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Rubén Darío Buitrón: El actor político intenta incidir en las acciones del poder

Periodismo independiente

Por Marino Báez, periodista residente en EE.UU.

Una de las grandes confusiones de la inmensa mayoría de periodistas, a partir de la batalla mediática que vivimos hoy en día, es considerar que su papel radica en la defensa de las ideas, las directrices, y sobre todo, los intereses económicos de los patrones o propietarios de los medios de comunicación, sin tomar en consideración que “cuando distorsionamos o callamos la verdad, incurrimos en la mentira y perdemos todo principio de libertad”.

Al parecer no se ha comprendido bien, en esta importante profesión de periodistas de la prensa privada como pública, la diferencia que existe entre ser un actor político y ser un suscitador de lo político.

“El actor político -nos dice Rubén Darío Buitrón– intenta incidir, influir o presionar al poder político para conservar o incrementar sus cuotas de poder en las esferas económicas, financieras y comerciales”.

Si valoramos el ejercicio del periodismo como una profesión de servicios, no así para servirnos, podríamos decir que hoy día se desarrolla el papel de periodista suscitador, provocador y agitador con una posición política, porque cuando observamos la ética y responsabilidad de ejercer la práctica periodística de manera profesional no podemos olvidar que la actitud de este profesional de la comunicación debería ser equilibrada, honesta, contrastada y estrictamente apegada a la verdad.

Es en ese terreno lleno de insectos que carcomen la moral que no hemos querido caer durante los más de treinta años que tenemos ejerciendo el periodismo reporteril y de opinión.

El pasado sábado 7 de abril del 2018 pusimos a circular nuestra primera obra literaria, en la cual dejamos constancia de la mayor parte de los artículos que hemos publicados en el portal periodístico almomento.net y que titulamos La Tapa, visto que los presidentes latinoamericanos tapan todos los actos de corrupción que cometen sus funcionarios.

El concepto periodístico de La Tapa es un legajo literario que consta de 180 páginas y 52 artículos de opinión, los cuales versan sobre la corrupción administrativa en América Latina, principalmente en República Dominicana, donde desnudamos la grave situación que impera en el país con el tráfico ilegal de haitianos, producto de la corrupción administrativa, un enclave de que “la corrupción es un cáncer que corrompe todas las esferas del planeta y carcome los corazones del ser humano”.

Ser lo más objetivo posible en los escritos que publicamos ha sido el norte de nuestra trayectoria periodística, siempre en busca de la verdad. A pesar de que no hay verdad absoluta, pero entendiendo que la verdad siempre estará por encima de la mentira.

El ejercicio de periodista no es una profesión común y corriente, porque requiere de estudios continuos, investigación y actualización constante, para no caer en subjetividades cuando convertimos los detalles que nos sirven las fuentes en noticias y la presentamos a los lectores, radioescuchas y televidentes.

El periodismo es la profesión que sustenta a los pueblos y sus habitantes, siempre que actuemos con transparencia y apego a la ética, la moral, las buenas costumbres y el cumplimiento de las leyes.

Debemos empoderarnos y cambiar la forma de generar información, porque los profesionales del periodismo de hoy en día sólo cubren las fuentes y publican noticias interesadas, pero no tienen olfato para investigar los hechos que conmueven a la colectividad.

El periodismo de hoy es tan gelatinoso que actualmente las informaciones que nos ofrecen la mayoría de los periodistas se contradicen  instantáneamente y el común denominador de las personas no sabe quién tiene la verdad.

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Tomado de almomento.net, periódico digital de República Dominicana

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Rubén Darío Buitrón: Rechazo el sensacionalismo colombiano en el caso de los periodistas ecuatorianos secuestrados

