El centralismo mediático y el Ecuador que no nos duele

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Foto Carros ecuatrianos a Ipiales

“Usted y yo somos responsables de que Tulcán esté muriendo”. La acusación la recibo como un golpe directo al corazón del país, a nuestra falta de sensibilidad, a nuestro egoísmo.

Quien lo dice es un feisbuquero carchense, el joven Christian García. Él nos acusa a todos los ecuatorianos de lo que está sucediendo en su tierra.

Porque no solo es cuestión de que el peso colombiano se devalúe y gane ventaja frente a un dólar al que nos ataron ¿para siempre? los que a fines de los años 90 destrozaron la economía del país (los banqueros que robaron nuestros ahorros, los partidos políticos que no entendieron qué país queríamos, los empresarios que pensaban en su enriquecimiento y no en el desarrollo de la sociedad).

Es cuestión de nuestra idiosincrasia. De buscar lo fácil. Lo inmediato. De pensar en lo que nos conviene personal o grupalmente, no en las consecuencias macroeconómicas o sociales de lo que puede pasar si con nuestra simple actitud de ir a comprar en Ipiales ahondamos la crisis económica de la nación.

En Ipiales han visto llegar todo tipo de ecuatoriano: no solamente a ciudadanos comunes o particulares, sino a ciertas autoridades de nuestras ciudades, de nuestras provincias, de nuestra asamblea, de nuestros ministerios.

Llegan con sus familias a comprar, incluso, lo que no necesitan. Comprar desde refrigeradoras y televisores LCD hasta artículos de primera necesidad, de uso personal, zapatos, lencería, implementos deportivos, celulares, laptops, tablets, vajillas, utensilios de cocina, neumáticos para vehículos…

Puede culparse, dice Christian García en su conmovedor post, al tema de las salvaguardas y los impuestos, que encarecieron las importaciones, pero no es tan así, expresa:

“Gran parte de nuestra responsabilidad cae en nuestras manos. Usted y yo somos los responsables de nuestra ciudad esté muriendo, porque el momento que llega la plata a nuestro bolsillo no vamos a nuestras tiendas ni almacenes, sino que preferimos ir a Colombia”.

Y Christian no se calla nada:

“Somos muy valientes para salir a las calles a reclamar que el Gobierno haga algo al respecto. Somos bravos y groseros para reclamar que nos ayuden, pero cuando podemos hacer algo que solo depende de nuestras decisiones preferimos ir a Colombia hasta a comprar la leche”.

¿Con el Carchi no se juega? García dice que hace tiempo que perdió sentido aquella épica frase “porque hoy en día nosotros, usted y yo, no nos unimos por Tulcán, preferimos la mentirosa basura de ir a comprar a Colombia porque dizque está más barato. Si en verdad quieren ayudar –y esto va para todos los ecuatorianos-, entonces compremos todo lo que necesitamos en nuestro Tulcán (y no en el Ipiales ajeno)”.

Hay un centralismo mediático y un centralismo político que nos impide ver las cosas más allá de Quito, Guayaquil y, de manera esporádica, en otras zonas o regiones del país.

Ese centralismo mediático se define como la actitud de la gran prensa nacional que, preocupada por lo macro en lo nacional e internacional, en especial por los temas que son de interés de los grupos que representan, olvidan o no agendan los temas de la gente común, como la grave crisis social y económica de nuestros hermanos de Tulcán.

La gran prensa no le da prioridad a Carchi y como no está ahí, como no va por allá, no ve la avalancha de autos y ciudadanos ecuatorianos que todos los días va desde el Ecuador a consumir en Colombia y deja, cada día de un fin de semana o feriado, medio millón de dólares en compras.

Si fuera evidente esta preocupación en las agendas de los grandes medios y el problema humanitario que vive Carchi, muchos ecuatorianos nos enteraríamos y, quizás, cambiaríamos de actitud porque tomaríamos conciencia de la gravedad de la crisis.

Qué contradictorios somos a veces los ecuatorianos. Hablamos de solidaridad, de preocuparnos por los otros, de luchar por la justicia social, de jugarnos la vida para que todos, en especial los pobres y la clase media, podamos tener una existencia más digna.

Pero las palabras son huecas cuando caemos en el consumismo absurdo o cuando están ocurriendo cosas y hechos graves que debieran dolernos y no provocarnos indiferencia o ignorancia, que muchas veces es lo mismo.

¿Por qué Betty Amores dijo lo que dijo de Guillermo Lasso?

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foto Betty Amores II

Sería un error estratégico muy grave para PAIS creer que fue inocente lo que la semana pasada dijo la exasambleísta y excorreísta Betty Amores acerca del millonario banquero y precandidato presidencial Guillermo Lasso.

Amores, a quien nadie debe negarle su inteligencia y preparación, lo dice conscientemente, frente a periodistas, micrófonos y cámaras, para que se divulgue su frase, aunque luego sea denostada por los seguidores del presidente Correa.

Cuando empieza su discurso diciendo “Guillermo Lasso es de clase media. Sí. Es de clase media”, lo que está proyectando es el análisis que ha hecho la alianza de la izquierda radicalista con la derecha opusdeicista: Lasso nunca podrá ganar las elecciones presidenciales si no cuenta con el voto de la clase media, que hasta ahora le ha sido esquivo.

Grábense, por favor, estas palabras, los analistas, los politólogos, los columnistas, los seguidores del presidente Correa: Lasso nunca podrá ganar las elecciones presidenciales si no cuenta con el voto de la clase media, que hasta ahora le ha sido esquivo.

Por eso la estrategia de unirse, no sé con qué clase de plan de reparto posterior del suculento pastel del poder, entre dos tendencias que ni la lógica ni el sentido común pueden entender.

