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Cita

Por qué soy y seré periodista, aunque algunos se molesten

Por Rubén Darío Buitrón

El 17 de marzo de 2013, mis enemigos, rivales, adversarios y competidores decidieron juntarse y declarar en las redes sociales que yo había muerto como periodista.

El pecado que, según ellos, había cometido era que “me inventé” una entrevista con el maestro argentino Martín Caparrós y que se publicó el domingo 16 en diario El Expreso, de Guayaquil.

Por lo tanto, yo debía ser condenado a los quintos infiernos, expulsado del paraíso mediático ecuatoriano y discriminado, para siempre, de todo foro, charla, seminario, curso y espacio académico donde se hable, debata o discuta sobre ética periodística.

Mis adversarios políticos y periodísticos -cuyo número no calculaba hasta que ocurrió este ridículo episodio- se congratularon con la versión de que yo había inventado la entrevista y me golpearon con todo, incluso afectando el honor y la dignidad de mi familia.

Fue una infamia. Hasta entonces había publicado al menos 400 entrevistas dominicales en El Comercio, en El Universo y en Expreso. Pronto publicaré un libro con ellas.

Pero aquello no fue reconocido por mis violentos críticos. Sufrí linchamiento mediático, insultos, falsedades, inventos (estos sí) de que diario Expreso me había botado (lo cual no fue cierto: yo renuncié nueve meses después luego de investigar lo que en realidad ocurrió).

Sé que aún ahora, seis años después, pocos creen mi versión. Los seres humanos estigmatizamos, condenamos, sentenciamos, derrochamos crueldad y nos creemos superiores cuando se trata de juzgar a otros seres humanos, mucho más si estos tienen la estatura moral para decir la verdad aunque les cueste todo lo que a mí me costó.

El complot fue bien pensado. Aquellos días el subdirector se encontraba en España buscando un editor general (¿no era yo el editor general? ¿Por qué viajó a buscar mi reemplazo -antes del escándalo- y puso un aviso en los periódicos de Madrid, como me lo contó el maestro Miguel Ángel Bastenier?).

Si, en realidad, fue un “grave error” en que yo había cometido, ¿por qué el subdirector no llamó o escribió desde España a reclamarme por el supuesto mal trabajo a pesar de que él leía las ediciones digitales del Diario a la medianoche de allá, es decir, seis horas antes de que empezara a circular el periódico impreso por las calles?

¿Por qué la community manager del periódico difundió en la web y en el twitter del Diario que el texto publicado era una “entrevista”, si yo jamás califiqué el género como tal, pues lo que hice fue un análisis de dos personajes de moda, el entonces nuevo Papa Francisco (argentino) y la presidenta de la República (Cristina Kirchner), a la luz de lo que había escrito Caparrós, también argentino, y de lo que yo reflexionaba?

¿Por qué, sin consultarme, la diseñadora de la página puso unos textos en letra normal y otra en negrilla, confundiéndote totalmente a los lectores pues esa letra de color y tipografía alternada solo se usa para una entrevista?

¿Por qué el “agraviado” periodista, con quien hablé por teléfono la tarde del lunes cuando ya se había producido el escándalo, envió su tuit irónico 24 horas después de haberse publicado el texto?

¿Por qué me dijo que “alguien de Ecuador le hinchaba las pelotas” llamándolo para que pusiera el tuit?

¿Por qué me dijo, en la llamada telefónica, que el día anterior lo había leído y le había gustado, pero que cuando le enviaron un PDF de la página escrita vio que yo “le hacía decir” cosas que él nunca había dicho porque se usaban negrillas y cursivas en ciertos pasajes del texto?

¿Por qué el director del Diario se negó a darme un espacio para aclarar, precisar o puntualizar lo que la gente, sin conocimiento de causa,
comentaba por twitter, si es una norma periodística básica el derecho a defenderse y explicar al público lo ocurrido? ¿Quizás porque suponía que yo, efectivamente, en la aclaración diría todo lo que ocurrió a lo interno del periódico?

Hasta el miércoles, es decir, dos días después del escándalo, había unos 200 tuits, todos agresivos. Unos venían del sector oficialista gubernamental, el mismo que unos días atrás había contactado conmigo para llevarme a trabajar a su periódico, El Telégrafo, y yo había respondido que no.

Otros venían de los dioses de la ética, que arremetieron con todo en mi contra, sin siquiera consultarme ni preguntarme.

Lo tragicómico fue que ningún medio, periodista o tuitero me buscó para preguntar mi versión. Se supondría que los que tanto me arrastraron debían manejar el manual básico del periodismo: consultar a la otra fuente, contrastar, equilibrar la información.

El único que me contactó fue el periodista cultural del diario oficialista, a quien no acepté una entrevista porque el periódico había hecho sensacionalismo y amarillismo con lo que ocurrió y porque el director de este medio mostró todo su conocido odio contra mí en dos artículos que escribió a día seguido sobre el tema.

Nueve meses después, tiempo en el cual publiqué en Expreso las mejores crónicas de mi vida (tal era mi nivel de coraje y rabia), renuncié al Diario.

El acoso mediático fue desde adentro (los dueños y jefes del periódico) y desde afuera (grupos políticos y mediáticos) y yo decidí que no era justo sufrir por una infamia.

Desde entonces dejé de ser periodista y decidí convertirme en escritor. Uno de los libros que estoy por terminar contará con mucha mayor precisión lo que ocurrió y dará nombres, fechas y datos que nadie conoce (porque, como ya lo dije, nadie me preguntó).

