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Los dos amores de Arturo Torres y María Belén Arroyo

Esta pareja de periodistas ha presentado su libro Rehenes, que narra el asesinato a tres periodistas de diario El Comercio en la frontera entre Ecuador y Colombia y revela datos sorprendentes.

Por Rubén Darío Buitrón

Arturo Torres trabajaba en diario El Comercio cuando publicó el primer libro hace nueve años. Su nombre: El juego del camaleón. El tema: las relaciones de la guerrilla colombiana de las FARC con grupos políticos ecuatorianos y el bombardeo del ejército del vecino país a nuestro territorio, que terminó con la vida de Raúl Reyes, uno de los comandantes históricos de aquellas fuerzas irregulares hoy desmovilizadas.

Con María Belén Arroyo, su colega, compañera y esposa desde hace 18 años, ha dedicado su vida a lo que mejor hace y a lo que lo apasiona, porque su relación con María Belén es doble: se aman los dos y con la misma certeza aman su oficio.

Anaís, de 17 años, es su hija. No seguirá el camino de sus padres, porque ha decidido que estudiará Medicina desde el próximo año, cuando salga del colegio. Pero ellos lo ven de una manera optimista: cuando sean viejitos tendrán su propia doctora.

Arturo llegó a ser editor general de El Comercio hasta que un día sintió que necesitaba espacio para crecer más en su profesión. Por eso salió del Diario y con su liquidación creó un portal de periodismo de investigación llamado Código Vidrio.

María Belén es la editora en Quito de la revista Vistazo, pero su trayectoria laboral es fecunda: ha trabajado, además, en El Comercio y en El Universo. Y aunque no existe una manera de medir con exactitud la calidad del trabajo de las personas, es posible asegurar que ella es una de las mejores periodistas del país.

Una muestra de ello es, precisamente, el libro Rehenes, que ella y su esposo Arturo acaban de presentar el pasado jueves 31.

Se trata de una profunda y rigurosa investigación sobre un hecho que conmovió de manera estremecedora al país: el secuestro y la muerte de Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra, periodistas de El Comercio asesinados por parte de un grupo de disidentes guerrilleros en la frontera entre Colombia y Ecuador.

El texto es resultado de un trabajo minucioso que duró nueve meses.

En el caso de Arturo, obtener la información le demandó entregarse por completo a ese objetivo, con viajes a San Lorenzo (Esmeraldas), entrevistas con personajes clave, revisión de publicaciones, documentos, reportajes, videos…

Mientras él trabajaba en ese frente, María Belén dividía su tiempo entre su trabajo en Vistazo y la investigación y análisis de otros documentos esenciales para completar los datos que iban haciendo falta para la construcción del libro.

La elaboración y escritura de Rehenes fue laboriosa y difícil porque Arturo y María Belén son rigurosos y exigentes: cuando contrastaban y cotejaban lo que cada uno había obtenido, debatían con intensidad acerca de la validez, la relevancia y la trascendencia de lo que a él o a ella les parecía que sí o que no debería ir en el libro.

Pero, justamente, esos desacuerdos creativos y periodísticos, convertidos luego en consensos y en certezas, son los que hacen de Rehenes un texto que ningún ecuatoriano consciente y preocupado por su país debería dejar de leerlo.

Arturo y María Belén son periodistas porque no podrían ser otra cosa.

Son periodistas porque entienden la profunda dimensión social del oficio. Son periodistas porque se alimentan uno del otro con sus enriquecedoras experiencias. Son periodistas porque se aman y se admiran sin alardes, sin poses, sin vanidades.

Arturo, dedicado ahora a su portal, no descansa en sus búsquedas. Y en esas búsquedas uno de sus referentes es el legendario Orson Wells, actor, director de cine, guionista, dramaturgo, radiodifusor…

En ese artista estadounidense ve Arturo su destino y el de todos los periodistas comprometidos con revitalizar el oficio todos los días, con reinventar formas, herramientas, caminos para la creación de nuevas narrativas.

Se trata de un sueño que comparte con María Belén, quien pese a sus talentos periodísticos innatos también lucha todos los días por encontrar su voz editorial, su estilo, sus propias maneras de decir las cosas, de escribirlas, de expresarlas.

A esos sueños y objetivos, que van madurando y consolidándose con el tiempo y con la práctica incesante, ambos unen la ética profesional, la necesidad de ser críticos el uno del otro, la lucha por no caer en sesgos ni subjetividades.

Gracias a eso están aquí, juntos, en su departamento del norte de Quito, sorteando dificultades, riesgos, amenazas, peligros y hasta juicios ridículos como el que cierto personaje le puso a Arturo por haberlo desenmascarado en el libro El juego del camaleón.

Pero la vida y la experiencia son así. Se va aprendiendo.

Por eso crearon un protocolo de seguridad entre los dos. Para cuidarse. Para saber que -en especial Arturo por los viajes que hacía a Esmeraldas y a la frontera con Colombia- no se trata de convertirse en héroe ni en inmolarse, sino en hacer cada cosa y dar cada paso con sensatez, con cuidado, con una medición correcta de los riesgos y con un sentido adecuado de la audacia y la temeridad.