Lasso quiere acercarse a la clase media, a la clase media baja y a los pobres, pero no puede hacerlo por sí mismo: para hacerlo necesita que lo ayuden los izquierdosos resentidos y el infantilismo, aquellos que pueden convencer a los sectores de clase media, clase media baja y pobres que han sido –escúchese bien- beneficiarios de las políticas de Rafael Correa.

“Lasso es de clase media, sí”. Lo dice una exasambleísta que en sus mejores tiempos defendía a muerte al actual Gobierno y que formaba parte de la cúpula legislativa de Alianza PAIS.

Y cuando lo dice recibe los aplausos justamente de los dos sectores. De la izquierda resentida y radicalista y de la derecha opusdeicista.

La mezcla suena ideológicamente indigesta, por supuesto, pero cuando se quiere tomar el poder solo importa eso: llegar a tomarse el poder con alianzas antinaturales, como la de los indígenas con los Nebot, los Lasso, los Noboa, los Carrasco, los Páez.

Nótese que, además, todos ellos están cobijados por la otra oligarquía, la de los poderosos medios de comunicación, también interesados en que la conspiración, aunque dure hasta el 2017, dé los frutos esperados: el desplazamiento del poder político de PAIS y el regreso de quienes destruyeron al Ecuador a punta de carajazos y billeterazos.

Lasso cree que es posible ganar las elecciones del 2017 y los radicalosos de la izquierda de ficción también lo creen, pero saben, los dos, que se necesitan.

Lasso los necesita para proyectar la imagen democrática y plural. Los izquierdosos resentidos lo requieren para financiar la campaña y para consolidar su revancha contra Correa, aunque luego Lasso (recordemos al coronel Lucio Gutiérrez, a quien muchos creyeron que era de izquierda) les dé una patada en el traste y les diga que él, como Lucio y de quien fue su asesor, es el mejor amigo de los gringos y gobierne para los banqueros (ese decir, para él mismo) y para la nostálgica oligarquía que tanto extraña el poder político.

Así que, no lo tomemos a la ligera ni nos consolemos ni burlemos de Betty Amores haciéndole memes o diciéndole de lo que se va a morir.

Pensemos que detrás de sus palabras, dichas en el escenario preciso y en el momento adecuado, existe un condumio muy peligroso para el Ecuador del futuro.

Esas clases sociales que ahora tienen mejores condiciones de vida pueden extraviarse gracias a la persistente estrategia mediática de crear la imagen de un Presidente que, como dice la revista Vistazo en su último número, “ha perdido el rumbo”.

PAIS debe consolidar su presencia y revitalizar su trabajo con esos sectores a los que el proyecto Lasso-Amores (qué romántico suena el binomio) quiere atrapar en sus redes.

Ya lo dijo Sun-Tzu hace tres mil años: el peor error es subestimar al rival, por más pequeño que parezca.

Así que, más que memes, burlas o insultos contra Amores, AP tiene que fortalecerse  o refortalecerse en los sectores a los que ha favorecido con sus políticas de inclusión y de salarios dignos, que han elevado su nivel de vida y, en especial, de la clase media entre la cual quiere involucrarse Lasso, ícono de la rancia aristocracia financiera, proyectando una imagen plural, democrática y, claro, de clase media, de clase media baja y de clase pobre.

Ya verán cuál será el próximo discurso de Amores: “Guillermo Lasso es banquero, pero es un banquero de los pobres”. O, como ya lo dijo: “Guillermo Lasso es un banquero que no huyó, como los otros, cuando hubo la crisis a fines de los años noventa”.

¿Aplausos? No. El Banco de Guayaquil, el de Lasso, ha sido uno de los que más ganó con la caída de los otros bancos y hoy es el segundo más poderoso del país gracias a los depósitos de esa clase media y de esos pobres que, ojalá, no se dejen seducir por los cantos de sirena de la izquierda-opusdeicista.

Y, al final, la oposición logró la víctima que buscaba

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foto Manuela Picp

Los grupos indígenas y mestizos radicales que ocupaban el parque de El Ejido en Quito y que prometieron a sus seguidores mantenerse allí hasta que el Gobierno retire el paquete de enmiendas y cumpla otras demandas, finalmente se fueron de allí.

Se marcharon con la promesa de que volverán el próximo mes y que serán más duros en sus exigencias.

Se despidieron luego de que encendieran la llama de la violencia que dejó el trágico saldo de 200 personas heridas, entre ciudadanos, policías y soldados.

Se fueron después de que ante la indiferencia de las autoridades locales, en sus avances hacia el centro de Quito destruyeran partes de importantes monumentos, edificios y lugares patrimoniales del centro colonial más importante de América Latina.

En todas sus acciones de protesta, bloqueando carreteras, lanzando piedras y rocas, blandiendo gruesos maderos y lanzas, golpeando a los policías que, hasta entonces, habían mantenido una actitud pasiva mientras los violentos, identificados con claridad en las redes sociales, rompían a palazos las piernas de un policía.

Su retiro coincide (¿coincide?) con lo que cualquier principiante de analista pudo advertir: buscaban provocar al Régimen y obligarlo a reaccionar con dureza ante la provocación hasta lograr una víctima.

Y lo lograron: la alianza de la gran prensa con los dirigentes de izquierda radical, los indígenas de línea dura y la oligarquía trataba de obtener en esta etapa de su guerra política obtuvo aquella víctima: la académica brasileña devenida activista y compañera de uno de los más enconados dirigentes de los grupos antimineros en el sur del país.

El show que protagonizó el prefecto de Zamora, Salvador Quishpe, apareciendo tiznado ante los comedidos reporteros de la prensa, no dio resultado y más bien produjo una avalancha de incredulidad y burla.

