaría ser infeliz. En ese caso, ¿cuánto de felicidad y cuánto de infelicidad existe dentro de ti?

Pero, ¿qué ocurre si aún no te enteras de que al final de este mes serás despedido? Un arcángel o un fantasma llamado Gallup te detendrá en la calle o golpeará la puerta de la oficina y te preguntará si eres feliz. Y tú dirás que sí. Y, como en el caso anterior, pasarás a integrar la columna de la izquierda donde se registra positivo el sondeo.

Apenas son dos casos de felices infelices. Dos que creen ser felices y están a punto de ser infelices.

O puede suceder lo contrario en esos dos mismos casos. Respondes “No” y resulta que la otra persona sí te corresponde (y eso te hace feliz) y que el empleo te durará hasta que te jubiles (lo que también te convierte en happy).

¿Tendrá Gallup alguna manera de rectificar su encuesta si suceden aquellas dos posibilidades de Sí?

¿Tendrá Gallup algún lugar adonde puedas acudir a solicitar que se cambie la respuesta que quedó consignada en la columna donde se sumaron los No?

Y si el estudio resulta así de confuso, ¿en realidad seremos los ecuatorianos los segundos más felices del mundo o los terceros o los primeros o los quién sabe en qué posición estemos ubicados en la encuesta más abstracta de la que se ha oído en estos tiempos?

Se me ocurre que lo mejor sería que nos pusieran en el último puesto. Así no nos quedaría duda que las cosas o situaciones más sencillas nos hacen avanzar, aunque sea de a poquito, en ese extraño mapa mundial elaborado por Gallup International Incorporated.

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Dibujo de Marwane Pallas

Doce ideas sobre los medios públicos y la democracia

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DDiArte I

1. El periodismo participativo es un fenómeno emergente que se produce desde la base hacia arriba. Así se amplía la democracia mediática.

2. El acercamiento a la gente transforma el rol tradicional del periodismo y crea una ética dinámica e igualitaria. Eso es un medio público.

3. “En una era en la que cualquiera puede ser reportero u opinar en las redes, el mundo se mueve en un periodismo de dos vías”. Jhon S. Brown

4.Si el periodismo de la gente emerge sin la ayuda de periodistas o de iniciativas de los medios, ¿qué sentido tiene la prensa tradicional?

5.La semilla desde la cual crece el periodismo público es el diálogo y la conversación, característicos también del periodismo democrático.

6.El periodismo participativo es un fenómeno emergente que se produce desde la base hacia arriba. Así se amplía la democracia mediática.

7.Los blogs refrescan las voces en el país y ayudan a la sociedad a entender y opinar sobre temas distintos a los de la prensa tradicional.

8.La semilla desde la cual crece el periodismo público es el diálogo y la conversación, característicos también del periodismo democrático.

9. “La gente común plantea poderosas ideas y las divulga en las redes sociales. Es el periodismo que será poderoso en este siglo”. Dan Gillmor

10. “En el futuro inmediato, la noticia on-line dará al lector el derecho a escoger solo los temas y fuentes que le interesen”. Negroponte

11. Propaganda e información se distinguen en que una interesa a la fuente y la otra al público. Recuérdalo cuando te envíen notas de prensa.

12. Las audiencias están modelando el futuro de las noticias y la información.

Tomado de “Nosotros, El Medio”.

¿Cuánto pueden el odio y la venganza y cuánto puede alcanzar la vida que fluye?

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Guerra I

Y si no puedes odiar, ¿qué harás con esa persona o esa institución o ese algo monstruoso que te atormenta, te ataca, te impide dormir tranquilo, te acosa, te mantiene en vilo, quisieras matarlo aunque sea en la imaginación para que ya no te mortifique?

Cuentas a tus amigos, a tus parientes, a la gente de confianza y cercanía y todos te aconsejan lo mismo: la revancha.

Odiar entonces cobra sentido: dejas de estar contra la pared, dejas de sentir que la pesadilla cotidiana podría desaparecer, dejar de obsesionarte con el miedo y asumes que la venganza borrará para siempre el objeto de tu odio.

