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Lejos de lo oscuro

Por Rubén Darío Buitrón

“Las personas se hacen cosas horribles las unas a las otras”, cuenta el fotógrafo de guerra estadounidense George Guthrie en el libro Night and Day, del periodista Tom Stoppard.

El texto trata sobre las experiencias de los corresponsales extranjeros en sus coberturas más difíciles y arriesgadas, pero las reflexiones que deja el libro se aplican a cualquier situación y coyuntura.

Aquellas cosas horribles que ven los reporteros tienen que ser contadas porque -como concluye el propio Guthrie- “no existe nada peor que el silencio”.

Una omisión permite que la oscuridad caiga sobre los hechos, los envuelva en sombras y los oculte para siempre.

Cuando en determinadas situaciones históricas se habla de que la prensa podría desaparecer -por circunstancias políticas, económicas o financieras, o por la competencia cibernética-, es esencial tomar en cuenta quiénes serán los afectados por la potencial ausencia de información noticiosa de calidad.

La sociedad depende de lo que le digan o no le digan los periodistas en los que confía.

Los ciudadanos toman decisiones con base en lo que les cuentan los medios y la incidencia de lo que les dicen los periodistas tiene que ver con un amplio abanico de posibilidades.

Una persona busca los medios de comunicación para conocer asuntos que van desde lo más simple (cómo tomar un bus para ir a determinada dirección, cómo hacer una gestión tributaria) hasta la más tenebrosa (cómo prepararse para una época de tortura, opresión e injusticia).

En palabras sencillas, tendríamos que concluir que los periodistas tenemos el deber de repartir luz sobre la nación, sobre nuestros lectores, sobre nuestro público.

Pero ese es, justamente, el cuestionamiento y la autocrítica que nos corresponde hacer para cumplir con nuestra principal obligación.

¿Repartir luz?

El desafío es gigantesco, porque demanda que los periodistas tengamos conciencia de que cada palabra que escribimos tiene un peso específico y que cada idea que exponemos puede ser la chispa que encienda la pólvora o el agua que calme la sed.

¿Cómo asegurarnos de que somos capaces de repartir luz o, por el contrario, cómo escapar de los engranajes de la enorme maquinaria que arroja sombras sobre la realidad?

Tenemos que asumir que los hechos desaparecen de la conciencia colectiva si no se publican y, por tanto, nuestra prioridad es contarlos.

Los testimonios que aparecen en Night and Day llevan a Tom Stoppard a una conclusión: los periodistas, además de ser útiles y dar servicio, deben escribir sobre asuntos duros o reveladores.

Y aunque esa narrativa sea incomprendida tanto por el poder como por la gente común, la sociedad la necesita para mantenerse lejos de lo oscuro.

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Fotógrafos freelance, el oficio olvidado por todos

Fotografía tomada del blog Scoopnest.com

Por Rubén Darío Buitrón

Cecilia (40 años) es fotógrafa freelance (autónoma o por cuenta propia) desde hace 16 años. Trabaja en revistas, periódicos, agencias internacionales, editoriales, libros especializados.

Un día, como parte de una cobertura que le pidiera una revista, terminaba su labor en la Plaza Grande y recibió un ataque que le produjo repugnancia, luego indignación y, finalmente, una desolación nunca antes sentida.

Un delincuente -no podemos llamarlo activista político- le arrojó al rostro heces fecales. Otro aprovechó la confusión de Cecilia para arrebatarle su equipo Nikkon.

El robo significó una pérdida de 4 000 dólares. Al día siguiente, Cecilia ya no podía aceptar ningún encargo periodístico porque no tenía con qué hacerlo.

Años antes, cuando tomó la decisión de ser freelance, estaba convencida de su opción.

Sentía la pasión por el oficio, pero como mujer deseaba controlar el tiempo personal: dedicarle tiempo a su matrimonio, tener un niño.

No se arrepintió. Consolidó la relación con su esposo (un cineasta), trabajó sin problemas durante su embarazo y cuando su niño cumplió un año volvió al oficio.

Hoy le preocupan dos cosas: el deterioro de la seguridad ciudadana (de la que ella fue víctima directa) y la falta de protección social a los periodistas, fotógrafos y camarógrafos free lance.

“Hay meses muy buenos, pero otros no te contrata nadie”, comenta Cecilia con desazón y desesperanza.

“Nosotros no estamos afiliados al Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social, porque hacerlo de forma voluntaria no rinde ni porque las empresas que nos contratan no quieren problemas laborales que podrían producirse”.

Martín (38 años) es otro fotoperiodista freelance.

Trabajó casi una década en un periódico ya desaparecido, donde aprendió mucho, pero un día decidió manejar él, y nadie más, su estrés y su vértigo cotidianos.

Ahora trabaja, por fuera, para una revista institucional y hace fotos para empresas, ministerios, medios privados y, de vez en cuando, agencias internacionales de noticias.

Martín vive ahora sentimientos encontrados.

Es más libre, tiene más tiempo para su vida personal, hace series gráficas de las cuales disfruta mucho, pero lleva sobre sus hombros la responsabilidad de un equipo de seis mil dólares que si le robaran no tendría ninguna posibilidad de recuperar.

Le encanta hacer reportajes y recuerda con alegría una cobertura en una escuela intercultural:

“Era emocionante estar en el recreo, seguido por 30 niños que me cogían el cuello y me abrazaban”.

Martín y Cecilia no recuerdan que los asambleístas que estuvieron a cargo de la Ley de Comunicación o los que ahora tienen en sus manos las reformas o la derogatoria de la Ley los hayan llamado a consultarles qué hacen, quién son, cómo insertarlos en un sistema hasta ahora excluyente y convencional.