No saben qué vendrá ahora, pero sí están seguros que con Rehenes no termina su trabajo.

En el Ecuador hace falta investigación periodística mucha investigación periodística.

Hacen falta muchos libros que expliquen a fondo lo que ocurre en el país. Hacen falta decenas o cientos de colegas como María Belén y Arturo que se decidan a traspasar la línea roja y dejen atrás el periodismo de escritorio, de teléfono, de Wikipedia. Hacen falta periodistas que dejen atrás la reportería convencional, monótona, rutinaria, gris, previsible.

Y mientras llega un nuevo libro después de Rehenes, ellos seguirán con su portal Código Vidrio, un nombre que parecería haber surgido al calor del juicio al exvicepresidente Jorge Glas (en inglés, vidrio es glass), pero que tiene connotaciones más profundas y hasta personales.

Por ejemplo, Arturo dice que él es “código” porque le gusta el desafío de la incertidumbre, mientras María Belén se autodefine como “vidrio” pues este es un material delicado y frágil como ella, “porque soy bien llorona”.

Pero Código Vidrio también es un camino que los dos se han trazado y que esperan que los lleve lo más lejos posible.

Porque en lo virtual puedes ir perfeccionándolo todo.

Porque hay muchas cosas por indagar, bucear, encontrar y contar.

Porque es necesario crear un espacio para los periodistas que deseen publicar sus investigaciones.

Porque es urgente crear una editorial para producir libros de los colegas.

Porque ya basta de silencios y de omisiones en el Ecuador.

Porque el amor –este amor entre Arturo y María Belén- debe y tiene que ser, ante todo, un permanente hecho creativo.

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La censura que me impuso el arbitrario Mark Zukerberg

Por Rubén Darío Buitrón

Señor Zukerberg:

Facebook, la empresa que usted creó en medio de una polémica porque dos compañeros suyos de la universidad lo acusaron de apropiarse y plagiar su proyecto, me castigó por un post.

O por la imagen con la que ilustré un post.

O porque me “reportó” alguien que me odia o me envidia o me considera su enemigo.

Quiere decir que Facebook aplica sus reglas de manera unilateral.

No cumple el elemental principio de contrastar el supuesto “reporte” e ignora cualquier explicación que se le envía.

Eso se llama arrogancia y autoritarismo: Facebook es un medio de (in) comunicación e interrelacionamiento y como espacio público no tiene derecho a censurar nada, excepto si alguien cruza la línea roja de la dignidad y el respeto a los demás y a sí mismo.

Doy gracias a todas las personas que han tenido la bondad de preguntarme no solo qué pasó con mi página de FB (este momento clausurada por un mes) sino, sobre todo, por qué dejé, bruscamente, de publicar los post que aparecen en mi espacio cada día (mi espacio, sí, porque no es suyo).

Pero percibo su mojigatería y sé que mostrar la imagen de una mujer acosada en un mundo machista, a quien se la ve enredada en una suerte de telaraña gigante, no es un problema para usted.

Señor Zuckerberg, a usted no le importan los problemas sociales, sino ganar tres centavos de dólar por cada like que ponemos en lo que nos gusta.

Hagamos el cálculo: un like por cada uno de los 2.167 millones de usuarios en el mundo.

¿Otra prueba? La manera cómo conduce usted FB e Instagram, sus productos estrella, para que se conviertan en poderosos distractivos de la realidad y no en instrumentos de reflexión social.

En todo este mes durante el cual he permanecido censurado y no he podido publicar mis textos personales he pensado en el poder que tiene usted, señor Zuckerberg, un nombre que nunca hay que olvidar cuando uno entra a estas redes maliciosamente diseñadas para monitorear y controlar nuestras vidas.

Recuerdo que usted espió los perfiles íntimos de más de 60 millones de estadounidenses para entregárselos a quienes manejaron la campaña de Donald Trump, quien -para desgracia del mundo- luego sería el presidente de los Estados Unidos.

¿Ese fue un delito? Claro que sí. Y usted es un cómplice. Desde las leyes de cada nación hasta los principios universales de los Derechos Humanos establecen que lo es.

Pero a usted, míster Zuckerberg, no le pasó nada. Porque sus empresas son parte del gigantesco poder empresarial, financiero, bélico y cibernético que es el que realmente controla las decisiones políticas de la Casa Blanca en Washington.

¿Llama usted “redes sociales” a estos espacios que discriminan, excluyen, censuran, permiten que se exhiban en ellos los peores sentimientos humanos y la peor basura mediática convertida en supuesta información de interés general?

Las reglas de Facebook son implacables en relación con la típica moral pacata, hipócrita, analfabeta funcional y mojigata de la conservadora sociedad estadounidense.

Y esas reglas, según usted y sus “creativos”, son las mismas para todo el mundo, como si todo el mundo debería ser como son ustedes o como si usted fuera la reencarnación del inquisidor Torquemada.