Tuit sensacionalista

Por Rubén Darío Buitrón

Rechazo el sensacionalismo y el amarillismo de cierta prensa que juega con la corrupta antiética de la primicia, la exclusiva o el golpe.
Rechazo que las fuentes del periodismo colombiano sean militares inidentificados, a quienes a cambio de un mendrugo de especulación noticiosa protegen sus nombres para que les sigan alimentando de versiones morbosas y no verificadas.
Rechazo que el complejo de inferioridad de ciertos periodistas ecuatorianos nos haga creer a los ciudadanos que “si lo dice la prensa colombiana es verdad”.
Rechazo que una prensa mercantilista se burle de los sentimientos de los ecuatorianos frente al secuestro y al riesgo de morir de nuestros compatriotas (que no son tres. Son muchos más).
Rechazo que no seamos capaces de recordar cómo la prensa del vecino país se alineó con las mentiras de su expresidente Álvaro Uribe cuando bombardeó territorio ecuatoriano.
Rechazo el rol de los poderosos medios colombianos como altavoces de la oligarquía conservadora-liberal que hace más de medio siglo asesinó a Gaitán para desaparecer al líder que podía cambiar la caduca estructura de su Estado que hasta ahora se mantiene.
Rechazo la complicidad de los medios colombianos que nunca han cuestionado la cesión de la soberanía nacional al ejército estadounidense con la instalación y permanencia impunes de las ocho bases militares de EE.UU.
Rechazo a la prensa incapaz de poner por encima de sus mezquinos intereses particulares los sufrimientos de la gente común.

La perra recién parida y con ojos de mendigo

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Perra con hambre

Por Rubén Darío Buitrón

Era domingo por la tarde y decidimos acortar el camino a casa.

Tomamos la avenida González Suárez, uno de los sectores de Quito donde viven la clase alta y la élite (empresarios, viejos políticos, ministros, periodistas jubilados a la fuerza, diplomáticos, banqueros, herederos ricachones).

En mitad del trayecto recordamos que no teníamos pan ni queso para el desayuno de mañana y decidimos comprar algo en la panadería Ambato.

Bajamos del auto y nos dirigimos al local. El viento empezaba a enfriar el ambiente y pronto caería la tradicional neblina que por las noches envuelve el entorno y recuerda imágenes londinenses.

Una perra callejera, recién parida, de pelaje blanco grisáseo, esperaba algo en las afueras del garaje de un lujoso edificio de apartamentos.

Parecía tener miedo o frío. Parecía que esas sensaciones no le permitían tomar la decisión de huir o quedarse, pero su mirada era tan expresiva y triste que resultaba imposible no conmoverse al verla.

Pero no la veía nadie. O casi nadie. Ni siquiera el guardia del edificio, que permanecía indiferente en su garita.

En la avenida González Suárez la gente llega o se va de sus apartamentos en elegantes vehículos, la mayoría cuatro por cuatro o modelos híbridos o coches Mercedes Benz, BMW, Audi…

Cuando los ocupantes de los departamentos salen de sus altos edificios y llegan a la calle lo hacen para ejercitarse, sudar con sus calentadores y zapatillas Nike o Adidas o Umbro o Puma, por lo general dejándose llevar por un perro de raza: un labrador Retriever, un Bulldog, un Caniche, un Pastor Alemán, un Boston Terrier…

Curiosa analogía. Autos de lujo, grandes, potentes, arrogantes. Perros de lujo, grandes, poderosos, atemorizadores.

Pero era domingo por la tarde y la avenida estaba semidesierta.

Semidesierta como el ánimo de la perra recién parida, con sus tetas flacas que se bamboleaban, frágiles y pequeñas, mientras seguía en su dilema de huir o quedarse.

En la panadería no había nadie más que la cajera. En una de las canastas pusimos un molde de pan integral, un queso bajo en grasa, la cuenta por favor. Gracias.

Salimos y nos percatamos que la perra cambió de actitud.

Ya no proyectaba miedo hacia nosotros. Nos observaba con esa dolorosa mirada humana de quien no ha comido hacía tiempo. Sus ojos seguían nuestros pasos.

No entramos al auto.

Sin decirnos nada, presintiendo que algo debíamos hacer frente a la soledad y a la indiferencia que en ese momento sufría el animal, frente al absurdo de que una perra callejera fea y recién parida haya llegado a esa avenida -como si supiera que al menos de la basura también sofisticada que los guardias uniformados de los edificios circundantes saquen en la noche en sus containers podría caer algún desecho o un pedazo de comida-, María le dio un buen pedazo del molde que habíamos comprado.

Sí. Tenía hambre. Mucha hambre. Comía, masticaba, se metía al hocico el pan como si alguien fuera a quitárselo.

Entramos de nuevo al local, compramos un pan redondo y grande y dudamos si sería conveniente acompañarlo con leche o con agua.

¿Tendría sed después de comer los dos pedazos de pan? ¿Necesitaría tomar un poco de leche para que sus cachorros alcanzaran a lactar algo y alimentarse?

Decidimos comprar un recipiente de plástico y una botella de agua. En el recipiente pusimos el líquido junto al pan redondo.