Ironías que cayeron sobre él no porque Quishpe fuera indígena, como quisieron hacerlo ver algunos fanáticos que acusaron de “racistas” a quienes lo criticaron no desde lo étnico sino porque resulta inexplicable que un dirigente -quien hace más de una década fue humillado en el Congreso por la extrema derecha- ahora se junte a una marcha que mezcla los sueños golpistas de la extrema derecha y de los banqueros con las demandas y aspiraciones de mestizos e indígenas. Una alianza antinatural y antihistórica.

El retiro de los manifestantes que acampaban en el parque de El Ejido no es casual: si bien falló el perfomance de Quishpe, sí les dio resultado el caso de la exacadémica de la Universidad San Francisco, en Riobamba, y manifestante antigubernamental Manuela Picq, de 38 años, tanto así que CNN dedicó más de seis minutos a la noticia de que “la periodista (¿) Picq sería deportada por el Gobierno” (el discurso del “atentado” a la libertad de expresión) luego de que fuera detenida y llevada a un hotel donde suelen permanecen los extranjeros indocumentados.

Pero ahora que ella, compañera sentimental del dirigente indígena-mestizo Carlos Pérez Guartambel (43 años, viudo, dos hijas), se ha ido a Brasil sin que existiera una orden de deportación, los dirigentes de la alianza oligárquico-mestiza ya tienen su premio: una víctima de un gobierno “brutalmente represivo”, como ellos lo llaman, un trofeo político que exhibirán nacional e internacionalmente, un pretexto para “continuar su inclaudicable lucha contra la tiranía”.

Algún despistado vocero de la alianza antihistórica y antinatural quiso compararla con nuestras Manuelas (Espejo, Cañizares y Sáenz) e, incluso, añadirla a esas relevantes heroínas de nuestra historia.

Hay que guardar las proporciones. Picq tendrá sus argumentos para actuar como actuó, pero compararla con las grandes mujeres de la Patria es una ofensa a la historia.

En El Ejido, donde un shamán le hiciera una “limpia de despedida”, Picq dijo que volverá pronto una vez que arregle sus documentos y tenga la  visa Mercosur. ¿Algo así puede decir una persona que vive en un país donde reina, según ella, un modelo dictatorial?

Picq supo manejar su circunstancia (¿o lo hizo a propósito?) al aparecer en el grupo más agresivo durante una marcha en Quito: rápidamente, la prensa, vocera del pacto indígena-oligárquico, la convirtió en su heroína con titulares de primera página, amplia cobertura y extensas entrevistas, así como hiciera un día con el cantautor Jaime Guevara, a quien los grandes medios despreciaban y nunca tomaban en cuenta, pero aquella vez sí lo hicieron con entrevistas y grandes espacios cuando este tuvo un enfrentamiento callejero con el Presidente.

¿Queda alguna duda sobre los planes oscuros del pacto entre  la derecha ególatra-recalcitrante, los dueños de la gran prensa y la izquierda cegada por sus celos ideológicos y su extravío político?

El absurdo y ridículo “paro nacional” de Álvaro Noboa

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foto paro Alvarito

Con ánimo de no quedarse fuera de la agencia noticiosa de los medios privados, en especial de los prensa escrita, el bananero Álvaro Noboa, que ha perdido cinco elecciones presidenciales porque cree que se puede llegar a Carondelet regalando camisetas de a dólar en el Guasmo y fundas de caramelos en los pueblos pobres de la Sierra, ha pagado un aviso de un octavo de página en esos medios para convocar su propio “paro nacional” este viernes 21 de agosto.

La cita, según el aviso, es a la una de la tarde, pero como debe saber que solo tendrá a su lado a los asesores, gerentes y empleados de sus empresas, a los cuales los obligará a salir un ratito pero luego les obligará a que sigan trabajando, no hace una convocatoria abierta sino una, absolutamente original, a la cual hay que inscribirse vía correo electrónico.

El objetivo es, dice el comunicado, “pedir la renuncia del presidente Rafael Correa”, como si Noboa tuviera alguna autoridad moral para hacerlo, como si representara a alguien, como si su partido aún tuviera alguna incidencia en la vida nacional, como si en la Constitución hubiera un artículo que autoriza a cualquier ciudadano –porque Noboa es cualquier ciudadano- a pedir la renuncia del presidente de la República.

Convocará a los periodistas a que asistan a tan magno evento en el que caminará unos cien metros alrededor de la Molinera, subirá a una improvisada tarima en las afueras de su mayor empresa en Guayaquil, moverá las manos en completa descoordinación con sus palabras, imitando como siempre la imagen católica del Divino Niño, dirá tres o cuatro ideas incoherentes elaboradas por loa asesores que durante veinte años le han hecho creer que es el seguro ganador, los medios grabarán su intervención, pasarán en sus noticieros (un minuto, dos) y nadie le preguntará en qué consistió su “paro nacional” que no convocó ni siquiera a una cantidad de gente que copara media cuadra de simpatizantes de su propuesta.

Y volverá, feliz, a su amplio y cómodo despacho desde donde cuenta los billetes con cierta preocupación, pues no sufre mayor miedo que un fantasma llamado Servicio de Rentas Internas (SRI), al que lo ve como una sombra incesante cada vez que cuenta el dinero y lo guarda en su caja fuerte hasta trasladarlo hasta su propio banco, el banco del Litoral, con sedes en todo el país (“todo el país” es, para Álvaro Noboa, Guayaquil, Quito y ciertas zonas donde los productos que fabrica (avena, café) y los que cosecha (banano, banano, banano) le producen ingresos locales.

