¿Qué tipo de periodismo necesita el país?

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Una sociedad democrática demanda un periodismo equilibrado, justo, veraz, producido con calidad y brillantez.
Y a todos los ciudadanos nos compete exigir que ese periodismo se instale en los medios de comunicación privados y públicos.
Una sociedad democrática requiere medios que indaguen, investiguen, cuestionen, critiquen o respalden al Gobierno, según sea el hecho.
Medios que ayuden a gobernar con informaciones veraces y opiniones sustentadas y argumentadas que sean luces, que sean faros, que sean linternas, no obstáculos ni piedras ni trampas en el camino.
Medios que respeten las diferencias y diversidades étnico-raciales, que acepten, divulguen y promuevan las distintas tradicionales y culturas de los pueblos, las sensibilidades, las preferencias sexuales, religiosas, ideológicas.
Medios que tengan el don de lograr que nos conozcamos entre nosotros.
Medios que muestren a la nación entera en su pluralidad, en sus diferencias, en sus disensos.
Pero todo eso en un contexto, en un ámbito, en un entorno en donde no existan los abusos.
Donde la libertad de prensa no sea, en el fondo, libertad de empresa y donde la libertad de expresión no implique excesos flagrantes en contra de cualquier persona o institución.
Donde no se calumnie, no se mienta, no se convierta en noticia un rumor, no se inflen los hechos para ganar rating o compra de ejemplares o para resolver disputas personales o ideológicas.
Como dice el catedrático argentino Daniel Dessein, coautor del libro “Reinventar la Argentina” (con el maestro Tomás Eloy Martínez), “la industria periodística –nostálgica por el protagonismo del pasado, presa del vértigo de la actualidad y propensa a la generación de pronósticos lúgubres sobre su destino-, debe repensarse a sí misma si pretende mejorar sus perspectivas”.
En el Ecuador también se trata de eso.
De que los medios que existen, aunque sus dueños y sus políticas editoriales estén apuntalados sobre la base de no simpatizar con el Gobierno, hagan un periodismo que informe los hechos concretos, sin torcerlos ni distorsionarlos, y cuiden especulaciones en los espacios de análisis y opinión. Datos, sí. Adjetivos, no.
Una sociedad democrática siempre necesita y necesitará de la más amplia pluralidad de medios, cada uno con sus estilos de contar los hechos y sus maneras de hacer información y opinión.
Una sociedad democrática siempre necesita y necesitará que los ciudadanos, a través de los medios, le digan, con argumentos y hechos, que algo anda mal, pero que lo digan con pruebas contundentes, con documentos, con investigaciones responsables.
Una sociedad democrática siempre necesita y necesitará una prensa madura, serena, profunda, que apunte a parámetros de excelencia y que, a su vez, contribuya a que el gobierno, cualquiera sea su tendencia política, también se proponga y alcance, en beneficio de todos, parámetros de excelencia.
En el libro Nuevos desafíos del periodismo, Ricardo Kirschbaum, presidente de la Global Editors Network (GEN) y editor general del diario Clarín, de Buenos Aires, afirma que cuando hay visiones periodísticas en pugna, como ocurre hoy en América Latina, “no esperen de nosotros una cultura de la resignación. Eso implicaría abandonar a los lectores pero, antes que nada, no poder enfrentarnos al espejo. Esperen sí, de nosotros, un trabajo cotidiano que no tiene adversarios sino compromisos: una sociedad en la que circule toda la información, todas las versiones, todas las ideas”.
Si la palabra de Kirschbaum es sincera, que así sea.
Y que los editores generales de los medios en Ecuador la recojan con la misma sinceridad.
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Fotoilustración de Kirsty Mitchell

¿Enamorarse del periodismo o de la empresa?

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Rubén Darío Buitrón

Un viejo zorro del periodismo me enseñó que uno debe enamorarse del oficio, pero jamás del medio de comunicación donde trabaja.