La perra no volvió a mirarnos. Sobre la acera quedaron las migas repartidas en un círculo grande y al lado el recipiente al que ni siquiera se acercó.

Cuando terminó de comer giró en dirección contraria a nosotros y caminó tres cuadras hasta encontrar una escalinata a su izquierda.

Abajo, en la parte de atrás de los elegantes edificios desde donde se divisa, entre la neblina, el valle de Tumbaco, se veía un grupo de casuchas de un piso, cuadradas, con bloques de cemento.

En la parte superior de las viviendas, los hierros que quedan en el aire por el supuesto de que algún día se construirá un segundo nivel sirven para secar la ropa y las cobijas.

La perra desapareció de nuestros ojos entre el caserío desordenado, construido en una pendiente sin pavimentar, con la maleza atestada de basura y excrementos.

Por allí, entre las viviendas, serpenteaban, malolientes y repugnantes, las tuberías de alcantarillado de los altos edificios.
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La llamada

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Rubén Darío Buitrón

Era domingo y hacía frío en esa parte alta de la ciudad.
Llovió en la madrugada y a Jacinto le fue difícil levantarse, vestirse al apuro, tomar su pistola, besar el retrato de Cristina, que lo tenía sobre la mesita de noche junto a la lámpara, y salir a la calle cuando el cielo recién empezaba a cambiar de color y un tímido sol aparecía a lo lejos, indeciso.
Empezó a bajar despacio por la empinada calle, pero luego aceleró el paso cuando buscó el celular del bolsillo izquierdo, miró la pequeña pantalla y se percató de que sólo le quedaba media hora para llegar al parque de La Carolina.
Allí debía encontrar a El Gato, ejercitándose sobre la hierba como hacía todos los fines de semana, a pocos metros de la esquina de las avenidas Eloy Alfaro y República.
Cuando guardó el teléfono en el bolsillo recordó con exactitud la llamada de hace más de seis horas.
Dudó, pero del otro lado de la línea el mensaje que recibió fue preciso.
¿Qué le hubiera dicho Cristina si le contaba lo que en minutos ocurriría?
Pero ella estaba al otro lado del mundo, en España, desde hacía cinco años, y aunque él no dejaba de recordarla y extrañarla, cuando hablaban por Skype cada noche de sábado la actitud de Cristina le parecía cada vez más fría, más distante, menos tierna y menos preocupada por él.
Ella trabajaba de auxiliar de enfermería en una clínica en la calurosa ciudad de Valencia y a ratos a él le parecía que se había cansado de pedirle que fuera a vivir con ella, que le buscaría un empleo, que los ahorros ya no le permitían venir a Quito a verlo a él y a su familia cada verano europeo, como lo había hecho hasta el año pasado.
¿Fue la creciente obsesión de que ella nunca más volviera o que allá pudiera enamorarse de alguien y lo olvidara para siempre lo que a él le llevó a aceptar el encargo que estaba a punto de cumplir a cambio de cinco mil dólares, monto suficiente para viajar a España, reunirse con Cristina y tener tiempo de hallar un empleo?
Llegó al lugar mientras la lluvia volvía a caer y un delgado velo de niebla cubría los árboles cercanos.
Del bolsillo derecho extrajo una foto, ajada, en la que aparecían dos hombres con trajes elegantes, posando para la cámara, sonriendo y cada uno con un vaso con un líquido amarillento y cubos de hielo.
“El que está a la izquierda y tiene ojos verdes”, le había explicado el individuo que una semana atrás lo contactó, le entregó la pistola y le adelantó 500 dólares.
¿Cuántas veces había disparado en su vida? Cientos, tal vez miles. Llevaba seis años como policía y era uno de los mejores tiradores entre sus compañeros.
¿A cuánta gente habría matado en los operativos contra bandas de presuntos narcotraficantes y criminales? Quizás ocho o diez.
Pero, ¿quién era el Gato? ¿Por qué alguien necesitaba asesinarlo? ¿Por qué lo habían contratado a él para la ejecución? ¿Tenía sentido lo que estaba a punto de ocurrir? ¿Cristina le preguntaría cómo consiguió el dinero al verlo llegar a Valencia y él tendría que sostener alguna mentira para siempre?
Mientras el Gato realizaba ejercicios de calentamiento y la lluvia caía más fuerte, Jacinto sacó el arma que llevaba entre la parte trasera de su jean y el cinturón, dio tres pasos hacia adelante, disparó cinco veces a quemarropa, vio caer al hombre ensangrentado, giró y empezó a correr hacia el sitio donde el hombre de la llamada nocturna le dijo que lo esperaría en un Peugeot rojo para ayudarlo a escapar y pagarle el resto del dinero.
A lo lejos, bajo el fuerte aguacero, le pareció ver el auto.
Del otro lado, también a la distancia, escuchó gritos de una voz femenina que pedía auxilio.
En su apuro por llegar al Peugeot, que parecía desvanecerse bajo la tempestad, no volvió la mirada cuando se acercó a él un carro grande, tipo jeep, de color gris.
Un hombre que iba en el asiento del copiloto bajó el vidrio polarizado de su ventana y llenó de balas la espalda y la nuca de Jacinto.