Por eso los acuso a usted y a sus mánagers de diseñar una perversa estrategia para controlar al mundo. Ni más ni menos.

Pero yo, que soy apenas un ciudadano planetario, seguiré publicando mis post con mis imágenes desafiantes, ejerciendo a plenitud mi libertad de decir, como lo he hecho siempre.

No sé qué consecuencias tenga publicar este texto a los pocos días de que termine la censura de un mes impuesta por usted y sus torquemadas del siglo XXI.

¿Censurarme por mostrar bellas, estéticas y rebeldes fotografías con las que intento complementar el sentido de mis post?

¿Silenciarme durante un mes porque en la fotografía de una mujer enredada en todos sus acosos personales y colectivos se le veía, según ustedes, un pezón?

Madure, dueño y señor de Facebook, antes de que los ciudadanos nos organicemos y creemos nuestra propia red -esta sí social- donde ejerzamos con libertad nuestro derecho a pensar, escribir y decir en un espacio realmente plural, democrático e inclusivo.

Un espacio donde reflexionemos la vida, que es mucho más compleja que lo que usted cree, una vida que si se tratara de ganar más dinero a usted no les gustaría mostrar ni evidenciar: las guerras e invasiones que EEUU fabrican para enriquecerse mientras el tercer mundo cae en el dolor y en la miseria, en la falta de empleo para cientos de millones de seres humanos, en el abuso sexual a las mujeres, en la pederastia de los curas católicos, en la prepotencia del poder político mundial sobre quienes no tienen para comer ni un pan, en el cruel negocio de las “redes sociales” (sí, con comillas) de difundir ataques políticos o personales sin exigir la identidad de los remitentes…

Eso, según FB, no es relevante. Pero sí lo son un post y una ilustración.

Quizás, en el fondo, míster Zuckerberg, usted tiene razón en cuidar el enorme poder que le entregamos nosotros cada día al escribir o entrar en la red (sin comillas, una auténtica e intrincada red) y el poder políticamente correcto.

En el fondo, usted teme que un texto, en mi caso un post, pueda ser un misil de largo alcance contra la propotencia del poder de la Casa Blanca y de gente como usted.

Un arma contra todo lo que no nos deja ser libres, ser felices, ser auténticos, ser los seres humanos desnudos y maravillosos, cada uno con nuestras maneras, hábitos, amores, talentos, dones, esperanzas y formas de ver nuestras cotidianidades.

Un arma que sí puede ser mortal contra todos los males, vilezas y perversidades del poder mundial que usted representa.

Un arma de la que me enorgullezco no haber dejado jamás de usarla, escribiendo y publicando todos los días, aunque sea en hojas de papel y con un lapicero, sin pantallas ni teclados susceptibles de ser espiados en este mismo momento.

Quizás, si los grandes censores, si el tercer ojo, si el Gran Hermano que es usted, leen este texto, vuelvan a suspenderme.

Si lo hace, míster Zuckerberg, mis posts se multiplicarán por miles en otros espacios.

Si no lo hace, aguante todo lo que tengo que decir.

Y no se atreva a censurarme de nuevo: léame calladito. Le conviene más.

Ruben Darío Buitrón

Poeta y periodista
Director-fundador de loscronistas.org
Quito, enero de 2019

Ciberadictos, femicidas y enfermos de las redes sociales

Por Rubén Darío Buitrón*

Los adictos al internet y a las redes sociales son las personas que pierden el control frente al uso normal de la cibernática. En el año 2015, según cita diario El Telégrafo (20/01/2019), un estudio sobre conductas patológicas, realizado por la ONG Protégeles, estableció que 21.3% de los jóvenes están en riesgo de convertirse en adictos a las nuevas tecnologías.

Según el análisis, ese tipo de personas no entienden su vida sin estar al tanto de todo lo que ocurre en su entorno social. Quienes son seguidores obsesivos de redes como Facebook e Instagram quieren estar siempre al tanto de todo lo que hacen sus amigos y conocidos.

Esta dependencia, afirma la ONG, tiene un rango de edad entre 14 y 30 años. Son miembros de la generación millenials, nativos de la era digital.

Pero estos datos me parecen relativos. Porque cuando ocurren fenómenos virales (videos, memes o tuits que los ven millones de personas en un país o en una región del mundo) no existe edad específica: todos queremos conocer esos productos digitales porque resulta casi imposible quedar fuera de las conversaciones de la gente en relación con esos contenidos.

El problema es grave: la gente entontece, deja de reflexionar, se vuelve analfabeta, no es capaz de expresarse de forma adecuada, no lee otra cosa que no sea lo que dicen las redes sociales y su mundo se reduce a una circularidad y a una monotonía que solo se altera si aparece un nuevo producto viral.

Más grave aún es lo que sucede con el periodismo digital. En su gran mayoría, estos sitios web basan su permanencia y su número de seguidores en el show, en el espectáculo, en contenidos groseros, burdos, planos, agresivos, sensacionalistas y morbosos.

