El fenómeno de la canción “Despacito” en la era Trump

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Recientemente, “Despacito”, el éxito musical de los cantantes puertorriqueños Luis Fonsi y Daddy Yankee, se convirtió en el video más visto en la historia de YouTube, con más de 3000 millones de vistas. Además, lo logró más rápido que cualquier otro video musical que haya estado en esa plataforma.

Hace unas semanas Universal Music anunció que también era la canción que más se había escuchado en línea en la historia, si combinamos la cantidad de veces que la gente reprodujo el tema o el video en una versión remix en la que canta el intérprete canadiense Justin Bieber.

El ascenso de “Despacito” es extraordinario por varias razones: con excepción de la introducción de Bieber, el tema es en español (según la manera en que se interprete la letra, la canción habla de cómo uno lo haría lento con alguien que le gusta).

El video tiene como escenario un barrio pobre de Puerto Rico llamado La Perla y muestra a un alegre elenco multiétnico. Tal vez lo más excepcional es que la canción ha cobrado fama internacional en un momento en que crece el nativismo, la ansiedad en lo que respecta a las fronteras y la inmigración, y en el que el poder ejecutivo de Estados Unidos parece estar decidido a blanquearse.

El éxito de la canción subraya el lugar común de que el sentimiento que motiva a tantos de nosotros, ese que nos hace movernos, que anima nuestras vidas, que nos une en algunas formas como una comunidad global —la música pop— es lo opuesto del nativismo. Es promiscuo, no respeta fronteras ni pertenece a categorías raciales. Toma prestado a discreción, alentando la fecundación mutua de culturas y estilos. Se abre paso con energía desde la diáspora africana. Y esos miles de millones de vistas dicen que la gente, una gran mayoría estadounidense, no se cansa de escuchar la canción.

Claro que el éxito de la canción no quiere decir que el proyecto del presidente Donald Trump fracasará ni que el nativismo cascarrabias dará paso a un multiculturalismo feliz. La mayoría de la gente podría estar dispuesta a ver un video de artistas puertorriqueños y aun así no querer tener un vecino que hable español (aunque Puerto Rico es un territorio estadounidense, así que, si eres estadounidense, supéralo).

Sin embargo, el éxito de la canción sí enfatiza un lado de la humanidad que, en estos tiempos, suele verse ensombrecido por tendencias más desagradables. Sabemos que los humanos podemos ser tribales, que nos organizamos de un momento a otro en grupos de personas afines y ajenas, que podemos tratar a esos grupos que no nos son afines con crueldad e incluso con violencia. Estas tendencias probablemente son anteriores a nuestra condición humana. Hasta grupos de chimpancés hacen la guerra entre sí.

También tenemos este otro lado que es curioso, que no teme a la diferencia, sino que se inspira en ella. Un lado trascendente que se alegra de unir partes dispares para crear y jugar.

Tomemos “Despacito” como ejemplo. Comienza con una guitarra puertorriqueña de cuerdas de acero conocida como cuatro, que seguramente proviene de un instrumento que los moros llevaron a España desde el norte de África. El vibrante ritmo del reguetón salió de Jamaica y, mucho antes de eso, probablemente se originó en África occidental.

Al rapear, Daddy Yankee emplea una forma de arte que desarrollaron los afroamericanos en las urbes y lo infunde con el sentimiento único del español y la jerga de Puerto Rico. La sugerente letra de Fonsi que podría pertenecer a una tradición que se remonta a los trovadores despechados de la España medieval y todavía más atrás.

Cuando observamos con detenimiento las fronteras que delimitan a esas entidades supuestamente discretas, nos encontramos con que son sorprendentemente porosas.

La canción es una fusión, una amalgama. Como tal, no solo ilustra el genio de la música pop, sino que además es un ejemplo de cómo funciona la creatividad en general. La innovación suele involucrar la organización de piezas antiguas en nuevas configuraciones. Las empresas de tecnología como Apple y Google lo saben. Por eso es que enfatizan en la polinización cruzada, sus espacios de trabajo abierto y áreas públicas diseñadas para fomentar la mezcla.

Así era también como, hasta hace poco, se concebía el proyecto estadounidense. Después vino el presidente Donald Trump y la noticia de que algunos todavía pensaban que Estados Unidos era fundamentalmente una nación blanca, cristiana y con raíces europeas.

¿Eso qué quiere decir exactamente? La genética moderna nos dice que los estadounidenses somos una mezcla de distintos pueblos, una población de recolectores y cazadores mezclada con agricultores que, hace miles de años, emigró de lo que hoy conocemos como Turquía (cerca de Siria) y acabó de completarse con pastores de lo que ahora es la estepa rusa. El cristianismo, el supuesto pegamento de Europa, se importó del Levante. Y escribí esto originalmente en un idioma —el inglés— que consiste en el francés y el latín injertados en una base anglosajona, salpicada con nórdico antiguo y una pizca de celta.

Sí, las naciones existen. Sí, tienen fronteras. Sí, surgen diferentes culturas e idiomas. Hay ideas fundamentales que tal vez podemos llamar occidentales. Sin embargo, cuando observamos con detenimiento las fronteras que delimitan a esas entidades supuestamente discretas, nos encontramos con que son sorprendentemente porosas.

En una batalla por nuestros corazones y mentes representada por la música pop, obviamente no es necesario decir todo esto. “Despacito” se aseguró el éxito.

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* Moisés Velásquez-Manoff es el autor de “An Epidemic of Absence: A New Way of Understanding Allergies and Autoimmune Disease” y es columnista de opinión del diario Thew New York Times.

Rius (1934-2017), el caricaturista político que nos enseñó a pensar

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Eduardo del Río, Rius, es un monero sencillo, delgado, que camina con paso lento, muy de-rechito; del hombro le pende una mochila de piel y la sonrisa pocas veces se le desvanece. Fuma cigarrillos sin filtro, pequeños, y le gusta el café capuchino. Nació el 20 de junio de 1934 en Zamora, Michoacán. A la fecha, ha publicado 135 libros contando reimpresiones, reediciones y “los agotados”; se ha sobado el lomo como pocos para, a ojo de buen cubero, publicar casi tres libros por año que representan cerca de 40 mil dibujos. Sus historietas, las nuevas generaciones las conocimos en libro salvo El Chamuco (la última de sus historietas en revista), actualmente en circulación; a ésta le precedieron Los SupermachosLos Agachados, La Garrapata y El Chahuiztle.

 Doble personalidad

El mundo literario lo conoce simplemente como Rius. Su familia lo sigue llamando Eduardo. De algún modo, vive nadando en un estero, pues ambos personajes están relacionados: “De mi trabajo he hecho mi vida y, a veces, le di más importancia a éste que a mi familia. A últimas fechas me ha pesado, sobre todo porque no disfruté a mis hijos lo suficiente, como a mi nueva niña, de seis años. Los otros dos murieron. De hecho, andan diciendo que por ahí tengo otros hijos pero no me consta.”

Aunque no lo crean, fue seminarista: “No me considero un producto de educación familiar. Entré de interno al seminario a los nueve años; en ese momento dejé de tener una vida familiar: mi madre se volvió a casar y mis hermanos hicieron lo propio. Las relaciones con mi familia eran escasas. Era un demonial de tiempo el que se pasaba ahí. A los dieciséis años me expulsaron del seminario y, al otro día, ya trabajaba en una piquera del mercado de Tacuba.”

En plena adolescencia no estaba tan sencilla la cosa. “En mi contra estaba haber sido educado por curas. Me recuerdo con un descontrol total; empecé a hacer vida de trabajador, regresando a casa hasta la noche, pues en esa época no estaban reconocidos los estudios del seminario: salí de ahí con el único papel que entré, mis estudios hasta quinto de primaria. Me costó trabajo adaptarme a la sociedad, en el seminario nos ense-ñaron que las mujeres eran las hijas del demonio que nos hacían caer en pecado.”