El apagón

El apagón

Rubén Darío Buitrón

Los dos hombres, jóvenes y con trajes de terno y corbata, avanzaron con rostros serenos y pasos firmes.
El vigilante les preguntó qué había en los maletines y uno de ellos le respondió que eran cuadernos y libros de la universidad. ¿No traen laptops?, preguntó, como para evitar el chequeo.
Eran casi las ocho de la noche, la hora de cierre del supermercado, y el guardia había estado de pie, sin comer ni beber nada, desde las 12:00. La jornada había sido normal y estaba cansado de registrar a tantas personas.
Los dos hombres ingresaron, cada uno tomó una canastilla de metal con bordes rojos donde resaltaba la marca del enorme almacén, se separaron y perdieron entre las perchas y las cientos de personas que apuraban los movimientos por los pasillos mientras llenaban sus carritos con productos para las comidas de casa y las loncheras escolares de los niños.
De pronto, las luces se apagaron.
El silencio y los murmullos solo duraron un instante. Nadie supo de dónde empezó a salir el olor a gas lacrimógeno y el tronar incesante y agudo de la balacera que no se detuvo al menos unos ocho minutos, mezclada con gritos de auxilio y de pánico, confundido con el estallido de los cristales y caída de paquetes y objetos.
Cuando se encendieron las luces de emergencia y sonaron las alarmas, al guardia del acceso se lo vio doblado sobre sí mismo, exánime.
Sobre el piso, junto a las cajas, los fragmentos de cristales, los líquidos que se vertían y las perchas que se estremecían, el humo, la tos, las lágrimas, decenas de ancianos, niños y adultos sangraban y se retorcían de dolor, arrastrándose y llorando en busca de los cuerpos inertes de sus familiares.
Los policías y los paramédicos empezaban a llegar mientras los casquillos de las pistolas y las ametralladoras, aún calientes, rodaban por el piso y chocaban entre sí.
A los dos hombres, jóvenes de traje y corbata, nadie volvió a verlos.

Julio Pazos, el poeta marcado por el terremoto de Ambato

Por Rubén Darío Buitrón

Mientras fuma como si el humo que aspira y exhala le trajera paz a su espíritu y a sus palabras, cuenta que unos 25 especialistas (“facultativos, como diría Moliere”, ironiza) lo han examinado.

Todos, desde médicos generales hasta psicólogos y psiquiatras, le han dicho lo mismo: sus enfermedades como la psoriasis (muerte de la piel) y la diabetes -que padece desde hace cuatro años- son resultado del estrés que nunca superó desde que, cuando tenía seis años, vivió el violento terremoto que en 1949 destruyó Baños (su tierra natal), Pelileo y Ambato, la capital tunguragüense.

Poco antes de que nos reuniéramos en su estudio -una habitación rectangular colmada de libros, cuadros de pintores famosos, retratos de la reciente fiesta que le organizaron los hijos por los 50 años de matrimonio, antigüedades, artesanías, cristos y vírgenes de Caspicara, retablos- esperamos unos minutos afuera, en la esquina de las calles Valladolid y Lugo, en el tradicional barrio quiteño de La Floresta.

En el muro que da a la Valladolid leo un rótulo que, en letras grandes escritas sobre una cartulina amarilla, dice “fanesca, entrega a domicilio”, y dos números de celular.

Sobre la puerta de hierro, dibujado por manos de artista, dice “El ajicero”.

Luego me enteraré que es un restaurante creado por una de las nietas y que ocupa parte de la planta baja en la amplia casa de dos pisos donde habita uno de los más grandes poetas contemporáneos del Ecuador: Julio Pazos Barrera.

Allí viven el escritor, de 74 años, su esposa Laura (exmaestra de colegio) y su nieto Joshua. La vivienda es una suerte de museo espontáneo.