También hablaré de algo esencial, que pocos se atreven a hacer: la autocrítica.

En el caso de que me hubieras equivocado en alguna parte del proceso, lo cual yo admitiría sin problema, ¿alguno de mis críticos se atrevería a confesar sus pecados antiéticos, que van desde recibir suntuosos regalos de las fuentes hasta usar sus espacios mediáticos para hacer negocios personales, por ejemplo con las famosas asesorías, consultorías o media trainings?

Los desafío a lanzar la primera piedra. O las piedras que se les antoje.

Y para que se desaten los demonios de la presunta ética divina, debo ser enfático: aunque los medios privados y gubernamentales me nieguen espacios, hasta el último día de mi vida seguiré siendo periodista.

Nada ni nadie puede impedírmelo.

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Cómo armar un observatorio de los medios en el Ecuador

Por Rubén Darío Buitrón

Armar un observatorio de medios, realmente independiente, sin fungir de serlo sino, simplemente, siéndolo, es imperativo en el Ecuador.

No hacerlo es asumir una actitud irresponsable frente a la sociedad y al proceso por el que camina el país.

Aquí presento unas ideas para que llevarlas adelante con financiamiento  independiente y con periodistas, analistas, estadísticos y expertos que realmente aporten con elevar la calidad de los contenidos que emiten los medios.

1.Un observatorio es una entidad dedicada a vigilar y evidenciar al poder mediático en la región y a revelar y evidenciar las relaciones de poder político, económico, bancario y empresarial en el Ecuador y en el continente

2. Un observatorio analiza y vigila que haya una comunicación ajustada a los principios de la Constitución de la República. Busca generar impacto social, inclusión e impulsar la activación de los mecanismos de participación y contraloría social.

3. El observatorio consolida una serie de contenidos vinculados con:

Calidad y pertinencia de los contenidos

Incentivo a la producción nacional

Inclusión social (en los contenidos y la organización institucional)

Interculturalidad

Participación ciudadana

Educomunicación

Responsabilidad Social

Contenidos educativos, libres de discriminación, violencia y sexismo.

Cumple o supera la cuota de programación nacional y nacional independiente.

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PROPÓSITOS Y OBJETIVOS

  1. Un observatorio tiene como propósito fundamental evidenciar que el mayor poder fáctico mundial es el poder mediático y que este, disfrazado de prensa independiente, pretende gobernar los países y las sociedades de acuerdo a los intereses que representa y encarna.

2. Un observatorio revela al país y al mundo, por medio de sus diversos programas y eventos, y gracias a sus enlaces en este y otros continentes, que aquel poder es superior, incluso, al financiero, con el cual se halla sistemáticamente hermanado.

3. Un observatorio muestra que ese poder fáctico tiene en el mundo y en la región organismos internacionales que se enmascaran en la defensa de la supuesta libertad de prensa y de la libertad de expresión para defender los más intereses de quienes pretenden controlar el mundo.

4. Un observatorio muestra las relaciones de poder económico y político entre los gremios internacionales y los medios locales, que se parapetan detrás de un discurso de objetividad e imparcialidad para sostener los proyectos que tienen en cada continente y en cada país.

5. Un observatorio hace que el público identifique con claridad a organizaciones que, escondidas detrás de la defensa de aquellas libertades, protegen grandes negocios e intereses particulares desde la comunicación.

6. Un observatorio deja en claro que todos esos organismos que protegen los intereses de los grandes medios no defienden la libertad de expresión ni los derechos humanos, sino únicamente los privilegios del gran capital.

7. Un observatorio diseña, produce y difunde programas, segmentos y espacios en los cuales los ciudadanos pueden expresar sus inquietudes, demandas, exigencias y reclamos en relación con el daño que la mayoría de esos medios han hecho y siguen haciendo a las sociedades y a los países.

8. Un observatorio pone especial énfasis en mostrar que lo que la gran prensa llama “líneas editoriales” (matrices mediáticas ideológicas y empresariales) no son sino maneras de censurar contenidos que afecten a los poderes que defienden.

9. Un observatorio difunde, promueve y conciencia a los ciudadanos sobre el avance de la comprensión de los ciudadanos en torno al tema de los medios como actores políticos.

10. Un observatorio cuenta con espacios públicos analíticos, de debate y de reflexión, para que los ciudadanos tengan cada vez más conciencia de la  manipulación mediática.

11. Un observatorio muestra, por ejemplo, la noticia bien hecha y hace la pedagogía para que la audiencia sepa distinguir entre las matrices mediáticas ideológicas particulares y la información veraz, verificada y contextualizada en función del bien común.

12. Un observatorio educa a la gente con el propósito de  promover la construcción del ciudadano mediático, es decir, un ciudadano capaz de reflexionar y discernir por él mismo, sin que ninguna institución o entidad estatal haga de “tercer ojo” o “gran hermano”.

13. Un observatorio recuerda permanente al ciudadano sus derechos, mediante recursos que se emiten y difunden sistemáticamente y que tienen relación directa con las políticas vinculadas a la comunicación social y a otros aspectos esenciales.

14. Un observatorio mantiene permanentes contactos con observatorios de otros países promueve encuentros, foros, paneles, seminarios, charlas magistrales, etcétera.

15. Un observatorio lucha por plantear ante las entidades competentes, como la Asamblea Nacional, el Ministerio de Educación y los medios privados y gubernamentales, la urgencia de establecer espacios, cátedras o materias en el pénsum académico de escuelas, colegios y universidades que ayuden al ciudadano a leer críticamente los contenidos de los medios y discernir lo que conviene o no leer, escuchar, mirar o navegar.