Nadie les ha preguntado en qué condiciones laboran, cómo se las arreglan cuando se enferman, por qué el Seguro Social no cubre su actividad.

Martín siente miedo e indefensión frente a una estructura estatal que no atiende a quien está fuera de la institucionalidad.

Como Cecilia, como Martín, como muchos otros, los fotógrafos freelance sienten que trabajar en la calle, más allá de la pasión de la reportería, son la soledad y el desamparo absolutos.

Sábado, 8 de diciembre de 2018

Los periodistas defienden su diploma, pero no su oficio…

Por Rubén Darío Buitrón

Hace pocos días, el asambleísta que preside la comisión que analiza la Ley de Comunicación dijo que en el proyecto que dicha comisión debe presentar al pleno de la Asamblea Nacional se incluirá un artículo que permita ejercer el periodismo a todo ciudadano que desee hacerlo, sin necesidad de que haya estudiado y se haya graduado en esa carrera universitaria ni tenga el diploma.

Jorge Corozo, el asambleísta que expresó esta idea tan simple y sencilla, casi fue lapidado por gremios periodísticos, catedráticos universitarios, periodistas titulados (porque muchos no lo son) y estudiantes de la carrera.

En redes sociales, Corozo fue el blanco de todos los dardos envenenados. Y esta reacción, aunque subterránea, mostró la realidad histórica de lo que los periodistas titulados creen que son: un poder.

Un poder capaz de revertir una idea que, por lógica elemental, debería debatirse en la Asamblea. Pero no, son un poder que ni siquiera acepta la deliberación y el diálogo nacional en  torno a esta sugerencia.

Lo más grave, sin embargo, es que no salieron en defensa del oficio, sino de su cartón.

¿Portar el diploma de licenciados, magísteres o doctores en periodismo los convierte en periodistas, pero en periodistas de verdad, periodistas en serio, que aman su oficio, que hacen su trabajo con rigor y calidad, que aceptan su naturaleza humana, que pueden equivocarse, que quizás en determinada situación no son equilibrados ni justos, que realizan su tarea diaria sin cumplir las normas éticas básicas?

No escuché ni leí nada de estas reflexiones en las airadas protestas de los licenciados, los magísteres y los doctores (sí, aunque mis bloglectores no lo crean, alguna vez cierta universidad creó un doctorado ligero, liviano, fácil y cervecero, que cumplió su malla curricular durante una decena de fines de semana).

¿Qué defienden los periodistas titulados? Su poder. Y lo digo sin ambages. Hoy se exige el título para ejercer. Y esto podría estar bien si no fuera porque los periodistas titulados no entienden el profundo significado del concepto “ejercer la profesión”.

Los licenciados deberían haber estudiado en la universidad la contrastación, es decir, que en cualquier información que publiquen deben ir las versiones de todos los actores del hecho o del presunto hecho.

Los licenciados deberían saber que si un ministro les es antipático no tienen derecho a sugerirle al Presidente que despida al ministro.

Los licenciados deberían saber que la gramática es la herramienta fundamental para escribir con claridad y concisión, dos requisitos básicos para redactar un texto que no se convierta en un galimatías ni en un crucigrama.

Los licenciados deberían saber que no es moral enviar a una fuente un texto bajo la oculta amenaza de que si no responde a una acusación que alguien le hace, se publicará sin la versión de aquella fuente.

Los licenciados deberían saber que la jerarquización de las noticias no tiene que ver con sus gustos, aficiones, amistades, preferencias personales o simpatías ideológicas, sino que la noticia más relevante (y, por tanto, más desplegada, contextualizada, reflexionada, equilibrada) es aquella que toca de alguna o de muchas maneras a los ciudadanos, a la sociedad, al Estado.

Los licenciados deberían saber que nadie, en una sociedad democrática, tiene inmunidad para decir lo que se le antoje sin que esta actitud conlleve efectos directos sobre quien comete la irresponsabilidad de publicar noticias incompletas, distorsionadas o favorecedoras de intereses particulares.

¿Les enseñaron eso en la universidad? ¿En qué pensaban cuando recibieron el diploma de periodistas profesionales y lo fueron a colgar en el centro de la principal pared de la sala? ¿Están conscientes de que su rol en la sociedad es decisivo y, por tanto, de que deben prepararse todos los días, leer mucho, investigar todas las aristas de una denuncia, narrar una historia con calidad y excelencia y volver a leer mucho?

El ejemplo de la argentina Leila Guerriero, la periodista más notable de estos años, es, justamente, todo lo contrario de lo que defienden los licenciados en ciencias de la información.

A Leila le hacen muchas entrevistas y nunca falta la pregunta sobre cómo se hizo periodista y tiene la fama que tiene sin haber pisado nunca un aula de alguna facultad de periodismo de algún país en alguna época.