El patio de la entrada está decorado por seis piedras de moler morocho y un pequeño jardín con distintas flores.

Las escaleras que llevan al segundo piso están adornadas por máquinas de coser “Domestic”, bandejas de bronce, planchas a carbón, retratos del poeta…

Laura, con sus ojos verdes claros, nos pide esperarlo unos minutos. Él está en la cocina preparando la fanesca que al mediodía disfrutará la familia: sus tres hijos, Alexis (49), Yavirac (48) y Santiago (40), sus seis nietos y una biznieta.

Pazos está jubilado hace cinco años, cuando dejó las aulas de la Universidad Católica, donde fue catedrático de la facultad de Pedagogía y Literatura por 34 años.

Pero el retiro no le he traído descanso.

Al contrario, hoy vive una época intensa: creó la Asociación de Docentes Jubilados de la Universidad Católica.

Preside el Grupo América, formado por intelectuales y escritores.

Es “censor” (término que no le gusta) de la Academia de la Lengua, cargo que ocupó durante muchos años el recientemente fallecido escritor Hernán Rodríguez Castelo. Dicta cursos abiertos de arte quiteño en el museo Jacinto Jijón y Caamaño.

Y sigue leyendo mucho. Y escribiendo mucho.

Es un personaje muy gestual, de sonrisa fácil y larga y fecunda conversación.

Podríamos hablar horas y hasta días o semanas sin descansar, pues su existencia es una historia maravillosa y sorprendente que él agradece mucho: “Me ha ido bien en la vida, pero todo tiene su precio”.

Es un hombre de un metro con 67 centímetros de estatura, contextura gruesa, aunque no gordo pero sí con una barriga algo prominente.

Su cabello abundante, peinado hacia atrás y hacia arriba, es tan blanco que brilla con un rayo de sol que se cuela por alguna ventana del estudio.

Recuerda con cariño a su amiga Gladys Jaramillo, quien junto a Laura fueron las promotoras de uno de los hitos en su trayectoria literaria: ellas enviaron a Cuba el libro “Levantamiento del país con textos libres”, que en 1982 ganó el prestigioso premio Casa de las Américas e hizo que el Ecuador empezara a enamorarse del poeta.

No ha militado en ningún partido político, porque le parece que un escritor no necesita ese tipo de filiación para tomar conciencia de que su oficio no le da derecho a ser indolente frente a la miseria, frente al dolor, frente a la injusticia, frente a la necesidad de sumarse a los procesos de transformación del país en beneficio de los humildes.

Es católico porque está convencido de que es falso que un escritor no debe tener una religión.

“Pero una religión comprometida con los pobres, como lo hizo monseñor Leonidas Proaño, como lo establece la Doctrina Social de la Iglesia”.

Hay que separar las cosas, sin embargo, “porque un poema no puede ser un panfleto”, aunque hable del hombre común, del paisaje, de las raíces, de las vicisitudes humanas.

Entre sus lecturas de siempre, las más profundas y que más lo conmueven, están las obras del peruano César Vallejo y el español Antonio Machado. En poesía clásica son sus referentes San Juan de la Cruz y Francisco de Quevedo.

Cuando está por terminar su tercer cigarrillo reflexiona como mirándose a un espejo invisible:

“No confundo la vida real con el texto porque las emociones no determinan el lenguaje, cuyo uso es el principal conflicto en el trabajo del escritor. Tampoco hago poesía de sonetos ni escribo bajo las reglas ortodoxas. Solo sigo ritmos y pausas porque es lo que siento, aunque parezca –como decía Umberto Eco- un autor empírico”.

En 2010, Pazos recibió del expresidente Rafael Correa el premio nacional de cultura “Eugenio Espejo”.

Ese premio le recuerda sus lazos indirectos con el poder, por ejemplo cuando rememora que uno de sus primeros trabajos fue el de corrector de actas del Senado y, luego, compilador y editor de las obras de la poeta, compositora y escritora Corina Parral, esposa del cinco veces presidente José María Velasco Ibarra.

Estudió en Colombia y España, donde obtuvo el doctorado en Literatura. Ha visitado y vivido en decenas de países. Pero siempre con miedo a la velocidad de aviones, trenes y autos.

Teme los estruendos y sacudones de motores y máquinas, quizás porque parecen réplicas del terremoto que nunca olvida.

Pero esta condición humana tan frágil, es, justamente, lo que le convirtió en un ser sensible que no podría haber sido otra cosa que poeta.