El periodismo sucio

Por Rubén Darío Buitrón

Qué peligroso resulta para el periodismo, y mucho más para la sociedad, que los reporteros y los políticos confundan periodismo de investigación con periodismo sucio.

En la cotidianidad de los seres humanos existen muchas cosas que hacemos sin darnos cuenta, porque son hechos biológicos que se convierten en mecánicos: dormir, despertar, ir al baño, hacer ejercicio (no en todos los casos), ducharse, desayunar, cepillarse los dientes, ponerse desodorante, afeitarse, vestirse, salir a la calle a pie o en auto…

Y también hacemos otras cosas en la intimidad familiar. Un fin de semana podemos despertar más tarde, desayunar algo especial, quedarnos en cama o salir a caminar, correr o pasear, almorzar, celebrar un cumpleaños, un grado en la universidad, el nacimiento de un bebé, una fiesta sin motivo alguno…

¿Alguna de esas actividades tiene que ver con hechos de presunta corrupción política?

¿Se relacionan con una vajilla o apartamento aparentemente costosos o un instituto de estudios políticos financiado desde el exterior, como hacen centenares de organizaciones no gubernamentales para conseguir fondos?

Los periodistas de investigación, los profesionales responsables y serios, deben ser más serios con el país.

El escándalo y el sensacionalismo no caben en un periodismo de este tipo donde los ciudadanos demandan información profunda, consistente, reveladora.

El periodismo de investigación o cualquier tipo de prensa se vuelve sucio cuando se distorsionan los hechos, se los sesga o se los tuerce para que parezca que lo efímero y lo superficial son lo profundo.

El periodismo de investigación corre un grave riesgo sobre el cual es necesario alertar a los reporteros: dejarse atrapar por el impacto mediático que genera su trabajo pero, sobre todo, caer en la telaraña que han tejido los políticos (políticos de cualquier tendencia o color).

Cuando el trabajo del periodista de investigación cae en la telaraña de la política vil y ruin, de la política revanchista y odiadora, todo puede ocurrir, en especial convertir al periodismo de investigación en periodismo sucio.

Suficiente con lo que, en esencia, implica hacer periodismo de investigación, como dice la periodista española Laura Bravo, de PRNoticias:

“Hay un descenso en el número de periodistas que se enfrentan a una investigación peligrosa. Son muchos los periodistas que optan por no arriesgarse y no incidir en el periodismo de investigación, por miedo a represalias que se centran, sobre todo, en minar la credibilidad de un profesional que se enfrenta a los grandes poderes”.


Periodismo digital: los conceptos confusos

Por Rubén Darío Buitrón*

No hay que confundirse cuando se habla de periodismo digital: los cibernautas esperan de nosotros lo de siempre: transparencia, ética, equilibrio, profundidad, contextualización y rigor. ¿Qué quiere decir eso?

Que ninguna de las maravillas que ocurren con la tecnología nos librará a los periodistas de buscar la excelencia y el mejor nivel posible.

Lo nuevo es el elemento que solo dejará en pie a los medios y periodistas que cumplamos una obligación fundamental: mantenernos conectados directamente con el público y satisfacer de inmediato y con calidad sus demandas informativas.

Pero, en el fondo, como dice el gran escritor y periodista estadounidense Gay Talese, nuestro deber fundamental es mantener vivo el periodismo. A sus 86 años, el genial Talese, ícono del “Nuevo Periodismo” fundado por Tom Wolfe), afirma que no le agrada la frivolidad y ligereza con la que muchos periodistas manejan sus cuentas en Facebook o Twitter, y señala que sería una tragedia que el periodismo desapareciera.

Esta opinión pudiera parecer, también, frívola y ligera si la vemos como un infundado prejuicio contra Internet y los medios en la Web. Pero no es así.

Más allá de los espacios donde se publiquen nuestros trabajos, Talese se refiere a que el mundo siempre exigirá periodistas bien formados, capaces de contar con la mayor exactitud posible, porque sin la verdad no se puede vivir, según dice a EFE.

“Cuando afirman que el periodismo está muerto y que las noticias están en Facebook, en Twitter –Talese (cuya crónica ‘Honrarás a tu padre’, sobre la mafia inspiró la saga fílmica de ‘El Padrino’ y la serie de TV ‘Los Soprano’) pide mantener el más alto nivel de un oficio que se debe ejercer con respeto y dignidad”.

Para escribir su historia se infiltró siete años en la intimidad de una familia de gánsters y combinó rigor periodístico con estilo literario, basándose en hechos concretos y comprobados.

Talese nos enseña que las historias, por insignificantes que parezcan, pueden elevarse a la categoría de arte si se basan en una minuciosa capacidad de observar y escuchar todos los detalles y en una bella manera de contar. Por eso no hay que confundirse con el periodismo digital.

El buen reportero siempre deberá preocuparse por la gente. “Curiosidad, paciencia y perseverancia -recomienda Talese-. El periodista debe tener imaginación y ver más allá de la mera noticia y el primer ruido.

Mira el caso de Bin Laden -continúa-: creíamos que estaba en las montañas de Afganistán y resulta que vivía a 30 millas de un campamento militar de la capital. Ahí hay una historia esperando que alguien la cuente”.

O, como decía Tomás Eloy Martínez, “tenemos que escribir crónicas que hagan que al lector se le queme el pan por leer la nota” .