Pero, ¿qué podrías hacer? ¿Matar? ¿Cómo?

 

Claro que existen muchas maneras de hacerlo, sin embargo, ¿tú cometiendo un crimen? ¿Tú segando la existencia de alguien? ¿Tú prendiendo fuego a una institución? ¿Tú ejerciendo el rol de dios y de satanás?

¿Tú planeando el momento, el lugar, la forma, el método, la manera de que nadie más se entere para quedar impune, inocente o como quieras llamar a esa condición post-criminal en la que decidiste convertir el futuro?

El odio te esclaviza. ¿Te has puesto a pensar en ello? El odio te encadena. El odio te centra en una fijación de la cual eres su esclavo, su siervo, su peón, su bestia de carga.

Así que míralo del otro lado: no puedes, no quieres odiar. No puedes envilecer tu espíritu. No puedes envenenar tu conciencia. No puedes (en realidad, no quieres, no le encuentras razón) ejercer la revancha.

La vida es como un boomerang (me gusta escribirlo así, no búmeran) y tiene sus complejos e incomprensibles mecanismos de compensar, de devolver, de castigar, de hacerte ver que el objeto de lo que debería ser tu odio cae solo, se embarra en su lodo, se hunde en sus miserias humanas, se enreda y cae en sus propias trampas.

Odiar, entonces, no tiene sentido. Déjalo ahí. El boomerang siempre vuelve solo al lugar de donde lo lanzaron tu enemigo o quienes te hicieron daño.

Lo lanzaron contra ti, es cierto, y es probable que te haya golpeado muy fuerte, pero vuelve, siempre vuelve. Es su sino, es su esencia, es su razón de ser.

Porque si odias y actúas en función de ese odio habrás arrojado tu propio boomerang no en contra de nadie sino contra ti.
Y te volverás un esclavo, siervo, peón, bestia de carga del arma que disparaste.

El arma que volverá un día cualquiera, cuando menos lo esperes.

Y tu odio al otro o a los otros se volverá odio a ti mismo: serás tu propia fantasma, tu propia sombra que cobre formas y te alucine con lo que más detestas. Serás tu propia condena, tu propio carcelero, tu propio guardaespaldas.

Pero me cuentas que no puedes odiar. Y eso es bueno.

Nunca serás capaz, por tanto, de construir un boomerang y arrojarlo con toda la fuerza contra quien arruinó parte, algo, un pedazo tan esencial de tu vida.

Así que es bueno que sonrías. Hazlo.

“La vida solita se encarga”, decía tu abuela Mercedes.

Y Mercedes, que sufrió mucho desde que se quedó viuda muy joven porque alguien asesinó a su esposo para apropiarse de sus tierras, dejó que todo fluyera.

Y Mercedes murió en paz.

Nunca fabricó ni envió ni arrojó con rabia una maldición o, peor, un arma o un boomerang contra nadie.

Nunca pudo odiar.

Feliz. Serena. Pobre. Con lo justo para habitar la Tierra. Sin rencores.

Murió sin jamás mirar con miedo hacia el cielo o hacia atrás.

 

De soledades, solidaridades y dignidades…

Guenter Knop I

Se llama Soraya, tiene una edad indescifrable y secreta (¿45?, ¿50?, ¿55?), es soltera (jamás habla de novios posibles o reales y el amor de pareja es un secreto o un desierto), es huérfana de madre -un tema del cual prefiere no hablar-, tiene dos hermanas en España y otra en EE.UU., migrantes forzadas por el devastador asalto bancario privado y la crisis económica que pauperizó más a los pobres y la clase media en los años 90.

Vive con su padre, Clemente, en la ciudadela Santiago, en el sur de Quito. Y sufre en silencio por dejar solo cada mañana a ese hombre de más de ocho décadas.
Todas las mañanas, de lunes a viernes, madruga para bañarse, arreglar la casa, vestirse, maquillarse. Salir.