Mónica Varea, la otra mujer de George Clooney

 

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Por Rubén Darío Buitrón

El amor de pareja es, sobre todo, libertad. Con esa frase coincidimos Mónica Varea y yo mientras bebo un café expreso y ella cuenta la historia de los dos amores de su vida: Santiago Cordovez, su esposo, y el actor estadounidense George Clooney, su novio.

“Lo malo es que se casó con otra. Y ella también es abogada”, dice con una sonrisa triste, convencida de que su pasión por Clooney no es ninguna broma.

Rodeados de miles de libros de todos los temas que uno imagine, en la acogedora librería quiteña Rayuela, y por si alguna duda quedara, el tema del actor hollywoodense concentra por un momento la conversación porque ella dice que es en serio su amor por él desde que lo conoció en la famosa serie de televisión ER, en la que él actuaba como médico.

Mónica también es abogada, como la esposa real de Clooney, pero prefiere hablar en pasado: fue abogada, porque nunca más volvió a ejercer su profesión desde que el día que decidió vender libros.

Hoy es escritora, dirige su librería Rayuela, en sociedad con una de sus hermanas, y es columnista del diario El Universo. Estas son las otras pasiones que la acompañan desde hace dos décadas, por lo menos, junto con Santiago, con quien está casada desde hace más de 40 años, y de sus hijas Carolina y Paz, a quienes les ha dejado volar con sus propias alas, y como están lejos las extraña cada día que transcurre el tiempo.

Santiago administra una hacienda y Mónica una librería. Y aunque sus aficiones por la lectura no empatan, el amor se mantiene intacto durante tantos años (incluso a pesar de George Clooney) porque él, de 62 años, y ella, de 60, han logrado construir una relación basada en el respeto, en la comprensión, en la capacidad de entenderse cada uno en sus especificidades y en la tranquila serenidad con la que llevan la relación.

Mónica lo explica mejor: “El matrimonio dura cuando existe en paralelo. Cuando la relación no se mancha con escenas de celos o te vuelves cortanotas. Cuando las dos personas caminan juntas, pero en paralelo, cada una con sus propias esencias y sus propias identidades, sin tratar de que uno de los dos trate de convertir al otro en una suerte de clon.

Santiago, como suelen decir los hacendados de la provincia de Chimborazo, es “Cordovez de Riobamba”. Y Mónica es “Varea de Latacunga”. Rancia aristocracia en joda, dice ella, quien desde la dulzura y la armonía interior que proyecta tiene el don de hacer reír sin estruendo, de contar los episodios de su vida con fino humor, como si todo lo que le ha ocurrido viniera envuelto en un invisible velo de alegría vital.

Afuera llueve con furia. Detrás de las vitrinas de la librería, ubicada en la calle Alemán, una pequeña calle detrás del supermercado de la avenida Seis de Diciembre, no solo se oye el choque de las gruesas gotas contra la acera y el pavimento de la calle, sino los truenos de un cielo enojado que arroja rayos y truenos sobre la ciudad.

Ríe cuando recuerda que su amiga Soledad Córdova, escritora también, suele decir que librería Rayuela es “la Casa de la Cultura núcleo del Megamaxi”.

Y luego cambian los gestos de su rostro y los movimientos de sus manos cuando, a propósito del agresivo cielo que se muestra afuera, expresa que para muchos hablar del cielo es hablar de Dios, pero para ella no.

Pese a su formación escolar y colegial en el colegio La Dolorosa, regido por monjas, y al entorno conservador que la rodeaba desde que nació, dejó de creer en lo que sus profesoras llamaban “la divina providencia” cuando nació Paz, su segunda hija.

No puede creer en un Dios que siendo todopoderoso, como dicen que es, no sea capaz de evitar las catástrofes humanitarias, la hambruna en África, las guerras, los odios, la violencia desmedida de unos seres humanos contra otros, la agresión sexual de los hombres a las mujeres y a los niños, el sufrimiento de una familia por las enfermedades o los males de los padres o de los hijos.

Reflexiona tomándose las manos, una sobre otra en forma alternada: “No es posible que traten de convencerte de que aguantes todos los sufrimientos posibles en la Tierra porque cuando mueras irás a un paraíso que nadie sabe dónde puede estar y que allí tendrás tu recompensa”.