Los dos amores de Arturo Torres y María Belén Arroyo

Esta pareja de periodistas ha presentado su libro Rehenes, que narra el asesinato a tres periodistas de diario El Comercio en la frontera entre Ecuador y Colombia y revela datos sorprendentes.

Por Rubén Darío Buitrón

Arturo Torres trabajaba en diario El Comercio cuando publicó el primer libro hace nueve años. Su nombre: El juego del camaleón. El tema: las relaciones de la guerrilla colombiana de las FARC con grupos políticos ecuatorianos y el bombardeo del ejército del vecino país a nuestro territorio, que terminó con la vida de Raúl Reyes, uno de los comandantes históricos de aquellas fuerzas irregulares hoy desmovilizadas.

Con María Belén Arroyo, su colega, compañera y esposa desde hace 18 años, ha dedicado su vida a lo que mejor hace y a lo que lo apasiona, porque su relación con María Belén es doble: se aman los dos y con la misma certeza aman su oficio.

Anaís, de 17 años, es su hija. No seguirá el camino de sus padres, porque ha decidido que estudiará Medicina desde el próximo año, cuando salga del colegio. Pero ellos lo ven de una manera optimista: cuando sean viejitos tendrán su propia doctora.

Arturo llegó a ser editor general de El Comercio hasta que un día sintió que necesitaba espacio para crecer más en su profesión. Por eso salió del Diario y con su liquidación creó un portal de periodismo de investigación llamado Código Vidrio.

María Belén es la editora en Quito de la revista Vistazo, pero su trayectoria laboral es fecunda: ha trabajado, además, en El Comercio y en El Universo. Y aunque no existe una manera de medir con exactitud la calidad del trabajo de las personas, es posible asegurar que ella es una de las mejores periodistas del país.

Una muestra de ello es, precisamente, el libro Rehenes, que ella y su esposo Arturo acaban de presentar el pasado jueves 31.

Se trata de una profunda y rigurosa investigación sobre un hecho que conmovió de manera estremecedora al país: el secuestro y la muerte de Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra, periodistas de El Comercio asesinados por parte de un grupo de disidentes guerrilleros en la frontera entre Colombia y Ecuador.

El texto es resultado de un trabajo minucioso que duró nueve meses.

En el caso de Arturo, obtener la información le demandó entregarse por completo a ese objetivo, con viajes a San Lorenzo (Esmeraldas), entrevistas con personajes clave, revisión de publicaciones, documentos, reportajes, videos…

Mientras él trabajaba en ese frente, María Belén dividía su tiempo entre su trabajo en Vistazo y la investigación y análisis de otros documentos esenciales para completar los datos que iban haciendo falta para la construcción del libro.

La elaboración y escritura de Rehenes fue laboriosa y difícil porque Arturo y María Belén son rigurosos y exigentes: cuando contrastaban y cotejaban lo que cada uno había obtenido, debatían con intensidad acerca de la validez, la relevancia y la trascendencia de lo que a él o a ella les parecía que sí o que no debería ir en el libro.

Pero, justamente, esos desacuerdos creativos y periodísticos, convertidos luego en consensos y en certezas, son los que hacen de Rehenes un texto que ningún ecuatoriano consciente y preocupado por su país debería dejar de leerlo.

Arturo y María Belén son periodistas porque no podrían ser otra cosa.

Son periodistas porque entienden la profunda dimensión social del oficio. Son periodistas porque se alimentan uno del otro con sus enriquecedoras experiencias. Son periodistas porque se aman y se admiran sin alardes, sin poses, sin vanidades.

Arturo, dedicado ahora a su portal, no descansa en sus búsquedas. Y en esas búsquedas uno de sus referentes es el legendario Orson Wells, actor, director de cine, guionista, dramaturgo, radiodifusor…

En ese artista estadounidense ve Arturo su destino y el de todos los periodistas comprometidos con revitalizar el oficio todos los días, con reinventar formas, herramientas, caminos para la creación de nuevas narrativas.

Se trata de un sueño que comparte con María Belén, quien pese a sus talentos periodísticos innatos también lucha todos los días por encontrar su voz editorial, su estilo, sus propias maneras de decir las cosas, de escribirlas, de expresarlas.

A esos sueños y objetivos, que van madurando y consolidándose con el tiempo y con la práctica incesante, ambos unen la ética profesional, la necesidad de ser críticos el uno del otro, la lucha por no caer en sesgos ni subjetividades.

Gracias a eso están aquí, juntos, en su departamento del norte de Quito, sorteando dificultades, riesgos, amenazas, peligros y hasta juicios ridículos como el que cierto personaje le puso a Arturo por haberlo desenmascarado en el libro El juego del camaleón.

Pero la vida y la experiencia son así. Se va aprendiendo.

Por eso crearon un protocolo de seguridad entre los dos. Para cuidarse. Para saber que -en especial Arturo por los viajes que hacía a Esmeraldas y a la frontera con Colombia- no se trata de convertirse en héroe ni en inmolarse, sino en hacer cada cosa y dar cada paso con sensatez, con cuidado, con una medición correcta de los riesgos y con un sentido adecuado de la audacia y la temeridad.

No saben qué vendrá ahora, pero sí están seguros que con Rehenes no termina su trabajo.

En el Ecuador hace falta investigación periodística mucha investigación periodística.

Hacen falta muchos libros que expliquen a fondo lo que ocurre en el país. Hacen falta decenas o cientos de colegas como María Belén y Arturo que se decidan a traspasar la línea roja y dejen atrás el periodismo de escritorio, de teléfono, de Wikipedia. Hacen falta periodistas que dejen atrás la reportería convencional, monótona, rutinaria, gris, previsible.