Leila responde así en una entrevista con el periódico argentino La Nación:

Creo que los periodistas que llevan más años en medios han tenido formas de ingresar muy diversas. Como editora sí estoy atenta, todo el tiempo, a encontrar: me gusta la idea de encontrar talentos en lugares extraños. Estoy buscando gente que escriba bien y, de pronto, descubro gente a la que le leo textos cortitos en un diario o un cuento que tiene tanto registro realista que, antes de proponerle alguna cosa, trato de ver si ha escrito algo de no ficción. Editores con ganas de encontrar gente, siempre hay. Pero, es verdad, se ha armado una cadena, una forma de acceder a los medios que tiene que ver con la academia: estudiar, hacer una pasantía en un diario y ya me quedo. Si no tenés eso es como si nadie te fuera a mirar nunca. La forma en la que empecé a trabajar, en 1991, ni siquiera en ese momento, era normal. No entrabas por estudiar periodismo porque la carrera estaba en la Universidad de Buenos Aires recién iniciando. No estaba tan aceitado el sistema de la pasantía, la maestría. La gente llegaba por contacto, tenían familia de periodistas… El mío es un caso bastante raro, pero es verdad: en aquella época había más escritores de ficción que se ganaban la vida haciendo periodismo. Como sabían escribir muy bien, porque eran escritores, un editor no tenía que lidiar con cuestiones de la redacción.

https://www.nacion.com/viva/cultura/entrevista-con-la-periodista-y-editora-leila-guerriero-la-escritura-se-aprende-leyendo/HSJQK6M7SFDTVK74QNXVAXF5IQ/story/

¿Queda claro lo que es un periodista, más allá (o más acá) de que tenga o no un título profesional en Comunicación Social?

¿Queda claro que a un periodista lo define la capacidad de autoformación, de talento y de pasión por el oficio? 

Con respeto a todos aquellos periodistas que se han graduado en la universidad y son periodistas en serio, la experiencia de haber trabajado en medios más de 25 años y de ser catedrático, tutor, docente y director de talleres me dice que no, que casi ninguno de los que estos días se indignaron tanto con el asambleísta Corozo no tienen claro de qué estamos hablando.

Quito, 6 de diciembre de 2018

Cómo armar un taller de narrativa periodística

Por Rubén Darío Buitrón*

EL CURSO

El curso está dirigido a periodistas que trabajan en el medio y que buscan contar historias, pero no saben cómo plasmar sus ideas.

OBJETIVO

1.Planificar y ejecutar clases de periodismo activo con bases teóricas que permitan a los estudiantes desempeñar mejor las prácticas.

2. El método pedagógico se realizará  con base en charlas y prácticas (reportería) donde los estudiantes aprendan o refuercen las técnicas básicas de reportería y escritura, para lo cual se harán ejercicios de campo.

3. Las clases tendrán como objetivo que cada uno de los alumnos sea capaz de producir crónicas con alta calidad periodística.

METODOLOGÍA

 Para que el taller tenga sentido se debe dotar al periodista de las herramientas adecuadas a fin de que sea capaz de manejar con éxito el proceso de detección del tema, la reportería, escritura, autocrítica y edición final del reportaje.  

Esto implica:

1. Desarrollo del pensamiento.

2. Ejercicios para percibir lo aparente y obvio.

3. La recolección de datos.

4. Revisión precisa de la información que se posee.

5. Selección de lo esencial.

6. Concepción de la imagen y el efecto de conjunto que se pretende lograr.

7. Decisión de las piezas y los detalles imprescindibles y definición final sobre la puesta en escena del tema.

8. Lectura crítica de crónicas de grandes periodistas. En esto se conocerá:

– Cómo los grandes periodistas manejan las técnicas para lograr excelentes crónicas.

– Cómo esos grandes periodistas manejan las técnicas.

– Cómo aplicar esas técnicas en el trabajo periodístico.

– Cómo planificar un reportaje (definición del tema, fuentes vivas, fuentes documentales, archivo, locaciones, cronologías, etc.).

– Cómo hacer la reportería. Técnicas, secretos, tips, maneras de acceder a las fuentes, a los lugares.

– Cómo escribir un reportaje  una vez recabada la información (estructura, puesta en escena, elementos imprescindibles, estilo, tono, ritmo narrativo, impacto, ganchos, atrapar al lector).

– Cómo editar un crónica. Sentido autocrítico, rigor sintáctico y ortográfico, técnicas para corregirse y revisar.

EL CURSO

Duración: tres días, cinco horas diarias. Es importante que no choquen los horarios de producción del medio con los de la capacitación.

Antes del inicio del curso,  los instructores enviarán lecturas con ejercicios de reflexión. El objetivo es que los periodistas puedan identificar cómo está estructurado el texto, las descripciones, la puesta en escena de datos, cifras y declaraciones.

DIA 1: Presentación del curso. Reflexión sobre las lecturas enviadas. Esto permite realizar dos actividades: ejercicios de descripciones (los trabajos se editarán en ese momento con la meta de corregir errores de redacción) y elaboración de una guía sobre cómo se escoge el eje de un tema novedoso e interesante y cómo poner en escena un texto.

 DÍA 2: Reportería de un tema que los periodistas propondrán en el taller. Redacción del tema.

 DÍA 3:Edición de textos. Cada asistente presentará sus crónicas y se trabajará en ellas hasta dejarlas muy bien pulidas, listas para publicar.

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*Rubén Darío Buitrón es CEO del portal loscronistas.net                                    Es periodista, poeta y catedrático.

La metodología de este taller está registrada en el Instituto de Propiedad Intelectual y no podrá ser copiada, alterada o aplicada sin permiso expreso de Rubén Darío Buitrón. 

Cada periódico es un mundo, aunque sean del mismo país (II)

Por Rubén Darío Buitrón

Cuando digo que cada periódico es un mundo, aunque los dos sean del mismo país, quiero ser más profundo en el análisis de lo aparente y lo real, de la generalización y de las particularidades.

En el post anterior les contaba a mis lectores que en los últimos tres años he tenido dos experiencias en periódicos regionales/locales como El Norte, de Ibarra (Imbabura), y Correo, de Machala (El Oro).

Lo aparente y la generalización es la opinión ligera, liviana e injusta (sobre todo): ciertos consultores y asesores de medios suelen escribir que los medios regionales deben dedicarse a las noticias inmediatas y que los medios nacionales deben ser, a cualquier costo, de referencia.