Desayuna, cruza la ciudad a esa hora siempre gris y fría, en buses de 25 centavos la tarifa y donde parece que no cabe un pasajero más, pero el chofer, ambicioso y estresado, detiene el vehículo en cada esquina o en la mitad de cualquier calle para que suba alguien y busque espacio en esa suerte de atestada ratonera.

Una hora y media después la ciudad es otra. Calles amplias. Limpias. Edificios con guardianía. Veredas con árboles.

Mientras sube la enpinada cuesta, observa enormes y flamantes complejos de departamentos con spa, gimnasio, piscina, sala de cine y teatro, lavanderías y espacios verdes comunales, autos gigantescos 4×4.

Sube a pie unas cinco cuadras, llega a un antiguo edificio del norte y asume su rol de empleada doméstica a medio tiempo. O cuarto de tiempo.

En menos de tres horas lo hace todo. Prepara el desayuno. Empieza a cocinar. Recoge la ropa sucia. La pone en la lavadora. Deja servido el desayuno. Sigue cocinando. Pasa la ropa de la lavadora a la secadora. Tiende la cama de la habitación. Seca el piso del baño luego de que la pareja que vive alli se ha duchado. Limpia. Barre. Pasa un trapo por los muebles. Disfruta de su labor. Ríe cuando Él hace una broma. Cuida que Ella coma todo lo que le prepara.

Son las 11 de la mañana. Se cambia de ropa y sale en busca de la calle y del bus y vuelve a cometer la hora y media que le toca cruzar la ciudad hasta su casa.

Llega. Verifica que su padre haya tomado las medicinas y se haya colocado los audífonos contra la sordera. Es parte de su destino, cree ella, convencida de que es su responsabilidad mayor con la Virgen María y con Diosito.

Juega cinco o diez minutos con su perra Muñeca, una pequeña y larga gipsú de dos años de edad. Va a la cocina y prepara el almuerzo para ella y Muñeca.

Don Clemente come en un minirestaurante junto a la casa, porque el almuerzo para él es a las 12 en punto, ni un minuto más ni uno menos.

Son las dos de la tarde y Soraya se recuesta en su pequeña cama de una plaza y hace una llamada a un sobrino desde su pequeño celular de última generación.

Aunque aún no entiende algunas “apps”, le fascina el nuevo teléfono, regalado por sus ¿jefes? (¿cómo era posible que antes se les debía decir “patrones” a ellos y “criada” o “muchacha” a gente como ella?).

Repasa su vida actual. Gana un salario más alto que el de muchas otras empleadas que conoce. Está afiliada al Seguro Social. Se pregunta por qué. No entiende si eso se llama suerte. O trabajo eficiente. O casualidad.

Se levanta y se mira en el espejo. ¿Es ella misma? ¿Es ella misma la que hoy tiene dinero guardado en el fondo de un armario, dinero que le sirve para tener la libertad (sí, ¿por qué no llamarlo libertad?) para salir más tarde al Centro Comercial del Sur y comprarse una blusa, un saco, un par de zapatos número 32, un kit de maquillaje, un edredón, algún antojo de dulce, la comida de la semana.

Cuida que su aspecto siempre sea impecable, en casa y afuera. Cuida de alimentarse bien. ¿Ella, alimentándose bien? ¿Cuándo podía hablar de eso antes? ¿Hacer eso?
Quizás porque hay algo o alguien (¿ella misma? Sí, ella misma) que le ha hecho entender que la dignidad es el valor humano más importante de su existencia solitaria y solidaria.

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fotografía de Guinter Knop

De cómo multiplicar tu pan

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Arkadiusz Branicki

Dejar que se marche o pedirle que se vaya de tu vida a una persona que supuesta o realmente te quiso o te quiere es un acto de valentía.

Y es un acto de reflexión.

Y es, sobre todo, un acto de libertad.

Ahora que se ha ido eres -o te sientes- un solo pan.