Y mientras llega un nuevo libro después de Rehenes, ellos seguirán con su portal Código Vidrio, un nombre que parecería haber surgido al calor del juicio al exvicepresidente Jorge Glas (en inglés, vidrio es glass), pero que tiene connotaciones más profundas y hasta personales.

Por ejemplo, Arturo dice que él es “código” porque le gusta el desafío de la incertidumbre, mientras María Belén se autodefine como “vidrio” pues este es un material delicado y frágil como ella, “porque soy bien llorona”.

Pero Código Vidrio también es un camino que los dos se han trazado y que esperan que los lleve lo más lejos posible.

Porque en lo virtual puedes ir perfeccionándolo todo.

Porque hay muchas cosas por indagar, bucear, encontrar y contar.

Porque es necesario crear un espacio para los periodistas que deseen publicar sus investigaciones.

Porque es urgente crear una editorial para producir libros de los colegas.

Porque ya basta de silencios y de omisiones en el Ecuador.

Porque el amor –este amor entre Arturo y María Belén- debe y tiene que ser, ante todo, un permanente hecho creativo.

La censura que me impuso el arbitrario Mark Zukerberg

Por Rubén Darío Buitrón

Señor Zukerberg:

Facebook, la empresa que usted creó en medio de una polémica porque dos compañeros suyos de la universidad lo acusaron de apropiarse y plagiar su proyecto, me castigó por un post.

O por la imagen con la que ilustré un post.

O porque me “reportó” alguien que me odia o me envidia o me considera su enemigo.

Quiere decir que Facebook aplica sus reglas de manera unilateral.

No cumple el elemental principio de contrastar el supuesto “reporte” e ignora cualquier explicación que se le envía.

Eso se llama arrogancia y autoritarismo: Facebook es un medio de (in) comunicación e interrelacionamiento y como espacio público no tiene derecho a censurar nada, excepto si alguien cruza la línea roja de la dignidad y el respeto a los demás y a sí mismo.

Doy gracias a todas las personas que han tenido la bondad de preguntarme no solo qué pasó con mi página de FB (este momento clausurada por un mes) sino, sobre todo, por qué dejé, bruscamente, de publicar los post que aparecen en mi espacio cada día (mi espacio, sí, porque no es suyo).

Pero percibo su mojigatería y sé que mostrar la imagen de una mujer acosada en un mundo machista, a quien se la ve enredada en una suerte de telaraña gigante, no es un problema para usted.

Señor Zuckerberg, a usted no le importan los problemas sociales, sino ganar tres centavos de dólar por cada like que ponemos en lo que nos gusta.

Hagamos el cálculo: un like por cada uno de los 2.167 millones de usuarios en el mundo.

¿Otra prueba? La manera cómo conduce usted FB e Instagram, sus productos estrella, para que se conviertan en poderosos distractivos de la realidad y no en instrumentos de reflexión social.

En todo este mes durante el cual he permanecido censurado y no he podido publicar mis textos personales he pensado en el poder que tiene usted, señor Zuckerberg, un nombre que nunca hay que olvidar cuando uno entra a estas redes maliciosamente diseñadas para monitorear y controlar nuestras vidas.

Recuerdo que usted espió los perfiles íntimos de más de 60 millones de estadounidenses para entregárselos a quienes manejaron la campaña de Donald Trump, quien -para desgracia del mundo- luego sería el presidente de los Estados Unidos.

¿Ese fue un delito? Claro que sí. Y usted es un cómplice. Desde las leyes de cada nación hasta los principios universales de los Derechos Humanos establecen que lo es.

Pero a usted, míster Zuckerberg, no le pasó nada. Porque sus empresas son parte del gigantesco poder empresarial, financiero, bélico y cibernético que es el que realmente controla las decisiones políticas de la Casa Blanca en Washington.

¿Llama usted “redes sociales” a estos espacios que discriminan, excluyen, censuran, permiten que se exhiban en ellos los peores sentimientos humanos y la peor basura mediática convertida en supuesta información de interés general?

Las reglas de Facebook son implacables en relación con la típica moral pacata, hipócrita, analfabeta funcional y mojigata de la conservadora sociedad estadounidense.

Y esas reglas, según usted y sus “creativos”, son las mismas para todo el mundo, como si todo el mundo debería ser como son ustedes o como si usted fuera la reencarnación del inquisidor Torquemada.

Por eso los acuso a usted y a sus mánagers de diseñar una perversa estrategia para controlar al mundo. Ni más ni menos.

Pero yo, que soy apenas un ciudadano planetario, seguiré publicando mis post con mis imágenes desafiantes, ejerciendo a plenitud mi libertad de decir, como lo he hecho siempre.

No sé qué consecuencias tenga publicar este texto a los pocos días de que termine la censura de un mes impuesta por usted y sus torquemadas del siglo XXI.

¿Censurarme por mostrar bellas, estéticas y rebeldes fotografías con las que intento complementar el sentido de mis post?

¿Silenciarme durante un mes porque en la fotografía de una mujer enredada en todos sus acosos personales y colectivos se le veía, según ustedes, un pezón?

Madure, dueño y señor de Facebook, antes de que los ciudadanos nos organicemos y creemos nuestra propia red -esta sí social- donde ejerzamos con libertad nuestro derecho a pensar, escribir y decir en un espacio realmente plural, democrático e inclusivo.