Y lo explicaba así: “Tu pasión por el oficio y tu vocación tienen que ser los amores de tu vida profesional, pero no de la empresa donde trabajas, porque nadie, ni tú, sabes dónde estarás mañana. Por esos amores tienes que jugarte porque esa pasión y esa certeza son una certeza consistente cuando realmente está enamorado del periodismo.

Entendí que teóricamente decirlo era fácil. Él trabajaba para un medio importante pero nunca se creyó el cuento de que la empresa “es una familia” o que “hay que ponerse la camiseta por la compañía”.

Sin embargo, en la cotidianidad, en el trabajo diario, no es tan fácil la decisión. Primero, porque me parece que lo uno no choca con lo otro: yo sí soy orgulloso de donde he trabajado, aunque ahora (ahora, no antes) le digan “prensa corrupta” (muchas veces con razón).

A diferencia del amor del pareja, en el periodismo llegas a enamorarte del oficio pero, por el orgullo que sientes cuando el medio hace un trabajo de calidad o tú mismo publicas algo de excelencia, sí llegas a sentir un fuerte sentimiento de pertenencia que, al final, puedo decir con entera certidumbre que es una ingenuidad.

Los primeros meses o años no te das cuenta. Defiendes a muerte tu trabajo, tus temas, el esfuerzo de tus compañeros, tu gente, el producto periodístico que ayudas a parir todos los días, y lo haces con más entusiasmo y pasión porque la línea periodística del medio (esto e raro) coincide con la tuya.

Pero un día te dices que no, que a tal persona o funcionario o autoridad no puedes tocarla porque es la que pone el mayor porcentaje de publicidad. O que no pongas a tal otra persona o funcionaria o que minimices lo que hace porque “no con la nueva línea editorial del medio”.

Y entonces recuerda al viejo zorro, mentalmente le das la razón, alzas la frente con dignidad y te vas para siempre mientras te recuerdan que nunca te integraste del todo a “la familia” y hasta te piden que devuelvas la camiseta.

 

 

El periodista sumiso

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Rubén Darío Buitrón

Siempre he tenido sospechas de aquellos periodistas que cuando entrevistan mueven la cabeza haciendo la venia, asintiendo, como si estuvieran de acuerdo con todo lo que les dice el personaje que tienen al frente.

En algunos casos puede ser una manía, un tic adquirido por los años, pero aun así es preocupante: los gestos hablan de un periodista sumiso, no de uno dispuesto a luchar por conseguir la mejor información con el rigor, la entereza, la frontalidad y la contextualización.

Porque ese es nuestro trabajo: cuando hablamos con un político, con un candidato, con un funcionario, con un analista, con un experto, con alguien que, se supone, tiene información relevante para la sociedad o para el país, es esencial que nuestra actitud sea horizontal.

Horizontal en el sentido de mirarlo a los ojos. De preguntar con argumentos. De repreguntar hasta conseguir lo que se busca. De formular preguntas documentadas. De contextualizar cada tema y cada subtema. De no permitir que sea el entrevistado quien saque provecho de su presencia en el medio. De ponerlo contra la pared, si es necesario, hasta que diga lo que el periodista, en función del interés general, tiene la obligación de lograr.

El periodista no puede ni debe asentir y, peor, pronunciar palabras como “claro”, “por supuesto”, “ajá”, “sí”…

Si bien la mejor entrevista es la que se convierte en una conversación entre dos personas que conocen los temas que se tratan, la clave está en el intercambio de conceptos, de razones. La clave está en no permitir al entrevistado que se escape con información que se pudo y que, por obligación profesional, se debió obtener.

El periodista no puede olvidar, porque de lo contrario pierde la confianza de su público, que cada vez más los ciudadanos van entendiendo que el único modo de que una sociedad se desarrolle es sintiendo que existe transparencia no solamente de los representantes del Estado o del Gobierno o de otro tipo de poderes fácticos, pero también transparencia del periodismo.

Es imperativo entender que los ciudadanos ejercen una función de control social y que depende de nosotros, los comunicadores e informadores, que una idea política, económica, social o comunitaria puede ser socialmente aceptada o rechazada según la manera en que la presentemos a las audiencias, pero está muy claro que conseguirlo requiere del periodista una actitud decidida, un estado mental lúcido y claro, un modo de preguntar respetuoso pero sin concesiones.