Dada su admiración al Maestro Vicente Rojo, decidió estudiar dibujo publicitario; incluso se inscribió en San Carlos: “Me dijeron que ahí podía estudiar, pero con tan mala suerte que me tocaron dos huelgas; sólo me quedé un mes. Me inscribí más tarde en una escuela par-ticularde diseño publicitario y ahí lo que enseñaban era a hacer anuncios de Pepsi o Sabritas; no era diseño gráfico. En realidad, nunca pensé ser caricaturista.”

 La caricatura, “una chiripada”

Rius hizo de todo. Trabajó incluso, en la Agencia Gayosso de Avenida Hidalgo (hoy el teatro Hidalgo) y fue precisamente donde todo se transformó. Él, para pasar el rato, estaba haciendo monitos y “trataba de hacer el diseño para una revista cultural que se iba a llamar Píndaro; tenía la idea de que Píndaro era un cubista de la antigua Grecia y estaba buscando una forma de representarlo para un logotipo. Don Pancho Patiño, el director de la revista Ja, Já de Excélsior, llegó como cliente a la agencia pidiéndome el teléfono para hablar con su segundo frente y vio lo que dibujaba; al colgar, me dio su tarjeta diciéndome que si algún día se me ocurría algún chiste, se lo llevara y que me lo publicaba. Realmente el hecho de ser caricaturista es una chiripada.”

Pero nada llega solo. De pronto, junto a la agencia había una librería de usado, La librería Duarte, la más famosa de su tiempo, “una especie de Ateneo de dos refugiados españoles que se dedicaban a buscar, a buen precio, los libros que les solicitaban sus clientes. Descubrí la obra de William Faulkner, de Catwell, de Hemingway; compraba una semana de libros y tenía derecho a otra semana gratis. Uno de los libros que conseguí ahí fue Todo en línea, de Saúl Springel, considerado como el padre de la caricatura moderna: el primero en hacer dibujos basados en pura línea, sin sombra, sin volumen, sin respetar la anatomía humana, lo que fue una revelación para todos aquellos que queríamos ser caricaturistas; cuando Pancho Patiño me pide cartones, recurro al libro éste y me pongo a calcar con el estilo de Springel”; además, como era gran lector y cliente, ahí conoció a Carlos Fuentes, Juan José Arreola, José de la Colina y Juan Rulfo, entre muchos otros.

Corrían los cincuenta y Rius no estaba aún convencido de hacer caricatura política: “Yo era ignorante de todo eso; dos personas fueron clave: Renato Leduc, gran periodista de este país que manejaba el humor de una forma increíble y, en política, cuando comencé a trabajar en la revista Siempre!, pues José Pagés Llergo fue el único que, delante de nosotros, rompía las caricaturas y las tiraba a la basura; era un tirano increíble: nos insultaba y nos mentaba la madre pero nos aguantábamos porque nos publicaba y había libertad; Pagés encontró la fórmula de hacerse de grandes escritores de izquierda, derecha y centro y eso hacía interesante la revista.”

 El cartón de Rius

 Rius Frius es uno de esos garbanzos de a libra que, a pesar de sus detractores, su forma de decir le ha dado ya un lugar en la historia del periodismo moderno. ¿Cómo es que se logra ese estilo particular?: “A mí me tocó un momento histórico en el que el máximo de crítica que se podía ejercer era directo contra los poderosos: contra los ministros, etcétera; pero sabía que eso no iba a servir de nada. Alguna vez quise hacer un cartón durísimo contra Echeverría pero éste no iba a cambiar su manera de pensar. Lo más adecuado, concluí, era hacer cartones dirigidos a la gente, a los lectores, para que ellos fueran adquiriendo cierta conciencia de lo que estaba pasando. Entre mis cartones hay muy pocos donde se pueda ver que hay una crítica directa contra algún gobernante.”

De pronto, este monero se encontró con Marx, quien le explicó cada circunstancia a detalle y el porqué de las situaciones, lo que le permitió entender y comenzar a manejar el humor político de forma que pudiera, sencillamente, explicarse y explicarnos el mundo que nos rodea y, aunque no se ve como un educador, sus libros-historieta han hecho de sus lectores alumnos fieles a lo que he llamado Doctrina Rius: humor en las frases, historia en dibujos y postura política clara en cada tema a desarrollar: “Lo que me ayudó fue el marxismo; el ser humano tiene cambios a lo largo de su vida. Cuando yo era joven estaba entusiasmado por cambiar al mundo. Pensaba, cuando caminaba por la calle, que toda la gente al ver mis cartones podía cambiar. Me metí al Partido Comunista para apresurar ese cambio y me sirvió muchísimo ser parte de él. Pero en esa época, en los años sesenta, setenta, como que estaba todavía en el ideal, bien esperanzado a que realmente pudiera haber cambios importantes en el país. Toda mi lucha, si así se le puede llamar a trabajar como bestia tantos años, era precisamente buscando un cambio. La adversidad no tiene nada que ver con la ilusión; lo que uno desea ahora es que ese gran engaño que fue el socialismo desaparezca para darle paso, si bien nos va, a otro socialismo pero con más sentido humano, sin represión, sin violencia, sin poder ni terror.”

 El libro-historieta

 Conforme Rius fue afinando su estilo y adquiriendo mayor experiencia le parecía que el cartón editorial era insuficiente y que no expresaba todo lo que él quería decir. Estaba convencido de que podía dar un buen mensaje crítico, pero su objetivo era decirle a la gente qué estaba pasando. “No podía explicarle a la gente con un cartón o tres, la pugna chi-no-soviética. Necesitaba ponerla en antecedentes y explicarle el porqué. Eso era más fácil de explicar en la historieta crítica.”

Los maestros y los amigos comenzaron a notar que las inquietudes de Rius cambiaban. “Abel Quezada me decía: tú empezaste haciendo caricatura muda y vas a terminar escribiendo novelas, porque tu evolución ha sido del humor mudo al cartón editorial (que tiene un mínimo de palabras), de la tira cómica (que ya tiene más frases) a la historieta (que ya son un chingo de palabras) y de ahí al libro. Lo tuyo serían novelas de monitos.”

 La incursión en la historieta infantil

Antecedente de diversos suplementos para niños y quizá padre intelectual de Uno dos tres por mí (suplemento infantil de este periódico), Rius creó una de las primeras historietas inteligentes para niños: “En el caso de Cucurucho, yo no la dirigía, estaba a cargo de “Checo” Valdés y yo tenía dentro un suplemento que se llamaba Tío Rius. Fue un intento de hacer periodismo infantil, que es lo más difícil del mundo; mi malévola idea era comenzar a politizar a los niños dentro de ciertos parámetros que no fueran escandalizados. Quería explicarle las cosas de la vida al niño de la forma más simple. Cuando me llamaron de El Universal para que les hiciera el suplemento infantil (que ya estaba organizado) Mi mundo, traté de hacer lo que hacía la editorial argentina Quillet con El Quillet de los niños, ese era mi modelo de literatura infantil. Incluso hubo otro intento de hacer cosas para los niños, en Argentina, Los cuentos de Polidoro hasta que se me ocurrió hacer un número dedicado a los cincuenta años de la Unión Soviética; el pequeño detalle que ignoraba es que aquel suplemento lo pagaba la embajada de Estados Unidos.”