Y podrías llegar a creer que eres un solo pan en apariencia estéril, no fecundo, no nutritivo, un pan para guardar las apariencias ante tu estómago. Inútil. Imposible de multiplicarse.

Pero mantenerte junto a una persona que te hace daño, que te contagia de sus basuras mentales, es un acto de autoencadenamiento.

Es voluntad de sufrir, como si estuvieras en esta vida para atormentar tu cotidianidad.

Es cobardía para cortar lazos que se vuelven nudos.

Es rendirte frente al prejuicio social que esconde peores crisis, situaciones o estados de vida que la que tú crees atravesar y que la que tú crees debiera ser objeto de vergüenza.

Es subestimar tu capacidad de reconstruir la existencia.

Es no mirarte al espejo y valorar el inmenso caudal de maravillas que tienes dentro.

Porque las tienes, ¿verdad?

Porque eres un ser humano único, ¿o no?

Porque has sido capaz de diseñar tu futuro y caminas en esa dirección, ¿o no?

Porque el amor solo tiene sentido si es una construcción de dos, no de uno. Si es solidario. Si es tierno. Si es una mano que te levanta cuando estás en el piso. Si es la palabra que te da alas.

Porque la atracción física o sexual no es suficiente para hablar de amor.

Porque estar junto a quien te vacía de sentidos es ser tu propio inquisidor.

Dejar que se marche o pedirle que se vaya a una persona que supuesta o realmente te quiso o te quiere es un acto de valentía.

Y es un acto de reflexión.

Y es, sobre todo, un acto de suprema libertad.

Porque esa libertad deberás administrarla solo tú.

Y en ese singular ejercicio de libertad individual lo más probable es que aparezca alguien con la misma determinación para ejercer su libertad individual.

Y entonces, si así lo decides, ya no serás una.

Serás dos.

Y te multiplicarás. Y le multiplicarás.

O, simplemente, te multiplicarás tú.

Como la parábola.

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Fotoarte de Arkadiusz Branicki

Los dioses del ahora

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Manus StarlinPrometemos demasiado.

Somos demagogos, como los políticos que decimos aborrecer.

Decimos “yo te ayudo, hermano”, con demasiada frecuencia.

Repetimos mecánicamente “ya sabes que cuentas conmigo siempre”.

Ponemos el dedo índice de una mano y a cierta distancia de la otra persona le auguramos que “apenas sepa algo, seguro que te aviso”.

Pero nada de eso suele ocurrir, con pocas excepciones.

La mayoría de nosotros piensa en sí misma, no en los demás.

En cuidar el puesto de trabajo.

En no compartir los contactos.

En decir “qué pena la situación de tal persona” y quedarnos quietos.

El egoísmo y el culto a la individualidad son los dioses del ahora.

A ellos veneramos, aunque lo neguemos.

A ellos les entregamos ofrendas, como si fueran milagrosos.

A ellos elevamos altares secretos en nuestro corazón.

Y nos consumimos en nosotros mismos.

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Ilustración de Manus Starlin