Y un asunto esencial: si el periodista X no consigue la información que busca en el entrevistado, téngalo por seguro que otro periodista la obtendrá.

Si este periodista (llamémosle Y) alcanza a captar todos los datos que son imprescindibles y los difunde, su colega X está perdido: ha sido derrotado en la batalla por contar con la noticia que el público exige.

En el Ecuador se necesita cambiar el chip de muchos entrevistadores, en especial de radio y de televisión.

El chip de aquellos que asienten y hasta se muestran de acuerdo, sonrientes y compasivos, con lo que dice el personaje que  tienen al frente porque no se prepararon lo suficiente para una de las estrategias clave del frente a frente: la contrastación.

Contrastación que se complementa con el estudio previo del caso que se trata con el entrevistado, con la investigación de los datos que se quieren ratificar o rectificar, con la acertada navegación en los hechos anteriores y la visión de las posibles consecuencias.

Con las herramientas digitales contemporáneas que cuenta el periodismo, dice Noelle-Neumann, “nada se puede esconder para siempre y nadie puede escapar para siempre”.

La TV ecuatoriana, políticamente obsoleta

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Por Rubén Darío Buitrón

LA TV, POLÍTICAMENTE OBSOLETA (I)

Los medios, privados y no privados (porque no existen los públicos en el Ecuador, sino los gubernamentales), tienen un vicio contradictorio: a pesar de que entre ellos se dicen “la competencia”, tienen una vocación de manada que no la pueden disimular. Ahora que estamos a las puertas de las elecciones presidenciales y legislativas en el Ecuador, todos han decidido hacer programas para invitar a los candidatos en formatos similares: preguntas convencionales, respuestas convencionales, invitados  convencionales.

LA TV, POLÍTICAMENTE OBSOLETA (II)

En los canales de televisión nacionales y locales todos repiten, con ligeras variaciones, la estructura que venimos mirando hace decenas de años cada  vez que se avecinan los comicios. Las cadenas de TV promocionan no a los candidatos, sino a sus estrellas, a lo que llaman, con sobra de insensatez, sus “talentos de pantalla”. Quizás en sus planificaciones previeron, ahora que está de moda, averiguar qué quiere saber la gente común, pero de ahí no pasan. Lo máximo que hacen es poner pequeños videos con preguntas preseleccionadas.

LA TV, POLÍTICAMENTE OBSOLETA (III)

Los programas políticos en la televisión adolecen de una pobreza conceptual, sociológica, educativa y orientadora que se vuelven un espectáculo más de los tantos que circulan por la pantalla: programas de farándula, de cocina, de salud, telenovelas con guiones que dan la vuelta a las historias que desde hace 40 años nos cuentan los brasileños, los mexicanos y los venezolanos, los previsibles noticieros paracializados y los burdos espacios mal llamados de “humor popular”que caen en el ridículo. Por eso se llaman “telebasura”.

LA TV, POLÍTICAMENTE OBSOLETA (IV)

En el Ecuador, a nadie se le ocurre cambiar los esquemas. Nadie arriesga dar un paso que podría tener riesgos pero que, si salen bien las cosas, instalaría a la cadena de TV a la cabeza de las demás que, por supuesto, de inmediato empezarán a imitarla. Los dueños de los canales de televisión pretenden obtener ganancias económicas (y recuperar el poder político que han perdido en los últimos años), pero no más. No piensan en los televidentes. No piensan en la gente común. No piensan en el país. Ni siquiera en que su propia obsolencia les está quitando rating o mercado, como les gusta hablar.

Los peligros de la propaganda política para la democracia

En Mein Kampf, Hitler argumentaba que la propaganda efectiva apela a “los sentimientos de la audiencia más que a su capacidad de razonamiento”; se basa en “fórmulas estereotipadas” que se repiten una y otra vez para meterles esas ideas en la cabeza a las masas, y usa fórmulas sencillas de “amor u odio, bien o mal” para atacar al enemigo, mientras se hace referencia a argumentos “unilaterales e intencionalmente sesgados”.