La banca extranjera donde deposita la mayor masa de dinero está lejos de aquí, por si acaso a alguien se le ocurriera, como a él ahora, convocar en un octavo de  página a que quienes quieran sumarse a su “paro nacional” envíen un correo electrónico y prometan su presencia en tan trascendente acto patriótico que salvará al país de las garras del comunismo.

¿En qué se basa esta mala copia del Divino Niño para pedir la renuncia al Presidente” ¿Cuáles son sus argumentos jurídicos y constitucionales?

¿Será tan sincero en su discurso como para decir que el SRI lo ha puesto contra la pared por negarse a pagar el monto de impuestos que le corresponde cancelar al Estado?

¿Tendrá la honestidad de contarles a sus 100 gerentes, asesores y empleados que durante muchos años explotó el trabajo infantil en sus plantaciones?

¿Será tan transparente como para explicar en su discurso dónde tiene guardado el monto mayor de su dinero y por qué no lo invierte en el Ecuador, pero de manera legal y justa?

¿Condenará la extrema violencia con la que desde el pasado jueves 13 el vandalismo, la agresivididad y el odio, inmersos entre los manifestantes, ha dejado más de 200 heridos, entre policías, militares y civiles? ¿Pedirá que las comunas, dirigidas por cerebros oscuros, dejen de secuestran a soldados?

¿Podrá exponer, con claridad y realismo, cuáles serán sus propuestas electorales (porque, de seguro, si hipotéticamente lograra que el presidente Correa atendiera su petición, habría convocatoria a comicios y se presentaría por sexta vez sin ningún problema). ¿Cuánto representa una campaña para él? ¿El cinco por ciento de lo que gana en un año con sus decenas de empresas?

Pero tengo la sospecha de que ni él mismo está convencido del éxito de su paro. De lo contrario, habría  gastado más en la publicidad, hubiera puesto avisos más grandes en la prensa privada nacional, habría contratado un espacio en cadena nacional de televisión para explicar las razones de su solitario levantamiento en contra del régimen constituido.

Como otros que pupulan por el país precandidatizándose para ver si alcanzan al menos el segundo puesto en las próximas elecciones, lo cual sería un mérito para adjuntarlo a su currículum personal, Álvaro Noboa Pontón, alias Alvarito, ha decidido no quedarse fuera de la oleada de conspiradores y golpistas que pugnan por tomarse el poder lo más pronto, antes del 2017, porque aunque no les cueste mucho dinero (uno de ellos es banquero y gana 70.000 dólares al mes, otro es exportador y gana millones al mes, otro no tiene mucho dinero pero quisiera que una coalición lo auspiciara para después dar a cada uno un pedazo del pastel del Estado) la idea es evitar que el actual Presidente compita en las elecciones y vuelva a ganar. Y eso no les gustaría a los que sienten que, de una u otra manera, ya no son los protagonistas ni los líderes de opinión en la vida nacional.

El solitario paro nacional de Álvaro Noboa es eso, un solitario e incoherente grito enmudecido por el tiempo, porque la coyuntura –si algún día la hubo- para que un explotador, perdón, un exportador bananero pueda llegar al poder, ya no existe.

Estamos en un cambio de época. Y, aunque les duela, ya no volverán a tener la sartén por el mango. Ni siquiera el mango por la sartén, aunque esta última frase suene tan absurda y ridícula como el excandidato.

El laberinto de los espejos y de los espejismos

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foto laberinto de los espejos

¿Qué actitud adoptar ante el otro? ¿Cómo tratarlo? ¿Hay que intentar conocerlo? ¿Es ético buscar la manera de acercarnos y entenderlo?

Esas preguntas debieran asaltarnos con frecuencia. Acecharnos y obligarnos a salir de la casa de espejos donde estamos atrapados.

Atrapados en la casa de espejos donde hablamos para nosotros. Donde no nos importa lo que piensen los otros. Donde escribimos contra los otros.

Donde subestimamos a los otros. Donde repudiamos la opinión de los otros. Donde no escuchamos la voz de los otros. Donde quisiéramos callar, para siempre, las ideas de los otros.

Atrapados en la casa de espejos que nos impide mirar, entender, admitir que por fuera de estos enormes espejos habita una sociedad más vital y compleja que no la vemos, que no la escuchamos, que no la sentimos, que no somos capaces de percibir.

Atrapados en la casa de espejos donde no son posibles la deliberación ni el disenso.

Donde solo reconocemos nuestra propia imagen y al mirarnos en ella arrasamos con todo lo que no encaje en nuestros proyectos, visiones, maneras de entender la vida, la realidad, el futuro.

En la casa de los espejos no es posible la tolerancia, el respeto, el espacio para el otro.

Ni siquiera es posible la coexistencia con el otro: si nosotros tenemos la razón, si nosotros representamos la sensatez, si nosotros somos los heraldos de la ética, ¿para qué escuchar la palabra del otro, del diferente, del distinto?

¿Para qué tomar en cuenta a los agoreros que pretenden alarmar advirtiéndonos que el desprecio a los otros podría conducirnos a la derrota de la sociedad, al funeral de los procesos reflexivos y a la demolición de escenarios para el debate y la búsqueda de consensos?

Citado por el maestro Kapuscinski, el sabio griego Heródoto -quizás el primer cronista de la historia universal- solía decir que cuando unos individuos cierran la puerta a otros individuos, por las razones que fueran, en el fondo son sujetos miedosos que adolecen de un complejo de inferioridad y tiemblan ante la perspectiva de verse reflejados en los sentimientos y las demandas y las necesidades y los pensamientos ajenos.

Muchas veces los periodistas nos dejamos cegar por el resplandor de los espejos.

Sin visión precisa, quizás enredados en un espejismo, olvidamos que nuestro oficio tiene sentido en función de los demás y que el destino moral del periodismo son los otros, conectados a nosotros.