La tropa

Muchos de los caricaturistas que hoy día publican pertenecieron a las tropas comandadas por Rius; él, como buen militante, no acepta el término “discípulo”: “Patricio, el Fisgón, Helguera, Hernández han estado muy cerca de mí, pero más que mis discípulos ellos se consideran admiradores, seguidores de mi trabajo. Apoyar a los jóvenes tiene su historia. Tuve la suerte de convivir mucho con Cadena m. y me explicó el descubrimiento de Los Picassos (un grupo de jóvenes cartonistas, cuyos trabajos acababan en el basurero); cuando tuve la oportunidad, después de que me llamara Nikito Nipongo cuando dirigía la revista Sucesos para que le hiciera el suplemento de humor que se llamaría después El Mitote Ilustrado comencé a publicar cartones de extranjeros porque no había dinero y poco a poco me fueron cayendo ahí. Antes de que se afianzara el proyecto de El Mitote… tuve la experiencia de La Gallina, una revista que hice con Miguel Gila, el cómico español. Ahí caían caricaturistas jóvenes, entre ellos Helioflores.

A la siguiente generación ya les lle-vaba como diez años de ventaja (Naranjo, Helioflores, Magú), pero ya todos ellos me empezaron a ver, equivocadamente, como un modelo a seguir, aunque cada quien con su propio estilo. Por ejemplo, a Jis y Trino los descubrí cuando tenían quince años. Son casi mis ahijados y los empecé a publicar en Los Agachados en una sección dedicada a los jóvenes cartonistas.

“Yo no traté de hacer escuela ni adoptar a una serie de alumnos que siguieran mi línea. Solitos se iban dando. Tuvimos la gran oportunidad de juntar a siete ta-lentos, para hacer La Garrapata: Naranjo, Helioflores, Magú, Abel (finado) y Checo Valdés; ahí nacieron muchísimos talentos, entre ellos Rocha, Ramón, Fego de la Torre; un chorro. Algunos ahí andan, vegetando, otros se corrompieron. Pocos son los que llegaron a cuajar como buenos caricaturistas.”

 La biblioteca Rius

 Con más de ciento treinta libros publicados, Rius prefiere dejar al público las opiniones, disgustos y preferencias. Sin embargo, comenta: “Es muy difícil escoger favoritos, porque todos los hijos son bonitos. En el aspecto político, quizá el libro que más influencia ha tenido mundial es el de Marx para principiantes, pues se ha traducido a más de veinte idiomas, casi todos pirateados y, en otro aspecto, el de 500 años fregados pero cristianos, porque los zapatistas lo utilizaron como libro de texto. Recetarius me gusta mucho porque lo considero muy provocador, buscando que la gente reaccione y diga ‘¿qué cosas me está propo-niendo este loco?’ De Kama Nostra, me gusta que es un acercamiento al erotismo y una forma de educar; el libro de filosofía me costó muchos años de lecturas… Creo que es más fácil identificar los tres libros que no me gustan: La joven Alemania porque, afortunadamente, es el único libro que he hecho por encargo y me dio la impresión que los alemanes me habían tomado el pelo, que me enseñaron una Alemania que no existía; Su majestad el pri, porque es un libro que quedó muy incompleto, le faltó mucha base teórica y no profundicé y, por último, El Manual del dominó, que es pura vacilada.”

El cartón hoy día

Ante la situación caótica que vive el país, los cartonistas “le dan vuelo a la hilacha”, les sobran temas y personajes, y encontrar el tema a tratar no es sencillo. ¿Qué va a pasar con los jóvenes? ¿Realmente se hace caricatura incisiva en el país? “Depende mucho de los editores, de los dueños del periódico y los directores; ello son los que deciden finalmente qué se va a hacer con un cartón y hasta dónde se va a censurar el trabajo del caricaturista. Ahora se está dando este fenómeno de que hay periódicos que ya no son de los empresarios: La Jornada es un ejemplo de ello y en El Universal se están publicando muy buenos cartones; es un extraño fenómeno donde el director entiende que la crítica tiene que manejarse en esa forma.

Ya no le tienen tanto miedo a los caricaturistas, pero la mayoría de los periódicos siguen igual que hace cincuenta años, ven al caricaturista como un enemigo de sus inte-reses y, a lo mejor, también los caricaturistas ya encontraron un modus vivendi muy cómodo y ya no les interesa, aun cuando vivan en la mediocridad.”

Las esperanzas de Rius Frius

Rius Frius, curador de pulques y doctor en Artes Parciales, está en la flor de la edad y aún tiene mucho por entregar, lo cual no sería posible si las metas no estuvieran estratégicamente planeadas: “Primero espero salir vivo de estos festejos y esperar tener un poco más de tiempo. Me quiero dedicar a pintar, a hacer grabado, a otro tipo de humor, no en libros sino por satisfacción personal, con más pretensiones de llegar al aspecto artístico del trabajo. Me da mucha envidia lo que han hecho en Inglaterra Tillman o Skar o Foulon o Steinberg, que dejaron de hacer cartoncitos para el periódico e iniciaron ya trabajos más en grande como carteles. Por ejemplo, Steinberg tiene el cartón famosísimo sobre Nueva York porque es una versión en caricatura de lo que es esa ciudad; estaba incluso en el Museo de Arte Moderno. También quiero convivir más con mi familia, porque luego uno la abandona mucho, y viajar… Quiero seguir viviendo.”

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Por Adriana Bernal, del diario mexicano La Jornada

“Los periodistas ignorantes son los más manipulables”

Sala de Prensa

Nos citamos hace unas semanas en el Mitte, un café-galería que está casi puerta con puerta con la redacción de El Periódico de CatalunyaAlbert Sáez es Director adjunto y esta semana publica “El Periodisme després de Twitter” (3 i 4), un ensayo que ha sido reconocido con el premio Joan Fuster.

Gracias a su generosidad y a mi insistencia pude leerlo antes de su publicación esta semana. El resultado son 7 cuartillas de apuntes. Y os digo una cosa: eso es mucho decir en mi, que estoy bastante aburrida -para decirlo, digamos, con elegancia- de leer cosas sobre el tema del futuro negro-carbón del periodismo.

No temo decir que va a ser un documento importante e influyente. Sáez hace un análisis riguroso y muy autocrítico con la industria periodística. Pero no se queda solo en el “cómo llegamos aquí” sino que se dedica a diseccionar las funciones del periodista de ayer para ver qué es lo que está aún vigente y lo que no, lo que podemos desechar y lo que debemos preservar del “viejo” periodismo.
Muy en la línea de Periodismo post-industrial que tanto cita, el ensayo es un intento de “repensar” el oficio: liberarnos de la línea taylorista del periodismo, salvaguardar al periodista como interpretador de la realidad, y dejar de pensar en un negocio de venta al mayor y pasar a una venta al detalle, apoyados en la tecnología a la que no hay que temer.

Una hipotética muerte

Empiezas el libro con la aterradora hipótesis de que algún día el periodismo como realidad histórica que es pudiera desaparecer. Planteas la posibilidad de que la sociedad un día decida que ya no nos necesita. ¿De verdad crees que esto podría ocurrir?

No, no lo pienso, pero creo que es bueno planteárselo como instinto de supervivencia. Al final es como en la vida: si actúas como si fueras inmortal, quizá hagas cosas de forma diferente de si asumes que un día morirás.
Los periodistas hemos pensado que somos tan importantes y que es tan decisivo lo que hacemos, que se nos ha olvidado pensar que un día podemos de dejar de ser útiles: o bien porque no hagamos lo que la gente necesita, o porque lo que hagamos ya no tenga sentido para la gente. Sin dramatismos, pero esta idea tiene que ser un estímulo. Si hubiera existido en la industria, quizá las empresas hubiesen invertido más en innovación en el periodismo e investigado más sobre el negocio del periodismo.

El periodismo podría desaparecer si la gente cree que ya no somos necesarios

Defiendes que el periodismo, para ser considerado periodismo tiene que ser una dedicación profesional y ser remunerado.

Es que a veces nos cuesta aceptar el paquete entero. “Quiero ser un profesional del periodismo”. Para ser un profesional, el periodismo tiene que ser una actividad económica, y para ser una actividad económica ha de generar unas inversiones y unos beneficios razonables.

Haces un interesante recorrido sobre las funciones de un periodista de hoy -de lo q sirve y de lo que ya no- y una llamada a desprendermos de funciones anquilosadas en un pasado industrial-.