Y dice más luego de una ligera interrupción por una llamada telefónica inaplazable, según le comenta Juan Fernando Jervis, su compañero en la administración de Rayuela: “Si Dios fuera nuestro padre, como dicen por ahí, sería como somos quienes tenemos hijos: compinches, alcahuetes, tiernos, comprensivos, amigos. No es posible que nos enseñen a temer a Dios. Es absurdo. A un padre no se lo teme. Se lo busca con amor para que te proteja porque sabes que siempre cuentas con él”.

Es una mujer de izquierda. Y como tal, expresa que no es una mujer decente, porque ser de izquierda es lo contrario de lo políticamente correcto, ser de izquierda es alzarse contra el stablishment.

Y aclara: “Pero soy de izquierda real, que se resume en la coherencia entre lo que piensas y lo que haces, en el deseo cotidiano de que exista una verdadera justicia, en la rebeldía contra la corrupción y la megalomanía del poder que se cree dueño de la verdad”.

Y da un ejemplo: “No puede ser gobierno de izquierda el que pone en manos del Opus Dei el Plan Familia”. Así de concreta y valiente es Mónica Varea, como cuando ha levantado tremendas polémicas cuando escribió para El Universo “Duele la izquierda” y recibió insultos, ofensas y terribles epítetos de quienes se sintieron aludidos porque se creen de izquierda. O cuando publicó un artículo contra el monumento al expresidente León Febres Cordero y recibió la misma andanada de improperios de quienes le respondieron que a la derecha no se la puede tocar ni hacerle críticas.

Ha escrito siete libros para niños (Margarita Peripecias es el de más éxito) y uno, reciente, que no se enmarca en ninguna clasificación formal: su aplaudida “Autobiografía no autorizada”, que ya va por su segunda edición.

La exabogada es pura vida y pura voluntad de humor. Cuando presentó su nuevo libro en Rayuela, con casa llena, invitó a su amor George Clooney y él, puntual, estuvo ahí, junto a ella, en una réplica de tamaño natural. ¿Cómo no amar a quien nunca le ha fallado?

 

¿Deben los periodistas firmar sus notas?

Por Rubén Darío Buitrón

¿Por qué en EL TELÉGRAFO aparecen notas firmadas y otras anónimas? Es la pregunta que esta semana nos hicimos al revisar con detenimiento las ediciones de cada día.

¿Existen preferencias de los directivos para que aquello suceda?

¿Hay normas que establecen cuándo un periodista puede poner su nombre o cuándo deben autorizarlo para hacerlo?

Ni lo uno ni lo otro. Sin embargo sucede, porque en los diarios existe una confusión legendaria: muchos periodistas creen que la firma es un premio a la calidad de su texto, pero no es así.

Con la firma el periodista se responsabiliza públicamente de lo que ha escrito y, en consecuencia, de las consecuencias que pudiera generar la nota.

En grandes diarios del mundo, como The New York Times o The Guardian, aparece la firma del periodista en cada texto, aunque sea solo de una columna y se publique en portada.

El resultado es notable: el periodista, al conocer que irá su firma en la información que se publicará en el periódico, pone más cuidado, se vuelve más riguroso y, al día siguiente, si lo ha hecho bien, siente orgullo por su trabajo, porque va construyendo no solo una reputación personal sino también un mayor sentido de su deber frente a los lectores.

Hay que firmar, entonces. Sin prejuicios ni temor.

El anonimato nunca es aconsejable, mucho peor en un medio público.

EL PROBLEMA DE SUPONER

En algunas notas de EL TELÉGRAFO se leen informaciones en las que el periodista supuso que todos conocemos los temas que redactó.

Como consecuencia, el lector se queda con más preguntas que respuestas.

Los maestros del periodismo nos contaron la historia del marcianito que aterriza en nuestro planeta, baja de su nave, encuentra un periódico y no comprende lo que lee.

El titular y la información deben ser claros, precisos, redondos y contextualizados.

Así de fácil: no dar nada por hecho. Duda y acertarás.

LA ESQUINA DEL LUGAR COMÚN

“Tomar al toro por los cuernos

“El flamante presidente del Perú”

“Fue peor el remedio que la enfermedad

“La vicepresidenta tuvo una apretada agenda

“Hay luz verde para el juicio a Baca”

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Defensoría de las audiencias, artículo 72 de la Ley Orgánica de Comunicación. 

Los medios públicos, solidarios con los periodistas de Diario El Comercio

El periodismo es una profesión arriesgada. Y así lo entendemos quienes hemos hecho del oficio nuestra forma de vida y nuestra manera de servir a la gente y al país.