La insensibilidad de las personas altamente sensibles

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Diego Dayer I

Cuando publico textos o temas que no son políticos o poéticos siento que a pocos les importa lo que subo a mis redes sociales.
No me duele porque quiera acumular lectores ni nada de eso, sino porque llego a concluir que estamos un poco enfermos: tan politizados, partidizados, militanterizados, ideologizados, fanatizados, que solo nos importa hablar de lo mismo y lo mismo y lo mismo y lo mismo, muchas veces en contra de alguien o de algo y pocas veces a favor de alguien o de algo en el sentido de no lanzar veneno sino agua fresca para contagiar de transparencia y limpieza el debate nacional.
Mi decepción ocurre porque en el post anterior publiqué un asunto humano tan relevante como el del hombre injustamente detenido 39 años, en EE.UU., que sale sin ningún rencor contra quien lo acusó sin fundamento.
Y pienso si alguno de nosotros sería capaz de no sentir rencor por la persona que con un testimonio perverso y malicioso e infundado nos quitó la vida al enviarnos a la cárcel durante tres cuartos de nuestra existencia?
Creo que sobre estos temas también deberíamos hablar, conversar, dialogar, debatir, polemizar, pensar.
Incluso si el lector de este post no está de acuerdo y quiere mantenerse altamente politizado, hasta podríamos conversar de dos grandes referentes como Mandela o Mujica, que salieron de la cárcel inocentes y no vengativos ni viles, sin deseos de revancha sino de paz, luego de pasar tras las rejas tantos años y luego de inhumanas torturas y terribles calamidades personales.
¿Seríamos capaces? Me pregunto de nuevo.
¿No saldríamos a matar a quien nos hizo semejante daño?
¿Soportaríamos tanto dolor por una mentira?
¿No nos colgaríamos una noche de depresión con el cinturón de nuestros pantalones para morir y no continuar sufriendo por una infamia?
¿No moriríamos de nostalgia por nuestros seres más amados (la esposa-compañera), la familia, los amigos entrañables, el simple caminar por la calle, la sencilla decisión de tomarse un café en algún lugar, el ejercicio más elemental de la libertad que es respirar el aire de un espacio verde?
¿Somos indiferentes a otras realidades humanas? 

¿No estamos dejando de ser nosotros para ser un no-nosotros, para ser como quienes criticamos, aborrecemos, subestimamos, atacamos?

No estamos siendo insensibles a otras cosas que no sean lo inmediato, lo cercano, lo que más nos irrita o nos afecta ideológicamente o partidariamente?

¿No estamos perdiendo la perspectiva sobre esos heroísmos gigantescos de seres humanos ocultos en la existencia cotidiana?

¿No?

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Ilustración de Diego Dayer

La reacción de un hombre injustamente preso 39 años

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Introducción de Renato Satta

“Creo que mucha gente quiere que yo odie a esa persona y lleve odio hacia él”.

Conoce a Ricky Jackson. Su condena por asesinato en 1975 se basó en el testimonio de un niño de 12 años de edad.

Jackson estuvo en la cárcel durante 39 años por un crimen que no cometió.

Mira su reacción cuando supo que quedaría en libertad.

La versión en You Tube

http://www.upsocl.com/diversidad/mira-como-reacciona-un-hombre-cuando-es-liberado-luego-de-pasar-39-anos-en-prision-por-un-crimen-que-no-cometio/

Reflexión de Rubén Darío Buitrón:

Es una gran lección para todos los seres humanos.

Un hombre injustamente condenado a cadena perpetua en Estados Unidos sale libre luego de 39 años en la cárcel, luego de que tras una larguísima batalla judicial sus abogados finalmente prueban que es inocente.

Ha perdido las tres cuartas partes de la vida, pero no odia a nadie.

No quiere revanchas.

Está consciente de que quien lo acusó, pese a que estuvo libre el mismo tiempo que él pasó encarcelado, 39 años, vivió con la conciencia intranquila y el espíritu encadenado. Vivió encarcelado y atormentado por su mentira. Y con eso es suficiente.

La lección es que la vida misma se encarga de pasar la factura a quienes te perjudican, te ponen trampas, te desplazan porque se sienten menos que tú, te ofenden, te calumnian, te hacen daño.

Ten la seguridad (yo lo he visto) que de una u otra manera, pagan su vileza.

Nunca lo hagas tú.

Siempre serás más grande y noble que la gente que te hizo o que te hace daño.

Eres un ser superior.

Carmen Aristegui, una piedra en el zapato del poder corrupto

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Aristegui, foto ITomado de Cuadernos Doble Raya, México

Por Wilbert Torre 

Hace unos años, en una de esas discusiones al final de una fiesta donde directivos y colaboradores de la revista Proceso lanzaban sentencias como si se tratara de cuchillos, Julio Scherer miró a los ojos a la célebre conductora de radio sentada en medio de todos y le dijo:

–Carmen, perdóneme, pero usted no es periodista.