Cercados por esas murallas que nos impiden mirar más allá de nuestras narices, no alcanzamos a entender que será imposible construir una sociedad más humana si seguimos atrapados en aquella obsesión de escucharnos y mirarnos solo a nosotros mismos.

La noche en que los soldados llenaron de cemento el volcán

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foto Cotopaxi II

El afiebrado e importante asesor e ideólogo, frustrado porque su estrategia de mantener inestables las principales calles del país con movilizaciones y protestas no funcionó, llega al hospital más caro de la ciudad en estado de shock y empieza a delirar. Los médicos y enfermeras lo escuchan, atónitos:

“Más de 40 soldados de las tres ramas de las Fuerzas Armadas se movilizan de forma silenciosa, en mitad de la noche, con destino a las principales cementeras que funcionan en el país.

Su objetivo: expropiar cientos de miles de quintales, subirlos a los camiones y llevarlos en secreto con dirección a la provincia de Cotopaxi.

Ningún funcionario, desde los guardias hasta los gerentes de las empresas cementeras, puede hablar del operativo militar que acaba de observar, bajo amenaza de ser encarcelado y deportado, si en caso de ser ciudadano extranjero su visa no estuviera actualizada y legalizada, como dice la ley.

Tampoco puede hablar con nadie, ni siquiera con sus familiares, ningún  soldado ni oficial que participa en el proceso.

Bajo aquel silencio, los soldados terminan de cargar los 250 camiones de las Fuerzas Armadas y se dirigen a las faldas del volcán Cotopaxi, por vías secundarias, para que ningún ciudadano ni automovilista civil puedan percatarse de lo que está ocurriendo.

Horas después, en medio de un frío intenso, los soldados arriban en sus camiones a la zona del lago Limpiopungo, en las faldas del volcán. No instalan carpas: los alimentos, sleeping bags y herramientas para realizar un transporte fluido de los sacos de cemento los distribuyen los soldados desde los camiones.

Desde el centro operativo de la Seguridad del Estado, en Quito, el presidente de la República y sus ministros observan todo lo que sucede en Limpiopungo mediante cámaras  que proyectan y graban imágenes infrarrojas en alta definición y emiten señales auditivas a través de sus dispositivos de ultrasonido.

Los soldados más expertos para trepar volcanes, cargados cada uno con un quintal de cemento y una pieza de una extraña maquinaria, llegan a la cumbre cinco horas después de haber partido del primer refugio.

El presidente de la República ordena que lo hagan más rápido, porque queda poco tiempo antes de que amanezca. Entre tanto, recibe reportes de que los manifestantes opositores están decididos a permanecer en Quito hasta que se deroguen todas las leyes que ellos reclaman como injustas.

Esa información hace que el mandatario ordene, otra vez, que la Distractor II, como se denomina en el código secreto, se concrete en poco tiempo más.

El primer grupo de 20 soldados se ubica en la cumbre y un oficial dirige el montaje de la maquinaria que se alimenta de cemento y que al amanecer, cuando el volcán sea visible desde distintos puntos del país, en especial desde Quito, deberá expulsar, con el suficiente ruido como para que se escuche en todo el valle que rodea las faldas del volcán, el cemento hacia arriba, en dirección absolutamente vertical.

La cantidad de cemento que arroje la maquinaria, conocida como Cedox III, tendrá que ser suficiente como para que se asemeje a una columna de humo que parezca salir de lo profundo del cráter y que luego se esparza por distintos lugares, según la dirección del viento, aunque la máquina está diseñada para dirigir el material hacia los puntos que se necesite, en este caso el Valle de Los Chillos y el sector oriental de Quito.

Cuando llega el amanecer, el máximo jefe del operativo Distractor II pide al Presidente que mire lo que va a ocurrir. Y, tal como estaba previsto, desde lejos se ve que el Cotopaxi lanza su primera columna de humo y pocos minutos después partículas ardientes del cemento que la máquina se ha encargado de triturar y calentar, empiezan a caer sobre algunos sectores como si fuera ceniza volcánica.

La atención de los ecuatorianos se centra en la actividad del volcán, en los riesgos que implicaría una gran erupción del coloso más alto del mundo, en las cientos de miles de personas que resultarían afectadas y en los costos que implicarían para el Gobierno los movimientos de evacuación, la entrega de alimentos y vituallas a los damnificados, el mantenerlos en escuelas y canchones gigantescos con decenas de médicos, enfermeros y paramédicos  para velar por su salud.

A lo largo del primer día de acción del Distractor II, el Presidente y sus ministros están satisfechos. Millones de ecuatorianos están a la expectativa de lo que ocurra con el volcán y van olvidando que la oposición política declaró un paro indefinido que nunca lo fue.

Los días pasan y como el estado de excepción dura ocho semanas desde la expedición del decreto, a la oposición se la neutralizará por completo.

Sesenta días después ya no hay rastros de los intentos del paro y el volcán no ha erupcionado. El Presidente amplía el decreto por dos meses más y mantiene el control del país mediante la estrategia del miedo”.

Cuando se queda dormido el afiebrado e influyente asesor e ideólogo, el médico principal ordena que se le dé un sedante porque en su delirio sigue elaborando teorías y escenarios descabellados.

El psicólogo que acompaña al doctor lo reafirma: si sigue así puede enloquecer, pues el diagnóstico establece que lo que sufre el paciente es el SPP, síndrome del poder perdido, enfermedad incurable porque nunca más podrá recuperar ese poder.

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  • Esta es una fábula construida sobre declaraciones y especulaciones de políticos de oposición.