Una prueba de todo aquello es lo que ocurrió la la noche del sábado pasado en la norteña ciudad de Ibarra, a 220 kilómetros de Quito.

Durante 90 minutos, un medio digital transmitió, como si fuera un partido de fútbol, el secuestro a una joven embarazada por parte de su novio, quien blandía un cuchillo de hoja larga y filuda y amenazaba a gritos, en la mitad de la calle, con apuñalear a su pareja si esta no accedía a volver con él.

Mientras los policías no atinaban qué hacer (y, al final, fueron incapaces de resolver un problema que terminó en femicidio), decenas de personas, entre ellas periodistas digitales, reporteros y fotógrafos de medios convencionales, filmaban, transmitían, hacían fotos con sus celulares y subían al Facebook o hacían circular las imágenes por Whatsapp.

Nada justifica que estas personas hayan privilegiado su morbo individual, en unos casos, o la desesperación por llevarse el crédito de la exclusiva, la primicia o el última hora.

Cualquiera de ellos, frente al estupor policial, pudo intentar, por ejemplo, acercarse a derribar al criminal. Pero no, los periodistas, los enfermos y los ciberadictos necesitaban la historia completa, es decir, toda la tensión de los 90 minutos y el desenlace mortal.

Como periodistas y como sociedad estamos obligados a servir a los demás, a construir un mundo amable y solidario, a edificar un entorno de paz. Y todo esto se estrella contra lo que hemos descrito.

Escuchemos al maestro Javier Darío Restrepo en un coloquio organizado por el centro Carter, en Caracas, año 2009:

“Del periodista se espera que sea algo más que un intermediario o estafeta eficaz para llevar y traer mensajes. Debe ser un mediador, esto es, alguien que, superada la mecánica de transmisión, actúe movido por un propósito inspirado por la identificación con una causa de servicio a toda la sociedad, poseído por la pasión de hacer real el poder creador de la palabra.

Cuando un periodista y su medio se limitan a la información mecánica, con precisión y alma fría de computador, con la indiferencia y rutina de los viejos burócratas, el periodista es parte del problema.

En efecto, la información mediocre o mala, que es el único producto que se puede esperar de un periodismo rutinario y burocratizado, hace manipulables a los individuos y a las sociedades porque los transforma en espectadores pasivos de los hechos, víctimas resignadas de las catástrofes sociales, pesos muertos en la vida e historia del cuerpo social”.

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*Rubén Darío Buitrón es poeta, periodista y catedrático. Dirige el portal web loscronistas.org

La libertad y el autoritarismo, según George Orwell

Por Rubén Darío Buitrón*

“Todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros”. La irónica frase de la novela “Rebelión en la granja” parece encajar, perfecta, en ciertos espacios de la política.

La escribió el inglés Eric Arthur Blair, quien, bajo el seudónimo de George Orwell, dejó obras literarias fundamentales para reflexionar sobre el ejercicio del poder.

Publicó poco y murió joven, pero con “Rebelión en la granja” y su libro más famoso, “1984”, denunció el absolutismo, la estigmatización a los críticos y la incapacidad del poderoso para escuchar lo que no quiere oír.

Como dice Rosa González en el ensayo introductorio de “Rebelión…” (Ediciones Destino, 2004), hablar de las épocas orwellianas es “evocar los temas más nocivos y siniestros de cualquier régimen absolutista”.

Orwell, abiertamente ligado a las ideas de izquierda y comprometido en su trabajo con los más pobres, soñaba con la construcción de una sociedad profundamente equitativa.

Soñaba con que ningún ciudadano fuese inferior a otro.

Idealista y utópico, creía posible armar un proyecto político desde el debate plural, desde el respeto al que piensa diferente, desde la capacidad de entender al otro, desde el no tener vergüenza de rectificar.

Por eso se fue a España a luchar junto a los militantes antifascistas en la guerra civil, pero pronto descubrió otras realidades: “La historia se escribía no en función de lo que ocurría sino lo que debía haber ocurrido, según la línea del partido”.

Preocupado por el creciente desprecio a la verdad, Orwell configuró un mundo de pesadilla: “El Dirigente controla no solo el futuro sino el pasado. Si el Dirigente dice que aquello no ocurrió, pues no ocurrió. Y si dice que dos más dos son cinco, pues, bueno, serán cinco”.

Golpeado por la fuerza de los hechos -cuenta González-, “a partir de aquella experiencia el objetivo de Orwell será denunciar los absolutismos como sistemas político-sociales repudiables, indistintamente que sean de derecha o de izquierda”.

George Orwell sostenía que los intelectuales “solo permanecen íntegros si se mantienen al margen de los grupos políticos”.

Desconfiaba de la tesis del partido único y detestaba a ciertos ideólogos, a quienes llamaba “bolcheviques de salón”.

Llegó a aborrecer las estructuras caudillistas, dogmáticas, inflexibles.