Pero, en realidad, no es así. El problema de los periódicos, y de los medios en general en el Ecuador, es que los medios llamados “nacionales”, como por ejemplo El Universo, de Guayaquil; El Comercio, de Quito; o El Mercurio, de Cuenca, no tienen una línea editorial que defina con claridad sus diferencias con periódicos como Correo o El Norte.

La consecuencia de esta inveterada confusión es que no son nacionales los diarios llamados nacionales (que, en realidad, debieran ser de referencia en el mejor sentido del concepto, es decir, periódicos que analicen, contextualicen y reflexionen sobre los hechos del país y del mundo) y que tampoco son regionales o locales los diarios llamados regionales o locales.

¿Cuál debiera ser la línea editorial de El Norte o de Correo? Simple: El Norte debiera expresar la vida cotidiana de su gente más próxima, con toda la riqueza multicultural e identitaria que posee la región de su influencia y Correo tendría que oler a mar, a plantaciones de banano, a camaroneras, a café, a frutas. 

El Norte y Correo son periódicos de alta circulación si se compara el número de ejemplares que publican cada 24 horas con la cantidad de copias que venden los diarios que compiten con ellos.

Pero, precisamente, ahí está el quid de la cuestión: la necesidad de ampliar sus mercados, de analizar lo que necesitan sus lectores, de invertir en impresión, distribución y circulación.

Si lo hicieran, ampliarían sus dominios a las provincias de origen y a las vecinas y se convertirían en los reyes de sus zonas.

El Norte sería el más vendido en Imbabura, Esmeraldas, Sucumbíos, Carchi y el norte de Pichincha, mientras que Correo podría dominar, primero, toda la provincia de El Oro y, luego, las provincias adyacentes: Azuay, Loja, Zamora y la parte este de Guayas.

Sin embargo, para que eso ocurra hay que tomar decisiones empresariales que implican riesgos financieros, aunque si se manejarían los planes con una planificación bien articulada y una estrategia eficiente en lo financiero, promocional, publicitario y de ventas, pudieran, realmente, competir en igualdad de condiciones con las empresas mediáticas que, hasta hoy, dominan el mercado.

Es un tema de visión a mediano y largo plazo. Pero, por esa misma situación, es un asunto que requiere poner sobre la mesa las cartas precisas. 

Y, sobre todo, se trata de profesionalizar las empresas: hay que empezar por el diseño de una línea editorial clara y precisa (ser locales-locales), equipar las salas de redacción y los talleres de impresión con sistemas de última generación e integrar una perfecta red de publicidad, relaciones públicas, mercadeo, promoción, impresión oportuna, conocimiento del mercado, distribución y circulación. 

Con un escenario así, no solamente ganarían mucho más dinero estas empresas, sino que ganaría el país: los ciudadanos de cada región se sentirían claramente representados en sus diarios y los grandes periódicos tendrían que volverse, en realidad, referentes.

Así tendríamos en el país dos tipos de diarios, perfectamente reconocibles en sus líneas editoriales, y correctamente situados cada uno en sus andariveles.

Quito, 2 de diciembre de 2018

 

Cada periódico es un mundo, aunque sean del mismo país (I)

Por Rubén Darío Buitrón*

Entre agosto y septiembre de este año viví una experiencia maravillosa: dirigir un proceso de cambio integral (línea editorial, contenido y diseño) en diario Correo, de Machala (www.diariocorreo.com.ec)

Fue extraordinaria la vivencia porque, a pesar de los pocos meses que estuve (el proyecto era para 180 días, renovables), entendí que cada medio de comunicación debe oler al entorno en que se desarrolla.

¿A qué me refiero?

Hace poco conduje, en un proceso continuo de más de un año y medio, un proceso similar en diario El Norte, de Ibarra (www.elnorte.ec)

Entre las dos ciudades ecuatorianas existe una distancia de 652 kilómetros. Un auto, a velocidad promedio, haría el viaje de una urbe a otra en unas 11 horas por la carretera Panamericana.

Ibarra, capital de Imbabura, se asienta en un valle de la zona, con legendarios lagos y montañas.

Su clima es cálido seco, con un promedio de temperatura de 17 grados. Tiene unos 150 mil habitantes y es la región con mayor diversidad étnica del país (mestizos, indígenas y afros conviven en ella).

Machala, capital de El Oro, es una ciudad al nivel del mar y está a pocos kilómetros de Puerto Bolívar, un muelle internacional de carga.

La habitan unas 500 mil personas y su economía se basa, en un 85 por ciento, en el cultivo, cosecha y exportación del banano.

El capítulo de diario El Norte vamos a dejarlo para una segunda entrega de este post por una sencilla razón: aunque se encuentran ubicadas en el mismo país, vivir y trabajar en una u otra ciudad tiene características muy distintas.

Y, en consecuencia, sus medios de comunicación también tienen estructuras particulares adaptadas no solo a su entorno inmediato sino a sus proyectos presentes y futuros.

Diario Correo, por tanto, no tiene nada que ver con El Norte, pese a que los dos son medios regionales o locales, según las distintas definiciones teóricas que existen.

Pero los dos periódicos, cada uno en su andarivel, tienen que trabajar en el aspecto esencial que los caracteriza y que, sin embargo, no siempre lo entienden sus directivos y periodistas.

Lo que les dará más fuerza y mayor lectoría en el futuro inmediato será convertirse en periódicos regionales de verdad y dejar sus dudas existenciales, que son las de todos los medios pequeños: ¿cómo ser locales sin dejar de ser nacionales?