Aristegui, recuerdan algunos de los presentes, se ofendió muchísimo.

Reportero nato que llevó a territorios temerarios el juego periodístico de entrar y salir no siempre ileso de los pantanos del poder, Scherer creía tal vez que sentada detrás de un micrófono, Carmen no hacía periodismo. La veía quizá como una comentarista crítica y aguda, pero no como una periodista de cuerpo entero, como era él, un sabueso de todas partes a la caza de información, un hombre que desayunaba, comía y cenaba periodismo puro.

Un tiempo después, en febrero de 2011, Aristegui soltaba al aire una bomba: “No es la primera vez que se habla del presunto alcoholismo del presidente Calderón”, dijo al dar cuenta de una pancarta desplegada en la Cámara de Diputados.

Lo que ocurrió es conocido por todos: Los Vargas, propietarios de MVS, echaron a Aristegui despertando la sospecha de que su despido era una orden de Los Pinos.

En medio del escándalo, entre algunos periodistas independientes ocurrieron acalorados debates. Se preguntaban si era ético lanzar al aire una pregunta sin que mediara una investigación y pruebas mínimas de lo que se cuestionaba.

Al sembrar la pregunta aquel día en su programa, Aristegui tuvo el cuidado de advertir que no era posible corroborar si Calderón tenía problemas de alcoholismo. Pero se trataba de un tema delicado –dijo– y era necesario saber si era cierto.

Unos días más tarde, el escándalo de su despido y los señalamientos de que detrás se encontraba la Presidencia, provocaron algo inaudito: que Aristegui fuera reinstalada.

Cuatro años después, sentados en una sala de MVS en una entrevista para la revista Gatopardo, le dije a Aristegui que a mi parecer existía una diferencia abismal en su forma de hacer periodismo, entre un golpe sin pruebas como la denuncia del alcoholismo de Calderón y la investigación impecable, rigurosa, atestada de elementos que la llevó a destapar el escándalo de la Casa Blanca de 7 millones de dólares propiedad de la familia del presidente Peña. ¿Qué has debido ajustar y corregir en tu trabajo? ¿Has sido injusta o inexacta? Le pregunté.

—No diría que me equivoqué en un asunto específico. No pretendo vanagloriarme de no tener equivocaciones. Si dije un dato por otro, no tengo problema en corregir. Sobre lo sucedido con el ex presidente Calderón y una investigación cabal como la de La Casa Blanca, yo diría que ambos tienen su peso y significado y de ninguno me arrepiento. En ambos me sostengo en lo dicho y en lo hecho.

—¿Por qué te pareció pertinente llevar la denuncia del alcoholismo de Calderón a la mesa?

—Se había presentado un suceso noticioso en la Cámara. Pero hubo un sobredimensionamiento por un berrinche presidencial. De no haber sido sobredimensionado por un presidente que se sintió ofendido por una pregunta, hubiera quedado como un comentario editorial entre tantos otros que se hacen en la radio y la televisión. El caso de Calderón tomó una dimensión extraordinaria por tratarse de una reacción desmedida del poder presidencial frente a una interrogante que no fue afirmación, de una periodista que consideró y sigue considerando pertinente preguntar.

—¿Fue un abuso de poder?

—Me parece que sí. Desde luego un abuso de poder, una acción absolutamente indebida de Calderón que generó una reacción muy importante en el auditorio porque creó un estado de cosas que permitió lo imposible de imaginar, mi regreso a la radio después de haber salido como salí. Ese hecho insólito fue posible entre otras cosas por la propia valoración de MVS de cómo habían sucedido las cosas, de un hecho específico con una dimensión pequeña, para mí, un comentario editorial sobre un hecho noticioso que se sobredimensionó y convirtió aquello en un gran conflicto entre la Presidencia y un grupo empresarial. Se me pedía una disculpa que no estaba dispuesta a dar porque no debía disculparme por algo que sigo considerando pertinente, que es preguntarle al poder lo que sea. Puede ser antipático, pero si un periodista no puede preguntar algo derivado de un suceso donde participaron legisladores, donde la situación provocó que se suspendiera la actividad del Congreso, pues entonces estamos en serios problemas. Se convirtió en un caso donde el poder político disgustado con la periodista exigió algo inadmisible que era que se arrodillara para satisfacer el enojo presidencial.