Advertía que el poder tuerce la verdad histórica para imponer conductas y denunciaba que las formas de control social más nefastas son la persuasión psicológica y la manipulación de mensajes para sembrar miedo.

Contra el absolutismo y la censura, “Rebelión en la granja” reafirma un valor irrenunciable: “Libertad es el derecho de decirle a la gente lo que no quiere oír”. 

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*Rubén Darío Buitrón es poeta, periodista y catedrático. Es director-fundador del portal loscronistas.org

Los lugares comunes, uno de los peores vicios de los periodistas

Por Rubén Darío Buitrón*

El facilismo y la escasez de léxico en los periodistas va volviéndose una epidemia mundial. Todos los días leemos, escuchamos y vemos en los diferentes medios informativos frases que, por lo general, son titulares de prensa.

“Votación británica pone en la cuerda floja a May” es un titular de un periódico de este día, 15 de enero de 2019. Se refiere a que la primera ministra británicas Theresa May “afronta un momento clave para su futuro y del Reino Unido” por la votación parlamentaria sobre el Brexit, acuerdo europeo del que la mayoría de británicos quiere salir y del que May lucha por quedarse.

Vemos dos lugares comunes o muletillas en apenas tres líneas.

Y ahora observemos otro, de este mismo día en un periódico distinto: “Hallan una aguja en el gran pajar“, dice el diario para referirse a la detección de 13 millones y medio de dólares de la corrupción.

¿Por qué es un error usar este tipo de fraseo, como es, por ejemplo, uno de los más usados: “Crónica de un juicio anunciado”, “Crónica de una derrota anunciada”, “Crónica de una fuga anunciada”?

Porque el lugar común es una frase o idea considerada como un vicio del lenguaje, pues es demasiado escuchado o conocido y por su uso excesivo o gastado.

Según la definición más simple, la de Wikipedia, el lugar común presenta una o varias de las siguientes características:

  • Demuestra poca imaginación de quien la expresa.
  • Sustituye la búsqueda de ideas originales o creativas por otras ya gastadas.
  • Evidencia ser una copia de una idea de otro.
  • Se usa frecuentemente en el discurso político como herramienta de la demagogia para engañar o maquillar la verdad.
  • Simplifica una idea o concepto que quizá merecería matizarse. https://es.wikipedia.org/wiki/Lugar_com%C3%BAn

Es grave que un periodista muestre poca imaginación, pues significa tres cosas: una, que no lee más allá de lo necesario; dos, que no cuenta con léxico adecuado justamente por la falta de lectura; y, tres, que el periodista adolece de pereza mental para detenerse un momento más y buscar frases que impacten y que informen sin necesidad de apelar a lo que está a la mano.

Así, el periodista que tituló “Hallan una aguja en un gran pajar” creyó que, al decirlo de esta manera, estaba dándole valor agregado a la información y atrayendo a sus lectores.

Lo mismo ocurre con quien escribió “En la cuerda floja“, pues la peor forma de explicar que un funcionario (en este caso) atraviesa un problema que podría llevarlo a su caída del poder es con una frase que, como dice la definición, ha perdido su significación y se ha vaciado de sentido.

Con esa actitud facilista, de pereza mental, todo lo que ocurre en la cotidianidad, todos los hechos del día que merecen informarse, podrían reducirse a que se hallan agujas en un pajar o que se encuentran en la cuerda floja.

Y las víctimas, por supuesto, son los receptores de la información, los lectores, las audiencias.

Porque, si como dicen, las funciones básicas de la prensa son educar, informar y entretener, ese tipo de periodismo maleduca y desinforma y deja al lector en la indefensión respecto del conocimiento real del hecho preciso.

Esa es la tragedia del lugar común en el periodismo: el uso cada vez más popular de expresiones triviales o muy empleadas. El empleo de la muletilla como una voz o frase que se repite mucho por hábito.

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*Rubén Darío Buitrón, poeta, periodista y catedrático, es director-fundador de la organización periodística loscronistas.org

¿Existen medios públicos en el Ecuador de hoy? (II)

Por Rubén Darío Buitrón*

Otro de los puntos esenciales para entender a los medios públicos (ver nota difundida hace cuatro días en este blog) es que quienes manejan estas herramientas de comunicación social están equivocados si lo hacen con criterios de medios comerciales y/o con criterios de medios convencionales.

Ni lo uno ni lo otro. A los medios públicos, en los albores de la segunda década del tecnológico y vertiginoso siglo XXI, les corresponde entender que el periodismo tradicional ya no cabe en ellos.

La clásica segmentación de los periódicos (portada, política, macroeconomía, sociedad, deportes, ciudad, judicial -policial o sucesos-) ya es obsoleta.

Toda investigación seria lo dice: el porcentaje de lectores que buscan noticias políticas o macroeconómicas es menos del 10 por ciento del total de usuarios de los medios en las redes y en el internet.

Eso quiere decir que más del 90 por ciento de lectores (ciberaudiencias y audiencias clásicas) buscan temas de conversación.