Aunque por lo general la propaganda se ha asociado con regímenes totalitarios como la Alemania Nazi y la Unión Soviética, el académico Jason Stanley, profesor de filosofía en la Universidad de Yale, nos recuerda en su último libro que la propaganda también puede ser un verdadero peligro para las democracias.

El tema no podía ser más relevante en la actualidad, dada la proliferación de noticias falsas y la desinformación en la red, la existencia de un público con un apetito voraz de escándalo y entretenimiento, los medios de comunicación obsesionados con los ratings y los clics, los rusos inmiscuidos en la campaña presidencial estadounidense de 2016 y un presidente electo que ha avivado los temores y el resentimiento de quienes lo apoyan y que, además, cambia repentinamente de opinión y siembra confusión con sus tuits.

En la reciente edición de bolsillo de How Propaganda Works, Stanley analiza la propaganda moderna: su operación, técnicas y efectos colaterales.

Stanley comienza por darnos una definición de propaganda que va más allá de las descripciones del diccionario que dicen que es información sesgada o engañosa que se usa para promover una causa política o un punto de vista.

El autor nos dice que la propaganda es una parte característica del mecanismo mediante el cual se engaña a la gente respecto de cómo puede hacer realidad sus metas y en consecuencia se le impide ver qué es lo mejor.

Esto se logra a través de medios probados con el tiempo, al apelar a las emociones de tal forma que el debate racional se haga de lado o haga cortocircuito; al promocionar una dinámica de nuestra gente/intrusos que contamine la conversación más amplia con estereotipos negativos de grupos minoritarios y al erosionar las normas comunitarias de “lo razonable” para profundizar en “normas de respeto mutuo y responsabilidad mutua”.

En una columna de opinión que publicó en The New York Times justo antes de la elección presidencial de este año, Stanley escribió que “Trump se ha dedicado a tácticas retóricas sin precedentes en la historia electoral reciente de Estados Unidos.
Repetidamente respaldó argumentos que eran falsos de manera evidente” e hizo muchos “comentarios extravagantes, retractaciones, retractaciones a medias y emitió declaraciones rotundamente falsas”, y en el proceso promovió intencionalmente una imagen distópica (y distorsionada) de Estados Unidos como un país disfuncional que sufre los efectos de la violencia y el crimen, y que necesitaba de él para restaurar la ley y el orden.
Denunciar a Trump por “ser un mentiroso”, argumentó Stanley, “es no entender del todo lo que es la propaganda autoritaria. Los propagandistas autoritarios están tratando de transmitir poder al definir la realidad. La realidad que ofrecen es muy sencilla, y se ofrece con el objetivo de cambiar el sistema de valores de los electores por el sistema de valores autoritarios del líder”.

En este libro (que se publicó originalmente en pasta dura en 2015), Stanley no lidia directamente con la retórica de Trump ni con el lugar que ocuparon las “noticias falsas” en la elección de 2016.

No obstante, este libro sí nos da información útil de los peligros de la propaganda y de su dependencia de hechos tergiversados, argumentos falsos y reduccionistas e historias maniqueas.

El autor observa que el discurso demagógico en las democracias suele usar un lenguaje que parece apoyar ideales democráticos (libertad, igualdad y razón objetiva) “a fin de socavar esos ideales”.

Stanley señala que la propaganda suele generar miedos que muy probablemente limitan el debate racional, por ejemplo, al “vincular a Saddam Hussein con el terrorismo internacional” después del 11 de septiembre, y que podría aprovecharse de prejuicios más profundos hacia grupos religiosos o étnicos para socavar nuestra “capacidad de sentir empatía hacia ellos”.

En una sección sobre lenguaje despectivo, Stanley escribe que “los insultos comunes hacia los grupos étnicos son demasiado fáciles de reconocer como tales para incluirse en el debate político en una democracia liberal” (aunque “a medida que una democracia liberal se rompe, como sucede en la Hungría de nuestros días”, añade, “los insultos explícitos se vuelven más aceptables”).