Un espacio donde reflexionemos la vida, que es mucho más compleja que lo que usted cree, una vida que si se tratara de ganar más dinero a usted no les gustaría mostrar ni evidenciar: las guerras e invasiones que EEUU fabrican para enriquecerse mientras el tercer mundo cae en el dolor y en la miseria, en la falta de empleo para cientos de millones de seres humanos, en el abuso sexual a las mujeres, en la pederastia de los curas católicos, en la prepotencia del poder político mundial sobre quienes no tienen para comer ni un pan, en el cruel negocio de las “redes sociales” (sí, con comillas) de difundir ataques políticos o personales sin exigir la identidad de los remitentes…

Eso, según FB, no es relevante. Pero sí lo son un post y una ilustración.

Quizás, en el fondo, míster Zuckerberg, usted tiene razón en cuidar el enorme poder que le entregamos nosotros cada día al escribir o entrar en la red (sin comillas, una auténtica e intrincada red) y el poder políticamente correcto.

En el fondo, usted teme que un texto, en mi caso un post, pueda ser un misil de largo alcance contra la propotencia del poder de la Casa Blanca y de gente como usted.

Un arma contra todo lo que no nos deja ser libres, ser felices, ser auténticos, ser los seres humanos desnudos y maravillosos, cada uno con nuestras maneras, hábitos, amores, talentos, dones, esperanzas y formas de ver nuestras cotidianidades.

Un arma que sí puede ser mortal contra todos los males, vilezas y perversidades del poder mundial que usted representa.

Un arma de la que me enorgullezco no haber dejado jamás de usarla, escribiendo y publicando todos los días, aunque sea en hojas de papel y con un lapicero, sin pantallas ni teclados susceptibles de ser espiados en este mismo momento.

Quizás, si los grandes censores, si el tercer ojo, si el Gran Hermano que es usted, leen este texto, vuelvan a suspenderme.

Si lo hace, míster Zuckerberg, mis posts se multiplicarán por miles en otros espacios.

Si no lo hace, aguante todo lo que tengo que decir.

Y no se atreva a censurarme de nuevo: léame calladito. Le conviene más.

Ruben Darío Buitrón

Poeta y periodista
Director-fundador de loscronistas.org
Quito, enero de 2019

Ciberadictos, femicidas y enfermos de las redes sociales

Por Rubén Darío Buitrón*

Los adictos al internet y a las redes sociales son las personas que pierden el control frente al uso normal de la cibernática. En el año 2015, según cita diario El Telégrafo (20/01/2019), un estudio sobre conductas patológicas, realizado por la ONG Protégeles, estableció que 21.3% de los jóvenes están en riesgo de convertirse en adictos a las nuevas tecnologías.

Según el análisis, ese tipo de personas no entienden su vida sin estar al tanto de todo lo que ocurre en su entorno social. Quienes son seguidores obsesivos de redes como Facebook e Instagram quieren estar siempre al tanto de todo lo que hacen sus amigos y conocidos.

Esta dependencia, afirma la ONG, tiene un rango de edad entre 14 y 30 años. Son miembros de la generación millenials, nativos de la era digital.

Pero estos datos me parecen relativos. Porque cuando ocurren fenómenos virales (videos, memes o tuits que los ven millones de personas en un país o en una región del mundo) no existe edad específica: todos queremos conocer esos productos digitales porque resulta casi imposible quedar fuera de las conversaciones de la gente en relación con esos contenidos.

El problema es grave: la gente entontece, deja de reflexionar, se vuelve analfabeta, no es capaz de expresarse de forma adecuada, no lee otra cosa que no sea lo que dicen las redes sociales y su mundo se reduce a una circularidad y a una monotonía que solo se altera si aparece un nuevo producto viral.

Más grave aún es lo que sucede con el periodismo digital. En su gran mayoría, estos sitios web basan su permanencia y su número de seguidores en el show, en el espectáculo, en contenidos groseros, burdos, planos, agresivos, sensacionalistas y morbosos.

Una prueba de todo aquello es lo que ocurrió la la noche del sábado pasado en la norteña ciudad de Ibarra, a 220 kilómetros de Quito.

Durante 90 minutos, un medio digital transmitió, como si fuera un partido de fútbol, el secuestro a una joven embarazada por parte de su novio, quien blandía un cuchillo de hoja larga y filuda y amenazaba a gritos, en la mitad de la calle, con apuñalear a su pareja si esta no accedía a volver con él.

Mientras los policías no atinaban qué hacer (y, al final, fueron incapaces de resolver un problema que terminó en femicidio), decenas de personas, entre ellas periodistas digitales, reporteros y fotógrafos de medios convencionales, filmaban, transmitían, hacían fotos con sus celulares y subían al Facebook o hacían circular las imágenes por Whatsapp.

Nada justifica que estas personas hayan privilegiado su morbo individual, en unos casos, o la desesperación por llevarse el crédito de la exclusiva, la primicia o el última hora.

Cualquiera de ellos, frente al estupor policial, pudo intentar, por ejemplo, acercarse a derribar al criminal. Pero no, los periodistas, los enfermos y los ciberadictos necesitaban la historia completa, es decir, toda la tensión de los 90 minutos y el desenlace mortal.

Como periodistas y como sociedad estamos obligados a servir a los demás, a construir un mundo amable y solidario, a edificar un entorno de paz. Y todo esto se estrella contra lo que hemos descrito.