No de otra manera se entiende que videos en apariencia irrelevantes que circulan por Facebook o Whatsapp se vuelvan virales y obtengan millones de visitantes que, a su vez, reenvían a sus amigos y a sus grupos de chat, además de que lo postean en Facebook y hasta en Twitter, un espacio hoy dedicado a la agresión política, a la intolerancia, a la calumnia y a la destrucción de reputaciones.

Los medios públicos, por tanto, no se definen solo por el menor o mayor comprometimiento con el gobierno y los poderes de turno, sino por su capacidad de entender que existen nuevos públicos, ampliamente diversos, y que solo mediante la certera investigación de las audiencias y de temas será posible la construcción de contenidos adecuados para quienes los consumen.

Urge entender, por ejemplo, que un grupo que cuenta con canales de televisión, radiodifusoras, periódicos impresos y espacios digitales no pueden caminar cada uno como los rieles del tren, en su propio andarivel, sino de forma transversal.

Eso quiere decir que se necesita una mirada horizontal para la construcción de contenidos que crucen por todos esos medios. Nunca antes ha sido tan evidente que la convergencia mediática es el futuro, el futuro que ya está aquí.

Quienes manejan medios -y, con mayor razón, medios públicos que pertenecen y que se deben a la sociedad- tienen la obligación de que la inteligencia de audiencias les sirva para entender y estructurar nuevas secciones, nuevas temáticas, nuevos protagonistas.

En esa línea, ningún medio que quiere sobrevivir puede prescindir de las historias ciudadanas ni debe estar cerca de lo institucional.

Tampoco pueden dejar de armar agendas propias salidas de las demandas, las urgencias, el servicio y la utilidad directa para las audiencias.

El medio público que pretenda ser eficiente, que apueste por ser distinto, que apunte a lograr altos niveles de audiencia debe tener clara la pregunta clave: ¿de qué está hablando la gente?

Y no tiene que ir atrás de los temas que circulan en los espacios digitales, sino adelante.

¿Cómo ser diferentes? ¿Cómo lograr una nueva cultura periodística? ¿Cómo entender los hábitos de consumo? ¿Cómo competir ya no con otros medios locales sino mundiales como Netflix o Amazon Prime?

Más allá del debate (sobre todo en el Ecuador) de cómo se manejaron y cómo se manejan los medios públicos y a quién servían antes y a quién sirven ahora, si no somos disrruptivos, si no conocemos a nuestro público, si no entendemos que el modelo editorial va de la mano del modelo financiero, es inútil hablar de medios públicos.

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*Rubén Darío Buitrón es poeta, analista y catedrático. Además es CEO de loscronistas.org

Ser “periodista” ya tiene una nueva definición en la RAE

Su acepción anterior no incluía a quienes trabajan en medios digitales o por su cuenta. Cómo quedó.

La Real Academia Española (RAE) modificó la definición de “periodista” y “periodismo” en la última edición del diccionario digital, tres años después de que el periodista Ramón Salaverría enviara una petición formal a la institución en la que consideraba “improcedente” mantener la definición “obsoleta”.

En la primera acepción se definía a este profesional como “persona legalmente autorizada para ejercer el periodismo“. La segunda acepción identificaba como “periodista” a quienes practican el periodismo en un periódico o en un medio audiovisual, excluyendo tanto a quienes lo ejercen en medios digitales como a los periodistas “freelance” que lo practican de manera autónoma. Este cambio también fue solicitado por Salaverría.

Tras esta última actualización, la RAE define al periodista como la “persona que se dedica al periodismo (actividad profesional)”, y al periodismo como la “actividad profesional que consiste en la obtención, tratamiento, interpretación y difusión de informaciones a través de cualquier medio escrito, oral, visual o gráfico”. 

“¿Quién es periodista? Obvio: toda persona que se dedica al periodismo. Con esta rotunda simplicidad ha resuelto, por fin, redefinir el término ‘periodista’ la Real Academia Española, en una de las 2.451 modificaciones al Diccionario de la Lengua Española que acaba de divulgar”, ha destacado el profesor Salaverria en una publicación en su blog.

Para Salaverría, la anterior definición de periodista era un “despropósito” ya que, en su opinión, “restringir la categoría de periodista apenas a quienes trabajan en periódicos o medios audiovisuales sonaba bastante anticuado”.

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Tomado del diario La Vanguardia

¿Existen medios públicos en el Ecuador de hoy?

Por Rubén Darío Buitrón*

Digamos que los medios públicos ecuatorianos están en construcción. Porque lo que en la década anterior se llamó “medios públicos” (con comillas) no era tal: el gobierno de entonces creó y puso a su servicio una red de medios (16 de alcance nacional, entre impresos, radiales, televisivos y digitales) que aunque fueron bautizados como “públicos” en realidad fueron gubernamentales o, si se quiere, gobiernistas.

