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foto marcha indígena agosto 15

Que un grupo de indígenas y mestizos y afroecuatorianos tome la decisión de marchar por las carreteras del país es legítimo.

Vivimos en un sistema democrático donde todos tenemos derecho a expresar nuestros disensos y a ejercer el derecho constitucional a la resistencia.

Sin embargo, los dirigentes de la marcha y quienes la apoyan desde los medios y desde las redes sociales tienen la enorme responsabilidad de lograr la legitimidad de la marcha sin mentirle al país, convirtiéndose en los principales críticos y autocríticos de lo que viene sucediendo en la caminata que, según sus líderes, arribará a Quito este jueves 13 en concordancia con el llamado a un paro nacional contra el Gobierno.

Muchas mentiras, mucha fantasía y mucha violencia verbal gratuita no le hacen bien a la marcha. Cuando se busca credibilidad y cuando se apunta a un objetivo político real y claro, los responsables de la movilización deben exigir que nadie manipule su derecho a expresarse.

Pero no lo hacen. Dejan que en las redes sociales se suban fotografías de caminatas de años anteriores, cuando la fuerza indígena era mucho más consistente y sólida, o que aparezcan imágenes de procesiones y romerías católicas –estas sí, multitudinarias- ocurridas en el pasado y que supuestamente son fotografías de la “inmensa movilización nacional”.

Engañarse a sí mismos es peor que engañar a los demás. Pretender convencernos de que en la marcha hay “cientos de miles” de ciudadanos no tiene ningún sentido, porque no es real. Y al no ser real quien en verdad se engaña es el dirigente que convierte en una película de ficción lo que anhela pero no existe.

Si fueran 200 o 300 quienes están marchando por las provincias, pues que se diga que son 200 o 300. No se dejen infiltrar por golpistas soeces disfrazadas de compañeras solidarias con la causa. Piensen: ¿de qué vive esa gente? ¿quién las está financiando?

En periodismo y en la vida, una cifra real siempre es más valorada que una cifra inflada o distorsionada. ¿Para qué crear escenarios inexistentes? ¿Para que el Gobierno sienta miedo de lo que podría ocurrir el próximo jueves o el día que logren arribar a la Capital? ¿Para provocar una reacción desproporcionada de las fuerzas del orden y conseguir el mártir que encienda una crisis política?

En las redes sociales, los simpatizantes de quienes marchan no les hacen ningún favor cuando, atravesados por el odio al Régimen, buscan y colocan fotografías que no corresponden a la realidad.

Tampoco contribuyen a la legitimidad de la marcha los periodistas y los medios de comunicación que la acompañan.

Ellos también inflan las cifras, convierten a los manifestantes en héroes de la resistencia, les dan micrófono en cada pueblo o ciudad donde llegan para que expliquen por qué están en esa actitud (aunque ni siquiera tienen claro qué proponen: unos hablan de echar abajo las enmiendas, otros de la ley de aguas, otros de los “ochos años de sufrimiento bajo la tiranía”, otros de que se derogue la agencia de control para el ejercicio ético de la medicina, otros de que se devuelvan al MPD los fondos que ahora maneja el IESS. Y así…).

Pero los periodistas de los medios privados no preguntan demasiado porque no les conviene. Su acompañamiento tiene un claro propósito: mantener en el imaginario social la idea de que muchos ecuatorianos (“muchusísimos”, dijo uno) rechazan las políticas gubernamentales.

Aquello se ve tan claro como cuando en un pueblo de la serranía también hay una marcha a favor del Régimen y el reportero, que está junto a esa marcha, decide, por su cuenta o por orden de sus patrones, omitir la información.

O, más patético aún, cuando desde la camioneta de un canal de televisión se reparten cajas de alimentos enlatados a los anticorreístas y una de las dirigentes de la marcha no tiene reparos en admitirlo.

O, peor, la “sutileza” del denominado Canal del Cerro para pasar la película “García Moreno” en la que uno de sus momentos más terribles es la represión criminal a los indígenas de Cotopaxi en una protesta de aquellos años.

Pregunto, señores dirigentes de la marcha, ¿no eran esos canales “los enemigos del pueblo” cuando en 2006, en Montecristi, se hablaba de la necesidad de una ley de Comunicación?

¿No eran ellos, los dirigentes de la marcha y en ese entonces asambleístas, quienes más exigían la redacción y promulgación de una ley “que frenara los abusos de los medios vinculados a los banqueros, a la oligarquía y a la partidocracia?”.

¿En qué momento se trastocaron los roles y ahora son aliados?

¿Qué los une?

¿Qué perspectivas y proyectos comunes para cambiar el país tienen los banqueros, los indígenas, los médicos, la derecha, el gutierrismo y los alcaldes socialcristianos?

¿Cómo gobernarían desde el 2017 si llegaran a ganar las elecciones?

¿En qué consistiría el reparto de parcelas de poder?

¿Cuál es ahora, por ejemplo, el hilo conductor de una marcha que intenta expresar en simultáneo el malestar del alcalde de Guayaquil, de la Conaie y de un multimillonario banquero?

Los medios de comunicación privados dicen medias verdades y, por tanto, mienten.

Los simpatizantes de la marcha también dicen medias verdades o fabrican realidades que no están ocurriendo, con fotos y memes que no ayudan a la legitimidad de la marcha, una legitimidad que poco a poco va perdiendo fuerza por culpa de sus propios dirigentes, quienes prefieren engañarse y engañar, como si la democracia se construyera fingiendo que el país está a punto de que se rompa esa democracia el momento que la marcha, masiva y poderosa según ellos, exija en Quito que se vaya el Presidente.

Puede ser que esa sea su idea obsesiva cuando en la avenida de Los Shyris, en Quito, unos cuantos gritan, casi sin entusiasmo y de forma mecánica, “fuera, Correa, fuera”, dirigidos por quienes van a Miami a dictar conferencias financiadas por oscuros capitales de exbanqueros corruptos y de fundaciones de extrema derecha estadounidense.

Señores dirigentes de la marcha, créanme que aún les queda tiempo para decir la verdad al país antes de llegar al día 13 y hacer un papelón que no conducirá a nada más que a desestabilizar al país.

Mi propuesta es que se reúnan los dirigentes indígenas de la marcha con los dueños de los medios de comunicación privados, con los mestizos que misteriosamente los acompañan tratando de utilizarlos para intentar el golpe de Estado y con los más enconados usuarios de las redes sociales.

Que dialoguen y resuelvan contar al país lo que en realidad está pasando con esa lánguida marcha que ni siquiera tiene una plataforma de lucha coherente, la cual también tendrían que definir para que los pocos que marchan desde una actitud equivocada, pero sincera, no sean títeres o peones de un macabro ajedrez manejado por la peor oligarquía que ha dominado el país durante toda su historia.

Mírense. Vean en qué coinciden. Soliciten a la extrema derecha que no les apoye si en realidad la marcha es de la resistencia de la otra izquierda. Pidan a los dueños de los canales de TV que dejen de llamarse independientes, objetivos, veraces e imparciales y que digan, de frente, que están en contra del Gobierno. Rueguen a los fanáticos de las redes sociales que nos les hagan quedan en ridículo.

Es un tema de ética política y mediática.

Y se harían un gran favor.