Escuchemos al maestro Javier Darío Restrepo en un coloquio organizado por el centro Carter, en Caracas, año 2009:

“Del periodista se espera que sea algo más que un intermediario o estafeta eficaz para llevar y traer mensajes. Debe ser un mediador, esto es, alguien que, superada la mecánica de transmisión, actúe movido por un propósito inspirado por la identificación con una causa de servicio a toda la sociedad, poseído por la pasión de hacer real el poder creador de la palabra.

Cuando un periodista y su medio se limitan a la información mecánica, con precisión y alma fría de computador, con la indiferencia y rutina de los viejos burócratas, el periodista es parte del problema.

En efecto, la información mediocre o mala, que es el único producto que se puede esperar de un periodismo rutinario y burocratizado, hace manipulables a los individuos y a las sociedades porque los transforma en espectadores pasivos de los hechos, víctimas resignadas de las catástrofes sociales, pesos muertos en la vida e historia del cuerpo social”.

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*Rubén Darío Buitrón es poeta, periodista y catedrático. Dirige el portal web loscronistas.org

La libertad y el autoritarismo, según George Orwell

Por Rubén Darío Buitrón*

“Todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros”. La irónica frase de la novela “Rebelión en la granja” parece encajar, perfecta, en ciertos espacios de la política.

La escribió el inglés Eric Arthur Blair, quien, bajo el seudónimo de George Orwell, dejó obras literarias fundamentales para reflexionar sobre el ejercicio del poder.

Publicó poco y murió joven, pero con “Rebelión en la granja” y su libro más famoso, “1984”, denunció el absolutismo, la estigmatización a los críticos y la incapacidad del poderoso para escuchar lo que no quiere oír.

Como dice Rosa González en el ensayo introductorio de “Rebelión…” (Ediciones Destino, 2004), hablar de las épocas orwellianas es “evocar los temas más nocivos y siniestros de cualquier régimen absolutista”.

Orwell, abiertamente ligado a las ideas de izquierda y comprometido en su trabajo con los más pobres, soñaba con la construcción de una sociedad profundamente equitativa.

Soñaba con que ningún ciudadano fuese inferior a otro.

Idealista y utópico, creía posible armar un proyecto político desde el debate plural, desde el respeto al que piensa diferente, desde la capacidad de entender al otro, desde el no tener vergüenza de rectificar.

Por eso se fue a España a luchar junto a los militantes antifascistas en la guerra civil, pero pronto descubrió otras realidades: “La historia se escribía no en función de lo que ocurría sino lo que debía haber ocurrido, según la línea del partido”.

Preocupado por el creciente desprecio a la verdad, Orwell configuró un mundo de pesadilla: “El Dirigente controla no solo el futuro sino el pasado. Si el Dirigente dice que aquello no ocurrió, pues no ocurrió. Y si dice que dos más dos son cinco, pues, bueno, serán cinco”.

Golpeado por la fuerza de los hechos -cuenta González-, “a partir de aquella experiencia el objetivo de Orwell será denunciar los absolutismos como sistemas político-sociales repudiables, indistintamente que sean de derecha o de izquierda”.

George Orwell sostenía que los intelectuales “solo permanecen íntegros si se mantienen al margen de los grupos políticos”.

Desconfiaba de la tesis del partido único y detestaba a ciertos ideólogos, a quienes llamaba “bolcheviques de salón”.

Llegó a aborrecer las estructuras caudillistas, dogmáticas, inflexibles.

Advertía que el poder tuerce la verdad histórica para imponer conductas y denunciaba que las formas de control social más nefastas son la persuasión psicológica y la manipulación de mensajes para sembrar miedo.

Contra el absolutismo y la censura, “Rebelión en la granja” reafirma un valor irrenunciable: “Libertad es el derecho de decirle a la gente lo que no quiere oír”. 

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*Rubén Darío Buitrón es poeta, periodista y catedrático. Es director-fundador del portal loscronistas.org

Los lugares comunes, uno de los peores vicios de los periodistas

Por Rubén Darío Buitrón*

El facilismo y la escasez de léxico en los periodistas va volviéndose una epidemia mundial. Todos los días leemos, escuchamos y vemos en los diferentes medios informativos frases que, por lo general, son titulares de prensa.

“Votación británica pone en la cuerda floja a May” es un titular de un periódico de este día, 15 de enero de 2019. Se refiere a que la primera ministra británicas Theresa May “afronta un momento clave para su futuro y del Reino Unido” por la votación parlamentaria sobre el Brexit, acuerdo europeo del que la mayoría de británicos quiere salir y del que May lucha por quedarse.

Vemos dos lugares comunes o muletillas en apenas tres líneas.

Y ahora observemos otro, de este mismo día en un periódico distinto: “Hallan una aguja en el gran pajar“, dice el diario para referirse a la detección de 13 millones y medio de dólares de la corrupción.

¿Por qué es un error usar este tipo de fraseo, como es, por ejemplo, uno de los más usados: “Crónica de un juicio anunciado”, “Crónica de una derrota anunciada”, “Crónica de una fuga anunciada”?

Porque el lugar común es una frase o idea considerada como un vicio del lenguaje, pues es demasiado escuchado o conocido y por su uso excesivo o gastado.