Al poner aquellos medios (incluidos los incautados a los fraudulentos banqueros Isaías) al servicio de la información propagandística de una línea estratégica de contenidos destinada a inflar la imagen del Régimen y del presidente de la República, la noción de medios públicos se distorsionó de manera total.

Podemos decir, por tanto, que una cosa es haberlos llamado medios públicos y otra es que lo hayan sido de verdad.

Decir medios públicos a medios oficialistas, estatales o gubernamentales resulta una grave contradicción conceptual y un engaño (o autoengaño).

Porque los medios públicos (como dice el académico colombiano Germán Rey) “son aquellos canales de comunicación masiva que generan espacios donde circulan y se debaten los grandes temas de interés ciudadano con una amplitud y una tolerancia que permiten la coexistencia de las diferencias, contradicciones e intereses de los diversos sectores que integran la sociedad”.

Suscribo la definición de Rey porque, en el fondo, el concepto implica que los medios públicos se basan en el pluralismo, la democracia y la libertad de expresión en un marco de creatividad, innovación y circulación de productos informativos y de entretenimiento con ejes distintos a los que manejan los medios comerciales.

Y si se trata de hallar contradicciones en la manera cómo el gobierno anterior trató de convencer al Ecuador de que sus herramientas propagandísticas eran “medios públicos”, habría que anteponer una idea simple, pero profunda, para que el concepto quede más claro aún:

El eje filosófico y político de un medio público es mantenerse lejos del poder y cerca de la gente, lo que implica que su financiamiento y su estructura jerárquica tengan sustento ciudadano y no del Estado ni del Gobierno.

¿Por qué? Germán Rey responde:

Los medios públicos expresan el derecho a la información en doble vía: un derecho que protege las libertades de los medios y los periodistas, pero también los derechos de las audiencias, todo en un marco de responsabilidad profesional, por un lado, y de respeto a la multiculturalidad (y al pensamiento plural) de los ciudadanos, por otro.

Hasta aquí llegamos con las primeras conceptualizaciones en el intento de responder la pregunta sobre la existencia o no de medios públicos en el Ecuador.

En una segunda parte de este post ahondaremos más en lo que significa el término “en construcción” y trataremos de acercarnos a su realidad actual para saber en qué consiste levantar este andamiaje.

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*Rubén Darío Buitrón, poeta y catedrático, es director-fundador de la organización de periodistas y escritores loscronistas.org

¿Existe libertad de expresión en el Ecuador?

Portadas de los medios con la información del asesinato a los periodistas de El Comercio.

Rubén Darío Buitrón

La libertad de expresión es un derecho intangible de todos los seres humanos.

Pero en el Ecuador se discute, todavía, cuánta libertad de expresión hubo durante los diez años del gobierno de Rafael Correa y cuánta libertad de expresión existe hoy, en el régimen del presidente Lenín Moreno.

Para responder esta pregunta debemos, primero, definir aquel concepto esbozado en el primer párrafo de este post.

La libertad de expresión es la posibilidad que tiene cada ciudadano para cuestionar, debatir, deliberar y apoyar lo que considere justo para él, su entorno y la sociedad.

Sin embargo, en la cotidianidad no suele suceder aquello: la gran mayoría de los ciudadanos no cuenta con un medio propio desde el cual pueda expresar sus ideas y esta situación, en realidad, impide el ejercicio de ese derecho.

Los medios y los periodistas, por tanto, están obligados a ser las herramientas donde esos ciudadanos se expresen con plena libertad.

De lo contrario, dichos medios no cumplirían su deber fundamental.

En el gobierno anterior se exageraron los controles a los ciudadanos y se produjo algo absurdo: crear una suerte de policía mediática (la Superintendencia de Comunicación, Supercom) dirigida por un individuo que nunca entendió su rol legal sino que se asumió como arma de ese régimen para castigar (sí, castigar) a los medios y a los periodistas que criticaban (acertada o equívocamente) la gestión del gobierno y, sobre todo, la del Presidente.

La Supercom no existe más. Los asambleístas la derogaron hace pocos días como parte de las reformas a la Ley Orgánica de Comunicación.

Sin ese monstruoso aparato de inquisición quizás la LOC hubiera funcionado de otra manera y como debía corresponderle: no ser un organismo punitivo, castigador ni amenazante, sino un ente regulador desde el debate, la deliberación y el diálogo.

Pero con un individuo igual de monstruoso que el aparato que presidió fue imposible que la Supercom cumpliera su papel. Y así se impusieron el miedo, el temor, la autocensura, la persecución, la amenaza, la intolerancia y censura.

Pero, ahora que ya no existe la Supercom, ¿podemos hablar de que ha vuelto la libertad de expresión a la sociedad ecuatoriana?

De parte del gobierno morenista es clara la actitud de respeto y tolerancia, incluso a grandes errores y hasta a seudoinformaciones calumniosas, como ocurrió recién con un audio filtrado al medio digital La Posta.