Debido a que entendemos la gravedad del hecho, nos sentimos profundamente consternados por la desaparición de dos periodistas y un conductor del vehículo de diario El Comercio en la frontera entre Ecuador y Colombia, donde en las últimas semanas se han producido episodios terroristas protagonizados por grupos armados irregulares del país vecino.

Por esa razón, expresamos nuestra más profunda solidaridad con los tres colegas, con sus familiares, con el periódico en el que laboran y con reporteros y trabajadores de la prensa que, en este preciso momento, se encuentran en la zona de conflicto buscando datos para contar desde sus perspectivas los hechos que ocurren en el lugar.

Los medios públicos, cuya línea editorial independiente se basa en el diálogo plural y democrático con todos los sectores que integran la sociedad, sin discriminación ni exclusión algunas, exhortamos a las autoridades que dediquen sus mayores esfuerzos a recuperar con vida a las tres personas desaparecidas y devolverlas a sus familiares.

Solicitamos, además, que las fuerzas militares y policiales ecuatorianas, a cargo de resguardar dicha zona, refuercen la protección a los pobladores que habitan en los alrededores de la línea fronteriza, así como a los periodistas que cumplen su deber ético de informar, aun a costa de poner en peligro sus vidas.

Los medios públicos expresan su confianza en que Ecuador unido pueda enfrentar con éxito la creciente amenaza a la seguridad del país en la frontera norte.

Candidaturas y titulares de prensa

Rubén Darío Buitrón

La postulación de Elizabeth Cabezas, del sector morenista, para la presidencia de la Asamblea Nacional, fue motivo de debate interno en el diario El Telégrafo.

El lunes 12 titulamos en portada, en la parte inferior izquierda, “AP opta por Cabezas para liderar Asamblea”.

Era una noticia importante porque ratificaba, en un comunicado oficial del movimiento político, lo que se había anunciado, hasta entonces, de manera informal.

Sin embargo, el miércoles 14, día de la elección, volvimos a titular, esta vez en grandes caracteres y como la noticia central de la portada, “Cabezas, la apuesta de AP en la Asamblea”.

Pero ese día aparecieron dos candidaturas más: Mae Montaño (CREO) y René Yandún (BIN), información que se registró en la sumilla de la noticia principal.

¿Debimos titular que había tres postulaciones o seguir la línea de ratificar lo que ya habíamos dicho dos días antes?

¿Fue un error no dar el mismo espacio a los otros dos aspirantes y no registrarlo así en el
titular, como hicieron otros periódicos que incluso pusieron las fotografías de los tres en portada?

Finalmente, Cabezas ganó con 84 votos. Minutos antes de la elección, Yandún se retiró de la contienda y su bloque votó por la candidata de AP. Mae Montaño perdió, pues solo tuvo apoyo de su bloque.

¿Acertó El Telégrafo en su línea informativa sobre la candidatura de Cabezas?

¿Debió ser más equilibrado en su titular del miércoles sin afectar esa línea?

¿Qué habría ocurrido si ganaba la otra candidatura? El lector tiene la palabra.

EXCESO DE CONFIANZA

Un medio impreso debe ser perfectamente escrito. Y el lector tiene que recibirlo como un producto excelentemente acabado.

La nota de un reportero, en general, pasa cuatro filtros: la lectura final del propio reportero, la corrección automática del diccionario electrónico que viene en su computadora, la del editor de sección y, finalmente, la del corrector de estilo.

Pero los errores se esconden, se deslizan y logran evadir alguno de los filtros.

Y al otro día aparecen fallas, sobre todo concordancias, cacofonías, errores ortográficos y redundancias.

¿Por qué? Quizás el reportero no revisó su texto.

O el diccionario electrónico contiene errores ortográficos porque algún usuario escribió mal una palabra y la guardó.

O el editor no fue acucioso porque confió en su reportero.

O la dictadura del cierre impuso al corrector intensa presión y no le dio tiempo para ser riguroso.

Cuando se filtra un error y se publica, un buen ejercicio es analizarlo con los encargados de cada filtro para mejorar el proceso.

LA ESQUINA DEL LUGAR COMÚN

“Emelec logró inclinar la cancha”.
“La ciencia está de luto por la muerte de Hawking”.
“El Presidente mantuvo una apretada agenda”.
“La noticia dio la vuelta al mundo”.
“Y así se puso la cereza del pastel”.
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Defensoría de las audiencias. Artículo 73 de la Ley de Comunicación.