Al mismo tiempo, “palabras aparentemente inocentes” o expresiones como bienestar, ética laboral, inmigrante ilegal, pueden adoptar connotaciones negativas a medida que “se acompañan, mediante un mecanismo de asociación repetida, de imágenes o estereotipos problemáticos”.

Los estereotipos son herramientas poderosas para los propagandistas y demagogos porque proveen, en palabras de Stanley, “guiones sociales que nos guían por el mundo, le dan sentido y legitiman nuestras acciones en él”.

Afectan “la información que adquirimos a través de la percepción” y se resisten a la revisión (mediante la presentación de hechos contradictorios o argumentos lógicos) porque están emocionalmente “conectados con nuestra identidad” y ayudan a legitimar creencias que se tenían previamente.

Es por ello que la propaganda —que nos da una arquitectura narrativa sencilla, conveniente y aparentemente coherente para procesar acontecimientos— se desarrolla en un entorno polarizado donde la verdad se considera realista y los hechos son intercambiables.

Así es como la propaganda que distorsiona la realidad debilita la deliberación razonada, que es tan esencial en la democracia.

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Tomado de The New York Times

La publicidad electoral: regale una limosnita, por favor…

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Rubén Darío Buitrón *

UNA LIMOSNITA, POR FAVOR (I)

Una de las asesoras de comunicación de un candidato (póngale cualquier nombre) a las elecciones presidenciales y legislativas del próximo 19 de febrero toma el teléfono, marca y pide a la persona que responde al otro lado de la línea hablar con el director y, casi siempre, dueño de la radiodifusora. Ella, muy amable y tratando de ser lo más profesional, le solicita al director/dueño de la estación un espacio en alguno de sus programas informativos para que el candidato sea entrevistado por los locutores y exponga su plan de trabajo.

UNA LIMOSNITA, POR FAVOR (II)

La asesora de comunicación termina de hablar y escucha un misterioso silencio de fracciones de segundo. El director/dueño de la estación radial le responde con una voz en tono tajante, ríspido, duro y le pregunta: ¿Su candidato ha pautado publicidad electoral en mi radio? Ella le responde, con sinceridad, que no, porque los recursos económicos que maneja la campaña no les ha permitido, lamentablemente, poner cuñas en todas las estaciones y distribuir los fondos a la mayor cantidad de medios.

UNA LIMOSNITA, POR FAVOR (III)

La asesora de comunicación mira de reojo a sus compañeras y trata de explicarle al director-dueño que vivimos en un país democrático -al menos, eso dicen- y que, por tanto, todos los candidatos, pauten o no pauten publicidad electoral en uno u otro medio de (in) comunicación, tienen derecho a que se les entreviste y que todas las radios, canales de televisión, periódicos, revistas y portales web están en la obligación de ser plurales, equilibrados, objetivos, imparciales y otros etcéteras.

UNA LIMOSNITA, POR FAVOR (IV)

La asesora cierra el teléfono. Su rostro expresa una mezcla de sentimientos y sensaciones: frustración, impotencia, rabia, indignación, orfandad… No hay a qué institución quejarse. ¿Al Consejo Nacional Electoral? ¿Para qué, si la respuesta es absolutamente previsible, pues fue el mismo Consejo el que puso las reglas, los montos, las restricciones y generó estos desencuentros entre quienes trabajan por la democracia y quienes a cambio de “conceder espacios” piden una limosnita, sin un ápice de ética ni moral periodísticas?

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*La fotografía de este post solamente es representativa e ilustrativa. No tiene ninguna relación con el caso denunciado.

Ecuador 2017, la hora de la investigación periodística y del “baño de verdad”

Rubén Darío Buitrón

La urgencia de investigar (I)

Puede ser, como han dicho las más altas autoridades del gobierno, que sea una estrategia geopolítica para manchar el nombre de nuestros mandatarios el anuncio de la secretaría de Justicia de los Estados Unidos sobre el caso Odebrechet, una gigantesca compañía constructora brasileña cuyo presidente, Marcelo Odebrecht, se encuentra preso en el país del norte acusado por tráfico de influencias.