La respuesta es clara, aunque parezca absurdo decirlo: los medios regionales deben atender, en un 90 por ciento, las necesidades cercanas e inmediatas de la gente de su entorno. El 10 por ciento restante pueden dedicarlo a pequeños espacios para las llamadas “noticias nacionales” (política, macroeconomía, etcétera).

Mientras directivos, jefes y personal de las salas de Redacción no se jueguen la vida y lo apuesten todo por servir y ser útiles a la gente de sus ciudades y provincias, no crecerán más de lo que han llegado a crecer, por más esfuerzos que hagan.

He percibido el miedo de los responsables de cada uno de los periódicos en volverse “pueblerinos” o alejarse demasiado del centro del país (en este caso, Quito y Guayaquil).

Y les he dicho que mientras mantengan esos miedos no circularán más, no se expandirán más, no serán los reyes absolutos en sus regiones.

Vamos a seguir reflexionando sobre estos temas. En la segunda parte veremos sus diferencias y sus líneas editoriales en función de lograr mayor número de lectores.

Pero, queda claro. Mientras más se acerquen a la gente, mientras más fuerte sea el olor a Ibarra o a Machala, les irá mucho mejor.

Buenas noches.

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*Rubén Darío Buitrón es CEO del portal digital loscronistas.org, escritor, periodista y asesor mediático

Diez tácticas periodísticas para poner un presidente de derecha (según Chomsky)

  1. La estrategia de la distracción.

El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción, consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las élites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación continua de distracciones e informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética. ”Mantener la Atención del público distraída, lejos de los problemas sociales de verdad y cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin tiempo para pensar; de vuelta a la granja como los otros animales (cita del texto ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

  1. Crear problemas y después ofrecer las soluciones.

Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar la reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea hacer aceptar. Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad. O por ejemplo: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.

  1. la estrategia de la implantación gradual.

Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, poco a poco, por años consecutivos. Es de esa manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez.

  1. la estrategia de diferir.

Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato. Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar de forma ingenua que “todo irá a mejorar mañana” y que el sacrificio exigido podrá ser evitado. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarlo con resignación cuando llegue el momento.

  1. dirigirse al público de forma infantil.

La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o deficiente mental. Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. ¿Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menor aun (ver “Armas silenciosas para guerras tranquilas”)”.

  1. utilizar el aspecto emocional más que la reflexión.

Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente al sentido critico de los individuos. Por otra parte, el uso del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos.

  1. mantener al público en la ignorancia y en la mediocridad.

Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea, y permanezca, imposibles de alcanzar para las clases inferiores (ver ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

  1. estimular al público a ser indulgente con la mediocridad.

Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto…

  1. reforzar la autoculpabilidad.

Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se autodesvalida y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. Y, sin acción, no hay revolución!

  1. conocer a los individuos mejor que ellos mismos.

En el transcurso de los últimos 50 años, los avances de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos conocimientos poseídos y utilizados por las élites dominantes. Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado del conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológica. El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un gran control y mayor poder sobre los individuos, es mas, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.

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Tomado de Página Popular

Defensa de la carrera de periodismo

Por Roberto Herrscher

¿Es necesario estudiar periodismo para ejercer, prosperar y hasta brillar como periodista hoy?

No.

Muchos grandes periodistas, entre ellos los maestros de la crónica actual Leila Guerriero, Martín Caparrós, Juan Villoro y hasta los míticos Gabriel García Márquez y Elena Poniatowska estudiaron otras carreras o no terminaron ninguna.

Muchas de las principales lecciones para ser un periodista excelente se pueden (y algunas, como la humildad y la empatía, se deben) aprender en la vida real, en las redacciones, en la calle. Esto lo dicen incluso los egresados de carreras de periodismo: lo principal lo aprendieron después, fuera de las aulas.

Y después está el tema de la salida laboral. Según datos recientes del Nieman Lab de Harvard, en la última década aumentó de 70.000 a 90.000 los que salen de grados en periodismo. Pero en el mismo período, se perdieron 100.000 puestos de trabajo en el sector. Más profesionales para menos puestos.

¿Y qué se enseña en estas carreras? En un reciente artículo en Red Ética de la Fundación Nuevo Periodismo, Hernán Restrepo publicó un artículo con un título polémico: “No voy a permitir que mis hijos estudien periodismo”. Además de abundar en los temas que mencioné más arriba, Restrepo se basa en dos argumentos: que no es necesario (ni legalmente ni en la práctica) haber estudiado periodismo para ejercer la profesión, y que los que terminan estas carreras tiene cada vez menos posibilidades de encontrar buenos empleos en los medios.

¿Por qué? Para Restrepo, porque en la mayoría de las escuelas de periodismo se dan herramientas técnicas pero “se les ha olvidado enseñar los fundamental para un periodista, que es escribir bien”. En su experiencia, la mayoría ni siquiera sabe pensar con lógica y crítica y dominar las reglas de la gramática y la ortografía.
Claro que hay carreras de periodismo, asignaturas o ramos, profesores, ejercicios, lecturas, nocivos para la formación de los reporteros o editores. Las malas escuelas de periodismo deforman, enseñan malas mañas, instauran vicios, achatan y desmotivan la creatividad y la originalidad.

Pero…

¿Contribuye, ayuda, fomenta el estudio universitario del periodismo a crear buenos profesionales, de calidad y exitosos, útiles para forjar sociedades más democráticas y justas?

Mi respuesta es un rotundo sí.