La metáfora del periodismo industrial/post-industrial lo explica bastante bien. Ha habido una serie de tareas que considerábamos periodísticas que en realidad eran de la “industria” del periodismo. ¿Qué valor añadido tiene hoy  “picar” una nota de prensa? Antes podía ser la jornada de un periodista. Como tampoco hoy el valor añadido está en el acceso a las fuentes: no tiene valor si no soy capaz de interactuar con ellas.

Y en cambio, hablas de la vigencia del periodista-verificador, periodista-narrador, periodista-intérprete de la realidad, ¿Qué quieres decir cuando dice que el periodista tiene que ser un intelectual? 

El papel del periodista es hoy el que yo llamo intérprete, es decir, verificar, certificar hasta donde se puede los elementos de un hecho, y darles sentido, y eso quiere decir tenir conocimientos previos, tantos o más que el que te está explicando los hechos, para poder discutir y preguntar, e interpretar, narrar una historia. Por ejemplo, Emilio Pérez de Rozas, uno de los periodistas más veteranos de la redacción de El Periódico, no tiene ningún problema con Internet. Sus noticias son de las más leídas, porque interpreta lo que pasa, sabe explicar qué pasa en el Barça con nombres y apellidos, porque verifica los rumores, porque tiene memoria… esto es lo que tiene valor añadido. El valor añadido del periodismo es intelectual, no manual. Yo creo que nos tenemos que centrar aquí.

Leo página 78: “El periodista no puede dimitir de convertirse en intérprete de la realidad con la excusa de preservar una imposible objetividad. Hay que liberar a los periodistas para que dejen ser piezas acríticas de la cadena de producción industrial de la actualidad…”¿Debemos dejar de buscar esa objetividad?

Es un debate muy vivo. Se ha creado un falso mito de la objetividad. Si dos fuentes te confirman una noticia, ya se da por confirmado. Pues no: si una noticia te la da Endesa y el Ministerio de Industriano sé si son dos fuentes muy contrastadas… Yo siempre digo a mis alumnos que el periodista más manipulable es el periodista ignorante. Cuando un periodista no domina una materia y le envían una nota de prensa o va a una rueda de prensa, es muy vulnerable.

Nuestro mundo tiene un 100% de la gente alfabetizada y un 40% tiene estudios superiores. Hay un montón de noticias que publicamos que nuestros lectores dominan mejor: hacemos el ridículo y perdemos la credibilidad. Volvemos al periodista intelectual. Hay que adaptarse al nuevo entorno, formarse mucho más. El periodista especialista es el único que puede tratar de tú a tú a las fuentes.

Sobre la madre del cordero: modelos de negocio

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Albert Saéz hace un análisis histórico sobre cómo nos hemos ganado la vida a través de la historia del periodismo, y explica con un sentido muy autocrítico los errores que desde la industria se han cometido. A la conclusión a la que llega es que para sobrevivir debemos diversificar las fuentes de ingresos.

Cuando hablas de modelos de negocio para el periodismo reclamas un cambio, no solo desde las empresas sino también a los propios periodistas. ¿De verdad debe haber un replanteamiento de todo y por parte de todos?

Lo que digo es que hay que cuestionarse todo. Gracias al libro tuve que plantearme ¿pero es que el periodismo ha sido negocio alguna vez? Una cosa es que un medio de comunicación sea un negocio, otra cosa es que sea negocio un medio de información y otra es que la información sea un negocio. Aquí es donde tenemos los problemas.

La información a través de los medios encontró la manera de ser negocio, pero no siempre lo fue. Por tanto, tenemos que ser conscientes que un negocio de venta al mayor como el que hemos tenido hasta ahora no va a volver. Es lo que explican muy bien los autores del Periodismo Post-industrialel negocio estaba en la rotativa y en la antena de emisión. Esto llevó a un tipo de organización empresarial, a un tipo de organización periodística y a una cadena de valor determinada.

Por contra, ¿hemos entrado en el negocio de venta al detalle?

Exactamente, ahí está el negocio a través de la tecnología. El otro día en el consejo de redacción dije que si lo lleváramos al extremo, deberíamos hacer un miniplan de marketing para cada noticia: ver qué nos puede dar de tráfico, de engagement, de publi, de prestigio, de notoriedad… pero para cada una de las noticias. En el periodismo ahora el negocio pasa a ser al detalle, y las empresas que gestionen las informaciones con mentalidad de venta al mayor, lo pasarán mal. La consecuencia también es que vendrán otro tipo de inversores, de organizaciones, de retorno y de rentabilidad. También hay que estar preparados para ello.

Dices que los lectores quieren calidad, y no la encuentran en Internet. A veces cuesta creer en un mar de virales como el actual…

Si te planteas este negocio como un negocio de tráfico siempre será mucho mejor Buzzfeed, porque está hecho para generar tráfico, dar valor a una marca, sacarlo a bolsa y venderlo después. Decía hace poco Ana Patricia Botín: “lo que necesito son clientes leales”. Este adjetivo no es menor. En el fondo lo que dice Botín es que no tendré clientes leales si les maltrato: te coloco unas preferentes, te arruinas y te vas a otro sitio. Yo también necesito lectores leales.

Y atención: que al lector leal no podré tratarlo como a un paracaidista ni tomarlo por idiota. Ahora que los anunciantes ya no nos necesitan tanto, tenemos que ser conscientes que nuestro cliente es el lector. Seguiremos teniendo sentido si tenemos una comunidad, un público leal, y si nosotros somos también leales a ellos…

Una legislación desequilibrada

Albert Sáez –que también se movió durante un tiempo en arenas políticas, siendo primero Secretari de Mitjans de Comunicació de la Generalitat, y después Presidente del Consejo de Gobierno de laCCMM– hace un alto en el camino en el libro dedicándole un capítulo a cuatro tipos de legislaciones que en su opinión no han favorecido al periodismo o la industria. Se trata de 1) la legislación de propiedad intelectual, 2) la de protección de datos personales, 3) la de protección a la intimidad y 4) sobre responsabilidad editorial.

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Yo con los cookies de los lectores de la web puedo hacer lo que quiera pero con la BBDD de suscriptores de papel de El Periódico, no puedo hacer nada. Y nada quiere decir nada. Parece que aquí hay una asimetría legislativa evidente…”

En el libro le dedicas un capítulo al tema de esa asimetría legislativa y denuncias que los medios no han sabido hacer de Lobby como sí lo hicieron las Telecos.

Soy muy crítico en estas cuestiones. Se ha buscado una idea muy poderosa como es la de “la sociedad de la información” pero no se ha preguntado nada más y llega el momento de hacer preguntas. Estoy muy contento porque por primera vez alguien en Europa haya salido a decir que la ley de Propiedad intelectual ha de ser europea. Hasta ahora, que las legislaciones fueran estatales ha sido una bicoca para las grandes corporaciones.
Me dicen que “El Sr Google le ayuda a usted a viralizar los contenidos”. Sí, hasta aquí no tengo ningún problema, pero es que en medio Google pone un anuncio. Si él me viraliza un contenido sin hacer negocio, yo no le querré cobrar nada, pero si pone un anuncio, solo le pido, que nos lo repartamos un poco, no digo ya al 50%, sino un porcentaje pequeño nada más… Porque todos somos conscientes, que sin contenido, no habrá tráfico.
Eso por un lado. Por el otro, solo pido que si hemos bajado el listón de tolerancia respecto la protección de datos, respeto a la protección al honor, etc… que puede ser que haya bajado el listón, pero entonces la legislación tiene que ser la misma para todos.
En cuanto a responsabilidad editorial, lo que no puede ser que un director de periódico pueda ir a la cárcel por algo que se publique en la edición de papel, y por una cosa que se publica en la edición web, nadie vaya a ninguna parte.