El inolvidable rostro tiznado del líder Salvador Quishpe

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foto salvador quishpe

La amplia difusión de los medios privados de la imagen del prefecto de Zamora y líder de la marcha indígena-oligárquica, Salvador Quishpe, manchado de ceniza o “tizne”, como decía mi abuela Michita, es la expresión más clara del plan de la oposición radical en su afán de derrocar al Gobierno.

Una de las claves para ganar simpatía, ya lo sabemos, es la autovictimización. Y que la víctima o sus deudos propaguen el dolor para que se culpe al victimario.

Sin embargo, para “calentar las calles” y reforzar el discurso de que estamos frente a un régimen opresor se requiere –como dice el manual golpista- un elemento fundamental: que la prensa y, en especial, la TV, le dé extensa cobertura (¿unos “tres minutos”, como decía otra dirigente a la que alguien le grabó y puso en evidencia sus movimientos desestabilizadores?).

Y así fue. Cuando Quishpe apareció (o reapareció, nadie sabe de dónde) en la calle con el rostro manchado, sin sombrero, con la camisa aparentemente desgarrada y con el pelo suelto, un muy conocido canal de televisión nacional tenía listas dos cámaras y dos micrófonos.

Los periodistas de los medios antigubernamentales improvisaron una rueda de prensa y, en principio, consiguieron su propósito: con la maltratada imagen de Quishpe –Salvador, no Delfín, el de las torres gemelas-, pretendieron que a nadie le quedara duda de que en el país hay “totalitarismo, represión, fascismo y tortura”.

Pero el sentido común de los ciudadanos, quienes ahora leen con incredulidad y suspicacia los mensajes de los medios y entienden mejor las entrelíneas y los silencios de la prensa y sus cómplices, con rapidez empezó a analizar los elementos de la imagen del inolvidable rostro oscuro del prefecto Quishpe.

¿Arrastrado por los policías por las calles sucias y cenicientas de los restos de los neumáticos quemados por los propios dirigidos por Quishpe, sin rastro de golpes, con el cuello totalmente limpio y con un finísimo reloj ¿Rolex?, intacto y reluciente en su muñeca izquierda? ¿Torturado con ceniza, en una nueva modalidad policiaca de atormentar a los enemigos políticos? ¿Golpeado por alguno de los 67 policías heridos, algunos de gravedad, por ocultos agresores disfrazados de manifestantes?

De supuesta víctima de la represión, Quishpe pasó a ser “trending topic” de tuiteros expertos en memes (recurso digital para colocar imágenes con textos,  generalmente para burlarse de personajes públicos) y se convirtió en la burla de medio país.

Pero eso no todo. Lo esencial es que el show del prefecto de Zamora transparentó la oscura alianza, la tiznada alianza entre la prensa, los indígenas golpistas, los “movimientos sociales mestizos” y los sectores oligárquicos en busca de repartirse pedacitos de poder (esto para Lasso, esto para Alvarito, esto para Nebot, esto para los agentes, esto para los conspiradores y este poquito para la Conaie).

¿Recordará Salvador Quishpe cuando en el Congreso el diputado Alfonso Harb le quitó el sombrero y lo puso en el piso, como muestra de la prepotencia socialcristiana con la cual ahora comulga? ¿Tendrá en su memoria las palabras de León Febres Cordero, quien lo llamó “energúmeno con poncho”?

Será para la próxima, Salvador Quishpe. Un buen “media training” quizás lograba su propósito, habría estremecido al país y no lo hubiera hecho morir de risa.

Señores de la “marcha indígena”, háganse un gran favor

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foto marcha indígena agosto 15

Que un grupo de indígenas y mestizos y afroecuatorianos tome la decisión de marchar por las carreteras del país es legítimo.

Vivimos en un sistema democrático donde todos tenemos derecho a expresar nuestros disensos y a ejercer el derecho constitucional a la resistencia.

Sin embargo, los dirigentes de la marcha y quienes la apoyan desde los medios y desde las redes sociales tienen la enorme responsabilidad de lograr la legitimidad de la marcha sin mentirle al país, convirtiéndose en los principales críticos y autocríticos de lo que viene sucediendo en la caminata que, según sus líderes, arribará a Quito este jueves 13 en concordancia con el llamado a un paro nacional contra el Gobierno.

Muchas mentiras, mucha fantasía y mucha violencia verbal gratuita no le hacen bien a la marcha. Cuando se busca credibilidad y cuando se apunta a un objetivo político real y claro, los responsables de la movilización deben exigir que nadie manipule su derecho a expresarse.

Pero no lo hacen. Dejan que en las redes sociales se suban fotografías de caminatas de años anteriores, cuando la fuerza indígena era mucho más consistente y sólida, o que aparezcan imágenes de procesiones y romerías católicas –estas sí, multitudinarias- ocurridas en el pasado y que supuestamente son fotografías de la “inmensa movilización nacional”.

Engañarse a sí mismos es peor que engañar a los demás. Pretender convencernos de que en la marcha hay “cientos de miles” de ciudadanos no tiene ningún sentido, porque no es real. Y al no ser real quien en verdad se engaña es el dirigente que convierte en una película de ficción lo que anhela pero no existe.

Si fueran 200 o 300 quienes están marchando por las provincias, pues que se diga que son 200 o 300. No se dejen infiltrar por golpistas soeces disfrazadas de compañeras solidarias con la causa. Piensen: ¿de qué vive esa gente? ¿quién las está financiando?

En periodismo y en la vida, una cifra real siempre es más valorada que una cifra inflada o distorsionada. ¿Para qué crear escenarios inexistentes? ¿Para que el Gobierno sienta miedo de lo que podría ocurrir el próximo jueves o el día que logren arribar a la Capital? ¿Para provocar una reacción desproporcionada de las fuerzas del orden y conseguir el mártir que encienda una crisis política?