La urgencia de investigar (II)

Pero, a diferencia de la ceguera de ciertos fanáticos que prefieren cerrar los ojos, puede ser que sí existan altos funcionarios gubernamentales en el caso de las coimas de Odebrecht para conseguir grandes contratos en el Ecuador. ¿Por qué no? En el caso Petroecuador tomaron preso a uno y dejaron escapar a otro para saber que sí era cierto. Así que no es tan fácil como dijo el fiscal Chiriboga a los asambleístas: “Ya tenemos la mitad del caso resuelto: el corruptor es Odebrecht”.

La urgencia de investigar (III)

A menos de 40 días para las elecciones presidenciales en el Ecuador, las dos tesis son posibles. Una, que el Departamento de Estado de los Estados Unidos esté planeando un “golpe blando” para seguir -en su lenguaje- limpiando de gobiernos progresistas a América Latina mientras sostiene a los regímenes más neoliberales de las últimas décadas, como el de México y el de Argentina.

La urgencia de investigar (IV)

Por eso la urgencia de investigar. Y mientras más organismos públicos y privados lo hagan, eso sí con responsabilidad ética y profesional, mejor. Como se ha dicho siempre por parte de los demagogos que nos han gobernado desde 1830, “el país necesita un baño de verdad”. Los ciudadanos exigimos y demandamos conocer toda la verdad, no solo una parte. Exigimos y demandamos que no se cubra ni esconda a nadie. Pase lo que pase. Y caiga quien caiga. De lo contrario, los ciudadanos actuarán por sí mismos.

Redes sociales: los dioses vemos la realidad desde nuestro cielo

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Rubén Darío Buitrón

Los dioses observamos la realidad desde nuestro cielo (I)

Ayer me sorprendí cuando una colega que, al parecer, estaba navegando con cierta abulia por las redes encuentra la página de Facebook de un vigilante de tránsito del Guayas. En las primeras imágenes, como ella misma lo sugiere, se ve un hombre musculoso, atractivo, que llama la atención de las mujeres por su porte y su garbo. Luego, la colega hace un comentario en el que da a entender (porque todo es en doble sentido) que el vigilante no ha sido lo que aparentaba, sino otra cosa (¿gay, talvez?)

Los dioses observamos la realidad desde nuestro cielo (II)

Nuestra querida colega es popular y, por tanto, tiene un buen puñado de seguidores en su página de Facebook. Al compartir las fotos personales del vigilante de tránsito, unas en la calle, ejerciendo su oficio, y otras en la intimidad, sin permiso de la persona cuya imtimidad está siendo expuesta, generó decenas de comentarios de todo tipo, la mayoría de ellos en alusión a la sexualidad del vigilante de tránsito, pero algunos en tonos homofóbicos y otros en lenguaje burlón.

Los dioses observamos la realidad desde nuestro cielo (III)

Conozco de la ética profesional y humana de la colega, pero también sé que tiene ,muy buen humor y que gusta tomar la vida sin dramas ni patetismos. Si es posible hacer de la existencia cotidiana una experiencia agradable, descomplicada, entrenida, ella casi siempre está buscando maneras de hacerlo y no solamente para su satisfacción o placer sino para que sus amigos, seguidores y fans nos divirtamos con sus ocurrencias.

Los dioses observamos la realidad desde nuestro cielo (IV)

Hay una delgada línea roja entre lo posible y lo imposible, lo privado y lo íntimo, el juego y el respeto , la intimidad (¿hay intimidad en redes sociales que todo el mundo puede ver?) y lo público. Hoy ella tuvo la decencia de buscar al hombre y entrevistarlo, pidiéndole disculpas. Pero me queda una duda: ¿Hasta qué punto tenemos derecho a jugar con la imagen de otras personas sin conocerlas, dejando que cualquiera le diga lo que quiera?

