URCUQ

Urcuquí, Imbabura

Dicen que en el pueblo se recogieron firmas para sacar al cacique y poner al arcángel porque la gente es muy devota, muy creyente, muy piadosa.

Dicen que por sobre la milenaria historia de su combativo pasado indígena está la fe católica traída por los españoles y enraizada con fuerza entre los indígenas en las grandes haciendas de la zona a punta de látigo y temor a Dios.

Dicen que en el cantón ni siquiera se conocía el nombre del héroe ancestral que hasta el 2012 adornaba el centro del parque con su lanza y su perfil de bronce.

Lo dice la profesora Dora Varela, de ochenta y dos años. Ella, que vivió cincuenta años en Quito como maestra y que tras jubilarse volvió a su pueblo, es una eminencia intelectual: poeta, historiadora y profesora de castellano y literatura.

Pero también es fan de dos leyendas de la canción contemporánea: Michael Jackson (1958-2009) y Sandro (1945-2010). De sus ídolos tiene todos los discos, unos en acetato y otros en digital.

A su antigua casa de la calle Antonio Ante, construida hace más de ochenta años con adobe, ladrillo y tejas de barro, acuden los estudiantes secundarios cuando en el colegio les han enviado alguna tarea que ellos no pueden descifrar. Es otra de las razones por las cuales ella influye en el pensamiento y en las decisiones colectivas de su pueblo.

Dorita, como le dicen, se proclama una legítima urcuquireña.

Y sí que lo es: con el poco cabello que le queda, teñido de amarillo, y el ajado rostro con blush en las mejillas y delineador negro en los bordes de los párpados, está orgullosa de que, gracias a su lucha y la de los vecinos, desde febrero pasado en el centro del parque principal se encuentre un poderoso y algo deforme San Miguel Arcángel (patrono del cantón) blandiendo la espada y pisoteando al demonio.

“A mí me gustaba el indio”, confiesa Nereida Changoluisa, una adolescente de catorce años que administra el almacén de videos musicales piratas más importante de Urcuquí.

Ella vino con su familia desde Ibarra, la capital provincial, hace siete años, y expresa que ahora el negocio va bien y que no siente nostalgia por su ciudad, a treinta kilómetros de aquí.

En su local, ubicado frente al parque y donde también comercializa camisetas negras con estampados del Che Guevara o del grupo rockero Metallica, ha visto y escuchado las quejas de una parte de los habitantes de Urcuquí y otras de turistas que llegan por feriados o por fin de semana.

Mientras despacha los dos últimos videos que le quedan de los cincuenta que trajo del Nene Malo y su éxito “La brocha y la cheta” -una cumbia-reggaeton que se baila en las discotecas de América Latina-, recuerda que los turistas y los pobladores se subían o se arrimaban a la efigie y se tomaban fotos.

Se trata de una silenciosa guerra de orgullos y creencias.

A diez minutos del parque central, en taxi-camioneta, se llega a la Plaza Vieja, uno de los emblemas más importantes del pueblo porque fue allí donde comenzó Urcuquí, fundado por el obispo español José Cuero y Caicedo el 9 de febrero de 1861.

La Plaza Vieja está sucia y solitaria. La mayoría de viviendas que la circundan parece abandonada, con las tejas desportilladas, las paredes despintadas y los portones de madera apolillados. Gracias al Instituto de Patrimonio Cultural, tres casas se están restaurando luego de que se las declarara “intervenidas”, es decir que no se pueden derrocar ni construir si no se respetan los modelos del pasado.

Jaqueline Vaca, una mujer morena delgada y humilde de cuarenta y un años, se confiesa católica pero no fanática.

Su madre, María Haro, sentada sobre una vereda por la que se llega al desvencijado parque, no está de acuerdo con lo que le hicieron a la estatua del indígena guerrero.

Pero, ¿quién es el personaje? ¿A quién representa la efigie?

Jaqueline y María comentan que hace años la gente pensaba que era Atahualpa, el último rey inca, pero luego conocieron que la historia era mucho más heroica: el monumento es un homenaje a los caciques indígenas que lucharon contra los españoles por el agua de riego, por eso se los llama “los caciques de las acequias”.

De vuelta al parque central, la enorme figura del arcángel San Miguel, rodeada de cuatro columnas a medio levantar desde donde sale el agua que alimenta la pileta, atemoriza e intimida.

La figura descomunal y desproporcionada está hecha en fibra de vidrio. En su diseño y realización intervinieron maestros y estudiantes de la Universidad Técnica del Norte, con sede en Ibarra.

“Parece Hulk”, bromea Jonathan Males, de diecinueve años y futuro estudiante de la facultad de Agronomía en la Universidad Central de Quito.

El alcalde Nelson Félix Navarrete, un ex piloto de aviones de carga, tiene su despacho en la segunda planta del edificio de dos pisos de la municipalidad.

Quiere parecer contundente: “Acá la gente es muy católica. No es curuchupa, pero sí católica”.

Como militante de PAIS, en su oficina hay dos grandes retratos oficiales del presidente Rafael Correa.

Tras el escritorio están el escudo del Ecuador, la bandera nacional y del cantón y unas diez placas en letras de molde, como si fuesen de oro. Son aquellas que suelen decir: “El pueblo de… rinde homenaje a… por la imperecedera obra realizada en beneficio de …”.

Navarrete, de setenta y dos años, contextura gruesa, rostro con pequeñas manchas en la frente y semicalvo, tiene la convicción de que el debate acerca del arcángel y el cacique irá perdiendo sentido con el paso del tiempo.

La decisión fue producto de una asamblea popular convocada el año pasado. Ganó la tesis del arcángel y hace tres meses y medio se hizo la ceremonia de inauguración de la nueva estatua, se la bendijo y desde entonces la gente la venera, pese a que un grupo de urcuquireños mantiene su oposición a la figura.

Por las noches, en este pueblo de clima templado, los turistas y paseantes locales disfrutan cuando la miran iluminada por cuatro reflectores (azul, verde, amarillo y violeta).

Son explicaciones del alcalde Navarrete que contradicen su propia identidad urcuquireña, porque luego repasa con orgullo la historia.

En 1720 se produjo la primera revuelta contra los españoles, que no solo quitaron la tierra a los indígenas sino que impidieron que el agua llegara a los pequeños sembríos dejados para los nativos.

Hasta hace poco, los indígenas pobres eran como esclavos de las haciendas. Ganaban siete dólares por día trabajado y no tenían derechos ni protección social.

En las grandes extensiones agrícolas de El Tablón, San Juan, Asaya, entre otras, los mayordomos golpeaban y latigueaban a los trabajadores si hablaban kichwa.

¿Cómo conciliar todos estos dolorosos pasajes, amparados por la cruz y la biblia, con la legendaria rebeldía de los Viracochas, de los Muenalas, de los Guagalangos?

¿Por qué una religión importada e impuesta deja en escombros las imágenes guerreras de los combatientes nativos?

¿Por qué no llevar al arcángel a la Plaza Vieja y devolverle al cacique su lugar?

Marta Villalba, una treintañera afro-ecuatoriana que se acerca al micromercado de Gustavo de la Torre para que le venda dos libras de arroz, es escéptica:

– En este parque se han hecho por lo menos 12 remodelaciones. Nada de lo que hacen
dura mucho. Así que…, quién sabe.

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