En las redes sociales, los simpatizantes de quienes marchan no les hacen ningún favor cuando, atravesados por el odio al Régimen, buscan y colocan fotografías que no corresponden a la realidad.

Tampoco contribuyen a la legitimidad de la marcha los periodistas y los medios de comunicación que la acompañan.

Ellos también inflan las cifras, convierten a los manifestantes en héroes de la resistencia, les dan micrófono en cada pueblo o ciudad donde llegan para que expliquen por qué están en esa actitud (aunque ni siquiera tienen claro qué proponen: unos hablan de echar abajo las enmiendas, otros de la ley de aguas, otros de los “ochos años de sufrimiento bajo la tiranía”, otros de que se derogue la agencia de control para el ejercicio ético de la medicina, otros de que se devuelvan al MPD los fondos que ahora maneja el IESS. Y así…).

Pero los periodistas de los medios privados no preguntan demasiado porque no les conviene. Su acompañamiento tiene un claro propósito: mantener en el imaginario social la idea de que muchos ecuatorianos (“muchusísimos”, dijo uno) rechazan las políticas gubernamentales.

Aquello se ve tan claro como cuando en un pueblo de la serranía también hay una marcha a favor del Régimen y el reportero, que está junto a esa marcha, decide, por su cuenta o por orden de sus patrones, omitir la información.

O, más patético aún, cuando desde la camioneta de un canal de televisión se reparten cajas de alimentos enlatados a los anticorreístas y una de las dirigentes de la marcha no tiene reparos en admitirlo.

O, peor, la “sutileza” del denominado Canal del Cerro para pasar la película “García Moreno” en la que uno de sus momentos más terribles es la represión criminal a los indígenas de Cotopaxi en una protesta de aquellos años.

Pregunto, señores dirigentes de la marcha, ¿no eran esos canales “los enemigos del pueblo” cuando en 2006, en Montecristi, se hablaba de la necesidad de una ley de Comunicación?

¿No eran ellos, los dirigentes de la marcha y en ese entonces asambleístas, quienes más exigían la redacción y promulgación de una ley “que frenara los abusos de los medios vinculados a los banqueros, a la oligarquía y a la partidocracia?”.

¿En qué momento se trastocaron los roles y ahora son aliados?

¿Qué los une?

¿Qué perspectivas y proyectos comunes para cambiar el país tienen los banqueros, los indígenas, los médicos, la derecha, el gutierrismo y los alcaldes socialcristianos?

¿Cómo gobernarían desde el 2017 si llegaran a ganar las elecciones?

¿En qué consistiría el reparto de parcelas de poder?

¿Cuál es ahora, por ejemplo, el hilo conductor de una marcha que intenta expresar en simultáneo el malestar del alcalde de Guayaquil, de la Conaie y de un multimillonario banquero?

Los medios de comunicación privados dicen medias verdades y, por tanto, mienten.

Los simpatizantes de la marcha también dicen medias verdades o fabrican realidades que no están ocurriendo, con fotos y memes que no ayudan a la legitimidad de la marcha, una legitimidad que poco a poco va perdiendo fuerza por culpa de sus propios dirigentes, quienes prefieren engañarse y engañar, como si la democracia se construyera fingiendo que el país está a punto de que se rompa esa democracia el momento que la marcha, masiva y poderosa según ellos, exija en Quito que se vaya el Presidente.

Puede ser que esa sea su idea obsesiva cuando en la avenida de Los Shyris, en Quito, unos cuantos gritan, casi sin entusiasmo y de forma mecánica, “fuera, Correa, fuera”, dirigidos por quienes van a Miami a dictar conferencias financiadas por oscuros capitales de exbanqueros corruptos y de fundaciones de extrema derecha estadounidense.

Señores dirigentes de la marcha, créanme que aún les queda tiempo para decir la verdad al país antes de llegar al día 13 y hacer un papelón que no conducirá a nada más que a desestabilizar al país.

Mi propuesta es que se reúnan los dirigentes indígenas de la marcha con los dueños de los medios de comunicación privados, con los mestizos que misteriosamente los acompañan tratando de utilizarlos para intentar el golpe de Estado y con los más enconados usuarios de las redes sociales.

Que dialoguen y resuelvan contar al país lo que en realidad está pasando con esa lánguida marcha que ni siquiera tiene una plataforma de lucha coherente, la cual también tendrían que definir para que los pocos que marchan desde una actitud equivocada, pero sincera, no sean títeres o peones de un macabro ajedrez manejado por la peor oligarquía que ha dominado el país durante toda su historia.

Mírense. Vean en qué coinciden. Soliciten a la extrema derecha que no les apoye si en realidad la marcha es de la resistencia de la otra izquierda. Pidan a los dueños de los canales de TV que dejen de llamarse independientes, objetivos, veraces e imparciales y que digan, de frente, que están en contra del Gobierno. Rueguen a los fanáticos de las redes sociales que nos les hagan quedan en ridículo.

Es un tema de ética política y mediática.

Y se harían un gran favor.

La indolencia, el paso previo a la impunidad y al silencio

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foto Kyle Thompson

En un mismo fin de semana, las noticias del mundo nos trajeron dos hechos dolorosos: la tortura y muerte de un niño palestino, incinerado por judíos fanáticos, y el asesinato en el D.F. al fotoperiodista mexicano Rubén Espinosa, de la revista Proceso.

Son dos hechos aislados pero, al mismo tiempo, dos hechos con el mismo significado, porque a pesar de su lejanía (uno en Medio Oriente, otro en América Latina), muestran que cada vez más el ser humano pretende que la agresión mortal, la desaparición del otro, es la solución a sus problemas, conflictos, fobias, desacuerdos y odios.