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Eres muy crítico con la UE, de cómo se ha beneficiado a las empresas de Telecomunicaciones por encima de las que producen contenidos.

Esta batalla ha sido brutal. El lobby de las telecos ha funcionado muchísimo mejor que el lobby de los diarios. Y esto es un combate que tengo con muchos amigos: el tema de la neutralidad de la red. Quiere decir que no puedo condicionar el acceso a los contenidos a través de mi red. Entonces, ¿qué estás diciendo? Pues que los contenidos no valen nada. Y resulta que todo el negocio se lo ha quedado el Carrier, el que hace el camino.

La UE nos ha estafado con el tema de la neutralidad, ha quitado valor a los productores de contenidos. Y el ejemplo que pongo de lacompra-venta de activos entre Telefónica y Prisa es el ejemplo más palmario. Telefónica se vende por 400 millones de euros una participación que al cabo de 4, la compra por 100. Por tanto es evidente que esto ha bajado de precio. Y si ha bajado de precio es por que tu no le puedes dar valor al contenido. ¿Y ahora no puedo asociarme a Telefónica? Google utiliza mi información, ¿y Telefónica, no puede? No tiene sentido. Que lo arreglen como quieran pero la industria periodística se ha equivocado no haciendo de lobby.

Referentes y futuro de los estudios de periodismo

En el libro citas mucho a la obra y teorías de Lorenzo Gomis, [el que fue director del Correo Catalán, de la revista El Ciervo y articulista y consejero editorial de Lavanguardia]. ¿Qué representó para ti?

¡Es mi maestro! Creo que hizo un importante esfuerzo en construir una teoría del periodismo. Hizo una aproximación muy fría, intentaba racionalizarlo. Por ejemplo, en su tesis doctoral se inventó una fórmula matemática para calcular el interés periodístico, una ecuación que valoraba la importancia histórica de una noticia y su capacidad de generar comentarios. Lorenzo Gomis decía que el periodismo tenía que buscar un equilibrio pensando en un público determinando. Tenía una idea muy sugerente de que los hechos, no son noticia en abstracto, sino que lo son para un público concreto. Muchas cosas de las que dijo ahora siguen vigentes e intento hacer de puente con la generación que no le conoció.

¿Qué piensas que deberíamos hacer con las facultades de periodismo, tú que eres profesor de periodismo? ¿Se deben cerrar facultades?
En general, aunque quede mal decirlo, ha ido demasiada gente a la universidad. Hay profesiones que han hecho lobby y tienen capacidad de limitar el acceso al ejercicio de la profesión. No es nuestro caso. Pero también es cierto, que si en vez de hablar de periodismo hablamos de comunicación, las cosas están mucho más equilibradas.

Pero entonces ¿deberíamos cambiar los estudios? Venga, ¡mójate!

Lo ideal sería que hubiera un grado de comunicación y un máster en periodismo. Hay toda una serie de técnicas que como periodista necesitas: la formación de narrador, verificación y de intérprete podría dártela un master. A mi no me insultan cuando dicen que el periodismo es un oficio, es un oficio intelectual.

Creo que lo que no se ha hecho es más trabajo de investigación aplicada. Yo pregunto en mi facultad [Blanquerna, URLL] ¿deberíamos enseñar a hacer aplicaciones móviles? Yo le veo muchas posibilidades para rentabilizar el trabajo periodístico, porque la gente está acostumbrada a pagar o a tener una publicidad muy relacionada con la app.. etc.

No tiene que darnos miedo la tecnología. Está muy bien explicado en el informe de innovación de el NYTimes, donde hablan de romper los estanques cerrados, los silos, para que todos entiendan la lógica del otro, y poder colaborar juntos. Si consigues alinear a todo el equipo de una organización para pensar en ese público, serás una máquina de matar.

El taxi, un espacio para el periodismo y la reflexión

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La historia del premier noruego, Jens Stoltenberg, amerita una reflexión que podría enseñarnos mucho acerca de lo que está ocurriendo en el Ecuador con los medios.

Según la página web de la BBC, Stoltenberg condujo, de incógnito, un taxi durante un día, vistiendo el uniforme de quienes ejercen el oficio.

El objetivo era recoger las opiniones de la gente de la calle, en el marco de la campaña electoral en aquel país, en las que él, un político poco hábil e impopular, buscaba la reelección.

¿Por qué se disfrazó de taxista? Porque, a la manera de ver de Stoltenberg, el taxi es uno de los pocos lugares donde se dice verdaderamente aquello que se piensa.

Esta afirmación de Stoltenberg, más allá de la anécdota, me ha hecho pensar mucho, pues, si la leemos entre líneas, resulta una crítica dura y hasta mordaz al trabajo que hacemos los periodistas.

Si el taxi es, en verdad, uno de los pocos lugares donde se dice verdaderamente aquello que se piensa, ¿para qué servimos los medios y los periodistas?

¿Cuándo dejamos de ser –o quizás nunca lo hemos sido- el espacio donde se encontraba o debiera encontrarse la nación entera para debatir, deliberar, reflexionar acerca de las informaciones y los hechos que más interesan a la sociedad?

Además de ese enorme vacío que podría hacernos sentir la comparación de dos espacios públicos donde está la gente (uno, eficaz; otro, casi inútil), la simple iniciativa de Stoltenberg derrumba nuestro reiterativo pero, a veces, infructuoso discurso de que “es necesario escribir desde los zapatos de la gente”.

Y casi deja en escombros la idea de que la prensa es el lugar (físico, virtual o simbólico) donde se ejerce a plenitud la libertad de expresarse.

Nos preguntamos, entonces, ¿de qué gente hablamos?

¿De qué zapatos?

¿De los zapatos de qué gente?

¿Cómo elegimos a las personas de la cuales vamos a hablar?

¿En verdad nos ponemos en su lugar?

¿Es posible hacerlo si nuestra condición humana, social y/o económica es distinta a la de “la gente común”?

¿Cómo sabemos que lo que sentimos o vivimos nosotros es lo que “la gente” está sintiendo?

¿Quién nos ha concedido el don de teletransportarnos a su ser interno y hablar desde sus corazones, cerebros, mentes, sensaciones, percepciones, dolores, experiencias?

La tardía iniciativa del político noruego no parece que tendrá un final feliz pues, según BBC, “recientes sondeos indican que Stoltenberg no será reelecto”.

Pero gracias al gesto de ese político -cuya valoración de gestión en este caso es secundaria para la reflexión que estamos planteando-, quizás aún estemos a  tiempo de que los ciudadanos nos “reelijan”, metafóricamente hablando.

Si cambiamos de actitud y perspectiva, escucharemos a la gente con respeto y asumiremos que la prioridad en nuestra agenda mediática deberán ser sus temas y no los que nosotros suponemos.

De lo contrario, la mayoría de medios iremos por el camino trazado por Stoltenberg, que quizás por reaccionar cuando ya se siente derrotado frente a una gestión alejada de los intereses colectivos terminará perdiendo el favor popular.

Convertirse en taxista por un día nunca será suficiente para que el político entienda a la sociedad, como tampoco nunca será suficiente que los medios nos convirtamos por 24 horas en médicos para diagnosticar el estado anímico, espiritual, mental, físico y patriótico de la gente a la que decimos representar “desde sus zapatos”.

Stoltenberg se puso a buscar, a última hora, las razones por las cuales un buen grupo de compatriotas suyos, quizás la mayoría, no votarán por él.

¿Por qué lo hizo recién ahora, cuando se acercan las elecciones?

¿Por qué su actitud de acercarse a la gente, escucharla y entenderla no fue desde el principio el eje cotidiano de su gestión?

¿Por qué esperó una situación límite para cambiar de actitud?

Como van las cosas en el Ecuador, y aunque el presidente Lenín Moreno ha dado toda la apertura a los medios, el caso Stoltenberg parecería una reveladora caricatura de la grave crisis que está viviendo la mayoría de la prensa nacional, que ha dejado de contar la vida en su obsesión por volver a convertirse en poder fáctico.