Aristegui no contó en esa entrevista que en años recientes emprendió una serie de ajustes y correctivos que le permitieron mejorar en mucho su tarea periodística.

De ser una entrevistadora nata y una periodista crítica que destapaba escándalos y se atrevía a preguntar lo que la mayoría de periodistas no preguntaban, aunque con frecuencia lo hiciera sin elementos, Aristegui se encontró en un tiempo relativamente breve presentando periodismo de investigación. Su programa adquirió mayor rigor y contenido.

La clave de esa mutación tiene un nombre: Daniel Lizárraga, un reportero veterano y reservado, de talante sereno.

Muchos años fuimos vecinos de escritorio en el periódico Reforma. Lo veía llegar muy serio, saludar con esa sonrisa tímida que se asoma en medio de sus anteojos y sentarse a la computadora para escribir un texto. Escribía dos líneas y las borraba. Escribía el primer párrafo y lo borraba. Escribía la mitad de su nota y la borraba. Así podía pasar el tiempo hasta que caía la noche y Roberto Zamarripa, subdirector del diario, nuestro jefe, bajaba a su lugar para apresurarlo.

Esa aparente inseguridad y su asistencia a talleres con prestigiados periodistas de investigación detonó en Lizárraga quizá la mayor de sus virtudes: el rigor. Releer diez veces un documento. Desconfiar de sí mismo. Saber dónde y cómo encontrar información. Verificar, verificar y verificar, un ejercicio casi inexistente en el periodismo mexicano.

***

Un día de mayo de 2013 cuando hacía las compras en la Comercial Mexicana de San Jerónimo, Rafael Cabrera, un reportero de 30 años, vio en la revista Hola un reportaje sobre la imponente casa de la familia Peña. La leyó y pensó: “aquí puede haber algo”.

Un año después Cabrera entró al equipo de investigaciones de MVS liderado por Lizárraga. Unos días más tarde ambos presentaron a Aristegui el proyecto de investigación de la casa de Las Lomas. “Carmen peló los ojos –recuerda Cabrera– y dijo: esto es una bomba atómica”.

Cabrera y otro joven reportero, Irving Huerta, emprendieron una investigación de 8 meses. El cerebro detrás fue Lizárraga, que iluminó y guió sus pasos pidiéndoles indagar y confirmar; solicitó información al gobierno, interpuso amparos para liberar documentos negados y como un capitán se echó el equipo y el asunto a los hombros.

A lo largo del proceso el equipo presentaba reportes a Aristegui, que insistía en la importancia de verificar dos veces todo y no dejar una sola rendija suelta por donde se pudiera desacreditar la investigación. Al final, cuando estuvo todo listo, Carmen se sentó ante la computadora y escribió los tres primeros párrafos de la historia que a propuesta de Lizárraga fue bautizada como La Casa Blanca del presidente Enrique Peña Nieto.

***

Creo que el ciclo de Aristegui en MVS –terminé de escribir este texto al anochecer del domingo– ha llegado a su fin y me parece que debe aceptarlo. No creo en la opción de mantener un espacio libre solo porque sí, en un sitio que la ha censurado y volverá a hacerlo, presionado y acorralado en buena medida por el gobierno. Y menos aún comparto esa posibilidad si Lizárraga y parte del equipo que daba contenido al programa, están fuera.

El argumento de Los Vargas de que Aristegui cometió abuso de confianza utilizando la marca MVS para suscribir la plataforma Mexicoleaks es legal, pero tramposo: Los Vargas saben que una condición irrenunciable de Aristegui es y ha sido siempre, ahí y en todos los espacios que ha ocupado, la independencia editorial para decidir qué asuntos investigar y presentar a la audiencia, cómo hacerlo y tomar otras decisiones. Así lo ha definido siempre y así se lo han aceptado.