Obviamente, estoy hablando de buenas escuelas, buenas carreras de periodismo. También hay malas carreras de derecho, de medicina, de antropología y de negocios, pero la confusión entre aprender y aprender mal se produce mucho más en el campo del periodismo que en los otros. Creo que es porque hasta hace muy poco la carrera académica no era percibida como un sitio de crecimiento, de desafío, de éxito para personas con vocación periodística. Había la impresión, lamentablemente en muchos casos acertada, de que los periodistas que se “refugiaban” o “resignaban” a enseñar es porque habían fracasado en los medios o no querían someterse al trabajo duro de las redacciones.

Pero esto sucede cada vez menos. Por un lado, en las universidades se encuentra ahora campo fértil para investigar, para crear medios, para hacer periodismo y escribir sobre periodismo con profundidad y sentido crítico. Y porque en la mayoría de las carreras, las buenas, hay una combinación de profesores de planta con profesores por horas que en su “otra” vida son excelentes periodistas, que llevan adelante carreras muy estimulantes y ejemplares para los alumnos, y que con el crecimiento de la enseñanza del quehacer periodístico, también han desarrollado una vocación y un conocimiento sobre cómo enseñar lo que saben, lo que traen de su práctica.

Hay muchas más carreras de periodismo, sí, pero por eso mismo, por la competencia, son cada vez mejores. En las que valen la pena sí se enseña a escribir bien, a pensar, a investigar y a no cometer errores, a hacer bien el oficio.

Pero tanto o más importante que eso, quiero responder a la crítica, que he escuchado en muchos países, de “estudiar periodismo no sirve para nada”, con una respuesta que parte del título del texto de Restrepo. Él dice, espero que medio en broma pero no estoy seguro, que no va a “permitir” que sus hijos estudien periodismo.

Yo nací y crecí en medio de las dictaduras del Cono Sur. Enseñé en una España en donde mis alumnos habían estudiado en colegios que venían de una tradición autoritaria, donde el profesor tenía la razón siempre y discutir o cuestionar no era permitido o no estaba bien visto. Trabajé en medios donde la línea editorial que imponía la dirección del medio y los intereses de los anunciantes y del gobierno llevaban a la autocensura, al servilismo.

¿Cómo es esto de “no permitir”? ¡Liberen a Martín y Juanita (los hijos de Hernán)! Una de las funciones principales de una buena escuela de periodismo es enseñar, ayudar, acompañar, a que cada uno adquiera un criterio propio, independiente, crítico, reflexivo y basado en la investigación, la lectura de grandes textos del pasado y el análisis de lo que se está haciendo ahora. Es enseñarles a rebelarse ante los que no quieren “permitirles” hacer lo que sienten que quieren o deben hacer.

Mi universidad, la Alberto Hurtado, tiene como lema “Bienvenidos a pensar”. A pensar bien y a escribir bien, que es el buen pensamiento hecho visible, se enseña y se aprende.

Por supuesto que muchos empleadores prefieren periodistas novatos que no pasaron por estas escuelas de pensamiento crítico y de investigación seria.

No tendrán su propio criterio ético, sus líneas rojas, su dominio de la forma en la que saben que debe hacerse el periodismo que vale la pena.

Estarán preparados para servir, para obedecer órdenes. Para no tener otro criterio que el impuesto por el medio. Para dejarse “no permitir”.

Yo estoy convencido de que en las carreras de periodismo que valen la pena se enseñan los antídotos al periodismo servil.

Por eso, aunque no sea obligatorio ni necesario, yo sí me alegraría que mi hijo quisiera estudiar periodismo.

Además de aprender bien el mejor oficio del mundo, el periodismo es una escuela de vida.DEF

Defensa de la carrera de periodismo

Por Roberto Herrscher

 

Roberto Herrscher en su oficina en la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado. Foto: Fabián Hernández

¿Es necesario estudiar periodismo para ejercer, prosperar y hasta brillar como periodista hoy?

No.

Muchos grandes periodistas, entre ellos los maestros de la crónica actual Leila Guerriero, Martín Caparrós, Juan Villoro y hasta los míticos Gabriel García Márquez y Elena Poniatowska estudiaron otras carreras o no terminaron ninguna.

Muchas de las principales lecciones para ser un periodista excelente se pueden (y algunas, como la humildad y la empatía, se deben) aprender en la vida real, en las redacciones, en la calle. Esto lo dicen incluso los egresados de carreras de periodismo: lo principal lo aprendieron después, fuera de las aulas.

Y después está el tema de la salida laboral. Según datos recientes del Nieman Lab de Harvard, en la última década aumentó de 70.000 a 90.000 los que salen de grados en periodismo. Pero en el mismo período, se perdieron 100.000 puestos de trabajo en el sector. Más profesionales para menos puestos.

¿Y qué se enseña en estas carreras? En un reciente artículo en Red Ética de la Fundación Nuevo Periodismo, Hernán Restrepo publicó un artículo con un título polémico: “No voy a permitir que mis hijos estudien periodismo”. Además de abundar en los temas que mencioné más arriba, Restrepo se basa en dos argumentos: que no es necesario (ni legalmente ni en la práctica) haber estudiado periodismo para ejercer la profesión, y que los que terminan estas carreras tiene cada vez menos posibilidades de encontrar buenos empleos en los medios.

¿Por qué? Para Restrepo, porque en la mayoría de las escuelas de periodismo se dan herramientas técnicas pero “se les ha olvidado enseñar los fundamental para un periodista, que es escribir bien”. En su experiencia, la mayoría ni siquiera sabe pensar con lógica y crítica y dominar las reglas de la gramática y la ortografía.
Claro que hay carreras de periodismo, asignaturas o ramos, profesores, ejercicios, lecturas, nocivos para la formación de los reporteros o editores. Las malas escuelas de periodismo deforman, enseñan malas mañas, instauran vicios, achatan y desmotivan la creatividad y la originalidad.