Cuando el fanatismo enceguece

Rubén Darío Buitrón

“La manera en que haces tu trabajo determina la forma en que la gente comprende la realidad”.

Lo dice James Natchwey, uno de los más importantes reporteros gráficos del mundo.

La propuesta de Natchwey se expresa en el famoso documental “Fotógrafo de guerra”, estremecedor filme donde el periodista reflexiona sobre la importancia de contar responsablemente la historia presente y mantener viva la memoria social.

Natchwey, nacido en Estados Unidos en 1948, es testigo de su tiempo. Solitario, vagabundo, con altísima sensibilidad social y un elevado manejo de la ética, es el Kapuscinski de la fotografía.

Ha vivido de cerca, incluso a riesgo de su vida, las trágicas experiencias fratricidas en Kosovo y Bosnia.

Ha estado en Indonesia registrando el espeluznante abismo entre la arrogante riqueza y la más dramática miseria. Ha documentado el interminable e infernal conflicto en Oriente Medio.

Al igual que el maestro polaco Kapuscinski, cuya infancia vio el dolor de la guerra fratricida, Natchwey vivió en África.

Registró la irracional matanza de millones de personas en Ruanda y el avance apocalíptico del sida en las regiones más pobres de ese continente.

“El periodista debe ser humano, con sentido social profundo”, dice Natchwey.

Y lo muestra en su práctica cotidiana, con sus fotografías reveladoras.

Sus imágenes revelan que la realidad no como la disfrazan los grandes medios corporativos, sino como es.

Revelan cómo algunos periodistas no alcanzan a entender o deciden ignorar el dolor, el sufrimiento, las guerras, el hambre, la contaminación.

Enseñan que el periodismo debe ejercer el rol de contradictor, cuestionador, sembrador de dudas, generador de consensos alrededor de las grandes causas como la educación, el diálogo social, la construcción de una sociedad deliberante pero no destructora de sí misma.

“Si a Vietnam no hubieran ido fotógrafos y periodistas honestos nunca se habría conocido el horror que se vivió allí”, sentencia Natchwey: esta reflexión lo llevó a decidir que su vida sería contar los hechos más dolorosos del mundo.

“¿Cómo podríamos pensar en un periodismo radical pluralista, consecuente con el liberalismo radical? Repensando el discurso periodístico en una contexto realmente democrático”. (1)

Vivir, sentir, oler, escuchar, compartir. Natchwey no comprende cómo el periodista elude la realidad o no sabe contarla:

“Si el periodista no lleva en su cabeza la biblioteca del sufrimiento es parte de una profesión enferma, a la que no le importa lo que ocurre más allá de sus narices”.

 Natchwey clama porque acabemos con la indiferencia, porque nuestro trabajo sirva para que la gente reaccione, no pueda dormir, cambie sus chips, se despoje de sus prejuicios, actúe.

“La libertad y la igualdad son dos pilares de la democracia. Pero sus ideas van más allá si queremos un proceso profundo de cambio social: existe una visión de que la libertad no ha generado igualdad de condiciones sino que ha generado de inequidad y exclusión”. (2)

Pero cuando los fanatismos enceguecen, cuando la tolerancia pierde el rumbo, cuando la ceguera califica al antecesor de revolucionario y descalifica, sin conocer aún los resultados, los esfuerzos por construir una sociedad menos violenta en su lenguaje y en sus enfrentamientos, es hora de preguntarnos como periodistas y como medios cuál es nuestro deber frente a la urgencia de construir un país basado en la paz y en la justicia, sin miedo al disenso y a la discusión abierta sin violencias verbales ni físicas.

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(1) y (2) Millares, Ana María

Gay Talese y el libro de los sinsabores: El motel del voyeur

Guillermo Rothschuh*

I

Después que The New Yorker publicó el 11 de abril de 2016, un adelanto de 13 mil palabras de El motel del voyeur, The Washington Post salió de cacería y mostró los resultados: cuestionó la veracidad de la historia.

Los prejuicios y reparos que tenía Gay Talese, no fueron suficientes para soltar la carnada puesta en sus manos por Gerald Foos. Tampoco fue adecuada su reacción cuando conoció el embauque. Se sintió mal. Denostó contra Foos. Le llamó deshonesto y nada fiable. Dijo enfurecido que no iba a promocionar el libro. ¿Cómo voy a promocionarlo si su credibilidad acaba de quedar en la basura? Al siguiente día la editorial Grove Press y el periodista italiano-estadounidense, respaldaron la publicación de El motel del voyeur. Un tanto calmado, afirmó que cuando habló con el reportero de The Washington Post, estaba sorprendido y enojado por los embrollos en que lo habían metido. Dejó sentado que el cambio de propietarios del motel, había ocurrido después que sucedieron la mayoría de los hechos descritos en el libro. Estaba enojado y posiblemente dije cosas que creo en verdad. Se comprometió con Grove Press, hacer las correcciones. La edición de Alfaguara en mis manos (Enero, 2017), trae al final una nota de Talese explicativa, reitera que Foos era un narrador inexacto y poco fiable, no obstante de reconocerle como un voyeur épico.

Para un periodista de la calidad y trayectoria de Talese, el guiño resultó fatal, incomprensible para la mayoría de sus seguidores. Algunos se ubicaron en el campo estrictamente moralista. Miguel Ángel Bastenier, aludiendo al libro de Talese —entre distintos argumentos— repara que no todo es reporteable. Con su inveterada propensión de pegar fuerte —para que duela— piensa que Foos es un tipo de mente retorcida. Vivió para la contemplación del porno en directo. Al ejercer el oficio de mirón, violaba de la manera más invasiva la intimidad del prójimo. Dos son los aspectos más criticados: las fechas señaladas por Foos no coinciden con la época que él era dueño del motel Manor House y no participar a la policía el asesinato de una joven por un camello. Foos refiere en el Diario de un voyeur, haber presenciado desde el escondite donde se ubicaba a saciar su apetito, la forma cómo su inquilino estrangulaba a la joven. Los reporteros de The Washington Post buscaron corroborar el dato y no pudieron lograrlo. Talese había encontrado incoherencias en su relato: las primeras citas del Diario de un voyeur, están fechadas en 1966. La escritura de compraventa la obtuvo hasta 1969. Existen otras fechas que no acaban de cuadrar. Talese advierte la imposibilidad de responder por todos los detalles incluidos en el manuscrito.

Expertos en la obra de Talese, coinciden que El motel del voyeur no trae su registro de fábrica.

https://confidencial.com.ni/libro-los-sinsabores/

Coincido con ellos, no se trata de un reportaje digno para cerrar su curriculum. Otros críticos se preguntan si vale la pena cuestionar la calidad de un libro, que escapa a la etiqueta de no ficción como lo han promocionado. José Miguel Silva, insiste —en El comercio de Lima— en apuntar las carencias incurridas por Talase. No contrastó fuentes y hay una aparente relativización del crimen. La propuesta de Silva consiste en ubicar el libro dentro del campo de la ficción, aclarando que su origen proviene de hechos reales. Otro aspecto debatible: el conflicto ético que significó el silencio de Talese, ante la revelación de Foos de haber presenciado el crimen. El periodista de El País, Miguel Angel Bastenier, (poco antes de morir) elogió a Talese como uno de los creadores del llamado nuevo periodismo.

Aprecia que el italiano-estadonunidense, es un autor que pergeña el llamado periodismo narrativo. Un tipo de periodismo que coquetea con los límites de la ficción.

El motel del voyeur bordea —para Bastenier— los límites del trabajo periodístico. Considera que no es un libro salido de la pluma de Talese. Se trata más bien de un diario. Talese ejerce el oficio de comentarista. En verdad deja amplio espacio a Foos. ¿Podría haber sido diferente?