El dueño de la opinión pública

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Rubén Darío Buitrón

EL PODER ES DE LA GENTE, NO DEL DUEÑO (I)

Los dueños de los medios, sean privados y oficiales, creen saber de periodismo. Por ahí empieza el drama de la prensa contemporánea: no porque ha llegado el internet para reemplazar a los medios convencionales, sino porque los capitalistas, los propietarios de las herramientas de producción creen que tener dinero y contar con millonarios bienes materiales los convierte de forma automática en directores de contenidos.

EL PODER ES DE LA GENTE, NO DEL DUEÑO (II)

El director de un medio no tiene que ser el dueño del dinero con el que funciona a ese medio, por decirlo así. Manejar contenidos requiere, antes que un título profesional, de sentido común. Y de sensibilidad social. Y de responsabilidad ciudadana. Y de entender que un medio de comunicación es un puente entre lo que la gente demanda y las necesidades que el poder gubernamental debe satisfacer.

EL PODER ES DE LA GENTE, NO DEL DUEÑO (III)

Y todas aquellas condiciones las tiene un periodista, pero un periodista que sepa de su oficio, que sepa por qué, para qué, cómo y por de qué manera se deben hacer las cosas y se las debe investigar, reportear, indagar, escribir, publicar. No se trata de poder. Se trata de comprender que los periodistas estamos en el mundo para acompañar a la gente, para defender el bien común, para jugarnos por las grandes causas ciudadanas.

EL PODER ES DE LA GENTE, NO DEL DUEÑO (IV)

Los dueños de las instalaciones donde funciona un medio son los dueños de la opinión publicada, no de la opinión pública. Esta opinión publicada es siempre sesgada a favor de la línea económica y política de quienes controlan los recursos económicos y financieros de la sociedad. Lo que vale es la opinión de la gente, los comentarios en la calle, la percepción ciudadana. No lo que ordena el dueño de la imprenta. El buen periodista debe tenerlo claro.

 

 

 

 

 

Periodistas autohomenajeados

Rubén Darío Buitrón

Diplomas, cocteles y medallitas (I)

Los gremios periodísticos ecuatorianos tienen una particularidad: se reúnen solo para dos cosas: para el brindis de navidad y año nuevo y para celebrar el Día del Periodista, que se realiza cada 5 de enero. Cuando veo sus fotos con diplomas y medallitas porque han cumplido cinco, diez, quince, veinte o tantos años, tan sonrientes, estoy seguro que no saben lo que están haciendo. O que no entienden que una cosa es celebrar y otra conmemorar.

Diplomas, cocteles y medallitas (II)

El 5 de enero de 1792, el médico, científico, investigador y actor político Eugenio Espejo publicó el primer periódico antipoder llamado “Las primicias de la cultura de Quito”, el cual se publicó siete números pero no pudo continuar porque el realismo español y los criollos locales lo delataron, lo persiguieron y lo acosaron hasta que, meses después, Espejo terminó en la cárcel. Tiempo después, murió.

Diplomas, cocteles y medallitas (II)

Esa historia quiere decir que el médico y periodista Eugenio Espejo fue un héroe. Un mártir. Alguien que se inmoló por sus hermanos, por los ciudadanos que sufrieron siglos de explotación y pobreza generada por el imperio español tras la bárbara conquista con fusiles en una mano y con la biblia en la otra. Espejo, sin embargo, dejó una huella que un siglo después se convertiría en lo que él proclamaba: la liberación del yugo español.

Diplomas, cocteles y medallitas (IV)

¿Cabe, entonces, que los gremios periodísticos, tan propensos a los brindis y a los coctelitos, celebren como si fuera un cumpleaños o un día festivo y se premien entre ellos como si tuvieran aquella dimensión heroica de Eugenio Espejo? ¿Cabe que en homenaje a un mártir se haya institucionalizado dejar una cursi corona de flores al pie del monumento y luego pasar a un salón para aplaudirse entre ellos? ¿No sería mejor seguir su ejemplo?