Esta circunstancia abre una oportunidad para el periodismo y para los periodistas. Para que haya menos periodismo de denuncia y más periodismo de investigación.

–Carmen, perdóneme, pero usted no es periodista.

Dijo Scherer hace unos años y ahora es oportuno reflexionar sobre el polémico juicio formulado por el más polémico de los periodistas mexicanos.

¿Carmen Aristegui es periodista?

Se puede decir que Aristegui es más periodista que muchos que se dicen periodistas porque se codean con el poder, obtienen información privilegiada, reciben un trato privilegiado y hacen del periodismo un negocio. O se puede decir que no es periodista porque no hace periodismo en la concepción que se tiene del periodismo más clásico.

Creo que Scherer estaba en lo cierto –así la veía desde su propia definición de periodismo– pero estaba equivocado.

Aristegui no es quizá una periodista de cuerpo completo, una de esas que recorren un país y otro entrevistando personajes, reportando guerras, investigando y obteniendo documentos, escribiendo crónicas en sitios peligrosos, entrando y saliendo de las entrañas del poder para contarlo. Pero representa, en contraste, una concepción moderna del periodismo: lejos del poder y cerca de la sociedad.

¿Qué representa este episodio para el país y el periodismo?

El descubrimiento de que hoy más que nunca el periodismo debe ser un experimento donde se funden y complementen distintas características y habilidades, ante el acoso del poder para acallar el periodismo independiente.

¿Podría haber existido el gran reportaje de la Casa Blanca sin el trabajo de periodismo de investigación riguroso y de largo aliento de Lizárraga, Huerta y Cabrera?

No.

¿Podría haberse conocido el gran reportaje de la Casa Blanca sin la decisión de Aristegui de utilizar su espacio para detonar estos asuntos?

No.

¿Son más periodistas unos que otros?

No.

Son complementarios.

“El tema de la censura está ahí y el de la autocensura más”, me dijo Aristegui en la entrevista para Gatopardo. “Pese a la reforma en telecomunicaciones tenemos un sistema duopólico que no favorece el ejercicio libre del periodismo y las ideas. Ya veremos si la digitalización le da a México un modelo distinto”.

En estos momentos de definiciones para el periodismo me hago una pregunta capital:

¿Por qué Aristegui no se prepara para abrir cuando las condiciones se lo permitan su propio espacio radial, en vez de caer en un conflicto tras otro con empresarios que solo ven por sus intereses y no por el interés del país?

Es muy posible que en el momento de la lectura de este texto haya sucedido que Aristegui esté fuera una vez más de la radio o –altamente improbable– que MVS reinstale a Lizárraga y Huerta y retire el documento que impone condiciones a su trabajo, una carta abierta para censurarla.

Lo que suceda o haya sucedido con Aristegui representará algo clave: la voluntad del gobierno de Enrique Peña Nieto a aceptar o no el periodismo crítico e independiente y sus consecuencias.

Aristegui es con seguridad la más visible, pero no es la primera ni será la última periodista censurada en este país. Los medios están repletos de periodistas afines al poder y las calles llenas de periodistas cuya crítica e independencia les niegan espacios en la mayoría de medios

Periodistas como Daniel Lizárraga, director de orquesta en la investigación de la Casa Blanca, que todos los días, desde donde se encuentren, darán la batalla por cambiar y hacer de México un mejor país.

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Fotografía tomada del portal oaxaca.trespuntocero

Tres poemas solitarios para una noche de amor inquieto

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Y seguirás en mí como un poema escrito en el muro de una casa equivocada.

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Te requiero. Me requieres. Somos cada color de las ausencias nuestras.

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Hablo conmigo. Me alimento de mis vacíos. Me ilumino del error humano. Siembro en mi pecho cada aprendizaje. De los escombros de mis derrotas edifico sabidurías. Me declaro libre.

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