II

Soy devoto lector de los críticos, ejercen una labor invaluable, me refiero a los buenos, los que disfrutan volviendo asimilables las obras sometidas a su escalpelo. No nos atarugan con textos indigestos. Exploran con el propósito de acercarte a la obra sujeta a escrutinio.

Existen otros —que recurriendo a un lenguaje para iniciados— nublan nuestro entendimiento.

Los ensayos críticos de Vargas Llosa —se cuentan por decenas— nos sumergen en un universo puesto a nuestro goce.

El primero de cuatro de sus libros sobre crítica literaria, permite navegar por las entrañas de Cien Años de Soledad (1967). Se trata del ensayo, García Márquez: historia de un deicidio (1971); en otro nos ofrece el afán de Víctor Hugo de conseguir la obra total (La tentación de lo imposible, 2004); luego no revela las caídas y sobresaltos de Juan Carlos Onetti (El viaje a la ficción). El mundo de Juan Carlos Onetti, (2008) y La verdad de las mentiras (2002), veinticinco ensayos sobre novelas imprescindibles del siglo pasado.

Casi siempre prefiero adentrarme en la lectura, antes de leer a los críticos. Con el libro de Talese no pude distanciarme. Me sobresalté al leer sus declaraciones. Agarrado infraganti por The Washington Post, su reacción de negarse a presentar El motel del voyeur venía cargada de gran escepticismo. No me atrevía a soltar el anzuelo.

El libro —pese a cuestionamientos en marcha— se inscribe dentro de su larga carrera de escritor de no ficciones.

El traspié obliga a reflexionar sobre la necesidad de verificar y contrastar fuentes. Se atuvo a lo dicho por Gerald Foos y sus dos esposas —Donna y Anita— y desoyó los reparos de su conciencia.

Para un periodista de la estatura de Talese —acababa de concluir la escritura de La mujer de tu prójimo (1981)— resultaba difícil contener sus impulsos. Se sintió atraído por los pormenores de la oferta planteada por Foos. Talese concluye que los métodos de investigación y las motivaciones del voyeur —para violar la confianza de sus clientes e invadir su intimidad— son muy parecidos a las técnicas a las que él recurrió para escribir La mujer de tu prójimo.

Puesto en el confesionario, revela que él había tomado notas en privado mientras trabajaba como encargado en salones de masajes de Nueva York. Se mezclaba con gente que practicaba el intercambio de parejas en la comunidad nudista de Sandstone Retreat, en el sur de California. Unas son las técnicas y otra espiar sin el consentimiento de las personas, objeto del deseo de Foos, con la complicidad de sus dos mujeres. Se fió demasiado.

La única manera de hacerse una visión —para luego brindar un juicio sobre cualquier obra— pasa inevitablemente por su lectura. Lo demás, pura demagogia. Para poder decir que sabor tiene un caramelo, hay que saborearlo primero.

Alejarse del ruido de la crítica. Escudriñar sus páginas. Busqué con esmero señales que redimieran a Talase. Encontré varias.

Si no se hubiera encajado en la plataforma de observación con Foos —adelanta— habría resultado difícil creerme toda su historia (pág, 93).

Estaba consciente que el voyeur era alguien que fisgaba desde su desván y se arrogaba autoridad moral al tiempo que escrutaba y juzgaba con severidad a sus huéspedes, reservándose el derecho a curiosear con distancia e inmunidad (pág, 170).

Foos gustaba mirar, ¡aborrecía ser visto! Sentía repulsión por las cámaras de vigilancia. El voyeurismo del gobierno ha sido algo repentino. El Gran Hermano ahora se ha incorporado a nuestras vidas, a nuestras opiniones, a nuestros procesos mentales, clama (pág. 212). La dualidad en la conducta del voyeur, queda perfectamente graficada. Las razones que aduce Foos son distintas y las justifica o al menos lo intenta.

El motel del voyeur, un libro bien escrito, ajeno a la pornografía, muestra el comportamiento sexual de la época (1966-1983). Si Talese estaba convencido que Foos no era el tipo de sujeto sobre el que pudiese escribir a pesar de mi permanente curiosidad acerca de cómo acabaría, ¿por qué lo hizo?

Esperó 33 años para obtener su consentimiento y contar la historia en los términos que deseaba. Fiel hasta la temeridad, insiste que él es un escritor de no ficción que no imaginaba nada y que obtenía todo su material hablando con la gente y siguiéndola mientras hacía su vida, (pág. 173).

Jamás pudo quitarse de encima las fantasías eróticas del voyeur. Sucumbió a sus encantos. La relación epistolar que empezó a forjarse a partir de 1980, ¿le obsesionaba?

No existe otra forma de explicar los riesgos que asumió. En la primavera de 2013, estando en Nueva York, recibió la llamada providencial. Gerald Foos daba pase para que contara su atrevimiento.

A sabiendas que se movía sobre arenas movedizas, Talese quedó atrapado en la urdimbre que pacientemente tejió durante tres décadas, con un hombre cuya felicidad consistía en invadir la intimidad de los otros, sin que estos lo supieran.

¡Las puertas están abiertas! Espero se sumerjan en la lectura de esta obra polémica. ¡Tendrán mucho que decir!

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Tomado del periódico Confidencial

La fotografía, elemento clave para el periodismo de excelencia

Por Rubén Darío Buitrón*

Es probable que exista una fuerte carga de subjetividad al calificar la calidad de una fotografía periodística.
Quien la hizo y quien la pensó es posible que defienda la imagen con las uñas y los dientes.
Sin embargo, para quien la ve con distancia, desde la necesidad de componer una estética mediática, quizás aquella foto no cumple los requisitos básicos para ser publicada.
En las salas de Redacción se delibera mucho acerca del tema. Se construyen procesos.
Se arman procedimientos.
Se establecen protocolos.
Todos los integrantes de la Sala de Redacción, desde los reporteros hasta los diseñadores, conocen o deberían conocer esos mecanismos para juzgar la pertinencia de publicar una fotografía o de rechazarla por su irrelevancia o mala calidad.

“Los temas son urgentes, las imágenes se paran con una postura política y tienen una opinión respecto a problemáticas sociales. Es allí cuando el arte hace lo que tiene que hacer”, señala la chilena Daniela Bertolini, coordinadora de carrera de la escuela de fotografía. “Cuestionarnos a nosotros mismos como espectadores y reflexionar sobre lo que consumimos visualmente ”.

http://www.elciudadano.cl/medios/posverdad-irresponsabilidad-que-cambia-la-realidad/06/24/

El reportero gráfico o fotorreportero juega un rol estratégico en estos procesos de selección o de descarte de su trabajo.
Es él quien debe presentar a sus editores lo que considere la mejor opción para publicarse.
Pero tiene que contar con los recursos conceptuales y prácticos –además de la belleza o la oportunidad de la imagen- para convencer a quienes toman la decisión final.
Conscientes todos de que la foto es elemento clave en la puesta en escena (convencional o digital, da lo mismo), un método interno que no puede ni debe fallar es el diálogo.
Sea quien fuere el que toma la decisión final, el reportero gráfico debe presentar no una sino varias propuestas.
Presentar una es no presentar nada, porque reduce al mínimo la capacidad de seleccionar.
Y en periodismo la clave está en elegir.                                                                
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*Rubén Darío Buitrón es periodista y escritor. Tiene un masterado en periodismo en la Universidad de Alcalá, en España. Es director-fundador del portal loscronistas.net

 

Los ecuatorianos estamos atrapados en la casa de los espejos

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¿Qué actitud adoptar ante el otro?

¿Cómo tratarlo?

¿Hay que intentar conocerlo?

¿Es ético buscar la manera de acercarnos y entenderlo?

Esas preguntas debieran asaltarnos con frecuencia. Acecharnos y obligarnos a salir de la casa de espejos donde estamos atrapados.