La pobre reacción social de esta ocasión trajo a la memoria lo que pasó el 7 de enero de este año: dos enmascarados con rifles de asalto ingresaron a la Redacción del semanario satírico francés “Charlie Hebdo”. Mataron a 11 personas (entre ellas, cinco caricaturistas antimusulmanes), hirieron a otras 11 y acribillaron a un policía.

Cuatro días después, unas dos millones de personas, entre ellas más de 40 líderes mundiales, marcharon por las calles de París e hicieron famosa la frase “Yo soy Charlie Ebdo”.

En distintos continentes, mucha  gente se apropió del dolor. No hubo ideologías o partidos o tendencias. “Yo soy Charlie Ebdo” fue una forma de decir “yo defiendo la libertad de expresión”.

Pero nada de eso ocurrió con el niño asesinado en Palestina. ¿Tanto nos hemos acostumbrado a los crímenes de Estado o a las masacres israelíes a nuestros desvalidos hermanos?

Tampoco sucedió nada con el crimen al fotorreportero. Nadie o casi nadie ha vestido una  camiseta que dijera “Yo soy Rubén Espinosa”. Nadie ha organizado una marcha de millones de personas para expresar su rechazo a los repetidos crímenes de Estado o asesinatos ideológicos contra los periodistas mexicanos.

En el Ecuador, pocos han expresado su pesar. ¿Ya no les sorprende tanta muerte de reporteros? ¿Creen que no hay nada que hacer contra el narcopoder político y mediático que gobierna el sufrido país latinoamericano?

La indolencia es el paso previo a la impunidad. Y al miedo. Y al silencio infinito.

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Fotografía de Kyle Thompson

El caso Diario HOY y la desmemoria de la sociedad

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foto Diario HOY

El caso de los trabajadores del Diario Hoy es una de las repetidas tragedias del país: la desmemoria social.

Un año después del cierre del periódico, en agosto pasado, ninguna autoridad ha sido capaz de resolver el problema de cientos de gente que exige a quien fue su propietario, Jaime Mantilla Anderson, expresidente de la poderosa Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), que pague sus liquidaciones.

Entre sus sofismas, Mantilla acusó al Gobierno y a la Ley de Comunicación (que apenas lleva dos años en vigencia) de ser los culpables de la crisis de la empresa.

Según él, las causas fueron la falta de publicidad gubernamental y el retiro de contratos estatales para imprimir libros escolares.

Lo que Mantilla no admite es que arrastraba la crisis al menos una década atrás. Y que, como se ve ahora, la autoclausura fue una evasión de responsabilidades tributarias y laborales.

Un diario que el 7 de junio de 1982 se inauguró como “independiente, plural, crítico e irreverente” y que en un momento jugó un papel decisivo para educar y movilizar a la población, terminó convertido en actor proselitista.

El rol de un medio es de velar por el bien común, no de arrimarse a un gobierno o combatir a otro, no es el de ser partido político. Por eso tuvo sus instantes memorables, cuando los periodistas que pasaron por ahí diferenciaban con claridad la información de la opinión y daban luces, a través de las dos, para entender la realidad.

HOY, finalmente, no lo entendió y extravió el rumbo: fue antifebrescorderista pero fue borjista y un grupo de sus periodistas terminaron en el gobierno, fue antisixtista y antibucaramista, pero fue promahuadista (y su director, Benjamín Ortiz, pasó a ser canciller de Mahuad y a firmar el convenio que entregó por diez años a la Armada de Estados Unidos la base de Manta). Nunca criticó al alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot, y fue uno de los puntales en la campaña electoral del banquero Guillermo Lasso.

Y así continuó el periódico, de un bandazo a otro.

Con la llegada del presidente Rafael Correa, HOY se puso en las filas antigobiernistas, muchas veces sin argumentos sólidos, confundió (?) información con opinión y todos los días, en especial en instantes clave, hizo titulares claramente sesgados. Uno de ellos escrito por su entonces emblemático editor general, hoy convertido en opaco secretario ejecutivo (?) de la moribunda AEDEP.

Así, en ese proceso de oportunismo político bipolar, fue perdiendo la credibilidad y los lectores.

Y como dicen los dueños de los periódicos, que no aman el periodismo sino el dinero que les produce hacer de la información una mercancía, ya no pudo “vender audiencias”, se desfinanció y se autoclausuró.

Sus colegas de la AEDEP lanzaron el grito al vacío: pretendieron hacernos creer que era un atentado a la libertad de expresión y de prensa. No. Fue un atentado al mal manejo financiero del diario.

Y luego  callaron. Callaron para siempre. Ningún medio de la gran prensa ecuatoriana ha dado la voz a empleados y trabajadores. Ninguno le ha exigido que sea honesto a su colega, que incluso fue presidente de la AEDEP. Tampoco le importa el problema a Fundamedios, a la UNP o a los que salen a gritar a la Shyris sin ideas concretas de lo que gritan.

En todo este proceso, lo más antiético ha sido la actitud de Jaime Mantilla contra los intereses de quienes lo sirvieron con lealtad y hasta con cariño durante más de 30 años, creyendo que era realidad el proyecto de un periódico contemporáneo, democrático y alternativo.

Sin embargo, también, es inexplicable la indiferencia estatal para exigirle al expropietario que pague a los abandonados extrabajadores.

¿Dónde está el Ministerio de Relaciones Laborales? ¿Dónde está la Contraloría? ¿Dónde están el Cordicom y la Supercom?

Hay gente que viene sufriendo durante más de un año. Que se quedó sin empleo para siempre. Que no tiene dinero para mantener a su familia.

Pero, en el Ecuador, la enfermedad colectiva más grave es la desmemoria social.

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