Según la definición más simple, la de Wikipedia, el lugar común presenta una o varias de las siguientes características:

  • Demuestra poca imaginación de quien la expresa.
  • Sustituye la búsqueda de ideas originales o creativas por otras ya gastadas.
  • Evidencia ser una copia de una idea de otro.
  • Se usa frecuentemente en el discurso político como herramienta de la demagogia para engañar o maquillar la verdad.
  • Simplifica una idea o concepto que quizá merecería matizarse. https://es.wikipedia.org/wiki/Lugar_com%C3%BAn

Es grave que un periodista muestre poca imaginación, pues significa tres cosas: una, que no lee más allá de lo necesario; dos, que no cuenta con léxico adecuado justamente por la falta de lectura; y, tres, que el periodista adolece de pereza mental para detenerse un momento más y buscar frases que impacten y que informen sin necesidad de apelar a lo que está a la mano.

Así, el periodista que tituló “Hallan una aguja en un gran pajar” creyó que, al decirlo de esta manera, estaba dándole valor agregado a la información y atrayendo a sus lectores.

Lo mismo ocurre con quien escribió “En la cuerda floja“, pues la peor forma de explicar que un funcionario (en este caso) atraviesa un problema que podría llevarlo a su caída del poder es con una frase que, como dice la definición, ha perdido su significación y se ha vaciado de sentido.

Con esa actitud facilista, de pereza mental, todo lo que ocurre en la cotidianidad, todos los hechos del día que merecen informarse, podrían reducirse a que se hallan agujas en un pajar o que se encuentran en la cuerda floja.

Y las víctimas, por supuesto, son los receptores de la información, los lectores, las audiencias.

Porque, si como dicen, las funciones básicas de la prensa son educar, informar y entretener, ese tipo de periodismo maleduca y desinforma y deja al lector en la indefensión respecto del conocimiento real del hecho preciso.

Esa es la tragedia del lugar común en el periodismo: el uso cada vez más popular de expresiones triviales o muy empleadas. El empleo de la muletilla como una voz o frase que se repite mucho por hábito.

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*Rubén Darío Buitrón, poeta, periodista y catedrático, es director-fundador de la organización periodística loscronistas.org

¿Existen medios públicos en el Ecuador de hoy? (II)

Por Rubén Darío Buitrón*

Otro de los puntos esenciales para entender a los medios públicos (ver nota difundida hace cuatro días en este blog) es que quienes manejan estas herramientas de comunicación social están equivocados si lo hacen con criterios de medios comerciales y/o con criterios de medios convencionales.

Ni lo uno ni lo otro. A los medios públicos, en los albores de la segunda década del tecnológico y vertiginoso siglo XXI, les corresponde entender que el periodismo tradicional ya no cabe en ellos.

La clásica segmentación de los periódicos (portada, política, macroeconomía, sociedad, deportes, ciudad, judicial -policial o sucesos-) ya es obsoleta.

Toda investigación seria lo dice: el porcentaje de lectores que buscan noticias políticas o macroeconómicas es menos del 10 por ciento del total de usuarios de los medios en las redes y en el internet.

Eso quiere decir que más del 90 por ciento de lectores (ciberaudiencias y audiencias clásicas) buscan temas de conversación.

No de otra manera se entiende que videos en apariencia irrelevantes que circulan por Facebook o Whatsapp se vuelvan virales y obtengan millones de visitantes que, a su vez, reenvían a sus amigos y a sus grupos de chat, además de que lo postean en Facebook y hasta en Twitter, un espacio hoy dedicado a la agresión política, a la intolerancia, a la calumnia y a la destrucción de reputaciones.

Los medios públicos, por tanto, no se definen solo por el menor o mayor comprometimiento con el gobierno y los poderes de turno, sino por su capacidad de entender que existen nuevos públicos, ampliamente diversos, y que solo mediante la certera investigación de las audiencias y de temas será posible la construcción de contenidos adecuados para quienes los consumen.

Urge entender, por ejemplo, que un grupo que cuenta con canales de televisión, radiodifusoras, periódicos impresos y espacios digitales no pueden caminar cada uno como los rieles del tren, en su propio andarivel, sino de forma transversal.

Eso quiere decir que se necesita una mirada horizontal para la construcción de contenidos que crucen por todos esos medios. Nunca antes ha sido tan evidente que la convergencia mediática es el futuro, el futuro que ya está aquí.

Quienes manejan medios -y, con mayor razón, medios públicos que pertenecen y que se deben a la sociedad- tienen la obligación de que la inteligencia de audiencias les sirva para entender y estructurar nuevas secciones, nuevas temáticas, nuevos protagonistas.

En esa línea, ningún medio que quiere sobrevivir puede prescindir de las historias ciudadanas ni debe estar cerca de lo institucional.

Tampoco pueden dejar de armar agendas propias salidas de las demandas, las urgencias, el servicio y la utilidad directa para las audiencias.

El medio público que pretenda ser eficiente, que apueste por ser distinto, que apunte a lograr altos niveles de audiencia debe tener clara la pregunta clave: ¿de qué está hablando la gente?

Y no tiene que ir atrás de los temas que circulan en los espacios digitales, sino adelante.

¿Cómo ser diferentes? ¿Cómo lograr una nueva cultura periodística? ¿Cómo entender los hábitos de consumo? ¿Cómo competir ya no con otros medios locales sino mundiales como Netflix o Amazon Prime?

Más allá del debate (sobre todo en el Ecuador) de cómo se manejaron y cómo se manejan los medios públicos y a quién servían antes y a quién sirven ahora, si no somos disrruptivos, si no conocemos a nuestro público, si no entendemos que el modelo editorial va de la mano del modelo financiero, es inútil hablar de medios públicos.

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*Rubén Darío Buitrón es poeta, analista y catedrático. Además es CEO de loscronistas.org