Atrapados en la casa de espejos donde hablamos para nosotros.

Donde no nos importa lo que piensen los otros.

Donde escribimos contra los otros.

Donde subestimamos a los otros.

Donde repudiamos la opinión de los otros.

Donde no escuchamos la voz de los otros.

Donde quisiéramos callar, para siempre, las ideas de los otros.

Atrapados en la casa de espejos que nos impide mirar, entender, admitir que por fuera de estos enormes espejos habita una sociedad vital y compleja que somos incapaces de percibirla, que no la escuchamos, que no la sentimos, que nos es imposible entender.

Atrapados en la casa de espejos donde no son posibles la deliberación ni el disenso.

Donde quienes tienen el poder (cualquier poder) solo reconocen su propia imagen y al mirarse en ella creen que tienen visa para arrasar con todo lo que no encaje en sus proyectos, visiones, maneras de entender la vida, la realidad, el futuro y, sobre todo, su futuro personal.

En la casa de los espejos no es posible la tolerancia, el respeto, el espacio para el otro.

Ni siquiera es posible la coexistencia con el otro: si nosotros tenemos la razón, si nosotros representamos la sensatez, si nosotros somos los heraldos de la ética, si nosotros tenemos las herramientas para difundir y multiplicar y expandir nuestra pregunta hegemonía histórica, ¿para qué escuchar la palabra del otro, del diferente, del distinto?

¿Para qué tomar en cuenta a los agoreros que pretenden alarmar advirtiéndonos que la intolerancia, la arrogancia y el desprecio a los otros podría conducirnos a la derrota colectiva, al funeral de los procesos reflexivos y a la demolición de escenarios para el debate y la búsqueda de consensos?

Citado por el maestro Kapuscinski, el filósofo y caminante griego Heródoto solía decir que cuando unos individuos cierran la puerta a otros individuos, por las razones que fueran, en el fondo son sujetos miedosos que adolecen de un complejo de inferioridad y tiemblan ante la perspectiva de verse reflejados en los sentimientos y las demandas y las necesidades y los pensamientos ajenos.

http://www.vanguardia.com.mx/articulo/los-obstaculos-de-la-democracia

Como dice el mexicano Felipe de Jesús Balderas:

“Uno es el que nos narra Heródoto (484-420 a.C.) en Historias, III, 80, 1 donde nos relata la narración de Darío el rey de Persia y sus generales que discurren acerca de las ventajas y desventajas de la monarquía, la democracia y la oligarquía. Uno desacredita la monarquía porque desarrolla soberbia y desmesura. Otro considera a la oligarquía como una degeneración de la aristocracia y se convierte en tiranía. Otro de los generales defiende la democracia porque es “el gobierno del pueblo” y porque en este sistema afirma, las magistraturas se obtienen por sorteo, se rinden cuentas a la comunidad y los asuntos públicos se someten a la deliberación del pueblo. Finalmente otro de los generales rechaza la democracia por la ignorancia del pueblo.Propone elegir a un grupo de personas bien preparadas, es decir, los aristócratas (los más capaces). Un obstáculo por supuesto, es la ignorancia”.

Muchas veces los periodistas, que también nos creemos poderosos, por sobre el bien y el mal, también nos dejamos cegar por el resplandor de los espejos. Sin visión precisa, olvidamos que nuestro oficio tiene sentido en función de los demás y que el destino moral del periodismo son los otros, conectados a nosotros.

Cercados por esas murallas que nos impiden mirar más allá de nosotros mismos, no alcanzamos a entender que será imposible construir una sociedad más humana si seguimos atrapados en los espejos.

10 de junio de 2017

En Ecuador no se declara la guerra contra la telebasura

Pregúntale a un actor de teatro o a un músico sinfónico o a un escritor de novelas.

Cualquiera de ellos te responderá igual: lo más difícil para el creador o para el actor cultural es conseguir audiencias.

Y, luego, que esas audiencias te sigan y te sean fieles.

Y, después, intentar que tu vocación y tu pasión por el arte te permita vivir. O sobrevivir.

Mientras tanto, en el Ecuador reina la telebasura.

Y resulta extraño que la Superintendencia de Comunicación (Supercom) o el Consejo de Regulación de la Comunicación (Cordicom), que dicen llevar la bandera de la dignidad de los contenidos, no hayan hecho nada o hayan hecho poco en contra de la telebasura.

Los dos organismos (¿quién más?), en representación de los ciudadanos y de quienes nos consideramos afectados por ese tipo de programas burdos y frívolos, deberían combatir y regular la telebasuram sancionar y controlar los programas que bajo la etiqueta de cómicos denigran a las personas, a las etnias, a los grupos sociales, a los pobres, a las mujeres…

Por el impacto que logran en nuestros cerebros, debido a una pésima formación intelectual y conceptual de la educación formal en el Ecuador, son espacios con alto rating que dejan ingentes ganancias a los canales que los producen y los pasan.

Cuando la Asamblea Nacional aprobó la Ley Orgánica de Comunicación (LOC) hace cuatro años, en mayo de 2013, se suponía que se iniciaba un cambio profundo y radical en los contenidos mediáticos, pero todavía, 48 meses después, no se hace nada.

Alain Tourane sostiene que “lo que está en juego en nuestra sociedad es defender y hacer crecer la libertad creadora de los sujetos contra las olas de violencia, imprevisibilidad y arbitrariedad que ocupan cada vez más el espacio social y que han logrado consolidarse en la televisión y en las redes sociales“.

http://www.bdigital.unal.edu.co/16299/1/11181-26840-1-PB.pdf

Mientras eso ocurre en la televisión privada y gubernamental ecuatoriana (y en los medios radiales e impresos también, a su manera chabacana y morbosa), la sociedad se va degenerando, va perdiendo el rumbo, se va quedando sin ideas para la reflexión sobre lo que realmente importa (la política y la economía en función de la gente).

Esa mezcla de televisión con internet mal usado lo frivoliza todo, lo faranduliza todo, lo estigmatiza todo.

Y así es cómo millones de personas (adultos, jóvenes, niños y tú y yo) nos convertimos en analfabetos  funcionales y vamos perdiendo lo esencial para nuestras vidas: la sensibilidad social y la capacidad de tomar decisiones razonadas.

La (de) formación del periodista

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Rubén Darío Buitrón
1.
En los últimos años, quizás por una mala interpretación de las políticas estatales sobre la educación superior o porque esta se encuentra mal diseñada, los periodistas se han dedicado más a la formación académica que al verdadero aprendizaje del oficio: en las calles.
Apremiados por obtener su título de licenciados para trabajar y ganar mejores salarios, han extraviado su propia vocación.
2.
Esta obsesión por legalizar su condición de profesionales puede convertirse en una que tienen los medios y la crisis que estos viven, atrapados entre el ser o no ser verdaderos medios de información o partidos políticos opositores.
3.
La “titulitis” solamente servirá para que nadie piratee el oficio, pero esa fiebre tampoco es la solución a los complejos problemas que tiene el periodismo ecuatoriano.
Ser licenciado, ser magíster o ser PhD no tiene nada que ver con la calidad, el rigor, la ética, el equilibrio, la verificación, el pluralismo en las fuentes, la creatividad, la búsqueda de un periodismo diferente que mire al futuro, el acompañamiento a la sociedad que evoluciona cada día.
4.
“Ya soy licenciada en Comunicación Social”, escribía hace poco una feliz graduada, “y ahora voy por mi maestría y mi doctorado en periodismo”.
Por estos días le tocó reemplazar a un compañero suyo en un periódico y le pareció que era la oportunidad de su vida.
Estaba feliz: era en la sección de Cultura, donde haría maravillas porque es el área que más le gusta. Pero chocó con la realidad cuando la maltrataron no solo las fuentes, sino sus jefes y los dueños del diario.
En Facebook concluyó: “Hay que desvivirse por el periodismo, pero no por el medio”.