Pero…

¿Contribuye, ayuda, fomenta el estudio universitario del periodismo a crear buenos profesionales, de calidad y exitosos, útiles para forjar sociedades más democráticas y justas?

Mi respuesta es un rotundo sí.

Obviamente, estoy hablando de buenas escuelas, buenas carreras de periodismo. También hay malas carreras de derecho, de medicina, de antropología y de negocios, pero la confusión entre aprender y aprender mal se produce mucho más en el campo del periodismo que en los otros. Creo que es porque hasta hace muy poco la carrera académica no era percibida como un sitio de crecimiento, de desafío, de éxito para personas con vocación periodística. Había la impresión, lamentablemente en muchos casos acertada, de que los periodistas que se “refugiaban” o “resignaban” a enseñar es porque habían fracasado en los medios o no querían someterse al trabajo duro de las redacciones.

Pero esto sucede cada vez menos. Por un lado, en las universidades se encuentra ahora campo fértil para investigar, para crear medios, para hacer periodismo y escribir sobre periodismo con profundidad y sentido crítico. Y porque en la mayoría de las carreras, las buenas, hay una combinación de profesores de planta con profesores por horas que en su “otra” vida son excelentes periodistas, que llevan adelante carreras muy estimulantes y ejemplares para los alumnos, y que con el crecimiento de la enseñanza del quehacer periodístico, también han desarrollado una vocación y un conocimiento sobre cómo enseñar lo que saben, lo que traen de su práctica.

Hay muchas más carreras de periodismo, sí, pero por eso mismo, por la competencia, son cada vez mejores. En las que valen la pena sí se enseña a escribir bien, a pensar, a investigar y a no cometer errores, a hacer bien el oficio.

Pero tanto o más importante que eso, quiero responder a la crítica, que he escuchado en muchos países, de “estudiar periodismo no sirve para nada”, con una respuesta que parte del título del texto de Restrepo. Él dice, espero que medio en broma pero no estoy seguro, que no va a “permitir” que sus hijos estudien periodismo.

Yo nací y crecí en medio de las dictaduras del Cono Sur. Enseñé en una España en donde mis alumnos habían estudiado en colegios que venían de una tradición autoritaria, donde el profesor tenía la razón siempre y discutir o cuestionar no era permitido o no estaba bien visto. Trabajé en medios donde la línea editorial que imponía la dirección del medio y los intereses de los anunciantes y del gobierno llevaban a la autocensura, al servilismo.

¿Cómo es esto de “no permitir”? ¡Liberen a Martín y Juanita (los hijos de Hernán)! Una de las funciones principales de una buena escuela de periodismo es enseñar, ayudar, acompañar, a que cada uno adquiera un criterio propio, independiente, crítico, reflexivo y basado en la investigación, la lectura de grandes textos del pasado y el análisis de lo que se está haciendo ahora. Es enseñarles a rebelarse ante los que no quieren “permitirles” hacer lo que sienten que quieren o deben hacer.

Mi universidad, la Alberto Hurtado, tiene como lema “Bienvenidos a pensar”. A pensar bien y a escribir bien, que es el buen pensamiento hecho visible, se enseña y se aprende.

Por supuesto que muchos empleadores prefieren periodistas novatos que no pasaron por estas escuelas de pensamiento crítico y de investigación seria.

No tendrán su propio criterio ético, sus líneas rojas, su dominio de la forma en la que saben que debe hacerse el periodismo que vale la pena.

Estarán preparados para servir, para obedecer órdenes. Para no tener otro criterio que el impuesto por el medio. Para dejarse “no permitir”.

Yo estoy convencido de que en las carreras de periodismo que valen la pena se enseñan los antídotos al periodismo servil.

Por eso, aunque no sea obligatorio ni necesario, yo sí me alegraría que mi hijo quisiera estudiar periodismo.

Además de aprender bien el mejor oficio del mundo, el periodismo es una escuela de vida.DEF

‘El periodismo lo seguirán haciendo los periodistas, no los algorritmos….”

ENTREVISTA

B Carlos Córdova, de El País

Carlos Córdoba, redactor jefe de vídeos de El País, quien asegura que los periodistas tienen un reto por delante que consiste en ser más exigentes consigo mismos y con su trabajo para luchar contra la desinformación que abunda en la era de Internet y las redes sociales. “Nunca he dado gran importancia al título de periodista… hasta ahora”, reconoce durante la conversación que mantuvimos con él.

-¿Cómo han cambiado Internet y las redes sociales el ejercicio del periodismo?

– Lo han cambiado por completo. Por una parte, han dado voz a los ciudadanos para que puedan llegar a contar ellos mismos las historias. Los han convertido, por así decirlo, en protagonistas y narradores de lo que está sucediendo. Pero esto también tiene un riesgo y es que circula por ellas mucha desinformación.

Valoro muy positivamente que los ciudadanos anónimos puedan estar al pie de la noticia, pero eso también hace que los periodistas profesionales tengamos que ser más exigentes con nosotros mismos y con lo que publicamos.

En las redes sociales circula mucha información pero ésta no siempre es correcta. Hay que tener en cuenta que no se puede hacer periodismo “en pijama”, no puede hacer periodismo cualquiera.

-En tiempos de desinformación y fake news, habría que prestar más atención si cabe a los principios fundamentales de la profesión…

-Sí, creo que los profesionales tenemos que ser más rigurosos a la hora de filtrar las informaciones que nos llegan, al elegir nuestras fuentes, al contrastar la veracidad de los datos…

Nunca he dado gran importancia al título de periodista… hasta ahora. Como decía antes, no puede serlo cualquiera y debemos ser muy exigentes a la hora de realizar nuestra labor.