En ese audio, que fue parte de una reunión del Consejo de Seguridad del Estado (la entidad donde se discuten -en el más estricto secreto- los problemas más graves y las amenazas a la seguridad nacional), se escuchaba parte de una declaración del presidente Moreno sobre la crisis en la frontera norte tras el asesinato de los tres periodistas de El Comercio.

Lo que La Posta no dijo (¿o no supo?) fue que quien grabó ilegalmente el audio (delito que se castiga con diez años de prisión) y les entregó para su difusión, fue que la reflexión que se escucha del Presidente es solo una parte y no el todo de las palabras del Primer Mandatario contra los asesinos de los periodistas.

Al difundir el audio cortado, se hacía creer que el Jefe de Estado se mostraba indiferente y quemimportista frente a la posible ejecución de los periodistas. Es decir, una distorsión informativa muy grave.

El Gobierno reveló, días después, el audio completo.

Y así desvirtuó la acusación de la presunta indiferencia presidencial, pues en el documento sonoro queda claro que el Mandatario habla del tema tres días después de la muerte de los periodistas y lo hace mostrándose indignado y apesadumbrado por el crimen y advirtiendo que el Régimen no negociará con los narcoterroristas asesinos.

No ha habido acciones contra los periodistas de La Posta. Más bien las señales gubernamentales han sido de respeto y tolerancia a quienes cometieron semejante error.

¿Eso quiere decir que la libertad de expresión ha vuelto al Ecuador?

Sí, pero aún queda mucho por hacer.

El acierto gubernamental de vetar la reforma a la LOC en el reparto de las frecuencias de canales de TV y de radio deberá convertirse en un reparto democrático, equilibrado y justo de esas frecuencias para que se cumpla la disposición de que se las distribuya porcentualmente: 33% para medios privados, 33% para medios públicos y 34% para medios comunitarios.

Si este reparto se cumple, la libertad de expresión como derecho ciudadano y como deber del Estado dará un paso crucial para la construcción de una verdadera democracia mediática.

Que suceda pronto.

Luz de enero

Por Rubén Darío Buitrón*

Amanece en el Quito colonial.

Bajo un clima de temor y silenciamiento, los madrugadores son testigos de uno de los actos rebeldes más significativos de la época: sobre las cruces de piedra de la ciudad aparecen banderolas escarlatas con un lema escrito en latín: “Al amparo de la cruz, sed libres. Conseguid la gloria y la felicidad”.

Es enero de 1795. El autor, el periodista Eugenio Espejo, es detenido e incomunicado. Meses después, muere en una mazmorra del gobierno opresor español.

Dos siglos después, en el antiguo Hospital Militar, construido en 1913 en la loma de San Juan, se respira, se multiplica, se mantiene viva aquella alma libertaria del precursor.

Convertido en museo gracias a la tenacidad de los habitantes del barrio América y a la intervención del Municipio, el viejo sanatorio ideado por el general Eloy Alfaro exhibe una muestra de la fuerza, energía y permanencia de una fecha nacional clave: el 10 de agosto de 1809.

Son 200 años del levantamiento de los patriotas que siguieron la luz de Espejo, el hombre que 30 años antes sembró las semillas de una lucha por la dignidad, de una lucha que, de a poco, fue sumando valentías, talentos y sacrificios hasta convertirse en victoria decisiva el 24 de mayo de 1822.

Allí, en ese museo, golpean como un eco su palabra y sus ideas.

Y en ellas se proyectan, brillantes, los caminos de libertad y civismo que él fue capaz de trazar antes de que muchos imaginaran siquiera que aquello sería posible conquistar.

Periodista, escritor, médico, filósofo y agitador. La historia recuerda así al hombre que fue la conciencia crítica de su tiempo.

Sagaz y temerario, quiteño nacido de la entraña del mestizaje el 21 de febrero de 1747, nunca desmayó en sus afanes de promover la necesidad de pelear por una sociedad deliberante, democrática y equitativa.

Peligroso para quienes ejercían el poder, fue perseguido, encarcelado y desterrado, pero ninguna fuerza pudo detener sus esfuerzos y voluntad para construir un pensamiento libre.

En noviembre de 1791 formó la Sociedad Patriótica de Amigos del País, compuesta por 25 personas que se reunían para debatir e intercambiar conocimientos.

El jueves 5 de enero de 1792 marcó otro hito: puso a circular el semanario Primicias de la Cultura de Quito.

Como periodista, Espejo fue esencia y expresión de lecturas profundas e inteligentes de los hechos, de acercamiento a la verdad, de valor y coraje para sostener convicciones y certezas.

Enero y 2019 son fechas para rendir culto al espíritu altivo de los ciudadanos no sometidos.

Ser y actuar: el mejor homenaje que podemos rendir al precursor del periodismo libertario.

Aún nos queda muchísimo por luchar y por hacer. Y habrá que empezar por refundar un periodismo de la gente, un periodismo donde el ciudadano se vea, se sienta, sea parte de él.

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*Rubén Darío Buitrón, ecuatoriano, es periodista, poeta y catedrático. Es, además, director-fundador del portal digital loscronistas.org