No se puede hacer periodismo en pijama. Cualquiera no puede ser periodista

-¿Cuál sería la responsabilidad de las redes sociales, de las empresas de Internet, en esta situación de desinformación generalizada?

-Cometemos el error de exigir a estas compañías, que en el fondo son muy nuevas, que sean las verificadoras de las noticias. Eso no puede ser. No podemos exigir a una empresa tecnológica que haga nuestro trabajo.

-¿Y qué parte de culpa tiene el usuario?

-Los usuarios no deben olvidar dónde se están informando. Deberían tener en cuenta que si leen una noticia en Facebook lo hacen en una web que no tiene en cuenta los principios del periodismo porque lo primero es que no es un medio de comunicación.

El usuario tiene todo el derecho a exigir a un periodista el mayor esmero en la redacción de un artículo o en la edición de un vídeo, pero no puede exigir nada a una red social.

-Eso no nos pinta un escenario muy halagüeño…

-Yo creo que debemos tener esperanza de cara al futuro. Los periodistas tendremos que ser más exigentes con nosotros mismos, responderemos a la situación de manera profesional y los usuarios confiarán más en los medios de comunicación veraces.

-¿Cómo empleas tú las redes sociales en el ejercicio de tu trabajo?

-A mí me sirven mucho para oler lo que interesa. Utilizo herramientas como Flipboard para ver a qué temas está prestando atención la gente, con la ayuda de los compañeros de SEO miramos qué es lo que más se busca…

Pero no todo vale. A partir de ahí hago una selección. No nos lanzamos de hoz y coz a hacer un vídeo sólo porque la gente busque mucho algo. Primero nos preguntamos si es interesante y, sobre todo, si nosotros podemos aportar algo.

Como periodistas nos importa poco la tendencia, lo importante es la contextualización, llevar a cabo esa labor de selección, de curetaje, para aportar valor.

-Entonces… ¿dónde dejamos el clickbait?

-Lejos, por eso no vale cualquiera para hacer periodismo. Hacer titulares sexys está bien, pero hacer titulares falsos o sensacionalistas, no.

-¿De qué manera las redes sociales pueden convertirse en un altavoz para nuestros temas?

-Para nosotros como medio este punto es clave. Debemos reconocer que la audiencia de un medio en papel como es El País está en cierto modo envejecida y las redes sociales nos ayudan a rejuvenecerla.

No sólo pensamos en las redes sociales como un medio para que se acerquen a nosotros aquellas personas que no comprarían o leerían el periódico en papel, sino que hay que cambiar el enfoque y elaborar contenidos específicos para lo que demandan esas nuevas audiencias.

Los periodistas tenemos que ser más exigentes con nosotros mismos y así los usuarios confiarán en los medios de comunicación veraces

No tiene sentido que en las redes sociales atendamos a ese público más joven como si fuera el lector tradicional de El País, por eso realizamos retransmisiones a través de Facebook Live, distribuimos contenidos en redes sociales, elaboramos reportajes pensando en sus necesidades…

-¿Por qué es clave la monitorización en las redes sociales?

-Es fundamental. Nos equivocamos mucho y a diario, por eso tenemos que hacer un ejercicio de saber qué está y qué no está funcionando y por qué. Nosotros analizamos qué está teniendo mejor acogida en las redes y en ElPais.com, porque no es lo mismo; sucede igual con las búsquedas…

En todo esto nuestros compañeros del departamento de Audiencias nos ayudan a monitorizar lo que hacemos. Como ejemplo, yo todos los días me fijo no sólo en los vídeos más vistos del día anterior, sino también en los menos vistos y muchas veces me pregunto: ¿por qué me empecino en hacer este tipo de vídeos que no interesan?…

-¿Cuáles serías las claves para hacer un vídeo perfecto para redes sociales?

-La principal, la emoción. Y cuidado, porque esta palabra no siempre va unida a lo sentimental, a gente llorando… A veces el que haya una narración atractiva, que el usuario de al “play” y no sepa qué se va a encontrar y se mantenga atento hasta el final del vídeo, que le genere expectación, es fundamental.

Además, esto viene también muy bien para los anunciantes, que valoran positivamente que un vídeo sea consumido hasta el final.

-Retener al usuario es también el interés de las redes sociales y quizá por eso apuestan por los formatos en vídeo. Incluso Zuckerberg ha asegurado que en los próximos cinco años el 90% de los contenidos de las redes sociales serán vídeos…

-Yo las concibo más como herramientas de trabajo para los periodistas, o como escaparates que nos ayudan a dar a conocer nuestros contenidos… Están ahí, pero lo cierto es que el periodismo lo seguirán haciendo los periodistas y no los algoritmos.

Zuckerberg ha dicho en los últimos años mil cosas y al poco lo contrario. Tengo la sensación de que hay cierto miedo entre los periodistas y los medios a contradecirle… pero él mismo cambia de versión cada vez que se cambia el algoritmo.

Hoy en su red social se premian los contenidos en vídeo, mañana quizá no… En cualquier caso, estamos en sus manos, y espero que sea cierto que se apuesta por el vídeo porque eso de algún modo también significará que yo puedo pagar mis facturas…

Manuel Moreno

Periodista y fundador de TreceBits. Consultor y formador en Social Media. Ponente y conferenciante. Profesor de redes sociales y periodismo 2.0. Colaborador en prensa, radio y TV. Autor de cuatro libros de Social Media. Más información en manuelmoreno.es